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Por el título de "Libro de los gatos" se conoce una traducción parcial de las "Fábulas" o "Parábolas" de Odo de Chériton, predicador inglés que ejerció como profesor de Teología en las universidades de Palencia y Salamanca entre 1220 y 1232. La versión castellana de la obra se sitúa a caballo entre las últimas colecciones de cuentos del siglo XIV, como "El conde Lucanor", y los ejemplarios del XV, como el "Libro de los exemplos por ABC". Entre sus fábulas, surgidas de la tradición grecolatina y los bestiarios medievales, encontramos relatos tan populares como "la tortuga y el águila" o "el ratón de campo y el ratón de ciudad", de tradición esópica, pero también figuraciones de la vida humana, alegorías del pecador y un gran elenco de animales que simbolizan, cada uno a su manera, los vicios y miserias de la sociedad medieval.
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Seitenzahl: 339
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Libro de los gatos
Edición de David Arbesú
INTRODUCCIÓN
El Libro de los gatos
Historia crítica
Los ejemplarios castellanos
El Concilio de Letrán
Tipología del enxiemplo
Códices y transmisión
Biblioteca Nacional de Madrid 1182 («M»)
Archivo de la Real Chancillería de Valladolid («V»)
Fecha de traducción
Historia editorial
Número y orden de los ejemplos
Aspectos de la traducción
Fidelidad al modelo
El estilo literario
Los dos traductores y la crudeza del original
Cuestiones culturales
Juegos de palabras
Los dos compañeros
El ejemplo del fraile
Las moralizaciones
A modo de conclusión
ESTA EDICIÓN
AGRADECIMIENTOS
BIBLIOGRAFÍA
LIBRO DE LOS GATOS
1. Enxiemplo de lo que acaeció entre el galápago e el águilla
2. Enxiemplo del lobo con la cigüeña
3. Enxiemplo del ave de san Martín
4. Enxiemplo del caçador con las perdices
5. Enxiemplo del ave que quebranta huessos
6. Enxiemplo del ereje con la mosca
7. Enxiemplo del bufo con la liebre
8. Enxiemplo del mancebo que amava la vieja
9. Enxiemplo del gato con el mur
9a. [Enxiemplo del arana]
10. Enxiemplo de la[s] propiedades de las moscas
11. Enxiemplo de los mures
12. Enxiemplo de la bestia altilobi
13. Enxiemplo del gujano hydrus
14. Enxiemplo de lo que acaeció entre la gulpeja e el lobo
15. Enxiemplo del león e el lobo e lla gulpeja
16. Enxiemplo del mur que comió el queso
17. Enxiemplo de los canes e los cuervos
18. Enxiemplo del mur e la rana con el milano
19. Enxiemplo del lobo con los monjes
20. Enxiemplo de las ovejas con el lobo
21. Enxiemplo del ombre bueno con el lobo
22. [Enxiemplo de lla gulpeja con el gallo]
23. Enxiemplo de lo que acaeció a llos ombres con llos asnos
24. Enxiemplo de lo que acaeció a Galter con una muger
24a. [Enxiemplo de un grand señor]
25. Enxiemplo de los dos companeros
25a. [Enxiemplo de Buena Verdad e Mala Verdad]
26. Enxiemplo del abispa con la [a]rana
27. Enxiemplo de la mariposa
28. Enxiemplo del águilla con el cuervo
29. Enxiemplo del cavallero con el ombre bueno
29.a [Enxiemplo del león]
30. Enxiemplo del ombre que arava con los escaravatos
31. Enxiemplo de las abejas con los escaravatos
32. Enxiemplo del asno con el ombre bueno
33. Enxiemplo de la galina con el millano
34. Enxiemplo del león con el gato
35. Enxiemplo del ánsar con el cuervo
35a. [Enxiemplo del pecador]
35b. [Enxiemplo de llos juegos del axedrez]
36. Enxiemplo del millano con llas perdices
37. Enxiemplo de la gulpeja con el gato
38. Enxiemplo del cuervo con la paloma
39. Enxiemplo de la abobilla con el ruiseñor
40. Enxiemplo del fraire
41. Enxiemplo de los aldeanos
42. Enxiemplo de lo que acaeció a lla formiga con los puercos
43. Enxiemplo de la muerte del lobo
44. Enxiemplo del perro con el junco
45. Enxiemplo del unicornio
46. Enxiemplo de la gulpeja con el marinero
47. Enxiemplo del ximio
48. Enxiemplo del caracol
48a.[Enxiemplo del caracol]
49. Enxiemplo del araña con la mosca
50. Enxiemplo de la gulpeja
50a. [Enxiemplo de la ratonera]
51. Enxiemplo de la gulpeja con las galinas
52. Enxiemplo de lo que acaeció a la gulpeja con las ovejas
53. Enxiemplo del conde con llos mercaderes
54. Enxiemplo de una oveja blanca [e otra negra] e de un asno e un cabrón
55. Enxiemplo del galápago con el bufo
56. Enxiemplo de los mures con el gato
57. Enxiemplo del mur que cayó en la cuba
57a. [Enxiemplo de la pulga]
58. Enxiemplo del ombre que se le quemó la casa
59. Enxiemplo del lobo con lla liebre
CRÉDITOS
Para Francisco Gago Jover,por tantas afinidades y «concordancias»
Por el Libro de los gatos se conoce una traducción parcial de las Narraciones o Fábulas de Odo de Chériton (ca. 1185-1247), predicador inglés que visitó España entre 1220-1232 y que ejerció como profesor de teología en las universidades de Palencia y Salamanca1. En esencia, la obra de Odo (y por lo tanto el Libro) es una colección de fábulas y ejemplos de inspiración clásica que, combinados con material bíblico, se utilizaron para denunciar la conducta pecaminosa de la sociedad del momento. Íntimamente ligadas a la técnica del sermón medieval y con la mirada siempre puesta en la predicación, las fábulas de Odo no dejan títere con cabeza: el estamento religioso (monjes, abades, obispos) se lleva la peor parte, pero el clérigo de Kent —y el Libro de los gatos— se ensaña también con los nobles que abusan de sus privilegios, con los que se dejan llevar por las malas costumbres y, en definitiva, con todos aquellos que pecan de vanidad, lujuria, pereza o avaricia. De ahí el título de la versión castellana: los gatos son las personas falsas e hipócritas que, aparentando ser buenas, se revelan en realidad como mezquinas y corruptas2.
