Fabulosas imposturas - Fabienne Bradu - E-Book

Fabulosas imposturas E-Book

Fabienne Bradu

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Ni la moral ni la ley tienen cabida en este libro. La impostura literaria que aquí se aborda, es ajena a lo anatemizado por el decoro y la justicia, y antes bien debe ser considerada como una virtud, hasta un virtuosismo, en el oficio de escribir. La idea de este libro nació de un hartazgo ante la proliferación de relatos autobiográficos, también llamados autoficciones cuando se adornan con mitomanías y mentiras. Se han multiplicado hasta el grado de conformar un territorio bautizado egotopía, un neologismo elocuente de la magnitud perniciosa del fenómeno. Semejante plétora narcisista ha estrechado el horizonte literario, del que se esperaría una dilatada apertura hacia regiones rebosantes de oxígeno inventivo. La impostura tiene una naturaleza lúdica y responde a una decidida apuesta a la imaginación y, por ende, al poder subversivo de la creación. El novelista francés Antoine Bello; Luigi Pirandello; Mariana de Alcoforado, la monja portuguesa del siglo XVII; los alemanes Thomas Mann y Joseph Roth; tres ficciones norteamericanas que, con Nella Narsen, Belle Greene y Philip Roth, ilustran la corriente del passing y atañen a los negros que se hacen pasar por blancos; Max Aub, Enrique Vila Matas; Emmanuel Carrère; Romain Gary y Fernando Pessoa, son los autores que aparecen en el libro. Me gustaría que los lectores cerrasen el libro repitiendo las palabras finales de Romain Gary que yo misma suscribí al terminar de escribirlo: "Me divertí mucho. Hasta la vista y gracias". Fabienne Bradu

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Seitenzahl: 391

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana.

Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de su legítimo titular de derechos patrimoniales.

Esta publicación fue dictaminada por pares académicos bajo la modalidad doble ciego.

Fabulosas imposturas

Primera edición impresa, noviembre de 2024

Edición ePub: noviembre 2024

D. R. © 2024, Fabienne Bradu

D. R. © 2024, Bonilla Distribución y Edición, S.A. de C.V.

Hermenegildo Galeana 116, Barrio del Niño Jesús,

Tlalpan, 14080, Ciudad de México

[email protected]

www.bonillaartigaseditores.com

Bonilla Artigas Editores

ISBN: 978-607-5904-29-0 (impreso)

ISBN: 978-607-5904-30-6 (ePub)

ISBN: 978-607-5904-31-3 (pdf)

Cuidado de la edición: Bonilla Artigas Editores

Diseño de portada: d.c.g. Jocelyn G. Medina

Imagen de portada: Autorretrato con máscara por Felix Nussbaum, 1933

Diseño editorial: María L. Pons

Realización ePub: javierelo

Hecho en México

Contenido

Advertencia

Una impostura psicoanalítica: Antoine Bello, Scherbius, soy yo

Una impostura póstuma: Luigi Pirandello

Transformismo en el siglo XVII: las cartas de la monja portuguesa

El derecho y el revés de una medalla Thomas Mann y Joseph Roth

Una impostura en blanco y negro

Una impostura pictórica: Jusep Torres Campalans

Enrique Vila-Matas o la suerte de no llamarse como todo el mundo

Emmanuel Carrère contra el Adversario

Emile Ajar alias Romain Gary

A otrarse, dijo Fernando Pessoa

Sobre la autora

 

A Rodrigo Tomás

Advertencia

De entrada, quisiera aclarar: ni la moral ni la ley tienen cabida en este libro. Es más, en materia literaria, la moral y la ley no me parecen valores significativos. Todas las veces en que se enjuició una ficción en los tribunales, la libertad de expresión perdió un pedazo de su reino y los veredictos de los jueces quedaron en la historia como ignominiosos agravios. La impostura literaria que aquí se aborda, es ajena a lo anatemizado por el decoro y la justicia, y antes bien debe ser considerada como una virtud, hasta un virtuosismo, en el oficio de escribir.

La idea de este libro nació de mi hartazgo ante la proliferación de relatos autobiográficos, también llamados autoficciones cuando se adornan con mitomanías y mentiras. Se han multiplicado hasta el grado de conformar un territorio bautizado egotopía, un neologismo elocuente de la magnitud perniciosa del fenómeno. Semejante plétora narcisista ha estrechado el horizonte literario, del que se esperaría una dilatada apertura hacia regiones rebosantes de oxígeno inventivo. La impostura tiene una naturaleza lúdica y no se toma tan en serio el asunto de la identidad que, a mi juicio, se ha vuelto un tópico excesivamente lastimero. Poco se ha practicado en el ámbito hispánico, pese a que la picaresca del Siglo de Oro sea un remoto antecedente de la impostura contemporánea. Sin ser una panacea, la impostura responde a una decidida apuesta al poder de la imaginación y, por ende, al poder subversivo de la creación.

Pocos son los que se han ocupado de la impostura como una modalidad literaria innovadora, aunque su práctica no lo sea. Philippe Di Folco le ha dedicado pertinentes reflexiones en un Petit traité de l’imposture (2011), donde asegura que se trata de una proeza de la imaginación y de la audacia y, por su lado, Belinda Cannone exploró Le sentiment de l’imposture (2005) que todos hemos experimentado alguna vez. Otros estudiosos han indagado la relación entre la impostura y distintas disciplinas que son otros tantos enfoques desde donde observar el fenómeno. Son miradas parciales, pero imprescindibles para aproximarse al tema.

La definición común de un impostor se refiere a quien adopta una identidad ajena y elabora una historia de vida que no es la suya, con el objeto de pasar por otro. Un problema ético y legal se suscita cuando se apropia la identidad de otra persona, por lo general, para cometer fechorías fraudulentas. Pero, en la literatura, la identidad trocada proviene del imaginario o de remanentes de sueños infantiles, cuando todavía “se juega a ser”, sin que el trueque implique un delito o un delirio.

No es mi ambición elaborar una teoría de la impostura que, por lo demás, siempre quedará por abajo del brillo de su cumplimiento. Antes bien, me interesa mostrar cómo se elabora y funciona la maquinaria de imposturas variopintas en las obras concretas que he elegido para este libro. Por supuesto, más historias podrían añadirse a esta selección y voluntariamente he dejado de lado algunas para acotar el volumen. Cuando termino un estudio, tiendo a creer que otros se sentirán atraídos por el tema y profundizarán mis tanteos que, creo yo, son bastante inéditos en la crítica contemporánea.

