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Las almas de una etarra, un político y un drogadicto se encuentran en el purgatorio a la espera del juicio final. Sin embargo, lejos de temer al Todopoderoso se atreven a exigir al ángel que les acoge la presencia directa de Dios, así como el Libro de reclamaciones, para hacerle saber que están muy decepcionados con Él por haberles quitado la vida de una manera poco ortodoxa y por regir el mundo de forma pasiva e injusta. El ángel, molesto por sus conductas indisciplinadas, les hará caer en un sueño retrospectivo en el que cada personaje revivirá los momentos más importantes de su historia para mostrarles la esencia de la verdad y la vida. Moviola de tres vidas truncadas es una novela con unos recursos literarios que permitirán al lector sumergirse apasionadamente en su lectura, buceando con los protagonistas en un mundo deshumanizado donde Antonio Gargallo se atreve a lanzar un mensaje revolucionario, un mensaje de sensatez y del más absoluto sentido común, poniendo entre las cuerdas a una sociedad que se ha olvidado de la dignidad del hombre. Un sistema corrompido por políticos buhoneros y vende humos, que ha creado sus propias víctimas.
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Seitenzahl: 374
Veröffentlichungsjahr: 2021
Primera edición: diciembre 2013
© Antonio Gargallo Gil
www.antoniogargallo.com
antoniogargallo.blogspot.com
Fotografía de portada H.Koppdelaney
Todos los derechos reservados. Queda rigurosamente prohibido, bajo las sanciones establecidas en las leyes, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra que solo puede ser realizada con la autorización del autor.
Depósito legal: J 747-2013
ISBN 978-84-18631-27-6
1
–¡Hombre... pero mira quién está aquí! El tercero en discordia.
–¿Quiénes sois?
–Tus ángeles de la guarda.
–¡Anda ya! Menos recochineo.
–Bueno, bueno, bueno, así que subimos con los ánimos un poco alterados. Pues te aconsejo que te vayas armando de paciencia –respondió la chica.
Vicente estaba fuera de sí. Hacía unos segundos acababa de suicidarse y, de repente, como si de un relámpago se tratara, se encontró en una sala completamente iluminada por rayos de luz provenientes de todas las direcciones, junto a dos desconocidos quienes parecían conocerle.
–¿Quiénes sois y qué diablos estoy haciendo aquí? –insistió Vicente, desconcertado por la situación.
–Este que está a tu derecha es Mario y yo soy Nerea, ambos estábamos esperándote.
–¿Por qué?
–Demasiadas preguntas y, por cierto, muy poca educación por tu parte.
–¿Dónde estoy?
–No te pongas nervioso. Creo que los tres tenemos algo en común, por eso nos han dicho que esperásemos tu llegada.
Vicente estaba anonadado ante tanta incógnita y misterio, lo único de lo que era consciente era de que su vida no había terminado a pesar de su muerte terrenal.
–Pero, ¿esto es el cielo o el infierno?
–No lo sabemos, antes tenemos que hablar con un tal Dios.
–Vaya flipe, ¿no me digas que Dios existe? –preguntó sorprendido–. Y yo que pensaba que eran habladurías... –murmuró para sí, todavía incrédulo de escuchar aquellas palabras.
–Eso parece, nos ha dicho un ángel que en cuanto llegases sabríamos el motivo de tan larga espera –intervino Mario al fin, cuya voz denotaba preocupación.
Vicente se percató de que el lugar en el que se encontraba carecía de cualquier tipo de racionalidad. Sus sentidos percibían una nube que le confinaba en una especie de habitáculo, el cual, a pesar de carecer de paredes, suelo y techo, no permitía salir de él. No obstante, lo que más asombraba al joven era la luz penetrante absorbida por aquella especie de nube envolvente. Luz que confería un brillo natural y una luminosidad espléndida irradiada en toda su magnificencia. Tal era la luminosidad desprendida que hasta los propios cuerpos parecían estar dotados de transparencia, en donde el físico desaparecía para dar paso a una figura iluminada. La disociación entre cuerpo y alma se había producido. El vehículo que aquella alma había utilizado durante veinticinco años en la Tierra dejaba de ser imprescindible y carecía de utilidad en aquella extraña dimensión.
Durante unos instantes, Vicente permaneció perplejo y ausente de la realidad. Su abstracción era tan notoria que la llamada de atención por parte de Nerea resultaba como un eco vagante entre montañas, hasta que asimiló su situación, en donde los problemas físicos que acarreaba continuamente habían desaparecido, y todo el sufrimiento acaecido desde su adolescencia se había desvanecido igual que le ocurre a la nieve al brillar el sol.
–¡Se ha quedado pasmado! –dijo Nerea a Mario, al percibir que Vicente hacía caso omiso a la demanda que esta había emitido.
–Igual que cuando llegaste tú –respondió Mario, respaldando el comportamiento del nuevo invitado.
–¿Cómo te llamas? –preguntó por segunda vez Nerea.
Vicente despertó de su letargo y se presentó de una manera más sosegada.
–¿Podéis explicarme qué es lo que estamos haciendo aquí? –inquirió Vicente, ansioso de conocer su destino.