La historia de cómo las Fábulas acabaron convirtiéndose en el Libro de los gatos es realmente curiosa. Los años que Odo pasó en España fueron los más productivos de su carrera literaria, pues en nuestro país compuso sus Sermones in Epistolas (1224), los Sermonesde Festis (ca. 1225), el comentario al Cantar de los Cantares (1226) y las Fábulas, que (si quizás no llegó a completar en España) al menos inició. Sabemos también que los exempla que Odo utilizó en esta obra tuvieron una existencia anterior como remate a sus sermones, como así lo atestiguan los Sermones Dominicales de Tempore (1219) que compuso el mismo año que se doctoró por la Universidad de París y los Sermones Dominicales in Epistolas que escribió ya en España. En torno a 1225, el maestro de Kent decidió extraer un centenar de ejemplos (principalmente los protagonizados por animales) para componer sus Fábulas, centrándose ahora en lo que antes había sido un simple remate, y añadiéndole una moralización o exégesis al final. Las Fábulas, pues, fueron compuestas en fecha posterior a 1225, probablemente en España, en el entorno de las universidades de Palencia y Salamanca, donde Odo residió hasta 1232. A partir de ahí no volvemos a tener noticia de ellas hasta que aparece nuestro códice, el MS 1182 de la Biblioteca Nacional de España (M), que, a pesar de haberse fechado tradicionalmente a principios del siglo XV, debemos fechar ahora en torno a 1440-1450. Entre el modelo latino y su traducción castellana han transcurrido, pues, más de dos siglos, pero resulta que lo que antes eran las Fábulas de Odo ahora es, inexplicablemente, un anónimo Libro de los gatos.
Volviendo un poco sobre nuestros pasos, el descubrimiento de un segundo códice del Libro en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (V) a finales del siglo XX permite vislumbrar lo que ocurrió en el ínterin. A pesar de ser un testimonio muy parcial y tardío, de principios del siglo XVI, el cotejo de las dos fábulas compartidas por M y V permite postular que ambos códices se basaron en una misma traducción castellana y que su antígrafo estaba, además, plagado de erratas. Esto implica que entre el modelo latino y los dos códices que se conservan hubo al menos un par de copias intermedias: la primera traducción castellana del Libro y al menos otra copia más, que probablemente se realizaran —al menos una de ellas— en el último cuarto del siglo XIV.
Por último, volviendo al curioso caso del título, es evidente que el antígrafo de M y V no estaba en perfectas condiciones: además de presentar graves errores de copia, había perdido al menos un cuadernillo y uno de sus pliegos estaba fuera de sitio. Ante una obra sin título ni atribución, a la que le faltaba el prólogo y un puñado de fábulas al principio, el copista no se percató de que el texto con el que estaba trabajando era, en realidad, las Fábulas de Odo. En su lugar, y atendiendo a la temática de la colección, optó por iniciar con «aquí comiença el Libro de los gatos». El insólito cambio de identidad responde, pues, al deseo de un copista de dotar de título a una obra que se había transmitido acéfala3.
Lo más significativo de todo esto es que los problemas de atribución y título son exclusivos a nuestra versión. Es decir, ningún otro códice latino o traducción de las Fábulas se ha conservado como otra cosa que no sea, en efecto, las Fábulas de Odo. El caso de las traducciones vernáculas es el que más nos interesa. Aparte del Libro, las Fábulas cuentan con otras dos traducciones más: la primera y más antigua es una traducción al francés del siglo XIII de sesenta y cinco fábulas, un número muy similar al que se ha transmitido en la versión castellana; la segunda una traducción al galés del año 1400 de veinticuatro fábulas conocida como Chwedlau Odo («los cuentos de Odo»). Ninguna de ellas plantea los problemas de atribución de M: la versión galesa no tiene título, pero comienza con el conocido íncipit de Odo, «Aperiam in parabolis os meum» (f. 5v), tomado del Salmo 78(77):2, que no deja duda sobre su identidad. En el caso de la versión francesa, además de traducir el íncipit, «En parables ma boche overray» (f. 9r, Meyer, 1885, pág. 391), la obra viene claramente rotulada como Les parables maystre Oe de Cyrintime. Esto implica que nuestra versión castellana es única en haber despojado a la obra de su título y autor4.
