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Arturo Muñoz es un joven arquitecto que, tras perder su empleo, comienza a tener severos problemas económicos. Angustiado ante la infructífera búsqueda de trabajo y al borde del desahucio, ahondará en su interior para descubrir el don que tiene con las palabras, lo que le llevará a convertirse en un brillante escritor. Comenzará un periplo que nos adentrará en el apasionante mundo literario, capaz de transformar su vida, sobre todo después de escribir una carta a la mujer de sus sueños, en cuyo reverso le deja una bella dedicatoria, tan llamativa, que la propia cartera cae presa del encanto de la carta y decide conocer desde la clandestinidad la que supuestamente podría ser una de las historias de amor más bellas jamás conocida. Una decisión que cambiará el rumbo de cada una de las personas implicadas.
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Seitenzahl: 440
Veröffentlichungsjahr: 2021
© Antonio Gargallo Gil
http://antoniogargallo.com
email: [email protected]
© Fotografía de portada H.Koppdelaney
© Todos los derechos reservados. Queda rigurosamente prohibido, bajo las sanciones establecidas en las leyes, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra que solo puede ser realizada con la autorización del autor.
ISBN: 978-84-18631-25-2
Preludio
—Padre, quiero confesarme.
El tono de voz compungido y quebrado de una mujer se filtró por la rejilla del confesionario donde el padre Martín, recién ordenado y destinado a la concatedral de Santa María de Castellón, ocupaba por primera vez el asiento del penitenciario.
—¿Cuánto hace que no te confiesas, hija? —inquirió, acariciando con sus dedos el rosario que le regaló su madre el día de su consagración y que utilizaba con fervor en sus oraciones, con el firme propósito de llevar a cabo su sacerdocio de la forma más fidedigna posible.
Tras unos segundos de incómodo silencio, la joven —por su tono de voz indicaba que rondaría la treintena— suspiró dejando que la verdad tomase las riendas de la conversación desde el primer momento.
—Es la primera vez que me confieso en toda mi vida —susurró con cierta aflicción.
El padre Martín se sintió aliviado por un instante. Su nerviosismo se desvaneció al saber que no tendría que lidiar con el temido látigo de la comparación, por lo que pensó que Dios le allanó el camino a la hora de abordar uno de los actos que más respeto le daba: conocer las intimidades y penurias más profundas del ser humano y estar a la altura para acoger el sufrimiento de sus iguales.
Respiró con profundidad, había llegado el momento de revestirse de la figura de Cristo y actuar con la misericordia del Todopoderoso.
—No te preocupes, siempre hay una primera vez para todo —dijo en tono hospitalario, intentando mostrar la misma ternura que mostró el mismísimo Jesús cuando acogió a María Magdalena, pecadora como el resto de los mortales—. ¿De qué quieres confesarte?
El silenció volvió a instaurarse entre los muros del templo, aunque esta vez de forma más prolongada. Tras unos segundos de máxima tensión, la mujer, visiblemente emocionada, se decidió a hablar con la voz entrecortada.
—He matado a mi hijo y… en breve mataré a otra persona.
Un escalofrío recorrió de pies a cabeza el cuerpo del padre Martín que no daba crédito a las palabras que habían perforado su alma con un indescriptible dolor. Su corazón se aceleró como un jinete cuando pierde las riendas de su caballo y acaba cabalgando desbocado y sin control, mientras sus manos quedaban dominadas por un temblequeo incontrolable, sumiéndole en un estado de shock del que sabía tenía que despertar.
Con más fervor que nunca apretó su rosario, orando con todas sus fuerzas para que Dios tomase el timón de aquel turbio asunto y pudiese guiarle en aquella noche oscura; sin embargo, su boca quedó anestesiada, mudo ante un caso que no tenía ni pies ni cabeza. ¿Cómo una mujer podía matar al ser de sus entrañas? ¿Para qué quería confesarse aquella filicida de un crimen si luego iba a cometer otro? ¿Realmente estaba arrepentida o simplemente buscaba desahogarse con alguien que sabía no podía luego acusarla de asesinato porque los sacerdotes custodiaban los pecados y quedaban en estricto secreto de confesión? Sin darse cuenta, el juicio empezó a acampar en su mente y fue entonces cuando recordó las palabras de su viejo amigo el padre Ernesto: «Cuando estés en el confesionario, despójate de las vestiduras del juicio porque el hombre no es nadie para juzgar a su hermano, de eso ya se encargará Dios». Seguidamente, le vinieron a la mente las palabras de Jesús: «No juzgues y no serás juzgado».
«Dios mío, yo que pensaba que me traerías a una viejecita para confesarse de que se había saltado la misa de un domingo y ahora me encuentro con un caso que no sé por dónde coger. Si tú no me ayudas, yo no puedo hacer nada», oró con fervor.
La feligresa empezó a sollozar y a toser, dando verdaderos síntomas de sufrimiento. Fue entonces cuando el padre Martín recibió la luz que necesitaba: escucharía la confesión de aquella mujer, sin juzgarla, e intentaría mediar para que al menos no se produjese el segundo asesinato. Al muerto había que darle una correcta sepultura, pero al menos tenía que intentar a toda costa que la vida de aquella otra persona que corría grave peligro, fuere quien fuere, siguiese los caminos de Dios, y no fuese interrumpida por la demencia o la venganza de aquella extraña mujer de cuya alma se había apoderado el maligno.
—Pero, hija, ¿qué te ha pasado para que hayas tomado tan drástica decisión? —inquirió por fin, presto a escuchar una confesión que marcaría el resto de su sacerdocio.
1
Seis años antes…
La jornada llegaba a su fin y con ella la satisfacción de disfrutar del fin de semana, tan esperado como una brisa en el desierto y, sin embargo, tan breve como un suspiro.
—¡La última! —exclamó para sí.
Noelia dejó el motor de la Vespa en marcha y se dirigió al buzón de la villa más bella de la urbanización donde concluiría el reparto. Al menos la nueva ruta asignada le permitía disfrutar del paraje natural que envolvía la cotizada urbanización de Peñeta Roja y salir del tumulto de la ciudad, donde el ruido y el estrés acampaban libremente en medio de una sociedad que, a su parecer, cada vez estaba más alejada de su propia esencia.
Durante el breve trayecto a recorrer, algo llamó poderosamente su atención: ¡la carta desprendía un aroma cautivador! En un instinto reflejo se acercó el sobre a la nariz y se dejó inundar por una fragancia afrodisíaca que le permitió incluso soñar durante un breve espacio de tiempo. «¡Cuánta dulzura tiene que contener en su interior!», pensó instintivamente. Hipnotizada por la curiosidad, se detuvo para examinar el reverso, no sin antes cerciorarse de que no había ningún transeúnte merodeando por allí.
—¡Madre mía! —exclamó sorprendida y con cierto celo de que esa carta no fuese dirigida para ella. ¡Cuántas veces había soñado con un detalle similar!
