Epigramas eróticos griegos - Anónimo - E-Book

Epigramas eróticos griegos E-Book

Anónimo

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Podemos rastrear su origen hasta el siglo VIII a.C., cuando breves inscripciones en verso comenzaban a aparecer grabadas en lápidas o piedras conmemorativas y terminaron por componer, a través de los siglos, todo un género literario. Pero el epigrama que aquí nos convoca específicamente es el que ya en el siglo I el poeta latino Marcial describió a las claras como «una poesía breve que termina con una broma picante». La presente edición, a cargo de Guillermo Galán Vioque y Miguel Ángel Márquez Guerrero, reúne dos libros de la llamada "Antología palatina": el libro V, compuesto por epigramas eróticos dedicados a mujeres, y el XII, que contiene la cosecha propia de Estratón de Sardes -"La Musa de los muchachos", poemas dedicados a efebos-, junto con algunos otros de temática también homoerótica.

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Seitenzahl: 369

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Epigramaseróticos griegos

AntologíaPalatina(Libros V y XII)

Introducción, traducción y notasde Guillermo Galán Vioquey Miguel Á. Márquez Guerrero

Nota a la presente edición

Después de más de veinte años desde la primera edición, este volumen sigue ofreciendo al lector de lengua española la única traducción conjunta de los dos libros eróticos griegos de la Antología Palatina (libros V y XII). Dado el tiempo transcurrido, en esta segunda edición hemos actualizado la bibliografía, que incluye los estudios más relevantes y las nuevas traducciones parciales que han aparecido en las dos primeras décadas del siglo XXI, y reelaborado en menor medida la introducción y la traducción con el objeto de ofrecer una versión más actual. Nuestra traducción sigue el texto de la edición de Les Belles Lettres, que recientemente se ha completado con el último de sus volúmenes (J. Irigoin, F. Maltomini y P. Laurens, Anthologie Grecque. Première partie. Anthologie Palatine. Tome IX. Livre X, París, Les Belles Lettres, 2011).

Además de los numerosos comentarios, estudios, traducciones e incluso alguna edición que se han publicado en estos años sobre los epigramas griegos, tanto de la Antología Palatina, como de los nuevos descubrimientos papiráceos (nos referimos especialmente a los papiros que contienen el conocido como “nuevo Posidipo” [PMil. Vogl. VIII 309] y la antología de epigramas inéditos de Páladas[P.CtYBR inv. 4000]), entre las principales novedades en el campo de la epigramática griega cabe señalar, en nuestro país, la publicación del primer volumen de la que será la primera versión bilingüe griego-español de la Antología Palatina, aunque no incluye ninguno de los dos libros eróticos (B. Ortega Villaró y M.ª T. Amado Rodríguez, Antología Palatina: libros XIII, XIV, XV (epigramas variados), Madrid, CSIC, 2021), y, fuera de España, la digitalización del manuscrito palatino, que está ahora disponible en línea1, y el proyecto de ofrecer una edición crítica digital de toda la Antología con traducción multilingüe2.

Esta nueva edición demuestra una vez más el interés y la curiosidad que todavía despiertan hoy los epigramas griegos, especialmente los eróticos, es decir, los que se relacionan de un modo u otro con Eros. Desde la composición inicial del libro V, queda patente esta vinculación con el dios griego del amor, al que se invoca a la manera de la poesía arcaica. El curioso lector se encontrará, pues, poemas que cantan tiernas muestras amorosas, pero también composiciones muy explícitas, casi pornográficas. El tono de los epigramas es igualmente variado, pues se suceden la pasión más encendida y el humor, la ingenuidad de las promesas adolescentes y la ironía de quienes están al final del camino de la vida.

La calidad literaria de los distintos epigramas y epigramatistas es también muy desigual. Debe tenerse en cuenta que la Antología Palatina es una compilación del siglo X, hecha por Constantino el Rodio o cualquier otro erudito de la época a partir de colecciones anteriores (Guirnalda de Meleagro, Guirnalda de Filipo, Ciclo de Agatías, etc.). Recoge, pues, composiciones que van desde el final del s. IV a.C. hasta la época bizantina. Por esta razón junto a bellos y originales epigramas de Calímaco, Asclepíades, Dióscorides, Filodemo o Meleagro, aparecen otros de menor valor, algunos de ellos meras imitaciones.

Con esta reedición invitamos a los lectores a saborear de nuevo estos pequeños poemas de amor y a recrearse en ellos, teniendo en cuenta que las líneas de nuestra traducción, que no pretenden ser auténticos versos españoles, se corresponden grosso modo con los dísticos griegos para así facilitar el cotejo de nuestra versión con el texto original y transmitir también visualmente las sensaciones que percibían los lectores para los que se compusieron estos poemas.

1. Consultable en: https://digi.ub.uni-heidelberg.de/diglit/cpgraec23.

2. Consultable en: https://anthologiagraeca.org/.

Introducción

ἅδιον ούδέν ἔρωτοςAP 5.170.1 (Nóside)

1. El epigrama griego: del siglo VIII a.C. a la Antología Palatina

La historia del epigrama literario griego es en realidad la historia de las antologías de epigramas griegos, pues el epigrama, por su propia naturaleza, tiende a transmitirse en forma de colecciones o antologías, de modo que lo que hoy conocemos es lo que el compilador recopiló, bien siguiendo un criterio de selección expreso, o bien según su gusto personal. De hecho, nuestro conocimiento de la historia de este género literario se basa casi exclusivamente en la llamada Antología Palatina, que, como veremos remontándonos a los albores de la literatura griega, que es cuando se escribieron los primeros epigramas, no es sino una antología de antologías, obra de un erudito del siglo X.

Etimológicamente epigrama hace referencia a inscripciones grabadas en piedra, normalmente en una lápida sepulcral o una piedra conmemorativa de un monumento. En su origen no era más que una leyenda destinada a ser escrita en un objeto «para decir de quién es, o quién lo hizo, o quién lo dedicó a qué dios, o quién está enterrado bajo él»3, es decir, tenía una finalidad eminentemente práctica, la de ser grabado en objetos votivos, estatuas honoríficas o tumbas. Con el significado derivado de «breve texto poético significativo destinado a un objeto monumental», escrito por lo general en metro dactílico, se testimonia por primera vez en Heródoto y Tucídides, siempre relacionado con inscripciones funerarias o votivas, mientras que la acepción moderna de «pequeño poema satírico» no se encuentra hasta el latino Marcial, quien entiende por epigrama «poesía breve que termina con una broma picante»4.

