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¿Te acordás de los días y las noches que cambiaron nuestras vidas para siempre? La interpelación es un diario y una crónica en primera persona que indaga en la complejidad del evento viral mundial que nos abordó, nos desafió y marcó un antes y un después de lo que será la historia poscovid. Acá no solo vas a encontrar reflexiones sobre los miedos que seguramente compartiste, sino también la increíble resiliencia que nos sostuvo. ¿Cómo encontramos la fuerza en la adversidad a través de la solidaridad y la esperanza, incluso en los momentos más oscuros? Este libro explora las emociones que nos unieron y nos separaron, recuerda los desafíos y muestra la profunda transformación social, económica y cultural que sufrimos. El objetivo es invitar a la reflexión, servir como memoria y legado, y explorar la vulnerabilidad humana y la capacidad de resiliencia frente a una situación sin precedentes.
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Seitenzahl: 96
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Corrección Isabel Ruiz
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Prieto, Jorge Alberto
La interpelación / Jorge Alberto Prieto. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 108 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-845-6
1. Reflexiones. 2. Pandemias. I. Título. CDD 158.1
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Prieto, Jorge Alberto© 2025. Tinta Libre Ediciones
Dedicado a la memoria de mis afectos que ya no están y a los fallecidos a causa de la pandemia.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a los pilares fundamentales para la creación de este libro. En primer lugar, al pueblo santafesino por su espíritu resiliente y su gran solidaridad durante los tiempos oscuros de la pandemia. Fueron una fuente inagotable de inspiración y este libro da testimonio de la gran fuerza colectiva que se gestó. Es un homenaje a su inquebrantable reinvención y acompañamiento.
A mi pareja, familia y amigos, tan importantes en mi vida. Su amor, apoyo y su aliento me sostuvieron en cada página. Gracias por ser mi refugio en medio de la tormenta.
A quienes me eligieron para ser parte de esta historia: al gobierno provincial, nacional, a las comunas y municipios. Y al estimable equipo de trabajo con el que llevamos a cabo esta gestión, a todos los trabajadores del Ministerio de Salud y de otros ministerios de la provincia de Santa Fe.
A los medios de comunicación, por su profesionalismo y respeto —grandes aliados para la difusión esencial y precisa— que nos ayudaron a contener a la ciudadanía.
A todos los que me acompañaron durante la escritura de estas páginas. A mi profesora Isabel Ruiz por su invaluable ayuda en la edición de mi libro.
Hemos experimentado pérdidas, incertidumbre, aislamiento y una reevaluación de lo que realmente es importante. Ahora, mientras transitamos estos tiempos pospandémicos, es crucial reflexionar sobre las lecciones aprendidas y aferrarnos al abrazo como intención y esperanza.
Cuando el mundo se detuvo
Jorge Prieto Ruóppulo
Agradecimientos Pág. 7
La interpelación Pág. 13
La Turbada Pág. 15
Testimonio en primera persona Pág. 19
Vestigios de la pandemia: la experiencia de Santa Fe versus el mundo Pág. 23
La contemplación como percepción transformadora Pág. 25
Interfase holística de la vida Pág. 27
Días y noches perpetuas Pág. 29
Nuestras emociones frente a lo imprevisible Pág. 31
El oscuro silencio Pág. 35
La sensibilidad, el ánimo colectivo y las fantasías Pág. 39
El gran escape y la fuga Pág. 41
La Real Academia y el nuevo vocabulario impuesto por la pandemia Pág. 45
El reflejo por el espejo retrovisor Pág. 47
Ley propia: la pueblada Pág. 49
El sentido de la vida cuando entramos en crisis Pág. 53
Renacer como experiencia renovadora de los seres humanos Pág. 61
La unificación como el camino a seguir Pág. 65
¿Cómo pensar la reconstrucción de un sistema de salud en la pospandemia? Pág. 71
El largometraje Coronavirus sin QR para su lectura Pág. 75
Postales del calendario Covid-19 Pág. 81
La posthumanidad Pág. 91
Políticas para la salud Pág. 95
¿Qué enseñanzas nos ha dejado esta historia? Pág. 101
La gran espera Pág. 105
Los privilegios terminan y las responsabilidades se asumen cuando la biología misma excede el desarrollo de la tecnología y los sueños fáusticos de cualquier científico no pueden superar a la naturaleza.