Un corazón pintado delicadamente con los colores del arco iris resaltaba de forma fúlgida, consiguiendo conquistar de forma inexorable su mirada. En el interior del mismo, una frase poética: «Si los sentimientos más profundos pudiesen inmortalizarse, en mi cuerpo estaría tatuado tu nombre y tu semblante».
Sus labios dibujaron una mueca, mientras su mirada ascendía hasta encontrar el nombre del remitente: Arturo Muñoz Ramos. ¿De dónde sería aquel galán de dirección desconocida? Pregunta que no tardó en averiguar a pesar de que el remitente hubiese omitido escribir su dirección, para ello solo tuvo que mirar el sello de franqueo: Santiago de Compostela.
En ese momento, un adolescente montado en una bicicleta de montaña apareció por la esquina de la calle a una velocidad endiablada. Noelia se alarmó al pensar que había sido pillada in fraganti en su irrefrenable deseo de escrutar los detalles de aquella peculiar carta, lo que hizo que de forma instintiva se diese media vuelta, pusiese de nuevo el sobre en su cartera y saliese con la moto como si nada hubiese ocurrido.
Sería ya en el edificio de Correos cuando fue realmente consciente de que no había realizado la última entrega y que, en realidad, se alegraba de que aquella carta tan especial y emblemática siguiese en su poder. Ni siquiera tuvo tiempo de reflexionar si lo que estaba haciendo carecía de ética profesional y, mucho menos, si incurría incluso en un delito estatal de intromisión en correo ajeno castigado incluso entre uno y cuatro meses de prisión. ¿Acaso no valía la pena correr cualquier riesgo con tal de descubrir el romanticismo que escondía aquella joya cuyo tacto era incluso sensual? Además, si el exterior de la carta estaba adornado de dulzura, ¿cómo podría ser su interior? ¡Estaría repleto de magia y pasión! Pensamiento que le sirvió para acallar a su conciencia como una brisa que golpea la llama de una vela sin dejar rastro de ella.
Sin titubeos se metió la carta en el bolsillo interior de su chaqueta con el fin de seguir averiguando más cosas de aquel seductor con nombre de rey; al fin y al cabo, en última instancia, siempre cabía la posibilidad de dejar la carta a su destinataria.
A pesar de vivir a veinte minutos a pie de su puesto de trabajo, en esta ocasión fue capaz de hacer el recorrido en apenas un cuarto de hora. El deseo por desvelar el misterio que envolvía tan suculento tesoro fue incrementándose tras cada uno de sus pasos, ciegos y fieles a la llamada por satisfacer el morbo que supondría conocer una más que posible apasionante historia de amor. Un deseo que en apenas unos minutos ya era toda una obsesión envuelta de misteriosas hipótesis. ¿Y si se tratase de un amor prohibido entre dos personas casadas? ¿Y qué pasaría si la persona a la que iba dirigida fuese un hombre? Como no tenía costumbre de leer el nombre de los destinatarios para agilizar las entregas, no sabía siquiera el sexo de la persona afortunada.
Entró a su piso con una excitación fuera de lo común. Inmediatamente fue recibida por el regalo que le hizo su marido dos años atrás para celebrar su treinta aniversario: una gata siamesa cuyos ojos de color celeste transmitía la belleza de un cielo despejado. A pesar de ser considerada la reina de la casa, en esta ocasión las muestras de cariño no fueron recíprocas, dado que Perla estaba entorpeciendo el paso de su dueña, quien no podía aguantar un segundo más con el misterio que tenía en su poder y que había llegado el momento de darle luz.
Sin demorarse un segundo se fue directa a la cocina, llenó un cazo de agua —donde luego cocinaría la pasta— y lo puso a hervir. El vapor de agua despegaría la solapa del sobre sin rastro de manipulación, de este modo podría leer la carta y, sin incumplir su trabajo, realizar la entrega el lunes siguiente. Un plan fabuloso que le permitiría seguir de cerca el desarrollo de lo que a partir de ese momento sería su historia secreta de amor, dado que ya había planeado escrutar cada una de las cartas de aquella pareja de enamorados. ¿Y si se tratase de la historia de amor más bella jamás vivida?, soñaba despierta.
Mientras el agua seguía su proceso de ebullición, Noelia se fue a la habitación a cambiarse de ropa y así sentirse más cómoda. Tras su estela, Perla, en busca de un poco de afecto.
Ring.
«¡Qué oportuno!», exclamó para sus adentros con más repulsa que agrado al escuchar el sonido del timbre justo en el momento que había sacado la carta del bolsillo de su chaqueta.
Por un momento dudó de ir a abrir la puerta, tal vez si no hiciese ningún ruido el silencio se encargaría de despachar a aquella inoportuna visita; sin embargo, un segundo toque, esta vez más insistente, le hizo sospechar que tal vez se tratara de una vecina, en cuyo caso su entrada no habría pasado desapercibida.
Ella misma fue consciente de que sus manos se aferraban a la carta de una manera peculiar, incluso posesiva, dado que le costaba desprenderse de ella aunque solo tuviese que hacerlo de forma momentánea. Sintió incluso la nostalgia del amado cuando se tiene que separar de su amada y un sentimiento de rabia afloró en ella en el mismo instante que la carta abandonaba sus manos y caía en la fría madera de la mesita de noche. ¿Quién osaba a interrumpir tan ansiado encuentro? Fuese quien fuese no tardaría en despacharle, aprovechando la excusa verídica de que tenía que preparar la comida para que su marido, electricista autónomo, pudiese comer relajado y volver al trabajo con la comida reposada, ya que él y su socio seguían un estricto horario y tan solo disponían de dos horas para comer: de tres a cinco, siendo ya las dos y veinte.
Descolgó el telefonillo y con voz árida dijo: «¿Quién?».
—Soy yo —escuchó la voz inconfundible de su querida hermana Laura, la pequeña de la familia, que, como casi todos sus familiares, también su hermano mayor, acostumbraban a identificarse con el yo, en lugar de decir su nombre, como si el que escuchase fuese adivino sin percatarse de que a veces el ruido de los coches de la carretera distorsionaba el sonido y se hacía prácticamente irreconocible el tono de voz. Pero ese era uno de los hándicaps que tenía el vivir en plena Avenida de la Alcora, una de las principales arterias de Castellón de la Plana, que incluso para escuchar la televisión tenía que estar tres o cuatro puntos más alta que cuando vivía en la casa de pueblo de sus padres, instalados en medio de la naturaleza de la Sierra de Espadán, en un pequeño pueblo conocido como Eslida, donde el trinar de los pájaros sustituía al estrepitoso sonido del motor de los coches, camiones y, el peor con diferencia: el de las motos, que pasaban dejando una estela de ruido perceptible a más de doscientos metros.
—Sube, reina —contestó mientras apretaba el botón que abría la puerta de acceso a la finca.
