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Benjamin Péret y México, permite al lector conocer una etapa de la vida de este sobresaliente escritor surrealista. Su salida de Europa, al inicio de la Segunda Guerra Mundial y su breve estancia en México son el tema central de la primera parte de la obra; ahí se refieren episodios importantes de su destierro y finaliza con el retorno a Francia. La segunda parte la constituye un conjunto de textos cuyo asunto está relacionado con aspectos históricos o artísticos de México, mientras que aquellos que tratan cuestiones ajenas al ámbito mexicano fueron seleccionados por haber sido escritos durante su exilio.
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Seitenzahl: 385
Veröffentlichungsjahr: 2015
Fabienne Bradu (París, 1954), escritora, investigadora y crítica literaria, reside en México desde 1979. Es doctora en lenguas romances por la Universidad de La Sorbona. Ha colaborado en Vuelta y Letras Libres. Ha traducido poesía del español al francés —María Baranda, Fabio Morábito, Pablo de Rokha, Gonzalo Rojas y Rafael Cadenas— y viceversa —Annie Le Brun, André Breton, Jean Genet y Aimé Césaire—. Algunos de sus libros publicados por el FCE son Señas particulares: escritora. Ensayos sobre escritoras mexicanas del siglo XX (1987), Ecos de Páramo (1989), Antonieta (1900-1931) (1991), Damas de corazón (1994) y Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas (2002). Tuvo a su cargo la edición de Íntegra, la suma poética de Gonzalo Rojas.
VIDA Y PENSAMIENTO DE MÉXICO
BENJAMIN PÉRET Y MÉXICO
Primera edición, 2014 Primera edición electrónica, 2015
Ilustración de portada: Laura Esponda Aguilar
© José Cortí, París, 1995Obras completas de Benjamin Péret
Todos los textos de Péret aquí incluidos, a excepción de “Última desdicha, última suerte”, fueron traducidos al español por Fabienne Bradu. Por la traducción al español de “Última desdicha, última suerte”, © Ida Vitale
D. R. © 2014, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-3059-9 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Au fond, malgré la mer,Et tant de courses, nous ne sommes jamais sortiD’ici, et toute notre vie aura étéUn petit voyage en rond et zig-zag dans Paris.
VALERY LARBAUD, La Rue Soufflot
ÍNDICE
Preámbulo
PRIMERA PARTE
Una primera tentativa fracasada
La segunda Guerra Mundial
Sala de espera
Tierra mexicana
El club de los cinco trotskistas
Escribir a pesar de todo
VVV
La presencia internacional de Péret
La fauna mexicana
El deshonor de los poetas
Otra sala de espera
Por fin, el regreso
SEGUNDA PARTE
De regreso a París
Apéndice Escritos en y sobre México
Última desdicha, última suerte
El deshielo
Los tesoros del Museo Nacional de México: la escultura azteca
Prólogo a La verdad contemporánea de Juan Brea y Mary Low
El pensamiento es uno e indivisible
Prólogo a Cuaderno de un regreso al país natal de Aimé Césaire
Un pintor americano
E. F. Granell
El deshonor de los poetas
Dos revistas literarias
Descubrimiento de Chichén Itzá
Historia natural
Sin vuelta
A tientas
Notas sobre el arte precolombino
El surrealismo en 1947
Una contribución
Los sacrificios humanos en el México antiguo
¿Será solamente un pintor?
La exposición de arte mexicano
El arte de poner la nalga izquierda
Mucho ruido y pocas nueces
Man’ha Garreau-Dombasle: Songes mexicains
Recuerdo del porvenir
La obra cruel y rebelde de Luis Buñuel
Quetzalcóatl, la serpiente emplumada
Bibliografía
PREÁMBULO
Después de reconstruir el viaje de André Breton a México en 1938,1 era inevitable que intentara la misma aventura con la estadía de Benjamin Péret durante la segunda Guerra Mundial. A diferencia de los ladridos que provocó el breve paso de Breton por México, el exilio de seis años que Péret padeció en el enrarecido aire del altiplano casi pasó inadvertido para la gran mayoría de los mexicanos de su tiempo. Incluso hoy, con la excepción de Aire mexicano2 y Pulquería quiere un auto y otros cuentos,3 su obra permanece prácticamente inédita en español. Por ello, la tentativa de reconstruir su estancia en el país debía complementarse con la traducción de los escritos mencionados a lo largo del ensayo y que aún no estaban disponibles para el lector de lengua española. El libro se compone así de dos partes: la primera procura documentar la vida de Péret en México, así como su interés sostenido por el país luego de su regreso a la razonable altura de la Place Blanche; la segunda, concebida a manera de apéndice, recoge los textos escritos por Péret en México y sobre México. Quiero dejar aquí constancia de mi gratitud hacia Ida Vitale, quien, cumplida y desinteresadamente, me ayudó con la traducción del extenso poema Dernier malheur, dernière chance. Excluí los artículos militantes firmados con el seudónimo de B. Peralta porque son, a mi gusto, la parte menos original de la obra ensayística de Péret. Pongamos, entonces, que la reconstrucción biográfica es un buen pretexto para dar a conocer parte de la obra de Benjamin Péret y esperemos que alentará la curiosidad de los lectores por descubrir el resto del iceberg.
Este trabajo hubiera sido imposible sin la previa y empecinada labor de la Asociación de los Amigos de Benjamin Péret que, en Francia y gracias a la hospitalidad del editor José Corti, logró reunir la totalidad de los escritos de Péret en los siete tomos que hasta la fecha conforman sus Obras completas. Como todas las empresas de esta envergadura, las obras completas de Benjamin Péret no se salvan de errores y omisiones que son las cuotas obligadas para quienes se arriesgan a franquear por primera vez la aduana del movedizo país de la integridad. La recopilación de la correspondencia es, sin duda, la parte que más se ha resentido de las vicisitudes del tiempo y las prohibiciones que aún pesan sobre algunos archivos privados, como el de André Breton, que sólo será abierto al público en 2017. Por consiguiente, las deficiencias en este rubro, aunque no sean del todo imputables a los editores, constituyen un obstáculo para seguir los pasos y las ideas de Péret en determinadas épocas de su vida. En particular, la que atañe al exilio mexicano se antoja sembrada de omisiones y ausencias, cuando las cartas eran el único instrumento de comunicación —y de supervivencia— para Péret en su “isla en medio del Atlántico”. Probablemente, la precariedad de las condiciones de vida durante la guerra, los desplazamientos apresurados por la persecución, las separaciones y unas mínimas prudencias para salvar el pellejo propio y ajeno deben haber pesado en la conservación de los papeles privados.