–Hace mucho tiempo que estábamos esperándote. Un ángel nos dijo que saldríamos de aquí en cuanto tú llegases y descubriesemos la razón por la que estamos los tres aquí. Al parecer, tenemos algo en común y debemos averiguarlo –dijo Mario, quien se mostraba más paciente que Nerea, algo agitada por la larga espera a la que habían sido sometidos–. Tendremos que hablar de nosotros mismos y ver qué es lo que nos une.
–Yo seré breve –se apresuró Nerea en replicar–, pues mi vida no ha sido muy larga. Cuando tenía veinticuatro años obtuve la licenciatura en Químicas. Trabajé en un laboratorio durante siete años y colaboré con ETA en la elaboración de explosivos para conseguir la independencia de nuestro territorio. Justo cuando estaba disfrutando de los mejores momentos de mi vida, morí en un accidente de tráfico. Me siento defraudada y en cuanto hable con ese tal Dios me va a escuchar... –su tono de voz mostraba un cierto odio hacia quien se suponía que la había creado. No cabía duda de que el fabricante de humanos había sido injusto con ella, y no entendía la razón de su existencia en la Tierra. ¿De qué servía luchar por lo que uno quería y de repente abandonar a toda su familia y amigos porque un loco adelantó por el carril contrario? ¿Qué culpa tenía ella? ¿Por qué tuvo que abandonar repentinamente todos sus proyectos a favor de un ideal con el que había nacido y el cual tenía arraigado en sus entrañas? ¿Acaso Euskal Herria no era una tierra que se merecía la liberación de la opresión del Estado español? Tenía un sinfín de preguntas que quería que fuesen aclaradas lo antes posible.
–Veo que la edad no es una razón que nos una –añadió Mario–, pues yo llegué hasta los cincuenta. Mi profesión era bastante dispar a la de Nerea, ya que fui un sabio político respetado y querido por el pueblo, y luché toda mi vida por adquirir el estatus social que mi familia merecía. Desgraciadamente, cuando estaba disfrutando del poder y de las adquisiciones que había conseguido, me da un infarto al corazón y muero súbitamente. Confieso sentirme defraudado, al igual que Nerea.
Tampoco cabía duda de que Dios había sido muy poco considerado con él. ¿Por qué no pudo llegar a celebrar su jubilación y conocer a sus nietos? ¿Para qué tanto sacrificio si el día menos pensado acabó enterrado en el mismo cementerio que cualquier vagabundo? En breve se enfrentaría a un Creador que en su desventura había juzgado como maligno, pero le daba igual, muerto por muerto no tenía nada que perder.
Vicente escuchó atentamente las dos versiones de sus compañeros de célula; sin embargo, su vida no tenía nada que ver con la política ni con el afán independentista y proetarra. No llegaba a entender la relación entre los tres. Quizás con la descripción de su biografía diese alguna pista para descifrar el enigma.
–Mi historia es muy chunga, nada que ver con la vuestra –el reflejo de su voz denotaba un tono desconsolado, no le agradaba la idea de hablar de sí mismo y tampoco el recordar la vida rastrera que había tenido, llena de sufrimiento y desasosiego–. ¿Qué queréis que os diga? A mí la política me importa un comino, no tengo ningún tipo de estudios y lo de currar nunca fue para mí… Si hubieseis tenido unos padres tan manipuladores y egoístas como los míos, seguro que también habríais acabado siendo unos desgraciados –sin demorarse en explicaciones, prosiguió–: A los quince años me metí en un mundo del que ya no pude escapar, la droga –puntualizó–. Empecé con los porros y acabé metiéndome de todo. Estaba tan chungo que acabé en una depresión profunda y, hace unos instantes, me sentí un ser tan miserable y putrefacto que decidí hacer puenting con la cuerda en el cuello. Y ya podéis ver el resultado –concluyó.
Las tres almas divagaban por la sala sin saber muy bien qué hacer, qué decir o cómo actuar. Los tres meditaban acerca de sus intervenciones, en busca de un nexo común que consiguiese liberarlos de aquella situación pero, muy a su pesar, nadie lograba descifrar el enigma. De repente, una suave música se incrustó entre los rayos de luz, desprendiendo una inmensa paz y armonía.
–¿Qué sucede? –preguntó Vicente, desconcertado por la grata sorpresa musical.
–Estamos de suerte, un ángel se acerca –respondió Mario.
–¡Un ángel! –repitió Vicente, embelesado por la música y la noticia. No sabía si el ángel tendría alas como había visto en las películas y en los cuadros, o si se trataba de un ser majestuoso e inimaginable.
–Sí, sé lo que estás pensando –se apresuró a replicar Nerea ante los pensamientos obvios de Vicente–. No te hagas ilusiones, solo escucharemos su voz, pero no veremos nada.
–¡Lástima! –respondió Vicente, decepcionado por no poder divisar más allá de lo que nunca había visionado.
Una voz suave y potente comenzó a resonar en toda la sala. Era la voz del ángel:
–Sea bienvenido a su nueva morada –Vicente escuchaba con atención el eco resonante de unas palabras dirigidas explícitamente para él–. No teníamos previsto acogerlo tan pronto. No obstante, no nos queda más remedio que aceptar su imprudencia.
