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Un escritor en la cúspide de su carrera decide confesar un pecado horrendo que lo ha catapultado a la fama y le ha ayudado a saborear las mieles del éxito. A lo largo de un periplo que lo lleva de Nueva York a Heidelberg pasando por Madrid, asistimos a la confesión de un hombre acosado por su pasado a pesar de haberlo conseguido todo. Una novela impactante que no deja indiferente a quien se adentra en ella.
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Ana María Preckler
Saga
La pupila del tiempo
Copyright © 2012, 2022 Ana María Preckler and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728374245
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
Para Ana, Jesús, Marta y Elena
Irene, Ana, Paloma, María, Inés, Elena,
Mario, Javier, Jose, Miguel y Jaime,
Mi querida, hermosa y alegre descendencia
A M.J.B. por el estímulo prestado en la supervisión de este libro
“Todos éramos impuros,
Nuestra justicia era un paño manchado;
Todos nos marchitábamos como follaje,
Nuestras culpas nos arrebataban como el viento”.
Isaías 63,16b -17;64,1.3b -7
El agua caía como un torrente y se fundía en un todo húmedo y licuado. Llovía, diluviaba, y la ciudad no hacía otra cosa que inundarse, anegarse en aquella materia líquida y resbalosa que caía implacable por las aceras, las calles, y los inmuebles de aquellos sus dominios. Era una lluvia total, absoluta e imponente, que difuminaba la realidad bajo un tapiz evanescente. Como toda lluvia, aquella parecía un fenómeno extraño. Se había desencadenado de pronto, con una intensidad arrolladora, como una especie de mar inverso que, al contrario del mar que se desplaza en movimientos horizontales y planos, permaneciendo su gran masa profunda inmutable, se deslizara en vertical y en recto, a plomo, movilizando toda su sustancia, su elemento básico, el agua, de arriba abajo, sin ninguna posibilidad de retorno; al contrario de las aguas marinas que giran de continuo en ciclos regulares, circulares y rítmicos, en su eterno retorno nietzscheano. La lluvia caía por todas partes avasallando con su materia acuosa a la tierra reseca y hambrienta, doblegando a la vez el asfalto urbano, curtido y plomizo. Era una lluvia purificadora, como todas las lluvias, porque el agua limpiaba todo lo creado y lo retrotraía a su pureza primigenia. La lluvia caía también a raudales sobre los cristales, y entonces se convertía en una inmensa gota plana, en otro cristal, lábil y translúcido. Todo se veía diluido y desdibujado detrás de aquella agua que descendía interminable desde lo alto con fuerza inusitada, en filamentos precisos, gotosos y densos, como de mercurio. Aquella lluvia era la mirada de una pupila.
Era una lluvia incesante y golpeaba el cristal del parabrisas del automóvil detrás del cual se guarecía un hombre. Era un hombre de edad mediana que esperaba paciente que acabara de llover, mientras miraba a través del cristal sin mirar nada. La película de agua que bajaba por el parabrisas parecía hipnotizarle. Su pupila se hallaba tan dilatada, abstraída y desdibujada como el agua que caía frente a él. Era una hora vespertina temprana, pero debido a la oscuridad producida por el temporal recordaba la hora del crepúsculo. El hombre apenas se movía. Sus ojos, su mente, seguían absortos en algo muy lejano y distante, mucho más allá del tiempo y la distancia en el que se situaba su persona, mucho más lejano y distante que la ciudad que le rodeaba, que la lluvia que le envolvía con su torrentera despiadada.
El hombre parecía vivir en un desasosegante y extraño estado de hibernación. El coche se hallaba estacionado enfrente del famoso museo —la más prestigiosa pinacoteca del mundo—, de elegante línea neoclásica, difuminado ahora por la lluvia inclemente. Los añejos árboles del antiguo paseo que bordeaban sus aledaños, sostenían enhiestos sus troncos altivos formando una línea uniforme. Era una estampa bella, siempre lo había sido, una de las más hermosas de la ciudad que ya de por sí era hermosa y distinguida, pero aquel hombre no lo percibía, pues en realidad no percibía nada de lo que existía a su alrededor. Solo se oía el ruido de la lluvia golpear contra el pavimento y contra la carrocería del coche, pero él tampoco lo oía. La ciudad se hallaba desierta, solitaria, bajo aquella pupila triste y desahuciada.
