Las huellas ocultas de Dios - Antonio Gargallo Gil - E-Book

Las huellas ocultas de Dios E-Book

Antonio Gargallo Gil

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Beschreibung

David Vidal Zafartti es un prestigioso científico afincado en Harvard cuyas investigaciones le llevan a postularse como futuro premio Nobel; sin embargo, una inesperada tragedia le mueve a cambiar el rumbo de su vida. Una mañana rutinaria, cuando se dirigía a su lugar de trabajo, un joven que caminaba delante de él fue atropellado al atravesar un paso de cebra. La negligencia del conductor acabó en el peor de los desenlaces posibles y el joven muere ante el estupor del científico que sintió la caricia de la muerte. Tras el fatídico accidente, David se replanteará su vida y decidirá dejar su trabajo y cambiar de investigación, para centrarse en la incipiente y frenética búsqueda de Dios con el fin de descubrir si el Todopoderoso existe o es un mito creado por los propios hombres. Una decisión que le hará perder su popularidad, su prestigio, sus amigos e incluso a su novia. Comenzará una aventura que le sumergirá en la apasionante historia del judaísmo desde donde comenzará su investigación para seguir las huellas de Dios que, de forma inexorable, le conducirán hasta Jerusalén. En la búsqueda de esas huellas, ¿será capaz de descubrir a Dios?

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Seitenzahl: 436

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Edición enero 2021

© Editorial Santidad

www.editorialsantidad.com

[email protected]

Fotografía de portada H.Koppdelaney

© Todos los derechos reservados. Queda rigurosamente prohibido, bajo las sanciones establecidas en las leyes, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra que solo puede ser realizada con la autorización del autor.

Depósito legal: J-155-2016

ISBN: 9788418631078

Prólogo

Supongo que a lo largo de nuestra existencia llegan momentos en los que uno se tiene que replantear muchas cosas porque la vida se acaba. Sí, efectivamente, somos finitos y prescindibles, aunque a veces no seamos realmente conscientes de ello. Un duro trance que todo el mundo tendrá que afrontar en igualdad de condiciones: un último suspiro y ya no existes. Da igual que seas rico o pobre, negro o blanco, hombre o mujer, el principio y el final de la vida es igual para todos: nacer para morir. Moriremos como cualquier bestia del campo, sin paliativos, lo que me hace cuestionarme severamente una pregunta sin fácil respuesta: ¿por qué el hombre tiene tan triste final?

Yo no sé si al cruzar la barrera de los cuarenta entré en una crisis existencial, pero fue el detonante para remover los cimientos de mi vida; un punto de inflexión que marcó un antes y un después en mi devenir. Algo, por otra parte, necesario, principalmente porque mi vida carecía de sentido pleno, a pesar del éxito, la fama, el prestigio y el alto estatus social que había adquirido, pero que, lejos de apaciguar mi corazón, la inquietud me devoraba y veía cómo el pozo de las desidias iba haciéndose más profundo, hasta que la oscuridad se adueñó de una parte de mi ser.

¿Cómo un acreditado científico que aparentemente lo tenía todo podía sentir un incómodo e incomprensible vacío? Difícil respuesta, principalmente porque sabía que eran muchos los hombres que envidiaban mi posición y yo, sin embargo, me hubiese cambiado por cualquiera de aquellos que desprendían un halo de paz en sus miradas. Con esto no quiero decir que fuese un pobre amargado, ni mucho menos. Era feliz, pero no plenamente. ¡Me faltaba algo y no sabía el qué!

Lo cierto es que al principio maldije ese despertar porque verdaderamente fui consciente de que había nacido con un reloj biológico que, desde el minuto uno, comenzaba en forma de cuenta atrás. Para algunos duraría un año, cinco, veinte, ochenta…, pero tarde o temprano, sin previo aviso o de forma accidental, acabaría apagándose como las estrellas.

Un sinfín de preguntas comenzó a atormentarme y, de repente, ese mundo que me había creado a mi alrededor dejó de tener sentido. ¿De qué me servía todo lo que estaba haciendo si, tal vez, al día siguiente podía estar pudriéndome bajo tierra, descomponiéndome y siendo devorado por larvas? ¡Todo resultaba tan trivial!

Fue entonces cuando me di cuenta de que había cultivado mi mente de forma portentosa, así como el físico, pero a pesar de todo había algo en mí que no funcionaba. Enseguida sospeché de lo que se podría tratar: ¿acaso el hombre era espiritual por naturaleza? Una pregunta que enlazaba con otra: ¿existía Dios o era un invento del hombre para calmar nuestros temores acerca de la muerte? Como científico necesitaba evidencias, pruebas reales de su existencia, de su veracidad, nada de conjeturas o hipótesis. ¡Tenía que ir tras las huellas ocultas de Dios!

El mero planteamiento de tan ambicioso proyecto fue como un bálsamo revitalizador capaz de tonificar tu piel y tu espíritu. Pero antes de relatar mi historia, solo decir que jamás en mi vida había realizado una investigación tan apasionante, donde la emoción me acompañó en cada uno de mis pasos. Por ello he considerado importante hacer públicos los resultados de mi hallazgo, a sabiendas de que la fe de millones de personas podría tambalearse o, por el contrario, despertar la llama fúlgida de la fe en quienes no la tienen al desvelar tan fascinante misterio.

Aquí dejo, por tanto, mi legado. Una historia conmovedora, además de real, y que espero sirva para que muchas personas vean la vida de otra manera, tal cual la veo yo en estos momentos. Solo les avanzo que, ahora, soy inmensamente feliz...

1

Vamos a hacer limpieza general o, mejor todavía, una mudanza que nos permita abandonar las cosas sin tocarlas siquiera, sin mancharnos, dejándolas donde han estado siempre; vamos a irnos nosotros, vida mía, para empezar a acumular de nuevo. O vamos a prenderle fuego a todo y a quedarnos en paz, con esa imagen de las brasas del mundo ante los ojos y con el corazón deshabitado.

Ramón María del Valle Inclán

Me llamo David Vidal Zafartti y me gradué en Física en la prestigiosa Universidad de Harvard, en Cambridge, una ciudad intercultural del estado de Massachusetts en el noreste de Estados Unidos.

Podría alardear de un fabuloso currículo donde todo ha sido reconocimientos, premios y un más que consolidado alto estatus social fruto de mi trayectoria en el campo de la investigación, a punto incluso de ser laureado con el Premio Nobel de Física y que, por fortuna o por desgracia, no lo recibí, dado que me retiré de una las investigaciones más punteras cuando el proyecto ya estaba completamente desarrollado. Una decisión difícil y, para muchos, incomprensible.

Todavía resuenan en mi interior las palabras de mi compañera de investigación, Sophie Clerk, cuando la informé que abandonaba uno de los proyectos más ambiciosos en el campo de la Física: «He conocido a muchas personas que han tirado su vida por la borda en un segundo. Por favor, ¡no hagas tú lo mismo cuanto tienes al alcance de tus manos uno de los más grandiosos descubrimientos!».

