Juegos de poder olvidados - Marisa Pinta - E-Book

Juegos de poder olvidados E-Book

Marisa Pinta

0,0
7,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Humillada y herida, Mónica decide poner fin a su tóxica y dependiente relación sexual con César. Él intenta recuperarla, aunque para hacerlo tenga que poner fin a sus juegos de poder. Lo que ninguno de los dos se puede imaginar es que el destino les ha preparado una gran sorpresa, jugando sus cartas en contra de que puedan volver a estar juntos. ¿Podrán luchar contra su propio destino? Juegos de poder olvidados es el desenlace de una intrigante novela erótica, donde el sexo y la corrupción te harán vibrar desde la primera a la última página.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2015

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Marisa Pinta García

JUEGOS DE PODER OLVIDADOS

Primera edición: noviembre de 2014

© De la obra: María Luisa Pinta García

Fotografía de cubierta: José M. Arteaga

© Bohodón EdicionesTMS.L.

www.bohodon.es

Sector Oficios Nº 7

28760, Tres Cantos (Madrid)

e-mail: [email protected]

ISBN-13: 978-84-15976-95-0

ISBN-E-Book: 978-84-92926-83-1

Depósito legal:M-32762-2014

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo o por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

En primer lugar, a mi compañero de fatigas y mi gran amor.

Gracias, Pedro, por estar a mi lado, por ser mi mejor crítico; sin ti no lo habría conseguido.

A los Pinta: Pili, Montse, Robar, José, Javi. Gracias aJuegos de podernos hemos vuelto a juntar.

A mis primas, Ana y Cristi, gracias por haber estado desde los primeros pasos de esta aventura.

A mis padres y hermana, que han creído en mí desde el principio. Os quiero un montón.

No me puedo olvidar de mi amigo y cuñado Cuchi. Eres alguien especial en mi vida. Gracias por ser tan autentico.

A mis fans incondicionales Pradi, Yohana e Inma. A los innumerables amigos que me siguen desde la red,

en especial a mis amigos argentinos. Espero que esta segunda parte os guste tanto como la primera.

En especial, y como siempre, a todos mis lectores gracias por dejar que un pedacito de mí entre en vuestras vidas; sin vosotros yo no sería nada. Una y mil gracias.

Por ultimo, a mi editorial, que ha vuelto a creer en mí, dándome la oportunidad de hacer lo que más me gusta.

Marisa, José Luis, gracias.

CAPÍTULO UNO

La habitación se había quedado vacía, el silencio era lo único que quedaba después de que la puerta de mi apartamento quedara cerrada tras la salida de Mónica.

Pronto empecé a escuchar dentro de mi cabeza las últimas palabras que había pronunciado antes de irse:

―Le quiero, señor Acebedo.

Eran cuatro simples palabras, pero habían salido de dentro de su alma. Sus ojos reflejaron el dolor que ella había sentido y la habitación se llenó de aquel dolor.

Comencé a sentirme culpable. Aquella sensación era nueva para mí. Nunca en mi vida había sentido culpa. No podía dejar de escuchar aquellas palabras dentro de mi cabeza una y otra vez: “Le quiero, señor Acebedo”.

Aunque seguramente tarde, por fin lo veía todo claro; lo que aquella extraña relación había significado para mí hasta ese momento había cambiado. Había dejado de ser un reto, un mero capricho, para darme cuenta de que la necesitaba. Comencé a tener la sensación de que aquello había sido el final entre nosotros.

Sabía que la había perdido y por primera vez en mi vida sentí miedo de perder algo, de perderla a ella. Por primera vez era consciente de que había llevado el juego a unos límites que ella no estaba dispuesta a rebasar.

Me senté a los pies de la cama, estaba inquieto, mi mente repasaba una y otra vez la última escena, la imagen perfecta de Mónica junto a la puerta, con una dulzura amarga dejándome y a la vez diciéndome que me quería. Estaba claro que había tensado demasiado la cuerda, ella no era como las demás. El juego de poder que había ejercido sobre ella la había convertido en una persona diferente.

Nada tenía que ver la mujer que acababa de abandonar la habitación con la que había conocido meses atrás. Siempre segura de sí misma, prepotente, engreída en la mayoría de sus acciones, incluso impertinente; una mujer arrolladoramente sexi dispuesta a comerse el mundo. Tenaz, profesional; era la mujer más independiente de cuantas conocía.

Aquella mujer era la que me había conquistado. Con cada uno de sus movimientos me había hecho perder la cabeza, pero ya nada quedaba de ella. Apenas existía, yo la había hecho desaparecer. Me sentí tan culpable que necesitaba recordar la tarde en que la había conocido, donde todavía era ella en estado puro.

Nada más hurgar en los recuerdos, una sonrisa invadió mi rostro. Aquel día me acerqué al restaurante en busca de Carol, tal y como me había ordenado mi padre. La misión en aquella isla era ligarme a Carol para poder averiguar hasta qué punto había llegado con su maldito reportaje.

Uno de los contactos que mi padre tenía dentro del periódico se lo había hecho saber. Ese fin de semana Carol estaría en Mallorca. Mientras el reportaje veía la luz, ella se quitaba de en medio. También sabía que no estaría con su novio, el cual se había quedado en Madrid para dar los últimos retoques al reportaje.