Hacía frío. El coche no tenía encendidas las luces de posición. Todo estaba apagado. Tampoco funcionaban la radio y el compact, que otras veces sonaban con perfección acústica reproduciendo música de ópera, conciertos o sinfonías. Olía a tapicería de cuero y a tabaco rubio americano. Bien parecido, bien trajeado, con una gabardina gris sobrepuesta, el hombre, sentado en el asiento del conductor, inmóvil y estático, agarraba con su mano derecha un grueso sobre tamaño folio. De vez en cuando, como única señal de vida aparente, apretaba el puño que sostenía el sobre, como aferrándose a él. Otras veces, por el contrario, lo tocaba suavemente, como acariciándolo. Aquel sobre era la clave de su enigma. Su rostro permanecía pensativo, grave. Era un rostro esclarecido y noble, pero tenía algo sumamente turbador, como una sombra invisible que lo traspasaba dejando traslucir un bello halo angélico mezclado con una inquietante ráfaga de maldad. Todo parecía haberse desmoronado en aquella pupila ensimismada.
Sin embargo, de pronto, el hombre recobró la vida volviendo a su ser. Como si despertara de un largo y profundo sueño miró en derredor, consciente ya de su localización espaciotemporal, y súbito se colocó las gafas y observó el reloj. Después de leer y releer la dirección del sobre, salió del coche, se puso la gabardina y abrió el paraguas. Con paso ágil y decidido se dirigió a una calle cercana, protegiendo el sobre del agua de la lluvia. Llegó por fin a un gran portalón y se paró unos instantes, titubeaba indeciso, pensativo, pero al final se adentró en el portal. El hombre desapareció no sin antes volverse y contemplar la lluvia una vez más con su pupila triste. Con visión acongojada, como de despedida, recorrió la escena urbana, inhóspita y fría. La lluvia seguía cayendo con furia incesante. La pupila del hombre había penetrado en la pupila del tiempo.
* * * * *
Este libro es una confesión, y como toda confesión, o al menos toda aquella que se precie de ser auténtica, es verdadera, y lo que se narra aquí es verídico y ha sucedido alguna vez. Como toda vida, la vida de cada ser humano podría ser una confesión, como también podría llegar a ser un libro o una novela. Sin embargo, poca gente se atreve a confesar su vida en público, a mostrar su intimidad. Se carece de la sencillez suficiente para contar no solo las cosas buenas sino también las equivocaciones personales, aunque sería tan valiente que se hiciera y daría tanta grandeza al protagonista, pues los hombres, la humanidad entera, podrían aprender de los errores cometidos por otros hombres. Pero se calla y silencia la verdad —con un pudor que es siempre respetable—, mas todo el mundo sabe para sí aquellas miserias que le son propias, aunque se mantenga por fuera la apariencia de que no existen, de que todo es virtud y bondad. Sólo hablamos de nuestros aciertos y triunfos, que son parte también de nuestra vida, manteniendo el mito ideal sobre nuestra persona, el mito del prestigio y la perfección indefinidos, cuando esto por si mismo es imposible debido a la misma condición del ser humano que es imperfecto y se halla sujeto al error y al fracaso tanto como al éxito o a la gloria. Pero en la conducta habitual o se disimulan los fallos o no se reconocen, que es un estado todavía peor pues se considera el error como algo inexistente, es decir como algo bueno o al menos como algo no malo. La conciencia se acomoda y se relaja, y se llega a la permisividad, a la ausencia de moral, con la gravedad que esto conlleva pues no se vive en la verdad objetiva sino en la subjetividad, sin posibilidad de crecimiento personal.
