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Sólo tres monedas y las instrucciones que se dan en la presentación del libro son necesarias para entrar en el universo del "I Ching o Libro de los cambios", uno de los textos adivinatorios más antiguos que se conservan y que aún sigue utilizándose hoy día por centenares de miles de personas -especialmente en Oriente, aunque no sólo allí- de forma cotidiana. Si nos limitamos a darle este uso, podemos pasar un rato entretenido entre amigos o preguntar por lo que ha de ser. Sin embargo, este texto repleto de sabiduría puede ser utilizado también como método de indagación en nosotros mismos, pues la adivinación que nos propone es a la postre, como toda prospección o pregunta dirigida al futuro, un dirigir la mirada con franqueza al propio interior, a lo que hay de más verdadero y esencial en la persona. La presente edición va seguida de un estudio que resulta iluminador no sólo respecto a todo lo que concierne a la obra, sino también a la cultura de la antigua China. Traducción y estudio de Gabriel García-Noblejas
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Seitenzahl: 113
Veröffentlichungsjahr: 2017
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I ChingoLibro de los cambios
Traducción del chino antiguo, estudio de la obra y notas de Gabriel García-Noblejas Sánchez-Cendal
Nota del Editor
Presentación: Algunas indicaciones necesarias para utilizar y entender este libro
La estructura de este libro
Por qué usar este libro
Cómo usar este libro
Tabla de Hexagramas
Libro de los cambios
1. Cielo
2. Tierra
3. Empezar a nacer
4. Ignorancia
5. Esperar
6. Conflicto
7. Ejército
8. Unirse
9. Contención
10. Pisar
11. Grande
12. Cerrar
13. Hombres semejantes
14. Posesión importante
15. Humildad
16. Entusiasmo
17. Continuar
18. Veneno
19. Dirigir
20. Observar
21. Masticar
22. Adornarse
23. Apartar
24. Regresar
25. Sin avaricia
26. Muchos bienes
27. Comida
28. Gran exceso
29. Agujero
30. Brillo
31. Sensación
32. Constancia
33. Cochinillo
34. Mucha fuerza
35. Avanzar
36. Luz herida
37. Familiares
38. Opuestos
39. Dificultad
40. Desatar
41. Disminución
42. Aumento
43. Firmeza
44. Encontrar
45. Unión
46. Ascenso
47. Atarse
48. Pozo
49. Cambio
50. Caldero
51. Trueno
52. Ascender
53. Lentamente
54. Casamentera
55. Parasol
56. Viajar
57. Abajo
58. Alegría
59. Dispersión
60. Control
61. Buena fe
62. Pequeño exceso
63. Tras vadear
64. Antes de vadear
Epílogo: El Libro de los cambios en su contexto
Cronología de las dinastías relevantes
Autoría y datación
Formación y transmisión
Los dos títulos del libro
El contexto intelectual: la adivinación
El contexto político y social
Créditos
El lector que se interne en el I Ching o Libro de los cambios se hallará, al menos, ante tres libros. En primer lugar, ante un texto adivinatorio que ha llegado hasta nosotros a través de decenas de siglos y que han utilizado y continúan utilizando millones de personas en todo el planeta. Un texto, en este sentido, que puede tener desde la utilidad inmediata que quiera dársele, a ser un pretexto perfecto para pasar un rato entretenido entre amigos. En segundo lugar, y como todo texto que ante una pregunta proporciona una respuesta, es un umbral, un espacio liminar: la adivinación que nos propone este libro es, como toda prospección o pregunta dirigida al futuro, una indagación en uno mismo, un dirigir la mirada con franqueza al propio interior, a lo que hay de más verdadero y esencial en la persona. Las respuestas que proporciona a nuestras preguntas no siempre son evidentes, por no decir lo contrario; pero a menudo muchas de ellas nos asaltan como fogonazos que iluminaran fugazmente imágenes o impulsos enterrados en nuestro interior y ponen en marcha una interrogación sobre la propia existencia o la forma de enfrentarse a ella. Es en ese plano donde la intuición genuina de cada cual puede orientar y recolocar palabras escritas hace tantos siglos y a primera vista tan ajenas, así como mover a la reflexión acerca de ellas y buscarles una equivalencia, o al menos una resonancia, en nuestra existencia y nuestras circunstancias. En tercer lugar, por último, aquel a quien por gusto o curiosidad le dé por leer sus 64 apartados seguidos (del primero al último, o saltando de uno a otro, como en un caprichoso anticipo de la Rayuela de Cortázar) puede verse arrastrado inadvertidamente a esa especie de estado mental crepuscular al que tal vez inducen los textos muy antiguos: sin darnos cuenta nos vemos sumidos en una especie de letanía hipnótica, de una sucesión de palabras e imágenes, recurrentes unas, inesperadas otras, que parecen retrotraernos a tiempos o espacios ajenos, pero familiares en un lugar profundo de nuestra conciencia.