–¡Imprudencia! –exclamó Vicente, interrumpiendo repentinamente la voz del ángel. Aparte del sufrimiento que tuvo que soportar en la Tierra, ahora tenía que aguantar la reprimenda de quien no hizo nada para evitar aquel triste acaecimiento–. Os habéis pasado conmigo.
–Y conmigo –se solidarizó Nerea–. Yo no tenía por qué estar aquí.
–Ni yo –agregó Mario, apoyando a su vez las palabras de su compañera.
La tensión era evidente. Las tres almas estaban unidas en un mismo sentimiento. Desde lo más profundo de sus entrañas se engendraba un odio inmenso hacia el que hubiese creado la vida y, sin aviso alguno, la hacía desaparecer inesperadamente. La evidencia denotaba a un ser maligno, un dominador prepotente que jugaba con los seres humanos a su libre albedrío. ¿Por qué utilizaba a las personas y las colmaba de sufrimiento? ¿Cuál era el significado de crear millones de vidas humanas desamparadas, desunidas y errantes por el mundo? ¿Acaso no tenían derecho a quejarse de todos los problemas con los que habían convivido? Era el momento de poner las cartas sobre la mesa, de no temer nada y hablar con libertad.
–Me alegro de que hayáis descubierto la razón por la cual estáis aquí reunidos –dijo el ángel, con voz contundente.
Sus palabras fueron como un flash para los tres invitados, y fue en aquel preciso instante cuando cayeron en la cuenta de aquello que tenían en común. No solo era que tuviesen un vínculo especial, sino que los tres querían lo mismo.
–¿Qué queréis? –preguntó el ángel, como si estuviese leyéndoles el pensamiento.
–¡El libro de reclamaciones! –repitieron los tres al unísono, como si existiese una conexión telepática entre ellos.
–¡Ay, ay, pequeños diablillos! –exclamó resignado el ángel–. Siempre me toca lidiar con los más rebotados y cabezones –los tres escuchaban los despropósitos de aquella voz misteriosa, pero se sentían crecidos y orgullosos de enfrentarse al probable lugarteniente de Dios. Eran tres almas con un mismo sentido que iban a descubrir las consecuencias de su osadía–. Queréis cuentas y... ¡cuentas tendréis! –la voz rotunda y elevada del ángel les hizo estremecerse de pánico. De repente, e igual que si de un terremoto se tratase, la nube se transformó en oscuridad. La música dio paso a un sinfín de gritos infernales y llantos terroríficos provenientes de todas las direcciones. La sensación angustiosa de asfixia apareció en las tres almas de quienes no podían soportar el sufrimiento deshumanizado que caía sobre ellas. Jamás habían vivido nada tan desesperante y cruel, el inmenso dolor que soportaban no tenía ni punto de comparación con el dolor corporal o mental que en su día padecieron en la Tierra. Era como si miles de cuchillos les estuviesen atravesando y toneladas de plomo cayesen sobre sus cuerpos inexistentes. Las tres almas se retorcían de aflicción y consternación, hasta que cayeron inconscientes en un sueño retrospectivo.
2
1 de octubre de 1995
Una nueva época había comenzado. El instituto quedaba atrás y empezaba una etapa completamente diferente, la vida universitaria. Tras pasar COU con éxito, Nerea alcanzó el sueño que siempre había perseguido: estudiar Química en la universidad y ofrecer todos sus conocimientos al servicio de su pueblo. Aunque era el primer día de clase y a pesar de no tener ningún conocido en medio de tantos estudiantes, Nerea entró al aula con plena tranquilidad y seguridad en sí misma. Se sentó en primera fila y esperó pacientemente a que se ubicasen todos sus compañeros y cesase el murmullo de voces. De manera paulatina el silencio se adueñó del aula en el momento en el que entró el profesor e hizo ademán de hablar.
–Kaixo –saludó–. Soy el profesor Iñaki y os voy a impartir la asignatura de Historia, una asignatura optativa pero de carácter obligatorio en esta universidad –Nerea estaba entusiasmada por cursar tal asignatura, ya que le habían llegado rumores de que el profesor que la impartía era un loco apasionado por la tierra vasca, su cultura y su lengua–. Sé que muchos de vosotros no sabéis el euskera, pero tenéis que saber que mis clases serán impartidas en esta lengua. No obstante, os daré un tiempo de adaptación, es decir, hasta Navidad, para que vayáis aprendiendo y entendiendo el idioma del pueblo con mayor antigüedad en Europa –este tío me encanta, pensó para sí Nerea, fanatizada de saber que las clases serían impartidas en vasco–. El sistema de evaluación será simple –el profesor se paseaba por la tarima y miraba con atención las caras nuevas de sus alumnos, intentado hacer una fotografía mental de cada una de ellas–, tendréis que hacer un examen escrito con los temas que hayamos tratado en clase, cuya nota final será el ochenta por ciento. El otro veinte por ciento se conseguirá a través de la elaboración de un trabajo en grupo que más adelante indicaré cómo realizarlo... –una breve pausa navegó por el espacio–. Y si me permitís, me gustaría hacer una evaluación inicial para saber vuestros conocimientos sobre nuestra historia. ¿Alguno de vosotros sabría decirme la diferencia entre Euskadi y Euskal Herria? –preguntó sin más preámbulos, pasando la palabra a su numerosa audiencia.
