Entusiasmo y delirio devino - Josef Pieper - E-Book

Entusiasmo y delirio devino E-Book

Josef Pieper

0,0

Beschreibung

En esta bellísima reflexión al hilo del diálogo platónico Fedro, Pieper explora la tensión entre el sofista y el que busca la verdad mediante el amor. Lisias defiende un deseo racional y frío, sin la conmoción del verdadero eros. Frente a su visión, técnica y superficial, el Sócrates platónico presenta el "delirio divino" como un don que permite al alma recordar su origen trascendente. La conmoción erótica no es una enfermedad, sino una inspiración necesaria que eleva al ser humano hacia la belleza absoluta. El autor ofrece una reflexión final sobre la relación entre el espíritu y la sensibilidad, concluyendo que la filosofía y el amor comparten una naturaleza insaciable que solo encuentra respuesta en lo divino.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 147

Veröffentlichungsjahr: 2026

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



JOSEF PIEPER

ENTUSIASMO Y DELIRIO DIVINO

Sobre el diálogo platónico Fedro

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Begeisterung und Göttlicher Wahnsinn

© 1995 by Kösel-Verlag, una división de Penguin Random House Verlagsgruppe GmbH, Munich.

© 2026 de la versión española, realizada por Consuelo García

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-7303-5

ISBN (edición digital): 978-84-321-7304-2

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7305-9

ISNI: 0000 0001 0725 313X

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Prólogo

1. Actores y método

Las personas de la acción

Elementos de la atmósfera de la Atenas intelectual: desarraigo culto

Técnica de vida ilustrada: placer brutal

Sofística: «el razonamiento culto» (Hegel)

Apariencia de sabiduría y falsa actualidad

Éxito como criterio

Lo “moderno” en Sócrates: no interesa la naturaleza, sino el hombre

Historias míticas y “el” mito

2. Lisias

El discurso erótico de Lisias: deseo sin amor

Placer y charla, lo sospechoso de la pasión

La incapacidad para conmoverse falseada como “sensatez”

La rectitud trivial

Lo fascinante de la maestría formal

Presencia enigmática de la tradición sagrada

3. El Sócrates platónico

La ironía como dificultad para la interpretación

El primer discurso socrático

Desenmascaramiento a partir de las implicaciones verbales

El símbolo demoníaco

El impacto de la palabra sin compromiso

4. La mayéutica

El giro de Kierkegaard: la entrega a lo estético desemboca en la verdad religiosa

La fuerza de la retractación y el arrepentimiento

Amor entre hombres libres

La aparición de las figura divinas

Continúa la mascarada

5.

Mania

y

passio

Mania

como don divino

El estar-fuera-de-sí; pérdida del autodominio autárquico

Passio, entusiasmo

Formas del delirio divino. Primera: el éxtasis profético; Delfos, Dodona, la Sibila

La esterilidad de la perspectiva histórica

La palabra clave: “inspiración”

¿Cómo acontece la revelación?

Segunda: la “mania catártica”

El estar-fuera-de-sí como condición previa para la purificación y la salvación

Reordenación de los sentidos como regalo

Tercera: el éxtasis poético como gracia

Poesía e inspiración: Lessing, Goethe, Hölderlin, Benn

¿Quién es el poeta?

6. La conmoción erótica

La verdadera riqueza vital solo se alcanza en el “no-estar-en-sí-mismo”

La cuarta forma de la theia mania: la conmoción erótica

Naturaleza y destino del alma

Inmortalidad

El ser alado. «Regir la totalidad del cosmos»

Discurso metafórico como forma de la limitación consciente

Símil y mito

La caída del alma

Nostalgia y recuerdo

Lo más amado y lo que más conmueve: La belleza

«Lo bello no en cuanto cumplimiento, sino en cuanto promesa» (Goethe)

El carácter erótico del filosofar

Formas y deformaciones del eros

7.

Eros

y

Ágape

Confrontamiento con lo que nosotros mismos entendemos por verdad

Entran en juego las últimas posiciones. Desacuerdo real y aparente

Eros y Ágape

La vecindad entre espíritu y sensibilidad. ¿Hay amor “desinteresado”?

8. Súplica al eros divino

La segunda parte del diálogo

Cuándo es bello un discurso

¿La verdad necesita de la retórica?

