La cita - Luc Cotrane - E-Book

La cita E-Book

Luc Cotrane

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Beschreibung

Una vez casados, Alicia Quintero y Alberto Luances que apenas han tenido relaciones sexuales, deciden que durante su viaje de novios van a aprender todo sobre el sexo. Alberto conoce a una joven hermosa y fogosa con la que mantiene una explosiva relación sexual sobre la arena de la playa. Cuando Alicia conoce a esta enigmática mujer que se hace llamar "E", decide considerarla su tutora y, con ella, aprender todos los misterios del sexo. La relación entre los tres llega a límites por ellos insospechados cuando "E" los invita a pasar unos días a su casa.

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Seitenzahl: 140

Veröffentlichungsjahr: 2022

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La cita

La casa de los juguetes

Luc Coltrane

© Luc Coltrane

© La cita (La casa de los juguetes)

Julio 2022

ISBN ePub: 978-84-685-6776-1

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Índice

El encuentro

La cita I

Alfredo

Alicia

Alicia y Alfredo

La cita II

La puerta

“E”

FINAL

El encuentro

Salió de la habitación del hotel con el bañador y una camiseta de colores entrecruzados y, para cubrirse la cabeza del sol, una gorra de visera. Le gustaba correr por las mañanas por la arena de la playa, siempre lo hacía cuando se iba de vacaciones pero ahora, en viaje de luna de miel, no quería perder esa costumbre.

Su mujer, Alicia, se había quedado dormitando en la habitación, con la cama deshecha después de la noche de sexo de la que habían disfrutado. Se habían casado hacía tres días y el viaje a aquella playa había resultado una excelente elección pues tenían tranquilidad al no ser temporada alta, podían disfrutar del lugar, de la playa, los paseos por el malecón con impresionantes vistas y, sobre todo, tenían tiempo suficiente para descubrir el sexo al que dedicaban todo el tiempo que podían.

Durante su noviazgo apenas habían tenido ocasión de realizar el acto sexual más allá de tres o cuatro veces. Ambos vivían con sus respectivas familias, la ciudad en la que residían era pequeña, todos se conocían y nunca encontraban el momento y el lugar adecuado para dedicarlo a lo que más les apetecía. No obstante, decidieron que superarían juntos aquella época, pronto se casarían pues, al tener trabajo los dos, no necesitaban alargar la fecha de la boda.

Se reconocían su reciproca inexperiencia lo que, por una parte les aliviaba a los dos pues eso significaba que ninguno había tenido relaciones con otras parejas pero, por otro, les habría gustado saber más de los juegos y preámbulos, de llegar al éxtasis después de haber disfrutado hasta la saciedad. Sí, lo hacían mucho, pero también sabían que había más, mucho más que tenían que descubrir y querían hacerlo juntos. La torpeza de las primeras veces les resultaba evidente pero sonreían y continuaban con sus caricias y besos hasta que él, Alfredo, terminaba dentro de ella y, agotado, se echaba a un lado exhausto.

Recordaba todo esto mientras sus pies iban depositando su forma geométrica sobre la arena húmeda, dejando un rastro sencillo de seguir si alguien hubiera estado interesado en hacerlo. Escuchaba el mar a su izquierda rompiendo en pequeñas olas sobre la orilla y se imaginaba que ése era el empuje de sus caderas sobre la pelvis de Alicia y, el mar su semen penetrando en ella hasta hacerla sentir un placer inimaginable. Pensaba en sexo, se imaginaba caricias, posturas; su mente se llenaba de ideas que aparecían envueltas en una nebulosa que le impedían definir exactamente qué es lo que podía hacer, aunque alguna idea iba tomando forma.

Se había quitado la camiseta que llevaba colgando por una esquina a la goma del bañador, el torso limpio, sin pelos, como a ella le gustaba, sus brazos anchos del gimnasio y su carrera lenta pero fuerte, segura. Todo en él desprendía elegancia, belleza y un gran atractivo. Creía en él y sabía que podía pelear por lo que quisiera, solo tenía que encontrar el camino, la manera de enfrentar el problema, cualquiera que fuese, y no dejar de insistir hasta ver alguna luz que le recondujera a la salida correcta.

