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La Ciudad el Futuro es posiblemente, la obra fundacional del planeamiento urbano y rural modernos. Publicada por primera vez en Paris, en 1924, se constituyó en un dramático llamado de atención referido al crecimiento incontrolado de las ciudades. Sólo un visionario como Le Corbusier pudo ser capaz de presagiar un conflicto de tal envergadura y proponer soluciones concretas, que en la actualidad siguen vigentes. Con valentía y el espíritu polémico que lo caracterizan, Le Corbusier efectúa propuestas que, a pesar del tiempo transcurrido, siguen siendo uno de los puntos de partida del urbanismo moderno. La Ciudad el Futuro es un documento imprescindible para el interesado en el proyecto y en la planificación urbana de las ciudades del siglo XXI. Reimpresión de la edición ilustrada con dibujos originales del autor y con introducción del arquitecto Roberto Converti.
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Seitenzahl: 262
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Biblioteca de Planeamiento y Vivienda
título de la edición original:Urbanisme
Publicada por Editions Crès, París
Primera edición en francés: 1924
Primera edición en castellano: 1962
Cuarta edición en castellano: 2001
Primera reimpresión en castellano: 2003
Segunda reimpresión en castellano: 2006
Tercera reimpresión en castellano: 2013
Quinta edición en castellano: 2021
versión castellana:Enrique L. Revol
diseño de la presente edición:Karina Di Pace
idea y supervisión general:Cristina Lafiandra
© Fondation Le Corbusier, Paris, France
© de todas las ediciones en español, Ediciones Infinito, Buenos Aires, Argentina
e-mail: [email protected]
http://www.edicionesinfinito.com
isbn978-987-3970-31-3
Hecho el depósito que marca la ley 11.723.
Buenos Aires, 2022.
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión a cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permisoprevio y por escrito del editor. La infracción a los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
Digitalización: Proyecto451
Le Corbusier
La ciudad del futuro / Le Corbusier. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Infinito, 2022.
Libro digital, PDF - (Biblioteca de planeamiento y vivienda /
Carlos Alberto Méndez Mosquera ; Jorge Enrique Hardoy ; J. Rey Pastor)
Archivo Digital: online
Traducción de: Enrique Luis Revol.
ISBN 978-987-3970-31-3
1. Urbanismo . 2. Arquitectura. I. Revol, Enrique Luis, trad. II. Título.
CDD 711.4
Prólogo
Advertencia
primera parte
Discusión General
I. El Camino de los Asnos, El Camino del Hombre
II. El Orden
III. El Sentimiento Desborda
IV. Perennidad
V. Clasificación y Selección (Examen)
VI. Clasificación y Selección (Decisiones oportunas)
VII. La Gran Ciudad
VIII. Estadística
IX. Recortes de diarios
X. Nuestros medios
segunda parte
Un Trabajo de Laboratorio. Un Estudio Teórico
XI. Una Ciudad Contemporánea
XII. La Hora del Trabajo
XIII. La Hora del Descanso
tercera parte
Un caso preciso: el Centro de París
XIV. Medicina o Cirugía
XV. El Centro de París
XVI. Cifras y Realizaciones
Apéndice
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El gran dilema planteado por Le Corbusier a través de sus reflexio-nes y propuestas urbanas fue, y es, cuál es el orden que sobreven-drá ante la nueva dimensión de la ciudad futura.
Su reconocimiento intelectual permanente es el crecimiento, el desborde, la invasión, el movimiento brutal, donde ante sus ojos las formas se multiplican, y ante ello manifiesta la fascinación y el asom-bro de los nuevos centros donde la gente acude, se apiña, trabaja y lucha y donde la gran ciudad vibra y se agita, y es entonces donde él profetiza que de ellas sobrevendrá la paz o la guerra, la abundan-cia o la miseria, la gloria, el espíritu triunfante o la belleza.