Sabía que ese era el hotel en el que mi fuente de información me había dicho que había hecho la reserva. Entré en el restaurante buscándola, solo quería hablar con ella, convencerla de que dejara de hurgar donde no debía; en pocas palabras, advertirla de que era peligroso que siguiera con aquel reportaje. Pero en lugar de encontrar a Carol la encontré a ella.

Su recuerdo ―sentada en la barra del bar― era nítido para mí, era como si cerrando los ojos pudiera verla. Visualicé cada una de sus curvas, tan perfectas, dentro de aquel vestido que dejaba ver lo suficiente como para poder imaginarte todo lo demás. Sus deliciosos hombros al aire con un perfecto escote en uve.

Uno de los contactos de mi padre me había hecho entrega de dos fotografías, una de Carol y la otra de su compañera de piso. Aquella hermosa mujer se parecía a la compañera de Carol, pero la foto no le hacía justicia, porque la belleza de Mónica no se podía reflejar en una fotografía. Pensé en seguir con el plan trazado y esperar a Carol, pero una idea vino a mi cabeza: probablemente si me acercaba a Carol pidiéndole que abandonara el reportaje, me tomaría por loco y tendría que haberla amenazado, y eso era algo que por muy presionado que estuviera no quería hacer. Pero en ese momento lo vi todo claro: la compañera de Carol iba a ser mi aliada.

Ahora sería mucho más fácil tener contacto con Carol, solo me tenía que ligar a su guapísima amiga. Nunca fue mi objetivo, pero ahora era la prioridad; estando al lado de aquella hermosa mujer tendría más posibilidades de convencer a Carol, porque lo que mejor sabía hacer era conquistar a una chica.

Cuando el teléfono de Mónica sonó supe que Carol no iba a aparecer durante toda la noche. Sabía que aquella ocasión no la podía desaprovechar, tenía que salir de allí con ella. No fue difícil seguir con mi plan, algo me atraía como un imán a aquella mujer, me había embrujado desde el primer instante. Estaba muy buena, y estaba sola, con lo cual estaba seguro de que no me llevaría mucho rato conquistarla; caería rendida a mis pies. Al final la noche habría tenido sentido.

Estaba seguro de que sería una conquista fácil, pero fue ella la que me conquistó a mí, me embrujó nada más sentí sus ojos clavados en mí. El cazador fue cazado, y me sentí excitado, deseoso de su cuerpo. Con Mónica la presa era yo, porque ella era la depredadora.

Quedé eclipsado por su arrolladora personalidad, aquella chulería irresistible que manaba de ella la hizo convertirse en un reto sexual para mí, una presa más que agregar a mi extensa colección de trofeos. Perdí por completo el interés en el asunto que hasta allí me había llevado, me dio igual si Carol estaba o no; es más, no volví a recordar aquello en toda la noche. Mi única prioridad desde ese momento fue llevármela a la cama; deseaba a aquella mujer desde el instante en que mis manos rozaron su espalda en la terraza del restaurante.

Mientras lo recordaba noté cómo la sonrisa aparecía en mi cara de nuevo, incluso una carcajada salió de mi garganta. Seguí sonriendo mientras seguía recordando. Mis expectativas eran muy altas, lo tenía todo controlado hasta que vi su cuerpo desnudo en mi piscina, en ese momento perdí por completo el control. Aquella imagen perfecta estuvo a punto de volverme loco. Había conseguido tenerme empalmado desde el momento en que su mirada se cruzó con la mía y, con descaro, se levantó de su silla retándome a que la siguiera. Desde ese momento solo pensé en una cosa: en hacerla mía al precio que fuera, en tener su cuerpo debajo del mío y darle placer hasta hacerla gritar.

Pero la noche no acabó como en un principio tenía pensado, aunque supo cómo volverme loco. Cuando aproximó su cuerpo desnudo al mío y puso su cabeza en mi entrepierna me cautivó, nunca había estado con ninguna mujer que fuera capaz de dominarme y llevar el control de la relación sexual, pero ella sí lo hizo. Me controló por completo cuando sus labios rozaron mi glande, me tenía entregado a sus encantos.

Un placer indescriptible se apoderó de mí, sus movimientos eran perfectos, y su ritmo frenético me hizo vivir unos minutos de dulce agonía. Mientras su boca me daba un placer inmenso, mi cuerpo pedía desesperadamente que la penetrara. Cuando intenté dominarme para no correrme y poderlo hacer junto a ella, me llevé la sorpresa de que Mónica ―esa diosa que tanto deseo me había hecho sentir― tenía otros planes. Aquella hermosa mujer me había hecho rozar el cielo con su maravilloso cuerpo desnudo insinuándose y provocándome sin piedad, su boca me había llevado al borde del éxtasis, su cuerpo me gritaba que la penetrara salvajemente, pero se marchó de mi lado dejándome con las ganas de hacerla mía y con el mayor calentón que jamás había tenido.