Como era habitual en Laura, ascendió los tres pisos a pie, fiel a la costumbre de subir escaleras para quemar calorías.
—Nena, estas escaleras me matan —dijo con el aliento fuera, pero orgullosa del esfuerzo realizado.
Noelia, ya más tranquila al saber que se trataba de una agradable visita, sonrió a su hermana, no pudiendo evitar el sarcasmo.
—¿Has oído hablar de ese gran invento conocido como ascensor?
—Si es que no hay forma de quitarse un kilo de encima —dijo mientras se acercaba y le daba dos besos sonoros en la mejilla—. Te puedes creer que hoy ha venido un maestro interino a hacer una sustitución y, cuando estábamos en la sala de profesores, se ha acercado a mí y me ha dicho con garbo: «Soy Rafa. Por cierto, ¡enhorabuena! ¿De cuánto estás?». No le he metido un bofetón porque el muchacho se ha quedado más avergonzado que yo después del recochineo de mis queridas compañeras. ¡Menudo cachondeo! Ya tienen comidilla para toda la semana.
—Bueno, no te quejes que ya me gustaría a mí tener tu talla.
—Yo al menos lo intento, pero es que tú no te privas ni de los donuts.
—A mí el físico me da un poco igual. Ya tengo todo con lo que he soñado: un marido, un trabajo y un hogar, así que a disfrutar de la comida que ya bastantes problemas nos da la vida de por sí —expuso Noelia con despreocupación—. ¿Quieres pasar?
—No, venía aquí a aguantarte el marco de la puerta por si se te caía el piso encima —repuso su hermana con el salero que le caracterizaba.
—¿Te gustaría comer con nosotros? —preguntó Noelia cuando se dirigían de camino a la cocina—. Ya tengo puesta el agua a calentar, así que solo tendría que añadirle un poco más... ¡Nos vamos a zampar una pasta que hasta los italianos caerían rendidos a tan suculento manjar!
—Menos mal que ya he comido, porque aquí acabaría aborreciendo la pasta. ¿Es que no sabes cocinar otra cosa, niña?
—¡Qué exagerada! Lo dices como si todos los días comiésemos macarrones.
—Perdona, tienes razón. Ahora que lo dices creo recordar que hubo un día que preparaste una ensalada, ¿verdad? —inquirió Laura con ironía—. Quizás algún día descubras que existen otros platos fantásticos más allá de la pasta.
—Muy graciosa.
—Por otra parte, vuestro horario de comidas tiene que ser hasta insano, cuando vosotros estáis comiendo yo estoy dando matemáticas a los chavales y al punto de tocar la sirena para salir del cole —exageró Laura para darle más énfasis a su argumentación.
—Todo es cuestión de acostumbrarse, ya sabes que la empresa de Ricardo tiene más pérdidas que beneficios —dijo Noelia con un tono apesadumbrado—. Pronto llegarán tiempos mejores, mientras tanto va a tener que seguir haciendo horas extras hasta que al menos consiga liquidar la deuda con su exempleado, a quien todavía le debe parte del finiquito. ¡Menos mal que pudieron llegar a un acuerdo verbal!
Laura movió la cabeza de un lado a otro, dejando caer su espalda sobre el marco de la puerta de la cocina.
—Si es que viéndolas venir, no entiendo por qué no echó la llave en su momento aunque ello le hubiese conllevado ciertas pérdidas. Mira que le dije que cerrase la empresa porque corría más peligro que un billete de cincuenta euros en la entrada del Congreso —tomó una pausa y añadió con desdén—: ¡Qué ingenuo! Y, ahora, como os toque sacar otro préstamo acabareis desahuciados, con una manita delante y otra detrás, igual que Adán y Eva.
—En ese caso nos iríamos a vivir a tu casa que con tanta habitación vacía se te va a llenar de telarañas —repuso Noelia con gracia para quitarle hierro al asunto.
—Precisamente a mi casa… —El semblante de Laura cambió de forma radical—. Calla, calla, no me hables de mi piso que tengo un marrón encima de los buenos —añadió con un tono de voz más afligido de lo normal—. Casi mejor que apagues el fuego y nos sentemos en el sofá, porque cuando te lo cuente si te pilla de pie te puede dar hasta un patatús.
Noelia obedeció con la frustración de ver cómo el agua hervía y tendría que posponer la lectura de la carta hasta la tarde, a sabiendas de que la conversación duraría hasta casi las tres y luego llegaría su marido, hambriento como de costumbre, a quien tenía mal acostumbrado a comer a mesa puesta.
Desde un principio ya había sospechado que su hermana tenía algo significativo que contarle, teniendo en cuenta que la maestra de Primaria solía realizar las visitas por las tardes, al finalizar las clases, al menos un par de veces por semana. El hecho de que su lugar de trabajo estuviese muy cerca de la finca donde vivía Noelia permitía que se terciasen frecuentes visitas; sin embargo, cuando la todavía veinteañera aparecía al mediodía era porque algo le turbaba y buscaba al abrigo de su hermana un confidente con quien poder descargar su ansiedad o incluso salir con un buen consejo que la tranquilizase.
Las dos hermanas se pusieron cómodas, cruzaron las piernas y, sin titubeos, Laura se lanzó a exponer el nuevo problema que la estaba atormentando.
—¿Te acuerdas de aquel camarero argentino que conocí hace un par de semanas? —Noelia asintió, dejando escapar una sutil sonrisa al saber que se trataba de un tema de pantalones—. Resulta que… —Laura hizo una pausa—. ¿Me prometes que no te vas a reír?
—Eh…, si es algo serio dudo que me den ganas de jactarme .
Laura se pasó la mano por la nuca, se mordió los labios y soltó la bomba sin preámbulos.
—¡Se me ha apalancado en casa!
El tono de voz con el que expresó la frase Laura y su cara compungida fueron el detonante para que su hermana dejase escapar una larga e incontrolable carcajada.
—Sí, hija, sí. ¡Y todo por un beso! —añadió arrepentida.
—Pero…
—Si es que estas cosas solo me pasan a mí —interrumpió Laura a su hermana, anticipándose a cualquier tipo de comentario—. Hace tres días se me presentó en casa con una maleta, diciéndome que se había quedado sin trabajo y que su jefe no le pagaba desde hacía dos meses y, claro, él tampoco podía pagar al casero; así que de repente se encuentra tirado en la calle y sin un céntimo. Me pidió que por favor le dejase pasar aquella noche, que no quería dormir a la intemperie…
—Y tú te lo creíste, ¿verdad? —interrumpió en esta ocasión Noelia el dramático alegato de su hermana.
Laura se levantó y empezó a caminar con actitud pensativa.
—O sea, que podría ser todo un bulo para quedarse en mi casa y vivir del cuento —pensó en voz alta.