Frente a un mundo en movimiento, Le Corbusier reacciona planteando la necesidad de redefinir el sentido del ser en la gran ciudad, así la incógnita que sobreviene ante otra escala legitima un aspecto estratégico: la gran ciudad como sede del poder, los nego-cios, la industria, las finanzas, la política, la ciencia, la pedagogía, el arte, todos ellos conviven en un espejismo deslumbrante, donde las vibraciones de la aglomeración impulsan asimismo la idea de un camino de contradicciones.
El principal y más importante dictamen, que postula el pen-samiento moderno de Le Corbusier, reside en las diferentes condi-ciones de los habitantes de una gran ciudad.
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la ciudad del futuro
De este modo, clasifica los problemas, los ubica en un orden preciso y trabaja apasionadamente en resolver las nuevas incógni-tas, cuáles son los tipos de población que habitan en la ciudad, cómo debe ser el modelo urbano del cual ha de depender el aloja-miento familiar, cuáles los sitios del confort para la residencia, el espacio público, los lugares de movilidad y el territorio del traba-jo y cuál, entonces, la proporción y armonía admisible para los lugares del hombre.
La ciudad jardín es, ante todo, un deseo imaginario, un pos-tulado programático que revisa la calidad de habitar como adver-tencia, que se desgarra ante la propia admiración de quien cree en el futuro a partir de la transformación radical y que atraviesa el camino desesperadamente, creando las condiciones de lo ima-ginable por pocos como lugar edificado, pero con el temor de cómo poder sostener al habitante dentro de un cotidiano simple.
Gracias a la estadística, advierte Le Corbusier, se penetra en el porvenir y se adquieren certezas anticipadas, incorporando una nueva incógnita, esta vez sobre las sinuosas burocracias de la administración dedicada a la planificación de la ciudad.
La administración pública es, a su juicio, la maquinaria inex-tricable que permite mantener un cierto orden y disciplina a millo-nes de personas, las cuales, él admite, sus actos están regidos por la anarquía y el individualismo; son, definitivamente, millones de personas creando una tensión terrible y dramática.
Desde ese lugar él concibe el lugar del estado, es desde su óptica aquel que toma y mantiene la estadística como medida de control primero y de discernimiento sobre la dirección a adoptar luego, comprendiendo la idea como una maquinaria de aceitados engranajes en la cual se aloja un alma temerosa y respetuosa de todo cambio atrevido que conduzca al sistema a un nuevo escenario.
La estadística, como ejemplo, es la representación del esta-do de las cosas y quien como él propone la alteridad, el destruir la maquinaria de la estabilidad es su principal y esencial con-frontación.
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En este sentido Le Corbusier aporta una modificación trascen-dente al comportamiento profesional, alentando a pensar de otro modo la condición de la ciudad, seguramente de manera exagerada y a partir de un momento revolucionario como contexto, pero robus-tecido por la posibilidad de una nueva oportunidad, confronta con la tradición conservadora y proclama un nuevo valor, un espíritu libre, sin remordimientos, una búsqueda reforzada por la idea de la salvación, donde describiendo la amenaza a través de la figura del legado asombroso del Catastro, en verdad, apunta a pensar de otra manera, alentando cambios, alternativas, mutaciones.
Se resiste a escuchar a los dogmáticos conservacionistas de la estética edificada como una limitante urbana, piensa en el hombre, en su porvenir, en las nuevas dinámicas sociales, en la calidad del paisaje, en las tecnologías más avanzadas, en el descubrimiento y la innovación, en una moderna armonía del diseño y su adaptación cultural, alienta a mejorar las condiciones racionales de habitabi-lidad y es, en este sentido, profundo. Donde no es complaciente nunca es con los reaccionarios defensores de la belleza ornamental.
Pueden ser realizados, esto es lo que hace audaces a nuestros sueños. Seguramente Le Corbusier, a partir de la audacia de ima-ginar un sueño realizado, sabe que el urbanismo es un fantástico instrumento de creación colectiva desde donde provocar, escanda-lizar, violentar, manifestar y reaccionar, para desarrollar el interés por la invención y salir de la vulgaridad.
Allí, uno de los aspectos técnicos más considerados en sus propuestas es, cómo se debe comprender la problemática de la den-sidad, Le Corbusier es determinante. Tanto más grande es la den-sidad de población de una ciudad, tanto más pequeñas son las distancias que recorre. Consecuencia: aumentar la densidad del centro de las ciudades, sede de los negocios.