El orden de los capítulos es bastante aleatorio, sin jerarquía de valor, y pueden leerse por separado. Sólo al terminar el libro, me percaté que una red se había tejido entre los escritores espigados, aparentemente lejanos los unos de los otros. No forman una familia, ni una tribu, tan sólo una suerte de rizoma propiciado por las afinidades electivas de sus novelas. Asimismo, los hermana una visión de la literatura como el espacio donde desplegar la imaginación y aventurarse en un juego fascinante que los opone radicalmente a los habitantes de la egotopía.

El novelista francés Antoine Bello encabeza la procesión. Su novela Scherbius (y yo) (2018) retrata la relación de un impostor con un psicoanalista y endereza unos mitos sobre la asociación que suele establecerse entre impostura y enfermedad mental. La ficción es, por lo demás, una gozosa competencia entre los dos protagonistas, que concluye con el triunfo de la literatura sobre la ciencia psiquiátrica. Le sigue Luigi Pirandello y sus obsesivas puestas en escena de cambios de identidad, entre las cuales la impostura de El difunto Matías Pascal (1904) es, sin duda, la coronación de las muchas que se reiteran a lo largo de su obra. La realidad se ha encargado de jugarle una treta póstuma con la desaparición del físico Ettore Majorana, un émulo de Matías Pascal, que tanto fascinó a Leonardo Sciascia.

Remontando en el tiempo hasta el siglo xvii, una impostura de género se esconde tras la autoría de las Cartas de la monja portuguesa (1669) y constituye quizá uno de los primeros transformismos en la historia de la literatura. Las novelas de Thomas Mann y Joseph Roth, Confesiones del estafador Félix Krull (1954) y Confesión de un asesino (1936), constituyen los dos lados de una misma medalla en la tradición germánica. Aunque sean novelas menores en sus respectivas obras, ambas historias aspiran a inventar una picaresca contemporánea en un territorio espiritual poco proclive a la levedad y al humor.

Tres ficciones norteamericanas ilustran la corriente del passing que, acotada a la historia segregacionista del país, atañe a los negros que se hacen pasar por blancos. La primera: Claroscuro (1929) de Nella Narsen es, de hecho, la precursora del movimiento que coincidió con el combativo Harlem de los veinte en el siglo xx. Alexandra Lapierre reconstruye la biografía de Belle Greene (2021), la bibliotecaria del banquero J.P. Morgan, que optó por cumplir el passing en tiempos ligeramente anteriores a la lucha por la igualdad de derechos entre las dos razas mayoritarias de los Estados Unidos. Philip Roth y La mancha humana redondea el capítulo y muestra las derivas de la desigualdad en la actual sociedad estadunidense.

La biografía inventada por Max Aub de un pintor español, Jusep Torres Campalán, amigo de Picasso y presuntamente autor del término “cubismo” para bautizar la corriente pictórica que revolucionó el siglo xx, es una de las imposturas más audaces y magistrales de la historia literaria. Desgraciadamente, es un libro castigado por el olvido, a la par de su autor desterrado, desde el franquismo, de las librerías hispánicas. La proeza de Max Aub no se limitó a redactar la vida de este pintor cubista con todas las leyes del género, sino que también pintó sus obras que se expusieron en la Ciudad de México y en Nueva York.

La presencia ibérica se completa con Enrique Vila-Matas, sin duda el más brillante y original escritor contemporáneo en lengua española, y su primera novela publicada, precisamente titulada: Impostura (1984). Desde entonces, la cuerda lúdica no ha cesado de resonar en sus ficciones y va unida a una concepción de la literatura que es un híbrido entre inventiva y reflexión, y ha sido imitado por sus epígonos con más o menos gracia. El juego también contamina su mitología vital, una oscilación entre el ser y el parecer propio de la impostura, que ha contribuido a volverlo único en el horizonte literario actual.

La reconstrucción de una impostura real por Emmanuel Carrère en El Adversario (2000) revela las dificultades para abordar una historia de esta naturaleza con los recursos de la literatura. Varias vertientes se entretejen aquí: la reconstrucción del caso que se saldó por asesinatos múltiples, el empeño del escritor por introducirse en la mente del impostor y su meditación acerca de los recursos narrativos idóneos para narrar una historia increíble, es decir, imaginar lo inimaginable y contagiar a su público el estupor que engendró el proyecto literario.

Romain Gary es, entre todos, el protagonista de una impostura que él mismo ideó y actuó hasta el final de su vida, para su propia diversión y la nuestra. Si el triunfo de la impostura descansa en el secreto, Romain Gary es el campeón de la superchería que sólo se elucidó póstumamente, pese a las complicaciones de toda índole que implicó guardar el secreto. Romain Gary creó a Émile Ajar que, en un inicio, era uno de los tantos seudónimos que había usado hasta entonces. Luego encarnó el seudónimo en un sobrino al cual dotó, además, de una biografía inventada y de una celebridad gracias al premio Goncourt que coronó la segunda novela firmada por Ajar. Gary multiplicó los vuelcos de fortuna hasta formar un apretado nudo de lazos y mentiras que sólo se deshizo después de su suicidio.

Quise concluir el libro con el indiscutible campeón de una manera única de practicar la impostura en vida y obra: el poeta portugués Fernando Pessoa y sus heterónimos. El misterio que envuelve al poeta hasta nuestros días ha hecho correr mucha tinta, en ocasiones bastante convincente pero siempre insuficiente para desentrañarlo. Coincido con Octavio Paz quien objeta a cada hipótesis: hay “algo más” que necesitaría descifrarse para ofrecer una explicación cabal del fenómeno. No hallé el “algo más”, pero quise mostrar cómo Antonio Tabucchi lo ciñó con imaginación, tanto en sus ensayos como en sus ficciones.

Por último, me gustaría que los lectores cerrasen el libro repitiendo las palabras finales de Romain Gary que yo misma suscribí al terminar de escribirlo: “Me divertí mucho. Hasta la vista y gracias”.

Una impostura psicoanalítica: Antoine Bello, Scherbius, soy yo

De manera general, la invención

es menos peligrosa que el mimetismo.

