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Corine Pelluchon

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Beschreibung

La pugna entre los líderes de extrema derecha y la población es una cuestión de sometimiento. Más allá de imponer salvaguardas morales que protejan la democracia, es necesario comprender qué vuelve a las personas vulnerables al fascismo, que dirige la frustración colectiva hacia la agresión contra colectivos específicos.

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Seitenzahl: 205

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Corine Pelluchon

La democracia sin sometimiento

o la potencia de lo femenino

Traducción de

Marina Laboreo

Herder

Título original: La démocratie sans emprise ou la puissance du féminin

Traducción: Marina Laboreo

Diseño de la cubierta: Herder

Edición digital: Ostraca Servicios editoriales

© 2025, Éditions Payot & Rivages, París

© 2026, Herder Editorial, S.L., Barcelona

isbn: 978-84-254-5292-5

1.ª edición digital, 2025

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

Sinopsis

La pugna entre los líderes de extrema derecha y la población es una cuestión de sometimiento. Más allá de imponer salvaguardas morales que protejan la democracia, es necesario comprender qué vuelve a las personas vulnerables al fascismo, que dirige la frustración colectiva hacia la agresión contra colectivos específicos. Frente a la lógica de la fuerza y el dominio, se alza la potencia vital de lo femenino: plenitud e irradiación, capacidad de encuentro y de escucha, imaginación creadora y generosidad.

Corine Pelluchon (Barbezieux, Francia, 1967) es especialista en filosofía moral y política, y una pensadora de referencia en cuestiones de ética aplicada, bioética, animalismo y ecología. Es profesora en la Universidad Gustave Eiffel de la región de París. En 2025 obtuvo el premio Leopold Lucas de la Universidad de Tubinga como reconocimiento al conjunto de su obra y la Medalla de la Academia Francesa de Marina por su libro El ser y el mar. Es autora de numerosos libros, entre los que se encuentran Ecología como nueva Ilustración (2022) y Ética de la consideración (2024), ambos publicados por Herder Editorial.

Índice

Prefacio

La democracia asediada

Un psicoanálisis al revés

El sometimiento

Las guardianas de la democracia

Política de la consideración

La potencia de lo femenino

Bibliografía

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Hitos

Cover

Table of Contents

Contenido inicial

Página de copyright

Anotación

Capítulo

Capítulo

Capítulo

Capítulo

Capítulo

Capítulo

Capítulo

Capítulo

Capítulo

Prefacio

Proponer un proyecto de sociedad que permita a cada persona encontrar su lugar mediante la participación en una empresa colectiva de reestructuración de los modos de producción y de reorientación de la economía constituye el objetivo de una política de la consideración. Aunque este mensaje difícilmente podrá calar en la población si no se repara aquello que, en las sociedades contemporáneas, lleva décadas profundamente dañado y explica que muchas personas se sientan despreciadas y desconfíen tanto de los dirigentes como de las élites.

No es necesario invocar la llegada de una gran noche para sustituir la dominación por la cooperación e instaurar un proyecto humanista y ecológico. La democracia, para florecer y transformarse, requiere ideas, pero sobre todo amor. No ese amor falso que es —como el nacionalismo— un delirio colectivo que sirve para disipar el temor al desclasamiento y reprimir el sentimiento de impotencia, sino un amor al mundo que nace de la gratitud por lo recibido y de la acogida a los nuevos seres. En efecto, la política se vuelve necesaria ante la vulnerabilidad constitutiva del ser humano, su fragilidad física y psíquica, así como su permeabilidad al mal, pero solo la democracia está en condiciones de responder a la diversidad humana que se origina en el nacimiento, en la llegada al mundo de seres siempre distintos. Sus instituciones y la centralidad que otorga a la educabilidad del ser humano se fundamentan en la necesidad de prolongar nuestro nacimiento: desarrollar nuestras potencialidades para existir plenamente como individuos libres y singulares.

La democracia se sustenta en una relación con uno mismo y con el mundo común que exige neutralizar la necesidad de dominación de las personas para que puedan llevar una vida buena con y para los demás. Su potencia no tiene nada que ver con la fuerza que emana del miedo a perder el control ni con la tensión interior que este miedo engendra. Al nutrirse del amor al mundo y dar testimonio —incluso en contextos de pobreza u opresión— de ese amor que (re)aviva el cuidado hacia los otros, especialmente hacia los más jóvenes, podemos hablar de una potencia de lo femenino. Se trata de plenitud e irradiación, capacidad de encuentro y de escucha, imaginación creadora y generosidad. Esta potencia vital es la que, al borde del abismo, puede abrirnos, juntos, el camino hacia la libertad.