En Grecia se componían epigramas, es decir, inscripciones en verso, para conmemorar ocasiones especiales como la muerte de una persona o la ofrenda de algún objeto como mínimo desde el siglo VIII a.C5. De hecho, la inscripción más antigua que se nos conserva es una leyenda en el cuello de una enócoe, datable hacia el 740 a.C., a lo largo del que se lee un hexámetro completo y parte de otro en los que se designa la vasija como premio para el mejor en una competición de danza6. Los primeros epigramas solían escribirse en hexámetros, al igual que los poemas épicos, pero poco a poco fue imponiéndose el dístico elegíaco que se convirtió en la forma métrica más habitual. El contenido y el propósito de los epigramas siguieron siendo durante mucho tiempo los mismos de los primeros epigramas, es decir, la mayoría de ellos no eran sino epitafios y exvotos7.

En época clásica se multiplican las ocasiones para conmemorar a los caídos en batalla (epitafios) y para consagrar ofrendas en acción de gracias por favores concedidos a alguna de las muchas divinidades en las que creían los griegos (exvotos). Se escriben tantos epigramas en esta época que para asegurar su inmortalidad a menudo se les asigna una autoría apócrifa. Arquíloco, Safo, Simónides, Anacreonte, Píndaro, Baquílides, Demóstenes, Platón, Menandro y otros muchos se convierten de la noche a la mañana en autores de epigramas. De entre estas falsas atribuciones destaca la asignación de 18 epigramas a Anacreonte, 23 a Platón y 89 a Simónides, el primer poeta que llegó a ser reconocido como autor de epigramas, a quien por su fama se le atribuyen multitud de epigramas anónimos, si bien solo uno en fuentes del siglo V, un epitafio del adivino Megistias, y a través de fuentes orales cuarenta años después del suceso8. Pero el primer epigrama adscrito a su autor sin lugar a dudas es una inscripción de la segunda mitad del siglo IV destinada a una estatua consagrada por Lisandro para conmemorar la captura de Atenas, obra del poeta Ión de Samos9.

Con el comienzo de la época helenística y especialmente de la mano de Asclepíades de Samos, aparentemente el primer autor que se especializó en la composición de epigramas simposíacos, se produce un giro en la historia del epigrama griego, pues gradualmente se fue convirtiendo en la forma literaria peculiar para la manifestación de los sentimientos y experiencias personales, un papel que en tiempos anteriores había sido desempeñado por la poesía monódica y la elegía10. En efecto, la principal aportación del período helenístico a la historia de este género literario es la creación del epigrama amoroso y la introducción en este género poético del análisis de los sentimientos personales, un tema muy de acuerdo con los gustos de la época, pues el amor es el tema favorito de los elegíacos alejandrinos e incluso se introduce en la poesía épica de la mano de Apolonio de Rodas11.

A pesar de ello no se olvidaron los temas de los primeros epigramas, pues epigramas dedicatorios y funerarios se escribirán al mismo tiempo que los eróticos y convivales. Característico de esta época es que los epigramas funerarios y dedicatorios se componen ahora como obras de arte literarias, es decir, no estaban en absoluto destinados a ser grabados en piedra. El epigrama se siente ya como algo independiente de la piedra sobre la que se originó y pasa a convertirse en un género literario más12. Es más, colecciones de versos epigráficos estaban ya disponibles en la época de Esquines, a fines del siglo IV. La idea de escribir epigramas ficticios, es decir, poemas con forma de epitafios o dedicatorias no destinados a inscripciones, no era nueva, pero a comienzos del siglo III a.C. se ha convertido ya en un género.

La naturaleza del epigrama se ve alterada además por su difusión misma. Todos los poetas cultivan este género: Calímaco, Teócrito, Arato, entre otros. El epigrama rápidamente se convirtió en uno de los géneros literarios más populares en esta época. Leónidas se hizo famoso solo por sus epigramas y Posidipo de Pela fue honrado públicamente como el «epigramatista». Los poetas comenzaron a publicar colecciones de sus propios epigramas. De autores como Calímaco, Hédilo, Mnasalces, Filetas y Posidipo tenemos constancia de que publicaron libros de epigramas. Conservamos además papiros que contienen colecciones de epigramas de poetas helenísticos como Posidipo y Mnasalces y un número importante de papiros de los siglos III y II a.C. contienen epigramas13. Hay además evidencias para sospechar que existió una edición conjunta de los epigramas de Asclepíades, Posidipo y Hédilo, posiblemente conocida como Σωρός y compilada quizás por Hédilo, el más tardío de los tres14. Puede que existieran otras colecciones de este tipo, lo que explicaría la pervivencia de epigramas de figuras menores. Así, por ejemplo, conocemos la existencia de una colección de epigramas monotemática sobre ciudades, obra de un tal Polemón de Troya, el «Periégeta», de la que se conservan algunos breves extractos en la obra de Ateneo, todos ellos sobre las características y costumbres de diferentes ciudades; tenemos noticia de una obra de Neoptólemo de Paros que se titulaba Sobre los epigramas, pero más que una antología parece un estudio sobre el epigrama, lo que no deja de ser interesante a la hora de la caracterización definitiva del epigrama como género literario; y, por último, sabemos de unos Epigramas áticos de Filócoro de Atenas, obra citada a menudo como la primera antología de epigramas.