Más de la mitad del aula alzó la mano. El comienzo no era malo, pensó el profesor, señalando con el dedo índice a uno de los alumnos que se encontraba en la última fila.
–Sí, claro –dijo el joven, contento de que lo hubiese elegido a él y pudiese mostrar sus conocimientos–. Euskadi se utiliza para designar la unión política de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, mientras que Euskal Herria engloba a Euskadi, Navarra e Iparralde, o también conocido como el País Vasco francés.
–No está nada mal –asintió el profesor con la cabeza, y para completar la información prosiguió–: Euskadi significa tierra de los vascos, fue un término inventado por Sabino Arana para designar a la tierra vasca. Un señor a tener en cuenta porque fue el precursor del nacionalismo vasco y el fundador del Partido Nacionalista Vasco o PNV –cogió un poco de aire, bajó de la tarima y continuó hablando por el pasillo central–. Euskal Herria o Vasconia en latín, significa tierra del euskera, es decir, engloba a todos los territorios que utilizan el euskera... y ya somos ¡más de 700.000! –exclamó eufórico–. ¿Y quién sabría contarme algo acerca de los orígenes del pueblo vasco? –el número de manos alzadas se mantuvo parejo a la anterior demanda. Esta vez, miró a una señorita y a través de un gesto de asentimiento con la cabeza le dio la palabra.
–Se trata del pueblo europeo con mayor antigüedad. Proviene de la civilización protovasca o franco-cantábrica y su expansión tuvo lugar hace 20.000 años.
–Efectivamente –las respuestas positivas eran el mejor incentivo para conseguir la participación de los estudiantes, a pesar de que en ocasiones se contestasen verdaderas sandeces, aunque en esta ocasión no fuese el caso–, la civilización franco-cantábrica fue anterior a la llegada de los íberos. Se asentaron en el tercio norte peninsular y mitad sur de Francia. Los investigadores creen, aunque se necesita seguir investigando –matizó–, que existe una relación directa entre el euskera y las lenguas camíticas como el bereber, surgidos del mestizaje de protovascos asentados en África con grupos humanos camíticos –la atención por parte del alumnado era extrema, pero llegaba el momento de subir el nivel y ver quién podría aspirar a obtener una matrícula de honor en la asignatura–. ¿Alguien sabría decirme quién era Estrabón?
En esta ocasión solo hubo una mano alzada, la de Nerea. Sus padres eran profesores de instituto y miembros del PNV, y estos quisieron transmitirle, desde muy temprana edad, la importancia del euskera y la Historia del País Vasco. Sabía perfectamente que Estrabón era un geógrafo griego nacido en el año 63 a.C. y que murió en el 24 d.C.; realizó un profundo estudio sobre Euskal Herria y señaló las cinco tribus vascas: los aquitanos, autrigones, caristios, várdulos y vascones. También sabía que estas tribus se extendían al norte hasta casi Burdeos, al sur hasta el río Ebro, al oeste hasta Cantabria y al este hasta Aragón noroccidental, aunque también existían gentes de habla vasca que se extendían hasta Cataluña. Tales conocimientos dejaron anonadado al profesor, cuando Nerea concluyó su explicación. No obstante, sin dejarse adular por dicha respuesta, buscó afilar la cuchilla y comprobar si verdaderamente la alumna era una experta en la historia y cultura vasca.
–Supongo que también sabrás todo lo que sucedió con el Imperio Romano. ¿Podrías explicarles a tus compañeros la relación que tenía Roma con el País Vasco? –el profesor estaba intrigado por la respuesta que daría aquella joven que escondía tras su flequillo unos ojos azules cristalinos como el mar.
–Por supuesto –dijo Nerea, elogiada por sentirse el centro de atención y poder mostrar sus amplios conocimientos acerca del tema–. En el año 196 a.C. llegaron los romanos al País Vasco. La relación entre vascos y romanos era francamente buena. Vivían en paz y cooperación, y hasta lucharon unidos contra los celtíberos. Finalmente, en el año 476 se da fin al Imperio Romano de Occidente.
–Sí, y en el año 481 fue cuando los visigodos ocuparon Pamplona y otras ciudades vascas –dijo el profesor para descentrar la atención de aquella joven nacionalista ampliamente documentada. El juego había comenzado. La batalla de conocimientos estaba puesta en marcha y ahora le tocaba su turno–. Poco tiempo después, en el año 486 comenzó la expansión franca a lo largo del occidente europeo, pero nunca fuimos colonizados –por primera vez apareció una mueca en su sonrisa, mostrando el orgullo de alguien que pertenecía a un pueblo feroz y resistente, imposible de conquistar y capaz de vencer al ejército más importante de la época–. Todo lo contrario, vencimos hasta al ejército imperial de Carlomagno, masacrados en la batalla de Orreaga, en Roncesvalles, en el año 778.
En la cuarta fila se encontraban dos alumnos ajenos a las explicaciones del profesor. Estaban tan ensimismados en su conversación que no fueron conscientes de que el profesor se había colocado detrás de ellos, observándolos con cara de pocos amigos.
