Festín de serpientes - Harry Crews - E-Book

Festín de serpientes E-Book

Harry Crews

0,0

Beschreibung

Granjeros ebrios. Majorettes viciosas y toxicómanas. Negros silenciosos con instintos homicidas. Un exjugador de fútbol americano que podría haber llegado a lo más alto. Un parque de caravanas. Un sheriff con una pata de palo, souvenir de su paso por Vietnam, que utiliza la cárcel de picadero. Un ayudante del sheriff que no da abasto. Una navaja. Peleas ilegales de perros. El entrenador Tump y sus muchachos. Una chica pegada al televisor. Mucho moonshine, mucha cerveza y alguna que otra botella robada de whisky del bueno. Un predicador de serpientes. James Brown en la gramola. Canciones de Merle Haggard. Un abogado que solo puede follar pensando en Treblinka. Bebés llorones. Una estudiante de filosofía que lee novelas de ciencia ficción (y que forzosamente ha de ser idiota). Un montón de melenudos. Viajantes de comercio. Gente procedente de todo el país (el año pasado se presentaron dos de Canadá y cinco de Texas). El certamen de Miss Crótalo. Y un montón de serpientes. Serpientes por todas partes. Consoladores con forma de serpiente, preservativos con forma de serpiente, ropa interior con estampado de serpiente, cazadores de serpientes y serpientes a la sartén con salsa picante de Louisiana… ¡Bienvenido al rodeo anual de serpientes de cascabel de Mystic, Georgia! «Absolutamente espectacular.» Jonathan Yardley, The Miami Herald «Harry Crews posee un talento único. Festín de serpientes se me ha quedado grabada en la mente. Empieza donde lo dejó James Dickey.» Norman Mailer «En Festín de serpientes, Harry Crews se ha sacado de la manga otra excelente y extraordinaria novela, con una magia genuina e inimitable. Ignoro de dónde procede la magia de su narrativa, pero sin duda está ahí y es rara, divertida y descarnadamente potente. Nunca he comenzado una novela suya que no haya querido acabarme del tirón, y Festín de serpientes se encuentra entre las mejores.» Joseph Heller «Crews posee un estilo frío, mordaz, casi espeluznante, engañosamente simple y fluido, aparte de un sentido del humor maravillosamente irónico. No hay ningún adjetivo en el diccionario de sinónimos que haga justicia a la naturaleza deslumbrantemente bizarra de las creaciones de Crews.» Kenneth Turan, The Washington Post Book World «Harry Crews es el escritor más perversamente divertido que existe, o quizá el escritor más divertidamente perverso. El caso es que Festín de serpientes es Crews en todo su esplendor, y en ella el surrealismo de su inclemente mundo alcanza la perfección. Festín de serpientes me ha hecho ver que hay algo muy profundo emergiendo de la obra de Crews: una suerte de tristeza radical. Sus personajes enloquecen de aflicción por las cosas que ven y hacen. Esta nueva novela versa sobre el pecado mortal y la desesperación. Su protagonista, Joe Lon Mackey, sabe que vive en un mundo en el que las cosas no van a ir a mejor. Pero es lo bastante honesto para negarse a vivir bajo la simulación de que podrían llegar a hacerlo, y lo bastante valiente (y loco) para emprender la acción que marque la diferencia. En todo lo que Crews ha escrito hasta ahora, uno se ríe y se espanta; pero con Festín de serpientes uno también se duele.» Douglas Day «Festín de serpientes es una novela breve pero rotunda y deslumbrante; he de decir que en un par de ocasiones me ha dejado sin aliento.» San Francisco Chronicle

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 299

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



HARRY CREWS «Nací el 7 de junio de 1935 al final de un camino de tierra en el condado de Bacon, Georgia. Un camino muy largo. Mi padre murió cuando yo era un bebé y mi madre, sin otra cosa que simple coraje, tras toda una vida de desesperación y falta de alternativas, nos crió a mí y a mi hermano. Asistí a la Universidad de Florida. Tras dos años ahogándome entre la Verdad y la Belleza, dejé la Universidad por una moto Triumph. Me dirigí al oeste una clara mañana de primavera con siete dólares y cincuenta y cinco centavos en el bolsillo. Estuve en la cárcel de Glenrock, Wyoming; un indio blackfoot al que le faltaba una pierna me dio una paliza en una reserva de Montana; fregué platos en Reno; recolecté tomates en las afueras de San Francisco; un hombre que se creía Cristo me expulsó el demonio que llevaba dentro en Colorado Springs y en Chihuahua me hice amigo de un piloto obsesionado con las alforjas de motos… Volví cojeando a la Universidad de Florida, purificado y santificado, dispuesto a absorber todo lo que quedara de Verdad y Belleza. Y así están las cosas. Actualmente doy clases de inglés en Fort Lauderdale, Florida. Estoy casado con una chica muy guapa que sabe escribir a máquina. Hemos tenido dos hijos. El mayor se ahogó en 1964. El otro tiene cuatro años.»