Florilegia de todo tipo eran frecuentes, pero la primera antología de epigramas ordenada artísticamente parece que fue la Guirnalda de Meleagro de Gádara, máximo representante, junto con Antípatro de Sidón, de una nueva floración del epigrama que se produjo a partir de la segunda mitad del siglo II y comienzos del I a.C., especialmente en Fenicia y Siria. Es cierto que la propia palabra «antología», con el significado de «colección de poemas de poetas diversos», no se testimonia hasta Diogeniano en el siglo II d.C., pero la idea de «recopilación de flores», que es lo que significa etimológicamente «antología», está ya presente en el prefacio de Meleagro, en el que a cada autor que entrelaza en su libro le asigna una flor hasta formar una verdadera Guirnalda de poetas. De la antología de Meleagro nos han llegado tres papiros, aparentemente versiones reducidas o extractos, pero nuestra fuente principal sigue siendo la llamada Antología Palatina, que contiene el prefacio de Meleagro a su Guirnalda, en el que menciona a los contribuyentes a su antología, y una serie de bloques de epigramas en los libros 5 al 7, 9 y 12, que parecen proceder de la propia antología de Meleagro, compuestos por epigramas de poetas enunciados en el prefacio a su Guirnalda. Puede que existieran antologías de epigramas anteriores a la de Meleagro, pero seguro que estaban muy lejos de ella en miras y alcance15. En efecto, esta antología se diferencia de las que probablemente existieron antes, primero, por su extensión, ochocientos poemas, que ocuparían nada menos que cuatro rollos de papiro16, y, segundo, por su disposición artística, reflejo de la voluntad del propio compilador que quiso crear una obra de arte, no una mera recopilación de epigramas. Meleagro recogió material de todas las áreas del mundo griego, desde Italia hasta Siria, de todas las épocas, desde Simónides hasta Antípatro y Arquias, y de temas de todo tipo, incluyendo epigramas convivales, eróticos, dedicatorios, anatemáticos y funerarios. Se data alrededor del 100 a.C. porque el último epigramatista al que cita es Antípatro de Sidón, que murió en torno al 125 o un poco más tarde y Meleagro incluye un epitafio del poeta. Como terminus ante quem, es seductora la hipótesis de que, tal como apunta A. A. Day, Arquias, poeta de esta primera Guirnalda que tiene una gran deuda estilística con Antípatro de Sidón y al que se ha relacionado con el poeta Arquias amigo de Cicerón, trajera consigo la Guirnalda de Meleagro cuando llegó a Roma en el año 102, dada la gran cantidad de sorprendentes afinidades entre los epigramas eróticos de la Guirnalda de Meleagro y el reducido corpus de epigramas eróticos de Valerio Edito, Porcio Licino y Q. Lutacio Cátulo17.

La mayor aportación de Meleagro a la historia del epigrama antiguo es haber restringido la noción de «epigrama» a poemas breves, pues evidencias fuera de la antología de Meleagro nos hacen pensar que en los primeros momentos del mundo helenístico los epigramas eran a menudo de extensión considerable. Con Meleagro se impone además para el epigrama el uso del dístico elegíaco, si bien siguen escribiéndose epigramas en otros metros e incluso se combinan metros en un mismo poema. Sin duda, la selección que hizo Meleagro es la que ha condicionado nuestra percepción del epigrama clásico. Las siguientes antologías estarán inevitablemente marcadas por la de Meleagro.

Después de Meleagro, alrededor del año 40 d.C., compiló una segunda Guirnalda con la intención expresa de complementar la anterior Filipo de Tesalónica, antología en la que incluyó a la mayoría de los epigramatistas de alguna relevancia después de Meleagro comenzando por Filodemo. Una diferencia esencial con la Guirnalda de Meleagro es que esta contiene el trabajo de poetas famosos e influyentes, tales como Asclepíades, Posidipo, Calímaco, Leónidas y Meleagro mismo, muchos de los cuales publicaron colecciones independientes de poesía y con toda seguridad algunos de sus poemas hubieran sobrevivido aunque no los hubiera recogido Meleagro en su Guirnalda. La Guirnalda de Filipo, por el contrario, otorgó una inmortalidad inesperada y en muchos casos inmerecida a muchos poetas. Su autor empleó, sin duda, colecciones de poemas publicados por sus propios autores en el caso de poetas como Filodemo y Crinágoras, pero muchos de los poemas que recoge corresponden a poetas contemporáneos que él mismo conocería por medios privados. En este sentido es significativo que hay un gran número de poetas incluidos en su antología que son paisanos suyos. Los epigramas aparecen dispuestos en orden alfabético a partir de la primera letra de cada poema y dentro de cada grupo se establece una ordenación por temas18. Al igual que Meleagro, Filipo contribuyó con sus propios epigramas a su Guirnalda y se esforzó en ordenarla según criterios artísticos, pero la calidad literaria de esta segunda Guirnalda es por lo general menor y se percibe una evolución de lo amatorio a lo retórico, con predominio de los epigramas epidícticos frente a los convivales o eróticos19. Fue sin duda una antología de epigramas muy leída, al menos hasta la época del reinado de Justiniano (527-565). Hasta el momento no se ha identificado ningún papiro, pero sí conservamos uno con los incipit de poemas de esta antología. Se trata del comienzo de 175 epigramas, de los que al menos 25 son de Filodemo.

Después de la época de Nerón asistimos a un desarrollo del epigrama de temática satírica, cuyo mejor representante es Lucilio, quien se especializó en el ataque de los defectos, no de individuos, sino de tipos humanos y clases (médicos, atletas, gordos, delgados...), y cuya principal aportación a la historia del epigrama fue acrecentar aún más la brevedad típica del género y la necesidad de buscar una «punta» ingeniosa20. Sus epigramas, junto con otros autores de finales del siglo I y principios del II d.C., formarían parte de la antología del gramático Diogeniano de Heraclea, elaborada bajo el reinado de Antonino Pío (138-161). En esta antología, de naturaleza oscura, es probable que los epigramas estuvieran ordenados alfabéticamente al modo de la de Filipo. Diogeniano era un erudito, pero no un poeta, y no hay testimonios de que contribuyera personalmente a su colección.

