Precisiones - Le Corbusier - E-Book

Precisiones E-Book

Le Corbusier

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Beschreibung

En el año 1929 Le Corbusier viaja a Buenos Aires y visita Brasil y Uruguay. De este viaje y de las impresiones recibidas trata este libro. Diez conferencias sobre la arquitectura y el urbanismo, pronunciadas en Buenos Aires y una en Río de Janeiro. En el año 1929 Le Corbusier viaja a Buenos Aires y visita Brasil y Uruguay. De este viaje y de las impresiones recibidas trata este libro. Diez conferencias sobre la arquitectura y el urbanismo; pronunciadas en Buenos Aires y una en Río de Janeiro. La actualidad de los escritos de Le Corbusier no deja de sorprendernos y nos hace reflexionar sobre la ciudad moderna Imperdible leer en el año 2020 sus reflexiones sobre Buenos ... Ver más Ocultar En el año 1929 Le Corbusier viaja a Buenos Aires y visita Brasil y Uruguay. De este viaje y de las impresiones recibidas trata este libro. Diez conferencias sobre la arquitectura y el urbanismo; pronunciadas en Buenos Aires y una en Río de Janeiro. La actualidad de los escritos de Le Corbusier no deja de sorprendernos y nos hace reflexionar sobre la ciudad moderna Imperdible leer en el año 2020 sus reflexiones sobre Buenos Aires de aquellos años en que la visitó y su visión de cómo sería el futuro de la misma En el año 1929 Le Corbusier viaja a Buenos Aires y visita Brasil y Uruguay. De este viaje y de las impresiones recibidas trata este libro. Diez conferencias sobre la arquitectura y el urbanismo; pronunciadas en Buenos Aires y una en Río de Janeiro. La actualidad de los escritos de Le Corbusier no deja de sorprendernos y nos hace reflexionar sobre la ciudad moderna Imperdible leer en el año 2020 sus reflexiones sobre Buenos Aires de aquellos años en que la visitó y su visión de cómo sería el futuro de la misma

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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PRECISIONES

3

precisiones

respecto a un estado actual

de la arquitectura y el urbanismo

con

un prólogo americano

un corolario brasileño

seguido de

una temperatura parisiense

y de

una atmósfera moscovita

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PRECISIONES

5

precisiones

Respectoaunestadoactual

delaArquitecturayelUrbanismo

LeCorbusier

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PRECISIONES

Biblioteca de Arquitectura

TÍTULO DE LA EDICIÓN ORIGINAL:Précisions sur un état présent de l’Architecture et de l’Urbanisme

Publicada por ediciones G. Crès et Cie., París, Francia,1930

Fondation Le Corbusier, Paris, 1994

SUPERVISIÓN GENERAL:Cristina Lafiandra

DISEÑO GRÁFICO:Karina Di Pace

ILUSTRACIÓN DE TAPA: Le Corbusier, croquis de la conferencia en Buenos Aires, 1929

© Fondation Le Corbusier, Paris, France

© de la traducción, Johanna Givanel

© de todas las ediciones en español, Ediciones Infinito, Buenos Aires, Argentina

e-mail: [email protected]

http://www.edicionesinfinito.com

ISBN978-987-3970-32-0

Hecho el depósito que marca la ley 11.723.

Primera edición en formato digital: diciembre de 2023

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

La reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea, por cualquier medio, sea éste electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

Le Corbusier

Precisiones: Respecto a un estado actual de la arquitectura y del urbanismo /

Le Corbusier. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Infinito, 2022.

Ebook

Archivo Digital: online

ISBN978-987-3970-32-0

1. Arquitectura. 2. Urbanismo. I. Título.

CDD720.1

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contenido

Prefacio a la reimpresión de Precisiones

Advertencia

Prólogo americano

Liberarse de todo espíritu académico

Las técnicas son la base misma del lirismo

Arquitectura en todo, Urbanismo en todo

Una célula a escala humana

La aventura del mobiliario

El plano de la casa moderna

Un hombre Una célula; Unas células La ciudad

Una casa – Un palacio

El Plan «Voisin» de París. Buenos Aires puede convertirse en una de las ciudades más dignas del mundo

La «Ciudad Mundial» y consideraciones quizá inoportunas

Corolario brasileño… que es también uruguayo

Apéndice

Temperatura parisiense

Atmósfera moscovita

«Aparte»

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PRECISIONES

[ Portada de la edición original ]

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PRECISIONES

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Durante un cierto número de años he pronunciado conferencias por todo el mundo. Esto me ha enseñado a ver cuán diferentes son los climas, las razas, las culturas… y los hombres esparcidos aquí y allá, cuán loca-mente diferentes son, también. Detenga por un momento su pensamiento sobre lo siguiente: los hombres, lo mismo que las mujeres, tienen una cabeza, dos ojos, una nariz, una boca, dos orejas, etcétera. Millones de ellos se encuentran diseminados por la tierra. Cuando dos hombres o dos mujeres se asemejan totalmente, ¡resulta una sorpresa tan grande que se exhiben en los circos!

Nuestro problema es éste: los hombres habitan la tierra. ¿Por qué? ¿cómo? Otras personas podrán responderos. Mi deber, mi búsqueda, es inten-tar colocar a este hombre de hoy, fuera de la desgracia, fuera de la catás-trofe; situarlo en un medio feliz, en la alegría cotidiana, en la armonía. Se tratará muy particularmente de restablecer, o de establecer la armonía entre el hombre y su medio. Una biología (es el hombre) y la naturaleza (es el medio), esa vasija inmensa que contiene el sol, la luna, las estrellas, lo

PREFACIO

A LA REIMPRESIÓN DE

PRECISIONES

RESPECTO A UN ESTADO ACTUAL

DE LA ARQUITECTURA Y EL URBANISMO

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PRECISIONES

desconocido impalpable, las ondas, la tierra redonda, con su eje inclinado sobre la eclíptica, provocador de las estaciones, la temperatura del cuerpo, el circuito sanguíneo, el circuito nervioso, el sistema respiratorio, el siste-ma digestivo, el día, la noche, la jornada solar de veinticuatro horas, su alternación implacable, pero matizada, bienhechora, etcétera.