Desde entonces Harry Crews bebió mucho, se drogó bastante y publicó más de veinte libros. Murió el 28 de marzo de 2012, a los 76 años, por complicaciones de una neuropatía. En su última entrevista puso las cartas sobre la mesa: «Mira, si tu intención es escribir sobre la dulzura, la luz y toda esa mierda, consíguete un trabajo en Hallmark».

FESTÍN DE SERPIENTES

FESTÍN DE SERPIENTES

Harry Crews

Traducción Javier Lucini

 

 

 

 

Este libro es para Johnny Feiber: tanto en los buenos tiempos como en los malos, jamás he alzado mi copa junto a un amigo mejor.

 

 

 

Título original:

A Feast of Snakes

Atheneum, Macmillan Publishing Company, 1976

Primera edición Dirty Works: Mayo 2019

© Harry Crews, 1976

© 2019 de la traducción: Javier Lucini

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (con la asistencia reptil de Tomás González Cobos, que estuvo en Sand Mountain manipulando serpientes y está curado de espanto)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»

Maquetación y correcciones: Marga Suárez

ISBN: 978-84-19288-17-2

Producción del ePub: booqlab

 

 

 

 

 

 

«Si tan solo pudiese vivir en ese terreno cercano a la locura como en la época de mi infancia, donde todo era violento, intenso y de infinitas posibilidades: que el sol y la luna estallasen sobre mi cabeza.»

RICHARD EBERHART

 

 

 

Ella sentía la serpiente entre sus pechos, la sentía ahí y le encantaba que estuviese ahí, enroscada, formando una S oscura y tumescente, siempre rígida y dispuesta al ataque. Le encantaba cómo lucía cosida al jersey de cuello de pico del instituto, el remarcado diseño de sus manchas en forma de diamante brillando al sol. Estaban a quince grados, un calor inusual para principios de noviembre en Mystic, Georgia, y podía oler el leve aroma almizclado de su propio sudor. Le gustaba el sudor, le gustaba la sensación que le producía, pringoso como el aceite, lubrificando las articulaciones de su cuerpo, los huesos, los músculos tonificados y flexibles, ahora tensos y bloqueados, dispuestos a saltar (dispuestos al ataque) en el momento en que la banda que tenía a sus espaldas se arrancara con el himno del equipo: «Seguid luchando, Crótalos Mortíferos del Instituto de Mystic».

Sintió una gota de sudor en la zona lumbar que resbaló hasta quedarse un instante suspendida antes de deslizarse por la suave ranura que separaba las fauces flexionadas de su culo. Al sentir el sudor ahí abajo, entrecerró automáticamente los ojos para ver si podía reconocer a Willard Miller, el Jefe Serpiente de los Crótalos de Mystic, su Jefe Serpiente, entre los demás chicos con casco y uniforme blanco que formaban las líneas de confrontación al otro extremo de la pista. Cuando chocaron, sus suaves y casi tiernos gruñidos llegaron a sus oídos a través del verde campo de entrenamiento.

Trató de distinguir el sonido de Willard del de los demás jugadores y le pareció conseguirlo; pensó con asombro en lo mucho que se parecía aquel sonido al de los desgarrados bufidos que le soltaba al oído cuando la embestía brutalmente sobre el capó del Corvette. Apenas había diferencia, el mismo ruido cuando anotaba en el campo que cuando anotaba entre sus piernas. Hiciera lo que hiciera, siempre era ruidoso y violento, y acababa empapado, porque tenía tendencia a babear.

Al ver que el director de la banda alzaba la batuta, tensó los músculos y volcó todo su peso hacia la punta de los pies. En el momento en que la música restalló a su alrededor, con el bombeo de las tubas y el traqueteo de los tambores, comenzó a pavonearse como si fuese el fin del mundo. Desde los laterales del campo llegaba el repiqueteo seco e impresionante de la serpiente de cascabel. Habían venido algunos hinchas con sus calabazas. Calabazas grandes como melones, con forma de calabacín amarillo de cuello curvo, llenas de semillas deshidratadas para que al agitarlas hiciesen vibrar el aire con el sonido genuino de una serpiente. Durante los partidos, las gradas de los seguidores de los Crótalos de Mystic ponían los pelos de punta. Aquellas semillas deshidratadas podían oírse a tres kilómetros de distancia, zumbando como si fuese el mayor nido de serpientes jamás imaginado por Dios. En Mystic, durante la temporada de fútbol, nadie se alejaba mucho de su calabaza. A veces se podía ver a gente cargando con ellas por las calles del pueblo, en el supermercado o dentro del Simpkin’s, la única tienda de ropa y complementos de Mystic.

Ahora la banda se había desplegado adoptando la forma de una serpiente. Los miembros de la banda utilizaron los marcadores de las yardas para ir posicionándose a paso ligero, alzando bien alto las rodillas y sin dejar de agitar los instrumentos, de tal manera que toda la serpiente vibraba al sol. Los tambores se situaron bajo uno de los postes de gol, retumbando a todo trapo, y ella estaba bajo el poste del campo contrario, plantada en las fauces de la serpiente, con los brazos rígidos a modo de colmillos. Se había mimetizado con la música. No tenía que pensar para actuar. De todas las majorettes (y había otras cinco), ella era la que levantaba más las rodillas y la que marchaba con la sonrisa más amplia, la piel más lustrosa y la dentadura más perfecta. Lo llevaba en la sangre y, por eso mismo, su único defecto (de tener que señalar uno) era que su mente tendía a dispersarse. No le hacía falta pensar ni concentrarse como las demás chicas para ejecutar sus movimientos. Por lo tanto, a veces, se aburría con los ejercicios y dejaba vagar la imaginación. Incluso ahora, mientras hacía sus cabriolas, con la espalda arqueada y la pelvis propulsada hacia adelante, le hacía guiños a Joe Lon Mackey, que estaba bajo las gradas de la zona de anotación.

