IBEX 35 - Rubén Juste - E-Book

IBEX 35 E-Book

Rubén Juste

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Beschreibung

Este libro arroja luz sobre las múltiples idas y venidas por las que un alto cargo del Estado pasa a formar parte de una gran empresa, o un empresario pasa a ser un funcionario del Estado. Estos viajes, poco explorados hasta ahora, son un símbolo de la historia reciente de España, cuyo resultado es un Estado progresivamente derrotado. Sin embargo, desde el inicio de la crisis en 2008, solo una empresa del IBEX 35 ha sido liquidada: Martinsa-Fadesa. El índice bursátil permanece así inmaculado, mientras el Estado ha pasado por un proceso de adelgazamiento, reducción de competencias económicas y limitación del gasto. Con el trasfondo de una base exclusiva de datos sobre puertas giratorias entre el Estado y el IBEX 35, Juste trata de desvelar el sentido de estas. La línea que une dos polos, dos esferas, la política y la económica, que se tocan a través de los dedos de los miembros de los consejos de administración y los miembros del aparato del Estado, y cuyo movimiento va acompañado de una transferencia de recursos y una legislación. IBEX 35 puede aclarar el dilema que plantean las puertas giratorias: ¿es el Estado el que regula y condiciona el devenir de las grandes empresas, o son las empresas las que han pasado a tener un mayor control de determinadas áreas del Estado?

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Seitenzahl: 552

Veröffentlichungsjahr: 2017

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© Del libro: Rubén Juste de Ancos

Edición en ebook: marzo de 2017

© De esta edición:

Capitán Swing Libros, S.L.

Rafael Finat 58, 2º4 - 28044 Madrid

Tlf: 630 022 531

www.capitanswinglibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-946737-9-5

© Diseño gráfico: Filo Estudio www.filoestudio.com

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra Ortiz

Maquetación ebook: [email protected]

Queda prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

Rubén JusteToledo, 1985

Licenciado y doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, ha realizado su tesis doctoral sobre puertas giratorias en el IBEX 35. Especializado en Metodología de la Investigación y en Análisis de Redes Sociales, ha publicado diferentes artículos académicos sobre redes empresariales, redes de comunicación en prensa o preferencias electorales. Al igual que muchos compañeros de generación, tuvo que salir del país tras el estallido de la crisis económica. Su trayectoria ha transcurrido en un largo peregrinaje por países como Australia, Paraguay y Ecuador. En América Latina fue consultor político para diversas formaciones políticas, además de docente en varias universidades. Está especializado en política paraguaya, sobre la cual ha escrito varios artículos en prensa y revistas especializadas.

Su más reciente publicación es Cartismo y el proyecto de una clase transnacional, en Descartes (2015). Durante los últimos años ha estado buceando en la base de datos de la CNMV, rodeado de abogados, inversores y preferentistas desesperados, mientras extraía datos para poder explicar quiénes eran y cómo se organizaban los que han decidido en las últimas décadas el futuro del país. Actualmente es articulista de política y economía en el semanario CTXT, donde se dedica a contar la historia de los que mandan y no se presentan a las elecciones.

Contenido

Portadilla

Créditos

Autor

Introducción

Ibex 35. Una historia herética del poder en España

01. El PSOE de Solchaga inaugura el IBEX 35 y el nuevo Estado

02. La «casa Aznar», al abordaje del IBEX y de América

03. Zapatero riega el jardín del IBEX 35 y del Gobierno en la sombra

04. Un Estado llamado IBEX 35 en crisis: la clase dirigente se divorcia de España

Epílogo

Cita

01

El PSOE de Solchaga inaugura

el IBEX 35 y el nuevo Estado

Mil novecientos noventa y dos. El dígito, el noveno, anunciaba el fin de siglo y de milenio. En España, su simbolismo lo convertía en una redondeada llave; más aún, en aquella que encajaba a la perfección en la cerradura de una puerta tenebrosa: tras ella, oculto, agazapado —y al fin encerrado con llave—, se encontraba aquel espíritu sin humor, gris, de bigote negro y cejas pobladas, y tendencia a empujar recurrentemente al país a las simas más profundas. Ese espíritu, que encarnaba la historia trágica de España, había desaparecido. Supuestamente, el nueve había dispuesto las garantías de no retorno a partes iguales: el olvido y demonización de la experiencia soviética y la desaparición de arengas franquistas y de soflamas militares golpistas eran condición necesaria para mantener dicha puerta cerrada. «En la nueva sociedad internacional que hemos de diseñar entre todos, ya no hay modelos de referencia con los que alinearse. Existe la voluntad de asentar firmemente los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos como los principios básicos que han de guiar las relaciones internacionales», dijo Felipe González, solemne y ante 1.800 distinguidos asistentes de todo el mundo, incluido el Gobierno en pleno. Era un primaveral 20 de abril de 1992, día de la inauguración de la Exposición Universal de Sevilla y solo faltaban tres meses para que el flameante pebetero de Montjuïc diera el pistoletazo de salida a los Juegos Olímpicos. Tres meses antes, la campana de la bolsa había anunciado, sin tanto bombo y platillo, el arranque del índice bursátil IBEX 35, con 35 consejeros de dichas empresas procedentes de las entrañas del Estado franquista.

