La Vuelta de Martín Fierro - José Hernández - E-Book

La Vuelta de Martín Fierro E-Book

José Hernández

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Beschreibung

Tras años de exilio y sufrimiento, el legendario payador regresa para reencontrarse con su pasado y transmitir su sabiduría a las nuevas generaciones. Esta continuación profundiza en la redención y la reconciliación con la civilización sin perder la esencia del hombre de campo. Los consejos de un padre a sus hijos resuenan con una profundidad moral que trasciende el tiempo y el espacio. Es el cierre necesario para una leyenda que busca la paz tras una vida de batallas constantes.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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I

MARTÍN FIERRO

396 Atención pido al silencio y silencio a la atención, que voy en esta ocasión, si me ayuda la memoria, a mostrarles que a mi historia le faltaba lo mejor.

397 Viene uno como dormido cuando vuelve del desierto; veré si a esplicarme acierto entre gente tan bizzarra y si al sentir la guitarra de mi sueño me despierto.

398 Siento que mi pecho tiembla, que se turba mi razón, y de la viguela al son imploro a la alma de un sabio que venga a mover mi labio y alentar mi corazón.

399 Si no llego a treinta y una de fijo en treinta me planto, y esta confianza adelanto porque recibí en mi mismo, con el agua del bautismo, la facultá para el canto.

400 Tanto el pobre como el rico la razón me la han de dar; y si llegan a escuchar lo que esplicaré a mi modo, digo que no han de rair todos: algunos han de llorar.

401 Mucho tiene que contar el que tuvo que sufrir, y empezaré por pedir no duden de cuanto digo; pues debe creerse al testigo si no pagan por mentir.

402 Gracias le doy a la virgen, gracias le doy al Señor, porque entre tanto rigor y habiendo perdido tanto, no perdí mi amor al canto ni mi voz como cantor.

403 Que cante todo viviente otorgó el Eterno Padre; cante todo el que le cuadre como lo hacemos los dos pues sólo no tiene voz el ser que no tiene sangre.

404 Canta el pueblero… Y es pueta; canta el gaucho… Y, ¡ay Jesús!, Lo miran como avestruz, su inorancia los asombra; mas siempre sirven las sombras para distinguir la luz.

405 El campo es del inorante, el pueblo del hombre estruido; yo que en el campo he nacido digo que mis cantos son para los unos… Sonidos, y para otros… Intención.

406 Yo he conocido cantores que era un gusto el escuchar; mas no quieren opinar y se divierten cantando; pero yo canto opinando, que es mi modo de cantar.

407 El que va por esta senda cuanto sabe desembucha, y aunque mi cencia no es mucha, esto en mi favor previene; yo se el corazón que tiene el que con gusto me escucha.

408 Lo que pinta este pincel ni el tiempo lo ha de borrar; ninguno se ha de animar a corregirme la plana; no pinta quien tiene gana sino quien sabe pintar.

409 Y no piensen los oyentes que del saber hago alarde; he conocido aunque tarde, sin haberme arrepentido, que es pecado cometido el decir ciertas verdades.

410 Pero voy en mi camino y nada me ladiará; he de decir la verdá; de naides soy adulón; aqui no hay imitación; esta es pura realidá.

411 Y el que me quiera enmendar mucho tiene que saber; tiene mucho que aprender el que me sepa escuchar; tiene mucho que rumiar el que me quiera entender.

412 Más que yo y cuantos me oigan, más que las cosas que tratan, más que los que ellos relatan, mis cantos han de durar; mucho ha habido que mascar para echar esta bravata.

413

Brotan quejas de mi pecho, brota un lamento sentido; y es tanto lo que he sufrido y males de tal tamaño que reto a todos los años a que traigan el olvido.

414 Ya verán si me despierto cómo se compone el baile; y no se sorprenda naides si mayor fuego me anima; porque quiero alzar la prima como pa tocar al aire.

415 Y con la cuerda tirante dende que ese tono elija, yo no he de aflojar manija mientras que la voz no pierda, si no se corta la cuerda o no cede la clavija.

416 Aunque rompí el estrumento por no volverme a tentar, tengo tanto que contar y cosas de tal calibre, que Dios quiera que se libre el que me enseñó a templar.

417 De naides sigo el ejemplo, naides a dirigirme viene; yo digo cuanto conviene, y el que en tal güeya se planta, debe cantar, cuando canta, con toda la voz que tiene.

418 He visto rodar la bola y no se quiere parar; al fin de tanto rodar me he decidido a venir a ver si puedo vivir y me dejan trabajar.

419 Sé dirigir la mansera y tambien echar un pial; sé correr en un rodeo, trabajar en un corral; me se sentar en un pértigo lo mesmo que en un bagual.

