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La misteriosa y discreta visita que realizó Antonin Artaud a nuestro país en 1936 devino tema de culto y en reto para los estudiosos que cada tanto reviven la esperanza de desenterrar documentos inéditos o dar con testimonios desconocidos. Fabienne Bradu reconstruye la conversación epistolar entre el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón y Paule Thévenin, quien fue editora para Gallimard de las obras completas de Artaud. Las cartas arman un espejo en el que se puede apreciar, entre otros temas, el contexto de la presencia del artista francés en nuestro país.
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Seitenzahl: 205
Veröffentlichungsjahr: 2011
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Fabienne Bradu. Escritora de nacionalidad francesa, crítica literaria e investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha sido colaboradora de las revistas Vuelta y Letras Libres; también es traductora al francés de poetas como Gonzalo Rojas, María Baranda, José Luis Rivas, entre otros. Entre sus libros se encuentran los ensayos Señas particulares: escritora (1987), Ecos de Páramo (1989), André Breton en México (1996), Benjamin Péret y México (1998), Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas (2002) y Los puentes de la traducción: Octavio Paz y la poesía francesa (2004), y las biografías Antonieta (1900-1931) (1991) y Damas de corazón (1994), así como las novelas El amante japonés (2002) y El esmalte del mundo (2006).
Primera edición, 2008
Primera edición electrónica, 2011
D. R. © 2008, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-0759-1
Hecho en México - Made in Mexico
Mucho se ha escrito sobre Antonin Artaud. Quizá demasiado. Y en cuanto a su viaje a México, en 1936, más de uno pretendió reconstruir sus pasos por la ciudad de México y la sierra Tarahumara.[1] Pero lo más sorprendente del paso de Antonin Artaud por este país reside en su invisibilidad, en la ausencia de testigos confiables, o bien en el parco recuento de los pocos que lo conocieron. La visita de Antonin Artaud en nada recuerda el escándalo que enturbió la de André Breton en 1938 o el ostracismo que condenó a Benjamin Péret a seis años de exilio taciturno durante la segunda Guerra Mundial. No obstante, una mayor terquedad parece aguijonear el ansia de conocimientos sobre el viaje de Antonin Artaud. Cada tanto, en jóvenes admirados por la estela eléctrica del personaje, revive la esperanza de desenterrar documentos inéditos y dar con testimonios desconocidos como si la estancia de Antonin Artaud fuese un tesoro codiciado y, sobre todo, susceptible de granjear fama y fortuna al que diera con su escondite. Antonin Artaud goza de una leyenda inagotable y siempre vivaz, porque es difícil creer que el mito que se agigantó a raíz de su muerte carezca tanto de una biografía confiable, al alcance de cualquier buscador de tesoros. “Imagino que los innumerables viajeros en México en busca de los pasos de Artaud, ya agotaron la posibilidad de encontrar nuevas cosas”, le escribe Luis Cardoza y Aragón a Paule Thévenin después del terremoto de 1985, como si las ruinas de la ciudad de México asimismo hubiesen sepultado la esperanza.
El misterio empolla al mito y alimenta la incredulidad ante la falta de pruebas contundentes; también acrecienta la desesperación frente a la magra cosecha de datos fehacientes y el paso del tiempo cancela cada vez más la posibilidad de hallar alguna novedad sobre las peripecias del poeta en el altiplano. Desde 1936 han transcurrido demasiados años y demasiada tierra ha amortiguado a los memoriosos como para pretender desempolvar versiones novedosas del viaje de Antonin Artaud a México.
Aunque este volumen aspira a completar una trilogía surrealista en México —los dos primeros son: André Breton en México[2]y Benjamin Péret y México[3]—, tuve que renunciar a la insensata ilusión de aportar algo inédito a la reconstrucción de la estancia de Antonin Artaud dentro del espíritu documental que anima los dos primeros libros. Pero el azar, a veces, cobra un semblante de sensatez o, al menos, de regreso a lo razonable. Así, al buscar información de otra índole en el archivo de Luis Cardoza y Aragón, di con la prolongada correspondencia entre el poeta guatemalteco y la editora de las Obras completas de Antonin Artaud, Paule Thévenin. Hoy ambos están muertos, y lo único que queda del cruce entre sendas vidas son estas casi ochenta cartas que fueron y vinieron entre París y la ciudad de México desde el 1º de junio de 1950 hasta el 9 de febrero de 1989. Casi cuarenta años de correspondencia esporádica y sin embargo sostenida por una sola obsesión, sería una proeza para cualquier corredor de carreras epistolares y lo es aún más entre dos personas que se vieron una sola vez en la vida.