No la escuché, aunque sus palabras fueron proféticas en cierta manera. Por mucho que les cueste creer, de ser admirado y respetado, en un pequeño intervalo de tiempo pasé a ser humillado y criticado. ¿Curioso, verdad? Los que supuestamente eran amigos, dejaron de serlo, lo cual pronto me hizo entender que estaban al arrimo del éxito y que era lo único que les interesaba de mí.¡Qué más da! El caso es que me sirvió para depurarme de la falsedad y la hipocresía que se habían incrustado en mi vida como la mugre lo hace en la ropa de un vagabundo.

Aunque no quiero hablar de mi pasado, de mi curriculum vitae o de mis investigaciones pasadas, por muy interesantes que pudiesen resultar a la comunidad científica y al público en general, me ceñiré a explicar brevemente mis orígenes, que, en parte, fueron los que me motivaron a realizar la más apasionante y vibrante de mis investigaciones.

Supongo que más de uno se habrá percatado de mis apellidos. Sí, efectivamente, soy judío-cristiano, hijo de padre español y madre judía. Mi padre fue comercial de exportación de una azulejera valenciana y en uno de sus viajes a Israel se enamoró de una bella israelí cuyo amor fue correspondido. Debido a la inestabilidad del país, optaron por establecer su residencia en España y, mi padre, que es muy creyente, le propuso a mi madre casarse por la Iglesia. La mujer no puso impedimento, no es que renegase de sus creencias o tuviese que convertirse al cristianismo para ello, sino que simplemente tendría que aceptar que cuando tuviese hijos fuesen bautizados. Y así sucedió con los cinco hijos que tuvo, yo, el menor, el más crítico y escéptico en cuanto a la fe se refiere, y, por cierto, el que más sufrió por culpa de los malditos sesgos religiosos: «David, ¿qué has cenado hoy, judías?» o «Está judío el asunto», eran algunos de los típicos chistes que tenía que soportar de mis compañeros de clase. Aunque más graves fueron los insultos que parecían contagiarse como el virus de la gripe: «Judío sucio», «Haznos un favor y márchate a tu país a hacer una plantación de judías» o amenazas del tipo: «Tendríais que desaparecer del mapa todos los judíos»; aunque la guinda se la llevaban aquellos que intentaban mofarse a través de las penurias que pasaron los judíos en el holocausto: «¡Ojalá Hitler levantara la cabeza y os pusiese a todos donde merecéis!». ¡Nunca lo entendí! ¿A qué se debía tanto odio al pueblo judío? ¿Acaso no éramos seres humanos?

Gracias a la presión social me vi forzado a renegar de mis orígenes, de la religión y de todo aquello que tuviese que ver con el judaísmo. Hasta el día en el que, por fortuna o por desgracia —ambas circunstancias estuvieron presentes—, desperté a la vida.

Recuerdo que era una mañana fría de invierno, concretamente el 2 de diciembre de 2012, cuando me dirigía hacia el trabajo entre el halo blanco que el aliento formaba al besar el aire. Todo sucedió extremadamente rápido, pero lo que puedo relatar es que vi la muerte tan de cerca que, de repente, todos los pilares de mi vida se derrumbaron como una torre de naipes donde no quedaron siquiera los cimientos.

Aún escribiendo estas letras percibo el olor a neumático quemado que dejó el coche que se saltó aquel maldito semáforo en rojo y se llevó por delante al muchacho que iba justo delante de mí y que acabó con la cabeza partida sobre el asfalto.

Los gritos y el pánico se incrustaron entre la decena de viandantes que estábamos atravesando en silencio el paso de cebra que condujo a la muerte instantánea a quien nos precedía como si de un pastor se tratara.

La policía y los servicios médicos vinieron de inmediato, pero nada pudieron hacer por devolver la vida a quien ya la había perdido.

Llegué al trabajo temblando, realmente consciente de que la muerte me dejó su tarjeta de presentación tras acariciarme con su tenebroso poder, aunque tuvo la benevolencia de darme otra oportunidad. ¡Fue como un renacer de nuevo!

Por la noche, tuve verdaderos problemas para conciliar el sueño. No hacía más que revivir la escena más cruel que habían contemplado mis ojos. Era realmente consciente de que mientras yo estaba al abrigo de mis mantas, aquel maltrecho joven estaría postrado en un ataúd rodeado de sus seres queridos que llorarían amargamente tan incomprensible pérdida.

Las preguntas se agolpaban en mi mente como cuando las puertas del metro se abren y decenas de personas intentan entrar a la vez. ¿Por qué no salió antes de su casa aquel imprudente conductor para no verse en la tesitura de tener que saltarse el semáforo para no llegar tarde a su trabajo? ¿Qué habría ocurrido si hubiese caminado a la par con aquel joven? ¡Ya no estaría presente! Y en el caso de haber muerto, ¿me habría ido en paz? ¿Realmente había sacado el máximo partido a la vida?

Maldita sea, tuve que ser sincero conmigo mismo: ¡No!

Mi vida estaba teñida de vanagloria, en una carrera por querer destacar sobre los demás, ser reconocido y rodearme del poder que otorga el dinero, el lujo y la fama. Bien era cierto que lo había conseguido todo hasta llegar al escalafón más alto, donde el Premio Nobel me esperaba revoloteando con sus alas doradas para seguir engrandeciendo mi nombre y mi orgullo. Todo era ambición envuelta de un turbio vacío que, ahora entiendo, se trataba de la causa principal de mis noches de insomnio.

Durante tres días fue incapaz de pegar ojo, intentando evitar formular la pregunta que brotaba en mi interior y que, sin embargo, no quería que viese la luz. ¿Por miedo? ¿Por orgullo? ¡Qué sé yo! El caso es que no tuve más remedio que ponerle voz: ¿realmente existía un Creador y todo el cosmos estaba bajo sus leyes?

Como científico me negaba rotundamente a aceptar a ese Dios al que tantas cosas tenía que reprochar, principalmente por la incomprensión de la muerte, el mal, el hambre, las guerras, las enfermedades y tantas penurias que rodeaban al ser humano y que, a mi juicio, cualquier ser Todopoderoso, si realmente tuviese poder, podría haber eliminado o, simplemente, no haber creado.

En medio de aquella turbulenta batalla de pensamientos, me surgió repentinamente una cuestión: «¿qué tipo de investigador soy que antepongo mi creencia a la evidencia?».

La pregunta no sé cómo ni de dónde brotó, pero si realmente quería descubrir la existencia o no de Dios tendría que mantenerme completamente imparcial, dejando mis prejuicios a un lado y centrarme con exquisita neutralidad en la investigación. Partiría de una hipótesis en forma de pregunta y a partir de ahí realizaría las investigaciones pertinentes para dar respuesta a la misma: ¿existe Dios?

