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La detective del Departamento de Policía de Los Ángeles Renée Ballard sigue los pasos de un aterrador violador múltiple cuyo rastro se ha perdido. Cuenta con la ayuda de la voluntaria más nueva de la Unidad de Casos Abiertos: la patrullera Maddie Bosch, hija de Harry. Renée Ballard y la Unidad de Casos Abiertos de la policía de Los Ángeles encuentran una relación de ADN entre un hombre recientemente detenido y un violador y asesino en serie del que no se había tenido noticia en los últimos veinte años. El detenido solo tiene veintitrés años, por lo que el vínculo genético tiene que ser familiar. En efecto, es hijo del Violador de la Almohada, responsable de aterrorizar la ciudad de Los Ángeles durante cinco años. Sin embargo, cuando Ballard y su equipo van a por el sospechoso, se encuentran con una desconcertante trama de secretos y obstáculos legales. Entretanto, a Ballard le roban la placa, el arma y la identificación, y ella no puede denunciar ese robo sin dar a sus enemigos del departamento la munición que necesitan para acabar con su carrera como detective. Ballard investiga el robo por su cuenta, pero su misión en solitario la lleva a un peligro mayor del que esperaba. No le queda más remedio que buscar ayuda fuera del departamento, y eso la lleva a la puerta de Harry Bosch. Finalmente, Ballard acepta a una nueva voluntaria para la Unidad de Casos Abiertos. Maddie, la hija de Bosch, quiere complementar su trabajo como patrullera en el turno de noche investigando casos con Ballard, pero esta pronto se entera de que la joven tiene un segundo motivo para conseguir acceso a la biblioteca de las almas perdidas.
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Seitenzahl: 493
Veröffentlichungsjahr: 2024
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A Mary Meme Mercer, con todo mi agradecimiento
Le gustaba esperar la ola más que surfearla. De cara a los acantilados, sentada a horcajadas en la tabla, buscando con las caderas el ritmo de ascenso y descenso de la superficie del agua. Como si montara a caballo: le hizo pensar en Kaupo Boy y en cuando era niña. Había una veneración al momento anterior a la llegada de la siguiente serie de olas, cuando tocaba agacharse y remar.
Miró el reloj. Le daba tiempo a una más. La surfearía hasta donde pudiera. Pero saboreó el momento de flotar sin más, cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia el cielo. El sol ya asomaba por encima de los acantilados y le calentaba la cara.
—No te había visto nunca por aquí.
Ballard abrió los ojos. Era el tipo de la tabla One World. Uno de la vieja escuela: sin traje de neopreno, sin correa, con la piel bronceada como madera de cerezo. Se preparó para el postureo territorial de macho que sabía que iba a llegar.
—Normalmente voy a Topanga —dijo ella—, pero esta mañana no había olas allí.
No mencionó que había consultado una app que informaba de las olas. A los de la vieja escuela nunca se les ocurriría usar una app.
El tipo estaba unos seis metros a su izquierda, surfeando las olas bajas lateralmente para poder mirarla a ella. No había muchas mujeres en Staircases. Era un sitio para los que controlaban, con muchas rocas con la marea baja. Tenías que saber lo que hacías, y Ballard lo sabía. No se había cruzado en el tubo de nadie, no se había salido de una ola demasiado pronto. Si el tipo pensaba darle lecciones, le cerraría la boca rápidamente.
—Soy Van.
—Renée.
—Bueno, ¿quieres desayunar en Paradise Cove después?
Un poco atrevido, pero estaba bien.
—No puedo —dijo—. Una serie más y luego tengo trabajo. Pero gracias.
—A la próxima, tal vez —dijo Van.
Antes de que la conversación se pusiera más incómoda, alguien más atrás empezó a remar y alineó su tabla con la ola que llegaba. Fue como cuando un pájaro se sobresalta y hace que toda la bandada emprenda el vuelo. Ballard miró por encima del hombro y vio que la siguiente serie era buena. Se echó adelante y subió las piernas a la tabla. Empezó a remar. Brazadas fuertes, con los dedos juntos para coger velocidad. Hundiendo los brazos. No quería perderse la ola, y menos delante de Van.
Miró a su izquierda y lo vio remando brazada a brazada a su mismo ritmo. Iba a presionarla, a mostrarle quién mandaba allí.
Ballard remó con más fuerza, notando que le ardían los hombros. La tabla empezó a elevarse con la ola y ella saltó para quedar en cuclillas en la línea central. Colocó el pie izquierdo atrás y se puso en pie justo cuando la ola alcanzaba su punto más alto. Bajó la punta de la tabla y empezó a cortar la ola.
Oyó la voz de Van detrás, llamándola goofy.
Ballard abrió los brazos para equilibrarse, clavó la tabla para girar y subir el muro de la ola antes de volver a bajar y seguirla hasta el final. Durante ocho segundos, todo en el mundo desapareció. Solo estaban ella y el océano. El agua. Nada más.
Se estaba deslizando sobre la espuma cuando recordó a Van y miró por encima del hombro para buscarlo. No estaba a la vista, pero entonces asomó su cabeza en la ola junto con su tabla roja. Levantó la mano y Ballard le dijo adiós con la cabeza. Saltó al agua, levantó la tabla y caminó hacia la orilla.
Ya se había bajado el traje de neopreno hasta las caderas cuando rodeó las dunas y llegó al aparcamiento. La combinación de sol y viento empezaba a secarle la piel. Apoyó la tabla contra el lateral del Defender y buscó la cajita magnética que usaba para ocultar las llaves en el hueco de la rueda trasera.
No estaba.
Se agachó y miró alrededor del neumático para ver si la encontraba en el asfalto.
Nada.
Se inclinó para mirar bien en el hueco, con la esperanza de que hubiera puesto la cajita en otro sitio.
Había desaparecido.
—Mierda.
Se levantó deprisa y se acercó a la puerta. Tiró de la maneta y la puerta se abrió: no estaba cerrada con llave.
—Mierda, mierda, mierda.
La llave y la cajita magnética estaban en el asiento del conductor. Vio que la guantera estaba abierta. Metió el cuerpo en el interior, buscó debajo del asiento del conductor y pasó la mano adelante y atrás por la alfombrilla del suelo.
Su teléfono, su pistola, su cartera y su placa habían desaparecido. Metió la mano más al fondo por debajo del asiento y sacó sus esposas y un revólver Ruger de siete balas que aparentemente el ladrón había pasado por alto.
Ballard se levantó y miró a su alrededor por el aparcamiento. No había nadie. Solo la fila de coches y caravanas que pertenecían a los surfistas que seguían en el agua.
—Su puta madre —murmuró.
Después de que le robaran la cartera que contenía su documento de identificación, Ballard no podía pasar por el torno de acceso al Centro Ahmanson del Departamento de Policía de Los Ángeles, así que condujo hasta el aparcamiento repleto que había detrás del centro de formación y llamó a Colleen Hatteras desde su teléfono nuevo. Hatteras respondió con un tono de urgencia.
—Renée, ¿dónde estás? ¿La reunión no era a las nueve?
—Estoy en el aparcamiento de atrás. Quiero que me dejes entrar por la puerta de incendios, Colleen.
—¿Estás segura? Si el capitán…
—Estoy segura. Tú abre la puerta y yo ya lo arreglaré con el capitán. ¿Siguen todos ahí?
—Eh, sí. Creo que Anders ha ido a la cafetería, pero no ha dicho que vaya a marcharse.
—Vale, dile a Tom o a Paul que vayan a buscarlo mientras me abres la puerta. Tardo dos minutos.
—¿Qué ha pasado? No has llamado y no has contestado nuestras llamadas. Estábamos empezando a preocuparnos.