Entre los cántaros de literatura que siguen lloviendo sobre el cadáver de Antonin Artaud como si se quisiera anegarlo en otro naufragio póstumo, esta correspondencia se antoja modesta o menos sesuda que otros escritos presuntamente brillantes pero que, a mi juicio, contribuyen a ensombrecer una obra de por sí oscura a fuerza de fulguraciones. Como suele suceder, el hermetismo llama al hermetismo, y en el camino se olvida lo esencial, el vuelo a ras del texto. Es difícil leer a Antonin Artaud, pero nunca estaremos lo suficientemente conscientes de que, para poder hacerlo hoy en su integridad, fue necesaria la vida entera de una lectora primordial y solitaria, que desbrozara el camino y restituyera la totalidad del bosque.[4] Esta lectora primigenia fue Paule Thévenin. Por desgracia, el medio intelectual francés rara vez le manifestó en vida la gratitud que todo lector de Antonin Artaud debería tenerle. Al contrario, y salvo contadas excepciones, Paule Thévenin fue el blanco de ataques y calumnias por parte de quienes hasta se decían amigos de Antonin Artaud. Entre las excepciones está el poeta Bernard Noël que acaba de dedicar a su memoria un libro sencillamente titulado Artaud y Paule,[5]que hace eco a una extensa carta que le dirigiera Paule Thévenin en 1986. Reproduzco la “Carta a un amigo”[6] firmada por Paule Thévenin y dirigida a Bernard Noël, al final de la correspondencia, porque es la única ocasión en que Paule Thévenin accedió a hablar de su encuentro con Antonin Artaud, de las circunstancias que la volvieron editora de los casi treinta volúmenes de las Obras completas y del vía crucis que le significaron el desciframiento y la transcripción de los manuscritos de Antonin Artaud.
El anonimato fue la condición impuesta a Paule Thévenin para consagrar su vida a la supervivencia de la obra. En ninguno de los tomos publicados por Gallimard aparece su nombre y las abundantes notas que guían la lectura son apócrifas. ¿Acaso la sola desidia permitió que todo el mundo fingiera creer que los tomos se armaron solos y las notas se redactaron por arte de magia? ¿Algunos todavía se preguntan quién es el autor de los comentarios que a veces ocupan casi la mitad de un volumen? La existencia de Paule Thévenin y de la obra misma de Antonin Artaud descansan en una monstruosa paradoja: para que ésta exista, tuvo que desaparecer aquélla, y el sacrificio selló la vida de Paule Thévenin como única razón de su existencia. Jacques Derrida cifra el drama de Antonin Artaud en una “expropiación” del cuerpo, que padeció desde su nacimiento. “Hay un espíritu en la carne, sostenía Artaud, pero es un espíritu tan veloz como el rayo.” Entonces parecería que, carente de cuerpo, el poeta quiso fabricarse un corpus y, por ende, no sería exagerado afirmar que Paule Thévenin, al dar existencia a este corpus, le devolvió a Antonin Artaud la vida que le fue escamoteada.
A lo largo de la correspondencia y en la “Carta a un amigo” podrán estimarse las dificultades que se sumaron a las normales que supone la edición de una obra de semejante envergadura. Hacia el final de su vida, Paule Thévenin paradójicamente advierte que la recompensa que esperaría después del sacrificio, consistiría en abrir un tomo de las Obras completas y volverse una lectora común de Antonin Artaud, una lectora desinteresada, que gozara como cualquiera del placer de la lectura. Pero este placer le fue negado por la naturaleza misma de su papel de lectora primordial y por la muerte que ni siquiera le deparó la satisfacción de contemplar sobre el estante de su biblioteca la hilera completa de los volúmenes como quien mira el cumplimiento de la tarea de una vida. El sacrificio se vuelve más real y como más íntegro cuando ninguna recompensa llega a coronarlo.