Antoine Bello, Scherbius (et moi)

Antoine Bello (Boston, 1970) divide su vida entre Nueva York y París, entre una silla de empresario y una mesa de escritor, entre el idioma francés y el inglés, entre los hechos y la ficción, y, no obstante, es un escritor bastante único en la literatura francesa contemporánea. Cuando Antoine Bello comenzó a escribir, una editorial francesa estrenó un concurso para jóvenes escritores inéditos con el objeto de descubrir nuevos talentos. Seguro de tener dos buenos relatos en mano pero sin poder decidirse por ninguno, Bello mandó los dos: uno a su nombre y el otro, al de su hermano. Un día, la editorial llamó a su casa para anunciar que había ganado el primer lugar y lo único que se atrevió a preguntar para no revelar la impostura, fue: ¿cuál es el título del relato ganador? Así hizo su aprendizaje en materia de impostura, en realidad, bastante inocente e indolora, pero impostura al fin y al cabo.

Su primer libro, Les funambules (1996) reúne los dos relatos ganadores con otros que dormitaban en sus cajones de empresario millonario a los 25 años, fundador de la sociedad Ubiqus. En 1998, una primera novela, Elogio de la pieza faltante (2001) conquistó a un buen número de lectores que no cesará de incrementarse con la posterior trilogía: Les falsificateurs (2007), Les éclaireurs (2009) y Les producteurs (2015). Las tres novelas recaban las peripecias de una organización secreta internacional que falsifica la realidad y reescribe la Historia. Un proyecto augural del asunto de las fake news y de la impostura que pergeña Scherbius (et moi) (2018), novela que fue recompensada con el Premio literario Charles Brisset, otorgado por la Asociación francesa de psiquiatría. Es una novela llena de humor, de piruetas y campanadas, como es de esperarse de las andanzas de un impostor. El premio daría a creer que la novela fue destacada por el examen crítico de las enfermedades mentales que padece el personaje central, Alexandre Scherbius, según su terapeuta Maxime Le Verrier. Pero, en definitiva, se revela que la enfermedad de Scherbius podría atañer más a la literatura que a la psiquiatría.

Scherbius es el primer paciente que Max Le Verrier recibe en su consultorio del bulevar Saint-Germain, recién inaugurado ese día. La justicia ha condenado a Scherbius a seguir una terapia por haber cometido una grave impostura: hacerse pasar por un alto funcionario del gobierno francés, encargado de acoger a un jefe de Estado africano en el aeropuerto de París. La escena inaugural de la novela consiste en el relato de otra impostura de Scherbius, que se mofa del médico asumiendo la identidad de un eminente psiquiatra, antiguo profesor de Le Verrier, y en debatir con el novel terapeuta sobre el “caso Scherbius”. La novela de Bello se compone de seis volúmenes cuya autoría ficticia compete a Le Verrier, quien a lo largo del tiempo va añadiendo apéndices a un libro original (Scherbius, 1978, Editions du Sens) que, en cada edición, reproduce el libro anterior más una revisión correctiva del caso. De esta manera, la novela de Bello resulta ser las seis ediciones de Le Verrier, que se suceden a lo largo de veintiséis años y cosechan un fabuloso éxito de ventas.

Una duda se levanta sobre el verdadero autor de la novela, en la que, sin embargo, Bello no interviene casi nunca como narrador –a lo sumo, a ratos puede confundirse con Le Verrier–, a causa de la reivindicación de Scherbius sobre los derechos de autor cosechados por Le Verrier. Si Scherbius es una suerte de biografía de Scherbius, entonces, según su lógica, éste resultaría ser el verdadero autor de la autobiografía que, a lo largo de las sesiones, reconstruye para su terapeuta. Es lo que le habría sucedido a Sigmund Freud si sus pacientes le hubiesen reclamado el uso (y abuso en el caso de “El hombre y los lobos”) de sus relatos de vida. La lógica de Scherbius, quizá inobjetable desde un punto de vista literario, no lo es tanto en la perspectiva de la psiquiatría o el psicoanálisis, que se autoriza una apropiación de biografías cada vez que expone el caso de una enfermedad mental con el permiso de los pacientes. El impostor Scherbius, despojado de su propia vida, se siente irónicamente víctima de usurpación, sobre todo cuando su biografía resulta ser un best seller cuyos beneficios monetarios caen en el bolsillo del terapeuta. Hacia el final de la novela, su terco reclamo cambiará de naturaleza: ya no aspira a compartir las regalías con el terapeuta, sino el nombre en la portada del libro. “Cuando Platón cita a Sócrates, es su nombre el que figura en la portada”, es el título de un artículo que Scherbius firma con el nombre de Le Verrier en el periódico Le Figaro, a modo de implacable demostración para acusar a su terapeuta de ser, de los dos, el verdadero usurpador. Si bien la novela comienza siendo, además de la biografía de Scherbius, una discusión acerca de la etiqueta a pegar sobre la enfermedad mental del paciente poco a poco abandona la psiquiatría en favor de la literatura.

En muchas de sus obras, Antoine Bello no pierde la oportunidad de recriminar a la sociedad norteamericana denunciando sus escoras en distintos ámbitos. En la presente novela, por supuesto, la psiquiatría es el objeto de la incriminación por imperialista y sumamente taxativa. Según su punto de vista:

la psiquiatría norteamericana produce demasiado, se lanza en todas las direcciones, remunera con cuantiosos emolumentos a legiones de jóvenes investigadores que no han publicado nada. Vulgariza a ultranza y ofrece al público yanqui monografías simplistas sobre temas complicados (Bello, 1913).

Asimismo, se refiere críticamente al dsm (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) que es un repertorio de los desórdenes mentales. Se reedita periódicamente con adendas y correcciones, un poco a la manera de los seis libros que Le Verrier publica sobre el caso Scherbius. La principal objeción de Antoine Bello consiste en las consecuencias que acarrean las etiquetas creadas o denegadas (por ejemplo, la homosexualidad era, hace varias décadas, una enfermedad mental) en los médicos y sus tratamientos:

[El dsm] Incita a la pereza. Mis colegas que hicieron del dsm su vulgata han dejado de ser psiquiatras aunque conserven el título. Palomean los síntomas como si llenaran una hoja de Loto, deducen una enfermedad y un tratamiento. Un día, sus recetas se escribirán solas […] Sepan, señores americanos, que los casos más interesantes son aquellos que no caben en sus casillas (Bello, 1087).