Pocos testigos directos del estrecho círculo de amistades de Péret en México han sobrevivido a mi tardío interés por reconstruir sus años de exilio. Debo agradecer particularmente a Octavio Paz, Walter Gruen, Gunther Gerzso y Bartolomé Costa-Amic sus esfuerzos por ayudarme a precisar ciertas circunstancias y actividades de Péret en México. También me fueron de gran utilidad los estudios realizados por otros investigadores, a cuyas obras remito en la bibliografía.
Todavía no disponemos de una biografía de Benjamin Péret y el presente libro podría parecer una torpe maniobra para poner la carreta mexicana ante los bueyes de la vida. Mi propósito no ha sido escribir un capítulo que se intercalara en una biografía ausente. Antes bien, he querido explorar la relación entre un poeta y un país que, como todas las relaciones apasionadas, supone una amplia gama de sentimientos. Con el tiempo y unas expeditas fórmulas se ha mitificado el impacto de México sobre los escritores franceses que visitaron el país y, en particular, sobre los surrealistas que lo conocieron de cerca, como Artaud, Breton y Péret, o de lejos, como Desnos. El caso de Péret es sobremanera iluminador de las mitigadas reacciones de un surrealista ante “el lugar surrealista por excelencia”. Como podrá comprobarlo el lector, México le suscitó despiadados juicios y exaltadas páginas. Hablar de un balance sería privilegiar unos sobre otras. Prefiero renunciar al mito que sólo sirve para adornar los discursos diplomáticos, en aras de una realidad más compleja, tortuosa y surtidora de imágenes imprevisibles.
La figura de Benjamin Péret es, a mi gusto, una de las más entrañables entre los surrealistas de la primera hora. Octavio Paz recuerda que para Luis Buñuel, “el más profundo y puramente surrealista de los poetas surrealistas era Péret”. Y añade: “No se equivocaba. Sencillo y recto, estaba hecho, como se dice corrientemente, de ‘buena madera’. ¿Qué madera: pino, caoba, cedro, encino? La madera recia de los héroes simples de espíritu, la madera de Pedro el Apóstol”.4 Aunque Shéhadé y Paz le habían inventado el mote de “San Pedro”, Péret estaba lejos de ser un santo. Su proverbial anticlericalismo y su aversión a toda forma de misticismo bastarían para disuadir a cualquiera de beatificarlo en el panteón de un surrealismo de pacotilla. Más bien habría que imaginar a un hombre hecho de una sola pieza, sin recovecos ni mezquindades, que sostiene sus convicciones a manos llenas y desconoce la mesura, el cálculo o el semitono. El hecho de que la pieza sea de madera denota, para quienes lo trataron, una nobleza de alma que lo mismo se expresa en una sostenida lealtad a los amigos y a las ideas como en una violencia incontenible. Sus furias siempre estuvieron a la altura y a las altas temperaturas de sus convicciones. Pero la lealtad no era para él una forma de la ceguera y sus críticas al surrealismo y al trotskismo se oyeron con vigor cada vez que, a su juicio, se intentaba desvirtuar los principios en dogmas o revestirlos con alguna sotana mística. En rigor, su única lealtad duradera fue hacia la poesía.
En ciertas historias de la literatura, concebidas como los antiguos almanaques de Epinal, se suele presentar a Benjamin Péret como un lugarteniente de André Breton, el sempiterno segundo de a bordo. Sólo quisiera recordar cómo Breton concluye la nota introductoria al capítulo Benjamin Péret en la Antología del humor negro: “Hablo de él y de su obra con excesiva cercanía, como de una luz que, día tras día, durante treinta años, ha embellecido mi vida. El humor brota aquí como un manantial”. No son ciertamente las palabras que utilizaría un hombre convencido de ser el único faro en la constelación surrealista. Por lo demás, Péret tenía suficiente luz propia para que se le redujera a un simple reflector de los destellos ajenos.
A modo de presentación, quisiera reproducir la ficha biográfica que, hacia el final de su vida, él mismo llenó con su letra manuscrita de cagarruta para el nuevo diccionario de escritores contemporáneos. Ateniéndose al formato diseñado para les gens de lettres, Péret contesta así el cuestionario:
Nombre: Benjamin Péret.
Dirección: 17 rue Gramme. Paris XV.
Condecoraciones: Ninguna.
Nacido en: Rezé (Loire Atlantique), el 4 de julio de 1899.
Estatura: 1m 76. Peso: 78 kgs.
Ascendencias provincianas y otras: Familia paterna originaria del Lot, familia materna de Bretaña y Vandea.
Parentescos con personalidades: Ninguno.
Casado con: Elsie Houston (fallecida).
Vuelto a casar con: Remedios Varo.
Hijos (nombres): Geyser, nacido el 31 de agosto de 1931 en Río de Janeiro.
Residencia de veraneo: Ninguna.
Automóvil (marca y potencia): Ninguno.
Deporte practicado: Ninguno, bastantes medios de embrutecimiento nos son deparados como para recurrir al deporte.
Distracciones: Insultar a los curas.
Platillo y bebida: La langosta en todas sus modalidades y vino de Borgoña.
Mascota (nombre): Gato.
Colecciones: Ninguna.
Inicios en la vida: Guerra de 1914, ¡que lo facilitó todo!
Acontecimientos en su carrera: No hay tal carrera, pero...
Premios, distinciones (con fechas): Ninguno.