Aquel horizonte irreversible fue durante largo tiempo suficiente para que el PSOE y Felipe González sostuvieran el bastón de mando. Aferrados al argumentario coacher, en una y otra elección ambos se presentaban como ejemplo de superación de la historia trágica de España —la que «nunca acaba bien», que retrataba Jaime Gil de Biedma—. Obstinado, González cavó una y otra vez una zanja entre el PSOE y sus adversarios; desde el Partido Comunista de Carrillo al Partido Socialista Popular de Tierno Galván; y luego frente a Izquierda Unida, capitaneada por Julio Anguita. A todos los puso al lado del Partido Popular: los tristes y peligrosos, frente a una España en positivo. Junto a él, en la misma zanja soleada, Juan Carlos I. Aquella fórmula funcionó hasta 1996 y aún entonces solo le separaban 15 diputados y 290.328 votos del victorioso Partido Popular de Aznar.

Durante catorce años representaron los papeles protagonistas de la nueva era: González, de la mano del rey, borraron la marca de continuismo del sistema salido de la constitución de 1978. Simbolizaban una transición sin traumas, convertidos en amas de llaves de la transición política al permitir cerrar bajo candado el pasado —ley de amnistía mediante—, con la promesa de no confrontar las dos Españas, y de unir las fuerzas del pasado (rey) y del futuro (González) para modernizar España. Todo cambiaba, y el PSOE y el rey eran la garantía de no retorno desde las elecciones del 28 de octubre de 1982, en que un pletórico Alfonso Guerra, con un Gobierno y una mayoría absoluta aplastante de 200 diputados bajo el brazo, sentenció: «Vamos a poner a España que no la va a reconocer ni la madre que la parió». Las expectativas eran elevadas, era el primer Gobierno desde la II República integrado por miembros de un partido denominado socialista. «¡Por el cambio!», gritaba el eslogan del PSOE en las elecciones.

Apariencia y esencia de aquel 1992:

el nuevo poder discreto

Aquella década de los ochenta terminó siendo un rompecabezas para aquellos que intentaban descifrar sus códigos. Marcada por aquel «quien que no esté colocado, que se coloque» —que gritó el alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván—, aquella década, al igual que aquella expresión, se anunciaba ambivalente: oscilaba entre sueños prometeicos, altibajos y ambiciones frustradas. No es para menos, pues la ansiada democracia trajo bajo el brazo una crisis económica aguda que se cebó con la población más joven, aquella que había crecido con el entusiasmo de ver morir al régimen en la cama, había ido a la universidad con el PSOE, y hacía la cola en el INEM mientras escuchaba que «España es el país donde es más fácil hacerse rico». La realidad y la ficción volvieron loca a aquella generación, que transitaba entre la idea de colocarse en la sociedad o ser devorada por la heroína.18

Todo aquello pareció caer con el muro de Berlín. Los noventa, en cambio, entraban con un matiz más amplio de colores y un dominio del principio derealidad, un sentido de las cosas alejadas del marxismo suspicaz de los ochenta, o de la mirada sospechosa de Foucault, que nos advertían del trasfondo oscuro y conspirador del poder y empujaban al desencanto existencial. Los noventa eran otros tiempos y aunque el nivel de paro parecía anunciar un retroceso, la nueva y arrasadora cultura del consumo dilapidaba toda voz divergente con su sentencia progresista: «Cualquier tiempo pasado fue peor».

En la fuerza de aquellos símbolos intervino una cultura de consumo que entró en tromba para quedarse. Aquella cultura reemplazó los cantautores de la Nova Cançó de los setenta como símbolos de una nueva sociedad en libertad, por las nuevas boybands como Backstreet Boys o 'N Sync que reivindicaban el hedonismo juvenil sin límites. En el plano de la cultura underground, la new wave berlinesa que atrapó a David Bowie dio paso a la nueva ola de punk-rockers con acento californiano, que servían de banda sonora de las hipersexualizadas series de verano. Alaska y Almodóvar dejaban su sitio a Australian Blonde e Historias del Kronen.