—¡No, mujer! Seguramente Cupido os lanzó una flecha infectada del virus del amor, un auténtico flechazo repleto de romanticismo y pasión. Es más, me atrevería a decir que la historia de Romeo y Julieta es pura anécdota en comparación con la vuestra… Además se te ve en los ojos que estás completamente enamorada —concluyó Noelia con una sonrisa teñida de cinismo.
Laura se quedó mirando a su hermana con ojos de incredulidad. No sabía si le estaba intentando tomar el pelo o si hablaba en serio.
—El primer día confieso que consiguió seducirme con su labia y ese acento meloso tan característico de los argentinos, pero al tercer día ya tenía clarísimo que no era mi tipo —afirmó con contundencia—. ¡El tío ronca con una potencia que hasta las paredes fueron incapaces de aguantar la presión y terminaron agrietándose en busca de alivio! —dijo consternada—. Y tú que me conoces y sabes lo importante que es el orden para mí, podrás imaginarte cómo me siento cuando veo su ropa sucia tirada por el suelo, ¿acaso se piensa que soy su santa madre para que se la recoja? —espetó con rabia—. ¡Vaya educación le dio al niño, que ni siquiera es capaz de cortar un tomate para hacer una ensalada! «Tengo alergia a la cocina», dice el huevón. Pero eso no es lo peor, ¡ojo cuando sale del cuarto de baño! Ayer, sin ir más lejos, dejó el piso impregnado de un olor tan insoportable que hasta los bomberos hicieron acto de presencia alertados por los vecinos ante la posibilidad de haber sufrido una explosión de gas —La cara de Laura iba arrugándose a medida que iba desahogándose y recordando por qué quería que Matías se fuese de su casa de una vez y para siempre—. Y comer, ese hombre no come: ¡devora! ¡Me ha dejado la nevera más pelada que mi cuenta bancaria!
—Chica, no sigas que te va a dar un síncope.
—¿Y ahora cómo le digo que se vaya con su sinfonía de pedos a otra parte si no tiene adónde ir? De hecho, cuando intento insinuarle algo me interrumpe diciéndome: «Cuánto me alegro de haberte conocido, eres tan generosa y linda que las estrellas no son más que motas de polvo a tu lado». Y así consigue que me cohíba y cambie de tema.
—¿Por qué no denuncia a su exjefe para que recupere el dinero que le debe? —sugirió Noelia—. Con ese capital podría alquilarse una habitación muy económica en un piso compartido de estudiantes.
—Si no tiene un chavo, ¿cómo pretendes que pague a un abogado? —inquirió Laura.
—Adelántale tú el dinero y le haces ese favor al muchacho, aun a riesgo de que luego no te lo devuelva, pero mejor eso que seguir malviviendo en tu propia casa, ¿no crees?
Laura se detuvo frente a su hermana, dejando que el silencio tomase las riendas de la conversación durante unos segundos. Tiempo suficiente, no obstante, para sentir la rabia que le producía ver la pasividad del Estado español a la hora de velar por los derechos de los trabajadores, totalmente a merced de los empresarios. ¿Por qué la parte más débil se veía obligada a contratar un abogado y entrar en un largo proceso judicial para conseguir lo que le pertenecía? ¿Acaso no se evitaría el colapso judicial si simplemente cerrasen el chiringuito al empresario que no cumplía rigurosamente con las nóminas de sus empleados? Si no podían permitirse pagar a un empleado, ¿por qué lo contrataban? ¡Cuánto ladrón de guante blanco y cuánta manga ancha para los poderosos!, pensó inmersa en una burbuja de impotencia con la que sabía tenía que convivir.
—Tal vez sea la mejor solución —dijo por fin, reanudando la marcha hasta detenerse en esta ocasión frente al luminoso ventanal, desde donde se quedó mirando el trasiego de la ciudad—. ¡No, no es la solución! —exclamó de repente—. La justicia española es lentísima y yo no soporto a este muchacho un día más en mi casa.
—En ese caso lo envías a comprar el periódico y cuando vuelva que se encuentre con la maleta en la puerta y que se busque la vida, al fin y al cabo tú no tienes por qué hacerte cargo de él.
—Eso es muy cruel, pero visto que me va a costar una pasta la broma, se me acaba de ocurrir una idea —comentó Laura con un semblante más relajado—. Le hablaré con absoluta franqueza y lo voy a invitar a que se vaya de mi casa. Pero para que no se piense que he jugado con él o que soy una desalmada, yo misma le buscaré y le pagaré esa habitación que mencionas durante un mes, tiempo en el cual tendrá que buscarse las habichuelas.
—También le puedes llevar al comedor del padre Ricardo, donde tengo entendido que ofrecen una comida diaria a todo aquel que lo necesita —apuntó Noelia—. De este modo tendrá techo y algo que llevarse al estómago.
—¡Buena idea!
—Y tu conciencia estará tranquila, hermanita, pero a partir de ahora ten más cuidado con esos ojazos negros que siempre parecen posarse en arenas movedizas —aconsejó la hermana mayor.
Un ruido de llaves en la entrada interrumpió la conversación de las hermanas.
—Ya estoy en casa, cariño —dijo Ricardo en voz alta.
—Pasa, estamos en el comedor —repuso Noelia.
—Pero ¿vienes de trabajar o de la guerra? —inquirió Laura en cuanto vio asomarse a su cuñado por el umbral de la puerta.
Ricardo iba completamente embadurnado de polvo, hasta el punto que parecía diez años mayor al llevar blancas incluso las cejas.
—Es lo que tiene trabajar junto a unos albañiles, que cuando les toca echar mano a la radial para cortar baldosas sabes que vas a acabar como un campo nevado —explicó Ricardo, visiblemente fatigado.
—Anda, ve a darte una ducha que vas a poner todo perdido y tengo la casa impoluta —urgió Noelia—, así mientras te preparo la comida dado que no te esperaba tan pronto.
—Voy —asintió con una humilde sonrisa, desapareciendo inmediatamente de la vista de las dos mujeres.
Ricardo se quitó el mono de trabajo en el baño, se lavó las manos y se fue a la habitación a por ropa de cambio. Fue en ese momento cuando sus ojos se clavaron en la carta que había sobre la mesita de su mujer, la cual llamaba estrepitosamente la atención por el colorido que desprendía aquel corazón cuidadosamente dibujado y cuyo peculiar aroma había inundado toda la estancia.
«¡No me lo puedo creer!», gritó para sus adentros, sintiendo cómo le daba un vuelco el corazón.