Desde aquella noche se convirtió en mi diosa; era lo nuevo, lo desconocido. No sabía cómo actuar, porque ninguna mujer me había dominado como ella. Era la primera mujer que no se había rendido a mis deseos, que no había asumido mis órdenes. Pasó a ser mi obsesión, mi nuevo juguete a conseguir.

Desde pequeño estaba acostumbrado a que me dijeran que sí a cuanto quería o pedía; de mayor, a cuanto ordenaba. Mónica no iba ser lo primero que no pudiera tener.

Durante toda mi infancia, mi madre, por ser el pequeño, me había consentido y protegido sobremanera. Siempre había sido su favorito y mi hermano el de mi padre.

Mis padres viajaban mucho, por eso compensaban con caprichos sus innumerables ausencias en fechas importantes como cumpleaños, obras escolares, partidos de fútbol a los que nunca asistían… Seguramente pensaran que lo material haría que no nos sintiéramos solos, aunque siempre habíamos estado en compañía de Araceli, nuestra niñera, a la que queríamos con locura y que nos aplaudía como si de nuestra propia madre se tratara. Mi hermano y yo en el fondo pensábamos que no éramos tan importantes para nuestros padres.

Las compensaciones materiales nos convirtieron en dos niños mimados, pero cuando Tomi ―mi hermano― murió todo mi mundo cambió, y tuve que crecer antes de tiempo. Pasé de ser el niño consentido de mi madre y casi olvidado para mi padre, al sobre exigido heredero de una gran fortuna.

Las pocas atenciones que mi padre antes tenía conmigo ahora eran exigencias, y el cariño de mi madre se desvaneció; la muerte de mi hermano la tuvo durante muchos años muerta en vida. La tristeza la invadió, estaba recluida en un mundo de recuerdos irreales del que durante largo tiempo no quiso salir. El carácter serio de mi padre se acentuó tanto que solo hablaba conmigo para darme órdenes. Creo que desde que murió Tomi nunca más les vi sonreír.

Aunque en mi casa las cosas habían cambiado y ahora me sentía más bien el rey destronado, pronto encontré otro lugar donde volvería a ser el consentido, el niño mimado. Fuera, en el mundo laboral que había empezado tan pronto para mí. Volví a comprobar que todos hacían lo que quería y lo que les ordenaba. Otra vez eran extraños y no mi familia los que me daban todo lo que necesitaba. Entré en aquel mundo de negocios y conspiraciones del que nunca quise formar parte. Aquel era el sueño de Tomi, no el mío.

Ya no había vuelta atrás, estaba obligado a coger su legado, aunque aquel no fuera mi lugar. Intenté cumplir con las expectativas de mi padre y poco a poco comenzó a ser divertido, porque descubrí que en aquel mundo podía tener a mis pies a cuantas mujeres quisiera sin hacer ningún esfuerzo por conseguirlas. Apenas tenía que molestarme en conquistarlas, ellas venían a mí, no sabía si por mi atractivo o por mi dinero, pero eso no era algo que me preocupara; fuera por lo que fuese las tenía comiendo de mi mano y eso era lo que me importaba.

Hasta que conocí a Mónica, mi prepotente y creída Mónica. Ella era la única que se había atrevido a decirme que no, y un instinto felino había despertado dentro de mí. Era una fiera a la que tenía que domar. Poco a poco había conseguido hacerlo, pero ¿a qué precio Estaba claro que lo había conseguido, pero ahora la había anulado y convertido en una más.

La mujer que momentos antes se había marchado de mi vida ya no era Mónica, solamente era una muchacha asustada a la que había sometido a mi estúpido juego de niño rico. Una vez más mi carácter depredador había ganado, pero a diferencia de las veces anteriores, esta vez habíamos perdido los dos.

Me interesaba de verdad, me había dado cuenta tarde, cuando ya había perdido a la única mujer que me había importado. Sabía que aquella mujer a la que conocí en Mallorca sería muy difícil que volviera.

Terminé de abrocharme los pantalones y rápidamente me puse los zapatos. Tenía que arreglar como fuera todo aquello, tenía que decirle que la quería, que no podía pasar ni un solo minuto más sin ella. La necesitaba en mi vida. Tenía que pedirle que me perdonara y que dejara volver a la verdadera Mónica, no a la sumisa y dependiente, sino a la gran mujer que por mi culpa se había quedado en el camino de aquella relación.

No sabía por dónde empezar a buscar y al primer sitio que pensé en ir fue a su casa. Probablemente estaría allí contándole a Carol lo cerdo y miserable que era.

Me apresuré a montar en el coche y miré mi rostro de preocupación en el espejo retrovisor, mientras pisaba el acelerador tanto como el tráfico de Madrid me permitía.

CAPÍTULO DOS

Pasé mucho rato sentada junto a mi madre. No podía parar de mirarme con sus ojos pequeños y vidriosos llenos de arrugas por el sufrimiento y por el paso del tiempo. Su expresión era relajada, y junto a ella me encontraba a gusto, incluso querida. Me había costado mucho dar aquel paso, pero ahora me sentía liberada. Tantos años de odio contenido habían hecho de mí una persona distante, arisca, competitiva, y la mayoría de las veces cruel.