420 Y enpriéstenmé su atención si ansí me quieren honrar de no, tendré que callar, pues el pájaro cantor jamás se para de cantar en árbol que no da flor.

421 Hay trapitos que golpiar y de aquí no me levanto; si quieren que desembuche: tengo que decirles tanto que les mando que me escuchen.

422 Déjenmé tomar un trago: estas son otras cuarenta mi garganta esta sedienta, y de esto no me abochorno, pues el viejo, como el horno, por la boca se calienta.

II

423 Triste suena mi guitarra y el sunto lo requiere; ninguno alegrías espere sino sentidos lamentos de aquel que en duros tormentos nace, crece, vive y muere.

424 Es triste dejar sus pagos y largarse a tierra ajena llevándose la alma llena de tormentos y dolores; mas nos llevan los rigores como el pampero a la arena.

425 Irse a cruzar el desierto lo mesmo que un forajido, dejando aquí en el olvido, como dejamos nosotros, su mujer en brazos de otro y sus hijitos perdidos.

426 ¡Cuantas veces al cruzar en esa inmensa llanura, al verse en tal desventura y tan lejos de los suyos, se tira uno entre los yuyos a llorar con amargura!

427 En la orilla de un arroyo solitario lo pasaba, en mil cosas cavilaba y, a una güelta repentina, se me hacía ver a mi china o escuchar que me llamaba.

428 Y las aguas serenitas bebe el pingo trago a trago, mientras sin ningún halago pasa uno hasta sin comer, por pensar en su mujer, en sus hijos y en su pago.

429 Recordarán que con Cruz para el desierto tiramos en la pampa nos entramos, cayendo, por fin del viaje, a unos toldos de salvajes, los primeros que encontramos.

430 La desgracia nos seguía: llegamos en mal momento; estaban de parlamento tratando de una invasión y el indio en tal ocasión recela hasta de su aliento.

431 Se armó un tremendo alboroto cuando nos vieron llegar; no podiamos aplacar tan peligroso hervidero; nos tomaron por bomberos y nos quisieron lanciar.

432 Nos quitaron los caballos a los muy pocos minutos; estaban irresolutos; ¡quién sabe qué pretendían! Por los ojos nos metían las lanzas aquellos brutos.

433 Y déle en su lengüeteo hacer gestos y cabriolas; uno desató las bolas y se nos vino enseguida; ya no créiamos con vida salvar ni por carambola.

434 Alla no hay misericordia ni esperanza que tener; el indio es de parecer que siempre matar se debe, pues la sangre que no bebe le gusta verla correr.

435 Cruz se dispuso a morir peliando y me convidó. "Aguantemos", dije yo, "El fuego hasta que nos queme". Menos los peligros teme quien más veces lo venció.

436 Se debe ser mas prudente cuando el peligro es mayor; siempre se salva mejor andando con alvertencia porque no está la prudencia reñida con el valor.

437 Vino al fin el lenguaraz como a trairnos el perdón; nos dijo: "La salvación se la deben a un cacique; me manda que les esplique que se trata de un malón."

438 "Les ha dicho a los demás que ustedes quedan cautivos por si cain algunos vivos en poder de los cristianos, rescatar a sus hermanos con estos dos fugitivos."

439 Volvieron al parlamento a tratar de sus alianzas, o tal vez de las matanzas, y, conforme les detallo, hicieron cerco a caballo recostándose en las lanzas.

440 Dentra al centro un indio viejo y alli a lengüetiar se larga; ¡quién sabe qué les encarga! Pero toda la riunión lo escuchó con atención lo menos tres horas largas.

441 Pegó al fin tres alaridos y ya principiaba otra danza; para mostrar su pujanza y dar pruebas de jinete, dió riendas rayando el flete y revoliando la lanza.

442 Recorre luego la fila, frente a cada indio se para, lo amenaza cara a cara y, en su juria, aquel maldito acompaña con su grito el cimbrar de la tacuara.

443 Se vuelve aquello un incendio mas feo que la mesma guerra: entre una nube de tierra se hizo allí una mezcolanza de potros, indios y lanzas, con alaridos que aterran.

444 Parece un baile de fieras sigún yo me lo imagino; era inmenso el remolino, las voces aterradoras; hasta que al fin de dos horas se aplacó aquel torbellino.

445 De noche formaban cerco y en el centro nos ponían; para mostrar que querían quitarnos toda esperanza, ocho o diez filas de lanzas alrrededor nos hacían.

446 Allí estaban vigilante cuidandonos a porfía; cuando roncar parecían "Huincá", gritaba cualquiera, y toda la fila entera "Huincá", "Huincá", repetía.

447 Pero el indio es dormilón y tiene un sueño projundo; es roncador sin segundo y en tal confianza es su vida, que ronca a pata tendida aunque se de güelta el mundo.