Ballard bajó del Defender y se encaminó a la puerta trasera del complejo. Ya estaba exasperada con Colleen y todavía no había comenzado la jornada.
—Tranquilízate, Colleen —dijo—. No pasa nada. He perdido el móvil y la cartera en la playa. He tenido que pasar por casa a buscar una tarjeta de crédito y luego por la Apple Store para comprar un móvil nuevo. Por favor, ábreme la puerta. Ya casi he llegado y voy a colgar.
Colgó antes de que Colleen tuviera ocasión de replicar, porque sabía que lo haría. Se acercó a la salida de incendios, cerrándose la chaqueta para que no se notara tanto que no llevaba la placa en el cinturón.
Colleen abrió la puerta y sonó una alarma estridente. Ballard se apresuró a pasar y cerrar la puerta. El sonido se cortó.
—¿Cómo has perdido el teléfono y la cartera? ¿Te han robado?
—Es una historia larga, Colleen. ¿Están todos aquí?
—Tom ha ido a buscar a Anders.
—Perfecto, empezaremos en cuanto vuelvan.
La salida de incendios estaba detrás del archivo donde se almacenaban los expedientes de los casos de homicidio. Por delante de Colleen, Ballard recorrió la última fila de estanterías y se adentró en el recinto de la Unidad de Casos Abiertos. El centro del espacio estaba dominado por lo que llamaban la «Balsa»: ocho escritorios reunidos con mamparas de separación entre ellos. En las paredes laterales había archivadores y pizarras blancas con información sobre las investigaciones en curso.
—Siento llegar tarde —anunció Ballard al llegar a su escritorio, en un extremo de la Balsa—. Empezaremos en cuanto vuelvan Tom y Anders.
Ballard se sentó y se conectó a su terminal del ordenador municipal. Accedió al portal de contraseñas del departamento y abrió la base de datos que contenía los atestados de todo el condado. Buscó informes sobre robos en vehículos en las playas del condado y enseguida vio varios casos. A partir de ahí, seleccionó una lista de los robos ocurridos en playas populares entre los practicantes de surf. Ballard llevaba practicando surf en la costa del sur de California, de Trestles a Dockweiler, desde que tenía dieciséis años. Conocía todas las playas y vio un patrón de denuncias de RVM (robos en vehículos de motor) en lugares donde sabía que los aparcamientos no podían verse desde el océano.
Eso le hizo saber tres cosas. Primero, que probablemente se trataba del mismo ladrón o grupo de ladrones. Segundo, estaban familiarizados con el surf y probablemente incluso eran surfistas. Y tercero, como los robos se repartían por toda la costa y por varias jurisdicciones, los distintos departamentos policiales no se habían percatado del patrón. Los robos se consideraban delitos individuales.
Ballard empezó a leer los resúmenes de los atestados para ver si algún testigo había visto algo que resultara de utilidad, si se habían encontrado huellas dactilares de algún sospechoso o si se había hecho algún seguimiento de la denuncia inicial de los delitos. Ninguno de los robos era lo bastante importante como para suscitar el interés policial. Carteras, móviles, dinero en efectivo y tablas de surf de repuesto eran los objetos más robados. Ballard sabía que, tomados por separado, los casos probablemente morían con la denuncia inicial. Como dictaba el protocolo, irían a parar a algún departamento de robos en vehículos, pero, sin una descripción del sospechoso, una huella dactilar o al menos una matrícula parcial del coche de huida, las denuncias terminarían en las grandes fauces de los delitos menores que no merecían demasiada atención por parte del aparato de justicia. Era la historia de la modernidad. Las denuncias se presentaban más que nada para cobrar el seguro. En cuanto a la policía, era un simple desperdicio de papel.
Colleen asomó la cabeza por encima de la mampara que separaba el escritorio de Ballard del suyo. Desde su ángulo, Colleen no podía ver la pantalla de la detective.
—¿En qué estás trabajando? —preguntó.
Ballard cerró la sesión de búsqueda.
—Solo estaba mirando el correo —dijo—. ¿Están todos listos?
—Anders está aquí —dijo Colleen.
Ballard se levantó para dirigirse al equipo.
Aparte de Ballard, que era agente jurada a tiempo completo, los otros miembros de la Unidad de Casos Abiertos eran todos voluntarios. Dos años atrás, siguiendo la tendencia que había llevado a departamentos de policía de todo el país con problemas de presupuesto a recurrir a detectives retirados para investigar casos abiertos, Ballard había sido nombrada responsable para reactivar esa unidad del Departamento de Policía de Los Ángeles. También era responsable de reclutar personal, lo que implicaba convencer a la gente de que aportara sus aptitudes a un noble esfuerzo al menos un día por semana, a cambio de cincuenta dólares al mes para cubrir gastos. Por fin había llegado a un punto en el que estaba satisfecha con el equipo que había formado.
En la Balsa estaban Tom Laffont, retirado del FBI; Lilia Aghzafi, que había trabajado veinte años en la policía metropolitana de Las Vegas; y Paul Masser, que había sido fiscal en la fiscalía del distrito. Colleen Hatteras nunca había sido policía, sino una madre y ama de casa que se aficionó a la genealogía genética e hizo cursos en línea sobre su aplicación a la investigación policial. Era una guerrera implacable ante el teclado y también en entrometerse en la vida privada de los demás miembros del equipo, sobre todo de Ballard. Además, se describía a sí misma como una persona empática que nunca rehuía expresar las sensaciones que percibía en la gente. Ballard soportaba este aspecto de la personalidad de Colleen a regañadientes por la capacidad que tenía para trabajar en casos.
El miembro más reciente de la unidad era Anders Persson, aún más bicho raro que Hatteras. Su experiencia se limitaba a un trabajo como voluntario en la Autoridad Policial Sueca en Estocolmo, su ciudad natal. Con solo veintiocho años, Persson dirigía una empresa de software con sede en Los Ángeles por la noche y ayudaba al equipo de Casos Abiertos durante el día. Si Hatteras era la experta en buscar historias familiares y conexiones genéticas, Persson era el hombre al que acudir cuando se trataba de navegar por internet para encontrar a personas que habían hecho todo lo posible para evitar ser localizadas. Juntos, Hatteras y Persson formaban un equipo formidable que complementaba a los miembros de la unidad con verdadera experiencia policial y de investigación. Y aunque la unidad todavía estaba recuperándose de un duro golpe a su reputación, resultado de un primer caso que había salido mal, Ballard sentía que el equipo ya funcionaba como un motor bien ajustado. En la Balsa había sitio para dos voluntarios más, pero Ballard estaba satisfecha con lo que estaban consiguiendo. La unidad resolvía una media de tres casos abiertos de asesinato al mes. Era una gota en el océano, teniendo en cuenta que las estanterías de los archivos situados detrás de la Balsa contenían los expedientes de seis mil casos de asesinato sin resolver, pero no dejaba de ser un buen punto de partida.
Ballard se acercó a la pizarra para comenzar la reunión. Normalmente, habría dejado la chaqueta sobre la silla, pero se la dejó puesta para ocultar el hecho de que no llevaba la placa.
Se utilizaban cuatro pizarras alineadas para llevar a cabo un seguimiento de las investigaciones en distintos grados de avance. Todos los lunes por la mañana, el equipo se reunía para hablar de sus progresos. En la primera pizarra figuraban todos los casos en los que había pruebas que debían someterse a análisis forenses y tecnológicos. Esto significaba principalmente ADN, huellas dactilares y, en ocasiones, pruebas balísticas. Los tribunales de California no habían aprobado la aplicación del ADN en los procesos penales hasta principios de la década de 1990, y el análisis genético había avanzado mucho en los últimos años. Por esta razón, los casos abiertos de las tres últimas décadas del siglo anterior eran terreno abonado para la revisión. Además, las bases de datos de huellas dactilares se habían ampliado enormemente. Las bases de datos de balística iban algo más rezagadas y no eran tan útiles, pero en los casos con armas de fuego implicadas no podían pasarse por alto.