Llevaba quince años ocultando mis sentimientos a todos cuantos me habían brindado su cariño, incluida Carol. Aquel fantasma que había empezado en mi adolescencia y me había acompañado, inundándome de rencor durante toda mi vida, era como si estuviera empezando a desaparecer.

Aquella coraza me había hecho infeliz. Nunca lo había querido reconocer, pero había sido durante muchos años una adicta al trabajo, solo me había importado eso en mi vida. Tanto negarme a querer y a ser querida, para terminar abriendo mi corazón al peor de cuantos hombres habían pasado por ella. Aquella relación con César me había hecho sentir como años atrás me había sentido, cuando no sabía vencer mis miedos, cuando sentía repugnancia de que cualquier chico, aunque fuera de mi edad, me pudiera tocar.

Mientras sentía la fuerte mano de mi madre apretando la mía con la mirada ausente, seguí recordando…

La primera vez que tuve relaciones consentidas tenía dieciocho años. Había ido a un macroconcierto. Aún no conocía a Carol, pero en el trabajo tenía a una compañera con la que me llevaba muy bien. Teníamos los mismos gustos y las mismas inquietudes, así que solíamos hacer casi todo juntas.

Aquel fin de semana me dijo que un relaciones públicas amigo suyo le había regalado dos entradas para un macroconcierto en la cubierta de Leganés. El plan para el fin de semana estaba garantizado y nos iríamos cuando saliéramos de trabajar.

Yo vivía sola en un piso alquilado en el extrarradio de Madrid, porque con mi sueldo, en el centro, no me lo podía permitir. Mi amiga ―aunque teníamos la misma edad― aún vivía con sus padres. Para poder justificar no ir a dormir aquella noche les dijo que se quedaba a dormir en mi casa, ocultando, claro está, que vivía sola. Aunque estaba lejos no tendríamos ningún problema, iríamos en mi coche, me lo acababa de comprar con mucho esfuerzo. Algunos ahorros, algunas horas extras, algunos incentivos por hacer inauguraciones interminables. Era un ZX de color blanco.

En ese momento entró la enfermera.

―Ah, perdón, no sabía que tenía visita ―dijo al verme junto a mi madre.

―Tranquila, no pasa nada, soy su hija. ¿Necesita que espere fuera?

―No, no es necesario, solo tengo que darle su medicación. Me alegro mucho de que haya venido a visitarla, está siempre tan sola…

La miré con cara de no querer seguir con aquella conversación. Creo que lo entendió, porque se acercó a la silla donde estaba y le administró algún medicamento por vía intravenosa, sin volver a decir nada más. Antes de salir me volvió a mirar.

―Bueno, ya he terminado; volveré a quitarle la vía dentro de una hora. Encantada de conocerla ―dijo mientras se dirigía a la puerta de la habitación, cerrándola al salir.

Se la notaba cansada y ya era tarde. Cerró los ojos; comprendí que no tardaría mucho en quedarse dormida, y así fue. Poco después noté cómo la mano con la que me había estado apretando con fuerza fue aflojándose poco a poco. Aunque estaba dormida, necesitaba quedarme allí un poco más y seguir recordando mientras mi madre descansaba.

Aquella tarde, cuando salimos de trabajar, nos montamos en mi perjudicado coche y fuimos al concierto. No encontramos ningún problema para entrar, incluso no tuvimos que esperar cola, porque las entradas eran vip.

Una vez entramos en el recinto, Noelia insistió mucho en bajar a la arena, decía que allí lo íbamos a pasar mucho mejor que en la zona vip. Bajamos por uno de los vomitorios de acceso a la arena. Noelia llevaba razón, el ambiente era diferente allí, y había mucha más gente joven. Cuando apenas llevábamos allí unos minutos, me fui a por un par de cervezas mientras empezaba el concierto. Cuando volví con la bebida Noelia ya estaba acompañada, y unos chicos y chicas estaban presentándose. En seguida compartimos las cervezas y algunas caladas a unos porros que llevaban.

Antes de que empezara el plato fuerte ya estábamos agarradas a dos de los chicos que acabábamos de conocer. Mi acompañante no tardó mucho en intentar meterme la lengua hasta la campañilla, pero estuve rápida y esquivé aquel beso, lo cual no le importó demasiado, porque momentos después, mientras bailábamos, noté cómo me metía mano, primero acariciándome un seno por encima de la blusa y después metiendo su caliente mano por debajo de mi sujetador.

Noelia se acercó y al oído me susurró que podríamos marcharnos con ellos hasta donde habíamos dejado el coche y allí terminar lo que habíamos empezado. Probablemente la cerveza, los canutos y la presión de Noelia hicieron que accediera y me dejara llevar por la situación, así que nos marchamos con dos auténticos desconocidos.

Nos sentamos en los asientos delanteros y Noelia paso detrás con el chico que la acompañaba. Aquel desconocido no paraba de mirarme y momentos después pasó a la acción. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo, al principio torpemente, desabrochando los primeros botones, pero no era muy certero, debido seguramente al alcohol y las drogas. La situación me empezó a desesperar y le aparté las manos. Terminé de desabrocharme para poder aligerar aquella parte. Mientras lo hacía miré durante unos segundos por el espejo retrovisor, comprobando cómo Noelia estaba sentada a horcajadas del otro chico; su cara irradiaba placer y sus gemidos hacían pensar que se lo estaba pasando muy bien.