Allí era donde solía ponerse cuando iba a verles entrenar y no le sorprendió, hasta se alegró, porque le dio algo en que pensar. No les separaban ni seis metros, él estaba de pie en las sombras, con un saco de arpillera en una mano y una bolsa de papel marrón en la otra. De vez en cuando, se llevaba la bolsa de papel a los labios. Él le guiñó el ojo la primera vez que ella se plantó bajo el poste de gol. Ella le devolvió el guiño y le dedicó su inmensa sonrisa. Siempre le había gustado. Joder, ¿a quién no? Pero en realidad no le conocía tan bien como le gustaría. Su hermana, que asistía a la Universidad de Georgia, en Athens, su hermana Berenice, esa sí que le conocía bien.

Su hermana y Joe Lon habían sido lo más de lo más en Mystic, Georgia, de hecho, habían sido lo más de lo más en todo el condado de Lebeau, y Joe Lon podría haber ido a la Universidad de Georgia, en Athens, o a donde se le hubiese antojado, de haber sido un buen estudiante. Eso era lo que decía todo el mundo en Mystic: Joe Lon Mackey no es un buen estudiante. Pero es que era bastante peor que eso y todos lo sabían. Nunca se llegó a demostrar con pruebas fehacientes si Joe Lon sabía leer. La mayor parte de los profesores del instituto de Mystic que habían tenido el privilegio de darle clase pensaban que, probablemente, no. Pero, aun así, les gustaba, incluso sentían auténtico amor por él, veneraban al alto y rubio Joe Lon Mackey, seleccionado nada menos que en la categoría «All-American» como mejor jugador amateur, cuyo excepcional sosiego en el terreno de juego todos habían decidido tomar por cortesía. Detentaba el prestigio de ser el muchacho más atento de todo el condado de Lebeau, aunque era de sobra conocido que había hecho unas cuantas cosas bastante reprobables, como lo de la vez que se llevó a aquel viajante de comercio al July Creek y lo ahogó, con casi todo el equipo titular mirando desde arriba, en la orilla, donde estaban poniéndose ciegos de cerveza.

Ella se perdió el silbido del director de la banda que marcaba el momento en que la serpiente tenía que disponerse al ataque y, por consiguiente, las otras cinco chicas que configuraban la cabeza de la serpiente estuvieron casi a punto de llevársela por delante. Se había quedado con los brazos extendidos a modo de colmillos, lanzándole guiños a Joe Lon, que seguía en las sombras llevándose la bolsa de papel a los labios y preguntándose si Berenice volvería a casa para el rodeo, en el momento en que la chica que tenía justo detrás, al alzar las piernas, le dio un rodillazo en el riñón que casi la propulsó al suelo. Se recuperó justo a tiempo y bufó por encima del hombro: «Quieres que te patee el culo, ¿es eso?».

La chica le respondió algo, pero se perdió en el barullo de las tubas. Bajo las gradas, Joe Lon Mackey se acabó la media pinta de Jim Beam y lanzó la bolsa de papel con la botella dentro hacia los hierbajos. Se sacó del bolsillo dos tabletas de chicle Dentyne y se las metió en la boca. Acto seguido, se encendió un pitillo. Había ido a ver a Candy (a la que casi todo el mundo, menos sus padres, el doctor y la señora Sweet, llamaba Hard Candy1), porque le recordaba a Berenice y a todas las cosas que podían haberse hecho realidad y nunca lo hicieron. Hacía dos años, Berenice estaba en el último curso y era la jefa de las majorettes, y él, Joe Lon, era el Jefe Crótalo.

Se decía que Joe Lon, en un día cualquiera de su último año en el instituto, podía haber formado parte de la alineación defensiva de la mejor universidad del país. Pero no fue así. Jamás llegaría a poner los pies en un campo de fútbol universitario, a pesar de haber sido invitado a visitar más de cincuenta universidades. Pero no pasaba nada. Él ya había tenido lo suyo. Eso era lo que se decía a sí mismo unas diez veces al día: «No pasa nada. Por Dios, yo ya he tenido lo mío».

Se llevó la mano al bolsillo trasero de sus Levi´s y sacó una hoja de papel azul. Estaba prácticamente desgastada de tanto doblarla. La desplegó de una sacudida y la expuso a la luz. Decía: «Te veré cuando lo de las serpientes. Amor. Berenice». Y unas cuantas equis bajo el nombre. La carta le había llegado a la tienda hacía tres días. Se había pasado buena parte de la tarde intentado descifrar lo que ponía y, una vez logrado, no se sintió en absoluto complacido. Pensaba que ya lo había superado, que ya estaba en paz con todo eso. Dobló la carta y se la metió de nuevo en el bolsillo. Pero de camino a la camioneta volvió a sacarla, la rasgó a conciencia con los dientes y la mano libre, y fue esparciendo los pedacitos por el pasillo sombrío que atravesaba las gradas.