Asociar la potencia de lo femenino a una democracia saludable, capaz de resistir los embates de quienes buscan envilecerla, no implica que solo las mujeres puedan preservarla ni que ellas estén exentas de convertirse en líderes fascistas. Lo femenino tampoco alude a un conjunto de clichés esencialistas construidos a partir de representaciones sobre lo que las mujeres deberían ser en función de sus características biológicas o de los roles sociales que históricamente se les han asignado. No remite ni al cuerpo natural ni a una mera construcción social. Sin embargo, la relación con uno mismo y con el mundo que designa lo femenino se inspira en la experiencia de las mujeres porque estas no pueden abstraerse de su condición corporal, la cual da testimonio de nuestra vulnerabilidad universal, de nuestra exposición a los otros y de nuestra dependencia respecto de la naturaleza y de los elementos.

La potencia de lo femenino, que implica asumir plenamente nuestra condición corporal y finita, y convertirla en una oportunidad, en el punto de partida de un proyecto político democrático y ecológico, es una potencialidad del ser humano que también concierne a los hombres. Está al alcance de todos y todas, aunque con frecuencia se vea sofocada. No se identifica con las luchas feministas, si bien mantiene un estrecho vínculo con la experiencia de las mujeres, con la paciencia y la determinación que han debido demostrar y deben seguir demostrando para existir como sujetos plenos y afrontar situaciones de dominación. Pues la elección a favor de la vida y de la libertad nace de vivencias que la ponen a prueba y la fortalecen. Es la perennidad de esta elección, y la capacidad que confiere para resistir la adversidad y adaptarse a las circunstancias más arduas, lo que denominamos potencia de lo femenino. Esta potencia —que, como veremos, solo se manifiesta cuando el ser humano alcanza un desarrollo moral y psíquico suficiente para liberarse del narcisismo— resulta necesaria para establecer vínculos saludables tanto en el plano individual como en el colectivo. Es la condición del amor, y también de la democracia.

Así, al entrelazar los hilos que vinculan la potencia de lo femenino con una democracia libre de sometimiento, me propongo mostrar a qué peligros estamos expuestos y con qué recursos contamos para prevenirlos, resistir las fuerzas que podrían conducirnos a la ruina y sostener un proyecto de sociedad ecológica y solidaria que resulte creíble.

La democracia asediada

Mi persona no está hecha para compartir el odio, sino el amor.

Sófocles, Antígona

El avance de los partidos de extrema derecha en Europa y en el mundo lleva a pensar que su victoria es inevitable. Su estilo agresivo, así como el contenido nacionalista y xenófobo de sus programas, ya ha permeado el espacio público, donde los ataques personales sustituyen a los argumentos y las cuestiones vinculadas con la obsesión por la seguridad o la preferencia nacional se banalizan. Los partidos tradicionales, desconcertados ante los éxitos reales o anunciados de la extrema derecha, suelen tener dificultades para mantener su relevancia. La mayoría reacciona despreciando a los votantes que han respaldado a la extrema derecha. Otros optan por una suerte de escalada, formulando promesas irreales destinadas a calmar la ira social. Ambos casos contribuyen a acentuar la polarización social y a reforzar el discurso populista, que enfrenta a las élites y al pueblo, a los partidos del establishment o el «sistema» y a los «auténticos representantes» de la nación, a las élites globalizadas y urbanas y a las clases populares periféricas, a los de cualquier parte y a los de alguna parte.1

Todo ocurre como si la extrema derecha fijara las reglas del juego. Quienes rechazan votar a sus representantes y a las formaciones políticas susceptibles de aliarse con ella dudan de que sus votos sean suficientes para revertir el rumbo de una sociedad que, con el tiempo, podría llevar a la elección de un líder de extrema derecha al frente del Estado. De este modo,la extrema derecha forma parte de las distintas corrientes que configuran el espíritu de la época. Sin embargo, a diferencia de otros movimientos, en particular de aquellos que podrían acompañar una edad de lo viviente,2 ha logrado estructurarse, diseminar sus grupúsculos para infiltrarse en las instituciones y ganar adeptos mediante una estrategia de comunicación. En Europa, personas a las que hace apenas unos años habría sido difícil atribuir opiniones xenófobas no dudan ahora en responsabilizar abiertamente a los extranjeros del deterioro de la calidad de vida. Gobernantes y gobernados se acostumbran a tolerar expresiones y actos que cuestionan el pluralismo sobre el que la democracia se sustenta.