Lo que sí puedo confesar es que el proyecto de investigación que aquella noche nació en medio de la fatiga, el cansancio y la preocupación me envolvió de tal forma que a la mañana siguiente, sin el menor resquicio de duda, me levanté con el coraje suficiente para informar a mi equipo de mi renuncia al importantísimo proyecto que teníamos entre manos y que, como ya he avanzado, marcaría un antes y un después en mi vida.

Tardaría casi quince días en poder centrarme y crear un plan de actuación que, a priori, me resultaba fascinante. Y, la verdad, fue todo un acierto, a pesar de la incomprensión de la comunidad científica y aquellos altos cargos de los que me rodeé que no hacían otra cosa que llamarme por teléfono para pedirme una explicación razonable a mi decisión de abandonar la investigación de Harvard y que algunos achacaron a una locura transitoria.

Si la incomprensión me apedreó con la infamia y una más que ficticia demencia, el punto de inflexión vendría marcado por la decisión de Samanta de poner fin a nuestra relación tras tres años intensos de noviazgo. Lloré, claro que lloré, pero no por ella, sino porque me di cuenta de la falsedad de la gente de la que me había rodeado. En cuanto desaparecí de las revistas y los focos de las cámaras de televisión se desviaron de la puerta de mi casa, también se llevaron consigo a aquella belleza neoyorquina con carita de porcelana. Esta me dio una de las mayores lecciones de mi vida al enseñarme que se puede estar saliendo con la fama y el dinero, no con la persona en sí, pues yo no era más que el instrumento que le permitía llenar su ego de vanagloria. No obstante, tengo que agradecerle aquella bofetada que me sacó de Harvard porque me permitió romper con todo mi presente y empezar un nuevo futuro.

En apenas dos días conseguí vender o, mejor dicho, malvender, todos mis bienes: un lujoso piso de cien metros cuadrados y el Ferrari con el que me escapaba los fines de semana con Samanta.

Satisfecho de poner tierra de por medio con el pasado, cogí un avión y regresé a mi tierra madre, a España, con la clara idea de nunca volver a los Estados Unidos, el lugar donde el dinero era el eje central de las personas y el motor de la existencia. Pero, ¿qué era yo? No podía ocultarlo, yo era otro títere del dios don dinero. Llevaba puestas tantas máscaras encima que dudaba si sería capaz de descubrir quién era realmente y cuál era mi verdadero objetivo en la vida. Me consolé pensando que al menos todavía me quedaban días de vida para bucear en mi interior y buscar el ser que se escondía tras la fachada del prestigio, la fama y el poder.

Cuando llegué a Madrid, después de mucho tiempo, me sentí raro. No había nadie esperándome, ni cámaras, ni fotógrafos ni ningún alto cargo atendiendo mi llegada. ¡Nadie me conocía! Era uno más entre los miles de personas anónimas que recorrían los largos pasillos del aeropuerto de Barajas. Un aire de libertad que, al principio, mi orgullo atacó con fiereza: «Nadie me mira y nadie me detiene para hacerse una fotografía conmigo. ¡Ni siquiera he firmado un solo autógrafo cuando estoy a punto de abandonar el aeropuerto! Pero ¿cómo pueden ser tan incultos mis compatriotas y no saber que están ante uno de los científicos más prestigiosos del mundo?».

Salí cabizbajo y cuando me disponía a coger un taxi que me llevaría hasta mi casa natural en Toledo, donde mis padres y mis hermanos me estarían esperando con los brazos abiertos después de siete años sin dar señales de vida más que por videoconferencia, me surgió una duda: «¿Y por qué no utilizo el trasporte público como la inmensa mayoría de pasajeros?».

La experiencia me resultó dura, pero maravillosa. Estaba realmente fatigado, llevaba desde las seis de la mañana levantado y ya eran las cuatro de la tarde. Para colmo, tuve que esperar durante dos horas en la estación hasta que salió mi autobús, un incómodo y lento medio de locomoción que no utilizaba desde que era un adolescente. Pero, gracias a mi ímpetu por iniciar una nueva vida, pude por fin dejar a un lado todos los quebraderos de cabeza que traía conmigo para pasar página de una vez por todas y para siempre, factor esencial para poder centrarme por completo en mi nueva investigación y que, en realidad, no sabía ni cómo empezar.

No sé si fue la casualidad o el propio destino, pero el caso es que ocupé asiento junto a una señora alta y con el pelo recogido, de aspecto tranquilo y bonachón, que estaba conectada con los cascos en su iPhone viendo un vídeo. Al estar el autobús en silencio, dado que el hombre cada vez se comunica menos en los medios de transporte y no suele entablar comunicación con personas desconocidas, pude escuchar con nitidez la voz varonil de quien estaba hablando en aquellos momentos, aunque por el reflejo de la luz y al tener el aparato ligeramente ladeado me fue imposible ver la pantalla. Aquel testimonio, realmente increíble y conmovedor, me permitió trazar un plan de actuación que, antes incluso de llegar a mi destino, ya tenía perfectamente desarrollado. Tomé notas sin parar y sentí paz, mucha paz, porque tenía claro que había diseñado el plan perfecto para ir en búsqueda y captura de Dios. ¡Qué emocionante!

Cuando llegué a mi destino, casi me saltan las lágrimas al ver de nuevo la ciudad que me vio nacer, donde pasé mi niñez y gran parte de mi juventud. ¡Cuántos recuerdos pueden vagar invisibles por los lugares que con generosidad nos abrazaron un día con su silencio!

Mis ojos recibieron el reflejo señorial que desprendían sus edificios y, nada más poner mis pies en el asfalto teñido de color ceniza, me di cuenta de que estaba en el lugar idóneo donde podría comenzar mi investigación: en la ciudad imperial, Patrimonio de la Humanidad desde 1986 y antigua sede de la Corte de Castilla donde moró Carlos I, que era también conocida como «la ciudad de las tres culturas», por haber estado poblada durante siglos por cristianos, judíos y musulmanes. Las tres religiones monoteístas más importantes y antiguas de la humanidad, donde tendría que poner el foco de mi investigación. No tenía sentido indagar en las religiones politeístas, partiendo de que me resultaba una controversia y un sin sentido llegar a creer que el mundo estaba regido por varios dioses, como creían los griegos de antaño.

A paso ligero y arrastrando la pesada maleta de ruedas como única compañera de viaje, me adentré en el entramado de muros y callejuelas del barrio judío donde mi familia moraba por deseo explícito de mi madre, quien creyó que podría adaptarse mejor a la cultura española si al menos se envolvía de la herencia de sus antepasados. Y mi padre, consciente del esfuerzo que esta había realizado al dejarlo todo por él, de forma comprensiva y sin el menor impedimento, él dejo también su ciudad natal, Valencia, e hizo el esfuerzo de adquirir una vieja casona toledana que con el tiempo fueron reformando y dándole vida hasta convertirla en un confortable hogar.

