La incomparable Isabel la Católica - Jean Dumont - E-Book

La incomparable Isabel la Católica E-Book

Jean Dumont

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La incomparable Isabel la Católica trata de forma sintética y precisa todas las cuestiones que rodearon la fundación de la España católica en el Siglo de Oro por Isabel y Fernando, abordando con fuerza y claridad temas «espinosos». A través de un estilo ameno y accesible, Dumont nos sumerge en la época de Isabel y nos presenta a una mujer de gran inteligencia, astucia y determinación, que supo enfrentar los desafíos de su época y consolidar la unidad de España. Una obra imprescindible para cualquier amante de la historia y de las grandes mujeres que marcaron un hito en su época. «En este ensayo sobre Isabel la Católica no sólo se da una recuperación de un personaje histórico excepcional sino también un abordamiento valiente de cuestiones como la expulsión de los judíos, el final de la Reconquista, los inicios de la Inquisición o el descubrimiento de América. Todas y cada una de las cuestiones son respondidas con una solidez excepcional». César Vidal

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Seitenzahl: 403

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Jean Dumont

La incomparable

Isabel la Católica

Traducción de Vicente Martín Pindado

Título en idioma original:

L’«incomparable» Isabelle la Catholique

© Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2023

© Fleurus Editions, 1992

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 1993 y la presente, 2023

Traducción de Vicente Martín Pindado †

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 117

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-147-2

ISBN EPUB: 978-84-1339-480-0

Depósito Legal: M-8010-2023

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. +34915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I. LA CUNA PROFÉTICA

Capítulo II. MATRIMONIO Y SUBIDA AL TRONO

Capítulo III. LA CREACIÓN DEL ESTADO MODERNO

CAPÍTULO IV. LA INQUISICIÓN

CAPÍTULO V. LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS

CAPÍTULO VI. GRANADA Y LOS MORISCOS

CAPÍTULO VII. CRISTÓBAL COLÓN Y AMÉRICA

CAPÍTULO VIII. LA PRIMERA REFORMA CATÓLICA

Capítulo IX. LA BELLEZA

Capítulo X. LA SANTIDAD

ANEXOS

Anexo I. LA ÉPOCA DE ISABEL – Cronología esencial comparativa

Anexo II. ISABEL, abuela de europa. Genealogía esencial

«No conozco a nadie de su sexo, de la antigüedad o de hoy,

cuyo nombre sea digno de ponerse junto al de esta mujer incomparable».

Pedro Mártir de Anglería,

testigo de los hechos

INTRODUCCIÓN

«Entre los dragones de nuestra vida

se oculta una princesa que pide socorro».

Rainer Maria Rilke

En un artículo del Times de Londres, reproducido en L’Express de París del 3 de enero de 1991, Hecham El-Essavy, portavoz de la Sociedad Islámica para la promoción de la tolerancia religiosa, declaraba: «Isabel se parece más a un demonio que a un santo». Para Samuel Toledano, portavoz de las comunidades judías de España, la reina de Castilla es un «símbolo de la intolerancia». Y Jean Kahn, presidente del Consejo representativo de las instituciones judías de Francia (CRIF), escribía en Tribune juive (texto reproducido en el mismo número de L’Express): «El judaísmo no perdonará nunca a la reina el exilio forzado de la gran comunidad de los judíos de España, las amenazas y las brutalidades que se cometieron para obligar a los judíos a convertirse y, como corolario, los crímenes de la Inquisición». Finalmente, en Le Monde del 30 de marzo de 1991 se hacía a Isabel «responsable de la persecución de miles de judíos y musulmanes».

Y La Croix del 28 de marzo de 1991, en un artículo reproducido en Le Monde del mismo día, quitaba a Isabel su título de «Católica», mencionándola en adelante sólo como «Isabel I de Castilla, llamada la Católica», cuando el título de Católica es un título oficial de la Iglesia —pero ¿quién sabe esto?— concedido a Isabel conjuntamente por el papa y el Sacro Colegio en la bula Si convenit de 1496.

Todas estas denuncias, degradaciones e ignorancias tuvieron, por desgracia, el apoyo de una decisión romana, que se conoció el 28 de marzo de 1991, día de jueves santo: la decisión secreta —pero de un secreto de Polichinela para con los media— que tomó la Congregación para las Causas de los Santos de «suspender» el proceso de beatificación de Isabel. Este proceso, promovido por el arzobispo de Valladolid, Mons. Delicado Baeza, estaba muy avanzado por tener todo a su favor (la santidad de Isabel no ofrecía ninguna duda) y estar patrocinado por un gran número de obispos y cardenales, sobre todo sudamericanos. Así Mons. Castrillón Hoyos, presidente del CELAM (Comité Episcopal de América Latina), y los prestigiosos cardenales López Rodríguez, arzobispo de Santo Domingo, primado de América y sucesor de Mons. Castrillón en la presidencia del CELAM; López Trujillo, prefecto del Consejo Pontificio para la Familia; Castillo Lara, prefecto de la Administración del Patrimonio de la Santa Sede; y Aponte Martínez, arzobispo de Puerto Rico. Incluso de Estados Unidos, como el cardenal Law, de Boston. O también obispos de Roma y de España, como Mons. Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, Mons. Amigo, arzobispo de Sevilla y presidente de la Comisión Española para el V Centenario de la evangelización de América, el obispo de Ávila, la diócesis donde nació Isabel, etc.

Finalmente, la A. F. P. difundió este comunicado (Roma, 2 de abril de 1991): «La organización judía [mundial] Anti-Defamation League of B’nai B’rith ha dado las gracias al Vaticano por haber suspendido el proceso de beatificación de Isabel la Católica». Así la difamación ahora es sólo para Isabel.

Ante los asaltos de esta ofensiva coordinada, la princesa Isabel, como la de Rilke, pide hoy socorro. El socorro de la objetividad y de la justicia. Pues, tal como señala el académico francés Michel Serres en la Vie del 23 de mayo de 1991, hoy más que nunca «los media quieren hacernos creer que la causa de algunos es santa, mientras que la de los demás es demoníaca [...] Pero a pesar de todo hay siempre un Buen Samaritano». En efecto, está ocurriendo como si la Samaría despreciada, insultada y diabolizada por los judíos del tiempo de Jesús, fuera hoy la Cristiandad en su historia. Es imposible que haya en la Cristiandad un Buen Samaritano. Ni siquiera Isabel, a pesar de haber recogido en su camino a un pueblo y a una Iglesia abandonados por sus levitas.