En mitad de la playa se alzaban a media altura unas pequeñas rocas que debía salvar para poder seguir corriendo al otro lado, dividiendo la playa en dos lugares totalmente diferentes. En uno de ellos, el primero que había recorrido, lo solían ocupar los veraneantes que ocupaban los distintos hoteles que se levantaban a lo largo de la costa. Al otro lado de la roca solían acudir los residentes en el pueblo y los que vivían en los alrededores. Era una división extraoficial, pero que el tiempo había ido conformando y ya se daba como algo establecido lo que no impedía, no obstante, una pequeña mezcla en momentos determinados.

Cuando atravesó las primeras rocas, y en el pequeño espacio de arena que había que recorrer hasta llegar al segundo accidente rocoso, escuchó una voz que parecía llamarle a él. Realmente, a aquellas horas, era difícil encontrarse a mucha más gente en la playa y menos aún que ya hubieran iniciado los paseos para ir y volver de un lado a otro antes de zambullirse en el agua fresca del océano. Se detuvo sin dejar de mover los pies y miró a su alrededor. Enseguida la descubrió: era una chica de menos de treinta años, morena de media melena, menuda de cuerpo, con un bikini precioso azul y muy hermosa. La miró inquisitivamente, como preguntándole si le había llamado a él.

—Sí, no hay nadie más, ¿verdad?

—Pues no. Pero ¿nos conocemos?

—No. Bueno, yo te he visto pasar corriendo por aquí todos los días, aunque parece ser que tú no te has fijado en mí.

A Alfredo le pareció que aquello era un pequeño reproche, como si considerase que, siendo tan hermosa, lo lógico era que se hubiera fijado en ella, pero en su carreras de cada día iba enfrascado en sus pensamientos, en descubrir qué nuevas caricias podía hacer en el cuerpo de Alicia, cómo sorprenderla porque sabía que ella, en sus momentos de soledad, también se dedicaba a pensar imaginando nuevos besos y ya le había sorprendido por sus avances, quizá más rápido que él.

—Lo siento, en verdad es lamentable que no haya reparado en ti pero, ahora, tengo la cabeza en otras cosas.

—No tienes que excusarte pero, si quieres, puedes descansar de tanto correr y sentarte aquí un rato, a mi lado. ¿Charlamos?

Alfredo se quedó sorprendido pero aquella mujer le atraía por su belleza y su naturalidad. Decidió que no le vendría mal un pequeño descanso y se sentó sobre una pequeña roca, quizá un poco más alto que ella, aunque ya no quiso rectificar para que no resultara demasiado evidente su error.

—¿Cómo te llamas?

—Alfredo, ¿y tú? —Le extendió la mano derecha a modo de saludo y ella se la estrechó pero no la soltó. Él percibió una piel suave y una manera de coger su mano diferente, suave, dulce y sintió que tampoco quería soltarse.

—Me gusta hablar claro, Alfredo. Te he visto estos días, como ya te he dicho, y cada vez que pasabas, dos veces al día, me apetecía más estar contigo. Sé que es una posibilidad la que tengo: que digas que sí o que digas que no, pero me arriesgo porque sé que te gustará y nunca te arrepentirás de este momento.

La mujer acercó la mano de Alfredo hacia su pecho y la dejó allí mientras que con sus dos manos libres empezó a acariciarle el pecho, las caderas y descendió, lentamente, hacia su bañador que ya había comenzado a mostrar cómo su pene se erguía paulatinamente. La mano de él, torpe, como pudo descubrir enseguida, apenas le acariciaba el seno por encima de la tela del bañador, como si no se atreviera a descubrir la piel que descansaba debajo. Después de acariciar la polla y descubrir su creciente excitación, le pidió que se quitara el bañador y se quedara de pie, algo que Alfredo hizo raudo pero torpemente. No acababa de creerse lo que le estaba pasando: una mujer hermosa le pedía sexo y él accedía, en la playa, recién casado y con su mujer a poca distancia de aquel lugar. Quiso borrar cualquier atisbo de culpa y pensó que aquella experiencia bien le podría servir para aprender cosas que luego podría disfrutar con Alicia: seguro que estaba vez él la sorprendería a ella. Dejaría hacer a aquella mujer que parecía saber todo sin exigirle nada a él.