–Si no les interesa la clase pueden marcharse a la cantina –dijo el profesor en voz alta para que sirviese de ejemplo para el resto de los alumnos. Tenía que dejar claro que en sus clases no se venía a pasar el rato y mucho menos a interrumpir.
–Perdone –dijo uno de ellos, evitando la mirada autoritaria del profesor.
–¿Acaso tienen algún problema?
–La verdad es que sí –contestó el que parecía ser menos tímido–. Estábamos comentando que quizás sería mejor que nos matriculásemos en otra asignatura porque nosotros venimos de Oviedo y si usted da las clases en euskera no lo vamos a poder entender.
La justificación del alumno parecía razonable. Iñaki sabía que en esa situación no solamente se encontraban aquellos dos alumnos asustadizos, sino muchos otros alumnos provenientes de otras ciudades de España y que habían elegido cursar sus estudios en aquella universidad por prestigio y popularidad. Su salario sería el mismo, independientemente de la presencia de aquellos estudiantes, pero la reputación de tener un aula a rebosar no la tenían todos los profesores. Sabía que había llegado el momento de sacarse una carta de la manga, dejar la historia y pasar directamente a incentivar a todo el alumnado en el aprendizaje de su lengua nativa. Tenía que motivar a cada uno de los alumnos para que los que no supiesen euskera se pusiesen manos a la obra y, aquellos que sí lo conocían, aprendiesen a utilizarlo y difundirlo en todos los ambientes en los que se movían.
–Que levanten la mano todos aquellos que tienen el mismo problema que sus dos compañeros –dijo Iñaki.
Igual que si de una ola se tratase, los alumnos empezaron a levantar la mano. Los unos y los otros se intercambiaban miradas para observar quiénes se encontraban en una posición similar. Iñaki se quedó un poco sorprendido al ver que aproximadamente un treinta por ciento del alumnado provenía de fuera y no tenía ningún conocimiento del idioma. Tendría que sacar su mejor repertorio histórico e incentivar la importancia de la lengua más antigua de Europa.
–Tranquilos, muchachos –pronunció Iñaki, con un tono sosegado y tranquilo–. El euskera es una lengua de tal belleza que en cuanto os pongáis a estudiarla os conquistará y no tendréis el menor problema en entenderla y aprenderla. Quizás no sepáis que en el siglo I d.C. el euskera se hablaba desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo. Cada una de las tribus vascas poseía su propio dialecto. Sé que parecerá curioso, pero la unificación idiomática y política fue liderada por los vascones de Navarra. Así, en la época franco-visigoda, durante los siglos V y VI d.C. culminaría el euskera común para todos los vascos, y nacería el vasco tal y como lo conocemos en la actualidad.
–¿Cuándo aparecen los primeros documentos escritos? –preguntó uno de los estudiantes, mostrando un cierto interés en el tema.
–Buena pregunta –respondió el profesor, encantado de incentivar la curiosidad entre sus estudiantes–. Los primeros textos en euskera se han encontrado en el Monasterio de Yuso en el siglo XI, y se trata de nada más y nada menos que de las Glosas de San Millán de la Cogolla... aunque... –por unos segundos paró de hablar y tras un suspiro retomó el discurso–: aunque yo creo que algún día se encontrarán documentos que demuestren una mayor antigüedad del euskera –la suposición del profesor era tan atrevida como cierta, pues años después, en el año 2006, se encontrarían restos del euskera en Iruña-Velera, del siglo III, escritos plasmados sobre material cerámico, vidrio y huesos.
–¿Y cuándo se publicó el primer libro en euskera? –preguntó Nerea, no porque no lo supiese, sino para probar los conocimientos del profesor.
–¿Por qué no me lo dices tú? –respondió Iñaki, consciente del juego de la joven nacionalista.
–En 1545, en Burdeos –replicó airada.
–Libro y autor –demandó el profesor, en aquella guerra de conocimientos entre alumno y pedagogo.
–No recuerdo el autor... –titubeó Nerea–, pero el libro se titulaba Linguae Vasconum Primitiae.
–De Bernard Etxeparc –añadió satisfecho Iñaki, satisfecho de ganarle la batalla a la intrépida muchacha.
La clase llegaba a su fin. La introducción había sido lo suficientemente buena para que los alumnos que realmente quisiesen aprender sobre la historia continuasen durante todo el trimestre, y aquellos menos interesados tenían las puertas abiertas para volver o matricularse en otra asignatura.
–Creo que por hoy es suficiente –sonrió el profesor–. Continuaremos la próxima semana.
Los alumnos abandonaron sus asientos y salieron al pasillo para tomarse un respiro. Nerea estaba feliz porque sabía que había despertado la admiración de muchos de los estudiantes presentes. Pronto haría amigos, solo tenía que esperar de pie y hacerse un poco la despistada echando un vistazo a uno de los tablones de anuncios colgados en el pasillo. Enseguida advirtió la mirada de un chico en la distancia: era un joven de mediana altura y chupa negra. Al principio no le hizo mucho caso pero, tras girar la mirada de nuevo, se percató de que no le quitaba los ojos de encima. En un acto reflejo, volvió a apartar la mirada y al cabo de unos segundos repitió la acción para comprobar si este seguía observándola. En esta ocasión el joven decidió acercarse con paso firme y ponerse a su lado para contemplar también el tablón de anuncios. Nerea sabía que el chico no pretendía leer ningún tipo de información, sino acercarse sutilmente a ella.