Y desde ahí, su conjetura se amplía.
Aumentar las superficies plantadas y disminuir el trayecto a reco-rrer. Hay que construir en altura en el centro de la ciudad. La calle moderna es un organismo nuevo, especie de fábrica longitudinal.
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La calle moderna debe constituir una obra maestra de ingenie-ría civil.
Su pensamiento es estratégico.
Esatento a las condiciones objetivas de la realidad, pero al mis-mo tiempo impulsa a través de su posición otros estados de la misma.
Los distintos aspectos del sistema de la ciudad se interrelacionan y ésa es su principal capacidad, alinear la complejidad existente hacia un nuevo esquema de relaciones, planteando una matriz super-puesta de intereses, pero reconociendo a cada uno de los integrantes un lugar, proponiendo un nuevo vínculo social urbano.
Su búsqueda piensa en una inteligente red de infraestructura que constituya un soporte de alto rendimiento para la intensa acti-vidad del hombre moderno, sugiere la creación de aeropuertos, pistas de autos y taxis rápidos, grandes puertos, subterráneos de amplios recorridos, trenes suburbanos y estaciones de diversos nive-les entrelazadas con rascacielos, universidades, comercios, centros deportivos y parques.
Un organismo creado a partir de la dinámica.
La vitalidad social que imagina Le Corbusier es máxima y desde ahí plantea la forma de la ciudad futura, por ello su categoría de reflexión. El progreso económico y social sólo puede nacer de problemas técnicos que se solucionen bien. No se revoluciona revo-lucionando. Se revoluciona solucionando. En toda circunstancia, claridad de espíritu y firmeza.
En la irresistible oportunidad de crear relaciones con el pre-sente es inevitable que quien estudia y participa de los fenómenos contemporáneos de las ciudades cree analogías posibles con los modos de pensar estratégicamente y en la actualidad la cuestión urbana, me permito entonces acercar la figura de Rem Koolhaas y algunas relaciones de interés que suscita la presencia de ambos en los principios y finales del siglo xx.
«… Casi se trata de crear un estado artificial de inconscien-cia. Yo siempre he creído en la incertidumbre. Para estar
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realmente convencido de algo, uno necesita sentir un profun-do disgusto por casi todo lo demás.
Así en determinados proyectos resulta decisivo explorar nuestras fobias para reforzar nuestras convicciones…»
El relato reproduce una respuesta que oportunamente produjera Koolhaas durante una entrevista realizada por Alejandro Zaera Polo para El Croquis53, en ella logra reflexionar sobre la manifestación brutal de los estímulos personales ante las ilusiones colectivas de la ciudad y cuanto de trascendente representa este estado en las búsquedas e investigaciones urbanas construidas a partir de los inconscientes más íntimos, provocando la alteración de las condi-ciones del hábitat de millones de personas, en un vibrante desafío materializado en cada nuevo lugar del sistema, creado como prota-gonista de una ilusión pretendida. Rem Koolhaas establece también un parámetro de referencia sobre las actuaciones en la ciudad.
«… Hasta cierto punto, dependemos de las condiciones que nos rodean, debemos hacer nuestra propia reflexión —en parte intuitiva y en parte explícita— y tratar de hallar dón-de se encuentra el potencial de aquella interpretación que genera cada proyecto. Esde esta reflexión de lo que depende que nuestra representación del sistema resulte positiva o negativa, neutra o apasionada…»
Las posiciones de Le Corbusier y Koolhaas atienden la fisonomía de una nueva magnitud de ciudad. En dos tiempos de la historia del siglo xxhan concentrado su interés en elaborar las condiciones de la ciudad futura, creando a su modo presagios sobre el devenir de los procesos productivos y sociales que dan forma a la concentración, la conexión, los fragmentos, los contrastes, los desplazamientos. Una nueva coexistencia entre el hombre y el territorio.