Por estas fechas se produjo un renacimiento del epigrama erótico con Rufino y Estratón, ambos de datación muy discutida. El primero parece ser un autor de finales del siglo I o principios del II d.C. y puede incluso que Diogeniano lo incluyera en su Antología21. Ya bajo Adriano, probablemente, Estratón, autor del que no sabemos prácticamente nada salvo su lugar de origen, Sardes, escribió su propia colección de epigramas pederásticos, conocida como La Musa de los muchachos, corpus de poemas homoeróticos que serviría de base para la selección de epigramas de temática homosexual que constituye el libro 12 de la Antología Palatina. Antes de este resurgir de la temática erótica en el epigrama griego hay que situar la labor del hispano Marcial, epigramatista latino de la segunda mitad del siglo I notablemente influido por Lucilio y cuya relación con Rufino y Estratón es objeto de discusión22.

El epigrama vive una resurrección de su función original, la inscripción en piedra, en el este de Europa entre los siglos IV y VI y en esta misma época se multiplican las inscripciones honoríficas destinadas a los gobernadores que incluían epigramas en verso23. Además, las Guirnaldas, junto a Homero y Nono, eran los libros de poesía clásica más populares a mediados del siglo VI en Constantinopla. La culminación de este movimiento de desarrollo del género se plasma en la última antología de la Antigüedad, el Ciclo de Agatías, historiador y poeta natural de Mirina (Asia Menor), que puede datarse en la época de Justino II (567-568)24. Agatías compiló un Ciclo de epigramas de sus contemporáneos, dispuesto al modo de la Guirnalda de Meleagro, gran parte del cual no es sino poesía de inscripciones de su época. Reunió epigramas de funcionarios del estado bizantino y profesionales liberales en un estilo llamativamente homogéneo, en el que se combina la tradición epigramática clásica con la verbosidad típica de poetas del momento, especialmente el egipcio Nono. Marca el final de la composición creativa en el género hasta la época de la mayor y más amplia antología de epigramas jamás realizada, la de Céfalas, en el siglo X.

Alrededor del 900 a.C. un profesor de escuela bizantino llamado Constantino Céfalas, πρωτοπἁπας del palacio de Constantinopla en el año 917 d.C., reunió una colección ingente de epigramas basada en todas estas antologías anteriores, añadiendo material de una variedad de fuentes, en particular un gran número de inscripciones sobre piedra reunidas de diferentes lugares de Grecia y Asia Menor por su contemporáneo Gregorio de Campsa. Los componentes esenciales de la antología de Céfalas fueron las antologías de las que se conservan prefacios en el libro cuarto de la Antología Palatina, la Guirnalda de Meleagro de Gádara, la de Filipo de Tesalónica y el Ciclo de Agatías. Es dudoso si Céfalas disponía de una copia de la antología de Meleagro (así lo afirma el escolio a AP 4.1) o extrajo sus epigramas de antologías intermedias. Una gran parte de los contenidos de las Guirnaldas debió perderse mucho antes de la recopilación de Céfalas que leemos en la Antología Palatina, pues, por poner un ejemplo, cuatro de los poetas mencionados por Meleagro en su prefacio no están representados en la Antología Palatina, a menos que alguno de los anónimos sean suyos. No conocemos la naturaleza de la Antología de Céfalas, pero, como veremos, podemos reconstruirla a partir del uso que de ella hicieron el compilador de la Antología Palatina y Máximo Planudes.

Algo más tarde, alrededor del 940, un erudito conocido como J, probablemente Constantino el Rodio25, elaboró una versión ampliada de la redacción de Céfalas, añadiendo poesía cristiana y de écfrasis, versión que conocemos como Antología Palatina, sin duda, nuestra mejor fuente para el conocimiento del epigrama literario griego en un período que abarca más de dieciséis siglos, desde los primeros epigramas recogidos por Meleagro hasta los epigramas compilados por los seguidores de Céfalas.

La Antología Palatina es, en pocas palabras, un corpus extenso de poemas breves, casi exclusivamente epigramas, que oscilan en fechas desde Arquíloco, al que se atribuyen epigramas que con casi toda seguridad no son suyos, hasta el período bizantino. Se trata de una colección de aproximadamente 3.700 epigramas, un total de 22.000 a 23.000 versos –sin incluir la écfrasis de Cristodoro, un poema de 416 hexámetros–, dividida en los siguientes quince libros:

1.Inscripciones cristianas de los siglos IV-X.

2.Una écfrasis o descripción de estatuas de unas termas en Constantinopla por Cristodoro de Copto (datable hacia el 500 d.C.).

3.Epigramas de un templo de Apolo en Cízico.

4.Prefacios de Meleagro, Filipo y Agatías.

5.Epigramas eróticos (heterosexuales).

6.Epigramas dedicatorios o anatemáticos.

7.Epigramas funerarios o epitafios.

8.Epitafios de Gregorio de Nacianzo (s. IV d.C.).

9.Epigramas descriptivos o epidícticos.

10.Epigramas protrépticos o de exhortación (refranes o sentencias).

11.Epigramas convivales y satíricos.

12.Epigramas eróticos (homosexuales).

13.Poemas en metros no elegíacos (curiosiodades métricas).

14.Oráculos, adivinanzas y juegos aritméticos.

15.Apéndice misceláneo, incluyendo poemas-figura (tegnopegnias), que adoptan la forma, por ejemplo, de un huevo, un hacha o alas.

Se trata en realidad de una edición ampliada de la antología de Céfalas, a la que se atribuyen la mayoría de los epigramas contenidos en los libros 5 al 7 y 9 al 12. En estos libros, bloques de epigramas de Meleagro, Filipo y Agatías alternan con secciones recopiladas y ordenadas por el propio Céfalas. Es probable, además, que el libro 4 funcionara a modo de introducción a la Antología de Céfalas, pues es difícil de pensar que alguien que no sea él mismo tuviera a su disposición todos los prefacios de las tres colecciones de epigramas que utilizó y que además no tendría sentido que los recogiera otro que no fuera el propio compilador. El libro 8, consagrado en su totalidad a Gregorio de Nacianzo, proviene evidentemente de una colección independiente que contenía la poesía de ese padre de la Iglesia, y puede que el propio compilador de la Antología Palatina haya hecho la selección o, lo que es más probable, haya recogido íntegramente una selección anterior. El libro 2, la écfrasis de Cristodoro, se introdujo tal cual en la Antología. Los libros 1 y 3 tienen una peculiaridad que los hace diferentes: se componen de inscripciones colocadas en monumentos, el primero de inscripciones cristianas de los siglos V al X; el segundo, de versos grabados en una época indeterminada en los bajorrelieves helenísticos de un templo de Cízico. Los tres últimos libros (13 al 15) constituyen una especie de apéndice a la Antología de Céfalas, donde se recogen poesías anteriores omitidas por él y piezas recientes que no pudo conocer.