Circula un rumor: los días de la democracia liberal estarían contados; solo un Estado fuerte y autoritario permitiría a la sociedad afrontar los desafíos de nuestro tiempo, ya se trate del calentamiento global, de las guerras y de las transformaciones geopolíticas o de las desigualdades generadas por un capitalismo salvaje que las vías democráticas no han logrado contener. Las diferencias entre la democracia y los regímenes autoritarios, que la extrema derecha se esfuerza por minimizar, tienden a diluirse. La idea de que entre un gobierno de extrema derecha y el resto únicamente existe una diferencia de grado, y no de naturaleza, se impone con mayor facilidad en la medida en que los partidos nacionalistas han emprendido, al menos en Europa, una auténtica campaña de normalización: sus líderes adoptan la apariencia de políticos convencionales y alternan un discurso protector con declaraciones que destilan un odio persistente hacia determinados grupos.

El paso del Estado de derecho al fascismo se percibe como una posibilidad real porque han cedido las barreras que, hasta ahora, protegían a la democracia de transformarse en su contrario. Los gobernantes dudan cada vez menos en imponer sus reformas por la fuerza y en restringir las libertades individuales. Por su parte, los gobernados, atrapados entre el miedo al futuro y la angustia ante el desclasamiento, se muestran cada vez más proclives a renunciar al pensamiento crítico a cambio de certezas inmediatas. Olvidan que un orden artificial solo puede sostenerse mediante un grado creciente de arbitrariedad y represión, y que, con el tiempo, esa misma lógica terminará volviéndose en su contra. Desconocida y denostada precisamente por aquello que constituye su valor —la aceptación de la indeterminación del sentido y la institución del bien común a posteriori mediante la confrontación de puntos de vista—, la democracia es hoy contemplada con desdén. No se acepta que se fundamente en mediaciones. Al confundirla con la expresión inmediata de la ira, se la invoca y se la rechaza según convenga.

Aunque existe un amplio consenso en torno a la necesidad de emprender profundas transformaciones económicas y políticas para frenar el desastre ecológico y social, reducir el endeudamiento y afrontar el desorden sistémico, los desacuerdos surgen en relación con los medios a emplear para alcanzar tales fines. Ante la ausencia de acuerdos entre los actores implicados, las soluciones eficaces y los resultados tangibles se hacen esperar, de forma que el malestar social se intensifica. Una parte de la población, que se siente excluida de estos debates y despreciada por los poderes establecidos, se inclina hacia los partidos de extrema derecha. Muchas de estas personas, que hasta ahora no los habían apoyado, han terminado cruzando ese umbral. Cada vez son más quienes siguen a un hombre o a una mujer que parece comprender su situación y depositan su confianza en un liderazgo que, a sus ojos, es capaz de reconducir el rumbo del país y les devuelve la sensación de que son importantes.

El propósito de esta obra es identificar los invariantes del discurso y de la estrategia de la extrema derecha. Aunque adopta formas diversas según las épocas y los países, recurre sistemáticamente a ciertos procedimientos comunes e instala siempre el mismo clima en la sociedad. Más allá de este análisis, que pretende ofrecer referencias útiles para orientar las decisiones ciudadanas, me interesa especialmente poner de relieve la trama que se teje entre los populistas de derecha y una parte de la población. Comprender este vínculo exige adentrarse en el psiquismo humano, examinando los resortes de un tipo de dominación ante el cual nos encontramos hoy particularmente expuestos.

Me propongo asimismo refutar los argumentos de quienes, al presentar como inevitable la victoria de la extrema derecha, anuncian la muerte programada de la democracia y alegan su incapacidad para afrontar los desafíos contemporáneos y resistir los ataques a los que se ve sometida. Los partidos tradicionales todavía conservan un margen de futuro, siempre que asuman activamente su herencia progresista y humanista, redefiniéndola en lugar de presentarla de manera defensiva. También deben tomar conciencia de los factores que, en el seno de la sociedad contemporánea, alimentan un malestar del que se nutren los agitadores de extrema derecha. No se trata de relativizar los peligros que entrañan los gobiernos que han caído bajo su control. Sin embargo, estigmatizar a los ciudadanos que los respaldan, tratándolos como monstruos o como idiotas, resulta estéril y refuerza la retórica del «nosotros contra vosotros» o la división entre amigos y enemigos que el populismo ha extendido al conjunto de la vida política.