Una civilización maquinista se ha instalado solapadamente, clandes-tinamente, en nuestras barbas, sin que podamos dilucidarla. Nos ha preci-pitado y nos mantiene hoy en una existencia discutible. Aparecen síntomas de perturbaciones en la salud de los individuos, transformaciones econó-micas, sociales, religiosas, etcétera. Ha comenzado una civilización maqui-nista. Algunos no la perciben; otros, sin embargo, la sufren.

Pero, «¿dónde están las nieves de antaño?» ¿Qué representa Roma en esta aventura? ¿Qué son para nosotros los siete ordenes de la arquitectura?

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¿Qué son para nosotros los títulos, los diplomas, todos los «mojones» ali-neados en los caminos de nuestra profesión?

El oro y la plata están en circuito en nuestras actividades, acompaña-dos con honores, orgullos y vanidades…

La tierra es redonda y contigua. El atomismo trastorna las estrategias. Los aviones transportan a los hombres (en realidad) desde hace una vein-tena de años. Con la cartera de mano, suben al avión; al cabo de diez, de veinte horas, se encontrarán en las antípodas. A su llegada, encontrarán al señor que les espera, que está al corriente de todo, que puede discutir y que tiene poderes para tratar eficazmente. El espíritu belicoso siempre se hallará presente en el espíritu de competición, en el espíritu de lucha depor-tiva, en el espíritu de victoria; la elección se encuentra entre la guerra atómica o la emulación en el plan de la idea, de la técnica o del «trade».

PREFACIO

14

PRECISIONES

Pero hoy, el problema se plantea en nuestro pensamiento: la tierra está mal ocupada por los hombres; incluso está desocupada en gran parte. Han aparecido unos monstruos, son las ciudades tentaculares, verdadero cáncer de nuestras agrupaciones. ¿Quién se ocupa de ello?, ¿quién se preocupa, quién puede dilucidarlo? No hay todavía ningún método adoptado; no existen aún especialistas debidamente formados. Los problemas modernos son tan tupidos, dependiendo unos de otros, imbricados unos con otros, tan solidarios, que su lectura, que su tratamiento son imposibles: las soluciones dependen una de otra, unidas unas a otras, indivisibles…

Pero la electricidad ha sido domesticada; el hombre se ha apoderado de ella. Con ella se han obtenido milagros y prodigios. Ha nacido la elec-trónica, es decir la posibilidad de poder confiar a unos robots la encuesta y el establecimiento de informes, la preparación de discusiones, la propo-sición de soluciones. La electrónica ha servido para hacer cine, para gra-baciones sonoras, para la televisión, para la radio, etcétera. La electrónica permitirá poner en acción un nuevo cerebro de una capacidad incomparable, que permitirá a los hombres cargados de responsabilidades, conocer los datos de los problemas, de exponer unas soluciones, ser capaz de repetir incansablemente sus demostraciones, sus llamadas, sus proposiciones, sus soluciones, hoy, mañana, al cabo de un mes, de un año, en nuestra casa o allende las fronteras. Y ello en un tiempo realmente impresionante.1

1«El poema electrónico» del Pabellón Philips, en la Exposición Universal de Bruselas en el año 1958, ha reunido un millón doscientos cincuenta mil «espectadores-auditores», a razón de quinientos cada vez, haciéndoles penetrar durante diez minutos, en un torrente, una masa, un abismo de sensaciones, habiéndoles mostrado, demostrado y, quizá, probado, alguna cosa.

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Las conferencias de América del Sur, improvisadas en el año 1929 ante un auditorio, frecuentemente renovado, se reimprimen hoy, treinta años después de su primera edición. Tratan del hombre y de su ambiente. Evocan, solidariamente, los trabajos del ingeniero y del arquitecto. Han abierto, dicho sea con modestia, puertas y ventanas. Han sido ilustradas con cro-quis hechos ante la misma vista del público. Han permitido a su autor ver claramente en sí mismo, ser «ingenuo, una vez más, contentándose con plantear los problemas y hallar la respuesta más natural. Un dibujo, por ejemplo, enseña las maneras de sentarse en la casa; otro, la manera de instalar una ciudad en un lugar; otro dibujo compara el transatlántico, el palacio moderno y el rascacielos comercial moderno (el palacio era el de la Sociedad de las Naciones, sito en Ginebra, plano que hicimos en el año 1927); el «rascacielos», denominado más tarde «cartesiano», se convirtió en 1947, en Nueva York, en el Secretariado de las Naciones Unidas; otro dibu-jo muestra las consecuencias arquitecturales de una acústica científica revelada por Gustave Lyon.

Esta reimpresión de Precisiones(la anotación legal señala: «Les Impri-meries Lainé et Tantet, Chartres, 12.8.1930»), reproduce hoy en offset, pági-na por página, fotográficamente, el libro original, ni una señal, ni una palabra han sido cambiados.2

La primera conferencia de Buenos Aires fue titulada: «Liberarse de todo espíritu académico» (3 de octubre de 1929): «La profesión de fe aca-démica no es sino un espejismo: constituye el peligro de la época»… Hoy,

2Los datos estadísticos que esta obra menciona corresponden a los que se conocían en el año 1930 (N. del E.).

PREFACIO

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PRECISIONES

los mantenedores de Roma anuncian en la prensa que ellos constituyen la flor y nata de la profesión de arquitectos y que después de haber evolucio-nado lenta y sabiamente, han optado, ahora, por las ideas más modernas. Hasta tienen la delicadeza de hablar de este vuestro servidor, al cual cali-fican de «individualista»3«… Respecto a la influencia de Le Corbusier, es, naturalmente, fundamental. Lo que quizá tenga de particular en Francia, es que se ejerce mucho más en las teorías y en los trazados de urbanismo, que no en el terreno puramente plástico de la arquitectura. Pero parece ser que hoy se tiene tendencia a apartarse del carácter algo barroco de las obras de Le Corbusier, para volver a unas realizaciones más equilibradas. Res-pecto a ello, esta tendencia me parece razonable: aunque esté bien seguir a ese gran teórico en sus puntos de vista, sin duda resulta peligroso querer imitar una arquitectura marcada por una personalidad tan fuerte y, me atrevería a decir, tan individual…». Es el señor Zehrfuss que pone de este modo en guardia a sus colegas los arquitectos.

¡Una «información» como ésta, sólo costaba el trabajo de redactarla!