Se dirigió a la pequeña carretera que bordeaba el campo de entrenamiento y contempló a Willard Miller, que ahora tenía la posesión del balón. Le estaban haciendo correr contra los mierdecillas, contra los más canijos del equipo de reserva que habían decidido meterse en el equipo de fútbol sabe Dios por qué, dado que casi nunca les sacaban en los partidos y sus cuerpos no servían más que para hacer de maniquíes de placaje para los jugadores más robustos. Vio cómo arremetía tres veces seguidas por el centro. Era importante hacerle correr de vez en cuando contra los mierdecillas. Así podía practicar sus movimientos sin riesgo de lesionarse. También le brindaba la maravillosa posibilidad de arrollar a gente y pisotearla, machacar cabezas y manos, y patear costillas hasta saciarse.

Joe Lon sintió que los músculos de las piernas se le estremecían al ver cómo Willard se desembarazaba con una finta de uno de los mierdecillas para, acto seguido, con el pobre chaval volteado y batido en el suelo, lanzarse de cabeza contra él sin motivo alguno. Bueno, qué cojones, todo tenía que acabar, tanto lo bueno como lo malo. En esta vida había otras cosas aparte de pisotear a alguien. Lo principal era resistir y no dejar que te afectase. Joe Lon encendió los faros y partió hacia el crepúsculo de primeros de noviembre.

Se había pasado la mayor parte del día empinando el codo, pero no le había hecho el menor efecto. Pasó por delante del mástil sin bandera de la oficina de correos y de la cárcel, donde vio el Plymouth trucado de Buddy Marlow, con la enorme estrella de la oficina del sheriff pintada en la puerta, aparcado bajo un cinamomo deshojado, y siguió avanzando por el centro del pueblo, donde varias personas le saludaron con la mano al verle. Él no les devolvió el saludo. Aunque, al final, hubo dos que se pusieron a agitar sus calabazas y él tuvo que alzar la mano y sonreír, pero en realidad ni los vio. Le atormentaba la idea de volver a casa con Elfie y los niños, a ese tráiler en el que vivía en un estado permanente de furia asfixiante.

Había plantado el tráiler a las afueras del pueblo, al borde de un terreno de cuatro hectáreas que compró y transformó en una mezcla de camping y parque de caravanas. Avanzó despacio por el estrecho camino de tierra que conducía hasta el tráiler y pasó bajo la gran pancarta que él mismo había colgado entre los dos postes telefónicos que había conseguido de oferta por mediación de la REA2. La pancarta estaba impresa con letras claras de más de medio metro: bienvenidos al rodeo anual de serpientes de cascabel de mystic.

Había luz en el tráiler, un modelo doble instalado sobre una terraza de hormigón, y por la ventana pudo ver la sombra de su mujer, Elfie, afanándose en la cocina. Aparcó la camioneta, cogió el saco de arpillera de la parte de atrás y se dirigió hacia el portalón de un pequeño recinto cerrado con candado. Sacó la llave y lo abrió. Al fondo había varios toneles de metal. La parte superior de los toneles estaba cubierta por una rejilla metálica. Pateó un par de toneles y el pequeño recinto se vio de inmediato invadido por el traqueteo seco y constante de las serpientes de cascabel. Cogió de un rincón una vara con un gancho de alambre en la punta, dejó el saco en el suelo y esperó.

La boca del saco se movió y apareció la cabeza achatada de una serpiente. Parecía estar sonriendo y, nada más salir, se puso a agitar su lengua bífida para tantear el aire y saborearlo. Acto seguido, se produjo una ondulación y, detrás de la cabeza, surgió otro buen trozo de serpiente, puede que de unos diez centímetros de grosor. Joe Lon actuó con rapidez y seguridad, y al segundo la tuvo enroscada al extremo de la vara.

–Sorpresa, hija de puta –dijo Joe Lon, y la soltó en uno de los toneles.

Se quedó un rato asomado al tonel, intentando distinguirla, pero lo único que se atisbaba era un retorcimiento de sombras en el fondo, la ebullición incesante de algo grueso y lento.

Volvió a poner la rejilla metálica, arrojó la vara a un rincón y se encaminó a la puerta del tráiler.

Elfie estaba en el fregadero cuando él entró en la cocina. Por detrás seguía pareciendo la chica con la que se casó. El cabello rojo le llegaba hasta la rabadilla y seguía igual de resplandeciente, como si irradiase luz. Las caderas redondeadas y rellenitas sin llegar a resultar pesadas. Pantorrillas esbeltas y tobillos finos. Pero, claro, en cuanto se daba la vuelta era un desastre. Aquellos pechos exprime-pelotas que lucía orgullosa hacía dos años eran ahora dos enormes colgajos bamboleantes. Y aunque no estaba gorda, parecía que se había tragado una pelota de baloncesto. El vientre le brotaba de esa manera tan inverosímil por debajo del ombligo. La cocina olía como si hubiese estado cocinando mierda de bebé.