Desde el principio, Le Verrier sostiene que en psiquiatría la verdad no existe, “aunque nada impide acercarse a ella”. Por otro lado, advierte que la impostura no constituye un diagnóstico psiquiátrico: “muy pocos casos han sido registrados hasta la fecha para que pueda hablarse de una verdadera patología. Se suele clasificarlos por su naturaleza: estafa, diplomas imaginarios, falsos certificados de empleo, etcétera” (Bello, 78). En efecto, asegura que los anales de la psiquiatría registran menos de treinta casos de impostores y la cifra incluye a las mujeres que se disfrazaron de hombres para entrar al ejército. Por lo tanto, semejante carencia en la catalogación psiquiátrica obliga a orientar la investigación hacia la literatura, donde dos libros (o casos) figuran como inspiración sustituta: El gran impostor (1959) de Robert Crichton sobre el caso de Fred Demara y Sybil (1973), una novela de Flora Rheta Schreiber sobre las dieciséis personalidades múltiples que concentraba Shirley Ardell Mason. Ambos libros y casos fueron cuestionados posteriormente, pero no sin antes haber vendido millones de ejemplares y ocasionado (fallidas) adaptaciones cinematográficas. La sociedad norteamericana se fascinó tanto con los casos de personalidades múltiples que el fenómeno dio pie a una proliferación de enfermos en ambos lados del Atlántico. Max Le Verrier no vacila en afirmar: “[Scherbius] es el paciente más fascinante que he encontrado. Para mí no hay duda de que un día su historia encontrará un lugar en los manuales de psiquiatría, entre el de Anna O. y de Phineas Gage” (Bello, 78).

La fascinación que despiertan personalidades como la de Scherbius recuerda la que describe Oliver Sacks a propósito de otro desorden mental (síndrome de Korsakov) en un paciente llamado Thompson, cuyo caso figura en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (2008). Thompson se veía obligado a

inventarse un mundo y una identidad para reemplazar lo que, a cada instante, estaba olvidado o perdido. Semejante frenesí puede dar pie a brillantes facultades de invención y de imaginación –a un verdadero genio fabulador–, porque esos pacientes están literalmente obligados a maquillarse (así como a maquillar su mundo) en permanencia (Sacks, 2264).

Un chófer de taxi que lo había paseado un día entero declara que

nunca había tenido a un pasajero tan fascinante, que el señor Thompson le había contado un sinnúmero de historias, todas divertidas, personales, llenas de aventuras fantásticas. Se antojaba que había ido a todos lados, que había tenido todos los oficios, que había conocido a todo el mundo. Me costaba creer que se pudiera hacer tantas cosas en una sola vida (Sacks, 2257).

La misma fascinación embarga al psiquiatra Le Verrier cuando escucha la vida de Scherbius o, mejor dicho, los lances de sus numerosas identidades que, literariamente hablando, semejan una picaresca clásica, entre el Lazarillo de Tormes y Arsene Lupin, así como los casos ya mencionados de personalidades múltiples para la psiquiatría. Dos lecturas se superponen como dos paralelas que, hacia el final, convergen en un solo punto. Le Verrier se admira de la inventiva de Scherbius, lo compara con un explorador sin meta, “un buscador de trufas que nunca hubiera visto una”: “Sueña sus criaturas con una minuciosa integridad. Sabe cómo cada una habla, se ríe, se mueve, ama. Conoce la cuenta bancaria de cada una de ellas, así como sus preferencias políticas, sus gustos culinarios y el coche que maneja. En esos momentos, es Dios” (Bello, 496).

No es solamente la innombrable variedad de la invención de la que es capaz Scherbius, la que admira a Le Verrier, sino también la velocidad con la que semejante invención se produce y se cumple. El psiquiatra busca entender cómo las ideas germinan en la cabeza de su paciente, cuáles son las fuentes de su imaginación, en pocas palabras, cuál es su método de creación, y Scherbius le puntualiza: “No elaboro plan alguno, lo llevo en mí. Es muy diferente. Me limito a escoger, entre los cientos de personajes que albergo, el más adecuado a la situación. […] Hasta me sucede que abro la boca sin saber lo que va a salir de ella” (Bello, 513). La curiosidad de Le Verrier recuerda la de André Gide ante la literatura de Georges Simenon para saber cómo podía crear personajes tan diversos, las profesiones tan variadas y los medios sociales tan heterogéneos. Simenon le contestó que, antes de comenzar a escribir, se había propuesto conocerlo todo para no tener que recurrir a la documentación siempre artificial en las novelas.

Al tiempo que Le Verrier va repasando a todos los personajes que encarnó Scherbius tal un comediante que es, tal vez, otra manera de impostor como lo quería Luigi Pirandello, Le Verrier se da cuenta de que tiene ante sí, no sólo a un paciente, sino también a un competidor: “Todo el arte de Scherbius consiste en sopesar los guiones eventuales en una fracción de segundo. Pues, bajo su apariencia de kamikaze, sólo lanza una moneda al aire cuando las leyes de la psicología le indican con casi certeza de qué lado va a caer” (Bello, 557). Scherbius posee además una prodigiosa memoria fotográfica: “le basta fijar una hoja durante treinta segundos para que su contenido quede para siempre grabado en su memoria” (Bello, 615). Su memoria funciona con la misma pericia para los números y asegura sus entradas económicas jugando al Black Jack en los casinos, lo cual lo exime de conseguir un empleo remunerado.

Le Verrier atina más en describir el “método Scherbius” que en atribuirle un trastorno mental. La enumeración caótica de los oficios que practica lo impresiona como a cualquiera de nosotros, confinados como estamos en un solo talento laboral que confundimos con una presunta vocación. La variedad y la velocidad que manifiesta su paciente en sus sucesivas metamorfosis, lo llevan a decantarse por el tpm (Trastorno de la Personalidad Múltiple), pues nombrar una enfermedad es todavía la mejor manera de hacerla existir –o de atribuirla. Los orígenes del padecimiento desvelan al médico, pero las constantes invenciones o mentiras de Scherbius, lo hacen caminar sobre arenas movedizas. Una orientación le es dada por una confesión de Scherbius acerca de sus compañeros de escuela, que le parecían infinitamente “unidimensionales”, “sólo eran ellos mismos” (1174).