CAPÍTULO I. LA CUNA PROFÉTICA

Isabel la Católica nació en un real sitio de la meseta de Castilla la Vieja, Madrigal de las Altas Torres, el mismo donde se habían casado en 1447 sus padres, el rey Juan II de Castilla y su segunda mujer, Isabel de Portugal, la «illustre Reyna fermosa» de las canciones del marqués de Santillana.

Aunque diversas ciudades españolas hayan reivindicado el honor de haber albergado el nacimiento de Isabel, hoy no ofrece ninguna duda su localización en Madrigal. El mismo médico de los reyes Católicos, el Dr. Toledo, nos ha dejado un testimonio preciso: «Nasio la santa reyna católica doña Isabel en Madrigal, el jueves XXii de abril, IIII oras e dos tercios de ora después de mediodía, año domini 1451»1. Por lo demás, también en Madrigal nacerá el hermano que tendrá pronto Isabel, el infante Alfonso, el 17 de diciembre de 1453.

No se ha resaltado la importancia histórica de esta villa, hoy totalmente olvidada, a 808 metros de altitud, con sus 3.000 habitantes y las torres con las puertas ojivales de su muralla, en parte todavía en pie. Georges Pillement, por ejemplo, da de ella en su L’Espagne inconnue una descripción vaga, superficial e inexacta. Y la Guide vert Michelin, vademécum de los turistas franceses que cruzan los Pirineos, ni siquiera cita su nombre.

Tampoco van más allá los historiadores que han escrito biografías recientes de Isabel. El padre Azcona, autor de la fundamental biografía española titulada Isabel la Católica2, no hace más que reproducir algunas de las frases de la descripción del antiguo palacio real de Madrigal que publicó Gómez Moreno en 1904. Y Joseph Pérez, autor de la más seria biografía francesa reciente de Isabel3, se limita a decir de Madrigal que es «un pueblecito de la zona de Ávila».

Aunque es verdad que Madrigal pertenece hoy a la provincia de Ávila, su distancia de la capital abulense es nada menos que de 75 kilómetros y sin carretera directa que la una a ella. Más bien se encuentra «cerca de» Salamanca, Medina del Campo y Tordesillas, e incluso de Valladolid, con la que la une una carretera bastante importante.

Por tanto, la primera tarea de una historia crítica de Isabel es reparar este olvido de la historiografía, haciendo revivir la aldea de las Altas Torres, lugar que eligieron sus padres y lugar tanto de su propia cuna como de la de su hermano.

Esta resurrección nos proporcionará un conocimiento extraordinariamente rico de la época de Isabel y del mantillo en el que se abrió esta flor de la historia. Un conocimiento cercano, preciso y exacto que completa y hasta corrige el que pueda dispensar la macrohistoria que investiga la evolución política, social y económica en general. Tal visión macrohistórica impresiona y seduce, como sucede con las vistas panorámicas, pero a la vez oculta las inevitables ilusiones ópticas, cuando un repliegue del terreno tapa a otro y las brumas enmascaran tanto los horizontes como las quebradas. La historia local, en cambio, se presta menos a estos engaños. Todo está directamente ahí, al alcance de la vista, y todo se comprueba por una comprensión sin vacíos en el espacio y en el tiempo, con testimonios concretos imposibles de enmascarar.

El «salto decisivo de su vida»

Subrayamos además que una indagación de este tipo, sobre el enraizamiento isabelino en Madrigal, no tiene nada de arbitrario o forzado. En efecto, Isabel no será de Madrigal sólo por su nacimiento. En primer lugar, la futura reina pasará allí, así como en la vecina Arévalo, toda su infancia, junto a su madre que quedó pronto viuda. Una madre afectada de trastornos psíquicos, lo que hará que Isabel sea doblemente huérfana y que, en consecuencia, la influencia del lugar y del medio tengan una fuerza excepcional sobre ella.

Después, cuando con once años Isabel sea llamada a la corte de Enrique IV de Castilla y se proclame a su hermano, el infante Alfonso, príncipe heredero y hasta rey, Madrigal será una de las primeras villas que se una a este último, al que Isabel tendrá que acompañar y cuyos ojos ella cerrará. Una vez desaparecido Alfonso, es camino de Madrigal, donde volverá a instalarse, cuando Isabel dará lo que otro excelente historiador español, Vicens, llama «el salto decisivo de su vida»4: la ruptura con Enrique IV y el rechazo de los proyectos matrimoniales que éste tenía sobre ella, con miras a contraer matrimonio con Fernando de Aragón (1469). Será también en Madrigal donde Isabel recibirá por entonces al enviado del rey Luis XI de Francia, el cardenal de Albi, Jean Jouffroy, que venía a pedir su mano para el hermano menor del monarca francés, Carlos, duque de Guyena. Y es de nuevo en Madrigal donde poco después recibe el fastuoso collar de oro y piedras preciosas de la reina de Aragón como regalo de esponsales de Fernando, que muy pronto será su esposo.

Una vez reina, Isabel volverá a elegir Madrigal para reunir en 1476 las Cortes (mini-Estados generales) de Castilla que, bajo su guía, jugarán un papel capital en la reorganización de las finanzas, la reforma de la gobernación, el establecimiento de secretarías reales y la organización de un ejército interior con poderes policiales y judiciales, la Santa Hermandad, que restablecerá el orden en el país y participará en la reconquista de Granada a los moros. Es también en Madrigal, en ese mismo momento, donde Isabel impondrá su línea de acción castellana a su marido Fernando, en uno de sus raros (y dignos) enfrentamientos. Finalmente es en Madrigal, que quedará así confirmado como su fuero interno, donde la reina hará que acojan, en el beaterio y luego convento del lugar, instalado más tarde en el antiguo palacio real, a las dos hijas naturales que durante el matrimonio tendrá Fernando: María y Esperanza5. Ésta fue sin duda una de las pruebas de su grandeza de alma, ya que este convento, unido muy pronto a su casa familiar, se ordenará en torno al monumental sepulcro de su abuela materna, Isabel Barcelos.