Por un instante el miedo invadió su cuerpo, quedándose paralizado a dos metros de la carta, no sabiendo si gritar de furia o echarse a llorar de la inmensa tristeza que invadió todo su ser. ¿Acaso su esposa le estaba siendo infiel con otro hombre?, fue el primer pensamiento que le vino a la mente. Era consciente de que estaba trabajando mucho y que no le estaba prestando la suficiente atención, pero jamás en la vida habría sospechado que su mujer se la estuviese pegando con otro. Siempre había sentido miedo de perderla, sobre todo porque le aventajaba en diez años y temía que al hacerse mayor fuese perdiendo su atractivo; sin embargo, a pesar de sus cuarenta y dos años, se sentía joven, conservaba todo su pelo así como una buena línea, no como su mujer que se había dejado un poco y había perdido la bella figura que tenía cuando la conoció. De hecho, le aliviaba en cierta manera que Noelia hubiese perdido su tipo, porque era un hombre muy celoso y sufría mucho solo de pensar en la posibilidad de ser un día reemplazado. ¿Acaso había llegado ese fatídico día o, quizás, estaba de nuevo sacando las cosas de quicio, tal cual le había sucedido en otras ocasiones?
«¡Malditos celos! —exclamó para sí, amonestándose severamente y respirando de nuevo con tranquilidad al percatarse de cómo su mente había elaborado juicios sin ningún tipo de fundamento—. ¡Vaya sorpresa se ha currado para mí! —cambió su diálogo interno al lado más positivo, al más humano, rescatando de su memoria una de las técnicas que le enseñó aquella psicóloga a la que estuvo asistiendo durante cinco sesiones por los problemas de celos que venía arrastrando desde el primer momento de su noviazgo y que tanto le habían ayudado—. Si es que tiene unos detalles que no me los merezco. ¿Cómo he podido ser tan estúpido de pensar que me estaba engañando con otro, cuando lo más probable es que haya puesto todo su entusiasmo y cariño para escribirme esa carta?», pensó con ciertos remordimientos de conciencia.
La curiosidad le hizo avanzar y con una sonrisa cogió la carta entre sus manos. Sonrisa que se esfumó de un plumazo cuando leyó: «Si los sentimientos más profundos pudiesen inmortalizarse, en mi cuerpo estaría tatuado tu nombre y tu semblante», de un tal Arturo Muñoz Ramos.
—Cariño, ¿quieres que te prepare algo especial para comer? —escuchó la voz de Noelia que avanzaba por el pasillo camino a la habitación.
Ricardo, que había quedado en estado de shock al sentir el yugo de la traición, dejó la carta sobre la mesita. Se sintió tan consternado e impotente que, en aquel momento, por respeto a su cuñada, no quiso montar ningún espectáculo del cual luego arrepentirse, aunque no pudo contener dos lágrimas silenciosas que recorrieron sus mejillas hasta precipitarse como bolas de fuego sobre su pecho, abrasando incluso a su alma.
—Prepara lo que quieras —susurró con la voz entrecortada, precipitándose hacia el baño continuo a la habitación para no ser pillado in fraganti husmeando la carta del amante o, lo que era peor, verle totalmente derrumbado y fuera de control.
—Te voy a preparar tu plato favorito —informó Noelia ya en la habitación.
«Anda, me he dejado la carta en la mesita —observó de refilón—. Mejor la guardo en un cajón porque si la ve Ricardo, con lo legalista y honrado que es, va a estar dos días pidiéndome explicaciones y no quiero perderme esta preciosa historia de amor».
2
Arturo se despertó con los primeros rayos de sol que daban de nuevo la vida al adormilado horizonte. Un día que se le antojaba especial, diferente, esperanzador, donde los sueños se elevaban como una cometa capaz de hacer frente al viento para mostrar desde lo alto su belleza y poderío.
Se levantó con el corazón palpitante de la emoción. Tenía pensado desde hacía días el ritual que iba a seguir y nada ni nadie iban a impedirle vivir y disfrutar de ese momento que tanto había ansiado.
En primer lugar cogió la fotografía donde posaba alegremente con sus padres, la besó con ternura y la colocó junto al ordenador.
«Siento mucho que ya no estéis aquí y no podáis ver el trabajo en el que tanto me animasteis. Sin vosotros, estoy convencido de que no habría sido posible. Sabed que os sigo queriendo con locura y que siempre os tendré presentes en mi corazón hasta que finalmente el destino nos junte en el sueño eterno», pensó en voz alta, firmemente convencido de que su mensaje atravesaría las esferas del espacio y el tiempo, quedando perenne en las inmensidades del universo.
Inmediatamente después, encendió el ordenador y buscó el archivo sobre el que había estado trabajando durante tres largos años. Desafortunadamente, en el ecuador de ese tiempo, su madre lo abandonaría para siempre por un accidente de tráfico y, tres meses después, el corazón de su padre también dejó de latir. La autopsia confirmaría lo que desde un principio sospechó, que falleció por un ataque al corazón, a pesar de que era un hombre que apenas había visitado un centro médico por su gran fortaleza. Por ello Arturo intuyó que el amor tan grande que su padre sentía hacia su adorable esposa fue el que precipitó su despedida, dado que su corazón no pudo soportar su pérdida. Fue así cómo, en un abrir y cerrar de ojos, la vida de Arturo cambiaría radicalmente, quedando completamente huérfano y sin un solo familiar. Tanto él como su padre y su madre fueron hijos únicos, por lo que tan drástica pérdida fue un caer en tierras movedizas donde todos los pilares de su vida fueron desmoronándose uno a uno. Poco después, para mayor desconsuelo, su novia lo dejaría por otro; un trago amargo que le costó digerir, aunque la relación llevaba mucho tiempo estancada y sin funcionar, hecho que a la larga supondría un alivio más que una pena.
Arturo suspiró emotivamente al ver cómo el título brillaba en la pantalla igual que el sol en mar azulado: “Ya no hay vuelta atrás”.
A continuación minimizó el archivo y abrió una nueva ventana conectándose a Internet. Buscó en YouTube The Orchestral Hergest Ride de Mike Oldfield, el músico favorito de sus padres y que tantas veces habían escuchado juntos, y le dio al play. Al menos su melodía le acompañaría en tan emotivo momento, teniendo en cuenta que la música era inmortal. Cada nota musical iba acompañada de algún recuerdo inolvidable, dejando en su alma una cálida sensación de quietud y bienestar.
Finalmente, cuando sintió cómo la armonía fluía por su cuerpo, cogió una barrita de incienso, la encendió y se dejó envolver por su aroma como lo hacen los brazos de una madre cuando abraza a su hijo.
Se sentó frente al teclado y escribió la dedicatoria que tanto anhelaba, dejando que las palabras fluyesen desde la autenticidad y la sinceridad:
Dedicada a mis queridos padres, las personas que dieron vida a estas manos y a este corazón ardiente de deseos y sueños. Os estoy inmensamente agradecido por vuestra maravillosa herencia: ese amor infinito capaz de atravesar abismos y hasta el mismísimo desierto, agua viva capaz de formar un oasis en medio del desierto como Jericó, luz entre tinieblas y ráfaga de aire fresco en la soledad. Allá donde vuestra alma more, allá estará mi corazón. Por siempre y para siempre. ¡Gracias!
Guardó el documento, suspiró y le dio a imprimir.