Paule Thévenin murió sin elucidar el enigma que se convirtió en su razón de ser: ¿por qué Antonin Artaud la había escogido a ella para ser, a un tiempo, la depositaria y la editora de su obra? El pacto que unió sus vidas de una manera absolutamente inédita fue tácito y secreto incluso para ellos dos. Antonin Artaud la bautizó “Ofelia” en el retrato que hiciera de ella poco antes de morir y habría que admitir que hay filiaciones más fieles que las de la sangre y, pese a las apariencias, fidelidades más inquebrantables que las que ostentan otras Ofelias legítimas. ¿Qué clase de amor subyace a esta relación que no cabe en ningún molde conocido? Faltan las palabras para calificarlo porque, ante todo, la categoría no existe entre las que solemos gozar o padecer. “Hace muchos años —asegura Paule Thévenin—, un día que le hablaba del don que se me había hecho, Jean Genet me contestó que era un regalo emponzoñado. Calculo que quería decir que a mi alrededor la vida iría apesadumbrándose de soledad. Pero estoy casi segura de que se equivocaba. El fuego que me entregó Antonin Artaud, ni siquiera la muerte podrá apagarlo.” ¿Qué más podría añadirse a semejante declaración de fe?
Paule Thévenin tampoco cabría en la categoría de la “especialista” en Antonin Artaud, aunque sin duda fue la persona que más lo conoció en la otra vida que, para él, fue su obra. Médica de formación, Paule Thévenin lo abandonó todo para improvisarse de editora. Como se observa en la correspondencia con Luis Cardoza y Aragón, su acucioso celo de investigadora no le fue inculcado por la academia, frente a la cual siempre padeció un sentimiento de inferioridad aunque lo manifestara a través de burlas e ironías. Quizá su misma excentricidad en el medio académico, literario e intelectual propiciaba en su cabeza mitos acerca del conocimiento y del rigor que deberían profesar los “profesionales” del saber. A lo largo de sus años de trabajo, su venganza hacia ese mundo que la descalificaba y la calificaba como impostora consistió en desenmascarar las trampas y las fabulaciones de los presuntos especialistas de las universidades francesas y extranjeras. Sin embargo, casi concluida la edición de las Obras completas, se queja con Luis Cardoza y Aragón de que a ella nunca la invitan a congresos dedicados a Antonin Artaud por carecer de los debidos títulos universitarios. Nunca conoció México por esta razón y pese a sus deseos de ver con sus propios ojos la tierra roja que había fascinado a Antonin Artaud hasta el fin de sus días. Tampoco en estos rubros más prosaicos hubo para Paule Thévenin recompensa alguna.
¿Y qué decir de las canalladas que le fueron deparadas en lugar de las recompensas? Al paso, en una carta de agosto de 1969, le cuenta a Luis Cardoza y Aragón: “No es como esos chicos que lo habían visitado, Azaïs y Fricot, que pretenden estar apasionados por la obra de Antonin Artaud, pero que traducen sobre todo su pasión causándome puras molestias, mandándome cartas de amenaza o cartas anónimas, haciendo llamadas telefónicas en las que imitan la voz de Antonin Artaud, etc.” Es probable que el celo de Paule Thévenin se acompañara de comprensibles celos hacia los jóvenes que pretendían darle lecciones acerca de Antonin Artaud. Prácticamente desde el inicio de la edición de las Obras completas, el trabajo cobró el cariz de una guerra. En primer lugar, contra la familia de Antonin Artaud, contra la madre y los hermanos que se opusieron a la voluntad del difunto y atacaron en juicio a la “criatura” que “secuestraba” los manuscritos para darlos a conocer al público. En este frente, contaba con un aliado: Gaston Gallimard, que confió en ella, le encargó la tarea sin vislumbrar aún la inmensidad de la misma, y le propuso el anonimato como única manera de sortear la oposición judicial de la familia. Paule Thévenin lo aceptó todo, con tal de que Antonin Artaud se exhumara bajo la mortaja blanca de la prestigiosa editorial francesa.
