El pensamiento del segundo Vasconcelos - Guillermo Hurtado - E-Book

El pensamiento del segundo Vasconcelos E-Book

Guillermo Hurtado

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Se han escrito muchos libros. sobre la vida y la obra de José Vasconcelos; sin embargo, la mayoría se enfoca en el periodo previo a 1930. En El pensamiento del segundo Vasconcelos se estudia el desarrollo de sus ideas durante la tercera década del siglo XX. Este ensavo parte de su derrota electoral en 1929 y culmina con la clausura de la revista pro-nazi Timón en 1940. El pensamiento del segundo Vasconcelos ofrece una visión orgánica de sus escritos en ese periodo. Explica de manera crítica el complejo sistema filosófico que planteó en su Tratado de Metafisica, su Ético y su Estética, así como sus ideas históricas, pedagógicas y sociológicas expuestas en obras como Bolivorismo y Monroismo, De Robinson a Odisea y Breve historio de México. Uno de los temas investigados es su alejamiento de la democracia liberal y su acercamiento al fascismo.

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El pensamiento del segundo Vasconcelos

SEMINARIO DE INVESTIGACIÓN SOBRE HISTORIA Y MEMORIA NACIONALES

El pensamiento del segundo Vasconcelos

Guillermo Hurtado

Universidad Nacional Autónoma de México

México, 2020

Catalogación en la publicación UNAM. Dirección General de BibliotecasNombres: Hurtado, Guillermo (Hurtado Pérez), autor.Título: El pensamiento del segundo Vasconcelos / Guillermo Hurtado. Descripción: Primera edición | México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2020.Identificadores: LIBRUNAM 2089640 | ISBN 978-607-30-3624-5.Temas: Vasconcelos, José, 1882-1959.Clasificación: LCC B1019.V34.H87 2020 | DDC 199.72—dc23

El pensamiento del segundo Vasconcelos

Primera edición: 23 de octubre de 2020

D.R. © 2020, Universidad Nacional Autónoma de MéxicoCiudad Universitaria, Alcaldía de Coyoacán, C.P. 04510Secretaría de Desarrollo InstitucionalCiudad Universitaria, 8o. Piso de la Torre de RectoríaAlcaldía de Coyoacán, C.P. 04510, Ciudad de MéxicoISBN de la obra 978-607-30-3624-5

Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.

Imagen de portada: Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, primera parte, sección Alfabético General, Número de inventario HMA/AG1/9340.1, José Vasconcelos.

Arreglo de portada: S y G editores / Enrique Sánchez ParraFormación: Rosa Alicia Castillo JaénRevisión: Arturo Sánchez y GándaraHecho en México / Made in Mexico

Índice
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO NUEVE

¿Será posible que nosotros, que no podemos hacer Imperio, no hagamos tampoco Metafísica?

Vasconcelos, Ética

INTRODUCCIÓN

El segundo Vasconcelos

José Vasconcelos nació el 27 de febrero de 1882 y murió el 30 de junio de 1959. Su vida pública podría dividirse en tres periodos. El primero comenzaría en 1909 con su temprana adhesión al maderismo y concluiría con su derrota en las elecciones presidenciales de 1929.El segundo iría de su salida al exilio en ese mismo año hasta el cierre de la revista pro-nazi Timón en 1940. El tercero partiría de ese bochornoso incidente y culminaría con su muerte física.

Las diferencias entre estos tres periodos nos permiten hablar figurativamente de tres Vasconcelos. El más famoso y respetado de ellos es el primero, en buena medida porque en sus memorias, el segundo narró magistralmente su vida durante aquel periodo. De eso tratan los tres volúmenes más conocidos de su autobiografía: Ulises criollo (que cubre de su primera infancia al golpe contra Francisco I. Madero), La tormenta (que comienza en 1913 y termina con su nombramiento como Rector de la Universidad de México), y El desastre (que va de 1920 a su vuelta del exilio para competir por la presidencia). El segundo Vasconcelos todavía alcanzó a escribir un último volumen de la tetralogía en el que narra parte de su vida después de su derrota electoral, El proconsulado (que comienza con su campaña política de 1929 y acaba cuando se embarca de España rumbo a Argentina en 1931). El tercer Vasconcelos aún tuvo fuerzas para publicar, en 1959, La flama, donde incluye algunos relatos autobiográficos posteriores a 1931. Sin embargo, es relativamente poco lo que Vasconcelos escribió sobre el segundo periodo de su vida y todavía menos lo que contó sobre el tercero.