Esperó a que las doscientas hojas se imprimiesen con la impaciencia que lo hace un padre cuando su mujer va a dar a luz. Por primera vez pudo saborear una infinitésima parte de lo que suponía ser padre, de esa sensación majestuosa y sorprendente que se sentía al ser partícipe en la formación de la vida: ¡su retoño estaba a punto de nacer! Una primera novela con la que esperaba deleitar al público y sobre la que había apostado su incierto futuro. ¿Estaría a la altura de las grandes novelas o pasaría desapercibida como el viento lo hace a nuestros ojos? ¿Qué pensarían los lectores de una historia tan distinta a lo escrito hasta el momento? ¿Tendría la fuerza y el carisma suficiente para cruzar las fronteras? Mil y una preguntas que pasaban por su mente dejando una estela de incertidumbre que intentaba difuminar con pensamientos positivos, esos que le hacían creer en su trabajo, valorar sus cualidades y confiar en su esfuerzo. Por otro lado, y muy a su pesar, en esas esperanzas que comenzaban a brotar como rosa en un rosal, se encontraban junto a los suaves pétalos las espinas que representaban una necesidad vital de índole económico. Quizás no hubiese deseado ver aquellas espinas hirientes para poder centrarse únicamente en la belleza de la rosa, pero también era consciente de que sin ellas no habría conseguido su objetivo, ya que la repentina desaparición de sus padres dejó a la novela a medias, completamente estancada, y de no haber perdido el empleo cuatro meses atrás, probablemente nunca la habría acabado de escribir y se habría quedado en el cajón de los recuerdos. Comprobó en sus propias carnes cómo el hombre en tiempos de necesidad agudizaba su ingenio. Y no le quedó más remedio que estimular su creatividad al ver cómo sus ahorros descendían igual que las posibilidades de encontrar un trabajo de lo suyo.
No fue fácil para Arturo tener que abandonar ese camino asfaltado por el que circulaba a gran velocidad y, de repente, verse en la tesitura de tener que deshacerse de su vehículo en medio de la calzada, completamente inservible a pesar del esfuerzo que le había supuesto conseguirlo, porque su camino había quedado completamente bloqueado e intransitable, teniendo que abrir a pie una nueva vía a través de la selva y con el hándicap de no tener herramientas, más que sus propios recursos. La crisis había golpeado con fuerza a todo lo relacionado con la construcción y como ya no se construía, porque tampoco se vendía, las empresas no contrataban arquitectos. Al quedarse casi sin clientes y, para mayor desazón, los pocos que tenía no le pagaban, se vio forzado a darse de baja de autónomo y buscar suerte en otros sectores. Incluso tuvo que maquillar su currículum y eliminar su carrera universitaria así como los idiomas que hablaba —inglés, alemán y francés— para buscar una oportunidad de camarero, reponedor o incluso de basurero. Lo intentó todo sin éxito; incluso se apuntó a una empresa de trabajo temporal dispuesto a trabajar aunque fuese un día limpiando un almacén, pero jamás recibió una llamada.
Al darse cuenta de que nadie podría ofrecerle un empleo, tiró de sus cualidades para buscar una alternativa: ¡escribir! Y es que su situación comenzaba a ser exasperante porque de no conseguir ingresos en breve se vería obligado a devolver el piso al banco —le quedaban cinco años para acabar de liquidar la hipoteca— y a ello no estaba dispuesto. En aquel piso estaban depositados, no solo los recuerdos, también todos los ahorros de sus padres, de gente muy humilde que a pesar de las dificultades hicieron el sobreesfuerzo de adquirir la propiedad, cuando para ellos ya había supuesto un sacrificio titánico el afrontar los pagos de sus estudios de arquitectura, que asumieron desde el más absoluto silencio y la más pura humildad. Tenía, por tanto, una obligación moral y por ella lucharía con la espada de la tenacidad y la armadura de la honestidad, y, como escudo, su propia vida.
Sus ojos se iluminaron cuando la impresora dejó de besuquear el papel y pudo leer una de las palabras más gustosas de un escritor: «FIN».
Cogió los folios, los golpeó sobre el escritorio para alinearlos y, entonces, en ese preciso instante, comprendió la gran paradoja de aquellas tres letras que con tanta satisfacción escribió y que, sin embargo, le indicaban la verdadera realidad en la que estaba inmerso: ¡su periplo no había hecho más que comenzar!
Cogió el paraguas para protegerse de la fina lluvia que estaba cayendo y respiró el frescor que dejaban las gotas de agua.
Alegre y risueño con su novela bajo el brazo, se dirigió a la copistería más cercana para fotocopiar por partida doble el manuscrito. Pidió encuadernar los trabajos, disfrutando del proceso como un padre ve vestir por primera vez al recién nacido, percibiendo con su mirada una fragilidad conmovedora, fruto del reflejo de la dulzura y la inocencia. Tras los agujeros sobre el lateral de los folios, limpios e intrigantes como cuando a una niña le ponen su primer pendiente, llegó el arrullo en forma de lámina transparente para acariciar el título y, en el otro extremo, una lámina negra más gruesa que acolchaba a todas las hojas como el hombro de una madre donde el bebé se reclina y abandona a sus sueños. Proceso que concluyó con el alambre que cerraba el trabajo, igual que la cremallera cierra un vestido.
Arturo salió de la copistería con la misma ilusión que un niño entra a un parque de atracciones: repleto de energía y entusiasmo. Ahora tocaba entregar una de las copias a la Propiedad Intelectual para demostrar su autoría y evitar así un posible plagio. Era consciente de que incluso muchas editoriales se habían aprovechado de la ingenuidad y el buen quehacer de algunos autores nóveles, quienes sin saberlo eran plagiados por autores consagrados.
El trámite le llevó prácticamente toda la mañana. Primero tuvo que rellenar el impreso, después hacer una fotocopia del carné de identidad, ir al banco a hacer el ingreso de once euros que costaba dicho trámite, para luego volver de nuevo a la oficina a entregar toda la documentación requerida. ¡Se le fue el tiempo sin casi darse cuenta! Pero como solía decir su padre: «El tiempo bien invertido en el pasado es tiempo recuperado en el futuro», a lo que también solía decir: «Evita el riesgo y evitarás el peligro».
A pesar de que Zaragoza no fuese excesivamente grande en comparación con la capital de España o la ciudad Condal, las distancias eran considerables cuando estas se realizaban a pie. En más de una ocasión se acordó de su Renault Clio de segunda mano, que a pesar de ser un coche modesto se convertía en un bien de excesivo lujo para alguien sin trabajo y con una hipoteca de por medio, viéndose en la tesitura de tener que venderlo por el mísero precio de quinientos euros. A pesar de no ser una cantidad cuantiosa, el mero hecho de no tenerlo le supuso un importante ahorro. Atrás quedaría el sangrante seguro del coche, el impuesto de circulación, la revisión obligatoria, el cambio de aceite, los gastos de gasolina, así como las constantes averías que iban siempre acompañadas de cuantiosas facturas del taller.