En el frente mexicano, otro gran aliado en la guerra de cincuenta años sin duda fue Luis Cardoza y Aragón, como lo atestigua la correspondencia. Varias veces, ambos evocan su encuentro en el París de los cincuenta, en el exiguo cuarto del actor Roger Blin, en la Cité Falguière. En realidad, su verdadero lugar de encuentro fue Antonin Artaud, porque los tres habían sido amigos del poeta en distintas épocas y éste los reunía en el ilimitado espacio de su memoria, que perduraría a lo largo de los años y pese a las distancias, como suele ser la tierra firme de la amistad. Estos tres personajes nunca más volverían a juntarse pero seguirían gravitando en la órbita de la constelación Antonin Artaud, dando lo mejor de sí para salvar el brillo de la estrella. Esta correspondencia es, más allá de su valor documental, el testimonio de una amistad genuina, desinteresada y muy poco frecuente: la que perdura después de la muerte y une a los sobrevivientes alrededor de un ausente. El primero en extinguirse fue Roger Blin, y así se lo comunica Paule Thévenin a Luis Cardoza y Aragón en enero de 1984: “Sin duda ya se enteró de la muerte de nuestro común amigo, Roger Blin. Se me hace que fue ayer cuando nos encontramos en el taller de la Cité Falguière. La vida va más rápido y dura más que nosotros. El mundo se va vaciando o, mejor dicho, nos parece que se vacía”. Luego, le tocó a Luis Cardoza y Aragón en 1992, aunque en rigor parecería que hubiera muerto para Paule Thévenin después del fallecimiento de su esposa, Lya Cardoza. En efecto, la última carta del conjunto, fechada el 9 de febrero de 1989 en París, registra la noticia y cierra el diálogo con la siguiente confesión: “Recibí su carta y entendí cuán desesperado está usted. Sé lo doloroso que significa perder al compañero de la vida. Esto me sucedió. Yves murió a fines de 1983 y no hay una sola mañana en que no despierte con su ausencia”. Es prácticamente la única ocasión en que los corresponsales aluden a su vida personal y la pequeña excursión fuera de los cauces habituales los conducirá a un silencio definitivo.
Luis Cardoza y Aragón recuerda que conoció a Antonin Artaud durante la “primera posguerra” en París, junto con otros surrealistas. En El río, novelas de caballería[7]se reiteran las referencias a Antonin Artaud pero, conforme al tono entre inspirado y errabundo de las memorias, el poeta obvia los datos que ayudarían a precisar fechas y circunstancias. La evocación del París de los años veinte se abre con un extenso retrato de Antonin Artaud y, apunta el poeta guatemalteco, “el recuerdo de su voz hecha trizas impulsa las páginas que a mis años en París dedico”. Los adjetivos y las metáforas de Luis Cardoza y Aragón procuran ceñir la esencia del personaje:
Le recuerdo incandescente, linchado por sí mismo, estrangulado, fértil en relámpagos y desplomes, errabundo, imposibilitado para la coherencia exterior, anárquico a fuerza de sinceridad. Sus criterios son tan cambiantes, dentro de su unidad poética, que es inasible. Lo siento como un sismógrafo que salta hecho añicos cuando ya no puede registrar las convulsiones que sólo él advierte y las expone angustiosamente. No sé bien qué acepta y qué rechaza. A veces, lo siento derrumbado, montón de escombros de aberraciones extremas. Era algo más ahincado que una contradicción, que una negación o una afirmación encendida e inesperada. Estaba enredado en un ovillo que él no sabía sino enredar más para asegurar su transfiguración. Este invisible capullo de luz y tinieblas no sólo le deja lanzar sondas, le obliga a lanzarlas con manotazos ciegos en que a veces saltan ahogándose, como peces en seco, intuiciones prodigiosas.[8]