Libros publicados: Le Passager du transatlantique; Au 125 du boulevard Saint-Germain; Immortelle maladie; Dormir, dormir dans les pierres; Et les seins mouraient...; Le Grand Jeu; De derrière les fagots; Je ne mange pas de ce pain-là; Je sublime; Trois cerises et une sardine; Dernier malheur, dernière chance; Le Déshonneur des poètes; Feu central; Main forte; La Brebis galante; Air mexicain; Mort aux vaches et au champ d’honneur; Anthologie de l’amour sublime; Le Gigot, sa vie et son œuvre.
Ilustrados por: Max Ernst, Yves Tanguy, Arp, Tamayo, Man Ray.
Colaboraciones (revistas y periódicos): Todas las publicaciones surrealistas.
Señas particulares: Odia a los curas, los policías, los estalinistas y los comerciantes.
Firma: Benjamin Péret.5
PRIMERA PARTE
UNA PRIMERA TENTATIVA FRACASADA
El 11 de mayo de 1938, desde París, Benjamin Péret le escribe a René Magritte:
Mi querido Magritte,
Quizá sepa que quiero irme a México. Desgraciadamente, no dispongo de mucho dinero y, por lo tanto, me es imposible viajar en un barco regular. Quisiera embarcarme en un pequeño cargo (que no sea un petrolero), que saliera de Amberes entre el 20 y el 30 de este mes, lo más cerca del 20, con el objeto de alcanzar a Breton en la Ciudad de México, pero necesitaría la información para salir de París en el último momento (siempre por falta de dinero). ¿Conoce usted a alguien en Amberes que sea capaz de hacer las investigaciones pertinentes, me diga cuáles son los barcos que salen entre el 20 y el 30 de mayo y puedan llevar a dos pasajeros a Tampico o La Vera-Cruz? Necesitaría un cargo cualquiera que no asegure un servicio regular, porque los regulares son demasiado caros para mí.
Ya le escribí a Mesens al respecto, pero no sé si mi carta lo alcanzará, porque ignoro si está en Bruselas. Por eso, me permito darle la lata a usted. Discúlpeme, pero no conozco a mucha gente en Bélgica. Gracias por las informaciones que podrá recabarme y discúlpeme de nuevo. Le mando un cordial apretón de mano.1
Nada puede asegurar que la decisión de Benjamin Péret de tomar un barco para México se deba al conocimiento de los primeros contactos entre Breton y Trotski, que tuvieron lugar a principios de mayo, así como del proyecto de redactar al alimón el “Manifiesto por un Arte Independiente” que propiciaría nuevas conversaciones y la consecuente creación de la Fédération de l’Art Indépendant (FIARI). No sería difícil imaginar a un Benjamin Péret excitado por la idea de participar en semejante empresa y, sobre todo, por conocer al fundador del Ejército Rojo, de quien era el traductor ¡al portugués!, desde los años de su estadía en Brasil.2 Asimismo, ignoramos si Breton le pidió auxilio a su amigo para la redacción del manifiesto que le significó tantos dolores de cabeza y, en varias ocasiones, un riesgo de ruptura con Trotski.3
Sin embargo, una carta fechada el 9 de junio de 1938 daría a pensar que efectivamente Breton alentó a Péret a alcanzarlo en México. En ella, Péret le describe los alcances y, sobre todo, los límites de sus pesquisas para conseguir pasaportes y boletos:
Mi querido André,
Ayer recibí tu tarjeta postal. Hace seis semanas que espero los papeles necesarios para salir. Fraysse me había prometido arreglar el asunto en el Quai d’Orsay, conseguir un pasaporte Nansen para Remedios y luego, obtener visas diplomáticas para ambos. El Quai d’Orsay aplazó la decisión semana tras semana para finalmente negarla, argumentando que de seguro quería ir allá por razones políticas, que mi pasado no le permitía tener confianza en mí, etc. Ya te imaginarás. Asimismo, le negaron el pasaporte Nansen a Remedios y ahora, pese a que tenga el importe del viaje asegurado, me encuentro en la imposibilidad de partir a causa de ese pasaporte y también de la imposibilidad de conseguir 300 dólares para el depósito de garantía en la aduana mexicana. Mandé un telegrama a Lupe (a quien escribo al mismo tiempo que a ti) quien probablemente te haya informado de los telegramas anteriores. Por aquí, pocas cosas han sucedido.4
La carta deja suponer que la decisión de Péret coincidía prácticamente con la salida de Breton a México. En las dos anteriores que le manda a Breton a México (31 de marzo y 18 de abril de 1938), nada menciona acerca de sus gestiones para viajar: le comenta la elaboración de un manifiesto de apoyo a “un frente único revolucionario” en España, las dificultades para conciliar las diferentes posiciones de la izquierda francesa sobre la resistencia antifranquista y la llegada de Daladier al poder, luego de la caída del Frente Popular. No obstante, por los tiempos indicados en la tercera carta, se observa que Péret comienza a mover cielo y tierra para arreglar su partida, junto con Remedios Varo, desde finales de abril. También es posible que el acuerdo de reunirse en México haya sido previo a la salida de Breton. Esto explicaría la noticia de la pronta llegada de Péret, que aparece en la columna “Anuncios y presencias” del suplemento Letras de México: “Otro adalid surrealista francés, Benjamin Péret, viene con rumbo a México. En breve lo saludaremos”.5
Pero tal vez no sea el entusiasmo militante de Péret el único motivo de la decisión de viajar a México. En efecto, a su amigo César Moro, recién desembarcado en México luego de un infructuoso y complicado regreso al Perú, Benjamin Péret confiaba su inquietud acerca del estallido de una guerra mundial y su deseo de escapar de Europa lo antes posible.6 En fin, cualquiera que haya sido la razón o el conjunto de razones que movilizaron a Péret para tratar de alcanzar a Breton en México, el viaje no tuvo lugar a causa de la sempiterna falta de dinero que marcaría la vida de Péret, tal un estigma tan constante como su fidelidad al surrealismo.