–Esta noche a las diez te esperamos en la entrada de la catedral –el joven hablaba sin dirigirle la mirada a Nerea–. ¡Euskadi Ta Askatasuna! –y diciendo aquellas palabras se dio media vuelta y desapareció entre la multitud.
Las piernas de Nerea comenzaron a temblar. Las palabras de aquel joven la conmocionaron de tal manera que, por un instante, perdió hasta la respiración. La traducción de las tres palabras era sencilla: Euskadi y libertad, utilizadas por los miembros de la banda terrorista de ETA. ¿Acaso pretendía la banda armada que se incorporase en sus filas? ¿Qué razón existiría para que lo hiciese? Un ir y venir de preguntas azotaban su mente. Toda su paz se desvaneció y la inquietud comenzó a aflorar por sus venas, a la vez que pequeños resquicios de orgullo empezaron a emerger de su corazón. Tal vez fuese una gran oportunidad de conocer el corazón de ETA y luchar por su causa. Conocía perfectamente las referencias históricas de ETA. Sabía que fueron unos estudiantes quienes el 31 de julio de 1959 fundaron en Bilbao un movimiento a favor del euskera y en contra del españolismo, creían en el etnicismo y, además, querían la independencia de Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, Navarra, Lapurdi, la Baja Navarra y Zuberoa. Recordó que en 1962 la organización se consolidó para formar una organización clandestina revolucionaria, cuyo objetivo era conseguir la independencia a través de la lucha armada. Ella también era estudiante y tenía los mismos intereses que ETA, aunque, en cierta manera, sentía que matando no conseguiría poner fin al conflicto. Quizás las palabras fuesen más potentes que las bombas, o quizás tuviese que matar para conseguir el ideal vasco, o tal vez se estaba planteando demasiadas cosas y se trataba de una vulgar broma de un estudiante.
La luna iluminaba el reloj de la catedral, este marcaba la hora indicada por un misterioso joven que pasó por la vida de Nerea como una estrella fugaz dejando en lo más profundo de su ser un destello de ilusión e intriga. Desde que era niña ansiaba realizar algo grande en la vida, algo que marcase una diferencia en el transcurso del tiempo y la historia del País Vasco.
El tiempo transcurría lentamente. Ya habían pasado diez largos minutos y nadie se acercaba al lugar que un desconocido le había indicado. Enormes dudas de incredulidad brotaron con fuerza en el interior de Nerea, lo que le hizo replantearse la estupidez de seguir allí de pie esperando a un joven de la izquierda abertzale, a un desconocido de ideología nacionalista radical de quien no tenía la menor referencia. Era evidente que le habían tomado el pelo, así que decidió darse media vuelta y regresar a su piso a ritmo ligero, pues la humedad empezaba a percibirse en la atmósfera, calando hasta los huesos.
–¿Acaso pensabas que no iba a aparecer? –dijo una voz familiar a sus espaldas, justo en el momento en el que la joven había iniciado su marcha.
Nerea se quedó un poco confusa al escuchar una voz que parecía salir de la nada.
–No creas que he llegado tarde –Nerea se dio media vuelta. Allí estaba la figura inconfundible de un joven peculiar y rodeado de misterio–, simplemente he estado observándote para cerciorarme de que eres una persona de confianza –dijo este, haciendo un ademán de disculpas por la espera.
–¿Y lo soy?
–Eso habrá que comprobarlo –añadió–, si te atreves, claro.
–Ni siquiera sé quién eres… ¿y ya esperas que supere una prueba? –insinuó Nerea.
–Joseba… por si te interesa. En cuanto a la causa... –levantó las cejas y mirando fijamente a los ojos de su interlocutora, prosiguió– Ya la sabes, Nerea.
Nerea, al escuchar su nombre, fue consciente de que no se trataba de una mera presentación. Ella no sabía nada de él, pero este estaría ampliamente documentado acerca de su vida académica y familiar. Cualquier otra pregunta sería en vano, ya que Joseba no iba a responder a ninguna cuestión hasta que superase la prueba de valentía y fidelidad a la que estaban sujetos los miembros de ETA: cuanto más audaces, mayor rango y prestigio; no obstante, tenía que intentarlo.
–¿Por qué yo? –preguntó Nerea.
–Lo sabrás si superas las siguientes instrucciones –sacó de su bolsillo derecho un papel, lo extendió y se lo entregó a Nerea, al tiempo que de su bolsillo izquierdo sacaba un espray de color negro y lo depositaba al lado de la bota izquierda de Nerea–. ¡Agur! –diciendo esas palabras, Joseba desapareció del mismo modo que lo hizo la primera vez, dejando a Nerea con la palabra en la boca y sin reaccionar.
La nota, escrita a máquina, decía lo siguiente:
«Dirígete a la sede del PP y pinta en la fachada la siguiente frase: Independentzia, E.T.A. Nos volveremos a ver mañana, a la misma hora y en el mismo lugar».