Más adelante, Luis Cardoza y Aragón cree recordar una tarde en que vio a Antonin Artaud actuar: “la fascinación ocurrió con una puesta en escena de Los pájaros en la cual trabajaba Artaud, si recuerdo bien, pero sí estoy seguro de que Génica Athanasiou, su compañera, a quien escribió cartas que nos sirven para conocerlo, tenía uno de los papeles importantes”.[9] Sobre el viaje de Artaud a México, se lee la escueta acotación: “Me busca en México de inmediato y me encuentra al día siguiente de su arribo”.[10] Y en otro fragmento:
¿Cómo olvidar a Antonin Artaud? […] Traía algo de dinero, poquísimo. Ya pediría auxilio en cartas que venía escribiendo a bordo y puso en el correo de La Habana. El Departamento de Acción Social de la Universidad Nacional Autónoma de México le patrocinó tres conferencias. En las tres fue más allá de los textos que conocemos. Las pronunció los días 26, 27 y 29 de febrero de 1936, en el Anfiteatro Bolívar, de la Escuela Nacional Preparatoria. La Alianza Francesa patrocinó la lectura “El teatro de la posguerra en París”, hecha el 18 de marzo de 1936, presidida por el embajador Henri Goiran, que las pasa mal con aquel vociferante, que barría lo que él representaba. Los periódicos, que algo dijeron, denotaron sorpresa por sus gestos y actitudes. ¿Cómo patrocinar a ese demonio? En la segunda conferencia, de los treinta oyentes de la primera, hubo ocho. Éramos cinco en la tercera, de los cuales sólo yo sabía francés. Fue la conferencia más brillante.[11]
Y a la página siguiente que inaugura un extenso apartado sobre Pablo Neruda, como si hubiese olvidado decirlo en su momento, Luis Cardoza y Aragón regresa al asunto Artaud para hacer una extraña precisión:
Ni Villaurrutia ni Lazo, suaves, exquisitos, trataron a Artaud; ya lo dije pero lo repito, todavía me sorprende. ¿Los asustaba aquel voyou, para ellos impresentable aun en el café o en la cervecería de al lado, en donde comía alguna cosa? ¿Comía Artaud? El Café París, en la calle de Gante, estaba entre esa cervecería de un alemán y del otro lado, a poca distancia, una cantina. En casa de María Izquierdo, comprensiva y generosa, aun cuando muy drogado, advertí que sentíase a gusto y con gusto tomaba un poco de sopa familiar y mordisqueaba tortillas con aguacate.[12]
Extraña precisión porque en una carta del 6 de enero de 1964, Luis Cardoza y Aragón le afirma a Paule Thévenin: “Los textos de Artaud los tradujeron varias personas: José Gorostiza, Samuel Ramos, Xavier Villaurrutia, José Ferrel, yo y alguien más. Creo que la mayoría fue traducida por José Gorostiza”. Luego, a una consulta de Paule Thévenin del 2 de abril de 1979: “A propósito de traductores, se me señaló que Xavier Villaurrutia también había sido uno de los traductores benévolos de Antonin Artaud. ¿Es verdad? Creo que Agustín Lazo me había dado la información, hace tiempo, o quizá fue Benjamin Péret. ¿Qué se ha hecho ese Xavier Villaurrutia?”, contesta Luis Cardoza y Aragón: “Xavier Villaurrutia murió en 1950. Agustín Lazo murió hace tres o cuatro años. Ambos fueron amigos muy queridos e íntimos míos. X. V. escribió sobre mí. Lazo, pintor, me hizo tres retratos a lápiz y un óleo, éste extraviado hasta hoy. No trataron a Artaud, según me recuerdo bastante claro”. Así parece confirmarlo Elías Nandino en sus memorias armadas por Enrique Aguilar:[13]
Otro de mis amigos que tampoco le cayó bien a Villaurrutia fue Antonin Artaud […] Hay quien dice que trató a Villaurrutia, pero lo cierto es que sólo se conocieron de vista y nunca se llevaron bien. En las ocasiones en que Xavier y yo llegamos a casa y Antonin se aparecía por ahí, Villaurrutia decía: “si ese señor se queda a comer, yo no como”. Entre mis amigos y Artaud había una cierta y mutua repugnancia, que era mayor de parte de él porque como que ya le chocaba el medio literario. Buscaba otro tipo de gente. Era un hombre caprichoso, quizá ya saturado de intelectualidad.