Llegué exhausto y con un sentimiento que no sabría explicar muy bien. Era una mezcla de alegría, nostalgia, nerviosismo y miedo. Sí, miedo de mis fantasmas del pasado, aquellos que me torturaron con la discriminación, la incomprensión y la amargura de no poder ser y desarrollarme con la autenticidad que merece todo ser único e irrepetible. Al menos me enseñaron a aceptar la crítica y respetar a todo ser humano con independencia de la raza, sexo o religión, aunque reconozco que fueron los principales culpables de llevarme al éxito por quererles demostrar continuamente que era un ser válido, lo cual al final me condujo al bucle de las apariencias, las máscaras y el vacío espiritual.

Toqué al timbre y cogí aire. En breve vería a mis padres y, tal vez, a algunos de mis hermanos, a quienes no sabía cómo les habría sentado el paso del tiempo y, lo cierto es que me conmovió la crueldad con la que había castigado a la persona, ya anciana, que me abrió la puerta. ¡Cómo pudo envejecer tanto mi madre en siete años! Tal vez porque ya era octogenaria y mi egoísmo hizo que no fuese consciente de ello hasta aquel preciso momento.

Su mirada, limpia como un manantial de agua pura, me desgarró el corazón al contemplar cómo las arrugas recorrían su piel al igual que los surcos de un campo labrado. La abracé con lágrimas en los ojos, complemente emocionado porque era consciente de que perfectamente podría haberse dado el caso de que ya no hubiese estado allí para abrirme la puerta. ¿Cómo pude estar tantos años ciego y hacer caso omiso a sus invitaciones por Navidad?: «Es que tengo mucho trabajo…»; pasó un año más: «De verdad que este año me va fatal, tenemos el proyecto muy avanzado y me resulta imposible, a ver si al próximo…»; «Tengo una conferencia importantísima donde acudirá el mismísimo Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama…». Y así continuamente, excusa tras excusa, donde la familia, a pesar de mi amor y mi respeto hacia cada uno de los miembros que la formábamos, parecía estar relegada a un segundo lugar, mientras mis compromisos ocupaban el trono de una vida repleta de vanagloria. ¡Cuán equivocado estaba!

—Gracias, hijo mío, por venir —recuerdo que me dijo completamente emocionada de volver a ver a su retoño—. Creí que estas Navidades también estaría tu silla vacía, pero no, has venido por fin —me miró a los ojos con una dulzura infinita, me abrazó y añadió—: Gracias, gracias, gracias, ahora sí que podré vivir una verdadera Navidad, con todos, contigo, tus hermanos, tus sobrinas…

Su voz se perdió en las inmensidades de mi ser cuando mencionó a mis tres sobrinas que ni siquiera conocía y, repentinamente, se despertó en mí un deseo innato de conocer a las tres niñas que ni siquiera recordaba cómo se llamaban. No solo había estado ciego, sino sordo y mudo.

«¿Serán capaces de perdonarme mis hermanos?», me pregunté al ser verdaderamente consciente de que los había dejado de lado, con un desarraigo enfermizo y el cual en aquellos momentos podía saborear con amargura y una pena infinita.

—Perdóname —fueron las únicas palabras que pude pronunciar porque mis ojos seguían nublados y mi garganta quedó presa de la emoción.

Si la imagen de mi madre desgarró mi corazón, la de mi padre consiguió descuartizarme el alma. Aquel hombre fuerte que me levantaba con un solo brazo cuando era niño, se había transformado en un viejecito que el tiempo parecía que se hubiese cebado con él de forma inmisericorde. Afinado en una silla de ruedas y con profundas ojeras mostraba la debilidad de un bebé.

—El gran David —me dijo esforzándose por sonreír.

Me arrodillé y lo abracé como nunca lo había hecho antes y vinieron a mi mente las palabras que me dijo un día y que casi omití: «Por aquí se te echa de menos. El otro día me caí y me rompí la cadera…». A lo que respondí sin darle la mayor importancia: «No te preocupes, te pondrás bien enseguida».

El reflejo de los ojos de mis padres me mostraba el ser en el que me había convertido y, al menos, si algo tenía claro es que no quería vestigio alguno de ese monstruo desalmado en el que me había convertido sin apenas darme cuenta, cuando en mi interior pensaba que estaba realizando un gran trabajo para la humanidad, inconsciente de que en el fondo había más interés de ser reconocido que de realizar un bien para la humanidad. ¿Acaso habría sido capaz de realizar todo aquel trabajo de forma anónima y gratuita? Si hubiese sido capaz de responder un rotundo sí, podría haberme excusado en cierta manera, pero, al no darse el caso, descubrí que estaba bajo los efectos de la envenenada picadura del éxito y la autocomplacencia. ¡Menuda lección me dieron mis padres con su mera presencia!

Lo mejor de todo es que al sentarme en el salón de mi casa supe que en la puerta de entrada se habían caído muchas de las máscaras que llevaba conmigo y la opresión que sentía en mi pecho se iba aligerando.

Como no pude ver a mis hermanos aquella tarde-noche —nos reencontraríamos todos en Nochebuena en una inolvidable velada—, esto me permitió centrarme en mis padres y conversar con ellos largo y tendido. No sé ni cómo ni por qué, pero un ávido interés por conocer más acerca de sus vidas se iba despertando en mí. Mucho más cuando fui verdaderamente consciente de que ellos podrían desempeñar un rol importantísimo en mi investigación y, de hecho, se convertirían en los pilares fundamentales de la misma, teniendo en cuenta que mi madre era judía y mi padre cristiano.

Me acosté pletórico. ¿Acaso podía pedir más? Haría lo que más me gustaba, investigar; utilizaría como oficina mi habitación y mis padres, Esther y José, serían los principales protagonistas de la misma.

Estaba tan entusiasmado que antes de acostarme ya ansiaba despertarme para iniciar la aventura más entrañable de toda mi vida.

2

Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: «Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del Cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra».

(Génesis 1, 27-28).

Mis planes iniciales se vieron truncados porque el sentido común llamó a mi puerta y lo dejé entrar, lo que permitió que la Navidad de 2012 se convirtiese en un acontecimiento inolvidable. Ese tiempo, ya pasado e irrecuperable que no le concedí a mi familia en el último tramo de mi vida, hizo que me replantease las cosas de otra manera, por ello no abrí el ordenador y aprendí a dejar mi faceta de investigador a un lado a pesar de tener ese gusanillo que a veces parecía corroerme por dentro ante el entusiasmo que me despertaba la nueva investigación. Tuve la fortaleza y la sensatez de centrarme única y exclusivamente en mi familia, tal cual requerían las fechas navideñas. Pasé tiempo con mis hermanos Pablo, Javier, Josef y Benjamín y mis tres sobrinas Carla, Paula y María, con quienes jugué como si fuese un niño; les conté cuentos, cantamos y bailamos y conseguí que me abriesen el corazón a pesar de que su tío se lo cerró en su día. Sacaron a la luz todas mis deficiencias y, de forma magistral, me enseñaron a jugar sin pensar en el resultado final, y qué decir tiene que si hubiesemos jugado al fútbol me habrían ganado por goleada con los goles de la generosidad, la dulzura, el cariño y la sencillez.