Tras leer la nota, Nerea se agachó, cogió el bote de espray, lo introdujo en el bolsillo de su cazadora y cruzó la acera en busca de la sede del PP, a cuatro manzanas de donde se encontraba. La diversión estaba servida y ella quería ser partícipe. Seguramente, Joseba la seguiría de lejos para ver si cumplía con su primera misión, y eso le daba más morbo al asunto. «Si buscan una chica intrépida, han dado con ella», pensó para sí.
La calle donde se encontraba la sede del Partido Popular era una calle peatonal bastante concurrida, sin embargo, a las diez y media de la noche, la gente ya estaba recluida en sus hogares. Solo había por allí una mujer que estaba paseando a su perro, así que decidió esperar a que el animal hiciese sus faenas y, de esta manera, ejecutar la tarea decretada sin correr el riesgo de que alguien alertase a la Ertzaintza.
A pesar de estar esperando durante más de media hora, nunca se quedaba la calle completamente vacía. Cuando no era un perro, era una pareja que paseaba por allí, o un abuelo que dejaba la basura en el contenedor.
Para no despertar sospechas, Nerea se paseaba de una parte a la otra de la calle, en busca del momento oportuno, de ese punto de partida que la catapultaría como un miembro activo de ETA. Ese momento llegó a la media noche, cuando la soledad se apoderó del lugar y pudo dibujar con letras mayúsculas unas palabras que recorrían sus venas, porque brotaban desde lo más profundo de su corazón: independencia.
Antes de que finalizasen las diez campanadas del reloj de la catedral, Joseba hizo acto de presencia. Llevaba unos pantalones vaqueros de color negro y un jersey de cuello alto que sobresalía de la misma chupa que llevaba el día anterior.
–¿Te divertiste? –inquirió el joven.
–Sí, ha sido lo más excitante que he hecho en toda mi vida –dijo Nerea, con una mueca en la cara.
–¿Lista para la siguiente prueba?
–Claro, aunque, si no recuerdo mal, antes tienes que responder a una pregunta a la que ayer no obtuve respuesta –sonrió al muchacho de nariz prolongada y pelo despeinado.
–Por supuesto, pero antes tenemos un trabajillo que hacer –cogió de su bolsillo dos bragas; una se la puso él para cubrirse su rostro y la otra se la entregó a Nerea, para que hiciese lo mismo–. ¡Rápido, no hay tiempo que perder!
Joseba salió corriendo y, Nerea, en un acto reflejo, imitó sus movimientos y se puso a su lado. Esta vez iban a realizar el trabajo juntos, pero no sabía de qué se trataba, con lo cual la emoción era mayor.
Llegaron a la altura donde se encontraban cinco contenedores: uno de papel de reciclaje, uno de cristal, otro de plástico y dos de basura.
Joseba levantó las tapas de los contenedores de basura, sacó de su bolsillo una botella que contenía gasolina, roció la superficie y arrojó una cerilla en su interior. Enseguida se prendió una llamarada que se elevaba un par de metros, desprendiendo un olor tóxico y molesto.
–Toma, haz lo mismo con el contenedor de papel –ordenó el joven a Nerea, dándole la botella de gasolina, todavía con cuatro dedos del líquido inflamable.
Nerea cumplió el mandato y, entre la herradura del contenedor, derramó el resto de la botella sobre los papeles y cartones que rebosaban en su interior. A continuación, Joseba tiró una cerilla y una bocanada de fuego salió por los laterales de la caja metálica.
El espectáculo era digno de contemplar. La combustión subía hasta alcanzar la altura de un segundo piso. Los viandantes, al contemplar los fuegos artificiales improvisados, a sabiendas con lo que se podrían encontrar, se cambiaban de acera para pasar desapercibidos ante aquella pareja de encapuchados que gritaban eufóricos alrededor de las llamas. Lo único que podían hacer era llamar a la Ertzaintza y, quizás, con un poco de suerte, pillasen a los vándalos que se dedicaban a hacer destrozos públicos que, después, tenían que pagar con sus impuestos.
Tras el festejo, Joseba cogió a Nerea por el hombro y le dijo:
–¿Quieres disfrutar del plato fuerte de la noche?
–¡Estoy deseándolo! –replicó Nerea, quien percibía cómo la adrenalina fluía por todo su cuerpo y experimentaba sensaciones que jamás había soñado tener algún día.
Los dos salieron corriendo al divisar a lo lejos las luces azules de los coches de las fuerzas de seguridad. En cuestión de segundos llegaron tres coches de la Ertzaintza, quienes, para su infortunio, no encontraron el menor rastro de los abertzales que disfrutaban causando desórdenes públicos.
Una vez giraron la esquina, los dos jóvenes cesaron su impetuosa carrera y se pusieron a caminar para no despertar sospechas, entretanto, los ertzainas se entretenían apagando el fuego con sus extintores.
–¿Qué hacemos? –preguntó Nerea a su compañero, con la respiración entrecortada por el esfuerzo realizado.
–El pueblo vasco tiene que conocer que ETA sigue viva y que seguimos reivindicando la independencia y la lucha por nuestra patria. Así que llamaremos al diario Euskadi para que tomen unas fotos de nuestro trabajo, y les avisaremos de que un autobús será quemado a lo largo de la noche.