Lo que echaba arena en el depósito de gasolina de ese motor bien ajustado de la unidad era que muchos de los casos eran tan antiguos que los asesinos que el equipo identificaba ya estaban muertos o encarcelados. Eso aportaba respuestas a familias que aún estaban de duelo, pero dejaban la sensación de que la justicia se quedaba corta y llegaba tarde. Y a los miembros de la Unidad de Casos Abiertos se les negaba lo que todo investigador deseaba y necesitaba al final de un caso: la oportunidad de enfrentarse al criminal que se escondía tras el asesinato. Por eso el equipo se centraba en la investigación de los llamados «casos vivos», en los que se creía que el asesino seguía con vida y en libertad. Aunque el archivo contenía registros de crímenes sin resolver que se remontaban a principios del siglo xx, Ballard dispuso que el equipo trabajara solo en los casos registrados desde 1975.
Ballard examinó la primera pizarra para ver si se había añadido algún caso nuevo. Cada miembro del equipo que en ese momento no estuviera trabajando en una investigación se encargaba de sacar casos del archivo y revisarlos para un posible seguimiento.
—Bien, ¿alguien ha añadido algo nuevo a nuestra lista? —preguntó.
Tras una ronda de respuestas negativas por parte de la Balsa, Laffont levantó la mano.
—Creo que podré añadir uno esta semana —dijo—. Espero tener noticias de Darcy hoy, si hay suerte.
Darcy Troy era la genetista asignada a la Unidad de Casos Abiertos. Era bueno contar con una persona a la que acudir en el laboratorio, pero Troy no estaba asignada a la unidad en exclusiva. Las investigaciones de casos más recientes tenían prioridad, y Troy debía encargarse de los análisis de ADN de esos casos antes que de cualquier cosa que llegara de la Balsa. En ocasiones, la espera resultaba frustrante.
—¿Cuál es el caso? —preguntó Ballard.
—Un asesinato con agresión sexual del año 91 —dijo Laffont—. Un caso muy feo. No es que haya alguno que no lo sea, pero el tipo la agredió varias veces antes de estrangularla. Eyaculó fuera, pero dejó algo en su ropa. Se ocupa Darcy. La semana pasada dijo que tendría algo esta semana.
—Bien —dijo Ballard—. ¿Cuál es el nombre de la víctima?
—Shaquilla Washington —dijo Laffont—. Un caso del sur. No llamó mucho la atención en su día.
Ballard asintió. No hacía falta decir que los archivos estaban desproporcionadamente cargados de casos que no habían recibido mucha atención porque correspondían a las comunidades minoritarias de las zonas sur y este de la ciudad. Este hecho podía deberse, en parte, a que había más asesinatos en esas comunidades y a que allí la carga de trabajo de los detectives era la más pesada de la ciudad. Ahora bien, también podía explicarse por la falta de compromiso con esas comunidades y la ausencia de empatía con las víctimas. Ballard no había notado ninguna de esas deficiencias en Laffont. Cuando tenía tiempo de entrar en los archivos y sacar casos para revisarlos, a menudo buscaba informes de la zona sur. Era blanco y se acercaba a los sesenta, y rara vez había trabajado en la zona sur como agente del FBI asignado a la oficina de campo de Los Ángeles. Veía su trabajo actual como una forma de equilibrar en parte la balanza. Ballard lo respetaba por eso.
—Esperemos que Darcy consiga algo —dijo.
Siguió revisando las pizarras y los casos con su equipo, hasta llegar a la última pizarra, en la que figuraban los casos más activos en cuanto a detenciones pendientes, procesamientos o cierres. El último de la lista pertenecía a Masser.
Se trataba del asesinato de la empleada de una tienda de Hollywood en 1997. Un hombre con pasamontañas entró en la tienda, ordenó a la dependienta que pusiera todo el dinero de la caja en el mostrador y le disparó en el pecho. La mujer murió en el acto. El asesino se metió en un coche que lo esperaba y huyó. Según varios testigos de dentro y fuera de la tienda, la conductora era una mujer blanca con una larga melena negra. El coche se describió como un sedán granate, y un testigo proporcionó los dos primeros dígitos de la matrícula.
Había una cámara de vídeo en el interior de la tienda, y una revisión de la cinta reveló que el arma se disparó mientras el sospechoso recogía el dinero que la mujer había puesto en el mostrador. Al parecer fue un disparo accidental que sobresaltó incluso al atracador, que se dio la vuelta y salió corriendo de la tienda, dejando atrás la mitad del dinero.
Los dígitos de la matrícula y la descripción del coche condujeron finalmente a los investigadores, a través de los registros de Tráfico, hasta un hombre llamado Donald Russell, propietario de un Honda Accord granate cuya matrícula empezaba por esos dos dígitos. Russell estaba en paro y tenía antecedentes por detenciones relacionadas con las drogas. Vivía con su esposa, que también tenía un historial de detenciones por drogas. Ella, no obstante, tenía el pelo corto y rubio. Ambos fueron interrogados, pero negaron estar implicados en el atraco y el homicidio. Proporcionaron una coartada que los investigadores no pudieron ni confirmar ni refutar. Los detectives llevaron el caso a la fiscalía, pero los fiscales se negaron a presentar cargos, aduciendo que no había suficientes pruebas para convencer a un jurado y obtener un veredicto de culpabilidad. No se consiguieron más pruebas y el caso se enquistó, hasta que Paul Masser, de la Unidad de Casos Abiertos, sacó el expediente de una estantería del archivo.
Masser revisó el caso y enseguida se dio cuenta de que no contenía el tipo de pruebas tradicionales que pueden dar un buen impulso a un caso sin resolver. No había huellas dactilares ni ADN de la escena del crimen. La bala se extrajo del cadáver de la empleada, pero no servía para la tecnología balística moderna, porque se había aplastado al impactar contra la columna vertebral de la víctima, lo que la hacía inútil para compararla con la información de NIBIN, la base de datos nacional de balística. Y no se había recuperado ningún arma con la que comparar la bala.
Masser localizó a los sospechosos, que seguían viviendo en Los Ángeles, y averiguó dos cosas que podrían resultar útiles un cuarto de siglo después de que se cometiera el homicidio. La primera era que la pareja ya no era pareja; se habían divorciado cinco años después del crimen. La segunda, que descubrió a través de las redes sociales, era que la ahora exesposa, Maxine Russell, era una adicta en recuperación que recientemente había celebrado veinte años de sobriedad en su página de Facebook.
Masser, basándose en su experiencia como fiscal, sabía que el divorcio de la pareja significaba que el privilegio conyugal legal ya no era aplicable. La ley establecía que una esposa o marido no podía testificar contra su cónyuge sin la aprobación de este, pero la protección se limitaba a los años del matrimonio, lo cual abría la oportunidad de enfrentar a la exmujer con el que había sido su esposo. Masser, por su experiencia con un familiar adicto en recuperación, también sabía que la mayoría de los programas de rehabilitación animaban a los participantes a llevar diarios como parte de sus pasos hacia la sobriedad.