Los grandes maestros no escriben

Oración por «la belleza interior»

Notas

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

Notas

PRÓLOGO

Quien se dirija a los historiadores de la Filosofía para informarse sobre las cuatro o cinco obras más importantes de Platón no obtendrá probablemente la misma información de todos; pero es casi seguro que, junto al Banquete, Política, Fedón, le sea nombrado el diálogo Fedro.

Este diálogo ha tenido un destino extraño en la historia de la investigación platónica de los últimos cien años; se ha podido decir de él con razón que ha formado hasta ahora el centro de las discusiones en la investigación de Platón1. El motivo inmediato de esta controversia, la cuestión de la fecha, es algo que no nos interesará explícitamente en esta exposición. Pero esta cuestión se ha encendido en el contenido y en la forma misma de la obra. Y no se trata de un par de años o de un decenio. Unos, como Schleiermacher y Usener, por ejemplo, afirman que se trata de una obra temprana, cuando no del primer libro del joven Platón; mientras que los otros dicen que este diálogo es manifiestamente una obra de la vejez, escrita cuando el maestro tenía por lo menos sesenta años, después de la Política y del Banquete. Kurt Hildebrandt dice: «De no ser por la autenticidad de la transmisión, el excesivo criticismo de este tiempo hubiera fácilmente conseguido, por medio del método histórico-crítico, demostrar su falsedad»2.Sin embargo, este método histórico-crítico ha demostrado, al contrario, como muy probable que se trata de hecho de un diálogodel Platón maduro, escrito en su cumbre, en el mismo decenio del Banquete de la Política y del Fedón.

Mencionó todo esto para poder dejarlo definitivamente. Agradecemos la prueba de autenticidad histórica y la clasificación cronológica de este diálogo en los años cumbres de Platón. Pero nuestro interés se orientará a partir de ahora exclusivamente al contenido del diálogo Fedro. Como he dicho, ha sido sin duda lo especial de la expresión lo que ha dado lugar a clasificaciones cronológicas tan dispares. Ya en la Antigüedad había chocado la dicción y estructura de Fedro. Sabemos que el neoplatónico alejandrino Hermeias, que escribió un comentario del Fedro, tuvo que defender a su autor, Platón, contra muchas objeciones: inmadurez, barroquismo, polémica primitiva3. Del mismo modo, el hecho de que este diálogo haya provocado caracterizaciones tan distintas respecto de su contenido es, a primera vista, algo raro, por no decir sospechoso. Pues en último término es, o al menos así tendría que ser, posible constatar el tema en cuestión. Y además, los distintos subtítulos antiguos de «del amor», «del alma», «de lo bello», se dejan también reducir a un común denominador. Pero esto mismo sería imposible desde las caracterizaciones aparecidas desde Schleiermacher, o sea, desde comienzos del siglo xix. El mismo Schleiermacher cree que el verdadero tema del Fedro es el arte del pensamiento libre y de la comunicación culta o dialéctica4; Susemihl, asimismo traductor de Platón e importante historiador filosófico, decía alrededor de 1850: «El punto de unión es la Anamnesis»5. En 1898 escribía el filósofo Paul Natorp, en un tratado sobre el Fedro de Platón: «El pensamiento vinculador es el de comunidad»6. Wilamowitz en su obra sobre Platón, aparecida inmediatamente a la segunda guerra mundial, titula el amplio capítulo dedicado al Fedro de un modo que viene a significar todo lo contrario. «La naturaleza —dice Wilamowitz— concedió a Platón, en un momento feliz, la fuerza de resumir todo en este diálogo: «De este modo llamaré al capítulo que trata del Fedro“un feliz día de verano”». Y añade: «Igual si me injurian que si me ponen en ridículo, es así como veo al poeta en cuya alma intento ambientarme»7.Pero todavía queda lo más asombroso, y que he reservado para el final. «El Fedro, reza la más reciente caracterización, debe ser venerado como el escrito sagrado de la cultura platónica en su sentido auténtico», esto se puede leer en la edición alemana del Fedro de Kurt Hildebrandt, aparecida en 19538.