Son muchos los obstáculos que se han presentado y aún hay muchas teorías pendientes sobre el origen de la pandemia COVID-19. La verdad es que no sabemos con certeza los motivos ni las formas; pero lo que sí supimos es que tuvimos que despertar y dejar de soñar, suponiendo que en un corto plazo esto se autolimitaría.
En medio de la escena y el caos, veíamos al mundo revelarse; para desbaratar el peligro tuvimos que tomar muchas decisiones.
La predicción superó el curso natural de la vida
La pandemia va a estar presente siempre y, sin duda, dejó una marca latente que nos recordará la íntima y delicada relación que se generó entre un virus, las personas, el planeta y la forma de vivir en sociedad.
Con esta frase de inicio, solo quiero visibilizar lo frágil que somos frente a la vida interpelada, como la vivimos. Hoy, somos parte de una historia que podemos contar.
El coronavirus alteró e interrumpió el estado natural de nuestra existencia. Llegó de sorpresa; con una fuerza destructora nos aturdió y, sin embargo, nos dejó un profundo sosiego y un gran silencio. Hemos sobrellevado y sobrevivido una crisis de la cual el mundo no pudo escapar. Nada se podía predecir, ni pronosticar; todo mutaba minuto a minuto. Pudimos proyectar o estimar indicadores que distaron de la realidad porque el número de personas afectadas fue mayor. Las predicciones resultaban crueles, aunque no impactaron en la estimación de casos fatales.
Ante tal escenario, nada de lo que ocurrió fue exacto. Nos hizo gestionar y transitar en la incertidumbre. Los momentos críticos fueron tan arrasadores que detuvieron y paralizaron el planeta. Hoy, tal vez, podemos valorar parte de lo ocurrido y lo que representaban los aferentes que han trastocado todo lo que se ponía en su camino. El virus nos obligó a desalojar aulas y las tomó por completo; se ocuparon todos los hospitales y en las calles sobrevino la desolación.
¡Qué grandeza el poder que exhibía este inmensurable invasor!
¿Cómo medir el impacto ocasionado ante el sistema de vida? ¿Cómo cotizar la devastadora crisis social generada? ¿Cuánta incertidumbre se generó?
Así fue, para mí, el inicio de esta historia.
Nos dábamos cuenta del poder de un microorganismo infeccioso que no veíamos a simple vista y que el mundo, con lupas, buscaba detener. Ese virus fue el gran diseñador gráfico que dibujó esta nueva realidad con una fuerza incontrolable. El pensamiento estratégico frente a la situación debía tener perdurabilidad; por lo tanto, había que buscar entre todos nuevos modelos y caminos. El objetivo era contener lo que se evidenciaba a nivel mundial. Resultaba imprescindible establecer procesos de gestión para analizar la situación y sumar esfuerzos. Esto fue la base para la toma de decisiones. La palabra oral iba de la mano del diálogo constante con el comité de expertos, y quedaba fijada por escrito a modo de protocolos. En ellos, plasmamos lo que se podía y lo que recomendamos hacer, frente a este As de espadas que, día a día, arrasaba con todo.
Los motivos y los procedimientos variaban permanentemente. Este panorama cambiante era como un preludio. Sortear las transformaciones constantes nos preparaba para lo que se vendría. Cada política sanitaria tenía su dinámica y flexibilidad para ser adaptada a los cambios. Resultaba muy complejo seleccionar las palabras apropiadas para comunicar y dar cada parte de prensa a la población. Informábamos diariamente cuáles eran las restricciones: la circulación vehicular, aperturas y cierres de comercios, horarios permitidos, y en este marco, detallábamos lo que sí y lo que no se podía hacer.