He dicho que este escrito es una confesión y con este término preciso es con el que quiero que se juzgue. Ésta es, asimismo, una historia de culpa y de perdón, de bien y de mal, como son en realidad todas las historias de los seres humanos. Cuando leí por primera vez a Hermann Hesse me quedé impresionado de su perspicacia psicológica en el conocimiento del hombre y la fuerza de sus personajes, de su humanidad, de la contradicción interior que mostraban, siempre oscilando entre el bien, inalcanzable y difícil, y el mal, con todas sus variantes y modalidades, demasiado cercano y tentador, demasiado fácil y accesible. Y el hombre caminando siempre en la línea divisoria entre ese bien y ese mal, en esa línea incierta y trémula, frágil, que se halla dentro de sí mismo, manteniendo una lucha sempiterna y constante. En su Lobo estepario, Hesse, refiriéndose a su protagonista Harry Hallet, que podría ser un prototipo universal de hombre, escribe “Estos hombres tienen todos dentro de sí dos almas, dos naturalezas; en ellos existe lo divino y lo demoníaco”. O lo que es lo mismo que todo hombre posee dos naturalezas dentro de sí, la humana, que le eleva a lo superior, y la animal, que le acerca a lo primitivo, al lobo estepario, naturalezas que en definitiva se hallan siempre en antagonismo y en dialéctica.
Si en el Lobo estepario, Hermann Hesse retrataba un prototipo de hombre que podía hacerse universal, en Demian, otra de sus novelas que leí como todas las suyas de una vez, acuciado por la necesidad de conocer su final, acontece algo similar. Pero a diferencia de Harry Hallet, el lobo estepario, que era un hombre maduro, Emil Sinclair es un adolescente que va en busca de sí mismo. Y en ese buscar incierto y azaroso —siguiendo los pasos de su amigo y modelo Demian— se encuentra también con lo divino y con lo diabólico. Descubre el dualismo interior de la persona, que se libra dentro de él mismo, así como los dos mundos que rodean su vida, los que envuelven toda vida humana. Y de nuestra libertad y capacidad de ser libres dependen el triunfo de uno u otro mundo.
Cuando me decidí a hacer esta confesión lo hice también motivado por la lectura de otro libro cuyo autor nunca había llegado a ser un Nobel, como Hesse, mucho más modesto y silencioso, el autor de ese libro, que nunca llegaría a publicarse por razones personales del escritor, me mostraría, en la dramática descripción de los personajes protagonistas, ese mundo larvado que convive con el mundo más elevado, y que como consecuencia origina estados del alma como la culpa y la redención. Pero latía en aquel escrito una gran esperanza y ello fue lo que me ayudó a dar el paso definitivo que tenía que dar en el futuro. Aquel libro decía: “La culpa. Todos la tenemos de alguna u otra forma por que todos somos seres humanos y por tanto imperfectos y cometemos equivocaciones. Y el arrepentimiento, su complemento, todos lo deberíamos practicar en nuestra vida. El mundo sería un poco mejor si supiéramos rectificar a tiempo, arrepentimos de nuestros errores, aprender de nuestras caídas... El filósofo Julián Marías, ha escrito mucho sobre la moral y el arrepentimiento; según él, a lo largo de la vida uno puede actuar sobre los propios errores con una conducta nueva que regenere la anterior. La rectificación, de hecho, reobra sobre el pasado y lo redime”.
La persona que había escrito ese libro que nunca se había llegado a publicar había estado muy vinculada a mi vida. Era Elisa, mi abuela materna. Ella había sido una escritora con una intensa vocación literaria. He de reconocer que mi vocación de escritor se la debo en gran parte a ella, que me enseñó y estimuló en el ejercicio de la escritura. No obstante, fue después de su ausencia, en un momento muy crucial y dramático para mí, cuando un día pude conocer dicho libro y leerlo, y su lectura fue en extremo reveladora.
* * * * *
Nuestra familia había estado siempre muy unida. Creo que en ese sentido fuimos una familia ejemplar, y aún lo seguimos siendo, con un sentido del amor y la unión que trascendía las dificultades y contradicciones de la vida. Y esto fue importantísimo cuando tuve que tomar la más difícil de las decisiones de mi vida, pues conté con el apoyo y el cariño entrañable de todos ellos. No sólo de mis padres, lo cual hubiera sido natural, sino también de mis tíos y primos, herederos de aquella unión especial que habían forjado mis abuelos y padres.