La hipótesis de la diferencia entre el primer Vasconcelos y el segundo ha sido suscrita por varios autores. Todos coinciden en trazar la frontera entre ambos en el fatídico 1929. Lo que caracteriza mi posición es que yo distingo al segundo de un tercero y fijo en 1940 la línea divisoria entre ellos.

El primer Vasconcelos es el Ulises heroico: el joven ateneísta, el seguidor de Madero, el intelectual de la Convención de Aguascalientes, el Rector de la Universidad, el Secretario de Educación Pública, el Maestro de América, el candidato a la presidencia.

El segundo Vasconcelos es un hombre de claroscuros y, a veces, incluso, un enigma. En este periodo alcanza su madurez plena –entre los 47 y los 58 años–. En esa década, se convirtió en un escritor sumamente prolífico: publicó su sistema filosófico en tres volúmenes, los cuatro tomos de sus memorias –que resultaron un éxito de ventas–, media docena de obras sociales, históricas y peda- gógicas –algunas de ellas, aún muy leídas– y, por si fuera poco, cientos de artículos en periódicos y revistas con los que estuvo muy presente en la esfera de la opinión pública. Desde un punto de vista editorial, comercial, de exposición, el segundo Vasconcelos es el de mayor importancia. Sin embargo, desde otros puntos de vista, es el responsable de la mala reputación que tiene el autor entre la mayoría de sus críticos. Se le acusa, entre otras cosas, de haberse convertido en un político amargado, un mal filósofo y un pensador reaccionario. Para no pocos mexicanos, el verdadero Vasconcelos desapareció en 1929.1 El que siguió vivo hasta 1959 fue como un impostor dentro del cuerpo envejecido del primero.

La hipótesis exegética de los tres Vasconcelos –o de los dos, si obviamos la distinción que hago entre el segundo y el tercero– puede someterse a una crítica que no debe soslayarse. Aunque es común hacer este tipo de cortes biográficos en la historiografía, se podría argüir que no pueden, es más, no deben tomarse demasiado en serio. Esta tendencia a cortar en dos o en tres la vida o la obra de un autor, muchas veces sirve para justificarlo o, lo que es peor, para exculparlo. De esa manera, se puede decir que el primer X era malo y el segundo X era bueno. O que el primer Z estaba en lo cierto y el segundo Z equivocado. Pero ¿por qué no decir simplemente que X siempre fue malo y Z siempre estuvo equivocado? Mi respuesta es que la división que ofrezco entre el primero y el segundo Vasconcelos –del tercero no me ocuparé aquí– es, antes que nada, exegética. En la realidad no hay corte radical entre ambos: hay un continuo. Sin embargo, marcar la línea en 1929, en el caso específico de Vasconcelos, no sólo sirve para entender la dinámica de su pensamiento, sino para evaluar la totalidad de su obra. Más aún, la frontera entre el primero y el segundo no parece ser un mero artilugio hermenéutico. Casi de inmediato, sus amigos y lectores se percataron de la transformación que sufrió el pensamiento de Vasconcelos. El propio autor reconoce que después de 1929 comenzó a pensar de otra manera acerca de los asuntos sociales. Por lo que respecta a las tesis centrales de su filosofía, aunque hay casi completa continuidad entre el primero y el segundo periodos, el cambio fundamental consiste en la manera más sistemática en la que se exponen. No es incorrecto afirmar que, a partir de 1929, Vasconcelos se convierte en otro tipo de filósofo. Además, en ese periodo, formula algunas tesis muy importantes que no estaban presentes en su filosofía de la década anterior.

En este libro haré una lectura de las obras filosóficas, sociales, políticas, pedagógicas e históricas del segundo Vasconcelos. Se trata de una primera aproximación; diríase, de una introducción. No profundizo en el examen crítico de ninguna de las obras. Tampoco estudio a detalle la recepción de sus escritos en esos años.2 Lo que pretendo es ofrecer un paisaje de las publicaciones de este periodo para que el lector pueda, más adelante, ahondar, si así lo desea, en cada uno de ellos.