Escondido detrás de los nuevos símbolos de la cultura norteamericana del consumo, entraba sigilosamente el capital extranjero. España se había convertido en destino codiciado por inversores internacionales, y entre 1980 y 1990 se multiplicó por trece el stock19 de inversión extranjera directa (IED), que pasó de 5.140 millones de dólares a 65.916 millones, un 2,2 % del PIB en 1992, lo que convertía a España en el noveno destino preferido de inversores extranjeros.20 Estos llegaban pletóricos a España, viendo la apertura de grandes nichos de mercado que se abrían al capital extranjero, gracias a la desregulación de múltiples sectores. Pero no solo fue una simple llegada en masa de inversores foráneos, sino de una gama de productos nunca antes vistos.

La más emblemática fue Canal +, a quien se concedió la licencia de emisión en 1989, el año de la caída del muro de Berlín. Los Polanco, dueños de El País, se aliaron con Canal + Francia (producto del lugarteniente de Mitterrand, André Rousselet), para replicar la franquicia francófona de televisión por suscripción en España, la única que existió en el país hasta que en 1997 apareció su competidora aznarista, Vía Digital. La entrada de Canal + fue toda una revuelta cultural que abría en canal una cultura pop perdida entre la movida ochentera y el folklore machista de Pajares y Esteso. Era todo un nuevo mercado de cultura, on demand,que hacía soñar a la juventud de entonces con ponerse a la altura de sus colegas europeos: la NBA, las series norteamericanas, películas, las noticias del guiñol, vídeos musicales en Del 40 al 1, o el puntual porno de los viernes. Era el nuevo momento de cultura de pago, que ponía en circulación símbolos inexistentes en España hasta entonces.

Estos símbolos eran también un mensaje político, a través del cual los medios aliados al PSOE anunciaban que el país avanzaba a otra velocidad, sin curva u obstáculo que pudiera interrumpir nuestro rumbo a la globalización. El PSOE y el imperio Polanco crecían a la par y en julio de 1992, en mitad de los Juegos Olímpicos, PRISA, la matriz del grupo empresarial mediático, se hizo con la primera cadena de radio privada, Antena 3 Radio. Pedro J. Ramírez no se contuvo, y denunció las maniobras del empresario y sus aliados políticos de monopolizar la «conciencia colectiva»: «El guion exigiría escribir hoy un hermoso himno a los carros del fuego olímpico, plagado de buenos deseos, esperanza en el género humano y legítimo orgullo del país anfitrión», decía con pena. Líneas después desenmascaraba a la fuente de su inquietud: «Jesús de Polanco ha demostrado con creces ser el más listo, el más espabilado, el más perceptivo y atrevido de los empresarios periodísticos españoles. Si su actividad no tuviera que ver con la diseminación de ideas y valores morales, con la conformación de la conciencia colectiva, con la materialización de un derecho ajeno cuya titularidad corresponde a cada ciudadano, su voracidad acaparadora no despertaría otra alarma que la que, en orden al detrimento de la calidad de la oferta, suscita toda tendencia al monopolio».21

España cierra el corto siglo XX en 1992:

adiós al viejo Estado industrial; bienvenida, Europa

A pesar de las críticas de algunos periodistas, la España del PSOE, Polanco y González tenía una imagen que arrasaba. A quien dudara, le mostraban una foto en blanco y negro del país en los años cuarenta y cincuenta, totalmente aislado y pobre; a eso conducía la derecha, decían; después le enseñaban una foto a color, colocado como un igual dentro del continente europeo. Por si acaso no era suficiente y hubiera algún tipo de duda, podían echar mano a fechas emblemáticas ubicadas en las legislaturas del gobierno de González, como argumentos contundentes: el 12 de junio de 1985 firma el acta de adhesión a las Comunidades Europeas, lo que le permitió sostener la presidencia en el primer trimestre de 1989; a finales de febrero de 1986 firma el Acta Única Europea que aprueba su participación en la creación de un mercado común; y el 16 de junio de 1989, se produce la incorporación de la peseta al Sistema Monetario Europeo, el predecesor de la moneda única. Era la apuesta europeísta y globalizadora de Felipe González, que no dejaba lugar al escepticismo y la duda, sobre todo al ser contrastada con la recurrente vía reaccionaria de la derecha española.

Además de Europa y la globalización, el maremágnum del lenguaje progresista del socialismo de finales del siglo XX incluía otros símbolos, y entre ellos, los destacados por el ministro de Industria y Economía de González, Carlos Solchaga: dejar atrás la época dorada22de la socialdemocracia, y sustituir el Estado industrial y protector por aquel que conjugara mayor desregulación, una economía globalizada y mayores cotas para la iniciativa privada. Aquello significaba, entre otras cosas, que el programa social se convertía a partir de entonces en un epifenómeno de la economía de mercado. Esta hacía posible la labor social del Estado y no al revés, como proponía la doctrina keynesiana.