Ambos han sido itinerantes junto a su teoría, América, Asia y Europa, les ha permitido ligar acontecimientos culturales, raíces,
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mitos y ritos del acontecer urbano y crear una oportunidad deriva-da del deseo de experimentar un compromiso con el urbanismo entendido como instrumento cultural, donde la interpretación de la realidad se transforma en el descubrimiento necesario para avanzar hacia las nuevas formas de la ciudad.
Ambos han propuesto a su tiempo el debate sobre el crecimien-to y la infraestructura como tema clave del acontecer de las grandes ciudades, determinando que en la comprensión y la estrategia a pro-poner sobre ambas cuestiones deben fijarse los criterios conceptuales y las decisiones referidas a la construcción urbana.
En Indonesia solía haber unos individuos que acarreaban car-ne y fuego en equilibrio sobre los hombros y circulaban por la ciudad montando restaurantes instantáneos en cualquier sitio. Estotambién ocurre en Singapur y coexiste con las promociones de viviendas corbusieranas. La belleza de estos procesos radica en cómo estas etapas históricas tienen lugar en forma simultánea, no en forma secuencial, como en Europa.
«… Hay calles en Seúl donde primero ves edificios de cinco plantas iluminados con neón, luego das un giro de noventa grados y son de dos plantas —iluminados con bombillas colgadas de un cable— y luego giras otros noventa grados y de repente, todo se convierte en barro y cartón…»
Más reciente, esta transcripción de Koolhaas a El Croquis79 remi-te también a cualquier ciudad latinoamericana, incluso no faltará quien seguramente haya encontrado estas imágenes aún en el Occi-dente más desarrollado, pero el foco es más dramático si la inter-pretación se fija en comprender que son lugares humanos y en la calidad del sitio habitado. Ante ello, no es de desilusión el senti-miento que debe acompañar a quienes imaginan radicalmente la conformación del espacio urbano, sino el de un brutal reconoci-miento que una vasta y enorme complejidad, se ha montado sobre la red humana que vive en las ciudades.
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Es la superposición y la contradicción la que definitivamente se han instalado como modo real y virtual del ser social hacia el siglo xxi. No es la oportunidad plena de un cambio absoluto que Le Corbusier alentaba a comienzos del siglo xx, pero es su clarivi-dencia la que permite comprender que los cambios están sujetos a la oportuna acción de cirugías que introduzcan la solución conve-niente, factible y hasta excepcional, que reconduzca a las ciudades hacia puntos de tensión permanente, que mantengan la dinámica social de sus centros y periferias, que relacione la circulación con la infraestructura y el espacio público, que indague en modernas tipologías del hábitat, que doten de calidad al paisaje urbano, que sostenga una audaz actitud de adaptación a los cambios culturales de la sociedad.
La inteligencia se explica como un fenómeno de acumulación que permite, adecuadamente o no, crear interpretaciones que inten-tan de manera irresistible soluciones a problemas inevitables. Es una rueda provocativa, que representa mundos diferentes, instantes de vida alterados, descubrimientos, perspectivas, mitos, es esencial para ello la idea que los signos culturales edificados por el hombre permanecen siempre vivos, desde ahí el sentido trascendente de la interpretación.
Le Corbusier es, entonces, una fantástica representación de los signos culturales vivos, él advertirá siempre sobre los misterios del habitar humano acentuando la magia de lo diverso como acción urbana y creerá eternamente que las ciudades aparecen y desaparecen.
Es un estratega de la invención.
Arq. Roberto Converti
Buenos Aires, marzo de 2001.
prólogo
La ciudad es un instrumento de trabajo.
Las ciudades ya no desempeñan normalmente esta función. Son inefi-caces: gastan el cuerpo, se oponen al espíritu.
El desorden que en ellas se multiplica resulta agraviante: su decadencia hiere nuestro amor propio y ofende nuestra dignidad.
No son dignas de la época: tampoco son dignas de nosotros.
¡Una Ciudad!
Es la manumisión de la naturaleza por el hombre.
Es una acción humana contra la naturaleza, un organismo humano de protección y trabajo. Es una creación.