Pensé en por qué no sentía lo que mi amiga estaba sintiendo con aquel chico. Dejé de mirar y me senté encima de mi acompañante. Apenas lo había mirado a la cara; era un chico guapo, con unos ojos marrones muy grandes. Noté cómo su miembro crecía y su respiración se aceleraba; eso me hizo saber que lo estaba haciendo bien. El chaval sonrió y acercó su boca a la mía, metiendo su lengua casi hasta mi garganta. Aquello era nuevo para mí, hasta entonces nadie me había besado. No me gustó, y no me sentí bien; incluso comencé a sentir asco. Pronto el chaval se envalentonó y con ambas manos levantó mi falda y torpemente fue bajando mis braguitas. Sentí un gran nerviosismo apoderarse de mí. Mientras recordaba aquello, aún podía llegar a sentir la mezcla de olores de aquel chaval, del que, estaba segura, nunca llegué a saber su hombre. Aquellas manos recorrían mis muslos con fuerza, deseosas de llegar a poseerme. Su aliento a tabaco y alcohol inundaba mi boca.

Como si de un botón se tratara, algo saltó en mi cabeza. Dejé de estar en aquel coche y mi mente me trasladó a mi habitación, donde mi padre entraba cada noche cuando mi madre dormía. Aquellas manos se convirtieron en unas manos grandes y ásperas que sujetaban mis pequeñas muñecas mientras me penetraba.

En aquella ocasión acabé haciendo lo mismo que en innumerables ocasiones había hecho: apreté con fuerza los puños, cerré los ojos y deseé con toda mi alma que aquello acabara pronto. Cuando el chico terminó y su cuerpo se separó del mío, sentí la misma sensación de alivio que cuando mi padre cerraba la puerta cada noche y se marchaba. Alivio de que al menos hasta el día siguiente no volvería a verlo más. No recordaba mucho más de aquel día, excepto que al llegar a casa me metí en la ducha, dejando caer el agua casi hirviendo sobre mi cuerpo. Era como si al entrar en contacto con ella pudiera arrastrar la vergüenza y la repugnancia que de mí misma sentía, una vez que se marchaba por el desagüe.

Mi madre seguía durmiendo y no quería volver a casa, no quería enfrentarme de nuevo con la realidad. Allí me sentía a salvo y sabía que nada ―excepto mis recuerdos― podía hacerme daño.

Seguí pensando en mi pasado, en cómo desde aquel primer chico hasta César había estado buscando un equilibrio emocional en las relaciones sexuales que llegó a convertirse en una obsesión para mí. Deseaba que hacer el amor fuera placentero, no quería que el recuerdo de aquel cerdo que se hacía llamarpadreme pudiera vencer. No quería verle en cada una de las relaciones sexuales que tenía, y no paré hasta que lo conseguí.

Cuando lo conocí, hubo un antes y un después para mí. Se llamaba Julio, era un compañero de trabajo, muy amable y guapo; creo que uno de los chicos más guapos que jamás había visto. En la oficina le llamábamos Beckham, por el jugador de fútbol.

Llevaba tiempo invitándome a salir a tomar algo y siempre le decía que no; no me había gustado nunca mezclar el trabajo y los hombres, lo había visto en compañeras mías y eso nunca acababa bien. Además prefería estar sola a estar con cualquier hombre, por muy guapo que fuera; al final todo acababa en la cama y era algo que no podía soportar, aunque de vez en cuando lo intentaba. La vida me había hecho una luchadora y no pararía hasta conseguirlo.

Era la víspera de Nochevieja y en la oficina habíamos montado una pequeña fiesta para despedir el año todos los compañeros . Había empanada, algunos canapés y bebida, mucha bebida. Como es habitual en esas fiestas todo el mundo estaba bastante contentito. Julio también estaba un poco alegre; no llegaba a estar borracho, pero sí un poco desinhibido.

Mientras estaba junto a una de mis compañeras hablando, se acercó a mí, me agarró por la cintura y me separó del grupo. Me susurró a un oído lo preciosa que estaba y que si le daba un beso sería el hombre más afortunado del mundo. Su actitud me hizo gracia, aunque sabía que lo único que quería era sexo. Aquella manera de tirarse a la piscina ―incluso sin agua― me hizo sonreír, y lo besé, pensé que por ser tan valiente se lo había ganado.

Me pidió que me fuera de la fiesta con él; me deseaba y no quería pasar ni un solo momento más sin poder tocarme. Me gustó lo que decía y lo que veía, y me fui con él.

Entramos en su apartamento, modesto, pero bastante acogedor; me quitó el abrigo y sirvió dos copas de vino. Nos sentamos a tomárnoslo mientras charlábamos de anécdotas de la oficina. Recuerdo que en aquel sillón estaba a gusto. No estaba preocupada como otras veces, porque el ambiente era muy agradable.