Como primer paso para avanzar en este sentido, había que cambiar el concepto de Estado: ponerle a dieta y que empezara a perder peso, con una dieta rigurosa de ventas directas23 y desinversiones parciales a través de ofertas públicas de acciones24 de empresas públicas que redujera el poder del Ministerio de Industria en favor de accionistas privados. La competitividad estaba lastrada por el sector industrial público según la lectura oficial (como más adelante se expone), por lo cual había que reducir la participación del Estado en las empresas: desde 1983 a 1996 se llevaron a cabo amplias privatizaciones, con una media anual de 7,4 empresas privatizadas por año.25 En este periodo se realizaron 70 operaciones de venta de empresas de todas las ramas de actividad, que significaron unos ingresos de 13.200 millones de euros.

Entre las ventas directas de empresas, destacan aquellas de mayor tamaño, como las de automoción: SEAT a Volkswagen (1986); y la empresa de camiones Pegaso de ENASA a Fiat (1990). Otras de menor tamaño fueron a parar al patrimonio de familias no muy necesitadas: la compañía emblema de transporte marítimo de la Trasatlántica, ya desaparecida, fue vendida a la Naviera de Odiel, de la familia Pereda (hoy dueños de un emporio inmobiliario y de centros comerciales bajo el nombre de Grupo Lar); Marsans acabó en manos del expresidente de la patronal, Gerardo Díaz Ferrán, acusado treinta años después de vaciar la empresa; la red de hoteles Entursa (Empresa Nacional de Turismo) se dividió entre el mallorquín Gabriel Escarrer (Sol Meliá; también se quedó con los 32 hoteles de Rumasa en 1984) y Joan Gaspart, el expresidente del Barcelona (HUSA); las compañías de ordenadores SECOINSA fue para Fujitsu y Telesincro para la francesa Bull; la petrolera CEPSA, a la francesa Elf;26 empresas de material ferroviario, como La Maquinista Terrestre y Marítima y Ateinsa a Alsthom (GEC-Alsthom); la constructora naval Fábrica de San Carlos (hoy desaparecida) al grupo vasco Navacel, de los Celorio; empresas de mobiliario y artesanía, como Artespaña a Josep Maria de Porcioles i Colomer (exalcalde de Barcelona de 1957 a 1973); la aceitera Oleaginosas Españolas (Oesa) al grupo italiano Ferruzzi, junto con otras pequeñas empresas de alimentación.

El ideólogo de la operación de «traslado» fue Carlos Solchaga, que pronunció la frase que se convirtió en el eslogan de la llamada beautiful people, la clase rica bonita nacida durante los gobiernos del PSOE: «España es el país donde es más fácil hacerse rico», dijo el ministro de Industria (1982-1985) y de Economía (1985-1993) del PSOE. Poco acertada, pues le faltó añadir que el Estado iba a tener mucho que ver en ello. Así pues, Solchaga puso en marcha el principio de conservación de Lavoisier, según el cual «la materia ni se crea ni se destruye, se transforma», mejorado de la mano del contrabandista, financiero, diputado y conspirador mallorquín, Joan March, que añadió: «La riqueza ni se crea ni se destruye, solo cambia de bolsillo».

Pero la obra del socialismo español no solo se asentaba en rápidas privatizaciones, en la construcción de un bloque político-mediático fuerte, o la inclusión en el bloque Atlántico (OTAN) y Europeo (CEE). Faltaba la cuarta pata, que contrarrestara la cojera del Estado ante su pérdida de soberanía política y económica tras las múltiples desinversiones en la industria y la liberalización completa del mercado cuya fecha límite era diciembre de 1992. Era la fecha para el comienzo del Mercado Común Europeo, y España debía estar lista.

Ese año, el décimo aniversario en el gobierno y fecha de entrada en el nuevo mercado común, la dosis de patriotismo fue ampliamente satisfecha al conseguir ser sede de dos eventos internacionales que todo país quiere tener, y hacerlos coincidir los dos el mismo año. Ese 1992 —diez años después de que aquel joven abogado sevillano ascendiera a la presidencia del Gobierno y quinientos años después de la llegada de Colón a América—, Sevilla albergó en abril la Exposición Internacional; y en julio Barcelona daba cobijo a los primeros Juegos Olímpicos tras la caída del muro de Berlín. Eran dos eventos que pretendían encumbrar el nuevo Estado terciarizado entre la población. Unos meses antes, el equipo de González había organizado una discreta exposición en la cual enseñaban los nuevos cimientos del poder en España, hecha ya media mudanza desde el Estado. Aquel evento se celebró el 14 de enero de 1992, día en que arranca el IBEX 35, el núcleo del nuevo poder económico en España.