Con la información recopilada en la investigación original, Masser redactó una orden de registro del apartamento donde vivía Maxine Russell y convenció a un juez para que la firmara. La orden incluía todos los diarios y documentos escritos por la sospechosa, así como fotos familiares en las que aparecía Maxine con el pelo largo y oscuro. En una estantería del salón, Masser encontró varios diarios que Maxine había escrito durante los años de su sobriedad. En una de las anotaciones describía el atraco que había salido mal y en otra expresaba su sentimiento de culpa por haber estado implicada en la pérdida de una vida, aunque ella afirmaba que había sido un accidente. Además, un álbum de fotos encontrado en un armario contenía fotos de Maxine que se remontaban a cuando era niña. En muchas, llevaba el pelo largo y oscuro.
Maxine había sido detenida hacía dos semanas y seguía en la cárcel, porque no podía afrontar la fianza, fijada en dos millones de dólares. El departamento no había publicitado la detención, que hasta el momento había escapado a la atención de la prensa. Era el momento de que Masser siguiera adelante con la segunda parte de la estrategia del caso.
—Voy a reunirme con John esta tarde —explicó Masser al grupo—. Iremos a visitar a la abogada de Maxine para ver si quiere llegar a un acuerdo. Después de dos semanas, probablemente se esté haciendo a la idea de que no quiere pasar el resto de su vida entre rejas.
John era John Lewin, el ayudante del fiscal del distrito asignado a procesar los casos de la unidad. En la cobertura informativa que a menudo provocaba la resolución de casos muy antiguos, los medios locales habían apodado a Lewin el «Rey de los Casos Abiertos».
—¿Ha llamado a su exmarido desde la cárcel? —preguntó Ballard.
—No en las líneas que se registran —dijo Masser—. No creo que él sepa que la han detenido.
—¿Qué le va a ofrecer John? —preguntó Laffont.
—No sé por dónde empezará —respondió Masser—, pero me ha dicho que llegará a la inmunidad total si entrega al ex.
—¿Y crees que lo hará? —dijo Laffont.
—Sí, creo que sí —afirmó Masser—. Intenté sacar el expediente del divorcio, pero es confidencial. Desde el divorcio, ella ha pedido dos veces órdenes de alejamiento. Parece que ya no siente mucho amor por él. Va a cantar.
—Eso espero —dijo Ballard—. Avísame en cuanto lo sepas.
—Recibido —dijo Masser.
—De acuerdo, entonces, eso es todo —dijo Ballard—. Siento haber llegado tarde y agradezco que todo el mundo se haya quedado. A escarbar y resolver casos.
Ballard siempre terminaba la reunión semanal con el mismo mensaje, extraído de una canción de Muse que le encantaba: «Escarba». El eslogan podía leerse en un cartel en la pared de su cabina. Era su código tanto en la vida como en los casos.
De nuevo en su escritorio, Ballard sacó uno de los atestados que había revisado antes. Correspondía al robo de un coche ocurrido en la playa de Topanga hacía unos meses. Lo que captó de nuevo su atención fue una anotación del agente en el sumario en la que decía que había un vendedor de fruta en el aparcamiento donde se produjo el robo. El vendedor declaró que no había visto nada, pero el agente anotó su nombre y número de teléfono para hacer un seguimiento. Ballard copió la información del vendedor de fruta y de la víctima del robo en una libretita. La víctima se llamaba Seth Dawson. Denunció que, además de su iPhone 15 nuevo, se habían llevado un reloj Breitling valorado en tres mil dólares, regalo de su padre. Esos dos objetos hacían que el delito pasara la frontera del hurto y se adentrara en el terreno de los delitos graves.
Mientras se guardaba la libretita en el bolsillo de la chaqueta, Colleen volvió a asomar la cabeza por encima de la mampara.
—¿Has olvidado algo hoy?
Ballard pensó inmediatamente en la reunión de equipo y se preguntó qué podía haber pasado por alto.
—No lo creo —dijo—. ¿Como qué?
Colleen bajó la voz para susurrar.
—Como tu placa, por ejemplo.
Ballard se llevó la mano a la cadera derecha como si quisiera palpar la placa que llevaba en el cinturón.
—Mierda, tienes razón —dijo—. Está en mi coche, debajo del asiento. La cogeré cuando salga. Gracias por fijarte, Colleen.
—De nada —dijo Hatteras.
Una de las dos líneas del teléfono fijo de Ballard empezó a parpadear.
—¿Puedes cogerlo? —preguntó a Colleen.
—Claro —dijo Hatteras.
Hatteras desapareció de su campo visual y cogió el teléfono. Luego habló con Ballard sin asomar la cabeza por encima de la mampara.
—Es Darcy Troy por la línea uno. Dice que es importante.
Ballard pulsó el botón y descolgó.
—Darcy, déjame adivinar. ¿Shaquilla Washington?
—¿Shaquilla Wa…? No, es por otra cosa. Acabamos de dar con el Violador de la Almohada.
Ballard no dijo nada mientras sentía que un escalofrío le recorría la columna.
—¿Renée?
—Sí, lo siento, estoy aquí. ¿Dónde lo tienen?
—No lo tienen. Es una coincidencia con la búsqueda familiar que pusiste el año pasado.
—Explícate.
—La División de West Valley detuvo a un tipo por un incidente doméstico. Le tomaron una muestra y la enviamos al Departamento de Justicia. Resultó ser una coincidencia familiar en el caso de Abby Sinclair.
El caso fue uno de los primeros que Ballard sometió a análisis genético comparativo tras reactivar la unidad dos años atrás. El Violador de la Almohada había aterrorizado a la ciudad durante cinco años a principios de siglo. Decenas de mujeres fueron agredidas en sus casas. Todas estaban dormidas y se despertaban cuando el violador les tapaba la cabeza con una funda de almohada para impedir que lo vieran. Tras la violación, el agresor asfixiaba a las víctimas hasta dejarlas inconscientes, las ataba con bridas de plástico y escapaba.
Se formó un operativo, pero nunca se detuvo a nadie. El reinado del terror culminó con el asesinato de Abby Sinclair, la última víctima conocida, en 2005. Fue demasiado lejos con Sinclair, asfixiándola hasta la muerte tras la agresión sexual. Después de eso, las violaciones cesaron, y no se volvió a saber nada del Violador de la Almohada.
—¿Una coincidencia familiar de qué grado? —preguntó Ballard.
—De primer grado —dijo Troy—. Es probable que el tipo al que detuvieron sea hijo del Violador de la Almohada.
Ballard asintió con la cabeza. Notaba que aumentaba su frecuencia cardíaca a medida que la adrenalina inundaba su torrente sanguíneo.
—¿Hace cuánto fue la detención por la disputa doméstica?
—Nueve semanas.
—Uf.
—Es lo que tardan en procesar los frotis con las muestras y poner la información en la base de datos del Departamento de Justicia. No tienen prioridad como el ADN de la escena del crimen. Gracias a Dios que pediste esa búsqueda familiar.
Ballard se había incorporado al departamento y había estado en la academia y más tarde había patrullado de uniforme durante los años en que el Violador de la Almohada había aterrorizado a la ciudad. Ella y su compañero fueron los primeros en llegar a la escena del asesinato de Abby Sinclair. Era la primera escena de un asesinato en la que Ballard había estado y, aunque siguieron muchas más, la imagen del cuerpo desnudo de Abby Sinclair en su cama, con la funda de almohada sobre la cabeza, se le había quedado grabada. Fue el primer caso que sacó de la biblioteca de las almas perdidas, como llamaba al archivo que contenía los expedientes de homicidios.
—De acuerdo, Darcy —dijo—. Dame lo que tengas sobre el doméstico.