Me preguntó si me molestaba que pusiera un poco de música. Nadie se había tomado tantas molestias conmigo para echarme un polvo. Sentado en el sillón, bajó lentamente los tirantes de mi vestido y suavemente me besó los hombros, primero uno y luego el otro. Sus ojos buscaron los míos y cogió mis manos con las suyas, acercándolas a su boca y besándolas suavemente.

Aquella dulzura era nueva para mí, nunca un hombre había sido tan delicado conmigo, y me sorprendió gratamente. Segundos después sus brazos rodeaban mi cuerpo. Su boca se aproximó y me susurró: “Cierra los ojos”.

Noté cómo mis manos temblaban, entre el miedo y una sensación nueva en la boca del estómago.

Sus manos me guían hasta lo que presiento que es su cama. Sin dejarme abrir los ojos me tumba en ella lentamente, con mimo y delicadeza. Nuevamente su boca se aproxima y me susurra que ya los puedo abrir. Cuando lo hace, siento la necesidad de acercarme más a él. Con una mano tira suavemente, atrayéndome. Este gesto tan masculino, pero a la vez erótico, me hace vibrar. Puedo notar cómo su miembro se alegra de tenerme cerca.

Su voz era suave y turbadora, y cada movimiento que sus manos hacían acariciando mi cuerpo iba acompañado de una palabra romántica. No tenía ninguna prisa por metérmela y acabar. Sus labios recorrieron mi cuerpo lentamente, primero por el cuello, y después sus dedos bajaron por mis pechos con suavidad; sentí una punzada de placer en mis partes. Aquel hombre estaba entregado a mi placer por completo y no al suyo. Por primera vez alguien hacía sexo para mí.

Mientras sus manos acariciaban la parte interna de mis mulos, cierto calor me invadió. Al llegar a mi pubis sus labios rozaron mi clítoris, haciéndome vibrar. Nunca había experimentado una sensación igual, y sentí un inmenso placer. Estaba cerca de que Julio me penetrara, lo podía ver en sus ojos. En todas mis relaciones anteriores ese era el momento en que saltaba un clic en mi cabeza y el horror del pasado se abría paso para martirizarme.

Pero ese día algo cambió. En ese momento Julio dijo:

―Mónica, mi amor, he soñado con este momento cada segundo desde que te conozco. Quiero mirarte a los ojos, quiero ver en ellos que deseas lo mismo que yo. ¡Por favor, Mónica, déjame hacerte el amor!

Sus manos volvieron a recorrer mi cuerpo. Rocé su pelo con la nariz, su aroma era agradable, limpio y embriagador. Su boca se acercó a la mía y su sabor era perfecto; el recorrido de su lengua fue de una delicadeza exquisita. Tenía los ojos cerrados y Julio me volvió a pedir que los abriera y lo mirara. Cuando los abrí su mirada me dio paz y me sentí tranquila.

Su boca me volvió a besar y nuestras lenguas apenas se rozaron. Jamás me habían besado así. Todo estaba siendo perfecto y empecé a sentir una excitación como nunca hasta entonces había sentido.

Quería estar encima de él, no ser sumisa, como siempre. Quería disfrutar; no que Julio me hiciera el amor, sino hacérselo a él.

Le ordené que se tumbara a mi lado en la cama y lo hizo sin protestar, con una gran sonrisa. Me puse encima. Aún estaba con el vestido por la cintura y él completamente vestido. Sentí cómo mis caderas lo inmovilizaban y sus manos subían mi vestido, mientras le desabrochaba el pantalón. Deslicé la cremallera despacio, deseosa como nunca de que me penetraran. Dejé al descubierto su miembro que, por primera vez, me pareció deseable, y muy despacio monté sobre él, sintiendo su erección empujando mi vientre; podía escuchar cómo su respiración se aceleraba. Susurraba que me deseaba y repetía mi nombre una y otra vez. Recuerdo su cuerpo debajo del mío inmovilizado, esperando a que fuera yo quien mandara, quien se moviera para darnos placer. Comencé a moverme cogiendo sus manos y llevándolas hasta mis pechos. Estaba entregada al placer, que crecía con cada una de las envestidas.

Según iba recordando, todo se hacía más nítido.

Escuchar sus gemidos, que se mezclaban con mis gritos de placer, hizo que mi cuerpo se tensara y mi pulso se acelerara. Momentos después sentí una sensación de placer pleno, acompañado de un gran alivio, porque toda aquella tensión se había liberado. En seguida comprendí que me había corrido; por primera vez en mi vida disfrutaba con el sexo.

Julio no movía ni un solo músculo, y mientras se corría me preguntaba una y otra vez si estaba bien, si había disfrutado. Julio me había despojado de mi trauma, y desde ese momento era libre. Creo que nunca le agradecí lo suficiente lo que hizo por mí. Desde entonces mi manera de ver el sexo cambió y nunca más volví a escuchar ese clic en mi cabeza.

Los hombres pasaron a ser meros juguetes de placer y solo quería de ellos una cosa: que me dieran buen sexo. Quería que me hicieran sentir aquel momento de placer inmenso y después la liberación. Había aprendido a disfrutar de lo único que los hombres eran capaces de dar: su sumisión para mi placer personal. Hasta que César llegó y puso mi mundo patas arriba.