El que nuestra obra sea una traducción no supone, como bien recuerda María Jesús Lacarra, «que haya que desdeñar su estudio» (1997, pág. 119). Antes al contrario, el Libro interesa a la historia literaria —en sabias palabras de Manuel Alvar— «por su valor intrínseco, por su significado para la historia cultural de Occidente y por su testimonio para la historia social» (1960, pág. 220). A caballo entre las últimas colecciones de cuentos del siglo XIV como El conde Lucanor (1331-1335) y los ejemplarios del XV como el Libro de los exemplos por ABC (1436-1438), en sus páginas encontramos fábulas tan populares como «la tortuga y el águila» o «el ratón de campo y el ratón de ciudad», de tradición esópica, pero también figuraciones de la vida humana, alegorías del pecador y un gran elenco de animales que simbolizan, cada uno a su manera, los vicios y miserias de la sociedad medieval. No falta aquí el humor ni el punto de ironía. El sarcasmo y la parodia son rasgo inequívoco de la obra de Odo y del Libro, hasta el punto de que la fábula se aleja de la finalidad didáctica y moralizante que había tenido en la Antigüedad y, en palabras de Eustaquio Sánchez Salor (1992, pág. 212), «deja de ser fábula para convertirse en sátira». La tradición grecolatina derivada de Aviano, Babrio y Esopo se ha refundido en Odo para servir a la predicación, y se refunde una vez más en el Libro para adaptarlas a la Castilla bajomedieval.
Destacable es entonces la labor de nuestro traductor, que si bien se mantuvo fiel al modelo en lo esencial, adaptó a su gusto los exempla, utilizando un estilo más literario, añadiendo o recortando donde le pareció oportuno, deshaciendo cuestiones culturales ajenas a su audiencia y llegando (quizás) a alterar el final de dos fábulas para mediar en su interpretación. Es por ello que, sin faltar a la verdad, podamos hablar por un lado de un «traductor avezado que se mantuvo fiel a la letra y escrupuloso con el sentido» (Alvar, 2013, pág. 23) y, por otro, de una adaptación con todas las libertades y distanciamientos del original posibles. No estamos, pues, ante una traducción servil de las Fábulas de Odo, sino ante un texto donde las intervenciones (conscientes e inconscientes) del traductor son tanto o más interesantes que su fidelidad al modelo.
El primero en reparar en la existencia del Libro de los gatos fue Pascual de Gayangos, aunque el descubrimiento no le causó —que digamos— gran impresión. En sus adiciones a la Historia de la literatura de George Ticknor (1851, pág. 503), el distinguido arabista se hacía eco de una mera «colección de apólogos y cuentos» cuyo único mérito era —según él— el de contener giros y modismos que recordaban a la prosa de don Juan Manuel. Tan desapasionado juicio volvería a repetirse unos años más tarde en su edición para la Biblioteca de Autores Españoles, a la sazón la primera de las ediciones de nuestra obra, en la que el Libro tampoco pasaba de ser una colección de cuentos recogidos «sin más objeto aparente que el de entretener a los lectores» (1860, pág. 445). Su criterio debió influir en la opinión de Théodore de Puymaigre (1862, II, págs. 450-451), quien se quejaba del extraño título de una obra para él sin importancia, y también en la de Ticknor (1879, pág. 80, n. 4), quien consideró el Libro «a work of small value».
Salvado este primer escollo de críticos decimonónicos, lo cierto es que la crítica supo apreciar pronto el valor literario y cultural de la obra. En el tomo IV de su Historia de la literatura española, José Amador de los Ríos le otorgó una categoría igual o superior al Libro de los exemplos por ABC que se conserva en el mismo códice, por ofrecer la nuestra «mayor interés a la crítica por el sentido práctico que la anima, encaminado a producir el efecto inmediato de la corrección de las costumbres por medio de la sátira» (1896, pág. 319). Para el erudito andaluz, el Libro representaba un nuevo estadio en el devenir artístico de la España medieval: se trataba de una obra que (al fin) se atrevía a poner el dedo en la llaga para denunciar la corrupción de los poderosos en maneras que ni el (noble) don Juan Manuel ni el (eclesiástico) Arcipreste de Hita habían querido o podido lograr. Entusiasmado por su defensa de los valores sociales, la justicia y la honradez, se deshizo en halagos hacia la colección:
Protesta noble de la virtud contra los vicios que plagaban la sociedad española del siglo XIV, manifestación generosa del sentimiento de la justicia contra la opresión ejercida por las clases privilegiadas ... El arte no había formulado aún aquella protesta de una manera indubitable, intento acometido por el autor del Libro de los gatos y desempeñado del modo en que más efecto podía producir a la sazón, valiéndose de la sátira. Alcanzaba la forma simbólica en la Península Ibérica la estimación y prestigio que hemos repetidas veces indicado, y —¡cosa en verdad digna de consignarse!— el apólogo que había nacido en Oriente del seno mismo de la esclavitud para condenar la tiranía de castas, convertíase ahora en la España del siglo XIV al mismo fin, rechazando la opresión de los privilegiados y poderosos (1896, págs. 319-321).
A las impresiones de Amador de los Ríos objetó (en privado) Ramón Menéndez Pidal cuando, en unas notas manuscritas sobre el Libro, sentenciaba para sí mismo que «¡este es el valor de las hipótesis y deducciones ligeras de Amador!»5. Es obvio que los siglos XIV y XV nos han legado otras obras (traducciones, de hecho) de igual temática, pero es que, además, ni al clérigo de Kent ni al anónimo adaptador del Libro le importaban lo más mínimo las desigualdades de clase ni la opresión de los más débiles, al menos en sus obras. Como bien ha apuntado Fernando Gómez Redondo (1999, II, pág. 2023), en nuestra colección «no es la injusticia o desigualdad lo que preocupa, sino la posibilidad de pecar en el cumplimiento de las obligaciones estamentales». El Libro, pues, no es «literatura de protesta», como parece interpretarlo Amador de los Ríos, sino una seria advertencia sobre el pecado y sus consecuencias.