Finalmente, en el 1301 Máximo Planudes elaboró una antología más reducida basada en una versión abreviada de la de Céfalas y ordenada sistemáticamente, con elaboradas subdivisiones, en los siguientes siete libros:

1. Epigramas exhortativos.

2. Epigramas convivales y satíricos.

3. Epigramas funerarios.

4. Epigramas descriptivos.

5. Écfrasis de Cristodoro.

6. Epigramas dedicatorios.

7. Poesías amorosas.

Planudes es traductor, escoliasta, compilador y un gran prosista. La mayoría de sus obras están escritas en prosa y su antología no contiene ninguna pieza original suya, al igual que la de Céfalas, sino que es una edición de poesías anteriores. Indudablemente Planudes conoció la antología de Céfalas, pero no conoció la Antología Palatina. Ambas antologías contienen la écfrasis de Cristodoro, pero en Planudes hay ocho versos que no se leen en la Antología Palatina, por lo que es probable que las dos versiones no deriven la una de la otra. Puede que manejara también el texto original de las Guirnaldas, y muy especialmente el Ciclo de Agatías, lo que explicaría la importancia que tienen en su obra los poetas de los siglos V y VI. Por fortuna en la Antología de Planudes se preservan 388 epigramas omitidos en la Antología Palatina, que en la actualidad, a partir de la segunda edición de Jacobs26, se editan viciosamente como libro 16 de la misma.

La Antología de Planudes, conocida durante siglos como Antología Griega, eclipsó completamente las antologías anteriores hasta la publicación a finales del siglo XVIII de la primera edición completa de la Antología Palatina.

2. Tradición manuscrita y ediciones

Ninguna de las antologías de epigramas de la Antigüedad se nos ha conservado en su forma original, ni tampoco la de Céfalas. Para nuestro conocimiento de ellas, y en realidad de prácticamente toda la historia del epigrama griego, dependemos de dos manuscritos, el catalogado como Palatinus Heidelbergensis gr. 23, un manuscrito del siglo X, y el Marcianus gr. 481, copia autógrafa de la Antología de Máximo Planudes, firmada y datada en septiembre de 1301 y conservada ahora en Venecia.

El primero de ellos, Palatinus Heid. Gr. 23 (P), es el único manuscrito que nos ha conservado lo que conocemos como Antología Palatina. Actualmente, por designios del azar, se encuentra dividido en dos. La mayor parte, la que contiene los libros 1 al 13, después de un período en Roma y París, regresó a Heidelberg en 1816 y se conserva allí con la signatura Cod. Gr. 23. Una pequeña parte fue dejada atrás accidentalmente en París, donde fue redescubierta por Dübner en 1839 como Cod. Gr. Suppl. 384. El manuscrito se divide en dos secciones, ambas datadas por los paleógrafos en el siglo X, no mucho después de la época de Céfalas. La más temprana, que comienza en el epigrama AP 9.564, fue escrita por la mano de dos escribas. La más antigua, que entre otras cosas contiene AP 1-9.563, también es fruto de la mano de dos escribas, en este caso no contemporáneos.

Este manuscrito fue descubierto en 1606 por Claude Saumaise en la Biblioteca Palatina, en Heidelberg, adonde llegó a mediados del XVI tras una peregrinación por diversas ciudades europeas. Se compone de 351 folios de dos páginas, con 33 a 34 líneas cada una. De este manuscrito se hicieron innumerables copias, algunas completas, pero la mayoría fragmentarias, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, que genéricamente se denominan apographa27.

El segundo, Marcianus gr. 481, es un códice que contiene la antología llevada a cabo por Máximo Planudes, y que se conoce convencionalmente como Antología Planúdea. De los numerosos manuscritos de la Antología de Planudes difundidos en Italia durante los siglos XV y XVI, solo este es realmente interesante desde el punto de vista crítico, pues está escrito por la mano del propio Planudes, lo que excluye posibilidades de error del copista. Las ediciones que aparecieron en la Italia del XVI, que fueron múltiples, no se basaron en este manuscrito, pues hay diferencias en la ordenación e incluso en el texto.

Hay además otras fuentes de información secundarias, las llamadas Syllogae Minores:

Sylloge Euphemiana (E). Colección de epigramas un poco anterior a la de Céfalas que figura en tres manuscritos del siglo XV, el Florentinus plut., 57, 29, el Parisinus 1773 y el Parisinus 2720. El primero y el tercero contienen ambos 76 epigramas, mientras que el segundo 82. La mayoría de ellos son poesías descriptivas y proceden de una tradición independiente a la de Céfalas. Todos ellos se encuentran bien en el manuscrito Palatinus 23, la mayoría, o, si no, en la antología de Planudes.

Sylloge Parisina o Crameriana(S). Dos manuscritos de París, uno del siglo XVIII(París suppl. 352), el otro del XIV(París, 1630), que parece ser un extracto reordenado del anterior, con 53 epigramas de los que 9 están ausentes en el primero. La Sylloge consta de 114 epigramas, 41 epidícticos o ecfrásticos, 15 protrépticos, 3 oráculos y 14 convivales o simpóticos y 32 eróticos, de los que la mayoría son pederásticos, es decir, material de los libros 9, 10, 11, 12 y 14 de la Antología Palatina. De ellos 69 figuran en la Antología Palatina, 22 en la Planúdea y 23 no aparecen en ninguna de las dos. Se ha discutido mucho si esta selección procede directamente de la antología de Céfalas.

Sylloge S. Colección de 121 epigramas, compilados en los siglos XIII o XIV, y recogida en Florentinus plut., 57, 29,como la Euphemiana, y en el Parisinus 1773. Se trata de epigramas descriptivos, predominando los epitafios, y algunos epigramas satíricos al final. Todos los epigramas salvo dos aparecen en la Antología Palatina. Incluso hay un fragmento de la écfrasis de Cristodoro. Es probable que el autor se basara en la Antología Planúdea.