Aquella caminata también consiguió rescatar de su memoria al pobre desgraciado que la semana anterior le había robado su bicicleta, privándole de moverse con soltura por la ciudad. Una gran pérdida porque, tal y como estaban las cosas, no podía permitirse comprar otra, a sabiendas de que podrían robársela de nuevo y perder gran parte de sus pocos ahorros. Por ello buscaba consolarse con pensamientos que impidiesen despertar sentimientos de odio, a sabiendas de que eran la carcoma del alma: «Quizás quien se la llevó la necesitase más que yo».
Al llegar a casa, como no tenía ganas de cocinar, optó por un menú ligero. Primero preparó una ensalada y luego puso en la vitro un cazo con agua donde añadiría un sobre de sopa. Mientras la vitro cumplía con su función de calentar la mezcla a fuego lento, Arturo siguió su ritual habitual a la hora de las comidas: escuchar música. En esta ocasión se puso un disco de Dire Straits y empezó a sonar una de sus canciones favoritas, I don’t Know how it happened. Lo cierto era que disfrutaba más escuchando música que viendo la televisión. Detestaba escuchar las noticias manipuladas por la casta política y ser víctima del particular escrache que de forma descarada ejercían en el propio salón de los ciudadanos, por ello, cuando la escasez le obligó a empeñar parte de sus bienes, sería el primer electrodoméstico que vendería en una casa de segunda mano.
Tras la comida, relajado y con las fuerzas recuperadas, se dirigió a su despacho presto a enfrentarse a uno de los escollos más importantes a superar: ¡encontrar una editorial! Una misión que se le antojaba harta difícil, principalmente porque no conocía a nadie relacionado con el mundo literario y tampoco tenía contacto alguno con la dueña de la sabiduría: la experiencia. Lo único que sí conocía era a esa suave vocecilla proveniente de su interior que le susurraba al oído: «Tu trabajo vale la pena e incluso llegará un día en el que traspasará las fronteras. ¡Lucha por él!». Susurro que, muy a su pesar, fue decayendo con el transcurrir de los días, al igual que su ilusión tras no recibir ningún tipo de respuesta por parte de las dos editoriales a las que con tanto cariño, esfuerzo y dedicación había enviado su manuscrito.
A pesar de todo no perdió la esperanza y, ante tan exasperante mutismo, planificó una segunda estrategia: enviaría su novela por email a todas las editoriales, dado que la impresión tenía unos costes muy elevados al igual que los correspondientes envíos certificados por correo postal.
Buscó un listado de editoriales de los que pudo extraer con facilidad sus emails. Luego preparó una carta de presentación y reenvió su novela en archivo pdf a tantas empresas como descubrió, grandes y pequeñas. Si no podía publicar con una reconocida editorial, lo haría con una desconocida, al fin y al cabo pesaba que si la novela era buena se abriría paso por ella misma. Lamentablemente, el denominador común que encontró Arturo no fue otro que el silencio, ese desprecio silente que en ocasiones hería más que un puñetazo o un insulto. El mismo que sintió al descubrir las editoriales trampa, esas que buscaban sacar tajada de los escritores nóveles coeditando sus obras a un precio desorbitado y donde en realidad el escritor pagaba toda la edición a un precio incluso superior al de coste. Un negocio redondo porque conseguían beneficios editoriales aunque no se vendiese un solo ejemplar; y para colmo, con argucia y sin escrúpulos, hacían creer al escritor que la editorial se arriesgaba asumiendo el cincuenta por ciento de los gastos de un presupuesto completamente inflado, cuando en realidad lo único que hacían era aprovecharse del entusiasmo de quien quería ver publicada su obra.
Las dudas empezaron a surgir en Arturo al ver tantos pescadores en un mar repleto de tiburones y pocos peces. ¿Acaso su obra no tenía la suficiente calidad literaria para editarse?, se cuestionaba seriamente. Dudas que se incrementaron con las primeras y ansiadas respuestas de las editoriales formales: «Estimado escritor, le agradecemos el envío de su novela pero le informamos de que nuestro servicio de publicación ya está cubierto hasta los próximos dos años». Otras respuestas eran más tajantes, encubriendo una respuesta automática que indicaba que ni siquiera su manuscrito había recibido la oportunidad de ser leído, teniendo en cuenta que solo escribió a editoriales que publicaban su género literario: «Lamentamos comunicarle que su obra no encaja en nuestra línea editorial». Aunque la respuesta estrella provenía de aquellas editoriales capaces de mostrar con gran sutileza la puerta de salida sin ni siquiera haber entrado: «Solo aceptamos manuscritos provenientes de nuestros agentes literarios o aquellos que la editorial solicite». Respuestas que sirvieron para que Arturo fuese realmente consciente de la dificultad que suponía recibir una oportunidad por parte de una editorial, donde intentar entrar en una de las grandes se convertía en una auténtica utopía para un autor novel, completamente abandonado a su suerte.
La desesperanza hizo que Arturo abandonase el sueño de ser escritor el día en el que, con valentía, se presentó a las puertas de la editorial más pequeña de la ciudad. Le quedaba un último cartucho, así que optó por gastarlo hablando directamente con el editor, cara a cara, sin fríos mensajes de por medio. Para su sorpresa fue recibido y atendido sin largas esperas, llevándose a su vez una lección que jamás olvidaría.
—Pero ¿no puede leer siquiera la novela y decirme si le gusta?
—Somos una editorial muy pequeña y no podemos arriesgarnos contigo —repuso el editor con firmeza—. Nadie te conoce y lo más difícil no es publicar, sino vender el libro.
Arturo quedó anonadado ante semejante comentario que contrastaba con lo que él pensaba. ¿Acaso lo más difícil no era escribir la novela? Así lo consideró en un principio, hasta el día que quiso sumergirse en el lago del mundo editorial y se percató de que en realidad lo más difícil era publicar la novela, sin duda, prueba de ello era toda la odisea que había realizado hasta el momento en vano. Y, sin embargo, aquel jovenzuelo de rostro serio le decía que lo más complicado era vender el libro. ¿Cómo podía ser posible? El propio editor le dio la respuesta sin necesidad de formular la pregunta.
—Si entras a una librería, ¿no te das cuenta de que siempre están en primera fila los mismos autores? —Arturo visualizó su librería habitual cayendo en la cuenta del verídico comentario—. Cada editorial tiene una cartera de escritores que les proporcionan unas ventas. Entrar a formar parte de esa plantilla es enormemente complicado, a no ser que seas famoso o ganes un premio literario, que, por cierto, es también una misión bastante compleja… Para poder ocupar ese espacio privilegiado las editoriales grandes pagan a las librerías, lo cual nos deja al resto de editoriales con la imposibilidad de ni siquiera mostrar la portada de nuestros libros, ya que estamos relegados a estar en una estantería rodeados de otros centenares de libros donde solo se ve el fino lomo de nuestras publicaciones. Entonces, ¿cómo se vende un libro que no se ve? Única y exclusivamente por recomendación. Y ¿quién crees que te iba a recomendar a ti si es probable que nadie te lea? —preguntó el editor de forma retórica—. Tus padres y cuatro amigos que te comprarían la novela por puro compromiso.