Unos años después, sospechando que la obra se asemejaba a una «traducción bien hecha de algún Liber similitudinum escrito en latín», Marcelino Menéndez Pelayo (1905, I, pág. civ) volvía a hacer hincapié en el hermoso estilo del Libro, para él mucho mejor escrito que cualquier otra colección de la época (salvo las de don Juan Manuel), y en su sátira enconada y feroz, que superaba con creces a la de sus predecesores:
Esta sátira, no blanda y chistosa como la del Arcipreste, sino armada de fuego y disciplinas, recae sobre las más elevadas condiciones sociales: sobre los magnates y ricos-hombres tiranos, robadores y opresores de los pobres; sobre la corrupción y venalidad de los alcaldes y merinos reales, pero muy especialmente sobre los vicios de la clerecía secular y regular (1905, pág. ciii).
Hay que tener en cuenta, no obstante, que ni Amador de los Ríos ni Menéndez Pelayo sabían entonces que la obra que tanto ensalzaban era una traducción de las Fábulas, aunque en Europa ya se habían percatado de ello unas tres décadas antes.
En efecto, paralelamente a los estudios de los críticos españoles el Libro comenzó a llamar la atención de eruditos extranjeros, que supieron reconocer pronto su valor. Prueba del interés que la obra tuvo fuera de nuestras fronteras es su temprana traducción al alemán a cargo de Hermann Knust (1865), aunque los estudios más relevantes serán los de su tocayo y compatriota Hermann Oesterley (1868, 1871), quien demostró que la obra era, en efecto, una traducción de las Fábulas. A partir de ahí, el destino de la colección castellana quedará entrelazado para siempre al de su modelo latino: F. A. Ernst Voigt le dedicará un apartado en sus Kleinere lateinische Denkmäler der Thiersage (1878), estableciendo correspondencias entre sus fábulas y las del clérigo inglés, y lo mismo hará Léopold Hervieux, quien —tras un primer acercamiento crítico en 1884— dedicará a Eudes de Cheriton et ses dérivés el tomo IV de su monumental Les fabulistes latins depuis le siècle d’Auguste (1896). Más adelante irán apareciendo las ediciones de George T. Northup (1908), John E. Keller (1958) y Bernard Darbord (1984), una larga lista de artículos en torno a su título, y en los últimos treinta y pico años una serie de estudios centrados ya en varios aspectos que reclamaban (y siguen reclamando en gran medida) la atención de la crítica6.
Dentro de la literatura medieval castellana, el Libro de los gatos presenta la particularidad de pertenecer a un reducidísimo grupo de ejemplarios vinculados con la labor homilética de los predicadores del siglo XIII, aunque las compilaciones y traducciones de los siglos XIV y XV estarían destinadas ya, más bien, a un público que buscaba en ellas una lectura provechosa y amena. Esto no quiere decir —al menos no exclusivamente— que su objetivo fuera el de «entretener a los lectores» (Gayangos, 1860, pág. 445), ni tampoco que estos tratados fueran «libros para un público laico que contemplan una lectura privada» (Taylor, 2010, pág. 223)7. Más bien habría que pensar, como bien ha apuntado Lacarra (1999, pág. 255), en «obras destinadas a la lectura edificante», lo que no tiene por qué implicar que salieran de los circuitos eclesiásticos. Es sabido que otras obras similares, como las vidas de los santos, se utilizaron como lectura en muchos monasterios, como así lo atestigua una de las instrucciones que encontramos en la Regla de san Benito: «Luego que acaben de cenar, si no fuere día de ayuno, se sentarán todos en un mismo lugar y leerá uno de ellos las Colaciones, o Vida de los Padres, u otra cosa que edifique a los oyentes» (Lacarra, 1999, pág. 261). A este testimonio podemos añadir el de uno de los códices castellanos del Espéculo de los legos, donde, justo al comenzar el capítulo LVII referente a las mujeres, encontramos una curiosa advertencia: «este capítulo non se lea a la mesa» (MS BNE 18465, f. 106v). Esto indica que este tipo de ejemplarios, en sus traducciones vernáculas, eran lectura frecuente en los refectorios de los monasterios, donde uno de los monjes leería en alto los diferentes exempla mientras el resto comía. En este contexto hay que entender, creo yo, la aparente contradicción entre los que opinan que este tipo de textos se utilizaba para la predicación (Baldissera, 2005, pág. 9; García de Lucas, 2019, pág. 150) y los que lo destinan a una lectura más o menos privada (Bizzarri, 1995, pág. 108; Taylor, 2010, pág. 223). El que estas obras fueran utilizadas como lectura en los monasterios, como se deduce de las citas arriba indicadas, no implica que no aportaran valiosos ejemplos y anécdotas que los religiosos podrían aprovechar después en su labor homilética8.