La excelente versión y edición de Gabriel García-Noblejas (quien, como y estudioso, amablemente se inhibe de estas apreciaciones ajenas a su especialidad) nos sitúa de forma extraordinaria ante un texto único y nos proporciona con cuidado y concienzudo esmero no sólo su “manual de instrucciones” al que sólo hay que añadir, echando mano al bolso o al bolsillo, tres monedas con su cara y con su cruz, sino también, tal y como hace asimismo en El arte de la guerra1, un vivo e interesante contexto que nos pinta el escenario de la adivinación en la China milenaria que era ya un imperio refinado y bien organizado cuando buena parte del globo aún se debatía en trabajosas y largas pugnas entre pequeños territorios y ciudades-estado. A través de sus palabras asistimos a una solemne sesión adivinatoria imperial en un templo. Allí, a la luz del fuego y por medio de varillas puestas al rojo que se aplicaban al peto de una tortuga grabado con incisiones (¡petos de los cuales han llegado a encontrarse más de 200.000!), la grieta resultante en él era interpretada por un especialista.
No hace falta decir que sería ingenuo tomar al pie de la letra conceptos o imágenes provenientes de una cultura tan lejana de la nuestra, pero además a algún perplejo puede resultarle consolador que, como el propio García-Noblejas nos hace presente, ya en aquellos lejanos tiempos las respuestas adivinatorias a cuyo caudal pertenece el Libro de los cambios distaban de resultar claras y de ahí que exigieran un intérprete ducho en tal menester. Hoy, a través del tiempo y del espacio, esta posibilidad ha desaparecido y cada uno nos hallamos, como hombres del siglo XXI, solos e intérpretes de nosotros y ante nosotros mismos.
Y estas páginas, estos 64 hexagramas o apartados, a menudo, además, contradictorios en sí (¿pero qué ámbito de la vida no lo es?), nos ponen, si es nuestra voluntad, ante una aventura fascinante, como es la de enfrentarnos a nuestro propio ser interior y quién sabe si así dar un paso más hacia ese conocimiento que, a muchos kilómetros de la corte imperial de la era de “Primavera y Otoño” de la dinastía Zhou Oriental, preconizaba ya en Grecia y en un contexto también adivinatorio –uno de los más célebres santuarios consagrados a Apolo– las piedras del oráculo de Delfos: «conócete a ti mismo».
1. Sun Tzu, El arte de la guerra, ed. de Gabriel García-Noblejas, Madrid, Alianza Edit., 2014.
Comoquiera que dedicamos las páginas 91 y siguientes a profundizar en los aspectos históricos, culturales y más técnicos relacionados con el I Ching o Libro de los cambios, nos limitaremos ahora a explicar su modo de empleo, para lo que conviene aclarar primero cuál es su particular estructura.
La estructura del Libro de los cambios se parece más a la de un diccionario que a la de un ensayo filosófico. No es un libro que se empiece a leer por la primera página y se termine por la última, ni que vaya trabando una o varias ideas a lo largo de varias páginas o capítulos, ni que sostenga una o varias tesis que se van argumentando, matizando y deduciendo a lo largo de sus hojas. Tampoco es un libro que ha escrito alguien que desea exponernos su forma de pensar clara y explícitamente para que la comprendamos, la rechacemos, la aceptemos. Ni tampoco es, en fin, un libro al que el lector se acerca cuando le apetece saber más de un tema, como harían al iniciar Las moradas quienes deseen conocer el pensamiento espiritual de Santa Teresa o al abrir las Analectas aquellos a los que interesen las ideas de Confucio.
Por el contrario, el Libro de los cambios está estructurado de modo que sirva al lector para saber algo puntual de su propio futuro, de su mañana; está estructurado de modo que el usuario lo pueda abrir allí donde encuentre dicha información, la lea y cierre el libro satisfecho, como quien ha encontrado el significado de una palabra en un diccionario. Pero una de las grandes diferencias que presenta con respecto a un diccionario radica en cómo saber dónde está la información que toca leer. El Libro de los cambios utiliza un proceso aleatorio y notablemente especial que explicamos abajo (ver «Cómo usar este libro»).
Nuestra obra está integrada por sesenta y cuatro capítulos. Cada capítulo es prácticamente independiente de los demás, contiene toda la información que hay que leer y puede comprenderse sin haber leído ningún otro. Originalmente, no tenían ninguna palabra ni frase que les diera título, sino sólo un dibujo. Cada dibujo (llamado «hexagrama», de hexa, seis, y grama, trazo) consiste en seis líneas horizontales. Las líneas son de dos tipos: enteras () o truncadas (). Los chinos de la dinastía Zhou crearon sesenta y cuatro hexagramas, que se diferencian entre sí solamente por la colocación de las líneas enteras y truncadas, como puede comprobarse echando un vistazo a la Tabla de Hexagramas (p. 24). De ahí que el presente libro tenga sesenta y cuatro capítulos, uno para cada hexagrama.