Quien considere todas estas contradicciones tendrá que pensárselo tres veces antes de decidirse por una interpretación. Y yo mismo confieso que he vacilado durante diez años. Por una parte, me sentía fascinado por algunos pasajes de este diálogo, del cual se comprende que haya poseído una fuerza de irradiación sin igual. Hölderlin, por ejemplo, ha querido saber entendida su propia teoría sobre lo bello como una especie de comentario al Fedro. Por otra parte, era, sin embargo, difícil superar esta confusión caótica provocada por la multiplicidad de las interpretaciones, tanto de las abstractas-críticas como de las simplemente románticas-entusiastas. Y por si no bastase, el diálogo mismo es una cosa bastante confusa no solo a primera vista, sino también cuando se profundiza en él. La disposición de las dos partes principales no solo es primitiva, sino que parecen no tener ninguna conexión entre sí. Y esa falta de coherencia, dice Usener, esa torpe estructuración del diálogo, «es un signo seguro de la juventud del autor»9.Si, por ejemplo, se considera por separado la primera, la más importante parte del diálogo, se ve que posee una cohesión temática suficiente, pero que se habla sobre el tema de un modo altamente extraño. Se trata de tres discursos. El primero de ellos es, desde el principio hasta el final, cita; algunos intérpretes opinan que se trata de una parodia del autor, en apariencia, citado; en todo caso, este primer discurso es presentado como la declaración de un hombre que no está presente; el discurso es leído. El segundo discurso es de hecho sostenido por Sócrates, pero casi no ha acabado cuando ya dice: que nada de lo que ha dicho es serio y que todo es vergonzosamente falso. Y luego, en el tercer discurso, sostiene exactamente lo contrario de lo anteriormente dicho. La confusión es completa al leer en la literatura platónica erudita, que ninguno de estos tres discursos, que representan una buena mitad de la obra, poseen un significado objetivo; y que se trata, más bien, de pruebas, de ejercicios y de modelos retóricos. Y a la pregunta de si tampoco tiene nada que significar el hecho de que los tres discursos versen sobre el eros, se replica que este tema poseía una «fuerza de atracción especial para la juventud ateniense»10.

Creo, no obstante, que merece la pena ensayar una interpretación del Fedro. Al descifrarlo daremos con tantos descubrimientos, tantas respuestas y esclarecimiento de la realidad humana, que ello nos compensará por haber escuchado con atención. Y en conjunto merece siempre la pena, o si se quiere, es necesario, escuchar siempre a Platón, no exclusivamente a fin de aprender algo sobre Platón mismo, sino, ante todo, para aprender algo sobre algunas cuestiones fundamentales de la existencia que él, Platón, ve y que intenta expresar e interpretar; y frente a las cuales, nosotros, nos encontramos siempre necesitados de consejo y esclarecimiento. Yo no pretendo, por mi parte, haber dado con la “clave”; antes bien, nos veremos obligados a dejar de lado muchas cosas por no rimar con nada. Tampoco será nuestro objetivo primordial hallar un pensamiento básico de coherencia; ni buscaremos la fórmula que, como en un slogan, traduzca todo el contenido del diálogo. Por otra parte, también pasaremos por alto la cuestión que tanto ha preocupado a la investigación platónica, o sea, la de la posición que el diálogo Fedro ocupa dentro del sistema filosófico de Platón; «El lugar dentro del sistema», reza el título de un capítulo en un escrito filosófico-histórico sobre Estructura y Carácter del Fedro platónico11. Existen muchos argumentos en contra de lo que se pudiera llamar un sistema platónico. Y los verdaderos expertos de Platón se ven obligados de continuo a reconocerlo. En el libro sobre Platón de Wilamowitz se dice que Platón «no ha llegado a una unidad lógica de sus doctrinas e ideas sobre el alma humana»12. Esto es absolutamente cierto, pero lo que ya me parece más discutible es cómo acaba la frase. «Quien aprecie al hombre Platón —continúa— acabará por alegrarse a causa de tales contradicciones, pues sentirá que forman necesariamente parte de este hombre y de su alma». Confieso que un tal punto de vista me parece fatal y penoso. Y trato de representarme la reacción de Platón o Sócrates en el caso de que alguien les hubiera dicho: «¡No veo ninguna conexión lógica en lo que dices, pero me agrada que seas una personalidad tan viva y llena de contradicciones!». Muy al contrario, la grandeza de las ideas platónicas radica, antes bien, creo yo, en el hecho de haber sido obtenidas mediante un estudio profundo del objeto del discurso en cada situación concreta—sin tener en cuenta si el resultado rima o no con las ideas deducidas en otros lugares—. La renuncia a un sistema homogéneo no depende de la contradicción interna de Platón, sino —como en otros grandes pensadores, tales como Aristóteles, san Agustín, santo Tomás— del silencioso respeto ante la impenetrabilidad del mundo.