Además del Libro (copiado en 1440-1450, pero traducido probablemente en el último cuarto del siglo XIV) conservamos dos ejemplarios más: el Libro de los exemplos por ABC de Clemente Sánchez (1436-1438) y el Espéculo de los legos (1447-1455, aunque su traducción puede ser también de finales del XIV). El primero, copiado en el mismo códice que el Libro, depende en gran medida de otro texto latino del siglo XIII, la Summa de poenitentia del franciscano Servasanto da Faenza. El segundo, que bebe en numerosas ocasiones de los exempla de nuestro autor, «maestre Odo de Séricon», es fiel traducción del Speculum laicorum, colección de relatos reunida en Inglaterra en el último cuarto del siglo XIII y perteneciente también al ámbito franciscano. A este pequeño grupo podríamos añadir otras obras del siglo XV de menor calibre, como la colección de Exemplos muy notables o los Ejemplos del yermo9, pero es obvio que los tres ejemplarios más importantes comparten varias características cruciales: además de los aspectos temáticos y de estructura (Biglieri, 1992, pág. 43), todos son traducciones, o dependen en gran medida, de obras del siglo XIII compuestas por religiosos que se han conservado en códices del XV.
Las coincidencias no son casuales. Castilla, quizás por su devenir histórico, se suma mucho más tarde que otros territorios a la moda de los ejemplarios. El auge de este género debe emplazarse en el siglo XIII, donde fueron numerosos los autores que, como Odo, recurrieron al exemplum para propagar su mensaje. Dejando de lado la Disciplina clericalis de Pedro Alfonso de Huesca (bautizado en 1106) y toda la cuentística de tradición oriental en la Península Ibérica, son fundamentales los Sermones de Jacques de Vitry (ca. 1165-1240), el Tractatus del dominico Étienne de Bourbon (ca. 1180-1256) —con cerca de tres mil relatos—, el Speculum historiale del dominico Vicente de Beauvais (ca. 1190-1264) o las obras del franciscano John of Wales (muerto en 1285), entre muchísimas otras10.
Ante este nutrido panorama cabe destacar que tanto las Fábulas como el Libro fueron obras pioneras en su día. Las primeras, compuestas en torno a 1225-1230 (Friend, 1948, pág. 388), destacan por su precocidad. En opinión tan autorizada como la de Francisco Rodríguez Adrados (1985, págs. 593-594), las Fábulas de Odo son una colección «muy innovadora, que rompe antiguos esquemas e introduce abundante material medieval, con frecuencia coincidente con el de la épica animal». Además, como bien recuerda Lacarra (1986, pág. 20), la recopilación de exempla en colecciones no se generalizó hasta la segunda mitad del siglo XIII, y la práctica de incluir junto con la anécdota un amplio desarrollo moralizado se inició a comienzos del XIV con obras como la Gesta Romanorum, con lo que, por ambos aspectos, las Fábulas de Odo «inauguran lo que será después una moda muy extendida». De la misma manera, y a pesar de que no se pueda fijar con exactitud su fecha de traducción, nuestro Libro parece remitir al último cuarto del siglo XIV, con lo que también supuso una innovación literaria dentro de su particular modalidad y en la corona de Castilla.
Tanto la obra de Odo como el Libro deben ponerse, pues, en relación con las reformas promovidas por el IV Concilio de Letrán (1215), que en la Península Ibérica intentaron aplicarse, tímidamente, en sendos concilios de Valladolid (1228) y Lérida (1229). De Letrán, como es sabido, surgió un importante movimiento de reforma religiosa que tuvo en la educación del clero una de sus disposiciones fundamentales. A instancias del papa Inocencio III se crearon escuelas en iglesias y catedrales, se potenció la instrucción de los feligreses a través de la predicación y se crearon las órdenes mendicantes. En lo que a nosotros concierne, una de las disposiciones de Letrán cobra especial relevancia: la importancia del sermón como herramienta de enseñanza. Como resultado, las colecciones de sermones comienzan a popularizarse en este siglo, pero, como ya expusiera Derek Lomax en su día, los predicadores no se conformaron con recopilar anécdotas bíblicas, sino que a menudo recurrieron también a las compilaciones de exempla y las Artes praedicandi. En este sentido,
the importance of the books of exempla can hardly be over-emphasized. The preacher needed collections of stories from which to select stories to illustrate his theme, and if at first he relied principally on Christian stories [...] he soon incorporated Pagan Antiquity —Aesop, Valerius Maximus, Ovid, and for that matter the Physiologus— and, from the early twelfth century, stories translated from the Arabic (Lomax, 1969, pág. 303).
Las obras de Odo responden claramente a este nuevo método de instrucción, pues, como bien ha explicado Marta Haro Cortés (2013, págs. 6-8), a la hora de instruir a sacerdotes y legos las Artes praedicandi recomendaban la inclusión de exempla para ilustrar las amplificaciones y divisiones de la cita bíblica que aportaba el tema del sermón. Los apólogos apoyaban el mensaje doctrinal de los predicadores, eran la plasmación práctica de la lección teórica y, a partir de la anécdota, se podía llegar fácilmente a la norma de conducta religiosa universal.
Odo ya había desarrollado esta técnica en sus Sermones, algo anteriores a sus Fábulas. En el sermón específico para la Circuncisión de Jesús (1 de enero), por ejemplo, encontramos la habitual concatenación de citas bíblicas con sus comentarios, que concluyen con varios ejemplos para reforzar el mensaje. Entre ellos, nada menos que una versión muy abreviada de nuestra fábula §19: «Lupus ut possit carnibus agninis saturari, fecit se tonderi, et monachus factus est. Defficientibus carnibus, cucullam reliquit, et ad silvam reversus est»11. El caso no es, ni mucho menos, único, pero lo que importa resaltar aquí es la transformación de estos ejemplos según se utilizaran en los Sermones o en las Fábulas. Si en aquellos quedaban enmarcados en un sermón específico y se utilizaban como colofón y apoyo a las citas bíblicas, en estas ocupan una posición central (anécdota) y son ellos los que se ven complementados al final con una moralización religiosa. Así, la fábula XXII (De Lupo qui voluit esse monachus) es en esencia la misma historia que acabamos de citar, pero su estilo es muy distinto:
Isemgrinus semel voluit esse monachus. Magnis precibus optinuit quod capitulum consensit; coronam, cucullam et cetera monachalia suscepit. Tandem posuerunt eum ad litteras; debuit addiscere «Pater Noster», et semper respondit «agnus» vel «aries». Docuerunt eum ut respiceret ad crucifixum, ad sacrificium, et ille semper direxit oculos ad ariete (Hervieux, 1896, pág. 195).