Que coincidieran ese 1992 no es solo cuestión de azar, pues los tres eventos tenían una estrecha conexión simbólica y también material. Los Juegos Olímpicos y la Expo pasaron a lavar con jabón Lagarto las franquistas estructuras y superestructuras del país. Se remodeló Barcelona, abriendo la ciudad al mar, con un guiño a la cultura del ocio, porque catalanes y charnegos no solo tenían por obligación levantar fábricas, también tenían derecho a hacer deporte, pasear o pegarse un chapuzón en el mar. Era una oportunidad para rejuvenecer, y la monarquía no se quedó atrás: el príncipe Felipe llevó la bandera de la delegación española de las Olimpiadas bajo la atenta mirada de la reina y de millones de espectadores. En apariencia era un momento de comunión con la historia, y en esencia una prueba de las nuevas alianzas político-económicas entre viejos linajes empresariales y los nuevos gerifaltes del socialismo. Lo cierto es que aquellos eventos lograron que la palabra España no sonara al frenillo del caudillo, sino al acento andaluz de Felipe González y Alfonso Guerra. Era el acento de moda.

Aquella moda se confirmó con la Expo de 1992, que puso a Sevilla a la vanguardia del nuevo Occidente postsoviético. Era la primera ciudad española conectada por tren de alta velocidad, el AVE: dos horas y media a 300 kilómetros por hora que hacían de Despeñaperros un gigante encogido. Sevilla también imitó a Barcelona, estrenando aeropuerto, estación de ferrocarril, carreteras y los suntuosos pabellones instalados en la Isla de la Cartuja, donde se alojaba la exposición. Preconizada como un fracaso, fue finalmente un éxito en afluencia de público: 15,5 millones de visitantes, entre los que se contaron a lady Di y Carlos de Inglaterra, y a otros 43 jefes de Estado, entre ellos, la estrella de la socialdemocracia europea, François Mitterrand. Nada podía enturbiar el acontecimiento, ni siquiera los 222 millones de euros de déficit generados.

El nuevo Estado se presenta al mundo,

de la mano del IBEX 35

Los dos eventos, la Expo y los Juegos Olímpicos, hicieron de 1992 el año de exhibición de las grandes potencialidades patrias: el turismo, la cultura y el deporte. Tal cantidad de publicidad de las cualidades ibéricas hacía que todos miráramos encandilados las pruebas de atletismo o los magníficos pabellones de la Cartuja. Poco nos fijábamos en la torre de Telefónica de Montjuïc, la mascota Cobi inundando los carteles del patrocinador Banesto; o en Sevilla los de BBV, Banesto y Central Hispano. Todas ellas empresas patrocinadoras que hacía meses estaban de estreno, tras el inicio de otro evento con menos bombo y eco mediático, pero de gran trascendencia para el país. En enero de ese año se producía el lanzamiento del IBEX 35, el índice bursátil que aglutinó a las treinta y cinco mayores empresas españolas por capitalización, imitando al Dow Jones neoyorquino, el FTSE 100 londinense, o el Nikkei Japonés. En otras palabras, se iniciaba una exposición donde inversores internacionales podían pasar a ver las joyas del empresariado patrio unificadas en un índice. Podían pasar por el pabellón de los banqueros, el de los constructores, o el empequeñecido de industrias pesadas. Era la Expo de los empresarios que soñaban con ser la gran clase capitalista en la nueva era de la globalización de capitales.

De todos los pabellones que conformaban la Expo del IBEX en 1992 destacaban dos por su tamaño: el gran pabellón de Banesto (banco que tenía participaciones en Urbis, Acerinox y Agroman, las tres empresas del IBEX; y en otras fuera del índice, como Antena 3), y el enorme pabellón dedicado a las empresas del Estado, con gigantes empresas monopólicas como Telefónica, Tabacalera, Repsol, Endesa o Fecsa, que cotizaban en el índice.

La centralidad del Estado en la formación del IBEX da una pista de su protagonismo en el brebaje alquímico patentado por Solchaga —y heredado después por Aznar— para el nuevo capitalismo español. Brebaje que el recién nacido IBEX 35 bebió desde la cuna y que suponía crear grandes empresas multinacionales privadas desde el Estado y con el apoyo y complicidad de sagas de empresarios afines. Una muestra de la potencia de dicha pócima es que la capitalización de las seis empresas públicas que cotizaban en el IBEX 35 en los años noventa (Fecsa, Repsol, Telefónica, Sevillana, Tabacalera y Endesa) suponía entonces casi el 40 % de la capitalización del índice bursátil (38,14 %); es decir, una sexta parte de las empresas concentraba más de un tercio del valor del índice. Las empresas públicas tiraban del carro del resto de pequeñas-grandes empresas del índice. Desde entonces hasta el presente, las otrora empresas públicas, junto a Iberdrola, Santander, Popular, Unión Fenosa y Bankinter, permanecen en el índice desde su fundación. Pero el brebaje no solo constaba de empresas crecidas bajo el regazo del Estado. Incluía también a los hombres que hicieron crecer e independizarse a estas empresas; y otros tantos cachorros criados por el Estado y que crecieron en la empresa privada. La lógica, simple pero efectiva, consistía en seguir un dicho: «El Estado lo crea y el IBEX se lo lleva». Empezando por el propio Carlos Solchaga, ideólogo de las privatizaciones y ventas de acciones, quien después de dejar la política decidió fundar una consultora (Solchaga & Recio) dedicada a empresas del IBEX. Y no solo eso, sino que en 2010 terminó en un consejo de administración de una empresa del índice, Zeltia, sentado junto a otros ex del Estado: alguno que pasó por Gobiernos del PSOE y del PP, como Eduardo Serra; o puros del PP, como Ana Palacio.