Mi hipótesis es que lo que está en juego entre determinada población y los partidos de extrema derecha se inscribe en una lógica de sometimiento.3 Este va más allá de la sumisión a un líder o del autoritarismo. El término francés emprise, que procede del latín imprehendere y designa tanto el hecho de ser aprisionado como el acto de apresar o aprisionar a otro, proviene del psicoanálisis. Freud denomina Bemächtigung a este proceso de dominación que consiste en apode-rarse del otro, dejar en él nuestra huella y neutralizarlo para convertirlo en propiedad. El otro se transforma así en un objeto que sirve para afirmar nuestro poder y para apaciguarnos respecto a nosotros mismos: la ilusión de omnipotencia que su sumisión nos brinda permite disipar el propio sentimiento de impotencia y vulnerabilidad. Freud vincula el sometimiento a la pulsión de muerte, y veremos que, tanto en su origen como en su despliegue, el sometimiento tiene un carácter mortífero. Su ámbito privilegiado es la pareja o la familia, pero la relación que se establece entre un líder populista de extrema derecha y determinada población también se fundamenta en un abuso de confianza y participa de la lógica del sometimiento.

Este tipo de dependencia debilita a la víctima. Se trata de una distorsión del vínculo, dado que la destrucción psíquica y la violencia que sufre el sujeto sin ser plenamente consciente de ello, al menos en un primer momento, constituyen el desenlace de una relación que inicialmente se presentaba bajo los mejores auspicios. El sujeto siente, al comienzo, que ha encontrado a alguien que lo valora y puede aportarle seguridad y bienestar. Seducido y convencido de que esa relación satisface sus necesidades, va perdiendo poco a poco su capacidad de juicio y todo vínculo objetivo con la realidad. A medida que cae bajo el poder de un ser que lo controla, lo aísla, lo hace dudar de todo y de todos, lo halaga y lo humilla, que alterna grandes promesas con amenazas y lo somete a mandatos contradictorios, el sujeto se vuelve cada vez más ansioso y paranoico. Acaba actuando contra sus propios intereses, reniega de sus ideales y de sus amistades. Cree decidir por sí mismo, oscila entre el desánimo y la omnipotencia, pero en realidad destruye progresivamente todo lo que había construido.

Entre la víctima y el verdugo existe un beso de la muerte: la fisura de uno —su necesidad de reconoci­miento y de amor, su sentimiento de falta de atención— es explotada por el otro. Este último también está acomplejado, pues no puede obtener reconocimiento ni por sus logros ni por medio de acciones constructivas. Aunque es consciente de ello, su necesidad de admiración es insaciable y su sed de poder, ilimitada. Todos los medios le resultan legítimos para alcanzar sus fines, incluidas la mentira, la calumnia, la ilegalidad, la intimidación y la violencia, ya sea verbal, psíquica o física. Solo puede existir aplastando a su víctima. Su yo, cuando se le confían responsabilidades, se enciende y se vuelve tiránico.

Llevar al otro a pensar y actuar según su deseo, derribarlo mientras le hace creer que participa en una empresa capaz de cambiar el mundo: esta es la estrategia del individuo dominador y narcisista.4 Este experimenta un sentimiento de ilegitimidad que reprime a través de la manipulación, la dominación y la conquista del poder. Se presenta como un ser excepcional, con derecho a apropiarse de lo ajeno para beneficiarse de las múltiples ventajas asociadas al prestigio y a la riqueza. Para consolidar sus logros y conservar su poder, aparta u hostiga a las personas lúcidas y competentes que podrían hacerle sombra o interponerse en su camino. Todo es artificio, pero la seducción opera y el envenenamiento simbólico, basado en la explotación de la vulnerabilidad social, emocional y psíquica de la víctima, es tal que, aun cuando se le niegan sus necesidades fundamentales, esta permanece atrapada en las redes de una relación tóxica. Así, confundiendo el aprisionamiento con el amor y la protección, acaba rindiendo pleitesía a un tirano.