Mi revisión seguirá cuatro principios metodológicos. El primero es la pretensión de exhaustividad, es decir, de no dejar fuera ninguna de las publicaciones conocidas del periodo –aunque aclaro que aquí no considero documentos inéditos, como cartas o borradores–. El segundo es adoptar un orden cronológico. Al seguir una línea temporal se podrá examinar la manera en la que las ideas de Vasconcelos fueron cambiando durante este periodo. El tercero es ofrecer una visión orgánica de todos los escritos estudiados, es decir, los tomaré como una unidad, resultado de la adición entrelazada de las obras individuales. A diferencia de la mayoría de los estudios sobre el segundo Vasconcelos, que se concentran en solo una de sus facetas, aquí intercalo el análisis de sus obras filosóficas con el de su pensamiento político, pedagógico e histórico. El cuarto principio que distingue esta investigación es que le presto atención a su labor periodística. La única manera de realizar un registro minucioso de los cambios graduales dentro del pensamiento del segundo Vasconcelos es seguir muy de cerca sus contribuciones regulares en periódicos y revistas como: Repertorio americano (1930-1936), Diario de Yucatán (1930-1934), La Prensa (1931-1932), Antorcha (1931-1932), Crítica (1933-1934), El hombre libre (1936), Hoy (1937-1939), Universidad. Mensual de cultura popular (1937-1938), Todo (1939-1940) y Timón (1940).

Los cuatro principios anteriores tienen como finalidad dar respuesta a las preguntas sobre por qué y cómo el primer Vasconcelos se convirtió en el segundo. La respuesta más común a estas interrogantes es breve y simplista: se amargó por la derrota política de 1929 y se traumó por el suicidio de Antonieta Rivas Mercado en 1931. Este fácil diagnóstico explica poco ya que no nos permite entender por qué el pensamiento de Vasconcelos tomó esa ruta en vez de otras. Para comprender este devenir tenemos que examinar el proceso intelectual del autor, no sólo su proceso psicológico. Es por ello que de sus obras autobiográficas –ya aludidas– y literarias –Pesimismo alegre (1931) y La sonata mágica (1933)– me ocuparé sólo de manera tangencial. Soy consciente de que este sesgo puede generar incomodidad en no pocos lectores. En una tempranísima reseña del Ulises criollo, Jorge Cuesta afirmó que las ideas de Vasconcelos –las filosóficas en particular, pero también las sociales, las históricas y las pedagógicas– cuando se consideran separadas de su vida son sencillamente ilegibles. Y remató: “Tan inconsistente, tan pobre y tan confusa como es su doctrina cuando se la mira pensando, es vigorosa, imponente y fascinadora cuando se la mira viviendo.”3 Este dictamen se ha convertido en una especie de dogma de la crítica. La recomendación que se extrae de manera apresurada del agudo comentario de Cuesta es que hay que leer con admiración el Ulises criollo e ignorar con desprecio todo lo demás. Es verdad que, en pocos autores, como en Vasconcelos, se entremezcla la vida y la obra, y separar una de otra no siempre es posible. No obstante, en este libro no he pretendido ofrecer una biografía y ni siquiera una biografía intelectual de Vasconcelos. El énfasis del libro está puesto en las ideas de Vasconcelos. Ellas tienen que defenderse por sí solas. Y si no ignoro las vicisitudes del hombre que las urdió es porque ese hombre sigue provocando reacciones de adhesión y repudio que han deformado la recepción de aquellas ideas.

No pretendo arrojar más leña a ninguna de las dos hogueras: la que condena y la que venera a Vasconcelos. Mi objetivo es entenderlo. Pero para lograrlo hay que ir más allá de los clichés con los que se ha pretendido juzgarlo. El reto es leer al segundo Vasconcelos sin las etiquetas que se le han adjudicado. Por dar algunos ejemplos: se ha dicho una y otra vez que después de 1929 Vasconcelos se movió hacia la derecha, que se acercó a la Iglesia, que adoptó posiciones conservadoras, que se hizo anti-semita, que comulgó con el franquismo e incluso que simpatizó con el Tercer Reich. Todo eso es cierto, pero no basta para entender a cabalidad el desarrollo de su pensamiento en el segundo periodo y, sobre todo, para poder emitir un juicio sólido sobre éste.

Que no se piense que seré apologético. Al contrario. Seré muy crítico de Vasconcelos. Pero tampoco es mi propósito condenar su obra al olvido sepulcral, como quisieran algunos de sus enemigos. Mi interés es ofrecer las razones objetivas por las cuales no deberíamos hacerlo. Espero que no se me juzgue de ingenuo o de hipócrita, pero yo pienso que a las personas y a sus actos hay que juzgarlos no por lo peor sino por lo mejor. Y como espero mostrar aquí, lo mejor del pensamiento del segundo Vasconcelos merece que se le coloque en un sitio privilegiado de nuestra historia intelectual.