La poesía es un acto humano: las relaciones concertadas entre imágenes perceptibles. La poseía de la naturaleza sólo es exactamen-te una construcción del espíritu. La ciudad es una imagen poderosa que acciona nuestro espíritu. ¿Por qué no habría de ser la ciudad, también ahora, una fuente de poesía?
La geometría es el medio que nos hemos dado para percibir alrededor nuestro y para expresarnos.
La geometría es la base.
«Si codicia las verdades primordiales, el espíritu se aniquila; si se casa con la tierra, se abona.»
Max Jacob (Philosophies, nº 1, 1924)
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la ciudad del futuro
Es, asimismo, el soporte material de los símbolos que representan la perfección, lo divino.
Nos aporta las satisfacciones excelsas de la matemática. La máqui-na procede de la geometría. Toda la época contemporánea, por tanto, es, esencialmente, geometría; su ideal lo orienta hacia los goces de la geometría. Las artes y el pensamiento modernos, después de un siglo de análisis, buscan más allá del hecho accidental y la geometría los conduce a un orden matemático, actitud cada vez más generalizada.
La casa plantea nuevamente el problema de la arquitectura al plan-tear el de medios de realización totalmente nuevos, al plantear el de un plano completamente nuevo adaptado a una forma nueva de vida, al plantear el de la estética que surge de un estado de espíritu nuevo.
Hay un momento en que una pasión colectiva subleva una época (el pangermanismo de 1900-1920 al igual que la caridad de los primeros cristianos, etcétera.).
Tal pasión anima los actos y los colora con fuerza, los dirige.
En la actualidad, esta pasión es la de la exactitud: hace falta un coraje obstinado y fuerza de carácter. La época ya no es de tranquili-dad y blandura. Está enérgicamente afirmada en la acción. No hay que ser derrotista para hacer lo que sea (ni tampoco tonto ni desilusio-nado); hay que creer: hay que tocar el fondo bueno de la gente.
No hay que ser derrotista para soñar con el urbanismo moderno porque esto significa acordar que se trastornarían muchas ideas acep-tadas. Pero hoy puede soñarse con hacer urbanismo moderno porque es el momento y porque una pasión colectiva es desencadenada por las necesidades más brutales y guiada por un elevado sentimiento de verdad. Un despertar del espíritu reforma ya el marco social.
Parecería que sucesivas experiencias señalan la solución y que la hipótesis está firmemente arraigada en las verdades de la estadística. Hay un momento en que una pasión colectiva es capaz de sublevar una época.
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El año pasado trabajaba en este libro en el vacío del verano parisino. Esa carencia momentánea de la vida de la gran ciudad, esa quietud, terminaron por sugerirme que me dejaba arrastrar por la magnitud del tema, arrastrar más allá de las realidades.
Llega el 1° de octubre. A las seis de la mañana en los Champs Elysées, de súbito, es la locura. Después del vacío, la reanudación furiosa del tráfico. Después, de cada día acentúa más esta agitación. Uno sale de casa y, habiendo pasado la bóveda, sin transición, henos aquí convertidos en tributarios de la muerte: los autos pasan.
Veinte años atrás me llevan a mi juventud de estudiante; la calle nos pertenecía: en ella se cantaba, en ella se discurría… el ómnibus a caballos se movía lentamente.
En este 1° de octubre de 1924 se asiste en los Champs Elysées, al acontecimiento, al renacimiento titánico de esta cosa nueva, cuyo impulso habían quebrado tres meses de vacaciones: la circulación. ¡Autos, autos, rápido, rápido! Uno está sobrecogido, el entusiasmo pue-de apoderarse de nosotros, la alegría. No es el entusiasmo de ver brillar, bajo los rayos de los foros, las carrocerías brillantes. Sino el entusiasmo de la fuerza. El cándido e ingenuo goce de estar en medio de la fuerza, de la potencia. Uno participa en esta potencia. Uno forma parte de esta sociedad cuya aurora despunta. Uno tiene confianza en esta sociedad nueva que encontrará la magnífica expresión de su fuerza. Uno lo cree.