Los medios de comunicación siempre han sido nuestros aliados, nos acompañaron y respetaron en todo momento. Sin embargo, pararse frente a la cámara o el micrófono para explicar lo incierto y desconcertante era difícil. Esos pocos minutos destinados a informar significaban un acto de gran responsabilidad. Ya que los anuncios e informes debían sumar, y no alarmar, queríamos comunión y adhesión, y no generar pánico o sensacionalismos de ningún tipo. Como así también alentamos a la solidaridad ciudadana frente a los cuidados.
Desde su inicio, se hablaban tantas cosas de esta pandemia. En los establecimientos escolares se decía que los detectores de anhídrido carbónico eran útiles para verificar la ventilación cruzada de los ambientes. Nosotros, en voz alta, hacíamos pública la palabra, y democratizamos el acceso a la información fehaciente.
Se hablaba de cuáles eran las superficies más susceptibles a la contaminación: la madera, el metal y los papeles. En algunos casos, llegaron a consultarnos sobre la existencia de equipos para esterilizar expedientes, y en particular cuál era la presencia media del virus en los ambientes. Lo más preocupante tenía que ver con la facilidad de metros por los cuales se vehiculizaba. Por ello, con especial énfasis, indicamos sostener las distancias sugeridas.
En el comienzo todo era desconocido. No se sabía el comportamiento fisiológico de este agresor al ingresar al organismo, cuál era su tiempo de permanencia y cuándo dejábamos de transmitirlo. Sobre la marcha, tuvimos que aprender juntos sobre su conducta. Para ello, se hacían test a los 7, a los 14 y a los 21 días desde el contagio. En casos severos, de pacientes hospitalizados, al momento de ser dados de alta, debían obtener una prueba para PCR (negativa). Se me viene a la memoria un caso donde la positividad estuvo presente más de 28 días. Él ya no era un habitante; solo dejaba su rastro como sello latente de su paso, ya que detectábamos el llamado ARN como parte de su estructura.
En lo cotidiano, todas las formas de relacionarse se vieron trastocadas: establecíamos distancias con los brazos, marcábamos pasos y creábamos barreras imaginarias que se disponían como las medidas prudentes.
En los portales del Gobierno, se colgaban tutoriales para armar tapabocas caseros o las instrucciones de cómo usar un tapa nariz, boca y mentón. No hubo límites para la imaginación; aparecieron desde barbijos Fiat 600 hasta modelos Ferraris, pero el dato alegórico fue que estos barbijos eran la forma sutil de maquillar nuestra nueva cara pública. Vimos barbijos con flores, camuflados, con strass, con los colores del club de fútbol preferido, pintados en composé, y no faltó la seriedad de aquellos que con orgullo representaban a las instituciones. Estos elementos, de no más de 10 gramos de peso, se convirtieron en la herramienta que nos enseñó, con el paso del tiempo, que no solo han sido útiles para la prevención del COVID-19, sino para muchas enfermedades de transmisión respiratoria.
Por eso, creo importante escribir algunas de las cosas que fueron trascendentales en ese momento. Acá comenzará la gramática de mi relato, porque quiero recopilar hechos y contar una historia novelada de lo vivido durante la pandemia.
Escribo como una de las tantas personas que estuvieron presentes en esta acción sanitaria, como testigo de lo que he vivido y hemos pasado cada uno de nosotros. Lo que motivó la escritura de este relato fue el impacto simbólico que sentí como el fin de la civilización. Me refiero a la forma devastadora en la que el virus se presentó en nuestras vidas. El comportamiento del virus no respetó nada, no tuvo código alguno; afectó de la misma manera a niños, niñas, adultos, credos, polos, hemisferios. Nos puso frente a una batalla donde cualquier esfuerzo por hacer nuestro universo más tangible estaba forzado a quedar en la estacada.