En aquella familia me formé y a ella debo una parte de lo que soy. Por ello no puedo por menos, en ésta mi propia confesión, que retrotraerme a sus raíces, a las que forjaron mi educación y mi herencia. Pero tengo que empezar por decir que hubo un tiempo en el que traicioné todo aquello que había recibido, como traicioné otros valores que la vida me otorgaría después. Y anduve incierto entre los dos mundos de Hesse, el cálido, limpio y seguro del hogar familiar, y el tenebroso y nefasto de la traición y la mentira. Y en mi interior sufrí el desgarro entre el hombre de bien que quería ser y el del lobo que aullaba y me empujaba hacia la tentación. Después de un largo tiempo de peregrinación, de viaje y reflexión, creo haber hallado la luz y voy a intentar el proceso de redención de mí mismo. En esa difícil misión me hallo sumido. Con el pesar de la persona que ha cometido graves errores y desea subsanarlos. Y como entiendo solo se puede llegar a enmendar el mal, pidiendo perdón y rehaciendo mi vida.
Cuando inicié aquel viaje-peregrinación por los senderos de la vida, que me llevarían a esta confesión, no sabía ni el tiempo que duraría ni el lugar a donde me conduciría. Abandoné por un tiempo todo aquello que era mi entorno, mi hogar, mi trabajo, mi familia, mis amigos y en la más absoluta soledad me dirigí a los confines del mundo, al principio de la vida y de mi ser. Me adentré en los bosques silenciosos y umbríos, donde el sol penetra sesgado y en contraluz; anduve por los caminos de tierra, bordeando ríos de discurrir brioso, arroyos de aguas turbulentas, desfiladeros y cañadas, acompañado solo por los árboles y el viento. Escalé las más altas montañas, los picos más inaccesibles. Caminé por las llanuras de hierba. Llegué hasta el mar y al origen de todos los océanos, a sus orillas donde las mareas rompen sus faldas de espuma y escarcha y solo se escucha el bramido de las olas y el graznido de las aves salvajes. En ese mar me sumergí y nadé mi desesperanza. Pregunté a los sabios y a la gente sencilla por el sentido de la existencia y la razón primera. Anduve solo, en vigilia, en ascetismo, medité en silencio, purifiqué mi espíritu, y al final de mi viaje encontré al hombre que buscaba.
* * * * *
Toda infancia debería ser siempre feliz. La infancia debería ser siempre gozosa. El niño debería tener derecho en todo momento al amor y al cuidado, a la risa y al juego. A la ausencia de dolor y sufrimiento, dentro de lo humanamente posible. Mientras haya niños que sufran el mundo será un mundo deshumanizado y el progreso una utopía. El niño es el destello de la inocencia, el resplandor de la alegría. Sin el niño el mundo moriría de pena. ¿Sería posible la vida sin niños? ¿Sería posible la existencia si dentro de nosotros no habitara todavía el niño que un día fuimos? Me sumerjo en estas reflexiones al recordar mi propia niñez, que fue muy feliz. No quiero decir que fuera ideal o perfecta, pues hubiera sido irreal, pero si que fue —rememorando a Leibniz— la mejor de las infancias posibles. No quisiera moralizar, no debería, sólo hago reflexiones al tiempo que narro mi vida, pues toda confesión es, sin duda, el pensamiento libre, la meditación profunda, expresados por medio de la palabra.