–Aquí huele como si hubieses estado cocinando mierda de bebé, Elf –dijo Joe Lon.

Había un niño gordo de dieciocho meses amarrado a una trona. Junto a él, en un moisés azul, otro niño gordo de dos meses.

Elfie se volvió y sonrió. Sus dientes eran una ruina. El médico dijo que tenía algo que ver con el hecho de haber dado a luz dos veces en tan poco tiempo.

–Joe Lon, cielo, he intentado mantenerte la cena caliente.

–Hay que joderse, Elfie –dijo él–. ¿Es que no piensas ir nunca a arreglarte esos dientes? Ya te di el dinero.

Ella dejó de sonreír y cerró los labios cohibida.

–Joe Lon, cielo, no he tenido tiempo, con los bebés y todo lo demás.

En Mystic no había dentista. Tendría que ir a Tifton, y el viaje le llevaría casi todo el día.

–Deja a los putos críos con quien sea y ve ya de una puñetera vez a que se ocupen de tu boca. Cada vez que te veo esos dientes me pongo enfermo.

–Lo que tú digas, Joe Lon, cielo. –Se apresuró a poner la comida en la mesa y se sentó enfrente de los dos bebés–. ¿No quieres lavarte las manos ni nada?

–Estoy bien así.

Ella retiró del horno unos escuálidos panecillos blancos y se los puso delante. A todo lo demás había que sumarle que era una cocinera lamentable. Joe Lon cogió del plato uno de aquellos panecillos grasientos, lo abrió por la mitad y lo empapó de salsa de jamón de Virginia3. Ella se sentó delante de su plato pero no comió nada, se limitó a mirarle apretando los labios de manera improcedente.

–¿Has tenido un mal día en la tienda, Joe Lon, cielo?

Había estado de lo más tranquilo hasta entrar en el tráiler y ahora, sentado a la mesa, se estremecía de furia. No tenía ni idea de dónde procedía esa furia. Simplemente sentía la necesidad de abofetear a alguien. No la estaba mirando, pero sabía muy bien que ella seguía sin quitarle ojo de encima, sabía que su plato seguía lleno y sabía que sus labios estarían temblando e intentando formar una sonrisa. Le ponía enfermo de vergüenza y, al mismo tiempo, ardía en deseos de matarla.

–Dejé al negro a cargo de la tienda –dijo él–. Y me fui a cazar serpientes.

El panecillo pringoso se le había quedado atravesado en la garganta y una enorme burbuja gaseosa de whisky ascendió a su encuentro. No iba a ser capaz de acabarse aquella bazofia. No iba a ser capaz de comer nada.

–¿Y qué conseguiste? –preguntó ella con un hilillo de voz. Al ver que no le respondía, insistió–. ¿Conseguiste algo?

El bebé amarrado a la trona estaba aporreando la bandeja que tenía delante con una cuchara sopera. Al momento, se cansó de aporrear la bandeja, lanzó la cuchara al moisés y le dio al otro bebé en la cabeza haciendo que se pusiera a chillar entre grandes sollozos ahogados. El bebé de la trona se quedó tan sorprendido que empezó también a dar patadas, a soltar alaridos y a ahogarse. Joe Lon, que ya estaba a punto de explotar, saltó de la silla. Agarró el panecillo grasiento de su plato y se inclinó sobre la mesa. Elfie no se movió. Dejó las manos posadas en su regazo. Ni siquiera alzó la mirada. Siguió mirando al frente mientras él le introducía el panecillo chorreante por el escote del vestido de algodón, entre sus doloridos pechos colgantes. Acercó su cara a la suya. Casi tocándola.

–Pues he conseguido una cosa –exclamó–. ¿Quieres saber lo que he conseguido? Pues lo que he conseguido es estar hasta los mismísimos cojones de ti y de estos dos mocosos de mierda.

Ella no le miró ni una sola vez y la única muestra que dio de haberle escuchado fue el temblor de sus labios, ahora mucho más evidente. De camino a la puerta del tráiler, Joe Lon derribó una silla a patadas y, antes de salir, oyó cómo su mujer unía su llanto al de los críos. Cuando llegó a la camioneta parecía que el tráiler entero se había puesto a llorar. Se apoyó tembloroso en el guardabarros con la sensación de que iba a vomitar. Casi nunca sentía el impulso de llorar, pero en los últimos tiempos, y cada vez con mayor frecuencia, le entraban unas ganas locas de ponerse a soltar alaridos. Gritar era, por regla general, lo más parecido a un llanto a lo que él podía aspirar, y ahora tuvo que amordazarse con la mano para no ponerse a aullar como un perro trastornado.

Dios, deseó no ser tan hijo de puta. Elf era una mujer casi tan follable como la mejor que pudiera imaginarse un hombre, es lo que él sentía. Desde luego, casarse con ella estando de tres meses y volverla a dejar preñada antes de que el primero tuviese apenas seis, no es que le hiciera a su cuerpo ningún bien. Y a él le dejó con los nervios destrozados. Joder, vale, sí, era de prever. Pero eso no significaba que tuviese que tratarla como a un perro. Por amor de Dios, la estaba tratando como a un puto perro. Parecía que era superior a sus fuerzas. No sabía por qué seguía con él.