—Pero ¿cuántos ejemplares necesitarían vender para amortizar los gastos? —insistió Arturo a pesar de la contundencia con la que le estaba hablando aquel joven editor.
—Unos doscientos.
—Yo esa cifra me comprometo a venderla —repuso Arturo.
—¿Serías capaz de regalar doscientos libros? ¡Piénsalo bien! —instó el editor, zanjando la conversación con la que iba a ser su última afirmación antes de despechar a la improvisada visita—: Ni siquiera yo, que conozco a un montón de gente, sería capaz de regalar esos libros; así que ya no te digo si en lugar de intentar regalarlos me propusiese venderlos.
Arturo abandonó el edificio cabizbajo y malhumorado. Solo quería que alguien le diese una oportunidad, nada más, por ello sintió el dolor de ver cómo un desconocido le cortaba las alas y sin compasión alguna tiraba por la borda todos sus sueños. No conforme con ello, no tuvo reparo en apearle del barco dejándole desnudo en medio de la nada, aunque al menos, y tuvo que reconocerlo, con los pies en el suelo. Una realidad difícil de aceptar, aunque más doloroso sería ver cómo las polillas devoraban de un plumazo el trabajo de muchos años de estudios, de formación, de documentación y de esfuerzo mental para transcribir todo el precioso y complejo entramado que a sus ojos había desarrollado.
La situación de Arturo iba enquistándose con el simple trascurrir de los días. En apenas tres meses se quedaría sin ahorros y ello supondría no hacer frente a los gastos de la hipoteca. ¡El desahucio lo acechaba con mirada incipiente! Una realidad inquietante y, a su parecer, injusta, teniendo en cuenta que los bancos habían sido rescatados con dinero público. ¿Acaso las personas no podían ser igualmente rescatadas? ¡Qué contradictorio era todo! Sin embargo, de nada le servía el razonamiento o enfrentarse a aquellos edificios trampa desde donde se manejaba a los ciudadanos como títeres y cuya única preocupación radicaba en aumentar su patrimonio, aunque para ello tuviesen que recurrir al desahucio. Pero ¿qué hacer para darle la vuelta a la tortilla?
Un día, cuando la desesperación empezó a hacer estragos en la mente y en el cuerpo de Arturo, recibió la llamada de un amigo de Francia. Una conversación que, sin saberlo, marcaría un punto de inflexión en su destino. Era de nuevo su amigo Franck, con quien había charlado distendidamente apenas dos días atrás. La etapa que compartieron en la Universidad de Grenoble, lugar donde Arturo estuvo de Erasmus en su último año de carrera, dejó una unión fraternal que ni el tiempo ni la distancia fueron capaces de romper, convirtiéndose en grandes confidentes, en ese hombro amigo en el que poder confiar, reír o llorar. Fue en esa primera llamada cuando el propio Franck quiso descubrir algo más sobre la faceta literaria de su amigo: «¿Tú no habías escrito una novela? ¡Envíamela que quiero leerla!». Petición que Arturo se limitó a realizar de forma inmediata gracias a las nuevas tecnologías y que con tan solo un clic consiguió traspasar las fronteras mientras seguían charlando por Skype, aunque lo que jamás se imaginó fue la conversación que estaba por venir.
—Arturo, ¡ya me he leído la novela! —escuchó el perfecto español de su amigo Franck con tono emocionado.
—¡Qué rápido! —contestó Arturo, impaciente por saber la opinión de la primera persona que se había interesado por la misma—. ¿Y qué te ha parecido?
—Tienes que publicarla. ¡Es buenísima! —exclamó con una alegría contagiosa—. Me tenía completamente enganchado y no podía parar de leer, además me ha motivado muchísimo.
—No sabes cuánto me alegra escucharte y, sobre todo, que te haya podido ayudar.
—Si me permites me encantaría enviársela a una amiga mía de Colombia, ¿te importa?
—En absoluto. Puedes pasársela a quien desees, al fin y al cabo para eso la escribí.
—Por ello te llamaba de nuevo, para darte las gracias y animarte a publicarla con tus propios medios, por muy escasos que sean. ¡Será todo un éxito!
—¿Tú crees?
—Bien sûr! ¡Claro que sí! Tienes que jugártela a una carta. Piensa que lo mismo te da estar sin un euro ahora que dentro de dos o tres meses, pero si te sale bien la jugada podrás resurgir de las cenizas y ver por fin la luz al final del túnel.
—Mira, te digo una cosa. Solo por la ilusión que ha conseguido despertar en ti, creo que simplemente por ello ya ha valido la pena el haberla escrito. Pero ¿sabes otra cosa? —Un tímido silencio se adueñó de la línea, que el propio Arturo se encargó de romper—. ¡Acepto el reto!
Al día siguiente, fiel a la promesa realizada, Arturo contactó con Guillermo, su amigo informático, quien le facilitó el programa Indesing que solían utilizar las editoriales para la maquetación de las obras, junto con un libro tutorial que explicaba el funcionamiento del mismo.
Durante dos días, descansando únicamente para comer, estuvo leyendo el libro y viendo programas en YouTube de iniciación a la maquetación en Indesign, que le permitieron adquirir los conocimientos suficientes para lanzarse a la aventura de maquetar su propia novela. Le llevó su tiempo, pero aplicando las reglas básicas del aprendizaje: ensayo-error, consiguió dejar un trabajo tan pulido que parecía hubiese pasado por las manos de un verdadero profesional.
Una vez concluido el trabajo más laborioso, se puso manos a la obra para elegir la portada que daría vida a la obra a través de una imagen visual. Le costó encontrarla, principalmente porque tenía que hallar una que estuviese libre de derechos de autor, hasta que al fin dio con una fotografía de un autor alemán que reflejaba en buena manera la idea aproximada acerca de lo que podría versar la obra. Era una imagen llamativa y cautivadora, intrigante y merecedora de recobrar vida a través de su novela.
Para realizar las cubiertas tuvo que seguir aprendiendo y llamar de nuevo a su amigo el informático para que le facilitase, en este caso, el programa de Photoshop. Gracias, una vez más, a la generosidad de quienes habían colgado los tutoriales en YouTube pudo descubrir su funcionamiento sin necesidad de leer ningún libro, pero al intentar realizar las cubiertas se dio cuenta de que le faltaba el ancho del lomo. Desconocía su medida, dado que era una medida muy precisa que solo la imprenta podría facilitarle correctamente, según el grosor del papel elegido y el número de páginas.