Una persona en situación de sometimiento ha podido ser manipulada de ese modo porque albergaba una herida que un individuo dominante y narcisista supo detectar y explotar. Esa herida narcisista explica que ella, a su vez, pueda volverse violenta. Un sujeto culto y competente, pero que no percibe o no acepta sus propias fragilidades y fisuras, puede quedar atrapado bajo el influjo del sometimiento de una personalidad manipuladora. Del mismo modo, en un contexto económico y social marcado por la ansiedad, los ciudadanos pueden seguir a populistas de extrema derecha que no solo serán incapaces de ofrecer soluciones reales, sino que agravarán la situación, arruinando el país y conduciéndolo a conflictos interminables.

Es posible protegerse de este tipo de peligro, y el conocimiento de ciertos mecanismos puede contribuir a ello. No obstante, es importante reconocer que las personas bajo sometimiento pierden su capacidad de juicio y su sentido de la realidad hasta tal punto que resulta imposible hacerlas entrar en razón. Esto im-plica que, en el ámbito que aquí nos concierne, durante los debates políticos, los partidos tradicionales y todos aquellos que argumentan apelando a la razón, la ciencia y los hechos no compiten en condiciones de igualdad frente a los populistas de extrema derecha, que distorsionan la realidad, manipulan la cultura y las referencias históricas, desconciertan a sus adversarios y triunfan no a pesar de su irracionalidad, sino precisamente gracias a ella.

La práctica de los líderes de extrema derecha consiste en una suerte de «psicoanálisis al revés».5 En lugar de diagnosticar las causas de los problemas para intentar resolverlos, aquellos a quienes Leo Löwenthal y Norbert Guterman denominaron «profetas del en-gaño» alimentan el descontento generalizado aprovechando cualquier pretexto para luego cristalizarlo mediante culpables.6 Sin formular propuestas orientadas a transformar específicamente las estructuras económicas y sociales, formulan quejas que remiten siempre a nuevas quejas. Al fomentar la victimización e inducir a los ciudadanos a percibirse como excluidos del bienestar y privados de su parte del pastel, de la que, en cambio, sí que gozan los «privilegiados», suscitan la envidia, el odio y la paranoia. El agitador de extrema derecha recuerda constantemente a la población sus frustraciones y le promete que «todo cambiará», que pronto quienes le usurpan su lugar al sol rendirán cuentas: pagarán, ¡y el daño infligido al pueblo y a los verdaderos hijos de la nación será reparado!

El malestar que explotan los movimientos de la extrema derecha es hoy compartido por amplios sectores de la población que se perciben a sí mismos como desclasados y experimentan una falta de consideración. Quienes votan a la extrema derecha expresan su descontento acusando a los partidos tradicionales y a las élites de estar desconectados de la realidad y de carecer de empatía. Sin embargo, resulta necesario ir más allá de las palabras que evidencian este malestar y analizar su significado para alcanzar las raíces de un problema más profundo que alude a la subjetividad del ser humano contemporáneo. En este sentido, veremos que el diagnóstico elaborado por los fundadores de la Escuela de Frankfurt7 sobre las causas objetivas del malestar social y la desubjetivación provocada por la modernidad y el capitalismo conserva aún buena parte de su vigencia. Asimismo, el desfase entre el rendimiento técnico alcanzado por la humanidad y su nivel de desarrollo emocional y afectivo reviste una importancia decisiva.

Un cierto vacío moral, fruto de la pérdida de los referentes tradicionales y de la capacidad, propiciada por las tecnologías, de realizar hazañas colosales de forma instantánea, como si el mundo se plegara a nuestros deseos, genera un sentimiento de omnipotencia y exacerba el narcisismo, tanto en el plano individual como en el colectivo. Esta situación entraña riesgos de deriva patológica que resultan perjudiciales para la vida social y política, y que comprometen el amor, la cooperación y la paz.8 Esta configuración de la subjetividad, sumada a las condiciones laborales contemporáneas y a un contexto económico, social, político y geopolítico difícil y angustiante, explica la erosión de la democracia y alimenta el nacionalismo, expresión de un narcisismo colectivo que se manifiesta como una locura compartida.