Al regreso de Breton a Francia, Benjamin Péret colaboró en la fundación de la FIARI reclutando a los pocos intelectuales independientes y trabajando en la revista Clé —equivalente de la Clave mexicana— que pronto desapareció por falta de fondos. El surrealismo jugaba sus últimas cartas de acción política en esa empresa que naufragó con el asesinato de Trotski en agosto de 1940 y, sobre todo, con el estallido de la segunda Guerra Mundial. Antes de fenecer, la FIARI lanzó un manifiesto contra la guerra: À bas les lettres de cachet! À bas la Terreur grise!, en el que colaboraron Breton y Péret. El número doble (12-13) de Minotaure, fechado en mayo de 1939, fue el último de la revista donde los surrealistas encontraron refugio a falta de una casa propia, y la publicación se cerraba simbólicamente sobre el recuento del viaje a México de Breton.
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
Al estallido de la guerra, los deseos de huida de Péret cambian de destino: “Tengo la intención de refugiarme en Bélgica para no hacer la guerra”.7 Le escribe a Louis Scutenaire, corresponsal de la FIARI en Bruselas, a quien pide su contribución para conseguir una visa a Remedios Varo, su compañera desde la Guerra Civil española. Pocos meses después, Breton y Brunius son los únicos surrealistas movilizados. “Breton se pasea con un uniforme de mayor médico-ayudante y un gorrito de puntas extravagantes.” Por su parte, Péret se congratula: “Me han olvidado provisionalmente”. Está desempleado, no podría encontrar trabajo de corrector fuera de la censura, y todo parece indicar que su destino es morirse de hambre. Desgraciadamente, el ejército francés se acuerda de él: Péret es movilizado en febrero de 1940 (“Cumplimos muy adecuadamente nuestro deber de soldado que, por el momento, consiste en no hacer nada o casi”),8 y es afectado en Nantes, ciudad del crucial encuentro entre André Breton y Jacques Vaché durante la primera Guerra Mundial. La coincidencia no fue de mucha suerte para Péret: en mayo, lo detienen por sus actividades políticas9 y lo encarcelan en Rennes. Sale de la cárcel el 22 de julio de 1940, gracias a una fianza de mil francos pagada a los alemanes que ya habían invadido Francia, luego de la capitulación firmada por el mariscal Pétain. El relato de su estadía en la cárcel de Rennes integrará la introducción a la Antología de los mitos, leyendas y cuentos populares de América y formará parte de una publicación aislada, auspiciada por los surrealistas refugiados en Nueva York, bajo el título La Parole est à Péret (1943).
Péret se queda hasta el final del año en París, donde trabaja en calidad de corrector en el periódico Aujourd’hui que, gracias a la presencia de Robert Desnos y de Henri Jeanson, constituye un órgano de oposición en la Francia ocupada. Pero, el 22 de noviembre de 1940, el periódico es secuestrado y entregado a la dirección política de Georges Suarez, un colaboracionista que será fusilado al final de la guerra. A principios de 1941, Benjamin Péret logra pasar en zona libre y reunirse con otros surrealistas e intelectuales refugiados en Marsella.
SALA DE ESPERA
En el Mediodía se inicia para Péret un doble compás de espera: por un lado, el regreso de su compañera Remedios Varo y por el otro, la partida a México. Desde la primavera de 1937, cuando Remedios Varo empieza a vivir con él en París, el poeta aprende a acomodarse entre los amores contingentes de la pintora: en aquel entonces, una ardua rivalidad lo opone a Esteban Francés, un pintor surrealista español, en el estudio que los tres comparten en Montparnasse. En Marsella, un mismo sainete pone en peligro su relación: Remedios Varo se ha instalado a vivir con el pintor surrealista Victor Brauner en Canet-Plage. Finalmente, en marzo de 1941, las cosas parecen haberse decidido a su favor puesto que le escribe a Sherry Mangan, escritor y militante trotskista estadunidense: “Acabé por refugiarme en zona libre para intentar viajar a México [...] Remedios y yo estamos bajo la protección de un ‘Comité Americano de socorro’ ”.10
La otra espera, la de la partida, fue más liosa y demorada: casi un año de trámites, intercesiones, cartas, telegramas, antes de conseguir la ayuda de Peggy Guggenheim, quien acabó financiando el viaje de Péret porque él era “muy surrealista”. Péret y Varo no vivían en el Château Air-Bel donde estaban alojados André Breton y Jacqueline Lamba con su hija Aube, Victor Serge y su hijo Vlady, el pintor cubano Wifredo Lam, el dramaturgo Sylvain Itkine, el pintor canario Óscar Domínguez, Victor Brauner, a los que visitan Max Ernst y Peggy Guggenheim, André Masson, Marcel Duchamp, René Char, entre otros.11 Junto con el autor de Don Juan satisfait, Benjamin Péret trabaja en la cooperativa de golosinas Croque-fruits, creada para ayudar a los artistas refugiados. El eslogan publicitario de la compañía: “Pienso, luego soy —Descartes; como, luego Croque-fruits— sin tarjetas (de restricción alimentaria)” parece una frase digna de Rrose Sélavy.12 Los juegos, los remates, las fiestas que organizan los surrealistas en Air-Bel son un anverso de la medalla, porque el reverso queda descrito en estas palabras de Victor Serge:
En nuestras filas hay suficientes psicólogos, ingenieros, educadores, poetas, pintores, escritores, músicos, economistas y hombres públicos como para poner en marcha todo un país grande. Nuestra desgracia cuenta con tantos talentos y especialistas como los que podrían haberse convocado en París en sus días de esplendor; pero nada de eso resulta visible, ya no quedan más que hombres perseguidos, terriblemente cansados, al borde de sus recursos nerviosos, los restos de unos intelectos aplastados.13
Además de las persecuciones contra los habitantes de Air-Bel que ocasionó la visita de Pétain a Marsella, parece que Péret fue objeto de un hostigamiento más personalizado. Tiempo después contaría a un amigo: “Por un pelo escapé a historias infernales en Marsella donde la policía, siempre tan perspicaz, quería a toda costa hacerme confesar que yo era el llamado Saint-Preux del periódico L’Humanité”.14 ¡Hubiese sido el colmo de la ironía que Péret pagase los platos rotos de un estalinista!