Sylloge Sp. Colección de 34 epigramas que ocupa seis de las ocho páginas cosidas al comienzo del manuscrito palatino. Parece que data de los siglos XII o XIII. Todos los epigramas aparecen bien en la Antología Palatina o en la Planúdea salvo cuatro. Es probable que el autor, al igual que Planudes, dispusiera de una copia de la antología de Céfalas más completa que el Palatinus 23.

Appendix Barberino-Vaticana. Antología de epigramas eróticos de los libros 5 y 12 de la Antología Palatina, que el compilador ordenó según sus gustos personales. Consiste en cincuenta y cuatro epigramas transmitidos en tres manuscritos: Vat. gr. 240, escrito alrededor del 1560; Vat. Barb. gr. 123, copiado por Juan Láscaris, el primer editor de la Antología Planúdea (1494), entre 1504 y 1509, aunque las páginas que contienen la Appendix no están escritas por su mano, y Par. Suppl. gr. 1199, datable entre 1480 y 1500. Todos sus epigramas son eróticos, casi todos están ausentes de la Antología Planúdea y todos excepto dos aparecen en la Antología Palatina, de lo que se deduce sin duda que esta colección de epigramas estaba concebida como un apéndice erótico a la Antología Planúdea. Tradicionalmente se ha datado a comienzos del XVI, pero Cameron adelanta la fecha de composición a los primeros momentos de difusión de la Antología Planúdea, cuando las expectativas de quienes se acercaban a la Antología de Planudes para saborear el epigrama clásico se veían insatisfechas por el puritanismo del monje compilador y todavía estaba disponible la fuente de dicha antología. El texto de la Appendix es en general de baja calidad28.

Laurentianus 32, 16. Códice compilado por Planudes entre 1280 y 1283 y comprado por Filelfo a la viuda de J. Crisoloras en Constantinopla. Contiene una antología de poesía menor, que incluye algo de Focílides, poemas dogmáticos de Gregorio de Nacianzo y dos breves colecciones de epigramas.

Matritensis B. N. 4562 (olim 24). Se trata de una selección que hizo Constantino Láscaris. Contiene algunas conjeturas interesantes, aunque es un documento de segunda mano con extractos de la Antología mezclados con poesías de otros géneros.

A estas fuentes manuscritas hay que añadir las citas de epigramas de la Antología que se encuentran en autores de épocas diversas, cuyo valor crítico es variable. Así, por ejemplo, del libro 5 de la Antología Palatina tenemos el testimonio de la novela en verso Drosilla y Charicles de Nicetas Eugeniano, que contiene un gran número de imitaciones de epigramas eróticos.

En cuanto a las ediciones y trabajos críticos, hasta comienzos del XVII únicamente se conocía la Antología Planúdea, de cuyo manuscrito se hicieron múltiples copias hasta que fue finalmente impresa por Juan Láscaris en 1494. La Antología Palatina no se conoció durante la mayor parte del Renacimiento, oculta en Londres y Lovaina. No llamó la atención de los eruditos hasta el 1606 y no fue publicada hasta finales del siglo XVIII. Hasta entonces la Antología Palatina fue la Antología Griega y ejerció una gran influencia en el Renacimiento.

La edición de la Antología Planúdea de Juan Láscaris la reproducen, con algunas modificaciones, las tres ediciones aldinas posteriores (Venecia, 1503, 1521 y 1550), la juntina (Florencia, 1519), la de Badius Ascensius (París, 1531), la de los hermanos Nicolini da Sabio (Venecia, 1550), la de Henri Estienne (Ginebra, 1566) y la de los herederos de Andreas Wechel (Fránkfurt, 1600). Esta última es la única que incorpora en sus márgenes parcialmente los escolios a la Antología Planúdea atribuidos tradicionalmente al erudito griego Marco Musuro (1475-1517)29. Ya a principios del siglo XVII, en 1606, C. Saumaise descubrió el manuscrito de la Antología Palatina, pero no lo editó, sino que se limitó a copiar los epigramas no contenidos en la Planúdea, al tiempo que hizo numerosas notas críticas y filológicas. No es hasta la edición de J. J. Reiske (Anthologiae graecae a Constantino Cephala conditae libri tres [Leipzig, 1754]), que utilizó una copia del manuscrito hecha por J. Gruter, cuando se utiliza el manuscrito palatino para la edición de los epigramas, pero la primera edición completa de la Antología Palatina, que tiene además el valor añadido de recoger las conjeturas y sugerencias de Saumaise, es la de Ph. R. F. P. Brunck, su Analecta ueterum poetarum graecorum (Estrasburgo, Typis J. H. Heitz, 1772-1776), en la que agrupa la obra de cada poeta y la organiza cronológicamente. Idéntico criterio seguirá después también C. F. W. Jacobs, para su Anthologia graeca siue poetarum graecorum lusus ex recensione Brunckii (Leipzig, Libraria Dyckiana, 1794-1814). Para su segunda edición, la primera en la que los epigramas se editan tal como aparecen en el manuscrito palatino, Jacobs (Anthologia graeca ad fidem codicis olim Palatini, nunc Parisini ex apographo gothano edita [Leipzig, Libraria Dyckiana, 1813-1817]) recurrió a la copia que del manuscrito hizo J. Spaletti, incluyendo un apéndice con los epigramas de Planudes no incluidos y 394 epigramas de autores antiguos o de inscripciones en verso. Medio siglo después publicó J. F. Dübner su Epigrammatum Anthologia cum Planudeis et appendice noua epigrammatum ueterum ex libris et marmoribus ductorum (París, 1864-1877), edición superada por la de Hugo Stadtmüller, quien publicó en tres volúmenes los libros 1 al 6, 7 y 9 (1-563), Anthologia Graeca epigrammatum Palatina cum Planudea (Leipzig, Teubner, 1894-1906), primera edición de la Antología que sigue criterios que podemos considerar modernos. En 1916-1918 W. R. Paton tradujo los epigramas para la colección Loeb y se vienen reeditando desde entonces junto con el texto griego30. Una década después, en 1928, vio la luz el primer volumen de la edición de la colección Budé dirigida inicialmente por P. Waltz31. Otras ediciones completas modernas son las de H. Beckby, Anthologia Graeca (Múnich, E. Heimeran, 1967-19682), F. M. Pontani, Antologia Palatina (Roma, Einaudi, 1978-1981) y F. Conca, et alii, Antologia Palatina (Turín, Unione Tipofrafico-Editrice Torinese, 2005-2011). Aunque no se trata de ediciones completas de la Antología Palatina, un gran avance para su conocimiento supone la edición con comentario de los epigramas helenísticos incluidos en la Guirnalda de Meleagro de A. S. F. Gow y D. L. Page, The Greek Anthology. Hellenistic Epigrams (Cambridge, Cambridge Univ. Press, 1965), y su edición de los incluidos en la Guirnalda de Filipo, su The Greek Anthology. The Garland of Philip and some contemporary Epigrams (Cambridge, Cambridge Univ. Press, 1968), así como el posterior estudio de D. L. Page, Further Greek Epigrams. Epigrams before A. D. 50 from the Greek Anthology and other Sources, not included in «Hellenistic Epigrams» or «The Garland of Philip» (Cambridge, Cambridge Univ. Press, 1981), y su edición de Epigrammata Graeca (Oxford, Oxford Univ. Texts, 1975).