La parquedad del ejemplo acoplado al sermón deja paso ahora a una historia mucho más amena y salpicada de referencias literarias y culturales. El protagonista no es ya un lobo anónimo, sino el «Isemgrinus» del Roman de Renard, la trama se ve enriquecida con ironía y juegos de palabras y se presenta un relato más literario que el que encontramos en el sermón. La transformación en cuanto a estilo y contenido es, pues, enorme, aunque el propósito sigue siendo el mismo: el exemplum, bien como colofón a un sermón o como anécdota principal, se utiliza para facilitar el aprendizaje de una determinada moralización religiosa que se pretende transmitir.
La reorganización de contenidos que se ha llevado a cabo en el paso del sermón al apólogo es crucial, puesto que es precisamente esa nueva «structure allégorique», como bien la definió Darbord (1981a), la que permite que la mayoría de los relatos pueda tener más de una interpretación. Si en el sermón se antepone el thema sacado de las Sagradas Escrituras a las anécdotas que la matizan, en los apólogos se da preeminencia a estas últimas, que pueden ser interpretadas de diversas maneras aplicando criterios muy flexibles. A dicha flexibilidad ayuda, claro está, la brevedad y laconismo de muchos de estos apólogos, pues, como bien recuerda Aníbal Biglieri, para el Libro se podrían hacer extensivas las palabras que Menéndez Pidal dirigió en su día al autor de la Disciplina clericalis: «le preocupa únicamente la estructura en su más breve y lógica esencialidad; todo lo que no hace falta, sobra» (1992, pág. 25).
Siguiendo la estela de las Fábulas, el Libro es, a su vez, producto de la tardía respuesta de Castilla a los ideales reformistas de Letrán, que en la Península Ibérica no llegaron a implementarse seriamente hasta el concilio paralelo a las Cortes de Valladolid de 1322, de gran importancia para la historia de Castilla. La crítica de costumbres, extendida a todas las capas de la sociedad (y especialmente virulenta en lo que atañe al estamento religioso) responde al grado de relajación extrema y la atmósfera de inmoralidad que se podía apreciar en la Iglesia española no solo en las décadas posteriores al concilio, sino incluso un siglo después (Bizzarri, 1987, pág. 5).
Es por ello que al menos un tercio de sus fábulas está relacionado con el estamento religioso, aunque cabe destacar las que versan sobre los prelados ignorantes y negligentes, otra de las preocupaciones surgidas de Letrán. En los ejemplos §16, §18, §21, §32 y §56 se critica a los capellanes que derrochan los bienes de la parroquia, a los curas «que non son letrados e non entienden qué cosa son pecados», a los clérigos y monjes que ostentan altas dignidades pero «non saben nada de bien» o a los que «non quieren servir a Dios». Si bien es cierto que el propósito de nuestra obra no es solo el de criticar al estamento religioso, la naturaleza de los reproches a este particular grupo está en clarísima consonancia con lo anteriormente expuesto, con lo que no queda sino admitir que el Libro, «en su crítica al clero es un fiel representante de los ideales reformistas del IV Concilio de Letrán de 1215» (Bizzarri, 1987, pág. 12).
Es importante resaltar también que, por mucho que se haya reorganizado la estructura del sermón homilético, la huella de las Artes praedicandi sigue siendo visible en las Fábulas y en el Libro. Para Bizzarri, que dedicó un importante trabajo al tema, esta sería quizás «la marca que más caracterice al Libro de los gatos del resto de sus congéneres castellanos» (1995, pág. 114), aunque es necesario matizar, con el autor, que dicha huella no se debe a haber imitado la estructura del sermón (pues ni siquiera es así en las Fábulas), sino a seguir usando sus técnicas expositivas. En el Libro, el uso de la primera persona del plural, de admoniciones públicas, de plegarias o de «dramatizaciones, preguntas, exclamaciones y rasgos homiléticos ayudan a otorgar a la lengua de las moralizaciones la gracia y viveza de la lengua oral que el predicador frecuentemente mechaba en sus sermones» (1995, pág. 114).
Cabe entonces considerar el tipo de relatos que se han utilizado. En las Fábulas es el propio Odo el que nos advierte de la técnica que va a utilizar: «Aperiam in parabolis os meum». Para ello hace referencia al versículo en el que Boz le indica a sus segadores que dejen caer espigas de sus manojos para que Rut las recoja (Rut 2:16). En la primera de sus interpretaciones alegóricas, el clérigo aporta una cita bíblica que se interpreta por partes: Boz representa a Jesucristo; los segadores a los apóstoles y los obispos; el manojo es la Biblia y las espigas son los ejemplos sacados de ella. Rut, por su parte, representa «al débil, y se refiere a los laicos que no tienen fuerzas si no las reciben de los prelados» (Sánchez Salor 1992, pág. 222). El camino a seguir está claro: los religiosos deben tomar ejemplos sacados de la Biblia para «alimentar» a sus súbditos y cuidar de sus almas. Pronto se detiene Odo en varias citas más, de las que nos interesa la última, muy conocida, de Gregorio:
Y puesto que, como dice Gregorio, muchas veces son mejor los ejemplos [exempla] que las palabras, hablaré en forma de fábulas [parabolis], y, puesto que se recuerdan mejor las parábolas y fábulas [similitudines et exempla] escuchadas con agrado que las palabras, pondré ejemplos, con cuya comprensión el sabio será más sabio (Sánchez Salor 1992, pág. 222).