Un dibujo dedicado a los «constructores» termina la presente Introduc-ción. Nueva etapa que pone desde ahora, en contacto permanente, frater-nal, igual, a las dos vocaciones, cuyo destino es equipar la civilización maquinista y llevarla hacía un esplendor completamente nuevo. Estas dos vocaciones son: la del ingeniero y la del arquitecto. Una de ellas ya estaba en marcha, la otra, estaba adormecida. Eran rivales. La tarea de los «cons-tructores» se conjugan una con la otra desde la empalizada, la fábrica, el despacho, la vivienda, el palacio, hasta la catedral, hasta todo. El símbo-lo de esta asociación aparece en la parte inferior del dibujo: son dos manos cuyos dedos se entrelazan, dos manos puestas en la horizontal, dos manos al mismo nivel.

París, 4 de junio de 1960

LE CORBUSIER

3 Para afirmar que es inepto para poder participar en trabajos en común:» ¡Despejen, por favor!»

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PREFACIO

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PRECISIONES

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Se trata aquí de diez conferencias sobre la arquitectura y el urbanismo, pronunciadas en Buenos Aires, y de un prólogo americano.

El prólogo no tiene nada que ver con la arquitectura americana, pero expresa el estado de ánimo de un arquitecto en América.

No se va tan lejos para dar conferencias sobre la arquitectura y el urba-nismo, si uno no se siente en condiciones de aportar algunas realidades suficientes. Estas diez conferencias fueron pronunciadas allá, con el infati-gable deseo de proporcionar unas certidumbres. Es por ello que el presente libro se titula PRECISIONES.

Se termina con un «Corolario brasileño» (São Paulo y Rio de Janeiro), que también es uruguayo (Montevideo); este corolario comenta un estado de tensión naciente en estos lugares de crecimiento precipitado: el urbanismo.

ADVERTENCIA

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PRECISIONES

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La Compañía Sud-Atlántica ha puesto amablemente a mi disposición un apartamento de lujo y de este modo puedo, lejos de los ruidos de las máquinas y en el lugar más tranquilo del buque, comenzar la redacción de estas diez conferencias de Buenos Aires, que fueron improvisadas, habladas y dibujadas; los dibujos están ahí y los expondré seguidamente; son ellos los que reconstituirán el sentido y el orden de mis conferencias.

Estamos en pleno verano tropical, el sol es magnífico; han creado, durante la semana anterior, ante mis ojos, la inolvidable, la entusiasmante magia de Rio de Janeiro. Mi cabeza está todavía llena de América y hasta esta mañana (embarqué ayer), no había ninguna infiltración europea en esta masa poderosa de sensaciones y de espectáculos americanos que por efecto de mi itinerario y por el crescendo de las estaciones (primera prima-vera argentina y verano tropical de Rio), se habían ido sucediendo, escalo-nando, sobreponiéndose en una pirámide de la cual Rio era la cima y esta cima estaba coronada como de un fuego artificial. Argentina es verde y llana y su destino es violento; São Paulo está a 800 metros, sobre unas

PRÓLOGO AMERICANO

BUENOS AIRES

MONTEVIDEO

SÃO PAULO

RIO DE JANEIRO

10 de diciembre de 1929,

a bordo del «Lutétia»,

mar adentro de Bahía.

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PRECISIONES

planicies accidentadas, cuya tierra es roja como las ascuas y la ciudad pare-ce soportar con su paraje la carga espiritual autocrática de los plantadores de café que mandaban, antaño, a unos esclavos y que hoy son como unos gobernadores severos e insuficientemente activos. Y Rio es roja y rosa en sus tierras, verde en sus vegetaciones, azul por su mar; la ola se agita con un poco de espuma sobre las playas que se multiplican; surgen islas hora-dando el agua; picos que caen en el agua; altas colinas y grandes montañas; sus muelles son los más hermosos del mundo; la arena del océano está al mismo borde de las casas y de los hoteles; una inmensa luz pone su motor en vuestro corazón. ¡Cuán bella, poderosa e incitante es mi pirámide de trofeos de América!

… En casa, en París, cuando llegaré dentro de doce días, encontraré la plaza de la Madeleine y sus árboles de Navidad, su asfalto chorreando de lluvia; el sol saliendo a las diez y ocultándose a las cuatro: las tinieblas del invierno, un paisaje de purgatorio. Y todo aquello que hace París: el hollín y la mugre y las casas vetustas. Y también esa extraña precipitación de todos los elementos del universo que hace que París sea la «Ville-Lumie-re». Admitámoslo en el plan espiritual, pero los viajes nos demuestran que en otros lugares, la luz…

Este valor espiritual de París me ha valido el poder decir en Buenos Aires, en Montevideo, en São Paulo, en Rio, lo que tenía que decir, «en nombre de…». Este viaje se convierte en una misión. A veces se me oficia-liza de improviso (y Dios sabe si me retracto, lo mismo que los cuernos del caracol, cuando se trata de la inmensa máquina de recomendaciones, de los «amigos de nuestros amigos»). En Buenos Aires soy el huésped de los «Amigos del Arte» y de la Facultad de Ciencias Exactas. Sin embargo, aquí y allá vienen a buscarme en coches, hay periodistas y disparos con mag-nesio y en nombre de tal o cual comité, visito multitud de cosas, luego escucho discursos precedidos de almuerzos. He hablado extensamente con el señor Luis Cantilo, el intendente de Buenos Aires, en un momento de mi estancia en la cual esta ciudad gigantesca, a la par que la más inhuma-na que pueda imaginarse, me había suficientemente aplastado, comprimi-do, para que luego me incorporase e idease —con toda humildad— algo por su salvación. En aquel lugar del Río de la Plata se está elaborando uno de los centros esenciales del mundo. En Brasil, fui recibido en la Cámara del Estado de São Paulo, y el generoso orador que me dedica un discurso