Se puso a contemplar el camping de cuatro hectáreas, sabiendo que al día siguiente se llenaría de cazadores de serpientes, de radios estridentes y de toda clase de ruidos, y se preguntó si sus nervios serían capaces de soportarlo. Respiró hondo, contuvo el aire y lo dejo escapar poco a poco. No servía de nada darle vueltas. De una u otra manera, no importaba. La caza estaba en marcha (el ruido y la gente) y tanto si era capaz de soportarlo como si no, nada iba a cambiar. Lo que necesitaba era un buen lingotazo. Volvió a echar un vistazo al tráiler, donde la silueta oscura de su protuberante mujer se movía tras la ventana iluminada, se metió de un brinco en la camioneta y se alejó rugiendo por el camino como si algo le persiguiera.

Al llegar a la tienda no pudo seguir conteniendo los aullidos. A través de la puerta abierta de la fachada vio a George sentado en un taburete detrás del mostrador. No había coches ni camionetas a la vista. Joe Lon estacionó a un lado de la pequeña tienda, poco más que un cobertizo, y se puso a aullar. Sabía que George le estaría oyendo y eso le contrarió, pero a George no le pillaría de nuevas, ya le había oído antes. No diría nada. Eso era lo bueno de los negros. Jamás dejaría entrever que había visto o escuchado lo que fuera.

Al final, Joe Lon se bajó de la camioneta y entró en la tienda. No miró a George a los ojos porque cuando aullaba parecía que había estado llorando, se le ponían los ojos rojos, se le sonrojaba la nariz y la cara. Ahora se arrepentía de haber despedazado la carta de Berenice. Le hubiese gustado tenerla a mano para mirarla mientras se bebía una cerveza.

–Pásame una cerveza, George –dijo.

George abandonó el taburete y entró al cuartito que había detrás del mostrador, no más espacioso que un armario ropero. Joe Lon ocupó el taburete donde estaba el negro y encajó los tacones de sus botas camperas en el travesaño. Sacó unos chicles y se encendió un Camel. Al momento, regresó George con una lata de Budweiser de las grandes.

–¿Qué has vendido hoy? –dijo Joe Lon.

–No mucho –dijo George.

–¿Cuánto? –dijo él–. ¿Dónde tienes tus anotaciones?

George se sacó del bolsillo de la pechera del peto una hoja de papel pautado arrancada de un bloc. En la parte de arriba había una hilera de pequeñas marcas y en la parte de abajo otras dos. Significaba que George había vendido veinte botellas de cerveza, cinco medias pintas de whisky, catorce pintas y una botella de las grandes, todas del bueno. También diez frascos de moonshine4.

–Coño, no está mal para un jueves –dijo Joe Lon.

–No, señor, nada mal para un jueves –dijo George.

–Ya me ocupo yo –dijo Joe Lon–. Puedes irte a casa.

George no se movió. Apartó la mirada del rostro de Joe Lon hasta casi ponerse a mirar el techo.

–¿Cree que podría llevarme una botellita de algo? Aunque no lleve dinero encima.

–Píllate media pinta de moonshine –dijo Joe Lon–. Te lo apuntaré. Y ya que vuelves a meterte ahí atrás tráeme a mí una botella de whisky, del bueno.

George trajo el whisky y lo puso delante de Joe Lon en el mostrador al mismo tiempo que dejaba caer la media pinta de moonshine en el hondo bolsillo trasero de su peto.

Joe Lon había sacado otra hoja de papel pautado del cajón que tenía delante.

–Que me parta un rayo si no tardas casi menos en destilarlo que en bebértelo, George.

–Me lo va a decir a mí –dijo George.

–Ya estás en números rojos y no estamos más que a jueves –dijo Joe Lon.

–No estamos más que a jueves y ya estoy en números rojos –dijo George sacudiendo la cabeza.

George seguía sin largarse, así que Joe Lon dijo:

–No querrás además un préstamo, ¿verdad? Ya estás en números rojos.

–No, señor, no quiero dinero. Ya estoy en números rojos.

–¿Entonces qué pasa?

–El señor Buddy. Ha vuelto a encerrar a Lottie Mae.

–Jesús.

–Sí, señor.

–¿Y por qué?

–Dice que es una mujer de vida alegre.

–Jesús.

–Sí, señor.