Su fuerza es como un torrente que las tormentas han hecho crecer: una fuerza destructora. La ciudad se disgrega, la ciudad no puede durar más, la ciudad está terminada. La ciudad es demasiado vieja. El torrente no tiene lecho. O sea que es una forma de cataclismo. Es una cosa absolutamente anormal el desequilibrio aumenta de día en día.
Ahora todos sienten el peligro. Señalemos de paso que en pocos años ya se ha olvidado la alegría de vivir (la buena alegría secular de dejarse ir tranquilamente sobre sus piernas); uno se absorbe en una actitud de bestia acosada, de sálvese quien pueda cotidiano;1el signo
1Es exactamente cierto: uno arriesga la vida a cada paso. Suponed que vuestro pie se resbala, que un desfallecimiento os hace caer…
advertencia
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ha cambiado; la normalidad de la existencia está arrasada, afectada por el signo negativo.
Se proponen tímidas soluciones… Conocéis ese pueril ardor que ponen los habitantes de la aldea en levantar barreras improvisadas, en medio de la premura y el desvarío, para encauzar el torrente crecido bajo la tempestad y que ya hace rodar la destrucción en sus furiosos remolinos…
Hace quince años, en el curso de largos viajes, medí la fuerza omni-potente de la arquitectura, pero tuve que recorrer difíciles etapas para hallar el ambiente necesario. Ahogada la arquitectura bajo la ava-lancha de legados incoherentes solo se ligaba al espíritu por un difí-cil desvío y sólo conmovía débilmente. En cambio, una arquitectura bien asentada en su medio, hacía sonar alegremente la armonía y conmovía profundamente. Sentí ante el hecho, y lejos de los manua-les, la presencia de un factor esencial: el urbanismo, palabra que sólo conocí más tarde.
Estaba consagrado totalmente al arte.
Un día, la lectura de Camillo Sitte,2el vienés, me inclinó insi-diosamente hacia el pintoresquismo urbano.
Las demostraciones de Sitte eran hábiles, sus teorías parecían exactas; pero estaban fundadas sobre el pasado. A decir verdad, eran el pasado; y el pasado venido a menos, el pasado sentimental la florecilla un poco insignificante al borde del camino. Este pasado no era el de los apogeos; era el de las transacciones. La elocuencia de Sitte iba bien con ese enternecedor renacimiento del «techo» que debía, con una paradoja digna de la celda de orates, desviar grotes-camente la arquitectura de su camino (el «regionalismo»).
Cuando en 1922, a pedido del Salón de Otoño, hice el diorama de una ciudad de tres millones de habitantes, me confié a las vías seguras de la razón y, digeridos los lirismos de otrora, tuve la sensa-ción de concertarme con el de nuestra época que amo.
2Der «Stadte-Bau nach seinen Künstlerischen Grundsätzen» (1889).
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Mis amigos íntimos me dijeron, asombrados de verme saltar tan deliberadamente sobre las contingencias inmediatas: «¿Te ocupas del año 2000?» Por doquier, los periodistas escribieron: «la ciudad futu-ra»: No obstante, había denominado ese trabajo «una ciudad contem-poránea»: contemporánea porque el mañana no le pertenece a nadie.
Sentía claramente que el acontecimiento apremiaba. De 1922 a 1925 ¡cómo se han precipitado las cosas!
1925: la Exposición Internacional de Artes Decorativas en París va a señalar la inutilidad de las miradas hacia atrás. Será una aversión total se dará vuelta una hoja.
Normalmente puede admitirse que después de las «sublimes» fuerzas llegaron finalmente las obras serias.
El arte decorativo ha muerto. El urbanismo moderno nace con una nueva arquitectura. Una evolución inmensa fulminante, brutal, ha cortado los puentes con el pasado.
Recientemente, un joven arquitecto vienés —espantosamente desi- lusionado— admitía la muerte inminente de la vieja Europa: sólo la joven América puede alimentar nuestras esperanzas. «Ya no se plantea el problema de la arquitectura en Europa —decía—. Hasta hoy nos hemos arrastrado de rodillas, oprimidos, aplastados por la densa carga de las culturas sucesivas. El Renacimiento, los Luises luego, nos han agotado. Somos demasiado ricos, estamos hastia-dos, ya no nos queda la virginidad que puede dar origen a una arquitectura.»