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se extiende largamente (todavía me dura la emoción), respecto a la impre-sión que causó allí, a partir del año 1920, L’Esprit Nouveau, nuestra revis-ta de actividad contemporánea. El futuro presidente del Brasil, señor Julio Prestes, está al corriente de toda la cronología de nuestros esfuerzos; en vísperas de su toma de poder, se preocupa, ya, por los grandes trabajos de urbanismo que será necesario emprender; intentará manifestar por medio de la arquitectura la nueva época que ya presiente. En cada una de las grandes ciudades de América del Sur, unos grupos entusiastas cultivan la nueva idea. La ebullición es general. En Buenos Aires, la Compañía Sud-Americana de Navegación Aérea, me invitó a participar en el viaje inaugural del transporte de viajeros en su nuevo avión de diez plazas, para Asunción, de Paraguay. El impertérrito y sonriente capitán Almonacid (¡cómo suena a árabe!), por otra parte, descendiente de los indios del Nor-te, emparentado con los Güiraldes, gente del campo, de donde salió el poeta Ricardo Güiraldes y su obra capital: Don Segundo Sombra, dirige la Compañía y expide diariamente los aviones a 180 kilómetros por hora, hacia Chile, por encima de los Andes, hacia Rio, Natal, Dakar y París por sobre de la pampa, la selva virgen y el Océano. Este país de América está dimensionado por el avión. Tengo la seguridad de que la red aérea será el sistema nervioso eficaz. Miren ustedes el mapa: todo es gigantesco y, de vez en cuando, puede verse un poblado, alguna ciudad. Todos conocemos, con todos sus detalles, las jactancias de Ulises. Pero he podido ver, en casa de mi amigo Alfredo González Garaño, en Buenos Aires, la historia de los colonos de la Argentina, explicada por aquellos admirables imagineros que fueron los litógrafos de mitad del siglo XIX. Esta odisea, en la pampa, apenas llega a los cien años. Existen todavía, en lo más recóndito de los herbazales, algunos testigos. Hay aún en familias argentinas, los hijos de aquellos que realizaron esas hazañas. Hay gente fabulosa, que está insta-lada muy lejos, en magníficas «estancias» —casas de la pampa—, señores de la tierra, y también aislados, cuya grandeza reside en la temeridad que han tenido, en la perseverancia y en el aislamiento. Desde lo alto del avión Latécoere, a 1200 metros de altura he podido ver ciudades colonizadas, pueblos rectilíneos o granjas trazadas en cuadrados y también puestos avanzados. Un puesto avanzado, es una casa rodeada por naranjos plantados al tresbolillo regularmente; luego, hay algunas pistas que se dirigen a algún abrevadero, después hacia un campo, y más lejos hacia los lugares donde

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PRECISIONES

pacen los rebaños. El llano lo rodea todo. ¿Dónde está el vecino? ¿Dónde existe un aprovisionamiento posible? ¿Dónde se halla el médico? ¿Dónde está la muchacha a la cual nos gustaría amar? ¿Dónde está el cartero que nos traerá las cartas? Nada. Ninguna esperanza, excepto en sí mismo. He podido ver en las litografías de 1830-1840, la odisea del colono. El barco «de ruedas» está en el río. Ninguna estacada; unos carros especiales entran en el agua al encuentro de los botes de desembarco. El emigrante está ahí con todos sus bártulos. Lo ha abandonado todo, absolutamente todo. Ha hecho un viaje por el océano, ¿de cuántos días? Nosotros invertimos cator-ce días viendo solamente el cielo y el mar, nada más; ellos, con toda pro-babilidad, cinco veces más. Y, finalmente, esa ribera llana del río y Buenos Aires en un llano todavía sin explorar. Los indios completamente hostiles, se encuentran en todas partes, a las puertas de la ciudad. Huyeron con algunos caballos y unas armas y con esos inmensos carros, semejantes a los hunos cayendo sobre Europa. ¿Carreteras? ¡Si ellos son los primeros colonos! ¿El cielo argentino? Sí, el único gran consuelo. Pues yo he visto ese cielo, sobre la planicie ilimitada de herbajes, raramente salpicada por algunos sauces llorones; es ilimitado, brillante, tanto de día como de noche, con una luz azul transparente, o lleno de estrellas centelleantes; está en los cuatro horizontes; en realidad, todo este paisaje es una misma y única línea recta: el horizonte. Hojeando los álbumes de González Garaño, le decía yo a mi amigo: «Con usted, que conoce esta historia en todos sus detalles, que ha tenido a sus padres y abuelos mezclados en la aventura, yo qui-siera escribir un libro, ilustrado con sus documentos precisos: la magnífi-ca Historia de los colonos argentinos».

Desde el avión, he visto unos espectáculos que podrían calificarse de cósmicos. ¡Qué invitación a la meditación, qué llamada a las verdades fun-damentales de nuestra tierra! De Buenos Aires hemos atravesado el delta del Paraná, uno de los más grandes ríos del mundo: este delta está surcado de canales y cultivado intensamente; se hace la recolección de frutos y para proteger estos frutos de las violentas corrientes de aire del río, se constitu-yen hasta el infinito, interminables empalizadas de álamos, formando pequeños cercados. Un álamo tarda ocho años en crecer, porque esta tierra cenagosa es prodigiosamente rica; entonces vale ocho pesos, lo cual es, al parecer, una fortuna. Desde el avión, este delta evoca, pero de manera gigantesca, los grabados italianos o franceses del Renacimiento, ilustrando

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los tratados sobre el arte de los jardines. Después se sobrevuela el río Uru-guay; lo hemos seguido durante horas. Finalmente, el río Paraguay, que aquí es ya al final de su curso, en su confluencia con el Paraná, y que sube indefinidamente hacia el norte, en la selva virgen del Brasil, hasta muy cerca del Amazonas. El curso de estos ríos, en estas tierras que no tienen límites y son completamente llanas, desarrolla apaciblemente la implacable consecuencia de la física; es la ley de la línea de mayor pendiente y después, si todo se hace llano, es el teorema conmovedor del meandro. Y digo teo-rema por cuanto el meandro que resulta de la erosión, es un fenómeno de desarrollo cíclico, totalmente semejante al del pensamiento creador, de la invención humana. Dibujando desde lo alto de los aires los alineamientos del meandro, me he explicado las dificultades que encuentran las cosas humanas, los atolladeros con los cuales se encuentran y las soluciones de apariencia milagrosa que solucionan de repente las situaciones más embro-lladas. Para mi uso, he bautizado este fenómeno «la ley del meandro» y en el transcurso de mis conferencias, en São Paulo y en Rio, he aprovechado este prodigioso símbolo, para introducir mis proposiciones de reformas urbanas o arquitectónicas, para tomar soporte en la naturaleza, en una coyuntura en la cual yo presentía un público capaz de acusarme de char-latanería.