La cabeza de un intelectual perseguido por los alemanes o el gobierno de Vichy costaba trescientos cincuenta dólares, si se ha de creer el folleto editado en 1941 por el Comité capitaneado por Varian Fry, con el llamado: “Buscado por la Gestapo, salvado por América”. La larga “batalla de los visados”, como la calificó Victor Serge, dio lugar a cuarenta y ocho páginas de correspondencia que atestiguan la atención que se prestó al caso de Benjamin Péret y Remedios Varo.15 Por sus pasadas actividades políticas en Brasil, país de donde fue deportado, Benjamin Péret no podía aspirar a una visa de residencia en Estados Unidos, ni siquiera a una visa de tránsito. Por ello, su caso demoró más que el de los demás surrealistas que embarcaron hacia Nueva York, y su destino tuvo que ser México, vía Cuba. La madre de todas las batallas se dio en octubre de 1941, gracias al hada madrina Peggy Guggenheim y a la intervención de Breton, Masson y Helena Rubinstein, y finalmente, los dos rezagados tomaron un barco que salió de Marsella el 20 de noviembre de 1941, con destino a Casablanca. El Serpa Pinto, un trasatlántico portugués, luego de una breve estancia en Casablanca y una escala en La Habana, tocó tierra mexicana en Veracruz a mediados de diciembre de 1941. Con ellos viajaba un crítico alemán, Paul Westheim, que escribiría en México una notable obra sobre el arte precolombino.
TIERRA MEXICANA
El general Lázaro Cárdenas había entregado el poder al general Manuel Ávila Camacho el 1o de diciembre de 1940 y México aún no se había sumado a las fuerzas aliadas cuando el poeta y la pintora arribaron al país.
Si se ha de dar fe al documento migratorio de Remedios Varo, la pareja entró a México el 16 de diciembre de 1941, día del cumpleaños de la pintora. Remedios Varo ingresó en calidad de asilada política, y Benjamin Péret, en calidad muy incierta puesto que, en febrero de 1942, confiesa que aún no ha podido regularizar su situación ante las autoridades mexicanas.16 Eligen domicilio en la casa cinco de la vecindad situada en el número 18 de la calle Gabino Barreda, cerca del Monumento a la Revolución. De momento, sobreviven gracias al dinero de la “madrecita Guggenheim”, como la bautizó Benjamin Péret.
Gunther Gerzso, que habrá de convertirse en amigo de la pareja, recuerda la precariedad de la casa: la fontanería era de lo más primitiva y el piso estaba lleno de agujeros que se utilizaban como ceniceros. Las ratas eran los huéspedes más asiduos; Péret intentaba ahuyentarlas con veneno, pero Remedios Varo las alimentaba con queso a escondidas. Pronto la casa empezó a llenarse de talismanes y objetos que Remedios Varo coleccionaba por la magia que encerraban; eran piedras, conchas, cristales de cuarzo o pedazos de madera de formas bizarras y sugestivas. El único lujo de la casa, según Gerzso,17 estaba en las paredes: dibujos de Picasso, Tanguy y Ernst, clavados con chinches, sin enmarcar, en la forma en que todo exiliado se rodea con imágenes de ausencias momentáneamente perdidas. Antes que obras de arte, se antoja que los dibujos eran recordatorios de los amigos diseminados por el mundo. Aunque no tengamos ninguna razón para dudar de la memoria de Gerzso, resulta extraño que la pareja, acostumbrada a los mil expedientes para sobrevivir, nunca haya pensado en sacar un beneficio monetario de las obras que poseían. De todas formas, especula Gerzso, es probable que nadie en México se hubiese interesado por los dibujos, en el caso de que sus propietarios hubiesen querido venderlos.
Desde su llegada, Benjamin Péret entiende cuál será la dificultad mayor de su estancia en México: por no ser estalinista, toda ayuda para encontrar trabajos eventuales le será negada. En su primera carta desde México que se conserva, fechada el 11 de enero de 1942, Péret recapitula para su correligionario trotskista Sherry Mangan:
Aquí estoy todavía un poco desorientado, sin saber muy bien cómo arreglármelas y, por supuesto, sin un centavo. Lo peor es que, según la opinión general, no hay gran cosa que esperar aquí, materialmente hablando, a no ser de que uno sea estalinista, lo cual no es mi caso. Por lo tanto, tendría que encontrar el medio de ganar dinero fuera de México. Por lo pronto, pensé en unos artículos sobre los campos de concentración: tengo informaciones inéditas sobre los presidios de África. ¿Sabes de una revista que pudiera estar interesada?18
Péret inicia una correspondencia similar con su primera esposa, la cantatriz brasileña Elsie Houston, a quien pide colocar en Nueva York los mismos artículos sobre los campos de concentración africanos. Aparentemente, Elsie Houston le ha conseguido un artículo de tres mil palabras sobre la makumba para una revista de gran circulación. Sin asomo de humor, con franca ingenuidad, el poeta acostumbrado a la escritura automática y a los versos que corren como agua viva, pregunta: “No sé cómo se cuentan las palabras: ¿qué entienden con eso? ¿Las preposiciones y esas cosas cuentan?”19
Péret comienza así su aprendizaje de escritor a destajo, de escribidor profesional que, de pronto, descubre que la pluma es su único capital para sobrevivir en “una isla en medio del Atlántico”. Pero, por más que esté dispuesto a venderla al mejor postor, la plusvalía que sacará de su tintero será magra. Incluso está dispuesto a transformarse en cronista musical, él que, al igual que todos los surrealistas, tiene zanahorias metidas en las orejas. “¿Sabes que voy a escribir aquí artículos sobre música? —le informa a Elsie Houston—. Debo entregar el primero el lunes por la mañana e ignoro por completo lo que diré.” La franqueza se complementa con humor: “Resultará algo por el estilo de los artículos sobre agricultura de Mark Twain. Ya sabes: ‘Para cosechar nabos, tome la precaución de no sacudir el árbol con excesiva violencia’ ”.20 Unos meses después, en junio de 1942, Péret le informa al pintor Kurt Seligmann, entonces residente en Estados Unidos, que está haciendo una crónica sobre arte para un programa de radio.21 Aunque no tengamos elementos para dudar de la palabra de Péret, tampoco los tenemos para saber a ciencia cierta para qué estación de radio mexicana pudo trabajar y en qué consistía su colaboración.