Hasta aquí el efecto de la pócima y los ingredientes que formaban parte del índice en su origen, pero ¿qué se jugaba en el IBEX que ha atraído tanto a los políticos patrios desde su inicio? Como motivación principal, el IBEX 35 nace un 14 de enero de 1992 con el objetivo de cumplir diferentes funciones inexistentes o previamente limitadas en la historia del mercado de renta variable. Era un proyecto de modernización en materia de mercado de capitales, al agrupar a los 35 valores más cotizados27 y servir de indicador de los movimientos habidos en un conjunto de títulos. Por tanto, reflejaba los cambios que se producían en la bolsa, y permitía, además, actuar como activo subyacente para la negociación, compensación y liquidación sobre contratos de opciones y futuros28 en el Mercado Español de Opciones y Futuros de Renta Variable (MEFF RV).29 En la práctica funciona como termómetro de la economía española, al ser el «Índice Oficial del Mercado Continuo español, utilizado por los analistas tanto nacionales como internacionales para observar la evolución de la Bolsa española».30 En consecuencia, el IBEX puede entenderse como la punta de lanza de los productos derivados financieros en España y un referente de la nueva economía liderada por las grandes empresas agrupadas en el índice.

Desde el principio, la Comisión del Mercado de Valores, el Ministerio de Economía y el Banco de España controlaron la operación. Según Lorena Martí:

Los mercados organizados de futuros y opciones se crearon en España en 1989, poco antes de la plena entrada en vigor de la Ley 24/1988, de 28 de julio, del Mercado de Valores, circunscribiéndose inicialmente a las operaciones sobre deudas del Estado. De esta forma surgen, bajo la supervisión del Banco de España, en noviembre de 1989, el mercado de opciones, regido por Options Market Ibérica (OMIb), y, en marzo de 1990, el mercado de futuros, regido por Mercado de Futuros Financieros, S. A. (MEFFSA). Con posterioridad, y al amparo del artículo 77 de la Ley del Mercado de Valores, modificado por la Ley de Presupuestos Generales del Estado para 1990, tanto OMIb como MEFFSA, que pasaban a estar supervisados por la Comisión Nacional del Mercado de Valores, dejaron de ser mercados derivados de deuda del Estado exclusivamente, pudiendo utilizar como activo subyacente el tipo de interés de los préstamos interbancarios a tres meses, y después, divisas.31

Sus antecedentes muestran que no era una novedad improvisada, sino un proyecto largamente estudiado, ya que el índice nace de la fusión de dos índices que cumplían su función: el MEFF 30 y el FIEX 35. El MEFF 30 fue fundado por MEFFSA (Mercado de Futuros Financieros SA) como índice diseñado para el negocio de contrato de futuros y opciones sobre valores cotizados en las bolsas españolas. Arrancó el 1 de octubre de 1990 con una base de 10.000 puntos. Por su parte, el FIEX 35 pertenecía a OMIb, fue creado en enero de 1990 y puesto en marcha en julio de ese año con un valor base de 3.000 puntos. Suponía el verdadero antecedente del IBEX, en cuanto proyecto de un índice que incluía las 35 empresas de valores más líquidos32 de las cuatro bolsas españolas. Su propietaria, OMIb, era filial de la sueca OM International. Fue constituida en noviembre de 1989, y en ella participaban como socios más destacados la propia sociedad sueca OM International y el BBV, con el 30 % de las acciones respectivamente. Por poner galones y dar protagonismo, quizá pueda atribuirse parte del origen del IBEX 35 a un entonces joven de treinta años, José Massa, técnico comercial y economista del Estado, quien estaba al mando de la empresa OMIb. Doce años después describía así la exitosa operación:

El IBEX es una parte importante de esta casa [MEFF] y, en lo personal, algo entrañable a lo que dediqué muchas horas de trabajo en su fase de diseño. El IBEX, que fue buque insignia de Meff, junto con el bono a 10 años, ha conseguido mantenerse, pese a la introducción del euro, como una referencia válida y potente a efectos de administración de carteras. El interés del IBEX, que como todo índice tiende a reducir a un número la evolución de una cartera de acciones, está precisamente en que la cartera sobre la cual está construido sigue teniendo sentido desde el punto de vista de la inversión. Había algunos agoreros que vaticinaban que, con la introducción del euro, los índices domésticos perderían interés. No solo no ha sido así, sino que la experiencia está demostrando lo contrario. Por ejemplo, en enero de este año los derivados sobre el IBEX han crecido el 17 %; es decir, sigue siendo una buena referencia para la administración de carteras, porque si no lo fuera el volumen negociado no hubiera crecido de esa manera.33