Allí se ha conservado su único retrato de juventud, una pintura precisa y llena de sabor que nos la muestra al lado de su marido Fernando en el esplendor de sus veinte años, poco después de su boda en 1469. Un retrato que coincide con la descripción de su secretario y cronista Pulgar: «Bien compuesta en su persona y en la proporción de sus miembros, muy blanca y rubia; los ojos entre verdes y azules, el mirar gracioso y honesto, las facciones del rostro bien puestas, la cara toda muy hermosa y alegre».

Rasgos de verdad

Que Madrigal fue a la vez el fuero interno de Isabel y la verdad profunda de la Castilla de entonces, Isabel y Castilla unidas por la historia en una afirmación de incomparable grandeza, lo confirman muchos de los rasgos de esta villa.

En primer lugar, el campo en torno a Madrigal, tal como consta que era en el siglo XV, incita a matizar fuertemente las afirmaciones de la macrohistoria económica. Ésta pretende que «la floración exigua de la agricultura» castellana, basada sobre todo en el cereal, se debió a la «sequía tan persistente» que padecían sus tierras de trigo. Ramón Carande, el maestro de la historia económica de esa época, aduce para confirmarlo las constataciones actuales: estas tierras reciben al año menos de 350 milímetros de lluvia por metro cuadrado6. Ahora bien, si el campo de Madrigal está efectivamente hoy marcado por la sequía, no era así en la época de Isabel: la villa tenía entonces una laguna que desapareció después, y a su alrededor abundaban los prados, cuya existencia contribuye a explicar la decisión que luego se le reprochará a Isabel: favorecer preferentemente la ganadería, organizada en la poderosa confederación de ganaderos, la Mesta, que ella transformó en institución del Estado.

En segundo lugar, la modestia del palacio real de Madrigal, donde se casa Juan II de Castilla y donde nace Isabel, es la clara demostración de la decadencia a que, en esa época, había llegado la monarquía castellana. Una monarquía que, por su debilidad y sus complacencias con la nobleza, había dejado en manos de ésta una parte cada vez más grande de los poderes, posesiones y rentas del Estado. ¿Es posible imaginar esto sin haberlo visto en Madrigal? Esta monarquía que muy pronto, gracias a Isabel, dominará el mundo hasta no ponerse el sol en sus dominios, había quedado reducida a vivir allí en la pobreza de una «modestísima construcción de ladrillos y tapial, de muros lisos, desnudos y pequeñas habitaciones encaladas y bajas de techo»7. Todavía quedan de ello algunos restos, encerrados en la clausura del monumental convento de agustinas, al que luego dotó Carlos V, quien donó a la comunidad el antiguo palacio. Quien ha visto estos pobres restos no puede dejar de comprender la voluntad indomable que mostró Isabel, hasta en la dureza y en el fasto, de restablecer la dignidad del Estado castellano, anulando sobre todo muchas de las concesiones abusivas hechas a la nobleza.

Frente a la modesta mansión real de Madrigal, se levantaba y se levanta todavía hoy, al otro lado de una gran plaza, una encantadora y rica construcción, exactamente del mismo gusto de los palacios que se hacían construir los magnates de la nobleza castellana, cubierta de escandalosos favores. Este auténtico palacete presenta una doble fachada, una dando a la plaza, y la otra a la calle que lleva a la iglesia de San Nicolás, empezada en el siglo XIII, donde se bautizó Isabel. La primera fachada, acogedora, consiste en una elegante construcción de ladrillos ocres, con pilastras, que corona en toda su longitud una alta y profunda galería llena de sabor; una galería cubierta, de madera oscura, coronada de tejas romanas. La segunda fachada es más solemne y muestra, en torno a una gran puerta adornada, una doble serie de pórticos que se apoyan sobre columnas de piedra con escudos. Pero esta importante construcción no es ni un palacio señorial ni una mansión real. Es un hospital, que Isabel de niña tuvo delante de sus ojos. El hospital de la Purísima Concepción que fundó la primera mujer de Juan II, padre de Isabel, María de Aragón. La gran galería que se abre al sur servía probablemente para que los enfermos convalecientes tomaran el aire y el sol.

La cuna de Isabel se revela de nuevo aquí como profética. Pues si la gran reina de Castilla no se construyó nunca un palacio real, manteniendo en su corte un carácter sistemáticamente itinerante, legó en cambio al urbanismo, al arte y a la protección social de Europa sus construcciones más magníficas de hospitales. Baste recordar dos de ellas: el monumental hospital de los Reyes Católicos de Santiago de Compostela, del que hoy no se ha sabido hacer otra cosa que un hotel de gran lujo, y el no menos monumental hospital de la Santa Cruz de Toledo, convertido en la actualidad en el suntuoso museo de esta ciudad de arte.

Modelo espiritual

Pero si Madrigal fue para Isabel modelo y estímulo para sus fundaciones de caridad, también fue modelo y acicate de elevación espiritual. Pues al borde de la laguna, extramuros, existía, lleno de vida desde el siglo XIV, el beaterio del que hemos hablado, una comunidad femenina dedicada a la oración y al cuidado de los enfermos, pero sin votos perpetuos, parecido a los beaterios que en esa misma época constituyeron la gloria de Gante y de Brujas, en Bélgica.

Este beaterio era testigo del gran movimiento espiritual castellano que influía en todos los ámbitos. Fundado por una viuda de la pequeña nobleza de la cercana Arévalo, y transformado más tarde en casa conventual canónica, atraía hacia él a no pocas jóvenes de sangre real, de la alta y la baja nobleza, de la incipiente burguesía y del pueblo. Fue a esta comunidad, vinculada entonces a la orden agustiniana, a la que Carlos V donaría el antiguo palacio real intramuros, dotándola espléndidamente. Con seguridad Isabel la había visitado desde su infancia, pues una de las jóvenes que hacia allí se había sentido atraída era nada menos que su hermana Catalina, hija también de Juan II. En lo sucesivo no cesará el flujo de sangre real: además de las hijas naturales de Fernando, recogidas allí por Isabel, ingresarán también una hija de Carlos V, Juana; una de las hermanas naturales de éste, Bárbara de Piramos, hermana de Don Juan de Austria; y una hija de éste.