El antídoto a este mal, cuyas raíces se hunden tanto en las estructuras sociales como en la dificultad humana para ampliar su punto de vista, es la consideración: supone reconocerse como un ser vulnerable y mortal a la vez que conduce a sentirse vinculado a los demás y al mundo común. Un proyecto humanista y ecológico, que prolongara la obra y el espíritu de la Ilustración al tiempo que corrigiera su antropocentrismo y su falso universalismo, podría responder a las aspiraciones profundas de los seres humanos y ofrecerles perspectivas de futuro. Sin embargo, una iniciativa de este tipo solo puede prosperar si atiende también la necesidad de pertenencia y de convivialidad, que a menudo ha sido desatendida por los proyectos emancipadores, los cuales insisten en la ruptura con las tradiciones sin compensar su crítica o deconstrucción del pasado mediante propuestas capaces de reunir a todos los ciudadanos y de devolverles la confianza en sí mismos y en el porvenir.

La investigación sobre los resortes psíquicos, afectivos y sociales que favorecen el sometimiento nos lleva a reflexionar sobre aquello que, durante mucho tiempo y en distintos países, mantuvo alejadas del poder a las figuras autoritarias. Porque ya hubo populistas de derechas y contaron con numerosos seguidores. Basta pensar en Henry Ford, Huey Pierce Long, Joseph McCarthy, George Wallace y Charles Lindbergh, por citar solo algunos. Sin embargo, como muestran Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en el caso de Estados Unidos, los partidos políticos hasta finales de la década de 1980 «filtraban a los candidatos», excluyendo sistemáticamente del poder a los autócratas: estos no podían presentarse a las elecciones ni convertirse en líderes de partido, sino que seguían siendo outsiders.9 En esta misma línea, cuando Sebastian Haffner escribe que la resignación, la ausencia de reacción colectiva del pueblo alemán, su fatiga y su pérdida de fe en la humanidad hicieron posible que tantas personas siguieran a Hitler, añade de inmediato que fueron primero los partidos tradicionales quienes, al capitular y renunciar a su papel de guardianes de la democracia, le permitieron acceder a plenos poderes.10 Es por esta razón que el filtrado y la selección de los candidatos a cargos de responsabilidad política resultan esenciales para el buen funcionamiento de la democracia. Corresponde a los partidos políticos, pero también a las élites y a los medios de comunicación, contribuir a este filtrado, en lugar de legitimar a los autócratas mediante alianzas o dándoles visibilidad permanente, como sucede hoy en día.

Las instituciones deben funcionar como guar­darraíles,11 impidiendo que los políticos asuman riesgos imprudentes que pongan en peligro la democracia y seleccionando candidatos capaces de gobernar, es decir, de tomar decisiones justas en el marco de la deliberación democrática. Las normas de benevolencia mutua, de reciprocidad y de contención,12 que los líderes de extrema derecha, y los populistas en general, pisotean tanto en los parlamentos como en el ejercicio del poder, son esenciales en democracia, ya que esta requiere la institución progresiva del bien común y la canalización del conflicto. Sin embargo, a menudo se olvida que los responsables políticos deben poseer ciertos rasgos de carácter para respetar principios democráticos como la separación de poderes, el pluralismo, la transparencia en la toma de decisiones y la tolerancia. La competencia técnica, la cultura, la elocuencia o la popularidad no bastan para prevenir las derivas políticas. Por eso es necesario contar con criterios que permitan detectar las personalidades autoritarias antes de las elecciones. Ha llegado el momento de romper un tabú: debemos dejar de cerrar los ojos ante las patologías de la dominación que afectan a ciertos individuos y dejar de confiarles responsabilidades si queremos evitar que envenenen las instituciones y destruyan el país.

Al mostrar el vínculo que une, en el fenómeno del sometimiento, la perversión con la violencia o el odio hacia el otro, trataremos de precisar qué distingue a los movimientos de extrema derecha de los populismos de izquierda. Estos últimos pueden ser intolerantes, pero suelen ser menos proclives a la xenofobia y, sobre todo, se remiten a una ideología o conceden un papel central a las ideas. En cambio, el fascismo, que constituye una reacción a un sentimiento de impotencia no asumido y una respuesta irracional a la frustración, se nutre del odio. Su corpus ideológico es más difuso y, cuando existe, refleja principalmente la necesidad de hacer que otros paguen por la incapacidad de gestionar los conflictos internos, así como de hacer el duelo de la omnipotencia y de una grandeza fantaseada.