Ballard anotó la información, agradeció a Troy la llamada y colgó. Se levantó para ver quién quedaba en la Balsa. Aunque las reuniones de personal de los lunes por la mañana eran obligatorias, los investigadores solo debían trabajar un día a la semana, y a menudo se marchaban después de la reunión, optando por cumplir con su compromiso en otros días. Ballard solo vio a Hatteras y a Persson. Sabía que a Aghzafi le gustaba trabajar los jueves o los viernes, y Masser probablemente se había marchado para reunirse con el fiscal y el abogado defensor en el caso de Maxine Russell. No vio a Laffont, pero esperaba que solo hubiera salido a tomar un café o a ir al baño, porque iba a necesitarlo.
—Vamos a ver, Anders, Colleen, escuchad —dijo—. Tenemos un caso con el que quiero que vayamos a por todas.
Consultó sus notas antes de continuar.
—Quiero que investiguéis a Nicholas Purcell, nacido el 29 de enero del 2000. Lo detuvieron por un incidente doméstico hace nueve semanas en West Valley. Quiero saberlo todo sobre él: dónde vive, dónde trabaja, qué clase de incidente fue, todo.
—¿Cuál es el caso? —preguntó Persson.
—Hace unos veinte años, hubo un criminal en serie llamado el Violador de la Almohada —dijo Ballard—. Agredió a varias mujeres a lo largo de cinco años. Hablo de decenas de víctimas. Finalmente mató a una y luego se perdió de vista. Nunca lo atraparon. Ese asesinato… Ese es nuestro caso.
—Pero espera —dijo Hatteras—. Si Nicholas Purcell nació en el año 2000, entonces…
—No puede ser nuestro hombre —concluyó Ballard—. Exacto, no lo es. Nuestro hombre es su padre. Tenemos una coincidencia familiar. El padre de Purcell es el Violador de la Almohada. A través de su hijo, lo encontramos, obtenemos su ADN, y partimos de ahí.
—Guay —dijo Persson.
Ballard lo miró un momento, sin saber qué parte de todo aquello le parecía guay al sueco. Lo atribuyó a que no estaba hablando su lengua materna. Asintió con la cabeza y se dirigió hacia los archivos. Al pasar escuchó que Hatteras y Persson hablaban de cómo dividirse el trabajo que ella les había asignado.
Los casos de los archivos estaban organizados primero por años y luego alfabéticamente por los apellidos de las víctimas. Ballard tuvo que desplazar las estanterías para acceder a los casos de 2005. El expediente de Abby Sinclair era en realidad una caja. Contenía registros de la investigación del asesinato y de las cuarenta y seis agresiones sexuales que habían comenzado en el 2000. Era una caja de cartón con asas. Ballard la sacó de la estantería y la cargó hasta su escritorio.
Tanto Hatteras como Persson habían girado sus sillas y la esperaban cuando salió de los archivos. Ballard aún no podía interpretar a Persson tan bien como a Hatteras, con la que llevaba dos años trabajando, pero supo por la expresión de esta que algo iba mal.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Bueno, hemos encontrado a Nicholas Purcell —dijo Hatteras—. También creemos que tenemos a su padre.
—¡Qué rapidez! ¿Cuál es el problema?
—Echa un vistazo.
Hatteras se levantó para que su jefa pudiera ver la pantalla. Renée dejó la caja que llevaba sobre la silla y se inclinó para mirar la pantalla. Era una foto en la página de Facebook de Nick Purcell en la que se veía a una familia reunida en torno a una tarta de cumpleaños.
—He retrocedido tres años para encontrar esto —dijo Hatteras.
—Bien, ¿qué estoy viendo? —inquirió Ballard.
—Lee el pie de foto —dijo Hatteras—. Es el cumpleaños de Nick. Veintiuno. El de la derecha es su padre.
Ballard estudió al padre. Le asaltó un leve destello de reconocimiento, pero no sabía de dónde lo conocía. Parecía un cincuentón en buena forma, de rostro rubicundo y abundante cabello oscuro. Llevaba una camisa de golf a rayas con las mangas ceñidas a los bíceps.
—¿Quién es? —preguntó Ballard.
—Es juez —soltó Persson, adelantándose a su compañera.
—Es el presidente del Tribunal Superior de Los Ángeles —agregó Hatteras—. El honorable Jonathan Purcell.
Ballard comprendió de qué lo conocía.
—¿Has sacado el informe sobre el doméstico?
—Lo tengo aquí —dijo Persson—, pero ya te adelanto que no se presentaron cargos.
—La fiscalía lo rechazó —dijo Hatteras—. Puede que el juez contactara con ellos.
Ballard le dirigió una mirada para advertirle que era peligroso decir ese tipo de cosas.
Se acercó al escritorio de Persson y se inclinó para leer su pantalla. Persson se levantó y ella se sentó a hojear el sumario redactado por el agente que había efectuado la detención. Buscaba los detalles de la presunta agresión y lo que la había elevado a delito grave. La víctima se identificaba como Sara Santana, de veintiún años, que aseguró que su novio Nicholas Purcell se enfadó con ella y la estranguló hasta dejarla inconsciente porque volvió tarde del trabajo. Ballard se desplazó más abajo para ver qué pruebas, si las había, se habían recogido. Decía que el agente había tomado fotos del cuello de la víctima y de su mano izquierda, porque ella dijo que se había roto dos uñas mientras se resistía para apartar las manos de Purcell de su cuello.
—¿Las fotos no están en el informe?
—No hay fotos —dijo Persson.
—¿Deberían estar ahí? —preguntó Hatteras.
—Si el agente las tomó con su teléfono, deberían estar adjuntas —dijo Ballard—. Forma parte del protocolo en los casos domésticos.
—Me pregunto si lo hizo y si el fiscal las vio —dijo Hatteras.
—Esa es la cuestión —coincidió Ballard. Se levantó, cogió la caja y se dirigió a su escritorio—. Así que, escuchadme —dijo—: ninguno de vosotros habla de este caso fuera de esta sala. Nadie más sabe nada del caso ni del juez ni de nada de eso. ¿Entendido?
Hatteras y Persson asintieron sombríamente.
—Bien —dijo Ballard—. Anders, envíame ese informe.
Dejó la caja sobre el escritorio y levantó la tapa. Contenía seis carpetas de plástico, colocadas con el lomo hacia arriba, con las fechas marcadas y en orden. Recordó de su primer examen, dos años atrás, que las cinco primeras carpetas contenían informes del operativo sobre la serie de agresiones atribuidas al Violador de la Almohada. La sexta carpeta estaba dedicada al último caso, el asesinato de Abby Sinclair. Sacó esa carpeta de la caja y se sentó para volver a familiarizarse con la investigación.
Pero antes de abrir la carpeta, abrió la lista de contactos de su móvil y llamó a Laffont.
—¿Qué pasa, Renée?
—¿Te has ido?
—Sí, pensé que habíamos terminado. Había quedado con una amiga para comer. Pensaba volver cuando tuviera noticias de Darcy. Haré mis horas después.
—Te necesito aquí después de tu almuerzo. Tenemos un caso gordo y quiero que nos pongamos en marcha hoy.
—Claro. También podría volver ahora. Solo estoy a diez minutos. Me he parado a charlar con el capitán LaBrava. Me vio en el aparcamiento y me preguntó por la alarma de la puerta de esta mañana.
LaBrava era el responsable de operaciones del Centro Ahmanson. Eso lo ponía a cargo del edificio, pero no de la Unidad de Casos Abiertos, que dependía de la División de Robos y Homicidios, con sede en el centro de la ciudad.
—Joder con el tío y la puerta de atrás —dijo Ballard—. ¿No tiene cosas más importantes de las que preocuparse?
—Debería —dijo Laffont—. Pero creo que lo he calmado. Le he dicho que teníamos una lagartija en los archivos y que intentábamos salvarla sacándola de la forma más rápida posible.