Desde el avión, se comprenden, también, otras muchas cosas:

La Tierra es parecida a un huevo pasado por agua; es una masa líqui-da esférica, rodeada de una envoltura arrugada. La Cordillera de los Andes o el Himalaya no son otra cosa sino arrugas; algunas de estas arrugas se han roto y he aquí la razón de estos perfiles de rocas audaces que nos dan la noción de lo sublime. Lo mismo que el huevo pasado por agua, la Tierra está saturada de agua en su superficie y está en constante función de eva-poración y de condensación. Se puede ver, desde el avión, formarse, en las llanuras del Uruguay, las nubes que entristecerán los hogares, o que harán una abundante cosecha o que pudrirán los viñedos; o ese encuentro de nubes que da el rayo y el trueno, temidos como dioses. En esta hora de apuntar el día justo antes de salir el sol y en que el frío es más intenso; es el tiempo más largo desde que el sol se ocultó; el durmiente se tapa con su manta de lana y el vagabundo en campo raso se encoge como un feto. El vapor del agua en suspensión en el espacio, se precipita y de repente, toda la tierra se cubre de agua: es el rocío. Es en este momento que estalla, como un

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PRECISIONES

cañonazo, el sol, en el punto mismo del horizonte. Mirad como va de pri-sa; de forma vertiginosa, produce la impresión de que ha tomado un impulso para salir. Pero no, esta velocidad impresionante que se percibe sobre la línea del horizonte, es su único régimen; pero, observando la bóveda celeste, pensamos: «Tenemos para todo un día». Percatarse de esta extremada velocidad del sol, es darse cuenta de la rapidez, de la fugacidad de nuestra vida y de lo irreparable del tiempo perdido. ¡Cuán grave es todo esto: lo irreparable del tiempo perdido! El cielo está liso, el horizonte es anaranjado y por doquier está lleno de una luz azul, sin una mancha y el avión está en pleno goce. Pero son ya las diez: azul por todos lados, arriba y abajo, excepto enfrente. Nos encontramos con una barrera de nubes, una barrera masiva frente a nosotros y a nuestro alrededor. Esta barrera de nubes no es compacta: ved el maravilloso espectáculo: la llanura del Uru-guay es una inmensa piel de pantera, verde y amarilla por sus herbajas iluminados, manchada por un número incalculable de manchas de sombra que son negruzcas. ¡Cómo la sombra de una nube resulta opaca y espesa sobre la tierra y en las ciudades! Estas manchas innumerables son todas del mismo tamaño. El rocío se reparte en el aire para una nueva metamor-fosis y una magia lo ha recobrado, militarizado y lo ha puesto en patrullas. Esta adhesión al orden es sorprendente. He aquí, pues, una clara expresión del total reparto (rocío), después de un primer estado de agrupación: igual-dad, concentración alrededor de un centro, institución de diversos centros, primera forma de una administración constituida por células administra-tivas. Los acontecimientos no se paran ahí; he aquí los grandes fenómenos incontrolables: el Sol corroe, horada, remueve la atmósfera; juega la den-sidad; las masas de aire irregularmente densas, se deslizan las unas sobre las otras. Incluso hay deslizamientos vertiginosos. La administración apa-cible de miles de nubecillas ha sido subyugada por cualquier poder irre-sistible; hay agrupaciones, adhesiones, anexiones, coaliciones. Ved, por la tarde, las masas colosales de nubes en movilización, en ejército de comba-te. Y he aquí la tormenta, el choque, el encuentro, el tumulto, el fogonazo del rayo. ¡Acontecimientos que agudizan la curiosidad de un urbanista en gira de conferencias!

Aquí, el huevo pasado por agua nos inclina hacia la melancolía, inclu-so a la desesperanza; yo creo en una neurastenia del «huevo pasado por agua». Dejen podrir su huevo, o bien, como no tienen bastante tiempo,

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recuerden el aspecto interior de los botes de confituras de su mamá. Anti-guamente los botes de confituras se cubrían con un papel empapado en alcohol o en leche. Unos cuantos meses después, un asombroso moho había crecido sobre el papel. La selva virgen, las vegetaciones exuberantes del meandro, son el moho de nuestra Tierra. ¡Fíjense en las palmeras! La pal-mera de América crece en estado salvaje según una regla que yo ignoro, en el llano, en medio de unas extensiones áridas de herbazales mezquinos, a unas distancias regulares, muy espaciadas. He aquí unos estuarios, unas confluencias y, a una cadencia regular, también, podéis ver las cañas que crecen en inmensas coronas cerradas, implacablemente redondas, como los arrecifes de coral en la Polinesia. Ved las llanuras: los matices de los herbazales precisan los estados de humedad del subsuelo. Toda una biolo-gía, toda una vida orgánica fundamental aparece, visto desde lo alto: bellos prados o campos de hierbas perniciosas: es siempre la ley de la línea de mayor pendiente de las aguas, en la superficie o subterráneas. La Tierra no es uniformemente verde, tiene todo el veteado de un cuerpo en putre-facción. Elegantes palmeras, selva virgen —estaturas que nos dan, desde abajo, y de cerca, unas sensaciones de nobleza, de exuberancia, de opulen-cia, de vida—, tú, árbol, vosotros todos, vistos desde el cielo, no sois más que moho aparente. ¡Y tú, Tierra, oh Tierra desesperadamente húmeda, no eres más que moho! Y tú, agua, sea en vapor o en líquido, maniobrada por un astro de fuego tan lejano, te trae, entremezclado, el goce o la melan-colía, la abundancia o la miseria.

El avión impasible nos muestra, también, durante unas horas, las grandes inundaciones del Paraná y del Uruguay. Esta tierra sin límite, pertenece al colono audaz, el cual se hunde en ella de pie, con su vista a la altura de las cañas. El colono se para: He aquí —dice— una tierra fértil. El agua no está lejos, etcétera, etcétera. ¡Si hubiéseis visto la angustiosa crecida de las aguas en estas inmensas llanuras! Este ha nacido bajo el signo de una buena estrella: la capa líquida se ha detenido a cien metros. Pero, ¿y aquel? La techumbre de su granja emerge de un mar amarillento, así como las cimas verdes de los naranjos plantados regularmente. Se ha visto obligado a huir del cerco precipitadamente. Sus rebaños se han aho-gado. Desde el avión he podido ver como salía un techo en medio de un inmenso lago. Ni una sola granja, sino a distancias tremendas. Era un intrépido colono, ¿se conoce, en Montevideo, capital del Uruguay, que no

PRÓLOGO AMERICANO

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PRECISIONES

tiene censo, la epopeya probable de este colono pionero, que dedicó toda su vida a construir unas casas, a criar rebaños y a plantar árboles? Nove-listas de ciudad, con vuestros adulterios y vuestras vírgenes académicas, existen individuos de epopeya cuando se mira el mundo desde arriba.