El bañador cayó sobre la arena, levantó los pies para liberarlos y su polla quedó libre, enhiesta, grande y dura que enseguida fue engullida por la boca de la mujer. Echó la cabeza hacia atrás como reflejo del enorme placer que acababa de sentir pero decidió que no sería justo que únicamente se dejara llevar por el placer que estaba sintiendo, debía concentrarse y mirar, observar los movimientos de la mujer para que después Alicia pudiera repetirlos. Con todas sus fuerzas aguantó el placer aunque sentía que podía correrse en cualquier momento, algo que con su mujer no le pasaba, aguantaban mucho tiempo de caricias ante de eyacular dentro de su vagina.

Miró cómo la mujer cogía su polla con delicadeza y entraba y salía de su boca alternativamente. Le besaba con los labios el prepucio, todo lo largo de la polla hasta meterse en la boca los testículos. No dejaba de sorprenderle la facilidad con la que hacía cada cosa. La lengua le recorría de arriba a abajo, sentía sus lametones, su saliva en la punta del pene antes de que volviera a engullirla sin poder entender cómo era posible que pudiera caberle prácticamente toda en aquella maravillosa boca.

Con la otra mano le acariciaba entre las piernas, los huevos, para pasar luego a masturbarle con las dos manos mientras levantaba la cabeza para mirarle a los ojos. Cuando sus miradas se cruzaron, Alfredo sintió que aquella mujer era algo más que especial, sus ojos transmitían no solo placer, sino que parecía transmitir agradecimiento, cariño. Le hacía sentir que era él quien le estaba haciendo el favor a ella y aquel sentimiento hizo que su corazón aún se acelerara más, la mujer lo percibió e introdujo inmediatamente la polla en la boca y, ayudada por las manos masturbándole con fuerza, consiguió que se vaciara dentro de ella entre convulsiones de placer que no podía controlar.

No salía de su asombro: además de todo lo que le había hecho, le dejaba correrse dentro de su boca, algo que ni siquiera se atrevía a imaginar que pudiera pedirle a Alicia. Con el corazón desbocado, fallándole las piernas, comprobó cómo seguía besando su polla con restos de semen entre sus labios y se dejó vencer por el cansancio cayendo sobre la toalla mientras ella le seguía sin soltarle la polla, pasando su lengua por el miembro como si aún pudiera sacar más de su interior vacío.

Después de sentir los últimos rastros de placer con los ojos cerrados comenzó a entreabrirlos para ver cómo la mujer se reincorporaba y le sonreía, aun manteniendo una mano sobre su sexo que comenzaba a decaer.

—No hace falta que me digas nada, lo puedo leer todo en tu cara. Realmente tienes una buena polla, aunque seguro que puede dar de sí más de lo que me has dado.

Alfredo, aún con el rostro contraído por el dolor/placer, la miró extrañado. Le había dado todo, por supuesto, aunque, siendo justos, había sido ella la que le había sacado todo, más de lo que él podría haber imaginado. Hizo una mueca tratando de sonreír pero apenas tuvo fuerzas para decirle unas pocas palabras entrecortadas por el cansancio.

—Si crees… si tú crees que no… te he dado… todo… todo lo que tengo…

—¡Qué poco confías en ti, Alfredo! O, tendré que decir ¡qué poco te conoces!

Alfredo le hizo un gesto con las manos para transmitirle que lo hecho era todo lo que podía ofrecerle.

—Esto es lo que hay.

—No me lo creo. ¿Me dejas que pruebe?

Sin esperar respuesta, la mujer se recostó a su lado, comenzó a besarle con suavidad los labios, después las mejillas; se detuvo en el cuello, algo que Alfredo no pudo soportar y, en un movimiento reflejo, lo apartó de sus labios. La mujer empezó a acariciarle el pecho, los pezones y, entonces, Alfredo, pegó un respingo como si una descarga eléctrica acabase de recorrerle todo el cuerpo y la miró sorprendido, momento que ella aprovechó para lanzarse con sus labios y dientes a besarle y pegarle pequeños mordisquitos en el pezón derecho. ¿Qué hacía? Eran los hombres los que besaban los pechos a las mujeres, era él quien le besaba los pechos a Alicia, aunque no notaba que le transmitiera mucho placer. Su cuerpo empezó a retorcerse y siguió anotando en su mete todo lo que sucedía. Se preguntaba cómo era posible que en un momento pudiera estar aprendiendo tantas cosas, que hubiera tenido la suerte de conocer a aquella desconocida que ni siquiera le había dicho su nombre, que le estuviera enseñando tanto, dándole tanto placer y no queriendo que se detuviera nunca.