Esta última cita incide en el conocido tópico del «delectare et prodesse»: es más fácil utilizar ejemplos o fábulas para instruir al pueblo, puesto que estos se fijan mucho más fácilmente en la memoria que las palabras. Sin embargo, encontramos aquí ya una confusión terminológica. ¿De qué tipo de ejemplos estamos hablando? Odo no habla nunca de «fábulas»12, irónicamente el tipo de relato más utilizado en su obra, sino más bien de «parabolae», «exempla» y «similitudines». El caso no es extraño. Como bien ha comentado Lacarra, los predicadores del siglo XIII insistían, sin saber explicarlo conceptualmente, «en la utilidad de parábolas, comparaciones, milagros o ejemplos» (1986, pág. 24), y es obvio que los compiladores como Odo entendían que había diferencias entre ellos, puesto que los designaban con términos distintos. Sin embargo —continúa la autora—, «todos cumplen una función similar, lo cual justifica que en sus colecciones recurran indistintamente a unos y otros» (1986, pág. 25). De ahí, por ejemplo, que ni siquiera haya unanimidad en los códices a la hora de referirse a la obra del clérigo inglés: «narraciones» las llama el MS Arundel 292, «parabolae» el MS Harley 5235, «fabule diverse» el MS Harley 219 o «exempla de animalibus» el MS Royal 7 C.i, entre otros13.
Ni las Fábulas de Odo ni el Libro recurren, pues, a la parábola, sino más bien al exemplum, que podríamos definir como «un récit ou une historiette, une fable ou une parabole, une moralité ou une description pouvant servir de preuve à l’appui d’un exposé doctrinal, religieux ou moral» (Welter, 1927, pág. 1). Sin embargo, en un estudio pionero sobre la clasificación de los ejemplos del Libro, Lacarra (1986, pág. 25) ha objetado, con razón, que definiciones como la anterior son demasiado generales y, aunque correctas, no nos permiten apreciar la gran diversidad de relatos que se agrupan bajo este único término. Para el caso del Libro, la autora ha identificado cinco categorías distintas que reproducimos a continuación, haciendo extensiva su categorización a todos los ejemplos de nuestra obra y modificando someramente algunos de ellos14:
La primera categoría identificada por Lacarra es la del exemplum en su sentido más restrictivo: una narración breve de un acontecimiento presentado como verdadero, que sucede una sola vez a un protagonista humano. A esta categoría podríamos adscribir nueve ejemplos: §6, §8, §24a, §29, §35a, §40, §41, §53 y §58. En todos ellos la anécdota se presenta como auténtica en el sentido isidoriano de historia (sucesos reales) o incluso de argumentum (hechos posibles, aun cuando no hayan ocurrido realmente), o lo que los predicadores medievales entendieron luego por narratio authentica como oposición a narratio ficta (Lacarra, 1986, pág. 28). En estos relatos no hay animales que hablan ni acciones inverosímiles, y la acción se presenta cerrada y no dilatada en el tiempo. Obsérvese además que estos relatos pueden ser ejemplares en sí mismos, lo que explicaría el hecho de que ninguno de ellos fuera utilizado en los Sermones a los que ya nos hemos referido, lo que refuerza aún más su categorización dentro de un mismo grupo.
Una segunda categoría, la más popular en las Fábulas y en el Libro, es la de fábula, entendida esta no en un sentido general de relato, sino como una historia protagonizada por animales, aunque pueda aparecer algún humano. Su narración sigue los mismos cauces que los del exemplum, pero la naturaleza de los personajes afecta a la esencia misma del texto y, a diferencia del exemplum, sí es necesaria la lección para que la anécdota tenga valor ejemplar. A esta categoría podemos adscribir más de la mitad de los ejemplos, treinta y ocho, entendidos de nuevo bajo el prisma isidoriano de fabule, es decir, de hechos maravillosos que no ocurrieron ni pueden ocurrir, o lo que los predicadores entendieron por narratio ficta. Nos referimos a los ejemplos §2, §4, §7, §9, §11, §14, §15, §16, §19, §20, §21, §22, §23, §25, §25a, §26, §27, §28, §29a, §30, §31, §32, §33, §34, §35, §36, §37, §38, §39, §44, §46, §51, §52, §55, §56, §57, §57a y §59.
La tercera categoría, allegoria, es una subcategoría de las anteriores, es decir, comprende aquellos ejemplos y fábulas que tienen sentido alegórico. En estos, la lectura aislada de la parte anecdótica deja entrever la necesidad de la interpretación, lo que no sucedía en los anteriores. El nivel anecdótico es mucho menos importante que el nivel interpretativo (el comentario del predicador para desvelar el sentido) o el pragmático (que extrae del sentido anterior una norma de conducta general). A las fábulas y ejemplos alegóricos adscribe Lacarra §1, §24, §45 y §54, a los que me permito añadir el §43, un relato tomado del ciclo medieval de Renard donde los protagonistas animales no hablan y donde la acción solo es importante en cuanto se interprete de manera alegórica.