Cada capítulo se abre con unas palabras de explicación general del hexagrama (por ejemplo: «Máxima buena fortuna. Es beneficioso el pronóstico»), que ponemos en cursiva en nuestra traducción, y continúa con explicaciones a cada una de las líneas del hexagrama por separado. El lector no deberá leerlas todas, sino algunas, y no podrá elegir libremente cuáles leer, sino que deberá dejar tal decisión en manos del procedimiento que detallamos más abajo, en «Cómo usar este libro».
En la China antigua, uno se acercaba al Libro de los cambios porque tenía una inquietud concreta; por ejemplo, cuando le inquietaba saber cómo sería la cosecha, cómo le iría en la cacería del día siguiente o cómo le iría si construía un puente. Y el Libro de los cambios le contestaba. Hoy día, el lector-usuario se acerca a nuestra obra, igualmente, cuando desea saber qué le sucederá si se lanza a llevar a cabo cualquier plan que tenga en perspectiva o debe enfrentarse a cualquier situación que le inquiete o le preocupe, de modo que el Libro de los cambios sigue sirviendo para lo mismo que hace muchos siglos: para desvelar el futuro.
Quien se acerca al Libro de los cambios con una pregunta sobre el futuro bien perfilada en su mente tiene que seguir un procedimiento bastante peculiar para saber qué tiene que leer. En la China antigua se seguían dos procedimientos, uno más sencillo que el otro; aquí explicaremos el sencillo (que es, además, el que más se extendió en China desde la dinastía Tang), aquel en que se usan monedas.
Es necesario tener a mano tres monedas iguales, una hoja, un lápiz y la Tabla de Hexagramas (p. 24).
Primer paso: Ponemos por escrito en la hoja lo que preguntamos al Libro de los cambios. Por ejemplo: ¿cómo me va a salir mi exposición del trabajo de fin de carrera mañana?
Segundo paso: el lector tiene ahora que encontrar qué hexagrama le toca leer y, para saberlo, debe:
a)Tomar las tres monedas con una mano, agitarlas un poco –como se suele hacer con los dados antes de lanzarlos– y dejarlas caer suavemente sobre la mesa.
b)Sumar. La cara equivale a tres puntos y la cruz a dos. Miramos cuántas caras y cuantas cruces han salido, y las sumamos. Si, por ejemplo, han salido tres caras, el resultado es 9; si han salido tres cruces, el resultado es 6, etc. Apuntamos el número resultante en la hoja donde antes hemos apuntado la pregunta.
c)Repetir la operación. Debemos tirar las monedas cinco veces más, seis en total, y apuntar todos los números resultantes uno encima del otro. Hay que apuntar el número que salió de la primera tirada en la posición más baja y luego, encima, el que salió de la segunda tirada, y así sucesivamente; es decir, hay que apuntar los números resultantes de abajo arriba:
Sexta y última tirada
cruz, cruz, cruz,
2+2+2= 6
Quinta tirada
cruz, cara, cruz,
2+3+2= 7
Cuarta tirada
cruz, cruz, cruz,
2+2+2= 6
Tercera tirada
cara, cara, cara,
3+3+3= 9
Segunda tirada
cruz, cara, cara,
2+3+3= 8
Primera tirada
cara, cara, cara,
3+3+3= 9
d)Transformar los números en líneas bien completas, bien truncadas. Puesto que al sumar solamente podemos obtener de resultado 6, 7, 8 o 9, he aquí las equivalencias posibles:
•Cuando la suma da 6, lo transformamos en
•Cuando la suma da 7, lo transformamos en
•Cuando la suma da 8, lo transformamos en
•Cuando la suma da 9, lo transformamos en
Así, hemos pasado de los números a las líneas. Ya no tenemos bajo los ojos seis números colocados unos sobre otros, sino seis líneas, unas truncadas y otras completas. Es decir, tenemos un hexagrama. Y el hexagrama que hemos dibujado es este:
Como la suma dio 6, trazamos
Como la suma dio 7, trazamos
Como la suma dio 6, trazamos
Como la suma dio 9, trazamos
Como la suma dio 8, trazamos
Como la suma dio 9, trazamos
e)Ahora debemos introducir un concepto peculiar, el de «línea que cambia», para dar por fin con el hexagrama que nos corresponde leer. Una «línea que cambia» es aquella que pasa a ser la línea contraria, de modo que si es truncada pasa a ser completa y si es completa pasa a ser truncada. Existen dos «líneas que cambian»: las que corresponden a los números 6 y 9, lo que significa que, cada vez que sale el número 6, aunque deberíamos trazar una línea truncada, por ser «línea que cambia», trazamos una línea completa (en nuestro ejemplo); y significa igualmente que, cada vez que sale el número 9, aunque deberíamos trazar una línea completa (en nuestro ejemplo), la trazamos truncada.
f)enemos en cuenta qué líneas cambian. Puesto que las líneas que cambian son las que se corresponden con los números 6 y 9, debemos hacer los siguientes cambios en el hexagrama de la letra d):
(6) cambia a
(7) no cambia
(6) cambia a
(9) cambia a
(8) no cambia
(9) cambia a
g)El hexagrama al que nos dirigen las seis tiradas de las monedas es, pues, el siguiente:
h)