En los últimos tiempos hemos asistido por fortuna a una proliferación de ediciones con comentario de autores concretos, tales como Rufino, Posidipo de Pela, Estratón de Sardes, Filodemo, Dioscórides, entre otros32.

3. Los libros eróticos de la Antología Palatina

Según hemos visto, a comienzos del siglo X Constantino Céfalas, un erudito bizantino, teniendo entre sus manos antologías de epigramas griegos de la Antigüedad –las Guirnaldas de Meleagro (I a.C.) y Filipo (40 d.C.), y el Ciclo de Agatías (VI d.C.), entre otras–, compiló la mayor antología de epigramas griegos nunca vista. Incluía secciones de epigramas funerarios, dedicatorios, convivales y eróticos, distinguiendo en estos últimos, según la naturaleza del amado, entre epigramas heterosexuales y epigramas homosexuales. La división no parte en absoluto de Meleagro ni de ninguno de los compiladores de la Antigüedad, sino que es obra de Céfalas, que se enfrentó a un corpus de poemas temáticamente indiferenciado, lo que explica los errores de distribución que se detectan entre los epigramas hetero- y homosexuales frente a la perfecta distinción de los otros tres grupos en los que se hallaba dividida la Guirnalda (epigramas funerarios, dedicatorios y epidícticos)33. Algo más tarde otro erudito, el copista del manuscrito Palatinus 23, enriqueció la Antología de Céfalas, dando forma a lo que conocemos como Antología Palatina, en la que se consagra la separación de los epigramas eróticos, quedando los heterosexuales en el libro 5 y los homosexuales en el 12. El lector tiene ahora entre sus manos la primera traducción castellana conjunta de ambos libros eróticos, con epigramas que van desde Asclepíades, Calímaco y Posidipo (III a.C.) hasta Paulo Silenciario (VI d.C.).

El libro 5, que ocupa las páginas 88-140 del manuscrito palatino, reúne 310 «epigramas amorosos de diversos poetas», tal como reza su subtítulo. Aunque la inmensa mayoría se adecuan a ese lema, aproximadamente quince no presentan con el amor más que una relación más o menos indirecta y deberían estar adscritos a otros libros, como, por ejemplo, las ofrendas que las prostitutas hacen a su patrona, la diosa Afrodita, o los amantes que la invocan –epigramas que más que eróticos serían votivos–, un epitafio a una joven muerta, y los que describen los preparativos de un banquete. Este libro tiene la misma estructura que muchos otros libros de la Antología que se basan en la recopilación de epigramas de Céfalas (por ejemplo, el 6, 7 y 9) –una parte central formada por extractos de las Guirnaldas de Meleagro, Filipo y el Ciclo de Agatías, precedido por una miscelánea de poemas dispuesta temáticamente– y, a excepción del primer epigrama y el último, que parecen ser añadidos posteriores, se reconocen con más facilidad que en otros libros las series de epigramas de las Guirnaldas de Meleagro y Filipo y del Ciclo de Agatías, pues los poemas de procedencia diversa no se han mezclado en este libro como es habitual en otros: los epigramas 104 al 133 pertenecen a la Guirnalda de Filipo, del 134 al 215 a la de Meleagro y del 216 al 302 al Ciclo de Agatías, lo que parece ser el libro erótico de Agatías prácticamente intacto. Del epigrama 2 al 103 se distinguen, sin orden determinado, poemas de procedencia diversa. Algunos provienen de la Guirnalda de Meleagro, otros de la de Filipo, en los que se detectan huellas del primitivo orden alfabético, otros, de autores de comienzos del siglo II d.C., parecen proceder de la Antología de Diogeniano, y la mayoría están atribuidos a Rufino (36 epigramas), autor que no aparece en ninguna otra parte de la Antología. Este corpus heterogéneo de epigramas formaría probablemente una antología, conocida después convencionalmente como Sylloge Rufiniana, que se incorporó íntegra al comienzo del libro 534.

El libro 12 de la Antología Palatina, que ocupa las páginas 569 a 607 del manuscrito palatino, es una recopilación de epigramas que tratan el amor hacia los muchachos, si bien, al igual que ocurre en el 5, se detectan intromisiones extrañas, como epigramas dirigidos a mujeres en lugar de los esperados muchachos35. El compilador, probablemente el propio Céfalas, anuncia en la introducción que va a incluir los epigramas de Lamusa de los muchachos de Estratón de Sardes, denominación con la que, gracias a una mano posterior que erróneamente atribuyó todo el libro a Estratón, la tradición ha conocido este libro 12, aunque los epigramas de Estratón no representan más de la tercera parte del libro. La explicación más satisfactoria para el carácter actual del libro 12 es que Céfalas amplió una colección original de Estratón mediante la adición de cuantos epigramas pederásticos encontró en las Guirnaldas de Meleagro y Filipo. El origen de los epigramas de este libro no está tan claro como en el libro quinto, pues, por ejemplo, para Aubreton, 139 epigramas provendrían de la Guirnalda de Meleagro y solo 12 de la de Filipo, pero Clarke aumenta hasta 145 los que tienen su origen en la primera36.