En octubre de 1991 la Sociedad de Bolsas, participadas por las cuatro grandes bolsas españolas (Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia), adquiere la titularidad de ambos índices y los fusiona en el llamado IBEX 35. En el 15 aniversario del IBEX se mencionaba la conjunción de intereses que se daba ese día: «Con el apoyo institucional de las bolsas, del mercado de opciones y futuros español y del entorno financiero, es lanzado al mercado de forma simultánea a la propia contratación del mercado de futuros financieros organizado el 14 de enero de 1992».34

En su origen se encuentra su peculiaridad que le hace diferente a los demás índices: a diferencia del resto de índices conocidos en el mundo35 el cálculo del índice IBEX se hace teniendo en cuenta la capitalización bursátil, es decir, se asigna un peso a cada empresa según el valor y número de acciones. Dada esta sobrerrepresentación, desde su origen son seis empresas las que influyen en el resultado de este índice (Santander, Telefónica, BBVA, Repsol, Endesa e Iberdrola). De este modo, el año que antecede al arranque del IBEX 35, en 1991, los valores centrales según este criterio eran, primeramente, empresas públicas; y, en segundo lugar, bancos. Por orden, las que determinaban el valor del índice eran las tres públicas Telefónica, Repsol, Endesa, seguidas por el Banco Central y BBV (tres públicas y dos privadas). Toda información relativa a la salud financiera de estas empresas desataba subidas y bajadas en el índice, y afectaba por tanto al resto. Para aquellos que invertían entonces en la bolsa era claro el poder e importancia de estas tres empresas públicas sobre la salud de las acciones de las empresas que cotizaban en el índice. El Estado era, en consecuencia, el padrino del mercado de capitales, tanto en su bautismo y comunión.

De este modo, muchos de los números y nombres del arranque del IBEX muestran el trasfondo de aquella exposición de 1992 llamada IBEX 35. En una cara de la moneda quedaba su sentido técnico, en la otra era el pistoletazo que marcaba el inicio de unos juegos donde un conjunto de corredores competían por ser la nueva granclase capitalista, en un periodo dominado por el auge del mercado de acciones y de productos derivados en España. Un mercado que quedaba condicionado por grandes ventas de acciones de empresas públicas, privatizaciones aceleradas, grandes fusiones y, por ende, donde políticos y altos funcionarios tenían mucho que decir y decidir sobre quien integraba dicha clase acaudalada y poderosa.

El protagonismo de los políticos en el Ibex no era una simple derivación del papel que tenía el Estado sobre la configuración de la economía. Esto significa que no solo eran ministros y funcionarios todopoderosos, sino que en sí mismos se convirtieron en un indicador del papel del Estado, modificando la cualidad de este a medida que cambiaron de posición sus principales responsables: de representar los intereses de la administración, a servir de puentes entre las grandes empresas y la administración, cuando muchos de ellos pasaban a la empresa privada con información valiosa (ministros, subsecretarios, directores generales, presidentes de entes autónomos).

En 1991, 138 de los 486 consejeros que componían el conjunto de consejos de administración de las 35 empresas del IBEX procedían de la alta administración del Estado, el 28 % del total. Estos políticos-empresarios no eran unos cualesquiera. Pues destaca la presencia de protagonistas relevantes de la transición, principalmente del expresidente Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo (Banco Hispanoamericano), pero también de ministros como José Lladó Fernández-Urrutia (BBV y Sevillana de Electricidad), ministro de Telecomunicaciones (1976-1977) y de Comercio (1977-1978); Alberto Oliart Saussol (Banco Hispanoamericano), ministro de Industria (1977-1978), Sanidad (1980-1981) y Defensa (1981-1982); o José Luis Leal Maldonado (Cristalería Española), sucesor de Calvo-Sotelo como ministro de Economía (1979-1980), entre otros. Los tentáculos del Estado se mudaban así al IBEX 35, y el indicador se convertía en un bloque de poder «económico».

El grupo de círculos políticos quedaba liderado, claramente, por la beautiful people del PSOE, que abarcaba las empresas públicas, pero también las empresas privadas del IBEX. Un grupo en el cual destacaban los validos de Carlos Solchaga y que mandaba claramente en el grupo de políticos-empresarios: en total, 46 consejeros de los 114, un 40,3 % de los mismos, o el 9,7 % del total de consejeros del IBEX 35.