El proyecto de largo aliento en el que trabaja prácticamente desde su llegada es la Antología de los mitos, leyendas y cuentos populares de América:
Quiero hacer una recopilación de las más bellas leyendas de América, antes de poder reunir las del mundo entero. Para eso necesitaría obras sobre el folklore brasileño, sobre todo indígena. En Brasil tenía un libro de leyendas del Amazonas, que tuvo que quedarse en Río. Si pudieras conseguírmelo, así como otros libros que sean únicamente recopilaciones de leyendas y no vaticinios de intelectuales rolleros. Aquí encontré en una bibliografía americana sobre la cuestión, una serie de libros cuya lista te envío para que puedas mandármelos si los encuentras.22
En los años sucesivos pedirá otras contribuciones bibliográficas a Miguel Ángel Asturias para Guatemala, a Eugenio Granell para las Antillas o a Sherry Mangan para Estados Unidos, Canadá y Alaska. El solo criterio poético preside la Antología que no pretende así competir en los terrenos del etnólogo. En la introducción que Péret redacta de manera fragmentaria, con una primera parte fechada en México, noviembre de 1942, y una segunda correspondiente a São Paulo, agosto de 1955, el poeta se explica sobre la naturaleza del interés que semejantes textos despiertan en él: son, en suma, la expresión primigenia y poética del mundo. No son todavía sueños, sino algo a medio camino entre la alucinación y la poesía y, sobre todo, visiones incorruptas por la religión. Le importa evidenciar un denominador común entre el brujo, el poeta y el loco: la magia, “que es la carne y la sangre de la poesía”. Así, Péret concluye: “Sin riesgo a equivocación, puede pensarse que los mitos primitivos son en gran parte compuestos y residuos de iluminaciones, intuiciones, presagios confirmados antaño de manera tan contundente que penetraron como flecha hasta las profundidades más abismales de la conciencia de estos pueblos”.23
Tal concepción le permite intercalar el relato de sus propias visiones e intuiciones durante su encarcelamiento en Rennes: en el cristal pintado de azul de la ventana de su celda vio cuatro imágenes: el rostro de Francisco I, un caballo encabritado, un paisaje tropical al estilo de los cuadros del aduanero Rousseau y el número 22. Entre todas las visiones, la más persistente y la más nítida resultó ser la del número, que inmediatamente le dio a Péret la certeza de que sería liberado un día 22, como efectivamente sucedió.
Péret registra aquí la coincidencia de su visión con la frase de André Breton: “Hay personas que pretenden que la guerra les enseñó algo; de todas formas, no están tan enteradas como yo, que sé lo que me reserva el año 1939”, escrita en 1925 y que cobró así valor de profecía, sobre la cual el mismo Breton se explicó en la conferencia “Situación del surrealismo entre las dos guerras”.24
No es la única vez, ni la única circunstancia en que Péret y Breton, separados por miles de kilómetros y con escasa comunicación epistolar, parecen seguir caminos paralelos en experiencias, intereses renovados y giros inesperados en la reconducción del surrealismo: “À l’image de ces courants / Qui se traversent sans se pénétrer sur les cartes maritimes”, como sugiere Breton en Les États généraux.
El crítico francés Claude Courtot advierte el paralelo y hasta procede a una comparación detallada y sumamente iluminadora entre los dos textos escritos en la misma época (fines de 1942) y en la mutua ignorancia del otro. Observa que la exposición de Breton es más bien histórica y la de Péret, más “teórica” y general; que el estilo de Breton es más envolvente, más cálido, en comparación con el de Péret, percutante y directo. Pero señala tres ideas importantes y novedosas que dan cuenta de las preocupaciones del surrealismo a la luz de las nuevas circunstancias:
1) La mención de la frase profética de Breton en La carta a las videntes de 1925;
2) El rechazo a someter la poesía a los imperativos políticos y sociales (poesía de circunstancia);
3) La necesidad de despojar a la humanidad de sus antiguos mitos, religiosos o de otra naturaleza, verdaderas cárceles para la poesía, que debe recrear nuevos mitos a la medida de la sociedad actual.25
El punto en que divergen Breton y Péret para acceder a la creación de los nuevos mitos (será el caballito de batalla del surrealismo en la posguerra) reside en la metodología. Péret añade un eslabón en la escalera que sube hacia los “Grandes Transparentes”: el conocimiento y la reivindicación de los mitos primitivos que cumple su Antología. Es un paso previo, casi arqueológico, que le permitirá apoyarse en el pasado más remoto para dar el salto hacia el futuro del surrealismo que la guerra parecía condenar a la extinción.
También representa para Péret una manera de penetrar en un México que se resiste a darle unas mínimas llaves de entrada a su realidad. Péret mantiene escasos contactos con el México moderno. Su Antología es, a un tiempo, un refugio y una cárcel. Huye del presente que le repugna y se libera reviviendo el pasado mítico que apenas perdura en algunas manifestaciones de la vida contemporánea. Se antoja que el trabajo de largo aliento sobre la recopilación de los textos antiguos formaba a su alrededor una campana de cristal, cárcel o refugio según la suerte de los días, bajo la cual el oxígeno de la poesía compensaba la asfixia circundante y así le permitía sobrevivir en el aire enrarecido del valle de Anáhuac.