Cuando Buddy Marlow se encaprichaba de una mujer y ella se negaba a pasar por el aro, la metía un tiempo entre rejas, si podía. El mismo día que le eligieron sheriff y Director de Seguridad Ciudadana del condado de Lebeau, empezó a encerrar a todas las señoritas que se negaban a pasar por el aro. Por lo general, eran negras, aunque no siempre. A veces también blancas. Sobre todo vagabundas que estaban de paso y habían caído en desgracia. Si ponía la mira en una de esas y la pobre infeliz se negaba a pasar por el aro, la encerraba sin importarle del color que fuese, aunque viajase en compañía de un hombre. Ya le había llamado a rendir cuentas un investigador de la oficina del gobernador, dos veces, pero, como seguía diciéndole a Joe Lon, nunca iba más allá de cantarle las cuarenta con un montón de gilipolleces acerca de que debía ser un ejemplo para la comunidad. ¿Acaso no había sido el mejor ala defensiva que había tenido el equipo del Instituto Tecnológico de Georgia? ¿Acaso no había sido elegido por unanimidad «All-American» dos años consecutivos y habría llegado a ser un profesional de la hostia si no se hubiese jodido la rodilla derecha? ¿Y acaso no había ido de cabeza a Vietnam y había pisado uno de esas cañas afiladas que los vietnamitas embadurnaban con sus propios excrementos? ¿Acaso no tuvieron que amputarle esa misma pierna por muy «All American» que fuese? Que no le tocasen mucho los huevos, él ya había pagado sus deudas con creces y ahora había llegado su turno.

–Veré qué puedo hacer –dijo Joe Lon.

–¿Haría eso, señor Joe Lon? ¿Verá qué puede hacer?

–Hablaré esta noche con él o mañana a primera hora.

–Si pudiera ser esta misma noche...

–Esta noche o mañana a primera hora.

Rasgó el precinto del whisky con la uña del pulgar y se metió un buen trago entre pecho y espalda. George se dirigió hacia la puerta. Joe Lon agitó la botella en el aire y jadeó un poco. Le había metido un trago más largo de lo que pretendía. Acompañó al whisky con un poco de cerveza mientras George aguardaba, mirándole pacientemente desde la puerta.

–¿Lummy consiguió los tronos?

Lummy era el hermano de George. Los dos trabajaban para Joe Lon Mackey. Y antes de trabajar para Joe Lon ya habían trabajado para el padre de Joe Lon. Nunca se les había dicho a cuanto ascendía su salario. Y a ellos nunca se les había ocurrido preguntar. Lo que sí sabían siempre era si habían sobrepasado o no esa cantidad en sus cuentas. Si la habían sobrepasado, mal. Si no, bien. Aunque, por lo general, todo el mundo estaba en números rojos con todo y a nadie le daba muchos quebraderos de cabeza.

Como George no respondió, Joe Lon insistió:

–Los tronos, ¿los consiguió?

El rostro de George permaneció vacío de toda expresión.

–Los tronos. –No se trataba de una pregunta. Se limitó a repetirlo.

–Los cazadores empezarán a llegar mañana –dijo Joe Lon–. Como no haya tronos en el camping vamos a tener un problema.

–Un problema –dijo George.

–¿Qué? –dijo Joe Lon.

George dijo:

–¿Qué de qué?

–¡Los cagaderos, George, por Dios! –dijo Joe Lon–. ¿Consiguió Lummy los putos cagaderos o no?

La cara de George se relajó por unos instantes y esbozó una sonrisa. Arrastró un poco los pies, se sacó el moonshine del bolsillo trasero, se quedó mirándolo, lo acarició y se lo volvió a meter en el bolsillo.

–Veamos, sí, Lummy se trajo los cagaderos desde Cordele, con el camión.

–No los he visto en el camping –dijo Joe Lon–. Y debería haberlos visto.

–Es que aún no los ha descargado del camión, pero estar, están todos. Los vi con mis propios ojos. Señor Joe Lon, no va a haber ningún problema con los cagaderos.

–Siempre que estén instalados ahí fuera cuando los cazadores empiecen a llegar.

–Usted bébase su whisky tranquilo, señor Joe Lon. Ni se preocupe. Lummy y yo estamos con eso.

La puerta mosquitera se cerró de golpe a sus espaldas y Joe Lon le dio otro buen tiento a la botella. No le estaba sentando muy bien, no parecía hacerle el menor efecto. Sabía que nada iba a serle de ayuda hasta que viese a Berenice y se pusiese en ridículo o no. Tenía la abrumadora sensación de que se iba a poner en ridículo. De que acabaría destrozando algo. Probablemente su vida. Bueno, por lo menos tenía los cagaderos. El año pasado se pasó dos semanas limpiando Mystic de mierda humana. Asistieron tres veces más personas que en cualquiera de los años precedentes.

El rodeo de serpientes de cascabel llevaba celebrándose desde tiempos inmemoriales, pero hasta hacía más o menos doce años se había tratado de una cosa meramente local, unos cuantos vecinos y unos cuantos granjeros de los alrededores. Se organizaba un pícnic y puede que una carrera de sacos o una competición de tiro y arrastre con caballos, y luego todo el mundo se metía en el bosque a ver cuántas serpientes de cascabel podían extraer de la tierra. Se zampaban las serpientes, bebían un poco de whisky de maíz y con eso se daban por contentos hasta el año siguiente.

Pero, con el tiempo, la caza de serpientes comenzó a atraer a forasteros. Se corrió la voz y la gente empezó a venir, al principio solo unos pocos de Tifton o Cordele, y en ocasiones hasta de un lugar tan alejado como Macon. Y desde entonces no hizo más que crecer. El año pasado asistieron dos personas de Canadá y cinco de Texas.