—¿Una lagartija? ¿Y se ha tragado eso?
—No lo sé, pero le ha dado una razón para dejarlo. No creo que lo vuelva a mencionar.
—Ya veremos.
—¿Cuál es el caso gordo?
Ballard le contó que uno de los primeros casos que ella, como jefa de la unidad, había enviado al laboratorio para comparar ADN familiar acababa de dar un resultado coincidente. Y que ese resultado acababa de conducir hasta el presidente del Tribunal Superior de Los Ángeles.
Laffont silbó, lo bastante alto como para que Ballard tuviera que apartarse el móvil de la oreja.
—¿Alguna vez compareciste ante Purcell? —preguntó Laffont.
—No, que yo recuerde —dijo Ballard—. Creo que se dedicaba sobre todo a lo civil. Y ahora es el presidente, pero más que nada es un cargo administrativo.
—Lástima que no esté en los tribunales. Me gustaría echarle un vistazo.
—Bueno, lo harás. Quiero conseguir su ADN lo antes posible.
—¿Subrepticiamente?
—A menos que conozcas otra forma. No creo que ir al juzgado, llamar a la puerta de su despacho y decir «Oiga, señoría, ¿le importa si tomamos una muestra?» vaya a funcionar.
—No, yo tampoco lo creo. Entonces, ¿qué estás pensando?
Con una pista sólida en un gran caso sin resolver, Ballard no quería retrasar la investigación ni un día, ni una hora, ni siquiera un minuto. Era un caso al que había dado prioridad desde el día en que reactivó la unidad.
—Mira, no lo he pensado mucho, pero los jueces aparcan en un garaje debajo del edificio del tribunal penal. Estoy pensando en seguirlo cuando salga y vemos qué hacemos.
—Buen plan. ¿Seguro que puedo mantener mi cita para almorzar y volver después? No tendremos que ir al centro hasta las cuatro o así, ¿verdad?
—Sí, pero quiero que estés familiarizado con el caso. Acabo de sacar la caja.
—Volveré a las dos, ¿qué te parece?
—Bien. También tengo un almuerzo programado. Nos vemos esta tarde.
—No vamos a hacer esto solos, ¿verdad?
—No, voy a tratar de que Paul y Lilia vuelvan.
—Bien. Nos vemos a las dos.
—Perfecto.
Ballard colgó y miró el reloj. Tenía media hora antes de salir para su cita. Abrió el portátil y se conectó a internet para comprobar las compras recientes de las tarjetas de crédito que llevaba en la cartera. Esperaba que se hubiera utilizado al menos una de las tarjetas y poder rastrear la compra hasta el ladrón, pero no había ninguna actividad nueva en ninguna de las dos.
Se echó hacia atrás y pensó en ello. Normalmente, los ladrones vendían rápidamente las tarjetas robadas y sus números a un segundo nivel de delincuentes que trabajaban en una carrera contrarreloj antes de que la víctima del robo cancelara las tarjetas. Al parecer, eso aún no había ocurrido. Decepcionada, pensó en las posibles razones y se preguntó si debía cancelar las tarjetas o dejarlas activas para mantener el potencial de generar alguna pista.
Hatteras asomó la cabeza por encima de la mampara, pero no dijo nada.
—¿Qué pasa, Colleen?
—No sé si necesitas que haga algo.
—No, voy a salir para una cita. No hace falta que te quedes.
—¿Estás segura?
—Sí.
—De acuerdo, entonces.
Ballard volvió a mirar la pantalla e inició el procedimiento para denunciar el robo de sus tarjetas de crédito y solicitar otras nuevas.
La consulta de la doctora Cathy Elingburg estaba al norte del aeropuerto, en Playa Vista, una zona conocida como Silicon Beach por todas las empresas tecnológicas y start-ups que había allí. Los pacientes de Elingburg eran principalmente jóvenes tecnólogos con paranoia competitiva y trastornos del sueño. Por lo que Ballard sabía, ella era la única policía entre los pacientes de Elingburg, y así era como lo prefería. No quería que nadie con placa supiera que cada semana iba a ver a un terapeuta. Aun en pleno siglo xxi, que un policía acudiera a un terapeuta seguía siendo visto como un signo de debilidad por otros policías.
Ballard llegó pronto y se sentó en la sala de espera. Estudió los diplomas enmarcados de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill y de Elon. Ambos estaban expedidos a nombre de Helen Catherine Sharpe, lo que indicaba que Elingburg era su apellido de casada. En los casi ocho meses que llevaba viéndola, Ballard no había llegado a preguntarse cómo alguien que había estudiado en Carolina del Norte había acabado en Silicon Beach.
A las doce, Ballard oyó que la puerta de la consulta se abría y se cerraba. El despacho estaba diseñado para que un paciente que salía no pasara por la sala de espera donde estaba sentado el siguiente. Era una intimidad que Ballard apreciaba.
Al cabo de unos momentos, la puerta de la consulta se abrió y la doctora recibió a Ballard en el espacio rectangular. A la izquierda había un escritorio; a la derecha, una zona de asientos que parecía una sala de estar básica, con dos sofás, uno a cada lado de una mesa de centro, y una silla en cada extremo. Tenían por costumbre sentarse frente a frente en los sofás, y Ballard ocupó su sitio habitual.
—¿Agua? —preguntó Elingburg—. ¿Café?
—No, gracias —dijo Ballard.
Elingburg empezó comentando que el lunes siguiente era festivo, el Día de los Presidentes. Le dijo a Ballard que ese día no atendería a pacientes en la consulta y que podía trasladar su cita a otro día o hacer una visita por Zoom en la que Elingburg se conectaría desde su casa. Se decidieron por una cita en la oficina el martes siguiente y empezaron con la sesión.
—Vamos a comenzar. ¿Cómo te ha ido el día?
—Bueno, no ha empezado bien. Quiero decir, al principio iba bien, estaba en el océano, pero luego se ha ido a la mierda.
—¿Qué ha pasado? ¿El trabajo?
—No, el trabajo en realidad está bien. Pero me robaron mientras estaba en el agua. Fui a Staircases porque las aplicaciones decían que era donde había mejores olas. Pero allí aparcas detrás de los acantilados. No puedes ver tu coche desde el agua, y alguien estaba vigilando. Tenía que haber alguien. Me vieron esconder la llave. Cuando volví del agua, me habían robado la placa, la cartera con las tarjetas de crédito y la identificación policial, y el arma.
—Dios mío.
—Ah, sí, y el teléfono. He pasado parte de la mañana en la tienda de Apple. Así que no ha sido un buen comienzo.
—¿Qué pasa ahora? ¿Se lo dices a tu jefe y ellos investigan?
—No se lo he dicho a nadie. Se supone que debo informar, pero si lo hago podría perder mi trabajo.
—¿Qué? No es culpa tuya.
—No importa. Si fuera un hombre y lo denunciara, podría ganarme fama de despistado. Pero conmigo no estoy tan segura. Como ya hemos hablado, estoy en una situación delicada. Hay gente esperando a que meta la pata para trasladarme al quinto pino o deshacerse de mí. El trabajo que tengo ahora es donde necesito estar. Es donde sé que marco la diferencia. Así que no puedo denunciarlo porque puede ser lo que los lleve a decir: «¿Sabes qué? Vamos a hacer un cambio».
—Pero no puedes ir por ahí sin placa ni arma.
—Tengo un arma de reserva y un revólver que no sé por qué el ladrón no encontró. —Ballard se abrió la chaqueta para mostrar el arma de reserva que llevaba enfundada en la cadera.
—¿Y la placa?
—Bueno, tengo que recuperarla.
—¿Cómo?
—Voy a localizar a quien coño se la haya llevado.