Ni una sola vez, en la correspondencia que se conserva de su estancia en México, Péret menciona a un escritor contemporáneo a quien estuviera leyendo o con quien mantuviera contacto. En cambio, las quejas se reiteran como un leitmotiv en este tenor: “Aquí, desgraciadamente, estoy casi tan aislado como en una isla en medio del Atlántico. No hay nadie. Espero que algún día, cuando termine esta mala broma, podamos reunirnos todos en una ciudad habitable. Por el momento, nos aburrimos duro”.26
Hay razones que explican la perpetua incomodidad de Péret hacia México: desde las más triviales (no soporta la altura de la Ciudad de México) hasta las más complejas y diversas: el aislamiento que padece por parte de los estalinistas; su propia resistencia a integrarse a un México que, según él, ha vaciado su tradición de todo contenido; la precariedad de su situación frente a los surrealistas refugiados en Estados Unidos que, mal que bien, han encontrado cierto acomodo y, sobre todo, gozan de la posibilidad de reunirse de vez en cuando; su marginalidad respecto a la evolución que registra el surrealismo durante la guerra y que él debe intuir y seguir en la soledad con sus propios medios. Se podría aventurar que Péret, privado del aguijón que le significaban las reuniones cotidianas con los demás surrealistas, de pronto se encontró sometido a su libre y aleatorio albedrío. Pareciera que, en México, carece del aguijón o la brújula que encamine su pluma hacia objetivos de decisión colectiva. Si así pudiera decirse, Péret es un individuo fundamentalmente gregario: necesita las conversaciones del café, el trato con los amigos, la confrontación de las ideas, para vencer una pereza consuetudinaria que sólo se desvanece al calor de los entusiasmos o en el incendio de sus furias. Abandonado a su solitaria suerte, desprovisto del cobijo del grupo, Péret está desorientado, adopta la actitud del molusco que se encierra en su concha y necesitará tiempo antes de recobrar cierto ritmo de producción que, de todas formas, en él nunca ha sido un ritmo sostenido ni disciplinado. Su aislamiento sin duda se debe a las circunstancias que esgrime, pero también habría que pensar que prefirió fortalecer el cerco de las ausencias antes que penetrar los círculos mexicanos. Hay algo de terquedad y de castigo en su repliegue como si, al rechazar todo compromiso con el entorno, todo término medio, se aferrara a una lealtad que sólo tuviera pertinencia ante él mismo. Si se quisiera tener una idea sobre el balance que saca Benjamin Péret de su prolongada estadía en México, bastaría citar un extracto de la primera entrevista que da el poeta a su regreso a Francia:
¿Lo que hice en México? Me aburrí profundamente. México es un país que sólo se interesa en México. Todo es tradición, pero una tradición solamente formal, vacía de toda vida. Es un país donde la mayoría de la gente es muy pobre. La inmensa mayoría. Arriba existe una delgada capa de “mexicanos medios”, y luego la gente muy rica. ¿Un espíritu de rebeldía en los pobres? Para nada. Padecen una excesiva carencia de cultura. Y ya es un eufemismo hablar de cultura. En realidad, la mitad de la población no sabe leer ni escribir. ¿Lo que hacía allí? Cualquier cosa para sobrevivir. Equiparando las monedas, la vida es más cara que aquí. Y, a 2 500 metros de altura, uno se cansa rápidamente. Hice una “Antología de los mitos, leyendas y cuentos mexicanos” (sic). Eso es todo.27
¿Habrá algo de exageración en el desdén de Péret hacia México? Tal vez un residuo de la irritación provocada por la demora y la complicación del regreso, pero, en sustancia, ésta sería la visión que Péret se llevó de México. ¿Podría pensarse que, de haber sido distintas las circunstancias de su estadía, el juicio sobre México habría variado? Apenas. Pudiera ser que unas condiciones de vida un poco más amables hubiesen propiciado una mayor integración al México contemporáneo, pero la visión de México que se lleva Péret no es resultado de las circunstancias, sino de un acercamiento poético y espiritual a la realidad del país. Dada la personalidad de Benjamin Péret y la precariedad material que castigó su vida entera, sería totalmente erróneo atribuir su negatividad a las dificultades que sorteó durante su estancia en el país.
La exageración a denunciar en las palabras de Péret está más bien en este “Eso es todo” con el que concluye el recuento de la obra hecha en México. A sus corresponsales, da la impresión de que no está escribiendo nada, o casi nada, salvo “unas cositas” que manda a André Breton para la revista VVV. Sin embargo, a fines de 1942, Péret concluye un largo poema en cuatro partes: Dernier malheur, dernière chance.28 Debe ser el primero que escribe en México porque está fechado con precisión: 26 octubre-6 noviembre 1942. (En rigor, existe otro poema fechado con anterioridad: 16 de mayo de 1942. Se trata de un poema dedicado a César Moro: Virgule où vas-tu, que Péret nunca publicó en vida y que sus editores recogen en el último tomo de sus Obras completas. Previamente, André Coyné lo había dado a conocer en la editorial L’Ébrasement, en 1992, junto con un dibujo de Remedios Varo.) Se sabe que la tercera parte del poema fue publicada en los números II-III de VVV, en marzo de 1943. Los editores de las Obras completas de Péret señalan que Dernier malheur, dernière chance salió en París en 1946, bajo el sello de Editions Fontaine. Desde abril de 1944, una inserción pagada en la revista mexicana El Hijo Pródigo29 ofrece el libro en suscripción, junto con Lettre d’amour de César Moro, que aparece ese mismo año en las ediciones Dyn. Es obvio que el poema no encontró en México suficientes suscriptores, porque no se conoce una edición local correspondiente a esas fechas. El extenso poema, de tono grave y apesadumbrado, difícilmente alcanza las alturas o la ligereza de sus demás creaciones poéticas. Es, en pocas palabras, un poema fallido, en el que el desaliño de los versos y la falta de composición general se convierten en un involuntario hermetismo. Algunas imágenes harían pensar que el poema fue concebido durante la travesía al Nuevo Mundo y constituye una recapitulación sobre los horrores de la guerra y la negrura de los tiempos.