Mystic, en Georgia, resultó ser el mejor coto de caza de serpientes de cascabel del mundo. Ahora se entregaban premios a la serpiente más pesada, a la serpiente más larga, al mayor número de serpientes capturadas, a la primera serpiente capturada y a la última serpiente capturada. Además, había un concurso de belleza. Miss Crótalo de Mystic. Y mierda. Mierda humana en cantidades inimaginables. Este año, sin embargo, habían sido previsores y tenían los tronos. Cagaderos químicos.

El teléfono comenzó a sonar. Era su padre. Quería que Joe Lon le mandase a George con una botella.

–No está –le gritó al teléfono–. Ya se ha ido.

–Entonces mándame a quien sea. Maldición, estoy que escupo algodón.

–Aquí no estoy más que yo. ¿Qué ha pasado con la botella que te dejé esta mañana?

–Se me cayó y se rompió.

–Y una mierda.

–Joe Lon, un día de estos voy a tener que pegarte un tiro, hablarle así a tu padre…

–¿Y quién se va a hacer cargo de la tienda entonces? Lo mismo Beeder podría hacerse cargo de la puñetera tienda. Llevarte tu puto whisky. Lo mismo apaga esa tele de una puta vez y comienza a comportarse como una persona normal. Mándamela ahora mismo y le doy una botella para ti.

–Hijo, no tienes corazón, decir esas cosas de tu única hermana. El Señor Cristo Dios Jehová ya se encargará de que te alcance un rayo.

Joe Lon quiso gritarle bien clarito al teléfono que no había sido precisamente el Señor Cristo Dios Jehová el que había alcanzado con un rayo a su hermana. Pero se contuvo. No serviría de nada. Ya habían pasado por eso demasiadas veces.

–Muy bien –dijo al final–, olvídalo. Yo mismo te lo llevaré. Luego.

–¿Luego cuándo?

–Cuando pueda.

–No tardes, hijo, mis viejas piernas me están matando.

–Vale.

Justo al colgar el teléfono, llegó un coche. Se detuvo pero no se bajó nadie. Un coche lleno de negros. Suspiró. Joe Lon Mackey llevando moonshine a un coche lleno de negros. ¿Quién lo hubiera dicho? Se miró las piernas al dirigirse al cuartito que había detrás del mostrador. ¿Quién se hubiera podido imaginar que esas ruedas, esos neumáticos capaces de recorrer cuarenta yardas en cuarta o quinta, iban a acabar así? Bueno, en este puto mundo cualquier cosa podía acabar de cualquier manera. Así era el puto mundo. Soltó un escupitajo al bajar las medias pintas de moonshine del estante.

Durante la siguiente hora vendió más de lo que se había vendido en todo el día, la mayor parte a negros que paraban el coche bajo la única luz esmirriada que colgaba del poste que había delante de la tienda. Ojalá Dios hiciera posible que se les permitiera entrar en la tienda para que él no tuviese que salir a llevarles el moonshine cada vez que se presentaban. Por supuesto, se les permitía entrar. Solo que no se les permitía entrar. Así había sido durante los veinte años que su padre había estado al frente de la tienda y así había seguido siendo desde que Joe Lon le tomó el relevo. En realidad, él no había mantenido aquella costumbre. Simplemente se quedó así. Y nadie se había quejado nunca porque si uno quería beber en Mystic, Georgia, más le valía llevarse bien con Joe Lon Mackey. En el condado de Lebeau estaba prohibida la venta de cualquier alcohol con mas graduación que la cerveza, y como Joe Lon había llegado a un acuerdo con el contrabandista de turno, su local era el único en sesenta kilómetros a la redonda en el que uno podía agenciarse un trago de verdad.

Dio buena cuenta del whisky que tenía delante, acompañándolo con largos sorbos de cerveza, y para cuando el Corvette blanco de Hard Candy se detuvo delante de la tienda, ya estaba empezando a tomarse las cosas con más filosofía. El Corvette era el viejo coche de Berenice y a Joe Lon le hizo recordar todo lo que había estado intentando olvidar. Willard se adelantó a Hard Candy y entró antes que ella. Le sacaba dos o tres centímetros a Joe Lon y tenía pinta de ser bastante más corpulento. Sus ojos daban la impresión de no parpadear nunca cuando te miraban y tenía unas orejas diminutas. Pelo corto y una cabeza redonda y achatada que más que posarse sobre su enorme cuello parecía sepultarse en él. Llevaba unos Levi´s y una camiseta del instituto con una pequeña serpiente impresa en el pecho. Deportivas desgastadas sin cordones. Se sentó en un taburete frente al mostrador, delante de Joe Lon, y los dos admiraron la entrada de Hard Candy, con aquellos andares suyos tan particulares que siempre le hacían parecer que se estaba pavoneando. Se sentó en el taburete que estaba al lado de Willard. Nadie había abierto la boca. Los tres se quedaron sentados, sin sonreír, mirándose.

Al final fue Willard el que rompió el hielo:

–Hard Candy y yo estamos muertos de aburrimiento.

–Pues yo tengo un muermo encima que ni te cuento –dijo Joe Lon.

–Supongo que no sería mucho pedir una puta cerveza en este local –dijo Willard.

–Supones bien –dijo Joe Lon.

–Que sean dos –intervino Hard Candy.