La pregunta sobre qué relación hay entre la filosofía del segundo Vasconcelos y su pensamiento político, histórico y social en esa misma época no puede dejar de plantearse. Quienes condenan radicalmente ese pensamiento pueden tener la tentación de repudiar su filosofía por considerar que fue ahí donde Vasconcelos halló el fundamento de sus posiciones nacionalistas, derechistas, ultra-católicas, anti-semitas y pro-nazis. Mi respuesta es que el sistema filosófico de Vasconcelos no está comprometido con esa concepción de la historia, la sociedad y la política que adoptó a principios de los años treinta, especialmente durante su exilio en España. Los orígenes de su pensamiento político, histórico y social de esa década están claramente en otros lados: en su desencanto con la democracia liberal, su rechazo del capitalismo financiero internacional, su repudio del comunismo soviético, su condena de la subordinación colonial de América Latina, su entusiasmo por el hispanismo, su nacionalismo latinoamericanista y, sobre todo, su reencuentro con el catolicismo, entendido como una concepción integral de mundo. El monismo estético no está comprometido con ninguna de estas doctrinas políticas, históricas y sociales –algunas de las cuales también eran defendidas por reputados autores como el español José María Pemán, el francés Charles Maurras o el inglés Hilaire Belloc–. Sin embargo, el monismo estético tampoco es incompatible con esas doctrinas. Por ello y por haber estado vinculadas por su autor dentro de su corpus, uno puede quedarse con la impresión de que las dos deben tener el mismo destino: o se aceptan ambas o se rechazan las dos. Aquí intentaré mostrar que ese no es el caso.

Este estudio termina en el umbral del tercer Vasconcelos, el menos estudiado de los tres.4 Este es el Vasconcelos de la vejez, alejado de la política activa, pero que sigue opinando sobre ella en sus columnas periodísticas.5 Entre 1942 y 1954, Vasconcelos publicó cientos de artículos en la revista Todo. Y entre 1943 y 1954 hizo lo mismo en el periódico Novedades. Algunos de estos artículos fueron recogidos en En el ocaso de mi vida (1957), pero la mayoría están sepultados en las hemerotecas. La filosofía del tercer Vasconcelos es una continuación de la del segundo. La Lógica orgánica (1945) y la Todología (1952) no se entienden sin el antecedente de su sistema. Sin embargo, hay diferencias de enfoque que merecerían mayor atención de los especialistas. Por último, el tercer Vasconcelos es como un guerrero derrotado y cansado que guarda la espada y se refugia, cada vez más, en la Iglesia. El año de 1940 sirve como frontera entre el segundo y el tercer Vasconcelos no sólo por el triste episodio de Timón –que puede verse como su última derrota política– sino porque en ese mismo año se confesó, recibió la comunión y volvió al seno de la Iglesia Católica, que no dejaría jamás. Su pequeño libro póstumo Letanías del atardecer (1959) es el testamento espiritual de ese periplo vital.

No podría dejar de reconocer que la manera en la que examino el pensamiento de Vasconcelos lleva el sello de mis propias inclinaciones y mis preferencias. Muchas veces me pregunté por qué alguien como yo, que nació después de la muerte de Vasconcelos, se sigue interesando en su obra. Ninguno de mis maestros me inculcó ese interés. Por el contrario, lo que me enseñaron fue a repudiarlo. Quizá algo tuvieron que ver esos gruesos volúmenes de las Obras completas de Vasconcelos que Raúl Pous Ortíz le regaló a mi padre y que luego él me cedió cuando le dije que quería estudiar filosofía. Pero no todas mis razones para escribir este libro son tan personales. Desde hace algunos años, resulta evidente que el interés por el pensamiento de Vasconcelos ha ido creciendo entre los filósofos mexicanos más jóvenes. Lo mismo puede observarse en el grupo cada vez más numerosos de estudiosos de la filosofía mexicana en los Estados Unidos y en otros países. Es a esos nuevos lectores de la obra de Vasconcelos a quienes espero que este libro les resulte de mayor utilidad.