Este beaterio, convertido en monasterio femenino de Madrigal, tendrá tal importancia como testimonio de la religiosidad profundamente interior que animaba a la España de entonces, que de él saldrá María Briceño, primera educadora de santa Teresa de Ávila. Seguramente ejerció una influencia parecida en Isabel y en su piedad personal, tan intensa que su consejero, el poeta Gómez Manrique, le recomienda en su Regimiento de Príncipes anteponer sus tareas de gobierno a las prácticas piadosas, incluidas sus oraciones. Así pues, Madrigal tendrá también su parte en la empresa de promoción cristiana y de reforma de la Iglesia que Isabel va a llevar a cabo.

Modelo episcopal

Una parte que será, incluso, fundamental; pues en los mismos tiempos de Isabel, un hijo de esta asombrosa aldea será el teórico y el modelo de la reforma episcopal, una de las herencias más valiosas que dejó la reina. Se trata de Alonso de Madrigal. Llamado «el Tostado» (debido a una quemadura accidental), «gran sabio y santo varón» (Gil González Dávila), se educará primero en su pueblo natal y luego en Arévalo y Salamanca, de cuya universidad fue profesor, siendo más tarde obispo de Ávila (1449) y uno de los padres del concilio de Basilea. Biblista y humanista prestigioso, buen conocedor tanto del hebreo como del griego y el latín, formuló la más pura y exigente doctrina sobre el episcopado.

El episcopado, decía el Tostado, no hay que aceptarlo por el poder feudal y las grandes rentas que proporciona, sino con la única intención de la cura pastoral, como en la primitiva Iglesia. Y esto con la onerosa obligación de conciencia y bajo riesgo de pecado mortal. El peligro de prevaricación y de corrupción era tan grande en la práctica episcopal de la época, según él mismo advierte, que en la mayor parte de los casos era mejor rechazar cualquier promoción a la mitra.

Esta doctrina, que Alonso trata de imponer, será el fundamento sobre el que Isabel construirá el nuevo episcopado de España. Sobre todo en la persona de dos obispos modélicos que ella hará entrar en la historia: el jerónimo Hernando de Talavera, arzobispo de Granada, y el franciscano Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo y primado de España. Discípulos ambos de Alonso de Madrigal, comenzarán rechazando la mitra por escrúpulos de conciencia, y harán falta mandatos pontificios, obtenidos por Isabel, para vencer su resistencia y convencerlos a aceptar8.

Florecimiento artístico

La estela de Madrigal se muestra también iluminadora en cuatro campos cuya importancia no pasará inadvertida: el florecimiento artístico que impuso el estilo isabelino, la confluencia judeo-católica, la Inquisición y la evangelización y «lucha por la justicia» en favor de los indios de América.

El florecimiento artístico: la aldea de Madrigal está llena de obras de arte de la época de Isabel y del florecimiento que siguió. Como el doble retrato ya citado de los Reyes Católicos, el monumental sepulcro de Isabel Barcelos es puramente isabelino, de un alabastro finamente trabajado; isabelina es también la Piedad polícroma esculpida, «de una ingenua y doliente belleza», que Fernando ofreció a sus dos hijas naturales; y lo mismo una notable pintura de Berruguete, el maestro isabelino; un poco más tardío es el vibrante calvario polícromo, de tamaño natural o casi natural, con la Virgen y san Juan, de un francés hispanizado, el escultor Juan de Juni. Todo esto se encuentra en el convento de las agustinas, el antiguo palacio real, entre otras muchas obras de arte (un Rafael, un Zurbarán...) y finas piezas de mobiliario real, sobre todo secreteres y espejos.

En la iglesia de San Nicolás son isabelinas las bellas estatuas yacentes de varias tumbas de nobles, como las de los Castañeda, parientes de los Reyes Católicos. De la misma época o posterior, se encuentra en la misma iglesia, en un verdadero museo, un gran número de importantes esculturas y piezas pintadas, que hacen cortejo al gran retablo polícromo esculpido por Gregorio Hernández, el maestro barroco.

Genio judeo-católico

La confluencia judeo-católica: es en Madrigal donde en 1591 morirá Luis de León, en el monasterio extramuros, convertido en convento capitular masculino de la provincia agustiniana de Castilla, que estaba dotado de cátedra de filosofía. Elegido provincial de esta orden, este converso de origen judío fue uno de los más grandes escritores y poetas religiosos de España y del catolicismo (Los nombres de Cristo, La noche serena...). Ilustre profesor en la Universidad de Salamanca, Luis de León, tras las denuncias de sus colegas universitarios, tuvo problemas con la Inquisición fundada por Isabel según una bula papal, como sospechoso de hacer una interpretación judaizante de la Escritura. Al final, quedó absuelto por la susodicha Inquisición, en la línea del objetivo que Isabel había dado a esta institución: la plena confirmación cristiana de los conversos. Una confirmación que aportará al catolicismo el refuerzo capital del genio judío en unos tiempos de Contrarreforma, como veremos en los capítulos siguientes. Por lo demás, el vínculo de Luis de León con Madrigal no era sólo institucional, pues el poeta había estado siempre ligado a las agustinas de su convento intramuros. Cuando se le convocó por primera vez ante los inquisidores, diecinueve años antes de su muerte, pidió que una de las monjas de Madrigal, Ana de Espinosa, le enviara los polvos medicinales que necesitaba y de los que ella le proveía habitualmente. Y, finalmente, Luis de León no se equivocó con respecto a Isabel. Gran testigo de su tiempo, la celebró como la «madre» de la España católica, tal como lo recuerdan sus biógrafos con motivo del IV centenario de su muerte.