El problema de arquitectura de la vieja Europa, respondíale yo, es el de la gran ciudad moderna. Será el Sí o el No, la vida o la extinción lenta. Lo uno o lo otro, pero lo uno vivirá si así se lo quie-re. Y nuestras demás culturas pasadas nos facilitarán precisamente la solución pura, decantada, pasada por todos los tamices de la razón y de una sensibilidad refinada.
Ante el diorama de 1922, el director de «Broom» de Nueva York me decía: «Dentro de doscientos años los norteamericanos vendrán a
advertencia
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la ciudad del futuro
admirar las obras racionales de la Francia moderna y los franceses irán a asombrarse ante los rascacielos románticos de Nueva York.»
Resumen:
Entre creer y no creer, más vale creer.
Entre actuar y disolver, más vale actuar.
Ser juvenil y lleno de salud es poder producir mucho, pero serán necesarios años de experiencia para producir bien.
Estar nutrido de las civilizaciones anteriores permite disipar la oscuridad y atraer sobre las cosas un juicio claro. Es ser derrotista pensar que, pasada la época de estudiante, uno no es más que un residuo. ¿Por qué decidir que somos viejos? ¿Viejos? El siglo XXeuro-peo puede ser la hermosa madurez de una civilización. La vieja Euro-pa no es vieja en realidad. Sólo se trata de palabras. La vieja Europa está llena de poderío. Nuestro espíritu alimentado por los siglos es alerta e inventivo; su fuerza está en la cabeza, en tanto que América tiene brazos sólidos y el noble sentimentalismo de la adolescencia. Si en América se produce y se siente, en Europa se piensa.
No hay motivo para enterrar la vieja Europa.
Diciembre de 1924.
El hombre camina derecho porque tiene un objetivo; sabe a dónde va; ha decidido ir a determinado sitio y camina derecho.
El hombre camina derecho porque tiene un objetivo; sabe a dónde va, ha decidido ir a determinado sitio y camina derecho.
El asno zigzaguea, pierde el tiempo un poco, sesera esmirriada y distraída; zigzagueapara evitar los cascotes, para esquivar la pendiente, para buscar la sombra; se preocupa lo menos posible.
El hombre rige sus sentimientos con la razón; reprime sus sen-timientos y sus instintos en pos del objetivo que tiene. Gobierna a la bestia con su inteligencia. Su inteligencia erige normas que son efecto de la experiencia. La experiencia nace del trabajo; el hombre trabaja para no perecer. Para producir hay que tener una línea de conducta; hay que obedecer las reglas de la experiencia.
Hay que pensar por anticipado en el resultado.
El asno no piensa en nada, en nada más que en dar vueltas.
El asno ha trazado todas las ciudades del continente, incluso París, desgraciadamente.
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la ciudad del futuro
En las tierras que las nuevas poblaciones invadían poco a poco, la carreta pasaba así, a contento de las prominencias y de los huecos, de los guijarros o de la turba; un arroyo era un gran obstáculo. En el cruce de las rutas, al borde del agua, se construyeron las primeras chozas, las primeras casas, los primeros poblados; las casas se ali-nearon a lo largo de las rutas, a lo largo del camino de los asnos. Se puso alrededor un muro fortificado y un ayuntamiento en el interior. Se legisló, trabajó, vivió y respetó el camino de los asnos. Cinco siglos más tarde se construyó un segundo cerco de murallas más grande, y cinco siglos después un tercero, más grande aún. Por donde entraba el cami-no de los asnos, se hicieron las puertas de la Ciudad y se puso a empleados de registro. El poblado es una gran capital. París, Roma, Estambul están construidas sobre el camino de los asnos.
Las capitales no tienen arterias, sólo tienen capilares; el crecimien-to señala su enfermedad o su muerte. Para sobrevivirse, su existencia está desde hace largo tiempo entre las manos de los cirujanos que acuchillan sin cesar.