En cuanto a mis hermanos se refiere, pudimos rememorar viejos tiempos e incluso bromear como si el tiempo no hubiese pasado: «El siguiente que quiera tener un hijo le auguro que saldrá niña», les decía yo después de que mis padres no consiguiesen tener aquella hija deseada y que, sin embargo, Benjamín y Josef parecía que solo sabían hacer niñas, el primero ya con dos.

Sentí añoranza el día de Reyes cuando mis padres prepararon con enorme cariño los regalos para todos los miembros familiares, en especial para las niñas, quienes vivirían momentos mágicos al comprobar el paso de los hombres de Oriente. Recuerdos que me transportaron a mi niñez, cuando todavía vivía la magia de la inocencia y les decía a mis padres: «No tenían mucha hambre los Reyes Magos, pues apenas han tomado leche»; al año siguiente apenas había una gota en cada vaso.

La Navidad pasó, las niñas comenzaron el colegio, mis hermanos sus trabajos y a mí me tocaba ponerme manos a la obra con mi cometido. Y lo hacía pletórico, con el ánimo renovado y con la satisfacción de poder comenzar una nueva vida.

No podría obviar el gozo que sentí aquella mañana del ocho de enero de 2013 cuando me senté en mi antiguo escritorio, donde tuvo lugar el inicio de mi particular periplo. Una investigación donde confieso que no hubo ni un solo día de hastío o monotonía. Todo lo contrario. Cada día aumentaba de intensidad hasta límites inimaginables por los hechos que me ocurrieron y que, por mantener una cierta coherencia temporal en mi narración, no anticiparé.

El caso es que, para comenzar, me puse un horario fabuloso, el deseado por cualquier trabajador: cuando mi cuerpo decidía despertarse. ¡Qué gozada no tener que escuchar el estruendo sonido del despertador! El gran dictador por antonomasia, capaz de regir nuestras vidas desde primeras horas de la mañana hasta el anochecer. Razón tenía mi abuelo cuando decía: «Yo procuro no hacer mucho caso al reloj, al fin y al cabo es el objeto más mentiroso del mundo: ¡cada vez que lo miras te dice una cosa diferente!». Para sorpresa de muchos diré que a las ocho de la mañana ya estaba desayunado, aseado, vestido y listo para emprender la actividad.

Lo primero que hice fue conectarme a Internet y buscar en YouTube el vídeo que escuché durante el viaje de autobús y que consideré el mejor punto de partida posible. Se trataba del testimonio de Mick Stockton de California, que en 2008 sufrió un ataque al corazón y falleció clínicamente en el hospital y estuvo así durante más de tres minutos. Mick comentaba que en ese momento vio a un hombre con unas tablas y enseguida reconoció que se trataba de Moisés y le dijo: «No voltees la mirada, soy yo». Se refería a que no podía girarse para no ver al Todopoderoso que en aquellos momentos sintió que le tocaba el hombro. Luego añadió, tras captar su atención, que nuestro mundo era nefasto porque no se cumplían los mandamientos de la Ley de Dios. Mick le dijo: «Soy solo una persona, ¿qué puedo hacer?». Y lo último que escuchó fue que él encontraría la forma, que al parecer se trataba dar públicamente testimonio de su experiencia.

Durante el vídeo observé minuciosamente cada detalle de aquel hombre con perilla que contaba su testimonio con una fuerte emotividad y no vi síntomas de trastorno mental; tenía que cerciorarme de que no sufría una posible esquizofrenia, y observé que no era el caso.

La segunda cuestión que me planteé era: ¿acaso quería lucrarse con aquel testimonio? Narrándolo no conseguía nada, por lo que también quedó descartada la segunda hipótesis.

Intenté tirar de la razón y pensé en que tal vez se sumió en un sueño y simplemente se limitaba a narrarlo, pero, en todo caso, era un sueño más que curioso que coincidió con el momento en el que clínicamente falleció. ¿Acaso la conciencia se mantenía activa varios minutos tras la muerte o realmente era eterna? Una pregunta complicada y de difícil respuesta, en todo caso, desconcertante por un lado y esperanzadora por otro.

El siguiente paso era seguir buscando más casos de personas anónimas que habían pasado por esa experiencia. Necesitaba más evidencias y, escuchándolos, pensé que llegaría a descubrir la verdad, dado que si realmente estas personas visitaban el Cielo tal cual afirmaban, todos tendrían que describirlo de forma similar; las variaciones o contradicciones me llevarían a afirmar que todo se trataba de un fiasco, dado que el Cielo, si realmente existía, tendría que ser igual para unos que para otros.

El siguiente testimonio que escuché fue el de Lisa, de los Ángeles, en el año 2 000. Lisa sufrió un paro cardiaco de camino al hospital. Sintió que salía de su cuerpo, que su alma estaba con ella. Luego vio a alguien con una expresión increíble, con un amor desbordante, creyó que se trataba de Jesucristo, quien se dirigió a ella y le dijo: «Ahora que tengo tu atención hay un par de cosas que debemos discutir y debes explicármelas». Él le mostró momentos de su vida en los que debía responderle por qué había seguido un camino concreto u otro. Decisiones que afectaron a otras personas hasta el punto de lastimarlas, a pesar de que a muchas no las conocía. No obstante, Jesús le dijo que la perdonaba. A continuación, este le preguntó que qué deseaba hacer, y a pesar de la blancura y la paz del lugar, Lisa optó por volver con sus hijos porque la necesitaban. Jesús la empujó y le dijo: «Debes irte». Después de diecisiete veces de reanimación sin éxito, escuchó la voz del doctor: «Bien, tenemos pulso».

Peculiar testimonio donde me encontraba con una nueva figura de la Biblia, Jesús, lo que impedía que pudiese realizar cualquier comparación con la experiencia de Mick, dado que se trataba de personajes distintos. No obstante, al menos pude sacar una gran enseñanza de este último testimonio. Y es que tenemos que ser muy conscientes de las decisiones que tomamos, sobre todo para no perjudicar a otras personas, como ocurrió con aquel conductor que se saltó el semáforo en rojo y le causó la muerte a quien nada debía. Esa acción abrió un círculo negativo muy peligroso porque afectó a una familia, a unos amigos, tal vez a unos hijos que crecerían ya sin padre, rompiendo una armonía en decenas de personas, que, a su vez, podrían seguir perjudicando inconscientemente a otras personas, en el trabajo y en los entornos de su alrededor donde la tristeza, el nerviosismo, la apatía, el decaimiento..., afectaría de forma completamente natural a su entorno, teniendo en cuenta que somos seres humanos con sentimientos, no máquinas a motor.