La investigación para este libro se realizó con el apoyo del Seminario de Investigación sobre Historia y Memoria Nacionales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde su origen en 2005, el Seminario ha sido para mí una segunda casa intelectual. Sus primeros investigadores titulares fuimos Lourdes Alvarado, Alicia Azuela, Fernando Curiel, Virginia Guedea –nuestra dilecta coordinadora–, y yo. A este grupo original se han ido sumando otros investigadores asociados, asistentes y estudiantes. Una característica del Seminario es que su labor siempre ha seguido un método multidisciplinario. Los temas de estudio se examinan desde la mirada plural de la historia, la pedagogía, la estética, la crítica literaria y la filosofía. Sin esa práctica de investigación me hubiera resultado difícil escribir un libro como éste, en el que se abordan temas de disciplinas diferentes y se busca integrarlas desde una posición común. Agradezco a todos los miembros del Seminario por sus diálogos y enseñanzas a lo largo de estos años.

Algunas secciones del libro fueron leídas ante diversos públicos y, en especial, en el Seminario de filosofía mexicana que imparto regularmente en el Posgrado en Filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México. Las observaciones y críticas de mis alumnos me fueron de mucha utilidad para mejorar el texto. Mi asistente de investigación, la Mtra. Tania Ortiz Guadarrama, me ayudó en la revisión del texto en su penúltima versión. El Dr. Raúl Trejo, especialista en la obra de Vasconcelos, me compartió valiosos datos para hacer la investigación y completar la bibliografía. Last but not least, Fanny del Río fue un estímulo espiritual, intelectual y emocional durante la preparación de este libro.

1 Véase, por ejemplo, el cándido testimonio de Cristina Pacheco en “Ha muerto Ulises (una antievocación)”, Revista de la Universidad de México, XXXIII, 9-10, mayo-junio 1979, pp. 25-27.

2 Para la recepción de la obra de Vasconcelos en los años treinta, vid. la extensa entrada sobre el autor en Aurora Ocampo (dir.), Diccionario de escritores mexicanos. Siglo XX, Tomo IX (U-Z), México, UNAM, 2007.

3 Jorge Cuesta, “Ulises criollo”, El Universal, 8 de julio de 1935, p. 3.

4 Una excepción es el estudio que hace Cristopher Domínguez de dos escritos del tercer Vasconcelos: La flama y “B-H” en su ensayo “José Vasconcelos, padre de los bastardos”, incluido en su libro Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo XX, México, Era, 1997, pp. 47-194.

5 Un retrato del tercer Vasconcelos se encuentra en la entrevista que le hizo Emmanuel Carballo poco antes de su muerte, Cfr. Diecinueve protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX, Empresas editoriales, 1965.

CAPÍTULO UNO

Tratado de Metafísica

Vasconcelos fue el intelectual latinoamericano más célebre del periodo de entreguerras. Esa fama explica que pudiera realizar la proeza de vivir de las regalías de sus libros y artículos. Sin embargo, el prestigio de Vasconcelos no se fundaba tanto en sus obras filosóficas como en sus obras sociales e históricas, en sus memorias y en sus colaboraciones en la prensa. La filosofía de Vasconcelos de los años treinta fue una empresa enteramente solitaria, la creación de un exiliado, de su país y de los espacios académicos. No obstante, para entender de manera orgánica su pensamiento público es preciso tomar en cuenta sus obras filosóficas, porque en ellas encontramos claves para comprender cabalmente sus demás escritos. Vasconcelos se consideraba a sí mismo un filósofo por encima de todo, un filósofo que también escribía historia, sociología, pedagogía, periodismo, muchas veces, no por un interés espontáneo sino como un medio para ganarse la vida.

En la Introducción distinguí tres periodos de la vida pública de Vasconcelos. Me parece que la vida filosófica de Vasconcelos también puede dividirse en tres periodos: el ensayístico, que va de su Teoría dinámica del derecho, de 1907, a su Indología, de 1926; el sistemático, que comienza con su Tratado de Metafísica, de 1929 y concluye con su Estética en 1935; y el post-sistemático, que comprende desde su Historia del pensamiento filosófico, de 1937, hasta su último libro de filosofía, la Todología, de 1952. Como se puede observar, la periodización que ofrezco de su vida pública y de su producción filosófica no coinciden exactamente.