¿La Inquisición? Tres años después de Luis de León, morirá y será enterrado en el convento de las agustinas de Madrigal Gaspar de Quiroga, inquisidor general y cardenal arzobispo de Toledo, a la vez que consejero de Estado y virrey de Felipe II, quien había hecho justicia al poeta espiritual converso. La razón de este trato de favor en lo que a la tumba se refiere era que Gaspar de Quiroga, nacido en Madrigal, pertenecía a una familia distinguida de la villa que había cooperado decisivamente a la fundación de este monasterio.

Ahora bien, pocos inquisidores como él se mostraron tan rigurosamente fieles a los objetivos de la Inquisición fijados por su paisana Isabel la Católica. Al igual que consiguió hacer justicia a Luis de León, Quiroga rechazó condenar al converso y maestro de la ciencia bíblica Benito Arias Montano y su monumental Biblia políglota de Amberes, en la que dio el lugar que le parecía justo a la ciencia bíblica judía y a la exégesis protestante. Quiroga rechazó asimismo cursar las denuncias contra Teresa de Ávila, la gran mística conversa y reformadora del Carmelo. Y hasta la recibió personalmente para autorizarle la fundación que ella pedía, confirmarle la perfecta ortodoxia de su doctrina y asegurarle su pleno apoyo, rogándola que le considerara como su capellán y que «le encomendara siempre a Dios».

Gaspar de Quiroga ha dejado su huella también en la historia del arte. Sigue estando presente entre nosotros por el retrato de cardenal barbado y de impresionante dignidad que de él pintó el Greco, del que también fue protector a la llegada del pintor a Toledo, el mismo año (1577) que él llegó a la ciudad como arzobispo.

Predilección por los indios

La «lucha por la justicia» en bien de los indios9 y la maternidad cristiana de la América descubierta gracias a Isabel, fueron desde el principio, como veremos más en detalle en un capítulo posterior, su gloria imperecedera. Pero su mejor y más eficaz intérprete sobre el terreno fue una vez más un hijo de Madrigal. Y de nuevo un Quiroga: el venerable Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán en México, tío del inquisidor general Gaspar. Vasco estuvo tan profundamente marcado por Madrigal que su reciente biógrafo, J. B. Warren10, subraya la influencia que sobre sus admirables fundaciones de hospitales indios tuvo el recuerdo de las instituciones municipales (y del beaterio) de Madrigal.

A muchas de sus fundaciones americanas, entre ellas su colegio superior indio-español, el más antiguo cronológicamente de los que todavía subsisten en América, extraordinario semillero de sacerdotes y religiosos, Vasco les pone el nombre de San Nicolás, el de la parroquia de Madrigal donde, al igual que Isabel, había sido bautizado. Por otra parte, este testigo de Cristo apelará a la predilección de Isabel por los indios en su informe al Consejo Real español de Indias, su Información sobre México que envía en 1535. Vasco de Quiroga había nacido en Madrigal en 1470, menos de veinte años después de Isabel, a la que probablemente conoció y cuyo ejemplo recogió seguramente sobre el terreno; tenía treinta y cuatro años cuando murió la reina en 1504. Como lo constata Lucien Febvre, maestro de la historiografía francesa, la influencia de este isabelino de Madrigal, con «sencilla grandeza», sigue estando viva hoy en México.

El homenaje de México

Tan es así que, al igual que una estatua de Isabel se levanta en Madrigal, en el jardín que linda con el convento de las agustinas, también se erigió un bello busto de Vasco de Quiroga en el corazón de la aldea por iniciativa y a expensas de México, en 1970, con motivo del V centenario de su nacimiento. La inscripción mexicana de este busto muestra la veneración por su testimonio de apóstol y promotor de los indios, veneración que llega hasta el punto de ver en él, según los términos que en ella aparecen, al ¡«precursor de la Seguridad Social»!

La importancia de esta estela madrigalense de la grandeza americana de Isabel, la confirma también otra inscripción en la aldea-cuna de la Reina Católica: la placa de homenaje a Isabel que la embajada de México hizo fijar en la entrada del antiguo palacio real convertido en convento de las agustinas. La fecha de esta placa es la del 22 de abril de 1991, 540 aniversario del nacimiento de la reina de Castilla en ese lugar. Esta placa, a su vez, se confirma con otra de homenaje a Isabel del Texas de San Antonio, «en la víspera del V Centenario» del descubrimiento de América. Todo esto viene a poner en su lugar las calumnias sobre el pretendido genocidio de los indios del que Isabel sería responsable.

Ya se ve que a la hora de escribir la historia, vale más ir a sorprenderla en el microcosmos real de la época que dejarse guiar sólo por el macrocosmos de las «ciencias humanas», orientadas de ordinario según el capricho de las modas historiográficas y de las pasiones ideológicas. Isabel es en primer lugar Madrigal, una aldea con un pasado de una impresionante riqueza cristiana, su cuna profética.

Capítulo II. MATRIMONIO Y SUBIDA AL TRONO

No vamos a detallar aquí la interminable y caótica lucha entre los partidos nobiliarios que marca la sucesión de Enrique IV de Castilla, hermanastro de Isabel. La exposición completa de esta lucha necesitaría un grueso y aburrido volumen. Aquí tocaremos sólo sus grandes líneas. Pero nos referiremos con precisión a la participación en ella de Isabel, a su matrimonio con Fernando y a su propia afirmación como reina de Castilla, discutida en 1474 e indiscutida en 1479 tras su victoria sobre la intervención portuguesa. Y procuraremos despejar con claridad los fundamentos del juicio que puede hacerse sobre su acción de entonces.

El orden de la sucesión al trono de Castilla (que ignoraba la ley sálica francesa que excluía a las mujeres, dando sin embargo prioridad a los varones) había sido fijado ya por Juan II en su testamento. Debía sucederle el hijo de su primer matrimonio, Enrique, que fue Enrique IV, y sus descendientes; en su defecto Alfonso, hijo de su segundo matrimonio, y sus descendientes; y en su defecto Isabel, hija primogénita de su segundo matrimonio, y sus descendientes.