Me sentí agradecido por el mero hecho de escuchar a Lisa, dado que me hizo recapacitar acerca de mis actitudes y me animó a estar más pendiente de los demás en mi día a día. También me motivó a ser más consciente de cada uno de mis actos, sobre todo buscando siempre el bien del prójimo para no perjudicar a nadie. Ante todo pensé en la facilidad del ser humano en criticar, difamar sobre otras personas, algo tan gratuito y, sin embargo, punzante y doloroso para quien sufre las llamas del juicio.

A continuación escuché el testimonio de Mesiah, de Detroit, cuya experiencia ocurrió en el 2003. Mesiah se golpea en la piscina y, al quedar inconsciente en el agua, se ahogó. Le practicaron la respiración artificial, pero en la ambulancia dejó de respirar. Escuchó susurros en la oscuridad: «No te pasará nada, no temas». Al parecer había muerto. A partir de ahí comienza a oír la voz de su tía, la de su abuela y la de otras personas que ya habían fallecido. Poco a poco, las palabras se hicieron más perceptibles y vio dos pequeñas luces al fondo. Comenzó a caminar hacia las luces y vio que eran dos antorchas que iluminaban objetos de oro, monedas, cálices. Sintió miedo porque parecía que estaba en el Infierno. Entonces vio a una figura sobre una pila de oro, enorme, al menos de tres metros. Estaba ahí con su mirada amenazante, con cabeza de toro, cuernos curvos y con el rostro de color sangre. ¡Era muy intimidante! Sintió terror. Supo que había muerto y que iba al Infierno. Además, tenía que aceptar los hechos, porque sabía que una vez allí no podía regresar. Se acercó y vio a Satanás, este lo miró y le dijo: «Por ahora te puedes ir». Y cayó en una oscuridad como en un sueño. Finalmente, fue mantenido en un coma inducido del que consiguió despertar.

El testimonio de Mesiah me pareció un poco fantasioso, por ello busqué más información de otras experiencias del Infierno. Pero me hizo plantearme una cuestión importante: ¿cabría la posibilidad de que también existiese el Infierno? Y de existir, ¿por qué Dios lo creó si se describe como un sitio horrible? ¿Qué fin llevaba a Dios ofrecer a algunos hombres un lugar donde vivir una eternidad entre gritos de dolor y sufrimiento?

Seguí buscando y escuché a Matthew de San Diego, quien tuvo una experiencia en 1974. Tenía doce años y provenía de una familia no creyente. Se ahogó en una piscina y afirmaba haber visto a Jesucristo, de ojos azules, quien le dirigió las siguientes palabras: «Tienes que volver», y en ese momento le salió agua por la boca en la reanimación. Esa experiencia le hace enfadarse con Dios porque no quería volver ya que el Cielo era demasiado bello y la Tierra era como un infierno. Con el paso del tiempo, desconcertado, acabó refugiándose en las drogas. La desesperación hizo que intentase suicidarse tomando pastillas. Cayó en un sueño oscuro, intuyó que estaba en el Infierno y vio vapor a su alrededor de cuyas paredes salían demonios. Se hacían pasar por gente que había conocido en vida y lo atacaban. Los demonios giraban a su alrededor, quería salir de allí desesperadamente. De repente sintió que alguien le sujetó y Jesús le mostró la eternidad en el Infierno, cuya experiencia recuerda como terrible. Tras su recuperación, intenta cambiar de idea a las personas que piensan en suicidarse.

La experiencia de Matthew me resultó la menos inverosímil de todas porque probablemente estaba teniendo alucinaciones producto de las drogas y el alcohol, por ello la descarté inmediatamente y no le di credibilidad alguna.

Seguí buscando y di con el testimonio de María Pilar Torres que estuvo un mes en coma profundo. Estaba embarazada y su esposo tuvo que tomar la decisión de elegir entre su esposa y su hijo porque tenían que administrarle unas medicinas que su hijo no podría soportar. A pesar de que su marido optase por salvarle la vida a ella, María Pilar murió. La mujer comenta que, en aquel momento, vio todo lo que a su alrededor acontecía. Durante ocho minutos estuvo muerta y, según ella, permaneció en un estado de gracia. Se encontró con su hermano muerto que venía a recibirlo. Luego sintió que su espíritu regresaba a su cuerpo. Los médicos le dijeron que fue un milagro que sobreviviese, además de que su hijo también consiguió salvarse.

Una experiencia sorprendente, pero que científicamente no me aportaba grandes datos. Una narración que difería a las otras donde se les presentaban personajes bíblicos, mientras que en esta se le acercó un familiar cercano ya fallecido. ¿Acaso su mente le llevó a recordar la experiencia traumática de perder a un hermano y a desear de reencontrarse con él en una situación cercana a la muerte? En todo caso, sí que queda demostrado que a pesar de la muerte clínica la conciencia siguió activa. ¿Acaso no fallecía realmente hasta que la conciencia dejaba de funcionar y con los correctos tratamientos de reanimación se podía salvar esa vida? Pero ¿qué mantenía viva a la conciencia? Una pregunta desconcertante dado que si el corazón dejaba de latir, se dejaba de administrar oxígeno a las células y, como consecuencia, estas morían con rapidez, razón por la cual sufrían graves daños cerebrales quienes eran reanimados tras varios minutos de muerte clínica. Pero ¡esta mujer no sufrió ningún daño!

Como último testimonio destacable y uno de los más sonados en el mundo, fue la historia de Colton, un niño norteamericano que en un accidente, mientras está en la sala de operaciones, describe que vio a su padre rezando arrodillado por él en otra habitación y a su madre hablando por teléfono, datos que asombraron a sus padres porque eran ciertos y que su hijo desconocía por completo. El niño afirmaba haber visitado el Cielo y que allí vio a su abuelo, además de a su hermana que había fallecido en un aborto involuntario —dato que también desconocía y que asombró a su madre— y menciona el gran amor que nos tiene Dios hacia cada uno de nosotros. Cuando le preguntan por algún temor, menciona el miedo que le da que no todas las personas que conoce vayan con él al Cielo. Una historia que culmina con un libro titulado El Cielo es real, que se convertiría en un superventas del New York Times.

La historia de este niño americano encerraba muchos interrogantes. No podía tomarla como verídica porque no sabía si los padres eran sinceros o si era una historia que se habían inventado para vender libros. No obstante, la mera narración me generaba muchas dudas porque si existiese un Cielo, ¿no serían todas las almas iguales? Si la hermana que menciona murió siendo un feto, ¿cómo aprendió el idioma y por qué se le da un cuerpo infantil? ¡No tenía sentido! En el supuesto de que existiese el Cielo y el alma fuese capaz de ver una dimensión diferente a nuestro cuerpo terrestre, la lógica me invitaba a pensar que no existía diferenciación alguna porque la esencia era la misma en todos los hombres.