A 500 o a 1.000 metros de altura, y a 180 o 200 kilómetros por hora, la visión desde el avión es la más tranquila, la más regular, la más precisa que pueda desearse: puede apreciarse el pelaje salpicado de marrón o negro de una vaca. Todo toma la precisión de un plano; el espectáculo no es pre-suroso, sino lento, muy lento, sin ruptura; con el avión no es sino el barco en el mar y el pie del caminante en el camino, que permiten lo que podría-mos llamar unas visiones humanas: se ve y el ojo transmite sosegadamen-te. En tanto que yo las llamo inhumanas e infernales las visiones ofrecidas por un tren o por un coche, incluso por una bicicleta. Yo no existo en la vida sino a condición de ver.

Por tanto, abandonando cualquier vehículo y contando únicamente con mis piernas, he salido para Asunción, para ver las casas de los indios. En este país, según parece, el indio ocupa un lugar preponderante en la sangre de la población. ¡Asunción! Es aquí donde caigo, de repente, sobre la tierra roja. En São Paulo, también, hice más tarde, unas acuarelas exactasde esta tierra. Mirándolas hoy, sobre el azul del océano, me parecen locas.

¡Asunción! Hace tan sólo una generación que todavía no habían cono-cido la invasión del traje de confección standard. Es una pequeña ciudad hundida en medio de una vegetación admirable: 50% de hierba de una crudeza comprensible, al lado de otros 50% de tierra roja; árboles inmen-sos que son completamente de color malva, azafrán o guindilla. Mujeres con túnica blanca y pañuelo en la cabeza y unas casas de indios en los arrabales de la ciudad, que son el más total acto de devoción de un alma sensible: todo alrededor, suelo de tierra batida, extraordinariamente limpio y bien conservado —una moqueta roja, estilo «recepción en el Elíseo»—; casita de listones de madera o de bambú, rellenos, a intervalos, con tierra batida. Y, naturalmente, la lechada de cal bajo el pórtico de bambús o de maderas retorcidas que soporta una parra (como, desde luego, en todo lugar en donde guste de vivir bien); pero con esto de particular: fuera de esta moqueta de tierra batida, unas flores de tallo largo (lirios o margaritas de colores, simplifico los nombres), dispuestas con un buen gusto que produce la mayor impresión de distinción, una extraordinaria idea de dis-

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tinción. Las mujeres son indias de tez amarilla, con pómulos salientes y son muy hermosas.

La alegría reina en toda la ciudad, gracias a los italianos, que, por una tradición implantada por los jesuitas españoles, siluetan a cada paso los balaustres de Palladio sobre el cielo.

¡Oh, balaustres sudamericanos! ¡Macarrones italianos! ¡Qué profusión! ¡Cuánta exageración! La trágica Buenos Aires intenta reír con sus balaus-tres italianos; pero no lo logra sino fuera del centro comercial. Hay, evi-dentemente, exageración. ¡Me he sentido tentado de anatematizar el balaus-tre! Pero por ahí se afirma la latinidad que gusta de la sonrisa, y los balaus-tres aportan una riqueza de cartón y una sonrisa latina. Sin embargo, los Estados Unidos ejercen una formidable presión con sus navíos, con sus capitales y con sus ingenieros. Y en los suburbios de Buenos Aires, llenos de casas hechas de plancha ondulada, sin corazón y sin alma, y que, a pesar de todo, tienen uno y otra; pero otros, nuevos, desconocidos. Y he visto una vivienda obrera de plancha ondulada (completamente), pero muy bien puesta, en la cual un rosal adornaba la puerta. Era todo un poema de los tiempos modernos.

Busco con verdadero afán esas casas que son «casas de hombres» y no casas de arquitectos. El asunto es grave. Puede decirse que una casa de hombre es amor. Dejadme precisar por esto lo que respecta al cine: Obser-vad un día, no en uno de esos restaurantes de lujo, en los cuales la inter-vención arbitraria de los camareros y de los «sommeliers» destruye mi poe-ma, observad en una pequeña taberna popular, dos o tres comensales que han acabado de tomar su café y están charlando. La mesa todavía está llena de vasos, botellas, platos, la aceitera, la sal, la pimienta, la servilleta y el servilletero, etcétera. Ved el orden fatal que pone todos estos objetos en relación los unos con los otros; todos han servido; han sido cogidos con la mano de uno o de otro de los comensales, las distancias que los separan son la medida de la vida. Es una composición matemáticamente arreglada; no hay ningún falso lugar, ni un hiatos, ni un engaño. Si un cineasta no alucinado por Hollywood se encontrase ahí, filmando esta naturaleza muer-ta en «primer plano», tendríamos un testimonio de pura armonía.¿Es posi-ble? Sí, y desgraciados aquellos que buscan falsas armonías, trucadas, comerciales, armonías académicas de Vignola, de 1925 o de último barco. Encuentro en lo que yo llamo la «Casa de los hombres», estas disposiciones

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fatales. Por otra parte, ya me he explicado en: Una Casa-Un Palacio.4Pero altos personajes brasileños estaban furiosos cuando supieron que en Rio yo había subido a las colinas habitadas por negros: «¡Es una vergüenza para nosotros, gente civilizada!». Yo expliqué muy serenamente que, en princi-pio, encontraba a esos negros fundamentalmente buenos; de buen corazón. Después, que los encontraba hermosos, magníficos. Luego, que su molicie, el límite que saben imponer a sus necesidades, su capacidad de ensueño interior, su candor, hacían que sus casas estuviesen admirablemente cons-truidas sobre el suelo, la ventana abierta de manera estupenda sobre unos espacios magníficos y con la exigüidad de las habitaciones abundantemen-te eficaz. Yo pensaba en el problema de las casas baratas de nuestra Euro-pa envenenada por los príncipes del Renacimiento, los papas o el señor Nénot, y mi eterna conclusión, después de haber recorrido durante más de veinte años tantos países, se precisa todos los días: es el concepto de vida que es menester cambiar; es la noción de felicidad lo que hay que despejar. Ahí está la reforma; el resto no es más que consecuencia: «Los negros le asesinarán en esos barrios terribles; son extremadamente peligrosos, son unos salvajes; ¡cada semana se producen dos o tres asesinatos! Y yo les contestaba: «únicamente asesinan al ladrón de amor, aquel que les ha heri-do en lo más profundo de su carne. ¿Por qué quieren ustedes que me ase-sinen, a mí, que les miro con una profunda comprensión? Mis ojos y mi sonrisa me protegen, ¡vamos!:

Recordaba que en 1910, ya, la gente de Pera me decía de los turcos de Estambul: «Usted está loco queriendo ir allá al anochecer, le matarán, son unos miserables». Pero las casas de Pera, con sus bancos, sus negocios, sus almacenes, sus aduanas y los protectorados europeos, con el aspecto equí-voco de su misma arquitectura, me decían dónde se hallaba el verdadero lugar de los malos pensamientos.