Sabía que aquello pasaría en el momento en que bajara la guardia. Cuando permites que la persona que tienes al lado sea más importante para ti que tú misma, en el momento en que empiezas a ceder terreno para dárselo, en ese momento comienzas a sentir dolor, entonces has perdido por completo el rumbo de tu vida y estás expuesta a cuanto la otra persona quiera hacer de ti.

Así estaba yo, herida de muerte, pero no podía culpar a César. La única culpable era yo; jamás debí haber bajado la guardia. Había perdido mi guerra particular contra los hombres. El primer hombre que había dejado entrar en mi espacio me había roto el alma.

La luz de la habitación era más tenue y el atardecer se podía ver a través de la ventana. Tragué saliva; era como si al recordar todo aquello me costara seguir respirando.

Hacía mucho que no pensaba en toda esa mierda. Ahora lo había hecho con tanta claridad que había vuelto a hacerme daño.

Me recogí el pelo y limpié mis lágrimas. No sabía si aquellas imágenes habían vuelto al estar al lado de mi madre, o por el contrario era debido a la humillación que César me había hecho sentir con el último juego al que me había sometido. Me había sentido humillada.

Me sentí muy cansada, había llegado el momento de marcharse; era más que suficiente para una primera visita.

Mi madre no tenía la culpa de lo que sentía, y ahora lo sabía, pero el estar cerca de ella, sin yo quererlo, hacía que volvieran los peores años de mi vida, y estaba segura de que mi equilibrio emocional no podría soportarlo mucho más.

Me acerqué a ella y le susurré antes de marcharme:

―Mamá, me marcho, pronto volveré a visitarte. Me alegro de haberte vuelto a ver.

La besé en una mejilla, pero ni siquiera levantó la cabeza. No estaba lúcida, y seguramente no sabría quién la besaba, pero necesitaba despedirme; no sabía cuándo encontraría las fuerzas suficientes como para volver a visitarla.

Me encaminé hasta la puerta y antes de abandonar la habitación me volví hacia ella.

―Adiós mamá, creo que al fin he podido perdonarte.

CAPÍTULO TRES

Quería llegar cuanto antes para saber que estaba bien. Suplicarle si fuera preciso, no me importaba la humillación que tuviera que sufrir con tal de recuperarla.

La quería, y ella tenía que saberlo.

Cuando estaba frente al portal me paré en seco; sentí miedo al rechazo, me sentía inseguro. Era como si no tuviera valor suficiente para pulsar el telefonillo. Yo, don César Acebedo, uno de los hombres más prepotentes del mundo, al que no le había temblado el pulso ante nada ni nadie, ahora tenía miedo a pulsar un botón, pero no tuve que seguir pensándolo; una vecina de Mónica de avanzada edad me miró y me saludó:

―Buenos días, caballero, ¿me permite pasar?

―Buenos días ―contesté mientras sujetaba la puerta cortésmente.

La anciana salió y se marchó dándome las gracias. Aquella dulce mujer me había facilitado mucho las cosas. La primera barrera para llegar hasta Mónica la había franqueado, al menos podría subir hasta su casa. Atravesar el portal sería el siguiente paso y eso no debería ser complicado. Una vez en la puerta llamaría hasta que me quisiera escuchar, no importaba el tiempo que tardara.

Subí esperanzado en que todo iba a salir bien. Cuando llegué hasta la puerta, mis nudillos la golpearon para llamar, pero quedé sorprendido al ver que se abría. ¿Como podía tener tanta suerte?

Aproveché para entrar; todo me estaba saliendo de maravilla. Noté mucho desorden. Todo aquello era muy extraño, lo que estaba viendo no me daba buena espina y decidí llamar:

―Mónica, Carol, ¿estáis ahí?

Todo estaba bastante oscuro y nadie contestó. Me estaba empezando a poner nervioso.

Entré apresuradamente al salón con la intención de dirigirme a la habitación de Mónica. En la oscuridad y entre las sombras percibí una presencia, algo se había movido justo a mi lado.

―Mónica, soy César, quiero hablar contigo.

Al no contestar me giré hacia la puerta de nuevo y en una milésima de segundo pude ver dos figuras forcejeando detrás de la puerta, que me había dejado abierta.

Un grito de mujer se escuchó en la habitación:

―¡Ayúdeme!

Un golpe en el hombro y un grito sofocado antes de que un punto de pánico me haga empezar a generar adrenalina. En ese instante me doy cuenta de que el golpe se dirige a mi cabeza. Me abalanzo contra las figuras. Lo único que puedo distinguir mientras intento forcejear es que una de las dos siluetas es más grande, sin ninguna duda de un hombre, que empuja hacia mí a la otra figura, más menuda. Al impactar contra ella palpo un seno y una oleada de miedo me invade al pensar que es Mónica. Retiro la mano deprisa,y mis dedos rozan un pelo largo y sedoso.

Percibo un olor familiar y el miedo y la rabia se disparan hasta crearme un vacío en la boca del estómago.

Necesito saber que no es ella.

―Mónica, cariño, ¿eres tú?