El primer periodo filosófico es el más conocido, entre otras razones, porque es el más sencillo de leer y explicar: escritos breves sobre un solo tema. En otro sitio yo lo he estudiado desde una perspectiva filosófica y de historia intelectual.6 Aquí examinaré la filosofía del segundo periodo, conformado por las tres obras de su sistema: Tratado de Metafísica (1929), Ética (1932) y Estética (1935) y, además, una de su tercer periodo: Historia del pensamiento filosófico (1937).

¿Qué tipo de filósofo fue Vasconcelos? Él mismo nos dio una respuesta: un filósofo es un poeta con sistema.7

Aclaremos esta definición. Vasconcelos no afirma que el filósofo sea un poeta en el sentido vulgar del término, es decir, un autor de versos. Su idea del poeta es semejante a la de los pensadores románticos, como Schelling o Hölderlin, a saber, el de un iluminado que se enfrenta a las profundidades del Universo y a los misterios del Absoluto. Prestemos ahora atención al requisito del sistema, que es lo que distingue a su filosofía del segundo del primer periodo. Antes del Tratado deMetafísica, Vasconcelos había publicado varios libros en los que había formulado propuestas originales sobre distintos temas. Pero hasta 1929, él era un filósofo sin un sistema que ofreciera una explicación de la totalidad de la realidad. Esto le inquietaba, puesto que pensaba que hasta que no construyera un sistema de esa envergadura, no sería un filósofo comme il faut.8 En el Tratado de Metafísica Vasconcelos anunció la futura publicación de una Ética y una Estética que completarían su ambicionado sistema. Cuando Vasconcelos se planteó el proyecto todavía no había tomado la decisión de competir por la presidencia de México. De haber triunfado en la elección de 1929, es improbable que hubiera sido capaz de publicar los dos libros siguientes en un lapso de seis años. Desde un punto de vista, el político perdió la presidencia, pero el filósofo salió victorioso. Eso pensaba el propio Vasconcelos. En 1937 dijo: “yo no cambio mi Estética por la mejor de las batallas de Simón Bolívar.”9 Sin embargo, son muy pocos los que estarían de acuerdo con esa apreciación.

En 1977, José Joaquín Blanco sostuvo que: “… de todos los fracasos de Vasconcelos el mayor es su filosofía.”10 Blanco no es filósofo; sin embargo, su opinión es compartida por muchos, quizá la mayoría de los filósofos de México. Los lectores de las obras filosóficas de Vasconcelos se desesperan porque no encuentran en ellas el tipo de filosofía a la que están acostumbrados. Ante esta extrañeza, resulta sencillo sostener que la filosofía de Vasconcelos no es, en realidad, filosofía, sino un sucedáneo, una reflexión sui generis que carece de las condiciones de rigor, objetividad y forma que se exige de una obra de ese tipo. Otros lectores más conciliadores, pero no menos tajantes, conceden que Vasconcelos hizo filosofía, pero que la suya fue simple y llanamente mala filosofía: la obra de un filósofo improvisado, falto de método, sin solidez alguna. Se han repetido tanto estos juicios negativos que hoy en día son pocos los especialistas en la historia de la filosofía mexicana que se atreven a estudiar la obra de Vasconcelos.11 Leer con atención la obra filosófica de Vasconcelos se considera una pérdida de tiempo. Sin embargo, no se puede hacer una historia de la filosofía mexicana en el siglo XX si no se examina la trilogía que Vasconcelos publicó entre 1929 y 1935. Aunque no pocas de las ideas centrales de dicho sistema se pueden rastrear en sus obras previas a 1929, el sistema es una creación intelectual que no se puede ignorar en la historia de nuestro pensamiento. Mi propósito es hacer una revisión del sistema filosófico de Vasconcelos con el propósito de brindar a los nuevos lectores una visión de conjunto que les permita adentrarse en él por su cuenta.

El sistema de Vasconcelos no es una elucubración extravagante, es una propuesta que tiene vasos comunicantes con otras filosofías previas: de Pitágoras adopta la idea del ritmo de la realidad, de Platón la concepción de la belleza como unidad, de Plotino la tesis del Uno como la realidad absoluta, del Pseudo Dionisio Areopagita la doctrina de que el universo entero aspira a reintegrarse con el Dios creador, de San Agustín la tesis de que la caída del ser humano es la fuente del mal, de Nietzsche la crítica del racionalismo, de Schopenhauer el pesimismo sobre la vida humana en la tierra y de Bergson la idea de la evolución creadora del universo. Para Vasconcelos, la filosofía debe ser sintética, poética, emotiva y mística. Examinemos estas características en la obra que da inicio a su sistema filosófico: el Tratado de Metafísica.12