Y al hacerlo rememoro con añoranza aquellos años de mi niñez, luminosos y alegres. Mi infancia transcurrió en Madrid, donde nací, y de donde eran oriundos mis padres y mis abuelos, a excepción de Elisa que había nacido en Canarias y que por eso era tan diferente a todos nosotros, castellanos puros y curtidos. Tenía una casa enorme donde vivía sola, a la que acudíamos con frecuencia la familia, mis padres y hermanos, mis tíos y primos. Cuando nos reuníamos éramos más de veinte personas, con muchísimos niños que correteábamos por toda la casa haciendo trastadas, disfrazándonos, organizando campamentos de indios y vaqueros, historias de guerreros medievales, y hasta partidos de fútbol, bueno los chicos, porque las chicas se instalaban en el mirador de la terraza jugando a las enfermeras, colegios, y por supuesto a las muñecas. Desde muy niños, los varones y las mujeres jugábamos a cosas distintas, a entretenimientos bien diferenciados, con una marcada preferencia por las cosas masculinas o femeninas, que surgía por instinto según correspondiera a los sexos. Por eso no creo en la igualdad total de los sexos, pues la naturaleza nos ha hecho distintos, aunque complementarios, y distintas son nuestras tendencias y aficiones. A mi juicio, la igualdad sólo debe entenderse en cuanto a oportunidades de educación y de trabajo, y en cuanto a la convivencia social. Pero en lo anímico y en lo biológico los hombres y las mujeres somos diferentes, cada uno con sus propias capacidades. Escribo esto con convencimiento, y por que he sido y soy un gran feminista. Admiro a la mujer y a todo lo femenino. Quizá se deba a que tuve dos hermanas a las que adoraba, así como numerosas primas que fueron casi hermanas, con las que disfruté mucho en aquellas veladas familiares. Elisa solía reunirnos el mismo día al conjunto entero de hijos y nietos pues quería mantener por encima de cualquier circunstancia y avatar el trato y la unidad de la familia. Y así fue, a pesar de que aquellas celebraciones eran multitudinarias y alborotadas, un auténtico jaleo en el que dejábamos la casa devastada. Pero lo pasábamos muy bien, por lo que aquellos días los conservo entre mis más queridos y entrañables recuerdos.
La casa de mis padres también era espaciosa y se ubicaba frente al Retiro. Era una casa privilegiada, un piso alto con grandes ventanales y terrazas sobre los frondosos jardines, lo cual la hacía hermosa y alegre. Quizá por eso cuando mucho más adelante me instalé a vivir en Nueva York busqué un apartamento que tuviera vistas al Central Park, y no descansé hasta que encontré lo que buscaba, un piso elevado que dominaba la ciudad y desde el que se divisaban los ríos East y Hudson y los jardines del parque neoyorkino, en el cual me hallo en la actualidad escribiendo esta confesión. Desde la casa de mis padres, en Madrid, se podía avistar una de las zonas más bellas de la ciudad, lo que era un entorno artístico neoclásico-ecléctico notable que abarcaba desde la Puerta de Alcalá, la Fuente de la Cibeles hasta el Museo del Prado y aledaños, mientras a nuestros pies se extendía el entramado boscoso del Retiro. Aún puedo imaginarme, con nitidez, aquella estampa lejana de entonces, con el Retiro frente al zaguán de mi casa, donde mis hermanas y yo pasábamos innumerables horas jugando, rodeados de vetustos árboles, de caminos recónditos, por donde los tres nos escapábamos persiguiendo, por entre los setos de boj y la hierba humedecida, a las ardillas amarronadas que correteaban ágiles y huidizas. Como nuestra infancia, perdida en el hilvanar de la memoria, no obstante, aún fresca y cercana.
* * * * *
El tiempo del colegio fue también inolvidable. En él labré mis primeras amistades, aquellas que nunca perecen, como las de la universidad. En el colegio del Pilar estudié lo que se conoce como primera enseñanza. El edificio, una venerable construcción neogótica, con arcos de ojiva y pináculos, se encontraba bastante cerca de mi casa, por lo que solía ir caminando hasta él, lo que me permitía callejear y contemplar el bullicio de la ciudad, su ajetreo, su despertar diario. Actividad que tanto me ha gustado practicar en todas las ciudades en las que he vivido desde entonces. Tenía algo mágico aquel despertar urbano, con la gente marchando a sus distintos quehaceres, los bares repletos, en donde entraba a desayunar un humeante café con leche y churros —que tanto echo de menos aquí en Nueva York—, los quioscos de periódicos, que me encantaba comprar y leer, pese a mi juventud, pues quería estar informado de las noticias del mundo, el olor a pan caliente de las panaderías, y las tiendas abriendo, con el clásico chirriar de las persianas metálicas. El despertar de la ciudad me parecía un espectáculo multicolor de sabores y olores. En su secuencia diaria, en su repetición cotidiana, el costumbrismo de la ciudad y su ajetreo de personas, influenciado por los filósofos hispanos del siglo XX, me producía un gran contento y sosiego de espíritu, me daba la sensación de continuidad permanente, de eternidad, la certeza de que aquello, pasara lo que pasara, nunca faltaría.