Durante su primer año de residencia en México, Péret también escribe un cuento titulado “El deshielo” (Le Dégel),30 que publicará en el primer número de VVV, en junio de 1942. La atmósfera del cuento es mórbida y sugiere una sucesión irrefrenable de cataclismos y horrores. Con excepción de algunos casos, por ejemplo “Los cuatro elementos” de la Historia natural, el conjunto de creaciones que Péret escribe en México no escapa de este desasosiego. El contexto de la guerra seguramente no es ajeno al tono apesadumbrado de la obra mexicana, y eso pese al optimismo que casi siempre caracterizó a Péret a lo largo de su vida. Por lo demás, “El deshielo” parece recoger una experiencia personal que sucedió durante su estancia en la casa de Gabino Barreda. Sabemos hasta qué punto es riesgoso buscar en la realidad tangible y cotidiana las raíces de la creación de Péret. Y también hasta qué punto puede resultar inútil semejante rastreo. Pero la fuerza de la imagen original que encontró una peculiar expresión en el cuento no deja de llamar la atención. La biógrafa de Remedios Varo, Janet A. Kaplan, refiere el episodio al comentar un cuento de la pintora conservado en los archivos de Walter Gruen. Gracias a los testimonios de Gunther Gerzso y de Claude Ecochard, que habían oído la historia en sus múltiples variaciones, la biógrafa reconstruye:
La casa (de Gabino Barreda) limitaba por un lado con un solar vacío y sin pavimentar donde de un hospital cercano tiraban la basura, entre la que Péret vio un día una mano humana saliendo de un envoltorio de papel periódico, por lo que entró corriendo a la casa para anunciar que el surrealismo vivía en México...31
A continuación, la biógrafa reproduce un fragmento (¿o será el texto íntegro?) del cuento que escribe Remedios Varo como una variación sobre la imagen. Aunque se desconozca la fecha en que Remedios Varo lo escribiera, pueden advertirse ciertas coincidencias con “El deshielo” de Péret, lo cual confirmaría el impacto que tuvo sobre ambos la imagen de la mano envuelta en un papel periódico y tirada entre la basura del traspatio. Veamos la versión de Remedios Varo:
Grupos compactos de porteras incalificables, a lomos de chivos gigantescos, corren velozmente hacia el oeste, del este llega una nube de golondrinas ardorosas que chocan inevitablemente con ellas, pero en zigzag viene el vagabundo desconocido, lamiendo precipitadamente las pantorrillas y tragando tal cual golondrina, verdes, pero no muy sensatos carteros, se aplastan contra las redes para dejar libre el paso y a causa de tanta agitación, los trozos de periódico arrugados y viejos se levantan inflamados en el aire y estallan con maestría pirotécnica. Las malvas y deyecciones, una mano olvidada y esas cosas misteriosas que flotan, que se enredan al tobillo por la noche, están encaneciendo de preocupación, porque presienten la llegada del cemento. ¡Ave María Purísima, hija mía!, corramos, ahí viene el exhibicionista, envuelto en una capa de amplio ruedo, ¿ruedo o rueda? ¡Ah, sí!, rueda, rueda de la fortuna, de bicicletas y triciclos, los muchachos del barrio atraviesan todo lanzando por encima de la barda algunas piedras que caen al patio y estallan soltando sus semillas. Bárrelas. ¡Pronto, María, no quiero más monolitos! y, por favor, echa un poco de desinfectante tras la puerta y la barda, ¡hay realmente demasiadas moscas!
Todo esto y mucho más, hierve en el terreno baldío, al lado de la casa. Es el lecho de una calle futura, pero todavía están muy lejos el cemento y todo lo demás.32
Remitimos al cuento de Péret que aparece en el apéndice de este libro para constatar las coincidencias y las divergencias entre las dos ficciones.33 Aparte de la mano que en ambos cuentos aparece como una incongruencia, incluso en las atmósferas más alejadas de todo realismo, pueden rastrearse ciertos elementos comunes: animales gigantescos, nubes de golondrinas o de mariposas, una agitación rayana en el cataclismo, la pirotecnia y los estallidos, las noticias difícilmente descifrables, una podredumbre general, son algunos ingredientes que colaboran para crear un ambiente fantástico y angustioso por la inminencia de la catástrofe. Las divergencias son tan numerosas como las coincidencias y, sobre todo, resalta el arte de Péret en contraste con la escritura aficionada de Remedios Varo. Pero el punto no está en una rivalidad que nunca los opuso en el terreno de la escritura, sino en la aparición casi incorrupta de la mano en los dos cuentos que podrían pasar por puras invenciones fantásticas o surrealistas, si se desconociera la anécdota original. La mayoría de las veces ignoramos la visión o el episodio que dan origen al flujo de la escritura de Péret que, entre todas las creaciones surrealistas, es la que más fiel se ha mantenido a los procedimientos de escritura automática. El hecho de que en “El deshielo” haya sobrevivido el testimonio de una anécdota, entre muchas otras, no invalida la capacidad de Péret para liberar imágenes nacidas del inconsciente. Al contrario, la mayoría de su producción la confirmaría. En todo caso, introduce ciertos límites a la integridad de la escritura automática, como, por cierto, los marcó en más de una ocasión el mismo André Breton. También introduce una duda sobre los posibles orígenes de otras imágenes tan enigmáticas como la mano abandonada en un traspatio mexicano. Al conocer el origen de una anécdota, inevitablemente uno se pregunta si los poemas y los cuentos de Péret no estarán sembrados de cifras incomprensibles para nosotros, pero no menos reales y existentes. Más adelante veremos, por ejemplo, cómo su largo y famoso poema Aire mexicano está cimentado en referencias precisas, casi todas extraídas de mitos precolombinos. Ante la imposibilidad de zanjar la duda, no queda más que pensar que probablemente lo esencial resida en la mirada. Es decir, lo relevante está en qué se hace a partir del ejercicio de una mirada proclive a despistar en la realidad los elementos que contribuyen a la restitución de la mirada. Los desiguales resultados de la explotación de una misma imagen por Benjamin Péret y Remedios Varo, respectivamente, tenderían a autorizar semejante hipótesis.
En marzo de 1942, la revista Así34 publica la primera y aparentemente única entrevista a Benjamin Péret en México. La realiza un periodista llamado Ulises Monferrer, al pie del Monumento a la Revolución. La identidad épica del reportero