Un Enrique IV impotente

Pero las cosas se complicaron debido a la personalidad de Enrique IV. Durante doce años éste no tuvo ningún hijo de su primera mujer, Blanca de Navarra. Más aún, parece que era impotente para procrear, pues la princesa, tras un informe de las matronas, fue reconocida «virgen incorrupta como avia nascido» tras doce años de vida en común. En 1453, dos años después del nacimiento de Isabel, el obispo de Segovia declaraba, en consecuencia, la anulación del matrimonio.

Pero convertido en rey de Castilla en 1454 a la muerte de Juan II, Enrique volvió a casarse. Quizá pensó, o pensaron por él, que su inapetencia por el débito conyugal podía desaparecer con una mujer más atractiva o más exigente que la navarra. Se casa entonces en segundas nupcias con Juana, hermana de Alfonso V, rey de Portugal. Pero aunque el temperamento sexualmente volcánico de esta última pronto fue cosa notoria, las cosas siguieron igual durante siete años. Enrique IV, que no había hecho mostrar la sábana tras la noche de bodas como era tradicional para que se pudiera constatar la consumación del matrimonio, siguió sin tener hijos.

Más aún, si por una parte se confirmaba el rumor de la impotencia y de las tendencias homosexuales del rey, por otra, Juana, sexualmente insatisfecha, recurría a numerosas aventuras extraconyugales que la llevarían incluso a tener partos clandestinos que ella enmascaraba con desapariciones rocambolescas. Sin embargo, el padre Azcona tiene en cuenta un documento, descubierto poco antes de que él escribiera su libro sobre Isabel, proveniente de un miembro de la casa de Juana y que hacía saber al rey que, una vez repuesta de las consecuencias de un aborto natural, la reina podría quedarse de nuevo encinta si el rey volvía a acercarse a ella. El historiador saca de ahí la conclusión de que las relaciones conyugales de la pareja eran normales y podían ser fecundas. Lo cual no es seguro, ya que un hombre de la reina podía, mediante un interesado halago al monarca, tapar y minimizar las consecuencias de un embarazo ilegítimo. La carta es, en efecto, de un tono tranquilizador muy cuidado y lleno de expresiones como «mucho bien» y «mucho gentil» en la presentación de los familiares de la reina.

Es entonces, en el séptimo año del nuevo matrimonio, cuando se produce lo inesperado. Después de diecinueve años de infecundidad del rey, la reina da a luz una niña, Juana. Al principio todo el mundo parece aceptar esta sorprendente novedad. Las cortes levantaron acta de la sucesión real directa, que quedaba así asegurada. Se bautizó a la pequeña princesa, siendo su madrina la misma Isabel, su tía, a la que acababan de llamar a la corte tras su período de gineceo en Madrigal y Arévalo. Era el año 1462, e Isabel tenía entonces once años.

Pero la situación iba a empeorar muy pronto. La opinión (sobre todo de un fuerte partido nobiliario) se extraña de que el sorprendente nacimiento coincida con la vertiginosa ascensión de un tal Beltrán de la Cueva, nombrado conde de Ledesma poco después del parto y a quien una lluvia de favores reales le asegura de repente unas rentas considerables. A principios de 1463, Beltrán reemplaza ante Enrique IV al principal favorito de éste, Pacheco, marqués de Villena. Después, contra el testamento mismo de Juan II que preveía el beneficio para el infante Alfonso, Beltrán recibe el maestrazgo de Santiago con su inmenso poder territorial, militar y financiero. Además Beltrán pone a buen recaudo, en la corte, a los infantes Alfonso e Isabel.

«La Beltraneja»

Desde entonces, «por todas partes» (Pierre Vilar), todo pareció claro. Y así, sinceramente o no, lo proclama el partido nobiliario: el tal Beltrán, muy próximo a la reina, era el verdadero padre de la infanta Juana, y no el impotente Enrique. Por eso la infanta recibió el apodo de «la Beltraneja». Y el partido nobiliario comenzó a denunciar al nuevo favorito que recibía un salario tan generoso por su prestación progenitora y que además parecía querer apoderarse de los infantes legítimos para privarles de su sucesión al trono. El manifiesto político de la nobleza del 28 de septiembre de 1464 declara a Juana ilegítima, reclama el alejamiento de Beltrán de la Cueva del entorno real, la restitución del maestrazgo de Santiago al infante Alfonso y el reconocimiento de éste como príncipe heredero.

En contra de lo que escribe, por ejemplo, Joseph Pérez, no se ve que, sinceros o no, los nobles castellanos buscaran con esto una posición interesada. No había ninguna razón para suponer que pudieran dominar mejor a un infante legítimo que a una princesa de legitimidad tan discutida como la Beltraneja. Todo lo contrario, como con respecto a sus intereses lo demostrará después el reinado de Isabel. La eliminación de Beltrán de la Cueva tenía sin duda sus ventajas para ellos, pero no iba en detrimento del Estado.

Su toma de posición no era tan descabellada como para que Enrique IV no la admitiera de inmediato en lo esencial, aunque añadiendo curiosamente, y al parecer significativamente, nuevos favores compensatorios para el nuevo astro recién ascendido, Beltrán. En primer lugar, el rey le hizo donaciones de valor excepcional en Andalucía, en especial la villa de Gibraltar. Después, el 25 de octubre de 1464, aprueba un acuerdo en plena forma jurídica, elaborado por el Consejo Real, que estipula en primer lugar que el infante Alfonso (que tenía entonces once años de edad) sería confiado a Pacheco, jefe del partido nobiliario, encargado de asegurar su tutela, entregando Pacheco a un fiel del rey, en garantía de esta tutela, a su propio hijo y cuatro de sus villas. A continuación, que el infante Alfonso sería jurado como primer heredero de la Corona por las Cortes, la corte y los nobles. Después, que se casaría con Juana, la Beltraneja, que quedaría reservada para él y subiría así al trono. Luego, que Beltrán de la Cueva abandonaría el Consejo Real, que en adelante estaría formado por una representación de todos los partidos nobiliarios, el de la proclamación de septiembre con Pacheco y el de los fieles incondicionales del rey, sobre todo el obispo González de Mendoza. Además, que el mencionado Beltrán restituiría el maestrazgo de la orden de Santiago al infante Alfonso, su titular designado por el testamento de Juan II. Pero que, en compensación, Beltrán recibiría cinco villas del reino, entre ellas Alburquerque, con el título de duque de esta última, además de considerables pensiones reales.