Solo mucho más tarde descubriría que al final todo pasa, porque en realidad las que pasamos somos las personas, pues en definitiva estamos sumergidas en el ámbito de lo temporal, en ese concepto fugaz que se llama tiempo. La ciudad permanece pero las personas pasamos y esas ¡ay!, son insustituibles. No obstante, resulta reconfortante que se produzca ese hálito de eternidad en lo cotidiano pues hace la vida mucho más llevadera. Mas en mi adolescencia yo no me percataba del paso del tiempo y disfrutaba la vida en toda su esencia, apuraba su néctar en la inminencia del presente. Pasado apenas yo tenía y el futuro, ese era todo mío. ¡Qué distinto se ve luego en la madurez! ¡Cuán vertiginoso resulta el transcurso del tiempo! El pasado ahora producía nostalgia y el futuro, ¡ese era tan incierto!, tan incierto como cierto sería su final un día. Y la ausencia de las personas que nunca volverían era inconsolable. Sólo la fe, de la que estuve tan distante mucho tiempo, hace soportable la ausencia de los seres queridos, y la esperanza en nuestro propio fin.
En el momento que ahora escribo esto me siento conmovido pues entre algunas de esas personas que faltan irremisiblemente se encuentran Elisa, que significó tanto para mí, y mi esposa Sophia, a la que conocí mucho después de mis años juveniles y que lo supuso todo en mi vida. Pero no quisiera todavía hablar de ella y adelantar acontecimientos. Tampoco quisiera dejarme envolver por la tristeza, he de sobreponerme, tengo aún mucho que hacer y que escribir y no podría hacerlo con ese peso. Fue gracias a todo lo que he leído por lo que he podido aprender a interpretar la vida en ese devenir. Las ideas que vienen a mi mente se hallan inspiradas en mis viejos amigos los libros. Casi nadie es original, pues todos vamos bebiendo de la experiencia de personajes anteriores. En realidad somos la suma de las experiencias de todos ellos, con el toque final de las propias vivencias y la personalidad que pueden dar una visión más o menos peculiar y genuina a lo que se dice o hace. Yo debo mucho de mi bagaje a todos los autores que he leído que han dejado en mi una huella indeleble.
La casa de mis padres era, ya digo, un balcón asomado al Retiro. Aún la conservan y es para mí el más preciado refugio cuando me encuentro cansado y perdido. Sin embargo, no me refugié en esa casa cuando hice mi purificación interior antes de esta confesión. No pude hacerlo. Por una cuestión de dignidad, de respeto a lo que suponía la casa paterna, en la que yo sabía que todo se me iba a perdonar a priori. La omití en mi viaje, como omití Madrid. Necesité estar solo y encontrar la verdad despojado de cualquier tipo de calor familiar o amistoso. Por eso hace mucho tiempo que no voy al que fue mi hogar, que no abrazo a mi madre, que no hablo con mis hermanas, aunque las dos me reclaman constantes. ¿Cómo podría hacerlo después de todo lo que ha pasado? Aun he de esperar, aún debo concluir mi escrito. En cambio, sí visité otros lugares de mi infancia. Como las playas de Levante y de Cádiz, donde habíamos pasado tantos veranos, o la isla de Tenerife, en pleno Océano Atlántico, pero las visité solo, conmigo mismo, con la única compañía de aquel libro que nunca había llegado a publicarse.