Lo justo e injusto cruzó su mente como un latigazo. Efectivamente, estaba aprendiendo mucho pero ¿no tenía el mismo derecho Alicia a aprender? ¿Acaso aquella mujer no sería una buena profesora también para ella?

Su mente regresó a su cuerpo cuando percibió que la mujer le separaba las piernas, su pene apenas empezaba a recobrar un poco de vida lo que no dejó de sorprenderle nuevamente. Cambió de lugar, se arrodilló entre sus piernas, se las levanto y comenzó a pasar la lengua por su ano. Al inicial instinto de rechazo le acompañó un fulgor de placer. Cerró los ojos y decidió que debía seguir dejándose hacer. Hasta aquel momento todo había ido bien, no había tenido que rechazar nada y todo había sido un cúmulo de momentos placenteros que le habían trasladado a la gloria. Sintió la lengua húmeda rodear su ano, sus nalgas, en donde descargaba pequeños mordiscos para regresar con más énfasis al esfínter, haciendo fuerza como si quisiera penetrar dentro con la punta de la lengua. Aunque no le estaba tocando la polla, comprobó cómo comenzaba a ponerse dura al percibir que su ano estaba siendo perforado, desvirgado por un dedo que antes había humedecido con saliva.

Sintió el instante de la penetración y cómo el dedo entraba con cierta dificultad. Lo extrajo y él pensó que no lo hiciera, que regresara dentro pero que no le doliera. Tenía miedo y deseo, una mezcla que le excitaba más. La vio cómo se lo llevaba a la boca y lo llenaba otra vez de saliva mientras le sonreía triunfante y feliz. El dedo húmedo descendió ante sus ojos y aflojó sus músculos, pensando que así podría facilitarle a ella el trabajo y ayudaría a incrementar en él el placer. Empezó a notar cómo hurgaba en la entrada de su culo y el goce en su polla crecía. Poco a poco se fue abriendo a su exploración, la yema del dedo abrió el ano y avanzó en busca de un túnel oscuro de seguro placer. Giraba el dedo a izquierda y derecha a la vez que avanzaba percibiendo cómo se iba abriendo camino y su ano se volvía cada vez más grande, más ancho, y el dedo acariciaba sus paredes internas hasta llegar a un punto en donde se detuvo un instante, apenas unos segundos de descanso antes de empezar a moverlo hacia fuera y hacia dentro. Cuando parecía que iba a sacarlo, él se volvía loco y apenas le daba tiempo a pensar que la mataba si se atrevía a sacar su dedo de su interior porque, enseguida, volvía a sentir cómo le penetraba hasta lo más profundo haciéndole estallar en un pequeño grito de placer.

Cuando creyó que ya no podía más, percibió la otra mano de la mujer que le cogía la polla y comenzaba a masturbarle. Tanto placer y por tantas partes de su cuerpo estaban a punto de hacerle estallar en mil pedazos. Pero lo que nuevamente estalló fue su semen que salió despacito, cayendo sobre su vientre al haber dirigido hacia allí su polla la mujer para que sintiera el calor especial que él mismo desprendía. Luego le cogió la mano e hizo que, acariciándose el vientre, extendiera su semen mientras sacaba lentamente su dedo de su culo proporcionándole el último instante de placer antes de que todo su cuerpo quedara flácido y desmadejado sobre la toalla.

Luego ella se dejó caer a su lado, se pegó a él y le cubrió la cintura con su brazo sintiendo sus latidos que le llegaban retumbando desde lo más profundo de su corazón.

Cuando Alfredo se despertó de su somnolencia, ella seguía a su lado, en la misma postura, pero observándole como si acabara de recibir el mejor regalo de su vida.

—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Por qué yo?

—Demasiadas preguntas, Alfredo. Soy yo la que debería preguntarte a ti tantas cosas… Me has hecho tan feliz, me has entregado tanto de ti…

—No te entiendo, yo no te he hecho nada y…

—¿Acaso sabemos en dónde está el placer? —Ante la cara sorprendida de Alfredo, continuó la frase—. ¿El placer es hacer o dejarse hacer? Me has dado lo que necesitaba y, si yo también te lo he dado a ti, ¿se puede pedir más?

—Pues yo me siento en deuda contigo, no sabes lo que me has enseñado.

—Perdona pero, quien está en deuda soy yo, por eso quiero que me pidas lo que quieras, lo haré por ti o para ti.