Elingburg se limitó a asentir como si estuviera considerando si le parecía un buen plan o no.
—De todos modos, después las cosas mejoraron —dijo Ballard—. Tenemos un buen caso entre manos.
—¿Qué es un buen caso? —preguntó Elingburg.
—En general, un caso en el que el sospechoso aún tiene pulso. Y además está por ahí viviendo su vida y pensando que se ha salido con la suya. Alguien a quien puedas esposar.
—Te da un buen subidón.
—Claro que sí. De eso se trata.
Elingburg volvió a asentir y cambió de tema.
—¿Alguna novedad sobre tu madre?
—No. Nada.
Lo último que Ballard había sabido de su madre era que vivía en algún lugar de Maui, la isla hawaiana donde Renée había sido abandonada a los trece años…, hasta que Tutu la había encontrado y se la había llevado a California.
Hacía seis meses que los incendios habían arrasado Maui. La localidad de Lahaina quedó destruida por el fuego y hasta el momento se habían recuperado los restos de casi un centenar de personas entre las cenizas. Muchos cadáveres permanecían sin identificar. Se creía que Makani Ballard vivía en la zona este de la isla, lejos de los incendios, pero probablemente frecuentaba Lahaina para ir de compras y buscar trabajo. De momento, figuraba entre los desaparecidos.
—Llamé a Dan, mi contacto en Maui, la semana pasada, pero no hay novedades —dijo Ballard—. Siguen teniendo tantos CNI que esto va a durar meses.
—¿CNI?
—Cadáveres no identificados.
—Ah.
—En el mundo policial tenemos siglas para todo. Mi contacto allí trabaja para algo llamado OINC.
—¿Qué significa?
—Operativo de Identificación y Notificación de Cadáveres. Es un nombre horrible, así que lo acortamos con siglas que hacen gracia.
—Es comprensible. Esto de no saber nada de tu madre, ni siquiera si está viva, ¿ha suavizado en parte tus sentimientos hacia ella?
Detrás del sofá de Elingburg, en la pared, había estanterías llenas de libros, figuritas y otros adornos. También había un espejo enmarcado sobre un soporte que, según le había explicado Elingburg a Ballard, se utilizaba en sesiones de terapia con clientes que tenían problemas de imagen corporal. En ese momento, Ballard podía verse en el espejo mientras pensaba en la pregunta de Elingburg. Vio el estrés en sus ojos oscuros y se dio cuenta de que había estado tan absorta por el robo de su placa y su pistola aquella mañana que se había olvidado de recogerse el pelo, castigado por el sol, en una coleta antes de ir a trabajar. Le caía sobre los hombros, despeinado y enmarañado.
—Suavizar mis sentimientos… —dijo Ballard—. No, la verdad es que no. Siento que, si se ha ido, he perdido la oportunidad de obtener una respuesta de ella.
—¿Una respuesta a qué? —preguntó Elingburg.
—Bueno, a por qué coño se fue a las colinas y me dejó así.
—Quieres decir que te abandonó.
Ballard asintió.
—Supongo que es un poco difícil decir eso de tu propia madre.
—Culparte a ti misma es algo de lo que hemos estado hablando desde que viniste a verme —dijo Elingburg—. No es culpa tuya, Renée. Tú no hiciste nada para merecer lo que te hizo tu madre.
—Pero no entiendo por qué ella no vio lo suficiente en mí para quedarse. Quiero decir, teníamos una casa, teníamos el mar, teníamos un caballo. Ella me tenía, pero de alguna manera… no era suficiente para ella.
Había un cuaderno y un bolígrafo sobre la mesita. Por primera vez durante la sesión, Elingburg los cogió y escribió algo.
—¿Qué has escrito?
—Trauma vicario.
—¿Qué significa?
—Que compartes el trauma de otra persona. Los trabajos en los que se ven tragedias y traumas todo el tiempo (policías, bomberos, personal de urgencias, soldados) tienen un efecto de segundo nivel en las personas que los hacen.
—¿Y a los terapeutas? ¿Les afecta?
—A veces, sí.
—¿Qué tiene que ver con mi madre?
—Bueno… Creo que inconscientemente has enmascarado el trauma de perder a tu padre y el hecho de que tu madre te abandonara con el trauma vicario de tu trabajo. Asumir el dolor ajeno camufla el propio. Y ese fue tu escudo durante muchos años, hasta que la muerte de tu abuela te dejó sin nadie más que tu madre perdida no se sabe dónde. Está saliendo a la superficie, y eso es lo que causa tu insomnio. Todo está aflorando a la mente consciente.
Ballard pensó en ello. Era cierto que había sentido la necesidad de hablar con alguien poco después de la muerte de Tutu. Era curioso que hubiera estado hablando de su madre por entregas semanales cuando los incendios arrasaron Maui y posiblemente acabaron con su vida. Era casi como si la rabia y el dolor que había vomitado en las sesiones hubieran encendido las llamas.
—Entonces —dijo finalmente Ballard—, ¿qué hago con eso?
—Bueno, como te he estado diciendo todo el tiempo, tienes que dejar de culparte por las decisiones de tu madre —dijo Elingburg—. Has de recordar que tu padre os abandonó a las dos. Su…
—Espera un momento. Se ahogó. No nos abandonó.
—Tienes razón. No fue un abandono intencionado. No fue una elección, como la de tu madre. Se ahogó. Pero murió llevando un estilo de vida que sabía que podía ser peligroso. Así que su muerte fue como un abandono para las dos. Tu madre lo gestionó mal, pero, mira, algunas personas no son tan fuertes como otras. Tú eres fuerte, Renée. Por eso has cargado con este peso en tu mente, pero a veces la mente se cansa y baja sus defensas, y las cosas salen a la luz.
Ballard guardó silencio mientras reflexionaba. Había llegado a Elingburg un mes después de que Tutu falleciera en paz en un hospital para enfermos terminales. El insomnio había comenzado poco después de la muerte de su abuela, y una búsqueda en Google había dado como resultado que Elingburg era experta en trastornos del sueño.
—Y sé que hoy ha sido un día malo con el robo de tus cosas en la playa —dijo Elingburg—. Pero no dejes que eso te disuada. El agua es tu salvación. Tienes que salir al agua todo lo que puedas.
—No te preocupes. Lo haré.
A las cinco de la tarde, Ballard estaba apostada en su Defender delante del EAP, el Edificio de Administración de la Policía, en la calle Primera. Tenía una visión sin obstáculos de la ligera pendiente de Spring Street, en la puerta de salida del garaje situado bajo el edificio de los juzgados de lo penal. Tom Laffont estaba en su coche particular en la esquina de Spring y Temple, en lo alto de la pendiente de Spring y Temple. Paul Masser se había posicionado en una de las sillas rosas de Grand Park, junto al edificio del tribunal. Eso lo ponía en el punto más próximo a la salida del garaje donde aparcaban los jueces. Su ángulo le permitiría ver las matrículas de los vehículos que salían. Buscaban un Mercedes C 300 Coupé que pertenecía a Jonathan Purcell. Era tan negro como la toga de un juez, según Anders Persson, que había conseguido la matrícula en el Departamento de Tráfico.
Lilia Aghzafi estaba apostada en su coche en Temple para poder dar la vuelta y recoger a Masser en cuanto se localizara el coche de Purcell y se iniciara la vigilancia.
Ballard cogió su radio y pulsó el botón de hablar.
—¿Todo el mundo tiene los ojos abiertos?
Recibió un clic de micrófono de cada uno de los miembros del equipo. Satisfecha, cogió su móvil y llamó a un número que había anotado en su libreta. Puso el teléfono en altavoz para no tener que apartar la vista de la salida del garaje del juzgado.