El libro se publicó a mediados de 1929 pero el manuscrito estaba casi completo desde el año anterior. Vasconcelos escribió la mayor parte de la obra en Chicago, cuando radicó ahí como profesor invitado de la universidad. Una manera de resumirla –tarea difícil ya que, a pesar de llamarse “tratado” no sigue una línea argumental, sino una secuencia espiral– es que propone un recorrido narrativo que va del surgimiento de la energía primigenia a la aparición de la consciencia. La mayoría de las tesis que defiende en este tratado habían sido formuladas en sus libros anteriores. En Pitágoras había propuesto una original metafísica del ritmo;13 en Monismo Estético, había afirmado que todo lo que hay pertenece, a fin de cuenta, a una sola substancia,14 en La revulsión de la energía, había dicho que esa misma substancia, la energía, cambiaba de manera ascendente por medio de un proceso del que emergían distintos tipos de seres: físicos, biológicos e inteligentes,15 y en “La sinfonía como forma literaria” había descrito un estilo filosófico diferente del ensayo académico, que se ajustaba a su concepción de la filosofía.16 Podría decirse entonces que el Tratado de Metafísica es la reformulación de su filosofía anterior en forma sistemática. Se trata de un primer intento y, por ello, de una obra en la que su autor aún no domina el género. En la Ética y, sobre todo, en la Estética, Vasconcelos logrará encontrar mayor capacidad argumentativa y expresiva.

El sistema de Vasconcelos tiene dos rasgos metodológicos y estilísticos que hoy en día son vistos como rarezas en los principales círculos de la filosofía académica: en vez de ser analítica es sintética, y en vez de ser tener una aspiración científica, tiene una aspiración poética.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, el término “filosofía analítica” no tenía su sentido actual. Se hablaba del positivismo lógico o del atomismo lógico, pero no de la filosofía analítica, como hoy en día, en que se la considera como una de las corrientes más fuertes de la filosofía desde el siglo XX. Como el resto de los miembros del Ateneo de la Juventud, Vasconcelos hizo una crítica filosófica y política del positivismo decimonónico. Encontramos, desde entonces, un franco rechazo del cientificismo y, por lo mismo, de la tendencia hacia la fragmentación del conocimiento resultado de la especialización. Decía Vasconcelos: “las filosofías analíticas son exactas, a veces fecundas en resultados prácticos, pero también es exacta y fecunda la carpintería.”17 Según Vasconcelos, la filosofía debe aspirar a la integración de todos los saberes para poder ir más allá de la ciencia y dar una visión de conjunto de la realidad. El análisis no permite entender la totalidad. Mientras que la ciencia busca conocer las cadenascausales de las distintas esferas de lo real, la filosofía busca conocer el sentido de la realidad en su conjunto. El científico ofrece explicaciones, el filósofo revela la finalidad. No obstante, es muy importante señalar que la filosofía de Vasconcelos no sólo no es anti-científica, sino que se basa de manera explícita en las teorías más recientes de la física y la biología. En esto, Vasconcelos es, como tantos otros filósofos de su generación, un bergsoniano. La mayor contribución de Bergson al pensamiento de su tiempo, según Vasconcelos, había sido la de recuperar para la filosofía los avances científicos de la segunda mitad del siglo XIX y de principios del siglo XX.18 Sin embargo, la filosofía de Vasconcelos es anti-cientificista, es decir, niega que la ciencia resuma todo lo que podemos saber de la realidad. Y en eso también coincide con otros discípulos de Bergson. Las leyes fundamentales del universo no son lógicas, como piensan los atomistas lógicos, ni matemáticas, como piensan los científicos duros, ni morales, como piensan algunos filósofos; son estéticas, es decir, son leyes que responden a principios rítmicos que propician que la totalidad de la creación alcance una belleza que engloba todo bajo su dulce manto. Esa música del universo lleva un mensaje: la búsqueda de Dios.19