En los epigramas eróticos de ambos libros llama la atención la falta de una expresión sincera de amor o un reflejo de la emotividad de sus autores, pues la ausencia de originalidad es un principio estético. En efecto, la imitación es, si no una regla, una moda, pero, sin duda, la técnica de la uariatio, tan característica de la literatura epigramática, es menos frecuente en los libros eróticos que en otros libros. No encontramos aquí largas series de epigramas que tratan indefinidamente el mismo tema con términos casi idénticos, como los epigramas sobre la tumba de Anacreonte o la vaca de Mirón. Con todo, algunos poemas, por lo general anónimos, son imitaciones muy cercanas a su original, casi plagios. Además, como el lector apreciará inmediatamente, en los epigramas eróticos, heterosexuales y homosexuales, se repiten infinidad de veces las mismas imágenes, las mismas metáforas y los mismos clichés (flamma amoris, renuntiatio amoris, carpe diem, paraclausithyron, temor a la llegada del vello, entre muchos otros), y los nombres de las amadas y los chicos objeto de deseo aparecen una y otra vez.

4. Pervivencia de los epigramas eróticos de la Antología Palatina en España

La naturaleza de esta introducción no permite repasar, ni siquiera someramente, la influencia de los epigramas eróticos griegos sobre los poetas romanos (especialmente sobre los elegíacos), ni tampoco su pervivencia en las literaturas europeas, a la que se han dedicado excelentes monografías, como las muy conocidas de J. Hutton37. Quizá tengan mayor interés para el lector de esta traducción las relaciones de los libros eróticos de la Antología Palatina con la literatura española. La valoración de su pervivencia puede ilustrarse con dos posiciones extremas. Lida de Malkiel, criticando el argumento de Highet de que la libertad sexual que se atribuye a la literatura griega es de origen oriental, enjuicia la calidad literaria de nuestra colección de epigramas eróticos:

Permítasenos observar, en materia tan resbaladiza, que las obscenidades celebradas por Pierre Louys no pertenecen a la mejor Grecia como no pertenecen al mejor Oriente. Falso es envilecer la imagen de Grecia haciendo hincapié en literatura ínfima como la de buena parte de la Antología griega y como los Diálogos de las cortesanas38.

En el polo opuesto, hallamos el reconocimiento que Luis Cernuda hace en Historial de un libro sobre la gran deuda contraída con la epigramática griega:

Entre los libros que compré entonces [estancia en París durante 1936] estaba la Antología Griega, texto griego y traducción francesa, editada en la colección Guillaume Budé. Menciono su adquisición porque esos breves poemas, en su concisión maravillosa y penetrante, fueron siempre estímulo y ejemplo para mí39.

El hecho de que un poeta canónico contemporáneo apunte la influencia recibida de los epigramas griegos nos lleva a desechar la idea de que se trata de una literatura marginal que ejerce su influencia sobre poetas menores. En esta línea, I. P. Rothberg, en su tesis, titulada The Greek Anthology in Spanish Poetry: 1500-1700 (1954), arribó a las siguientes conclusiones fundamentales:

1) Hubo una verdadera moda de la Antología Palatina en la poesía española de los siglos XVI y XVII.

2) Junto a la influencia indirecta a través de Horacio, Marcial, Ausonio, Alciato y la poesía italiana, una cuarta parte de las huellas detectadas deben atribuirse a influencia directa.

3) Es sorprendente el hecho de que se encuentren abundantes imitaciones en la obra de los poetas más señeros –Quevedo, Góngora, Lope de Vega–, cuando lo que se espera como normal es que los poetas menores y menos dotados dependan más de la Antología.

Numerosos estudios se han dedicado a rastrear las fuentes epigramáticas griegas de la poesía española, sobre todo las procedentes de epigramas satíricos y votivos; véanse, por ejemplo, los estudios de Marasso, Lida de Malkiel, Alonso, Crosby, Rothberg o Herrera Montero40. Menor atención se ha prestado a la influencia de los epigramas eróticos. A pesar de ello, Rothberg, en su trabajo mencionado supra, analiza varios ejemplos interesantes. La imagen que muestra al amante atado por un solo cabello de la amada tiene su origen en AP 5.230, epigrama de Paulo Silenciario dedicado a la hetera Dóride:

Dóride arrancó un solo cabello de su melena dorada y como a los prisioneros de guerra ató mis manos.

Al principio me reía, creyendo que me sacudiría fácilmente la atadura de la deseable Dóride.

Al no tener fuerzas para romperla, comencé a gemir como si estuviera encadenado por trabas de bronce.

Y ahora, tres veces malhadado, pendo de un hilo, llevado con rienda corta adonde mi dueña me arrastra.

Estos versos resuenan repetidamente en la poesía española. Rothberg cita, entre otros, versos de Garcilaso (Canción 4.101-4.103):

De los cabellos de oro fue tejida

la red que fabricó mi sentimiento,

do mi razón revuelta y enredada...,

de Gutierre de Cetina, quien adopta incluso el nombre de la mujer que aparece en el epigrama (Canción 1):

Dórida, tus cabellos

más rubios que el oro

........................................

La triste vida mía

colgada de ellos veo.

Ved si está bien librada,

de un cabello colgada

........................................

De cabellos tejida

fue la bella cadena

en que mi corazón se halla envuelto.

y de Herrera (Elegía 13):

Un blando hilo de un sutil cabello

en un lazo lo aflige apremiado

sin que pueda quebrallo o deshacello.

Por otra parte, según Rothberg, Fray Luis de León, para uno de sus poemas, a veces titulado «De la Magdalena», se inspiró en un epigrama erótico griego, directamente o, tal vez, a través de la versión de Ausonio; véase AP 5.21:

¿No decía yo, Pródice, «envejecemos»? ¿No anunciaba «pronto habrán llegado las destructoras del amor»?