Era una competición selecta tanto en el fondo como en la forma, pero inicialmente abierta a toda clase de competidores independientemente de su ideología y antecedentes. De ahí que, detrás de la beautiful people del PSOE, el grupo más numeroso fuera aquel procedente de las entrañas del Estado franquista, entre los cuales destacaban los antiguos ministros franquistas Licinio de la Fuente o Gonzalo Fernández de la Mora y Mon. Quizá fue esta aparente tolerancia la que llevó a otros más jóvenes a imitar los pasos de los mayores y a aspirar a convertirse en patrones del IBEX 35. Este era el caso del abogado del Estado Mario Conde, que explicó a este autor lo que es, a su modo de ver, el mecanismo que mueve los hilos del IBEX, y que provoca la subida de unos y caída de otros:

El año 1992, el del nacimiento del IBEX, tenía todos los ingredientes de un cambio de época. El aire abierto y competitivo de Europa, la organización de los Juegos Olímpicos, o el preceder a las elecciones democráticas de la V legislatura eran una prueba irrefutable de la lejanía del compadreo y arbitrariedad del poder del franquismo, y la marca de fuego del inicio de una competición abierta, de una democracia que abarcaba todas las esferas, incluida también la posibilidad de convertirse en la gran clase capitalista. O, al menos, eso parecía.

El proyecto de un nuevo Estado, en el IBEX:

la polémica ponencia de Carlos Solchaga en el XXIX

Congreso del PSOE de 1981

En 2014, ya retirado de la política —pero no del IBEX 35—, el ex ministro socialista de Industria y Economía Carlos Solchaga seguía sentando cátedra sobre lo que había sido su imperio: «Las reformas estructurales no han ido mal en líneas generales, aunque mi partido no las comparta», decía, a propósito de las diferentes reformas del Gobierno de Rajoy.36 Unos años antes, con los suyos no había sido tan benévolo, y de la reforma laboral de Zapatero de 2010 dijo que venía «tarde, mal» y con «poca confianza y deseos», mientras le aconsejaba ir más allá: «El Gobierno lo que tiene que hacer es ir a un solo contrato, creíble, y con un techo de coste por despido tolerable por todos».37 Finalmente, con los nuevos se despachaba con desdén: «Su posición me ha molestado. Su postura de pandilleros de barrio es inútil», pregonaba en marzo de 2016 tras la entrada de Podemos en las Cortes. Esto sucedía más de veinte años después de su dimisión, y sus palabras mantenían ese halo que envolvió su gestión al frente de la política industrial y económica del país: siempre fue un socialista irreverente, convencido de la superioridad de ciertos planteamientos, un seguidor del formalismo lógico y de la verdad de los datos macroeconómicos, que lo convertían en un socialista heterodoxo.

Pero su personalidad no podría entenderse sin analizar su trayectoria política: creció en la calidez del servicio de estudios del Banco de España, al que llegó en 1968 de la mano de Luis Ángel Rojo, nombrado en 1971 director general de Estudios del ente, bajo el mando de Luis Coronel de Palma al frente del mismo. Estos dos últimos hundían sus garras en el desarrollismo franquista, como miembros de la comisaría del Plan de Desarrollo liderado por Laureano López Rodó desde 1962. Durante la estancia de Solchaga en el Banco de España, fue comisionado por el banco para permanecer una temporada en el Banco de Pagos de Basilea. Su último destino antes de abandonar el Estado que le cobijó fue el Servicio de Estudios del Instituto Nacional de Industria (INI), donde pasó siete meses como subdirector hasta noviembre de 1974. Allí acudió tras la llamada del flamante presidente del INI, Francisco Fernández Ordóñez, que llevó a Miguel Boyer como director y a Solchaga como subdirector. El grupo salió escaldado por las luchas de poder que discurrían en las entrañas del régimen. Miguel Boyer le agradeció a Ordóñez su valentía al ficharles a él y a Solchaga: «Demostró su tendencia liberal, al enfrentarse a las presiones que recibió para echarnos a Solchaga, Bustelo y a mí, considerados subversivos por el régimen».38 Después de aquella aventura volvió al Banco de España con Boyer, hasta que en mayo de 1976 cambió de barco y pasó al Servicio de Estudios del Banco de Vizcaya. Antes de su partida, en 1974, encontró al PSOE. En el País Vasco su ascenso en el Banco de Vizcaya fue parejo al del PSOE, donde en 1978 ya formaba parte de su ejecutiva. Sus amistades y lealtades políticas dentro del PSOE fueron, por tanto, tardías y subordinadas a su pasado profesional. Esta trayectoria le hará proyectarse a sí mismo como un técnico venido a la política, cuyos planteamientos no eran sino consecuencia de un sesudo análisis, el único posible. Sus propuestas, basadas en la reducción de salarios y contención de la inflación, le situaron a la derecha del partido, enfrentado a Alfonso Guerra.