El camino de investigación que seguía, lejos de mostrarme evidencias claras, me confundía a medida que veía más vídeos. Muchos denotaban claras llamadas de atención, trastornos mentales, esquizofrenias y paranoias que no tenían ni pies ni cabeza y que, por supuesto, no merece la pena siquiera mencionar.

Llegado a este punto y tras una intensa mañana de investigación, mi corazón me indicó que había llegado el momento de dar el paso más importante, ese que durante años no quise dar: ¡conocer más profundamente el judaísmo! Sentía un deseo profundo de sumergirme en mis orígenes para comprender mejor el tema de la religión y las creencias. Y, lo mejor de todo, no necesitaría comenzar con la ardua labor de documentación en la biblioteca o estar horas indagando por Internet, cuando la persona que me dio las llaves de la vida era una fuente de sabiduría y experiencia. Entrevistarla se me antojaba toda una aventura.

Mi madre reaccionó con una sonrisa cuando me presenté en el salón donde estaba haciendo punto —su afición favorita desde que era niña y que, a pesar de tener la vista cansada, seguía realizando con destreza— y le expliqué que quería conocer su historia y la del pueblo de Israel. Le expliqué también el proyecto que tenía entre manos y recuerdo cómo sus pupilas se abrieron igual que un paraguas ante la lluvia al escuchar mi súbito interés por mis raíces y por Dios.

—David, ¡me encanta el proyecto! —fueron las primeras palabras que pronunció con un perceptible hilo de emoción en su voz.

Me senté a su lado con papel y bolígrafo, y ella dejó sin ningún inconveniente su mantilla para prestarme completa atención.

—Supongo que lo primero de lo que podríamos hablar es acerca del origen del hombre. —Mi madre ladeó la cabeza, arqueó las cejas y elevó los hombros, dejándome ver que tocaba un campo en el que poca ayuda podría aportarme—. Si quieres te cuento brevemente lo que nos dice la ciencia acerca de la historia de la evolución del hombre —aduje para su tranquilidad.

—Adelante.

—Si retrocedemos en la historia, vemos cómo los fósiles más antiguos de los Homo Sapiens tienen 200.000 años y proceden del sur de Etiopía, considerada como la cuna de la humanidad. Los investigadores de genética molecular sostienen que los seres humanos desciende de una misma Eva mitocondrial, es decir, que toda la humanidad tendría una antecesora común que habría vivido en el noreste de África y por línea paterna hay una ascendencia que llega hasta el Adán cromosómico, el cual habría vivido en el África subsahariana —tomé aire e hice una pausa—. Pero, claro, hasta aquí podría existir una similitud con lo que nos dice la Biblia acerca de Adán y Eva, los padres de la humanidad, pero si resulta que procedemos del mono, ¿no se caería la explicación que nos da la Biblia?

Estaba ansioso por conocer la respuesta de mi madre. ¡No tenía una clave científica de cómo pudo aparecer el hombre en la Tierra!

—Hace mucho tiempo que me respondí a esa pregunta y también me surgieron mis dudas, pero el sentido común me indica que las teorías que ha creado el hombre pueden ser tan dudosas como la que tú puedes plantear acerca de la Biblia. En primer lugar no sabemos con certeza si procedemos de los chimpancés. También tenemos una genética muy parecida con el cerdo, ¿no? Y si procedemos del mono, ¿no se seguirían produciendo esas mutaciones entre los chimpancés y el hombre? Que yo sepa no existe ningún chimpancé que haya tenido a un hombre. —Me quedé pensativo ante la contundencia con la que se expresaba mi madre, aunque pudo haber sido una mutación concreta que tuvo lugar en la prehistoria, pensé—. Pero lo que se me hace más difícil de entender es lo siguiente, a ver si tienes una respuesta: ¿podría vivir un bebé sin padres?

—No, moriría antes de veinticuatro horas —repuse sin necesidad de pararme a pensar.

—Entonces, ¿cómo pudo surgir el primer hombre? ¿Acaso puede un bebé alimentarse por sí solo?

—¿Y si le dio de comer un lobo? —inquirí sonriendo.

—¿Y puede vivir un lobezno sin su madre?

—Tampoco, moriría —afirmé—. No obstante, parece ser que la vida proviene del mar, de ahí salieron los primeros anfibios que se aclimataron a la Tierra y a partir de ahí empezó la evolución de los animales terrestres hasta nuestra especie.

—No niego que la evolución de la vida haya ocurrido tal cual mencionas, pero para mí la única explicación lógica es que el primer hombre y la primera mujer fuesen adultos, y, a partir de ahí, se reprodujeron. Y si no, ¿cómo aparecen esos primeros hombres? ¿Por casualidad? Es indudable que han tenido que tener un Creador, de lo contrario, ¿cómo surge la materia y la vida? ¡También de la nada! Resulta evidente que el universo es un compendio de leyes perfectamente establecidas para que podamos habitar en la Tierra y, por otro lado, nuestro organismo es un sistema tan complejo, tan perfecto, hasta el punto de ser capaz de crear vida, que no me cabe la menor duda de que existe un Ser superior cuya comprensión desborda nuestra mente.

La propia respuesta de mi madre me abrió la mente para reafirmar que el hombre era producto de una evolución programada, engendrada a fuego lento. Además, también me quedó claro que, por más vueltas que le diese al asunto, cualquier teoría acerca de la creación del hombre y del universo no dejaría de ser una mera hipótesis.

En mis disertaciones, fueron muchas las ocasiones en las que me pregunté cómo era el fin del universo. ¿Acaso terminaría como la membrana de una célula? Sin embargo, tras ponerle imagen a esa hipótesis, llegaba otra pregunta que tiraba por tierra cualquier posibilidad de respuesta: Pero ¿qué hay tras esa membrana? Evidentemente, el universo no podía acabar de forma repentina, lo que demuestra que es absolutamente incomprensible y que lo mismo sucede pensando en la existencia de Dios. ¿Cómo surge el Todopoderoso? Siempre existió, dirán los teólogos. ¿Siempre?, podríamos cuestionar. Pero ¿no tendría que haber un inicio como todo en la vida? Y si realmente existe, ¿cómo crea la materia? En todo caso sería parte de Él y todo, absolutamente todo, es Dios. Si dañas a alguien, dañas a Dios porque todo es Dios. Si dañas a la naturaleza también lo dañas a Él, porque es parte de Sí mismo. Tendría que ser así porque si mi materia es mi cuerpo y me daño la mano, me duele porque es parte de mí, y así con cualquier parte de mi organismo. Por lo tanto, si Dios existe tendríamos que otorgar a toda su creación el máximo respeto y de forma muy especial a cada uno de los hombres y mujeres que pueblan el planeta Tierra bajo el amparo de una naturaleza espectacular que, desgraciadamente, nosotros mismos estamos destruyendo.