Usted, yo, los espíritus superiores –le explica a Le Verrier– forjamos nuestra existencia. Soy lo que quiero ser, es tan sencillo cuando se ha entendido eso. “Vuélvete lo que eres. Haz lo que solo tú puedes hacer” preconiza Nietzsche por boca del profeta. Esto significa empujar los límites de la imaginación, encarnar todos los posibles, ser el más pequeño denominador común múltiple de la humanidad (Bello, 1181).

Le Verrier (o Bello) insinúa una variante fuera de la caracterización del tpm, que le inspira el comportamiento de Scherbius: “no se limita a saltar de una personalidad a otra, sino que, con la misma facilidad, cambia de personaje” (1369). Es decir, una sutil taxonomía que, al oponer personalidad y personaje, juega con la doble perspectiva psiquiátrica y literaria para enfocar el comportamiento de Scherbius. El mismo “enfermo” juega con la ambigüedad que confunde al terapeuta y, a veces también, a los lectores. Le Verrier recurre a la hipnosis para intentar “curar” a Scherbius de su enfermedad, toda vez que la impostura sea una enfermedad mental. Las personalidades múltiples se suceden como sketches de comediante. Refrendan el genio teatral de Scherbius que acaba contabilizando once personalidades, las cuales, para sorpresa del terapeuta, se conocen entre sí, se comunican y comentan las estafas de las otras identidades. La conclusión del hipnotizador deja entrever la dificultad de su tarea o la perogrullada de su razonamiento: “Scherbius no es el primer impostor, ni la primera personalidad múltiple, es el primer impostor con personalidades múltiples, una combinación detonante que mi deber consiste en estabilizar antes de que explote” (Bello, 1775).

El inicio de la segunda edición (ficticia) de Scherbius (1983) no deja lugar a duda sobre el éxito de la terapia:

Todo lo que acaban de leer es falso –o casi todo, escribe Le Verrier. Scherbius me ha mentido, o debería decir, nos ha mentido, porque tenía conciencia de dirigirse, a través de mí, a un amplio público. […] No sufre de tpm. Simuló el estado de hipnosis y ha inventado por completo las personalidades que aparecían en nuestras sesiones (Bello, 1869).

Total, lo que Le Verrier ha publicado hasta ahora es una ficción que desmiente el rigor de la investigación psiquiátrica, así como la anhelada objetividad del biógrafo que encierra todo terapeuta. “Pensaba haber producido una biografía y en realidad, escribí una novela –peor, la novela de otro” (Bello, 2079). Sin embargo, el arte de Scherbius sale magnificado por la viveza inconmensurable de su imaginación. Es un prestidigitador de sí mismo, un descendiente directo de Arsene Lupin, avispado y más hábil en hacer aparecer personajes que si se tratara de conejos. Pues, advierte el psiquiatra, “mentir es más difícil que decir la verdad: necesita tener un control, una concentración imposible de sostener en una larga duración” (Bello, 1938).

Le Verrier recapacita en la segunda fase de la terapia al observar que las razones que llevan a Scherbius a simular una enfermedad mental son más interesantes que el trastorno en sí. Sucede el mismo fenómeno en literatura, donde la forma suele ser tan elocuente como el contenido. Éste es el misterio que en adelante el médico se propone desentrañar. El penthotal sustituye a la hipnosis, pero no tiene más éxito. El terapeuta está tan obnubilado por su ciencia que no se da cuenta de las referencias literarias que inspiran a su paciente. Hasta celebra como si fueran un milagro las similitudes entre determinados episodios de la vida de Fred Demara, el protagonista de El gran impostor, y la de Scherbius, hasta que éste último le confiesa que ha leído el libro de Robert Crichton y que su “primo americano” le ha inspirado una que otra personalidad. Scherbius practica así una holgada intertextualidad entre su vida y las ficciones literarias. Más allá de las puntuales inspiraciones, Scherbius se antoja una especie de enciclopedia, un héroe sapiens, que tampoco admite límites a su conocimiento.

Le Verrier resuelve viajar con Scherbius a los lugares de su infancia con el objeto de empaparse del pasado de su paciente, pero su búsqueda de la verdad resulta empañada por lo privativo de Scherbius: incluso si dijera la verdad, ya no lo cree. “El problema con los impostores es que no se sabe nunca cuándo creerles” (Bello, 3110). Es el cuento de Pedro y el lobo, versión psicoanalítica. Por su lado, Scherbius se desvive para presentarle pruebas y testigos de sus orígenes, pero cuenta con un poderoso aliado: el miedo al ridículo, “ese miedo que explica por qué tantas imposturas nunca llegan a los oídos del público” (Bello, 2937). No obstante, Le Verrier, si bien recapacita, no capitula. Le da vueltas al asunto y vuelve a caer en el mismo pie cojeante:

Si tuviera que definirlo [a Scherbius] en una frase, diría que se trata de un ser fuera de serie, animado por móviles misteriosos, un camaleón capaz de fundirse a su antojo en todos los ambientes, por una ganancia a veces difícil de entender. Aunque el término de impostura no figure en el dsm, sostengo que el caso de Scherbius atañe a la medicina (Bello, 3072).

El argumento que lo conforta en su postura es que tanta imaginación es nociva para la salud psíquica. Aquí, Antoine Bello se burla de su personaje e ironiza sobre las estrecheces del espíritu científico para aprehender el fenómeno literario, sin reparar en que la imaginación también es necesaria para la ciencia. “La ficción es un virus que contamina todo lo que toca. ¿Acaso [Scherbius] aún logra distinguir entre lo que le sucedió y lo que inventó, entre sus recuerdos y los frutos de su imaginación? Francamente, lo dudo” (Bello, 3085). Le Verrier no alcanza a entrever la posibilidad de que los relatos de Scherbius sean fabulaciones más adjudicables a la literatura que al delirio mental.

Aquí se insinúa otra discriminación entre mitomanía e impostura. La mitomanía o “mentira patológica” fue descrita por primera vez por el alemán Anton Delbrück, en 1891:

Las historias inventadas, aun siendo a menudo espectaculares, quedan dentro de los límites de lo plausible. En casi todas ellas, el paciente se presenta favorablemente, retratándose bajo los rasgos de un héroe o bajo los de una víctima. Asimismo, suele a menudo mentir sobre su identidad y sus orígenes (Bello, 3994).

El mitómano no va más allá de la invención verbal, adornándose a través de mentiras o exageraciones, mientras el impostor da un paso más: pasa a la acción, cumple sus quimeras.