448 Nos aviriguaban todo como aquel que se previene, porque siempre les conviene saber las juerzas que andan, donde estan, quienes las mandan, que caballos y armas tienen.

449 A cada respuesta nuestra uno hace una esclamación, y luego en continuación aquellos indios feroces, cientos y cientos de voces repiten al mesmo son.

450 Y aquella voz de un solo, que empieza por un gruñido, lega hasta ser alarido de toda la muchedumbre, y ansí adquieren la costumbre de pegar esos bramidos.

III

451 De ese modo nos hallamos empeñaos en la partida; no hay que darla por perdida por dura que sea la suerte, ni que pensar en la muerte, sino en soportar la vida.

452 Se endurece el corazón, no teme peligro alguno; por encontrarlo oportuno allí juramos los dos: respetar tan sólo a Dios; de Dios abajo, a ninguno.

453 El mal es árbol que crece y que cortado retoña; la gente esperta o bisoña sufre de infinitos modos; la tierra es madre de todos, pero también da ponzoña.

454 Mas todo varón prudente sufre tranquilo sus males; yo siempre los hallo iguales en cualquier senda que elijo; la desgracia tiene hijos, aunque ella no tiene madre.

455 Y al que le toca la herencia, donde quiera halla su ruina: lo que la suerte destina no puede el hombre evitar, porque el cardo ha de pinchar es que nace con espinas.

456 Es el destino del pobre un continuo zafarrancho y pasa como el carancho, porque el mal nunca se sacia, si el viento de la desgracia vuela las pajas del rancho.

457 Mas quien manda los pesares manda también el consuelo: la luz que baja del cielo alumbra al más encumbrao, y hasta el pelo mas delgao hace su sombra en el suelo.

458 Pero por más que uno sufra un rigor que lo atormente, no debe bajar la frente nunca, por ningún motivo: el álamo es mas altivo y gime constantemente.

459 El indio pasa la vida robando o echao de panza; la única ley es la lanza a que se ha de someter: lo que le falta en saber lo suple con descondianza.

460 Fuera cosa de engarzarlo a un indio caritativo: es duro con el cautivo, le dan un trato horroroso; es astuto y receloso, es audaz y vengativo.

461 No hay que pedirle favor ni que aguardar tolerancia; movidos por su inorancia y de puro desconfiaos, nos pusieron separaos bajo sutil vigilancia.

462 No pude tener con Cruz ninguna conversación: no nos daban ocasión, nos trataban como ajenos como dos años, lo menos, duro esta separación.

463 Relatar nuestras penurias fuera alargar el asunto. Les diré sobre este punto que a los dos años recién nos hizo el cacique el bien de dejarnos vivir juntos.

464 Nos retiramos con Cruz a la orilla de un pajal; por no pasarlo tan mal hicimos como un bendito en el desierto infinito, con dos cueros de bagual.

465 Fuimos a esconder allí nuestra pobre situación, aliviando con la unión aquel duro cautiverio, tristes como un cementerio al toque de la oración.

466 Debe el hombre ser valiente si ha rodar se determina, primero, cuando camina; segundo, cuando descansa; pues en aquellas andanzas perece el que se acoquina.

467 Cuando es manso el ternerito en cualquier vaca se priende; el que es gaucho esto lo entiende y ha de entender si le digo que andábamos con mi amigo como pan que no se vende.

468 Guarecidos en el toldo charlábamos mano a mano: eramos dos veteranos mansos pa las sabandijas, arrumbaos como cubijas cuando calienta el verano.

469 El alimento no abunda por mas empeño que se haga; lo pasa uno como plaga, ejercitando la industria, y siempre como la nutria viviendo a la orilla del agua.

470 En semejante ejercicio se hace diestro el cazador: cai el piche engordador, cai el pájaro que trina; todo bicho que camina va parar al asador.

471 Pues allí a los cuatro vientos la persecución se lleva; nadie escapa de la leva y dende que el alba asoma ya recorre uno la loma, el bajo, el nido y la cueva.

472 El que vive de la caza a cualquier bicho se atreve, que pluma o cáscara lleve, pues, cuando la hambre se siente, el hombre le clava el diente a todo lo que se mueve.

473 En las sagradas alturas esta el Maistro principal que enseña a cada animal a procurarse el sustento, y le brinda el alimento a todo ser racional.

474 Y aves y bichos y pejes se mantienen de mil modos: pero el hombre en su acomodo es curioso de oservar: es el que sabe llorar y es el que los come a todos.

IV

475 Antes de aclarar el día empieza el indio a aturdir la pampa con su rugir, y en alguna madrugada, sin que sintiéramos nada, se largaban a invadir.