3

Yahveh dijo a Abram: «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición».

(Génesis 12, 1-2)

Todavía recuerdo las palabras que me dijo mi madre cuando regresé del colegio con el ojo morado y le lancé una pregunta con el fin de poder encontrar solución a mi problema.

—¿Por qué soy judío si no profeso la religión?

—Por judíos se entiende no solo al grupo que profesa la religión judía, sino también a los integrantes del pueblo, sean religiosos o laicos.

Respuesta que no me satisfizo en su momento y que, ahora, ni se me ocurriría por un momento plantearla. Tenía el cincuenta por ciento de sangre judía y me sentía digno y honrado de tenerla solo con contemplar a mi madre. Ella valía más que todos los insultos, agravios y golpes que tuve que soportar. Llegaba el momento de indagar sobre mis antepasados, a quienes les debía la vida.

—¿Podrías contarme un poco nuestra historia y, sobre todo, cómo surgió el judaísmo? —le pregunté con enorme expectación el segundo día de mi particular investigación.

—La historia del pueblo hebreo abarca casi 4.000 años y comienza con el patriarca Abraham que significa «padre de muchos pueblos». Nació en Ur, una antigua ciudad en el sur de Mesopotamia, lo que actualmente es Irak. Bajo inspiración divina salieron de Ur, probablemente para evitar las guerras, y se dirigieron a Harán con toda su familia, incluido su padre Teraj. Sería allí donde Yahvé realiza un pacto con Abraham, quien a partir de ese momento actuaría como representante del pueblo hebreo. Dios se compromete a brindarle protección y ayuda constante, una descendencia numerosa y la tierra prometida, Canaán.

La mente me iba más rápida que mi boca, antes de intervenir ya tenía la duda de por qué Dios eligió a Abraham y no lo hizo mucho antes con cualquier otro hombre. También me planteé si no hubiese sido más inteligente aparecerse ante todos los hombres y decirles: «Soy Dios, comportaos correctamente porque la vida no la creé para mataros entre vosotros, sino para convivir de forma pacífica». Y, a partir de ahí, que cada hombre fuese consecuente con sus actos, dado que no podemos inventarnos la fe: ¡se tiene o no se tiene!

—¿Por qué crees que eligió a Abraham y no a otro? —pregunté.

—Yo creo que se trataba de un hombre especial, de corazón puro, y por ello fue capaz de escuchar la voz del Todopoderoso en su interior —repuso manteniendo una mirada firme y segura—. Como sabes, antiguamente se adoraban a varios dioses, se hacían sacrificios humanos y los hombres estaban más pendientes de entrar en guerra con otros poblados y conquistar nuevos territorios que de practicar el bien. Nuestro patriarca supo vaciarse de sí mismo y abrir el corazón a los susurros del Creador.

—O sea, que cogió a su esposa Sara y a su séquito y emigraron para establecerse en la tierra prometida, donde tendrían a Isaac.

—Sí, y allí murió a la edad de 175 años, en Hebrón, la actual Cisjordania…

—Es humanamente imposible vivir esa cantidad de años y menos en aquella época, cuando la esperanza de vida rondaba los cincuenta años y, según tengo entendido, contados con los dedos de la mano eran aquellos que llegaban a los ochenta —protesté—. Imagino que estaremos hablando de una cifra simbólica o en su defecto de un calendario distinto al nuestro y cuyas cifras no han sido adaptadas a nuestra época.

—Bueno, nosotros no cuestionamos ni una sola palabra de la Torá porque es nuestro libro sagrado, pero te aseguro que es un dato irrelevante y la medida del tiempo en nada afecta a nuestra historia.

Me conformé con la respuesta, al fin y al cabo solo eran números, aunque yo me mantenía en mi tesis científica y razonable.

—Vale, perdona, continúa —me disculpé por la abrupta interrupción.

—A partir de ahí ya conoces la historia. Su hijo Isaac, cuyo nacimiento otorgan algunos historiadores al año 1896 cuando Abraham tenía cien años, tiene a Jacob, y Dios lo renombra como Israel. Lo bendice con doce hijos, quienes formarían las famosas doce tribus de Israel —explicó mi madre, haciendo una pequeña pausa para besar con sus labios la taza de té que tenía entre sus manos—. Nuestra tradición judía sostiene que el origen de los israelitas está en los doce hijos de Jacob que se trasladaron a Egipto y constituyeron doce tribus.

—Pero si era la tierra que mana leche y miel, ¿por qué luego emigraron a Egipto?

—No te confundas. Abraham y su familia vivían en una tierra muy rica y fértil cerca de los ríos Tigris y Éufrates. Por fe y confianza en Dios abandonaron a familiares y amigos para ocupar una tierra árida y desértica con pequeñas zonas fértiles que es Canaán. Hubo una época de hambruna y Jacob y sus descendientes se vieron obligados a descender hasta la tierra de Gosén, en el delta del río Nilo. Al principio los trataron bien gracias a José, pero viendo que aumentaban imparablemente y se hacían poderosos, el faraón tuvo miedo y los redujo a la esclavitud forzándoles a trabajar en la construcción de las pirámides. La Torá nos dice que estuvieron en tierras ajenas durante 430 años. Y será al final de ese periodo cuando aparece Moisés para sacar y guiar al pueblo de Israel de nuevo hacia Canaán, que es lo que conocemos como el Éxodo y, por si quieres ubicarte temporalmente, sucedió en el 1250 a.C.

—Menudo guía, un trayecto que se podría haber hecho en un tiempo relativamente corto y al hombre les costó cuarenta años —expuse con sinceridad y un tanto sorprendido—. Imagínate que viviese y lo contrata una agencia de viajes para llevar a un grupo de niños a Port Aventura: ¡regresan de allí ya como viaje del IMSERSO!

Mi madre estalló a reír, había perdido su juventud pero no el sentido del humor.

—Bueno, Moisés optó por no tomar la ruta más corta, la que extendiéndose unos 400 kilómetros a lo largo de la arenosa costa mediterránea pasaba justo por Filistea, territorio enemigo de Israel. Tampoco atravesó la vasta región central de la península del Sinaí, con su pedregosa meseta abrasada por el sol. Por tanto, no le quedó más remedio que conducir al pueblo hacia el sur por la angosta llanura litoral.

»Moisés condujo a los israelitas hasta las faldas del monte Sinaí. Allí, como sabes, nuestro pueblo recibió la Ley, construyó el tabernáculo y ofreció sacrificios.

Si algo me apasionaba de poder realizar esta investigación con mi madre era que la mujer sabía perfectamente cuando tenía que parar y quedarse en silencio. Una simple mirada, un gesto y captaba el mensaje de que mi mente tenía que procesar la información.

Recordé los diez mandamientos que aprendí de niño y nunca olvide:

1º. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

2º. No tomarás el Nombre de Dios en vano.

3º. Santificarás las fiestas.