En ese momento encuentro una mirada llena de miedo y desesperación, pero no es la de Mónica. Una sensación de alivio como no he sentido nunca me invade. Es Carol quien forcejea con aquel extraño. El miedo me vuelve a invadir. Si ella es Carol, ¿dónde está Mónica?

Aparto a un lado violentamente a Carol; mi única obsesión es encontrar a Mónica, saber que está bien, pero en ese instante recibo un fuerte puñetazo en las costillas que me deja sin aliento.

Vuelve esa mezcla de miedo y rabia. Realizo con el codo derecho un círculo lo más amplio que puedo, a la vez que extiendo el brazo con el puño cerrado, esperando acertarle en la cara. El golpe impacta en el cuello del agresor, justo bajo la oreja derecha. Me alegra saber que le ha sorprendido mi respuesta tan violenta y acertada, pero me dura poco; se rehace con un puñetazo directo a mi cara.

Me agaché justo a tiempo para esquivarlo; ahora llevaba yo la iniciativa y no quería perderla. Intenté sujetarlo por la muñeca para tratar de inmovilizarlo y llevarlo fuera del piso, donde las luces del rellano y los vecinos quizás jugasen a mi favor, haciendo que el desconocido se diera a la fuga, pues en mi fuero interno esperaba que fuera un atraco.

Así con fuerza la muñeca de mi agresor mientras le empujaba.

―Cuidado, César ―dijo Carol.

Un grito desgarrador salió de su garganta.

Entonces un golpe en la sien izquierda hizo que se me aflojaran las piernas y abriera los ojos de par en par. Fue duro y seco. Noté en la boca el sabor de la sangre, seguramente me había mordido con el fuerte impacto, pero detrás noté el del miedo.

Al empujar al desconocido por el pecho, percibí el tacto de su ropa. La camisa era de seda. Miré la mano derecha de mi agresor intentando saber con qué objeto me había golpeado. Sospechaba que con algo metálico. Entonces vi nítidamente que mi agresor llevaba una pistola y en ese momento mis mayores miedos se hicieron realidad. No era un atraco, como había temido desde un principio. El hombre iba bien vestido y empuñaba una H&K alemana, para nada un arma de ladrón. El agresor era mi sustituto, acabando con el trabajo que yo no quise terminar. El desorden de la casa seguramente lo habría provocado para simular el móvil del robo y no levantar sospechas.

Mientras procesaba toda aquella información, el hombre aprovechó para soltarse y, poniéndome la planta de un pie en la tripa, empujó con todas sus fuerzas, haciendo que me desplazara un par de metros, hasta que choqué con Carol, que acababa de levantarse en un intento desesperado de buscar el móvil para llamar a la policía. La cara del agresor se podía ver con claridad y el desconocido no lo era tanto, su rostro me era familiar. Había estado en algunas de las fiestas que mi padre daba y, últimamente, iba yo representándolo.

Mi mente volvió a aquella habitación, el agresor me miró sonriéndome, levantó la mano del arma, apuntando a Carol, que gritaba presa del pánico justo a mi lado.

Él miraba el pecho de Carol para apuntar al lugar del cuerpo que ofrecía mejor blanco. Observé cómo sus nudillos blanqueaban al apretar la pistola para no errar el disparo, cómo se engarfiaba el índice al apretar el gatillo.

Pensé en Mónica. Sabía que el disparo sería certero y pensé en lo mucho que Carol significaba para ella, y todo aquello en gran parte era culpa mía. En un microsegundo empujé a Carol apartándola del disparo y poniéndome delante de ella mientras gritaba:

―¡Carol, no!

Sentí una quemadura en la cabeza y un calor inmenso, como si de fuego se tratara, invadió todo mi cuerpo. Escuchaba justo detrás de mí los gritos desgarradores de Carol; todo había pasado en unos segundos. Pensé en que los vecinos, alertados por los gritos, habrían dado cuenta a la Policía. Tenía que retener al agresor para ganar tiempo y que ella tuviera la oportunidad de escapar.

En un último esfuerzo me abalancé sobre él.

―Corre, Carol, corre. No podré aguantar mucho más.

Intenté retenerlo, aunque las fuerzas me fallaban. Pude ver la silueta de Carol abandonando el quicio de la puerta mientras me desplomaba.

Tirado en el suelo, pude escuchar cómo aquel hombre maldecía que Carol hubiera escapado. Se acercó a mí lentamente y pensé que su intención era rematarme. La claridad que entraba por el descansillo se fue haciendo más gris. Sentía cómo se aproximaba y me susurraba:

―Lo has vuelto a estropear. No sigas entrometiéndote. Esta vez no ha podido ser, esa zorra está muerta y tú no puedes hacer nada por ella, pero sí puedes hacerlo por ti. Aléjate o la próxima vez no tendrás tanta suerte.

Intenté amenazarle, diciéndole que no la tocara, pero ya no podía hablar, y apenas podía escuchar lo que me decía. Esas fueron las últimas palabras que escuché, después solo oscuridad y silencio. Mis últimos pensamientos fueron para Mónica. Sentía mucho frío y una sensación de somnolencia se fue apoderando de mí. Intenté no cerrar los ojos, pero me pesaban demasiado y al final las fuerzas me fallaron y los cerré para intentar descansar.