Es evidente que un acuerdo tan equilibrado no significaba la «capitulación» del rey que pretenden algunos historiadores, sobre todo Philippe Erlanger11, que maneja una documentación completamente desfasada, selectiva y errónea (no da el contenido completo del acuerdo que hemos detallado y pretende que el maestrazgo de Santiago le tocó en suerte a Pacheco). El rey, en realidad, se había defendido muy bien. No sólo no había quedado en manos del partido nobiliario, sino que había multiplicado sus garantías personales e institucionales frente a él. Y había asegurado un destino real, aunque fuera de simple alianza, para la tan discutida Beltraneja.

Pero seguían siendo significativos dos datos que él confirmaba. Primero, que el verdadero heredero de la Corona era el infante Alfonso, lo que quería decir que, en su defecto, era Isabel quien debía reinar. Y segundo, que Beltrán de la Cueva salía más beneficiado que Enrique IV, como si con respecto a él se hubiera convenido un precio que de todos modos el rey tenía que pagar. No se explica de otra manera cómo en este acuerdo sobre la devolución de la Corona y el gobierno del reino, fue tan importante el lugar que tuvo este señor particular, resarcido en contrapartida con tantas riquezas. En cifras contantes y sonantes fue Beltrán, y no el partido nobiliario contestatario, el verdadero beneficiado directo del acuerdo. Las pensiones reales que recibió Beltrán serían en adelante las más elevadas de toda Castilla: más de dos millones de maravedíes anuales, el doble de lo que recibían los más altos magnates como los duques de Alba (volveremos sobre ello).

Farsa y guerra civil

Seguramente porque se dieron cuenta de lo de Beltrán y porque con ello se agudizaron sus apetencias, los nobles contestatarios más extremistas se aprestaron a franquear un nuevo umbral. El 5 de junio de 1465, en una manifestación indigna, la farsa de Ávila, destronaron a Enrique IV en efigie. Fueron quitando de un muñeco que lo representaba, la corona, el cetro y los demás ornamentos, derribándole al final de una patada. A continuación coronaron al infante Alfonso como rey de Castilla, un rey demasiado joven, que se mostró enseguida muy generoso con sus partidarios. Y al que hicieron firmar cartas dirigidas a las ciudades y villas en las que se decía que Enrique IV «dio al traidor Beltrán de la Cueva la Reyna Juana, llamada su mujer, para que usase della a su voluntad».

Estalla entonces la guerra civil entre, por un lado, el rey Enrique IV y sus fieles, que se afianzan poco a poco, y, por otro, el partido de los nobles extremistas y el infante coronado, dirigido por Pacheco y el arzobispo de Toledo, Carrillo, a la sazón muy poderoso. Una sangrienta batalla de resultado incierto los enfrenta en Olmedo. El mismo Enrique IV tiene su propio partido noble que trata de reducir sus poderes en beneficio de los intereses aristocráticos; y tiene sus traidores, sobre todo el obispo converso Arias Dávila, que entrega al partido opuesto la ciudad de Segovia, y la infanta Isabel que había llegado allí con la corte. Una Isabel a la que Enrique llama entonces «mi muy cara e muy amada hermana», pero cuya presencia cerca del rey-niño Alfonso refuerza desde ahora moralmente al partido de los sublevados.

Pues, sin tomar políticamente partido de manera clara, Isabel, que tiene ya dieciséis años, reencuentra evidentemente con alegría a su hermano con el que estaba muy unida desde su infancia en Madrigal y en Arévalo. Ahora puede, sin las coacciones de la corte de Enrique IV, donde sin duda estaba vigilada de cerca, vivir libremente junto a su hermano y su madre, con la que ambos se reunieron en Arévalo. En este ambiente de calor familiar recobrado, Isabel organiza las fiestas del catorce cumpleaños de Alfonso. Hubo en esas fiestas un momo, una representación poética de disfraces llenos de colorido cuyo texto encargó Isabel a uno de los buenos poetas de la época, Gómez Manrique, un texto que aparece hoy entre sus obras.

Por desgracia, el duelo siguió pronto al cumpleaños y a la fiesta. Alfonso murió cerca de Ávila, víctima de la «pestilencia» que azotaba la comarca, el 5 de junio de 1468. En vano Isabel le había cuidado personalmente y en vano había mandado rezar y hacer duras penitencias en todo el campo del rey-niño, dando ella misma ejemplo. Ahora, a sus diecisiete años, se encontraba sola frente a Enrique IV y al partido de la Beltraneja.

Feria de maridos

Ahora bien, sabía que tenía que cuidarse de ellos. Bajo la fachada del afecto familiar, Enrique IV había mostrado su cinismo disponiendo de Isabel como contrapartida de intereses y hasta de sórdidos regateos. Yendo más allá del habitual «tráfico de sangre azul», la había puesto a subasta en una increíble «feria de maridos». Ya en 1457, cuando Isabel tenía seis años, la había prometido como garantía de sus acuerdos al rey de Aragón para su hijo Fernando, una premonición de lo que llegaría a realizarse por la voluntad personal de los interesados y que se volvería contra él. En 1461, para jugarle una mala pasada al rey de Portugal, la había propuesto a Carlos de Navarra, príncipe de Viana, lejano predecesor en este título de Enrique IV de Francia. En 1464, para ganarse al adversario anterior, la había propuesto al rey de Portugal, el viudo Alfonso V, ya cargado de hijos, para que la desposara él mismo.