Scherbius da así un paso más entre otras dos categorías colindantes: de impostor se vuelve estafador. Y, lo mejor y más cómico del asunto, es que vuelve a Le Verrier su cómplice, incapaz de resistir a la seducción narcisista. Scherbius inventa una propuesta de adaptación cinematográfica del libro escrito por el psiquiatra, por supuesto en Hollywood, con jugosas ganancias y un abogado ad hoc para establecer un contrato leonino con los productores. La serpiente de la gloria y del lucro (en dólares), ahora hipnotiza al psiquiatra hasta que, en la tercera edición de 1988, descubre el engaño: “Estoy enfurecido con Scherbius por supuesto, pero sobre todo conmigo mismo. Es la segunda vez que caigo en una trampa suya. Después de haberme tragado las mentiras de un impostor, me he asociado con un estafador” (Bello, 3522). Le Verrier se vuelve levemente paranoico pensando que su paciente lo persigue y, antes que analizarse a sí mismo, opta por cambiar el diagnóstico del padecimiento de Scherbius. Ahora éste sufre de tpa (Personalidad Anti-social), “una patología que se caracteriza por una total indiferencia hacia las normas sociales, las emociones y los derechos del otro, concierne aproximadamente al 3% de la población masculina (1% de la femenina)” (Bello, 3719). Tampoco esta vez, el diagnóstico le es útil para desentrañar, ya no “el caso Scherbius”, sino “el misterio Scherbius”.

Le Verrier tiene que llegar a la cuarta edición (1993) para comenzar a barajar otra hipótesis cuando advierte que los personajes encarnados por Scherbius pertenecen a la literatura universal: desde la Condesa de Ségur hasta Balzac, pasando por Roger Martin du Gard, Proust o Kafka. “Con la condición de evitar patronímicos como Julien Sorel o Emma Bovary, son muy pocas las oportunidades de ser descubierto. […] ¿Y si la verdad fuera más sencilla? Si algunas escenas, algunas situaciones literarias fueran tan perfectas que sería vano buscar mejorarlas” (Bello, 4060).

El psiquiatra habrá necesitado convertirse en cómplice de su paciente para entender que el juego de este impostor quizá sea más literario y libertario que patológico. Comienza a sospechar que la ambición de Scherbius consistiría en dejar una huella en la literatura.

Incluso sin publicar nada, produce una obra. ¡Y qué obra! Para él, el arte y la vida se confunden […] En el meollo de la visión de Scherbius, se erige una inmensa biblioteca, fuera del tiempo y del espacio, que contiene la totalidad de los libros escritos” (Bello, 4091). La idea es bastante borgiana, o podría serlo, y así la impostura sería un talento literario poco frecuente, sólo ejercido por los grandes fabuladores, desde Scherezada hasta Georges Simenon, por mencionar dos nombres radicalmente contrastados.

Le Verrier, a no ser que sea el mismo Antoine Bello, llega a una observación mucho más atinada que todos sus anteriores empeños por elegir una dolencia particular. “Scherbius huronea sin escrúpulos en nuestras bibliotecas, copia, imita, plagia ‘con la bendicion de sus predecesores’. No crea nada, recicla. Se le adjudica el soplo de la inspiración, pero sólo tiene memoria” (Bello, 4175). En pocas palabras, Scherbius sería un simple y odioso plagiador si no viviera sus usurpaciones de identidad con el brío que lo caracteriza. Pero ¿acaso plagiar a un personaje literario, que sólo vivió y sigue viviendo en la imaginación de un escritor y de sus lectores, es susceptible de ser caracterizado como un delito? ¿Acaso, el acto en sí puede ser calificado de plagio? Contestaría de la misma manera que Le Verrier hace rato: “Francamente, lo dudo”.

Antoine Bello, o Le Verrier, puntualiza que “en el mundo universitario, la usurpación de identidad constituye el crimen supremo. Sólo el plagio, que se le aparenta en cierto sentido, puede equiparársele” (Bello, 4139). Una universidad como la de Alcalá de Henares diferencia en su página web el plagio del “conocimiento público o común”, que son hechos o ideas que pueden encontrarse en muchos lugares y que son conocidos por muchas personas. Es un conocimiento creado/difundido por la sociedad. En este caso no es necesario citar la fuente utilizada. La frontera entre lo que puede considerarse o no como “conocimiento público” es difícil de delimitar. Si así fuera, los personajes literarios que Scherbius pide prestados pertenecen al conocimiento público, aunque nuestra ignorancia no nos permita siempre identificarlos, como es el caso de Le Verrier.

Lo cierto es que Scherbius se ve condenado a diez años de reclusión por delito de impostura, cuando intenta hacerse pasar por alto funcionario del gobierno francés para recoger a un jefe de Estado africano en el aeropuerto. ¿Cuál habrá sido para Scherbius la “ganancia” de semejante lucubración? Tal vez, ninguna, fuera del goce de pasar al acto, de “empujar los límites de la imaginación” hasta lo plausible o lo imposible; en pocas palabras, por el simple placer del juego. Lo peligroso del juego es proporcional al goce obtenido. Una pequeña falla en la concepción de la impostura hace fracasar el juego y demuestra que Scherbius no es Dios, como lo pensaba Le Verrier, aunque no deja de sentirse Dios como todos los niños que son los amos de sus fábulas.

En la cárcel lee a Alexandre Dumas, una lectura muy idónea para idear su futuro escape, inspirándose en el conde de Montecristo. Pero, antes de que suceda, Le Verrier suele visitarlo y reflexiona: “se me antoja que los muros, las cadenas, los reglamentos, no le hacen mella. Le basta cerrar los ojos para estar en otra parte, hacer unas muecas, mudar la voz o hablar un idioma extranjero para volverse otro” (Bello, 4652). Es el prodigio que cumple Cervantes escribiendo El Quijote en su cárcel de Argel. Al cabo de la quinta edición (1998), por fin Le Verrier entiende de qué se trata la impostura y concluye acerca de Scherbius en particular:

Habrán comprendido que renuncié a encerrar a Scherbius en un diagnóstico, primero porque mis tentativas anteriores desembocaron en lamentables fracasos, pero sobre todo porque, poco a poco, adquirí la convicción de que se trata de un caso aparte, del productor de un cruce de genes caprichosos, de traumatismos infantiles, de encuentros fundadores, en breve, de un ser único, cuyo género desaparecerá con él (Bello, 4685),

Un diagnóstico equivaldría a otro tipo de encierro, es una celda que despoja al ser humano de su más irreductible individualidad, como todas las categorías o las normas que reducen al hombre a una parte de sí mismo y lo despojan de su integridad, sus sueños, su imaginación. De lo que Scherbius huye desde su infancia es el hastío, siguiendo en eso al poeta Gonzalo Rojas: “lo irreparable es el hastío”. Scherbius le confía a su ahora amigo Le Verrier que en la cárcel

me entretengo para que pase el tiempo. Espero la muerte. Cuando estoy cansado de mí mismo, me vuelvo otro, luego otro y una vez más, otro. Olvidé de dónde he partido. Bien veo que a usted le molesta. Pero, si eso puede reconfortarlo, tampoco me explico cómo viven ustedes. Sus existencias son tan lineales. Monótonas. Tristes. Serían muy malas historias. Al menos, la mía divertirá a las generaciones futuras (Bello, 4691).