Una cuarta categoría es la de descriptio (u observaciones de animales y sus costumbres tomadas de los bestiarios, de la tradición del Physiologus o de las Etimologías isidorianas). Estos se caracterizan por su falta de dinamismo, centrándose en una breve descripción de la que se saca después una interpretación. A esta categoría podemos adscribir catorce ejemplos: §3, §5, §9a, §10, §12, §13, §17, §18, §42, §47, §48, §48a, §49 y §50.
Por último, un solo caso encuentra Lacarra de similitudo con valor ejemplar, §35b, entendiendo por similitudo la comparación que se establece con una realidad estática, mientras que el exemplum se relaciona siempre con el desarrollo dinámico de una narración. En efecto, este ejemplo carece de argumento o narrativa, siendo únicamente una comparación clara y directa entre las jerarquías sociales y las que se dan en el ajedrez.
Como se puede ver, aunque todos los relatos incluidos en las Fábulas y el Libro puedan agruparse bajo la denominación genérica de exemplum, el análisis revela la riqueza de materiales y técnicas expositivas que se han utilizado en ambas obras. Tal diversidad de recursos es interesante en cuanto supone, como bien recuerda Gómez Redondo (1999, II, pág. 2015), que el Libro «supera a cualquier otra recopilación de cuentos de la Edad Media y revela el aprovechamiento que su formador latino había logrado extraer de las técnicas del Ars Rhetorica».
Los dos códices del Libro de los gatos que han llegado hasta nosotros están incompletos. La mejor copia es la conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid, base de nuestra edición15:
M (1440-1450). Biblioteca Nacional de Madrid MS 1182 (olim F-119, C-217, 129-9-A). Proveniente de la librería de Benito Maestre. Rotulado en el lomo: Exemplos y fábulas morales. Códice en letra gótica cursiva de mediados del siglo XV, en cuarto. Consta de 205 folios (190 x 140 mm) en papel más dos páginas de guarda en blanco: la primera al principio del manuscrito, sin numerar; la segunda al final, numerada como f. 206 y haciendo talón en el último cuadernillo.
El códice está formado por diecinueve cuadernillos: 110, 22, 310, 414, 56, 612, 712 (-h. 9 talón), 812, 914, 1010, 1114 (-h. 14 talón), 1210, 1312, 1412, 1512, 1612 (-h. 12 talón), 1710, 1812, 1912. Copiado por cinco manos diferentes: M1 (ff. 1r-42v), M2a (ff. 43r-54v), M2b (ff. 54v-89r), M2c (ff. 91r-170v) y Libro de los gatos (ff. 171r-205v)16. La paginación es correcta, salvo por el f. 17 y el f. 153 (que se numeran como f. 16 y f. 143 y se corrigen a lápiz). Este último error afecta a los folios siguientes, habiendo a partir de aquí un desfase entre la primera numeración y la segunda.
El códice contiene el Libro de los ejemplos por ABC de Clemente Sánchez (ff. 1r-170v), que se conserva acéfalo, y el Libro de los gatos (ff. 171r-205v), que queda truncado a mitad del ejemplo §59. Además, para rellenar espacio sobrante se han copiado dos breves cuentos: Un rey tenía una ciudad en la cual avía poca justicia (f. 42v) y Cuenta Ovidio en una fabla que era una muger atán luxuriosa (f. 170v). Posteriormente se ha copiado un recibo fechado en 1540 en el f. 89v(Conosco yo, Juan de San Marco...), una súplica en el f. 90r(Señor primo, ya sabe Vuestra Merced...) y una receta para el dolor de muelas en el f. 90v(Para cualquier manera de sanidad...). El Libro de los gatos comienza en la última hoja del cuadernillo 16 (salvo talón) y ocupa por entero los cuadernillos 17, 18 y 19. Esto garantiza —y el dato es importante— la continuidad de copia con respecto a la obra de Clemente Sánchez, ya que el primer folio del Libro de los gatos (f. 171) está copiado en el mismo pliego que ocupa el f. 162 del ABC. El texto de Clemente Sánchez, escrito entre 1436 y 1438, nos permite establecer esta fecha como terminus a quo, pudiendo fechar el códice entre los años de 1440-1450.
La crítica ha venido incidiendo en los rasgos leoneses del códice, pero cabe matizar la afirmación. El análisis lingüístico de M remite, en realidad, a un castellano con fuertes rasgos de «leonés oriental» característico de las provincias de León, Zamora y Salamanca, más específicamente de esta última. No cabe duda de que M fue copiado en torno a 1440-1450 por varios amanuenses distintos, y que al menos uno de ellos (la mano M1 + Libro, que es la misma) mostraba claros rasgos dialectales del leonés, entendiendo por «leonés» los resquicios de dicha lengua que aún pervivían en el siglo XV —y perviven hoy— en varias comarcas de la provincia de Salamanca. A este respecto son esclarecedores varios de los rasgos visibles en M1 + Libro: las formas de pretérito de la tercera persona del plural (diórenle, maravilórense, cobroren, vinieren, ovieren, etc.), el cierre de vocales finales (manu, plúgule, malinus, incestu, apetitu, avemus, podemus, etc.), la confusión de las grafías l y ll para representar los valores laterales líquido y palatal (aunque no es rasgo extraño al castellano), la utilización del signo de la nasal alveolar (n) para representar el de la palatal (ñ), o la variación gráfica en las sibilantes (cómenjelo, eclegiástico, iglegia, gujano, lijonjas, quijéredes,