En 1466 Enrique IV llegó al no va más. Mientras escribía a Isabel en estos términos: «Muy virtuosa mi señora y hermana [...], vos suplico siempre se acuerde de mí, puesto que no teneys persona en este mundo que tanto vos quiera como yo»12, ¡la estaba vendiendo literalmente a un viejo y rico ambicioso, sin ningún rango real, por 60.000 doblas de oro, 3.000 soldados de a caballo y apoyo político! El viejo carcamal que quería adueñarse de la joven Isabel de quince años no era otro que el converso Pedro Girón, hermano de Pacheco, y como él «descendiente por ambas partes del antiguo judío Ruy Capón»13. Su fortuna le había permitido apoderarse ya, contra todas las reglas de la caballería, del maestrazgo de la orden de Calatrava, fundada por un abad cisterciense de Fitero «para defender la cruz de Cristo contra la enemistad pagana», según la fórmula del rey de Castilla, Sancho III, al confirmar la creación de la orden en 1158. El dinero judío, gracias a Enrique IV, iba a apoderarse, pues, en la persona de Isabel, de una de las flores de la Corona. Esa Corona de la que Girón se jactaba explícitamente, ante el capítulo general de su orden, y que ahora ya «no estaba muy remota de él»14.

Isabel, desesperada, veía con terror aproximarse el día de la boda, una vez celebrados los esponsales por representantes. Pero Dios escuchó las súplicas de Isabel, y su doncella Beatriz de Bobadilla no tuvo que utilizar la daga con la que había prometido que mataría al Shylock castellano. Girón murió mientras iba de camino a tomar posesión de su prometida, después de haber rechazado los sacramentos de los cristianos y blasfemado contra su Dios. En realidad, siempre había sido judío y virulento anticristiano.

Isabel no era antisemita, ya que, entre otras cosas, el marido que ella escogería, el joven y seductor Fernando de Aragón, era en parte de origen judío por su madre, una Enríquez. Sin embargo, el recuerdo de la oferta pública judía de compra, lanzada a través de su persona sobre la Corona, ciertamente no estará ausente de su espíritu cuando decida la expulsión de los judíos de Castilla y de Aragón en 1492.

En realidad Isabel tiene más respeto por la Corona que el rey Enrique IV. No se apoderaría de ella ni siquiera a cambio de las doblas que a millares le ofrece el hermano de Shylock, Pacheco, jefe del partido nobiliario opuesto al monarca, que entre tanto (1467) se ha apoderado por su cuenta del maestrazgo de la orden de Santiago. Pues, ante la sorpresa general, Isabel rechaza hacerse coronar, tras su hermano Alfonso, como le propone el partido de Pacheco. Para ella el rey sigue siendo Enrique IV, e Isabel quiere ser fiel a él. Ella afirma simplemente sus derechos. Así, desde julio de 1468, un mes después de la muerte de Alfonso, encabeza sus cartas de la manera siguiente: «Isabel, por la gracia de Dios princesa e legítima heredera subcesora en estos reynos de Castilla y León». Pierde apoyos, pero quiere seguir mostrando «una absoluta corrección de cara a la institución monárquica y a la autoridad», según la fórmula de Azcona. Esto debe quedar claro para todos: la futura Reina Católica no es una facciosa.

La actitud ejemplar de Isabel produce rápidamente sus frutos. Pacheco y Enrique IV se reconcilian; la negociación para la pacificación general del reino tiene lugar en Castronuño. Se ponen enseguida de acuerdo: Isabel señala el buen camino, y puede darse la pacificación si Enrique IV reconoce explícitamente a Isabel como su heredera.

Reconocida heredera de la Corona

El acuerdo se concluye oficialmente y se anuncia, con un solemne llamamiento a los nobles y a las ciudades del reino, junto a los Toros de Guisando, unos megalitos toscamente tallados y testigos de la más antigua historia de España. De nuevo, por sí mismo, Enrique IV descarta a la Beltraneja de la herencia directa a la Corona; lo que ciertamente revela la debilidad de su convicción respecto a la legitimidad de la infanta. Y Enrique IV, en réplica a la reiterada lealtad de Isabel, la reconoce como heredera de sus reinos, confiriéndole los señoríos y las rentas correspondientes del Principado de Asturias y de numerosas ciudades como Ávila, Úbeda y Medina del Campo. Isabel era, pues, príncipe (princesa) de Asturias, como lo habían sido desde hacía un siglo y lo serían después de ella todos los herederos de la Corona de Castilla, y posteriormente de España. Su rectitud ganó la partida, toda Castilla se adhirió a ella, y permitió la consolidación del poder real que es el bien del pueblo. Lo aprobó el legado pontificio Venier ratificando el acuerdo. Estamos en septiembre de 1468. Los acontecimientos se han precipitado, pues hace solamente tres meses que murió el rey-niño Alfonso.

Pero Isabel sigue en guardia. Sabe que debe tomar sus precauciones contra una nueva venta matrimonial. No quiere exponerse a una nueva aventura como la de Girón, ni tampoco al proyecto bastante tenebroso de casarla con el viudo Alfonso V de Portugal, que ahora vuelve a tener Enrique IV. Será Isabel la que se case y lo hará con quien quiera. Y seguramente, como testigo que ha sido de las discordias peninsulares, sobre todo entre Castilla y Aragón, ella tiene ya en mente el gran proyecto de la unidad de España. Informada (como mujer que es, y mujer guapa) de los encantos del joven heredero de Aragón, Fernando, se decide por él, recogiendo así la idea que en otro tiempo tuvo de esta unión el propio Enrique IV. Lo cual, y ella es consciente de ello, traerá como consecuencia una gran ventaja política: Aragón dejará de sostener, como lo había hecho incluso recientemente, a los partidos nobiliarios castellanos que se oponían a la autoridad real.

Su matrimonio será, pues, un matrimonio de razón y de amor a la vez, como lo demostrará toda la historia posterior de los Reyes Católicos. Por el momento quedémonos en el amor. Hay que rechazar la afirmación gratuita de Erlanger según la cual «el amor no jugó ningún papel en este asunto»15, y la de Pérez, para quien «este matrimonio es cualquier cosa, menos un matrimonio por amor»16. Quien haya visto el retrato que se conserva en Madrigal de los jóvenes esposos, con apenas veinte años, no lo puede dudar. Es el típico retrato de dos jóvenes esposos de la misma edad, bellos, «bien plantados» y enamorados. Fernando no será impotente como Enrique IV ni la bella Isabel, ligera como la madre de la Beltraneja. La verdad es esa de la que duda también Azcona, que ve en ello un montaje romántico: Isabel estuvo «locamente enamorada»17desde que eligió por esposo a Fernando. Veremos que así se confirma.

El «salto» de Isabel