Desde Platón, una poderosa corriente de la filosofía occidental ha exiliado a la poesía a las antípodas de la filosofía. Sin embargo, desde la misma tradición occidental se ha buscado acabar con ese amargo divorcio. Vasconcelos pertenece al reducido grupo de filósofos que han intentado reconciliar filosofía y poesía. No confunde la filosofía con la poesía, sin embargo, insiste en que la filosofía debe asemejarse a la poesía en algunos aspectos fundamentales. Su método puede estudiarse, entonces, como una especie de poética filosófica. La poesía se apoya en metáforas e imágenes, y en la filosofía de Vasconcelos ambas figuras juegan un papel muy importante para construir los razonamientos que le permiten alcanzar sus conclusiones. Otra herramienta de su razonamiento es la analogía. La razón de Vasconcelos es analógica, pero, sobre todo, emocional; más aún: apasionada. No es la poética del Haikú –minúscula, modesta– sino la del poema sinfónico –grandioso, apabullante–. En la obra de Vasconcelos no valen las reglas académicas de la economía verbal, la claridad conceptual o la argumentación precisa. Las metáforas y las analogías de su filosofía se entienden mejor cuando se basan en ejemplos tomados de la música clásica. A diferencia de otros filósofos que conciben la realidad como un libro de estampas infinitas –por ejemplo, el primer Wittgenstein–, Vasconcelos la concibe como una gigantesca sinfonía o quizá, mejor dicho, un oratorio. Por eso mismo, su filosofía no puede resumirse en una lista de principios ordenados lógicamente, como lo está el Tractatus Logico-Philosophicus, sino que se plantea como una obra con una sonoridad propia en la que se intenta reproducir, como si fuera un gigantesco pentagrama, la melodía inabarcable del universo.20

La metafísica de Vasconcelos parte del dato inmediato de la existencia: la suya y la del mundo que lo rodea. Este dato no surge de la observación sino de la emoción. De ella no se puede dudar –como los escépticos– ni siquiera poner entre paréntesis –como Husserl–. Hay un apasionado pasaje del Tratado de Metafísica que nos recuerda el comienzo de su Ulises criollo. Vale la pena citarlo: “Existo como punto de dolor que ningún consuelo alivia: existo como grito de júbilo que ningún temor acalla. Pero apenas he lanzado al espacio mi trino profundo y jovial o mi hondo lamento, cuando he aquí que comienza a agitarse un vibrar universal misterioso: por donde quiera que observo percibo como mareas etéreas, ondas disímiles: unas fingen ecos, simulan respuestas; otras invitan a anegarse en piélagos muertos.”21 Toda filosofía, según Vasconcelos, nace de esa experiencia de la existencia.

A continuación, el autor constata el dato de que la existencia es movimiento. En un plano más teórico, el filósofo introduce la noción de estructura dinámica para describirla manera en la que se organiza la energía. El átomo, el organismo y el alma son tres formas distintas de organización de una misma energía. Por eso, el sistema de Vasconcelos es un monismo. Todo lo que existe tiene, a fin de cuentas, la misma naturaleza: la energía. Se equivocan los materialistas: la materia está hecha de energía. Se equivocan los idealistas: las ideas están hechas de energía. Se equivocan los animistas: el alma está hecha de energía. Al igual que otros filósofos de principios del siglo XX, como Ernst Mach, William James y Bertrand Russell, Vasconcelos rechaza como una calamidad todas las doctrinas que separan de manera metafísica lo físico de lo mental. “Donde hay dualidad, tienden su alfombra los cirqueros de la dialéctica”,22 dice el pensador mexicano. Si toda la realidad es energía, no puede dejar de estar en movimiento. Pero ese movimiento tiene dos direcciones: hacia abajo, hacia la disolución, o hacia arriba, hacia la integración, o, dicho de otra manera, hacia abajo, hacia la nada, o hacia arriba, hacia la divinidad. Los seres humanos estamos en la parte más alta de la realidad creada por Dios, en la cresta de la ola cósmica. El concepto de revulsión –que Vasconcelos había introducido en su ensayo de 1924 “La revulsión de la energía”– permite explicar la existencia de diversos órdenes a partir de las transformaciones de una misma sustancia originaria. El diccionario define “revulsión” como “un cambio importante en una situación que generalmente produce efectos favorables”. Por medio de una secuencia de revulsiones, la energía que procede de la creación primitiva se eleva en espirales ontológicas hasta retornar a Dios. Lo más simple se hace más complejo, lo más disperso se hace más unitario, lo más corriente se hace más valioso, y al final, la parte se reintegra al Todo. Como dijo Ramón Xirau, la metafísica de Vasconcelos es un plotinismo dinamizado.23