Los romanos eran grandes legisladores, grandes colonizadores, grandes administradores. Cuando llegaban a algún sitio, a la encrucija-da de los caminos, al borde del río, tomaban la escuadra y trazaban la ciudad rectilínea, para que fuera clara y ordenada, fácil de vigilar y de asear, para que fuera fácil de orientarse en ella, para que se la recorrie-ra cómodamente: la ciudad de trabajo (la del Imperio) como la ciudad de placer (Pompeya). La recta convenía a su dignidad de romanos.
En su casa propia, en Roma, los ojos vueltos hacia el Imperio, se dejaron sofocar por el camino de los asnos. ¡Ironía! Los ríos, entonces, se iban, lejos del caos de la ciudad, a construir las grandes villas ordenadas (Villa Adriana).
Fueron, con Luis xiv, los únicos grandes urbanistas de Occidente.
La Edad Media, asustada por el año 1000, aceptó la imposición del asno y largas generaciones la sufrieron después. Luis xiv, des-pués de haber intentado limpiar el Louvre (la Columnata), disgusta-do, tomó drásticas medidas: Versalles, ciudad y castillo fabricados
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de pies a cabeza, rectilíneos y ordenados, y l’Observatoire, les Inva-lidesy l’Esplanade, las Tuileriesy los Champs Elyseés, lejos del caos, fuera de la ciudad, en orden y rectilíneos.
La sofocación estaba superada. Todo prosiguió magistralmente: el Champs de Mars, la «Étoile», la avenida de Neuilly, de Vincennes, de Fontainebleau, etcétera. Generaciones vivirían allí.
Pero, muy suavemente, por cansancio, debilidad y anarquía, por el sistema de las responsabilidades «democráticas», recomienza la sofocación.
Más aún: se la desea; se la realiza en virtud de las leyes de la belleza. Se acaba de crear la religión del camino de los asnos.
El movimiento partió de Alemania como consecuencia de una obra de Camillo Sitte sobre el urbanismo, obra llena de arbitrarie-dad: glorificación de la línea curva y demostración especiosa de sus bellezas incomparables. De ello daban prueba todas las ciudades de la Edad Media; el autor confundía el pintoresquismo pictórico con las reglas de vitalidad de una ciudad. Alemania ha construido recientemente grandes barrios de ciudad basándose en esta estéti-ca (porque de estética se trataba, únicamente).
Equivocación espantosa y paradójica en los días del automóvil. «Tanto mejor, me decía un gran edil —uno de esos que dirigen la colaboración del plan de extensión de París —¡los autos no podrán circular más!» Ahora bien, una ciudad moderna vive de la recta, prácticamente: construcción de inmuebles, de desagües, de canali-zaciones, de calles, de veredas, etcétera. La circulación exige la rec-ta. La recta también es saludable para el alma de las ciudades. La curva es ruinosa, difícil y peligrosa: paraliza. La recta está en toda la historia humana, en toda intención humana, en todo acto humano.
Hay que tener la valentía de contemplar con admiración las ciudades rectilíneas de América. Si el esteta hasta ahora se ha abstenido, el moralista, en cambio, puede demorarse más tiempo de lo que parece a primera vista.
discusión general
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La calle curva es el camino de los asnos, la calle recta es el camino de los hombres.
La calle curva es consecuencia de la arbitrariedad, del desgano, de la blandura, de la falta de contracción, de la animalidad.
La recta es una reacción, una acción, una actuación, el efecto de un dominio sobre sí mismo. Es sana y noble.
Una ciudad es un centro de vida y de trabajo intensos.
Un pueblo, una sociedad, una ciudad despreocupados, que se dejan llevar por la blandura y pierden la contracción, pronto quedan disipados, vencidos, absorbidos por un pueblo, una sociedad que actúan y se controlan.
Así es como mueren las ciudades y cambian las hegemonías.
figura 1.Una ciudad contemporánea (1922). La ciudad vista desde la autopista. A derecha e izquierda las playas de servicios públicos. Más al fondo, los museos y universidades. Se ve el conjunto de rascacielos bañados de aire yluz.
El ángulo recto es el útil necesario y suficiente para actuar,