Si yo pienso en arquitectura «casas de hombres», me convierto en rous-seauniano: «El hombre es bueno». Y si pienso en arquitectura «casas de arquitectos», me vuelvo escéptico, pesimista, voltairiano y digo: «Todo va de mal en peor, en el más detestable de los mundos». (Candide). He aquí donde lleva la exégesis arquitectural, ya que la arquitectura es el resultado

4 Une maison · Un palais, a la recherche d’une unité architecturale. Colección de L’Esprit Nouveau, Cres et Cie., París.

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del estado de ánimo de una época. Hemos llegado a un callejón sin salida, los engranajes sociales y morales están desorganizados. Tenemos la sed de Montaigne o de Rousseau emprendiendo un viaje para ir a encuestar al «hombre desnudo». La reforma que ha de emprenderse es profunda; reina la hipocresía: amor, matrimonio, sociedad, muerte; estamos entera y total-mente falsificados, ¡somos falsos!

Estamos en la saturación Brillat-Savarin: cocina para almuerzos y cenas diplomáticos; esmoquin o uniforme (estilo «general del Gran Ejérci-to».). Se toman puerros, espárragos, patatas, buey, mantequilla, especias, fruta y por efecto de una ciencia que ha llenado cantidad de libros, se desfigura todo, resulta todo con el mismo sabor. La única consecuencia es que con los vinos y los quesos pestilentes, se han llenado lo suficiente los estómagos para que una parte del control intelectual quede perdido. Y después, se habla de negocios: se habla de las guerras, de las alianzas, de las aduanas, de las innumerables especulaciones. Se digieren como unas serpientes las peligrosas e incalculables combinaciones de un mundo que, en realidad, ha dejado de existir.

La arquitectura se halla en este punto. Los palacios académicos de Ginebra eran los baldaquines más inconcebibles de terciopelo rojo y pasa-manería dorada que se pueda imaginar. Este palacio tenía un objeto: traba-jar para el bien del mundo, lo mismo que también hay un objeto para una comida: nutrir. ¡Figúrese!, ¿trabajar, prontitud, claridad, exactitud?, ¿y qué se hace con la diplomacia?, ¿y con el arte culinario de la arquitectura?

Miren, se me escapó una expresión en el Automóvil Club de São Paulo cuando me mostraban con gran insistencia el álbum de las obras esculpidas de un célebre indio que hizo verdaderas maravillas para los curas españo-les: uno creía encontrarse en Berna, en Basilea, en Praga, en Cracovia, etcétera. Ese estilo jesuita (Brillat-Savarin), que alambica la claridad helé-nica con los tormentos de la Inquisición: ¿qué diablos han venido a hacer aquí los griegos y los curas? Nos hallamos en la roja tierra violenta de los indios y esa gente tenía un alma. Del catecismo que yo aprendí, me queda lo siguiente de Jesucristo: «Si alguien escandaliza a alguno de esos peque-ños que creen en mí, sería mejor para él que le atasen una piedra al cuello y lo echasen al fondo del mar».

Díganme si el sabor de la cocina de los grandes hoteles internaciona-les, cocina con esa salsa Brillat-Savarin y sus pesadeces debidas al pastel

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trufado de foie-gras, no les viene a la boca frente a las ictericias del Salón de los Artistas Franceses.

Díganme si encuentran ese Brillat-Savarin en los pórticos de Chartres o de Vézelay. Esto era anterior a la academia, ¿no es cierto? Y lo mismo en las máscaras indias del museo de Rio.

¡Díganme si hay alguna razón para que se adornen las ciudades con parterres de bordados, cuando el hombre moderno es tan sensible a la vista de un césped que se extiende, de un árbol cuyo vivo arabesco le habla a su corazón! Vi una noche en Rio un miserable pequeño parque con unos parterres de césped cortado, hechos al cuadrado, con ángulos redondeados «maderamen estilo Luis XVI» e intentos de bordados estilo 1925. —«Era un parque de deportes, en el centro de este barrio encantador, pero lo han convertido en un jardín ostentoso»—. ¡Entonces sentí de una manera vio-lenta lo que era la momia académica!

Hace veintidós años que oigo en el pueblo, bajo todos los cielos del mundo, las músicas profundas. Y declaro: «Me gusta Bach, Beethoven, Mozart, Satie, Debussy, Stravinsky». Es la música clásica, la que se ha hecho en la cabeza de un hombre que lo ha sentido todo, que todo lo ha calculado y que ha elegido y creado. Arquitectura y música son las mani-festaciones instintivas de la dignidad humana. De ahí que el hombre afir-ma: «Existo; soy un matemático, un geómetra, y soy religioso. Es decir que creo en un ideal gigantesco que me domina y que podría alcanzar. ..». Arquitectura y música son unas hermanas muy íntimas: materia y espiri-tualidad, la arquitectura está en la música y la música está en la arquitec-tura. Y en ambas, un corazón que tiende a enaltecerse.

Sublimizarse es un acto profundamente individual. No se sublimiza con exclaustrados —hábitos de general de la «Grande Armée»— sino con eso que no es nada y lo es todo: con la proporción. La proporción es una serie de relaciones conjugadas. No tiene necesidad ni de mármoles, ni de oro, ni de un Stradivarius, ni ser, tampoco, un Caruso.

Cuando el 27 de noviembre de 1929, en São Paulo, Josephine Baker, en un espectáculo de variedades completamente idiota, canta Baby, apor-ta con ello una sensibilidad tan intensa y tan dramática, que se me llenan los ojos de lágrimas.