La llamada fue inmediatamente al buzón de voz.
—Este mensaje es para Seth Dawson —dijo Ballard—. Soy la detective Renée Ballard, del Departamento de Policía de Los Ángeles. Estoy haciendo un seguimiento del robo de un coche ocurrido en la autopista de la costa del Pacífico, a la altura de Topanga, en noviembre. Me gustaría hacerle algunas preguntas. Puede localizarme en cualquier momento en este número. Le agradecería que me devolviera la llamada.
Colgó y repasó sus palabras. Dawson tendría una grabación en la que ella hablaba de una investigación que no le correspondía llevar a cabo, lo cual podría ser problemático si las cosas le estallaban en la cara. No obstante, la forma en que había formulado el mensaje le daba una salida plausible, porque nunca había dicho que estuviera llevando a cabo una investigación, solo que quería hacerle preguntas.
La voz de Masser crepitó en la radio.
—Mercedes negro subiendo por la rampa.
Ballard cogió los prismáticos de la consola central y enfocó la salida del garaje de Spring Street. El Mercedes negro no tardó en aparecer y se detuvo un momento mientras el conductor esperaba para hacer el giro. Era una calle de sentido único. El conductor tenía que ir a la derecha y acercarse a la posición de Ballard.
Ballard se impacientó esperando a que Masser informara. Cogió la radio sin despegar los ojos de los prismáticos.
—¿Tenemos la matrícula?
Esperó y luego movió ligeramente los prismáticos hacia la izquierda para localizar a Masser. Vio que salía del parque y acercaba la boca a la manga de la chaqueta, pero no lo oyó por la radio.
—¿Alguien recibe audio de Paul? —espetó en la radio—. Está hablando, pero no oigo nada.
—No hay audio de Paul —confirmó Laffont.
—No se oye —dijo Aghzafi.
Ballard tenía que pensar con rapidez. El Mercedes había girado por Spring y estaba llegando al semáforo de la Primera. El hecho de que Masser hubiera salido de Grand Park y estuviera en la acera indicaba que el Mercedes negro era el vehículo que buscaban. Pulsó el micrófono.
—Lilia, ve a buscar a Paul y nos informas de la matrícula. ¿Me recibes?
—Recibido.
El Mercedes giró a la derecha en la calle Primera y se dirigió hacia Broadway. Ballard arrancó el Defender y se pasó al carril izquierdo. Tenía que hacer un giro de ciento ochenta grados, y a las cinco de la tarde el tráfico de vehículos en sentido contrario era muy denso. Volvió a llevarse la radio a la boca.
—Tom, ¿estás en movimiento?
—No, espero órdenes.
—Mierda, en marcha. Estoy atascada. Ha ido al norte por la Primera hacia Broadway. Síguelo.
—En marcha.
Ballard vio un hueco en el tráfico y dejó caer la radio en la consola central para poder utilizar las dos manos para mover el volante y dar media vuelta. Se dirigió hacia el cruce de Spring, buscando el Mercedes una manzana más adelante. Lo vio circulando por Broadway. Supuso que se dirigía a la entrada de la autovía 101. Desde allí, enseguida se llegaba a un nudo de carreteras donde Purcell podía tomar cualquier dirección y perderse de vista.
Ballard tuvo que pisar el freno cuando el coche que tenía delante se detuvo antes de tiempo en un semáforo en ámbar. Dio un manotazo al volante.
—¡Idiota!
Justo en ese momento vio que el Ioniq blanco de Laffont giraba y se dirigía hacia Broadway seguido por el Volvo de Aghzafi. Cogió de nuevo la radio.
—Lilia, ¿Paul ha confirmado la matrícula? —Esperó.
—Sí, confirmada.
Ballard asintió para sí misma.
—Bien. Tom, ¿tienes al objetivo? Me he comido un semáforo.
—Afirmativo, lo tengo.
El semáforo se puso en verde y Ballard esperó a que el coche que tenía delante se pusiera en marcha. Oyó la voz de Lilia en la radio.
—Y nosotros vamos justo detrás. No perdáis de vista al objetivo —dijo.
—De acuerdo, dejad un poco de espacio —dijo Ballard—. Creo que vamos a la autovía. —Aceleró el Defender para adelantar al vehículo lento y giró hacia Broadway.
Laffont empezó a dar detalles por la radio.
—Vale, estamos en la rotonda de la autovía, girando hacia el norte ahora mismo.
Ballard maldijo al encontrarse con el semáforo de Temple en rojo. Supuso que el Mercedes estaba en la autovía cambiando de carril y acercándose rápidamente al nudo de la 110.
—Tom, ¿hacia dónde vamos? —dijo por radio.
—Ciento diez norte —respondió Laffont—. A Pasadena, parece.
«No corras tanto», pensó Ballard. La 110 norte conducía a las autovías de Glendale y Golden State. A esas alturas, Purcell —si es que era Purcell— podía estar yendo a cualquier parte. Pulsó su micrófono.
—¿Alguien ha podido ver al conductor? ¿Hemos confirmado el objetivo? —Esperó.
Al parecer, Lilia le había dado la radio a Masser, porque Ballard le oyó decir:
—Es él. Lo he visto cuando ha bajado la ventanilla para hablar con el vigilante del garaje. Siento lo de mi radio.
Tenían fotos de Purcell de la página de Facebook de su hijo y de una reseña que Hatteras había encontrado en internet. Había aparecido en el Los Angeles Legal Journal cuando fue nombrado presidente del Tribunal Superior. La reseña daba algunos detalles del juez, pero no revelaba dónde vivía. No tenían ni la foto ni la dirección de su permiso de conducir, porque el Departamento de Tráfico los había bloqueado por motivos de seguridad. Era una práctica habitual entre los cuerpos policiales y la judicatura. Incluso la matrícula del coche que habían conseguido tenía como dirección un apartado de correos.
Finalmente, Ballard accedió a la autovía y empezó a avanzar. No tardó en ver el Volvo de Aghzafi. Estaba a punto de decir a los demás que lo había alcanzado cuando sonó su teléfono. Era Hatteras.
—Colleen, ¿qué pasa?
—¿Cómo va?
—Estamos en eso ahora mismo. ¿Qué necesitas?
—Solo quería que supieras que he empezado a trabajar en el patrón genealógico de ADN de Purcell.
—Bien, ¿qué significa eso?
—Es un árbol genealógico genético.
—Bien…, ¿algo bueno?
—Estoy empezando.
—Bueno, entonces, ¿qué tal si me avisas si encuentras algo que pueda servir como pista en la investigación?
—Por supuesto. Lo haré. ¿Estáis siguiendo al juez ahora? Oigo que estás en el coche.
—Sí, lo estamos siguiendo, y necesito concentrarme en esto, Colleen. Así que, si no hay nada más, voy a colgar.
—Vale, buena suerte. Cuéntame cómo va.
—¿Vendrás mañana?
—Claro. Quiero seguir construyendo este árbol.
—Entonces hablaremos mañana.
Ballard colgó por fin. Hatteras tenía la capacidad de llevar su paciencia al límite. Sin embargo, era buena en lo que hacía…, si se concentraba en eso. Más de una vez, Ballard había pensado en decirle a Hatteras que no iba a funcionar y que iba a sacarla del equipo. Pero los casos abiertos muchas veces terminaban en la genealogía genética de la investigación, y todo lo que hacía molesta a Hatteras —las vibraciones sobrenaturales, hacer demasiadas preguntas, traspasar los límites, meter las narices en todas partes— era lo que la hacía buena en el trabajo de GGI. Así que Ballard la soportaba porque la recompensa merecía la pena.