1. ACTORES Y MÉTODO

Las personas de la acción

La primera línea del diálogo nombra solo las personas de la acción, las dramatis personae. No obstante, hay que leer con detenimiento esta primera línea, pues Platón habla casi con más energía a través de la personalidad de sus figuras que en tesis y doctrinas. Ella contiene únicamente dos nombres, Sócrates y Fedro.

El Sócrates de este diálogo reúne dos cualidades, en apariencia incompatibles: espíritu burlón y agudeza, y una tendencia a parodiar como no se da en otros diálogos; pero luego, el mismo hombre habla en metáforas míticas, con el mismo tono ligero, del destino del alma humana; ensalza en tono patético el divino estar-fuera-de-sí del éxtasis; descubre, con audaz gesto médico, los más íntimos secretos del eros; y cierra por último la controversia con una oración. En verdad, como dice Wilamowitz1, un Sócrates bien poco socrático.

El interlocutor Fedro tuvo que ser, igualmente, para los atenienses de su tiempo una figura extremadamente plástica. Y quien hoy quiera percibir lo que Platón quiso hacer perceptible entonces, tiene que intentar reconstruir esa su intención. No es posible imaginar con suficiente drasticidad la claridad que la sola lista de los participantes debía sugerir en el lector de un diálogo, para nosotros de una inteligibilidad tan directa que es apenas soportable. Esto se hace manifiesto en el momento en que se intenta traducir a nuestra época el procedimiento de Platón, en el Banquete, por ejemplo, y vemos a Albert Einstein, Ortega y Gasset, Bert Brecht y Jean Cocteau, reunidos en un coloquio que es, al mismo tiempo, altamente “real”. Mas, ¿quién es Fedro? Es uno de los “discípulos” en torno a Sócrates, uno de esos atenienses que siguen a su maestro ciegamente y con entusiasmo, sufriendo al mismo tiempo la fascinación de todas las sensaciones de la moda.

Platón bosqueja a estos jóvenes con franca ironía. Pero se trata de una ironía cordial, de igual forma que un hombre adulto considera su propia juventud. Y pudiera ser, me parece, que Platón, que guarda en los diálogos un silencio obstinado sobre sí mismo, se hubiese retratado en estos jóvenes atenienses. En cualquier caso, se tratará siempre de una comprensión parcial de lo que ha querido decir Platón, cuando se llame a Fedro un «esteticista acrítico»2 o un hombre de entusiasmo inmaduro y de superficial cultura, que se deja engañar por la apariencia3. Claro está que la última característica coincide: Platón dice lo mismo. Pero también dice algo más; por ejemplo, que Fedro sostiene uno de los más bellos discursos sobre Eros del Banquete (asimismo ocurre con Apolodoro, que en Atenas llaman el “loco” desde que se ha vendido a Sócrates, y que es elegido por Platón para narrar lo que ha sido dicho en casa de Agatón durante el Banquete).

Fedro es el único interlocutor de Sócrates en este diálogo, pero forma parte de un grupo de figuras con las que el lector de Platón estaba muy familiarizado y que le eran, en parte, muy poco simpáticas. Fedro debió de haber metido bien la nariz en aquella atmósfera impregnada de tantas y tan diversas esencias.

Las primeras líneas del diálogo rezan:

Sócrates: ¡Mira quién viene por ahí, mi querido Fedro! ¿De dónde vienes y a dónde vas?

Fedro: De estar con Lisias, el hijo de Kéfalos, y me encaminaba al otro lado de la muralla con intención de dar un paseo. Llevo sentado desde que amaneció conversando con Lisias. Y ahora, por consejo de nuestro amigo Akumenos, voy a pasearme por los caminos al aire libre, pues, como él dice, es menos fatigoso que en los dromos.

Sócrates: Tienes mucha razón, amigo. Entonces, ¿está ya Lisias en la ciudad?

Fedro: Sí, está con Epikrates en la casa de Morichos, cerca del Olimpión.

Elementos de la atmósfera de la Atenas intelectual: desarraigo culto

Estas primeras líneas del diálogo, que fácilmente pueden ser tomadas por una introducción bien poco original y apasionante al “auténtico” tema del diálogo, pertenecen en realidad al tema en sí. Sin embargo, solo se puede apreciar esto cuando se sabe qué figuras humanas se esconden tras esos nombres mencionados sin más explicación. El primero de ellos, Lisias, es un sofista escritor de discursos, un literato altamente versado y con un estilo excelente; especialmente admirable es su fuerza de persuasión cuando miente4