El ejemplo va como botón de muestra para ilustrar cómo el tiempo enmaraña los recuerdos, suscita contradicciones o, a lo sumo, confusiones. Pero, por otro lado, se advierten los esfuerzos que los corresponsales despliegan para elucidar las dudas en apariencia más nimias. Habría que recordar algunas de las circunstancias materiales que complicaban la reconstrucción de los hechos y de los textos en una época no tan alejada de nosotros. Paule Thévenin describe en la “Carta a un amigo” las condiciones de trabajo que entonces privaban en Francia para ubicar textos extraviados: “Esto me llevó a otra disciplina: la búsqueda en bibliotecas. Todo era entonces muy arcaico: no había fotocopiadora a disposición de los lectores, había que copiarlo todo a mano. Nada estaba verdaderamente explorado. Tampoco existía un catálogo analítico de las revistas como hoy es el caso en el fondo Doucet”. Y si así estaban los servicios hemerobibliográficos en la ordenada Francia de los cincuenta, cualquiera podrá colegir las dificultades enfrentadas por Luis Cardoza y Aragón en México para recopilar y copiar los textos que aparecen en el volumen México,[14]editado por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1962. Y, como consta en la correspondencia, el intercambio de noticias y consultas se vuelve lioso, entre otras cosas, por la lentitud y las deficiencias del correo mexicano, las huelgas postales en Francia, el terremoto de 1985 y la negligencia de servidores públicos de este y del otro lado del Atlántico. Si bien pueden parecer pecata minuta, estas espinas se antojan estorbosas piedras en los zapatos de los corresponsales atareados en reunir otros pares de botines perdidos para enderezar los pasos y las palabras de Antonin Artaud en México. Luis Cardoza y Aragón tiene que aportar el pie izquierdo: los textos en español, resultado de traducciones apresuradas y prácticamente simultáneas a su escritura, en la ausencia de cualquier pie derecho puesto que los originales en francés siguen extraviados hasta la fecha. A partir de este pie izquierdo cojeante, Paule Thévenin tiene que reconstruir un derecho de paso más firme, inventando un original inexistente mediante un ejercicio de traslación por lo demás insólito y riesgoso: trasladar al probable francés de Antonin Artaud lo que sus benévolos traductores mexicanos vertieron al español. Por fortuna, en algunos casos, los originales en francés habían sido remitidos a Jean Paulhan por el mismo Antonin Artaud y sólo se trataba de reunir un par más probable que los hipotéticos huaraches mexicanos. En los casos de irremediables ausencias, Paule Thévenin trabajó en colaboración con Philippe Sollers, “un joven novelista de quien quizá haya oído hablar”, como se lo presenta a Luis Cardoza y Aragón en 1967. La fórmula que consta en las Obras completas para calificar el malabarismo es: “Retranscrit de l'espagnol par Marie Dézon et Philippe Sollers”. Más de diez años después, Paule Thévenin le precisa a su amigo guatemalteco: “Marie Dézon es un fantasma. Es un seudónimo que las circunstancias me obligaron a tomar”. Presa entre el anonimato y los seudónimos, Paule Thévenin finalmente concluye: “Estoy convencida de que este anonimato que acepté sin vacilar me fue benéfico en la medida en que me dio una gran libertad e impidió que me paralizara”.
La observación no carece de pertinencia si se piensa en el riesgo de la restitución de algunos textos escritos por Antonin Artaud en México. No quedaba más remedio que cometer semejante barbaridad si se quería ofrecer al público francés una idea de lo que Antonin Artaud dijo y pensó de México; la otra disyuntiva era, como lo apunta Paule Thévenin, “paralizarse” y, por ende, omitir lo que ya la realidad se había encargado de desentrañar. Por el tenor de las consultas a Luis Cardoza y Aragón, se deduce que el malabarismo se tenía que realizar en una cuerda doblemente floja: por falta de una sola palabra o de fragmentos enteros en las copias hechas a partir de los artículos de El Nacional, y también por las carencias en el conocimiento del español de la pareja de traductores. En efecto, por ejemplo sorprende la consulta sobre el sentido de la palabra “añoranza” y la hipótesis de que el vocablo sea un mexicanismo. Podrá discutirse largas horas si Paule Thévenin y Philippe Sollers fueron culpables de un pecado mortal o venial, pero también sería preciso recordar que quien tire la primera piedra, asimismo tendría que proponer una alternativa más viable a la encrucijada planteada por la realidad.
Otras consultas atañen al fondo, a los escenarios y a los personajes en juego dentro la restringida esfera intelectual de la época, que vio pasar a Antonin Artaud como un meteorito pese a que gastaba la mayoría de sus horas sentado en un café. A muchos sorprenderá la primera pregunta de Paule Thévenin: ¿sería posible que Antonin Artaud hubiese desposado a María Izquierdo durante su estancia en México? La sospecha se origina en un texto atribuido a Antonin Artaud y entregado por la propia María Izquierdo al periodista Pierre Joffroy, en el que se leía: “No soy yo precisamente el indicado, por razones personales, para comentar al gran primer valor joven de la pintura mexicana, puesto que ese gran valor es, en la vida privada, mi esposa”. La duda de Paule Thévenin hoy se antoja un cómico quiproquo, pero nos revela el escasísimo conocimiento que, en 1955, tenían los franceses de las andanzas de Antonin Artaud por México. El periodista Pierre Joffroy entrega el dato a Paule Thévenin como si fuera un scoup