Es la huella que Scherbius ambiciona dejar en la literatura y que Antoine Bello cumple por él a través de su novela. Por supuesto, Antoine Bello no posee la audacia de un impostor, se limita a describir la imaginación de un impostor, pero invierte su talento y su propia imaginación en la creación de una novela llena de cajas chinas, de espejos y de espejismos sumamente bien urdidos. Fuera de su ironía hacia la psiquiatría norteamericana o francesa, la historia de Scherbius es una reivindicación de la imaginación y del juego como método de liberación. Podría criticarse que la psiquiatría esté caricaturizada a través del personaje de Le Verrier, más lleno de buenas intenciones que de sensibilidad, pero así se realza el impulso libertario del héroe de esta novela.

La sexta edición (2004) omite relatar cómo Scherbius escapa de la cárcel –pues, conocemos el episodio en las páginas de Alexandre Dumas– y al psiquiatra no le queda sino reconocer su enorme deuda hacia Scherbius para su carrera profesional, y añade: “En verdad, si no hubiese tomado caminos a campo traviesa, Scherbius habría sido capaz de haber hecho una brillante carrera en la psiquiatría” (Bello, 4851). Termina su recuento con el siguiente párrafo: “Lo seguro es que Scherbius domina sus clásicos literarios y que se deleita abarrotando lo real con ellos. ¿Habrá que ver allí un talento? ¿Una manera de subversión? ¿Una lamentable adicción? Dejo la decisión a mis lectores” (Bello, 4927). Por mi parte, creo haber decidido ya: es un talento y una manera de subversión. Y si fuera también una adicción, entonces la reivindicaría por ser el triunfo de la lectura, la gran puerta de entrada al mundo de los otros, de las fábulas y del placer. También por ser la victoria de la imaginación sobre todos los intentos de exterminarla.

Las relaciones entre psicoanálisis y literatura no han sido fáciles, pese a la admiración de Freud por la literatura clásica y unos cuantos narradores de su época como Arthur Schnitzler.

Los escritores son valiosos aliados –escribía el padre del psicoanálisis– y hay que valorar muy alto su testimonio porque por lo general conocen un montón de cosas entre el cielo y la tierra que la sabiduría de nuestra escuela no ha descubierto aún. Se nos adelantan por mucho, sobre todo en materia de psicología, porque se atienen a fuentes que todavía no hemos explorado para la ciencia. ¡Ojalá la postura de los escritores a favor de la naturaleza significante de los sueños fuera menos ambigua!

Una obsesión recorre la obra de Antoine Bello –hasta ahora ha publicado una docena de novelas– y es la relación problemática entre los hechos y la ficción. Declara que la verdad no existe o, mejor dicho, no existe como se cree que existe, y que siempre es susceptible de ser alterada o revertida. Por otro lado, también ha cultivado una veta pirandeliana en su origen, luego revisitada por Georges Simenon y Paul Auster, entre otros, que consiste en la voluntad de desaparecer para iniciar una nueva vida. Antoine Bello expresó el origen de su ficción: “¿Quién no soñó con desaparecer para volver a empezar desde cero? ¿Es posible despojarse de su pasado? ¿Acaso uno puede sentirse solo en medio de los demás? Estas son algunas de las preguntas que me planteaba antes de escribir este libro” (Bello, página web).

Es el tema de su novela L’homme qui s’envola (2017), cuya sinopsis reconstruye su editor Gallimard:

Walker lo tiene todo para ser feliz. Dirige una empresa floreciente en Nueva México y su esposa, la rica y bella Sarah, le ha dado tres magníficos hijos. Sin embargo, ya no soporta su vida. Una sola solución: la fuga. Walker pone en escena su muerte para no lastimar inútilmente a los suyos. Por desgracia para él, Nick Shepherd, temible detective especializado en desapariciones, se encarga de la investigación y se va convenciendo de que Walker sigue vivo. Entre los dos hombres inicia una fascinante persecución por los Estados Unidos (Bello, página web).

El tópico de la identidad también forma parte de su veta pirandeliana. En 1999, escribió un relato que tituló Légendes y que publicó digitalmente. El relato iba a ser una parte de Los falsificadores pero, por razones de espacio, lo desprendió de la abultada novela. Las Légendes se refieren a las identidades transitorias que adoptan los espías en sus misiones. Siempre han sido una fascinación para Antoine Bello por “su poder de fecundación de lo real”. Considera esta suma de documentos y datos falsos como una acabada metáfora del poder del novelista.

En Les falsificateurs, Antoine Bello plantea una variación de la impostura al imaginar una sociedad secreta –el Consorcio de Falsifición de lo Real (cfr)– que se dedica a modificar lo real introduciendo leves correcciones a las versiones usuales de la historia o del conocimiento. Los miembros de la organización son reclutados con sumo rigor y sigilo, y desconocen el objetivo final de la vasta empresa. Como ya se dijo, es una anticipación de la fabricación de fake news, pero sin el odioso y burdo corolario complotista que, en nuestros días, confunde la manipulación con una manera de imaginación. Bien al contrario, el complotismo juega con la credulidad por ignorancia, la falta de raciocinio o, simplemente, de sentido común de las masas uniformadas y aborregadas. La falsificación de lo real que reivindica Antonio Bello en su novela no tiene este carácter tóxico y se emparenta con una capacidad sutil de perversión de lo real, en otras palabras, con la subversión de lo que se cree intocable e inmutable.