En su camarote del buque, toma una pequeña guitarra —un juguete de un niño— que le han dado y se pone a cantar todas las canciones negras:

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«Soy un pajarito negro que busca un pajarito blanco; quiero un nido para ponernos dentro los dos…» o: «Eres las alas del ángel que ha llegado, eres las velas de mi barco, no puedo pasar sin ti; eres, etcétera, etcétera; eres los hilos del tejido y me pongo todo lo que eres en el tejido, y lo doblo y me lo llevo; no puedo pasar sin ti…».

Vive a través del mundo. Emociona inmensas multitudes. Así, pues, ¿hay un verdadero corazón en el fondo de las multitudes? La música encuen-tra el camino. El hombre es un magnífico animal. Pero hay que engrande-cerlo, hay que arrancarlo de las abominables mentiras que hacen de su vida un infierno; sin que él pueda medir la razón y denunciar la causa.

Y he aquí lo que yo pensaba en la selva virgen de San Martino, a doce horas de expreso hacia el centro del Brasil: «Hay que saber estar siempre en estado de juzgar. Te encuentras en los trópicos del Brasil, en la pampa argentina, en Asunción de los indios, etcétera. Saber vencer la fatiga ambiental y juzgar sobre patrón, en sí, una cosa que está armoni-zada en todos sus contactos ambientales y que, por consiguiente, no cho-ca. Excepto la tierra muy roja y las palmeras, estamos en el eterno pai-saje de siempre: estepa o pampa, no es más que extensión; selva virgen o bosque espeso francés, no son más que ramificaciones. ¡Interpretar! ¡Ver los negros, los mulatos, los indios en la muchedumbre de São Paulo! ¡Medir el estilode Buenos Aires!

Expliquémonos: Todo está conforme a los libros, a los relatos de nues-tra infancia; la selva virgen, la pampa. Pero la tierra es verde, en verano, por doquier. La selva virgen es como las demás; sin embargo, hay lianas, no hay que omitir el verlas. Hay jaguares; nuestro compañero ha dispara-do contra uno hace ocho días; ¡pero no vemos ninguno! Estamos al acecho, en el puesto construido con bambús y hojarasca, en el corazón de la selva; pasa un cuarto de hora… y nada.

¿Por qué los animales acudirían precisamente allí, donde nosotros estamos con un fusil? Por la noche se oyen gritar locamente las cotorras; son verdes como las hojas, ¡no se las ve! Hay inmensas serpientes, aquí hay unas fotos; el mes pasado, un hombre de la plantación murió por su causa, pero no se ven. El estanque está lleno de cocodrilos; pero están en el fondo del estanque. Aquí, en la pista, rastros de ciervo y de jabalí. En la carre-tera vemos un armadillo aplastado. La selva es silenciosa, espesa, impene-trable, quizá amenazadora.

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Pero en las playas francesas, cuando nosotros, pescadores de afición, salimos con las redes, ¿vienen los peces a nosotros?

Hay de todo en la selva americana, pero no se ve nada.

Permanecer, acechar, escuchar, durante uno, dos días, y la selva hablará. ¡Pero no se tiene nunca tiempo! ¡Y así ocurre en la vida!

¡Saber estar; estar en estado de juzgar!

Hay en la música norteamericana, procedente de los negros, una masa lírica «contemporánea» invencible. Buscad en el fondo: el tam-tam del Chad que sacude las melodías populares de las montañas bávaras o de Escocia, los cantos vascos, etcétera. El misionero ha pasado por la Cabaña del Tío Tom. Entonces, hoy, en la formidable forja de los Estados Unidos, donde todo es nuevo, del siglo XXy en donde una timidez de grandes muchachos torpes paraliza hasta aquí la expresión de un lirismo contemporáneo, tenéis al negro, sencillo y cándido, que ha hecho que esta música se expanda por todo el mundo. El cine sonoro hace su invasión atilesca. No se puede resis-tir a un asalto tan violento y a tanta verdad. Yo veo en esta música la base de un estilo capaz de ser la expresión sentimental de la nueva época. Apre-ciemos que se encuentran las más profundas tradiciones humanas: África, Europa, América. Siento que hay en ella una energía capaz de clasificar los métodos Brillat-Savarin de los conservatorios académicos, del mismo modo como se clasifican hoy en día, en arquitectura, los procedimientos de la edad de piedra, llegados hasta Haussmann y rotos a rajatabla por Eiffel o Considere. Se pasa la hoja. Nueva exploración. Música pura. Las formas escolásticas, codificadas por los institutos de música, hacen sus ruiditos en las salas de concierto y en la T.S.F. (¡miserable abuso de con-fianza!). El Sonora habla a la muchedumbre moderna y, en el vapor, el marino y la bella viajera; en el Rio selecto y en la «favela» de los negros; en Buenos Aires, en sus trágicas calles sin esperanza, la melodía de «El Ángel Pecador» mece innumerables y diversos corazones.

La emoción de los tiempos maquinistas es diferente de la cocina pesa-da y «sabia». ¡Completamente diferente! Mucho más cercana al corazón y las lágrimas encuentran el borde de los párpados.

Saber estar siempre en estado de juzgar; apreciar; juzgar por sí mismo; captar las relaciones; crear una sensación individual, inclinarse hacia el completo desinterésde su persona, imponer un constante retroceso a su «yo» material, es conquistar en la vida unas fuerzas meditadas. Más que

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tener que pasar por las violencias de una edad decrépita, es mejor estar en constante sacrificio de sí mismo y lanzarse a la aventura, jugar su partida, ser sensible a todo y tener siempre el corazón entregado hacia los demás.

La historia de América me parece ser una poderosa palanca de estí-mulo, incluso a pesar de sus horrores, de sus masacres inexorables y de sus destrucciones decretadas en nombre de Dios. El estudio de la historia manifestada de tan distinta forma y de manera tan útil por los documentos escritos, de una forma tan leal por las arquitecturas y tan finamente por las artes plásticas y la música, me parece que debe ser la sólida base de una educación inteligente, considerando, naturalmente, que las realidades de las presentes ciencias constituyen su útil aplicación. Por otra parte, las verdades científicas en su constante movilidad, conducen un día a la reflexión, al «¿para qué sirve esto?», y por una respuesta que es, propia-mente, la intervención personal, a una cordura …

Mis dos grandes amigos de América, González Garaño,