Antoine Bello ha declarado acerca del origen de esta novela:

La idea de Los Falsificadores germinó en mi mente en 1989, el año del asunto de los osarios de Timisoara. El mundo entero cayó en la trampa de estas presuntas fosas comunes donde se habría enterrado a las víctimas del dictador rumano Ceaucescu. Lo que más me asombró en esta historia es que la revelación de la superchería hizo mucho menos ruido que la superchería misma. Me costó dar con el tono del libro. Constantemente oscilaba entre lo prosaico y lo universal, entre el ensayo y el pastiche. Después de escribir 200 páginas, guardé el manuscrito en un cajón. Lo retomé siete años después y encontré inmediatamente el tono. Se dijo que Los Falsificadores era un relato de anticipación, una reflexión sobre el poder de los media. Para mí, se trata, antes bien, de una novela iniciática (Bello, página web).

El protagonista principal, el islandés Sliv, hace el aprendizaje de este arte advirtiendo el abismo que separa un talento de narrador y un talento de falsificador. Además de la imaginación, el trabajo requiere un rigor extremo para insertar la alteración dentro de la realidad existente, comprobar todas las fuentes que sustentan la invención y ajustar un guion perfectamente aceitado para imponerlo como sustituto de lo real. La novela propone varios ejemplos de escenarios exitosos o fracasados de semejantes sustituciones de lo real. El aprendiz principal resume el proceso:

Algunas historias son más que historias, son puntos de partida. Apenas se dan a conocer, escapan a su autor. Grupos se las apropian, las modifican, las adornan y así les dan una sustancia que se gana la adhesión de los más escépticos. La razón es que los creadores de semejantes historias no se limitan a imaginar unas cuantas peripecias sabrosas y a esbozar personajes más verdaderos que los seres vivos, sino que anticipan las consecuencias que tendrá su relato y las integran por adelantado a su guion, volviéndolas engranajes esenciales (Bello, 166).

Al principio de su aprendizaje, el falsificador en ciernes se regocija de la dimensión lúdica del trabajo: “Nunca hubiera imaginado que me pagarían por divertirme tanto” (Bello, 157), pero tiene que cuestionar algunas nociones que, aparentemente atañen a su tarea, y también están en el fundamento de la literatura: “La noción de verosimilitud de un guion remite a una cuestión fundamental: ¿por qué se cree en una historia?” (Bello, 162). Asimismo, exige una laboriosidad descomunal para urdir una historia en la que creerán los más recelosos. Es la condición sine qua non de un novelista, la más difícil de definir, y que llamamos talento a falta de una palabra mejor, para designar a quien nos hace dudar de la frontera entre lo real y la invención, y nos sumerge en un reino entre el cielo y la tierra.

Aquí reside la dificultad del oficio de falsificador. Los perezosos –y confieso que a veces era uno de ellos– se contentan con suprimir fuentes o repetir al infinito aquellas de las que están seguros. Por supuesto, reducen los riesgos y también el interés del expediente hasta despojarlo en ocasiones de su oportunidad de encontrar un público. Al contrario, los genuinos falsificadores se dejarían morir antes de empobrecer el guion. Conciben cada expediente como un nuevo desafío, como una historia que se trata de volver verosímil por todos los medios. El trabajo no los espanta: al contrario, les encanta pasar una noche en blanco para reajustar un guion mal urdido. Ninguna fuente es sagrada, todas son negociables y pueden, incluso, deben, ser mejoradas (Bello, 256-257).

Es, en suma, una descripción tangencial del oficio de novelista, y de su relación con lo real, para que éste pueda acceder en la creación a una nueva realidad convincente, no tanto gracias a la verosimilitud, sino a la sabia y sutil urdimbre del mecanismo inventado. Pese a lo que pueda creerse, la imaginación supone un rigor, ciertamente distinto del rigor científico pero no menos exigente, y su cultivo es, sin duda, una forma de la subversión.

¿Cuál será la meta final del cfr? En apariencia, no la hay, porque todo suena y resulta tan gratuito que es difícil creer que una organización de semejante envergadura, que gasta cuantiosos recursos en mantener a sus “artistas” y financiar operaciones en el mundo entero, no tenga un propósito. “El cfr tiene un solo objetivo: sobrevivir”. En otras palabras, su meta invisible para el gran público consiste en que sobreviva la imaginación para que sobreviva una humanidad cada día más empobrecida de esta facultad, de esta fuerza que es una manera de resistencia frente a la dominación, a la verdadera manipulación del poder cada vez más presto a anestesiar a los seres humanos para mejor controlarlos. Habrá que creer que la verdadera manipulación de lo real se sitúa en el campo opuesto a Los Falsificadores de Antoine Bello. Ellos son, a imagen y semejanza de su demiurgo, los creadores de un mejor mundo posible.

Postdata:

He titulado mi ensayo: “Scherbius, soy yo”, evocando así el célebre “¡Madame Bovary, soy yo!” de Gustave Flaubert. No se trata de un error de traducción del título de la novela en francés: Scherbius (et moi), o sea Scherbius (y yo). Cifro la soberbia construcción de la novela de Antoine Bello en esta errata mía, con el objeto de subrayar la vuelta de tuerca que ejecuta el escritor mediante la identidad sonora entre “est” [es] y “et” [y] en francés. A la par de su héroe Scherbius, Antoine Bello se inspira en sus clásicos para crear y se vuelve así otra manera de impostor. Pero ¿acaso cualquier narrador o novelista no es un impostor que se empeña en convencer a su lector de la realidad de su creación? Y, en definitiva, somos muchos los lectores que le damos, gustosamente, nuestro consentimiento.

Bibliografía

Bello, Antoine, Scherbius (et moi), París, 2018, Gallimard, edición digital. La traducción es mía.

____, Les falsificateurs, París, 2008, Gallimard, Folio.

____, L’homme qui s’envola, París, 2017, Gallimard.

Sacks, Oliver El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Barcelona, 2008, Anagrama.

Una impostura póstuma: Luigi Pirandello

Estamos hechos de la misma sustancia

que los sueños, y nuestra breve vida

culmina en los brazos del sueño.

Shakespeare, La Tempestad

Cuenta Leonardo Sciascia que en una ocasión Luigi Pirandello (1867-1936) quiso escapar de la notoriedad pretendiendo ser “alguien más”, es decir, un anónimo. Advertía, quizá a raíz de su propia experiencia, que