La cara de Nerea se llenó de satisfacción al conocer en primicia lo que iban a realizar a continuación. Mientras Joseba llamaba desde una cabina telefónica al diario, Nerea se sentó en el borde de la acera. Acercó las rodillas a su pecho y las rodeó con sus brazos, apoyó su barbilla sobre las mismas y su mente se aquietó momentáneamente. Todo transcurría muy rápido para ella, pero no cabía duda de que estaba actuando correctamente y no tenía el menor remordimiento de los destrozos que había cometido, pues la lucha tenía un fin, y ese fin era bueno para todos. No le importaba lo que pudieran pensar sus padres, nacionalistas más moderados que no conseguían nada a través del diálogo. Quería entrar dentro de la banda liberadora, pues no creía que ETA fuese una banda terrorista. El terror lo sembraba el gobierno español, y eran los vascos quienes tenían que soportar su régimen dictatorial.
–¿Lista? –interrumpió Joseba los pensamientos de su compañera, quien no se percató de que el comunicado anónimo al diario había concluido.
Nerea asintió con la cabeza, se incorporó lentamente y siguió a su jefe de filas, que mostraba una seguridad en sí mismo digna de admirar.
De camino a la estación de autobuses, Joseba explicó a Nerea cómo iban a actuar. Cogerían el último autobús de línea de la noche y subirían en la penúltima parada, con lo cual se aseguraban de ser los últimos en bajar del autobús y que nadie los reconociese. Entonces, antes de descender, lanzarían los dos cócteles en la parte trasera del vehículo e inmediatamente después saldrían disparados de allí, por separado, y volverían a verse al día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar, única y exclusivamente para tomar un café y responder a Nerea la cuestión que tanto le intrigaba.
Todos los periódicos de Bilbao anunciaban un titular semejante. El Mundo decía: «Actos vandálicos alteran la paz ciudadana»; El País se pronunciaba más rotundo: «La izquierda abertzale no da tregua ni a los autobuses»; y el diario Euskadi escribía: «Noche turbulenta». Casi todo eran críticas hacia aquellos actos liberadores; a excepción del diario Euskadi, que mantenía una postura neutra y se limitaba a informar de los acaecimientos producidos. Actitud que agradeció Nerea cuando leyó todo lo que en la pasada noche había vivido en primera persona. La fama anónima estaba tocando a su puerta. Se sentía importante, poderosa y con ganas de seguir actuando para que todos sus actos saliesen, no solo en los periódicos, sino en todas las televisiones y medios de comunicación existentes. Su momento de gloria había llegado, era el punto de inflexión que buscaba en su vida para salir de la monotonía y del aburrimiento. Tenía que vivir nuevas experiencias y ETA le había concedido un enorme privilegio: la confianza. Sin embargo, no entendía la razón por la cual se habían fijado en ella. Aunque era cuestión de esperar con paciencia, en breve el enigma sería desvelado; mientras, tenía que seguir con su vida ordinaria. Por la mañana iría a la universidad y, por la tarde, realizaría sus primeras prácticas en el laboratorio, en la asignatura conocida como: Introducción al laboratorio químico. Para ello había comprado una bata blanca y unas gafas transparentes con protección en los laterales, que resguardasen sus ojos de cualquier líquido corrosivo que pudiese salpicarle. Aquellas Navidades en las que su padre le regaló un juego de física y química, se transformó en un interés creciente por experimentar con los productos químicos e indagar en el análisis de todo tipo de soluciones y mezclas. Desde que era adolescente conocía todos los elementos de la tabla periódica y sus propiedades, era capaz de escribir cualquier tipo de nomenclatura y, por supuesto, tenía un currículo inmaculado, repleto de matrículas de honor que demostraban su hegemonía en la materia a lo largo de los cuatro años de instituto en Baracaldo, su ciudad natal.
–¿Seguro que podemos confiar en ella?
–Esta chica ha nacido para ser líder. Cumple todos los requisitos que estamos buscando. Tiene coraje, audacia, valentía e inteligencia. He observado su discreción y pasión a la hora de realizar los trabajos encomendados y, bajo ningún concepto, ha puesto en duda o cuestionado las pruebas a las que tenía que ser sometida. Es como si hubiese pertenecido al movimiento durante toda su vida. Pero, lo mejor de todo, y tengo que confesarlo –dijo Joseba ligeramente emocionado, levantándose de la silla y acercándose hasta la ventana para apoyar suavemente la cabeza sobre el cristal y dejar escapar una mirada perdida y melancólica al exterior–, es que me recuerda a mi hermana: sé que también sería capaz de morir con pundonor por la defensa de nuestra causa.
–Me parece estupendo todo lo que me estás contando, pero creo que debería pasar otra prueba –la voz del jefe de la cúpula era clara y contundente–. Estamos muy debilitados –aprovechó el momento de silencio que se originó entre los dos combatientes para encenderse un cigarro con parsimonia; se levantó de su sillón y se puso frente a la ventana donde estaba su compañero, le puso la mano sobre el hombro y prosiguió–, no nos precipitemos, Joseba. Sé que tenemos que actuar con rapidez y seguir captando a jóvenes que se unan a nosotros y luchen como verdaderos guerreros, pero no podemos arriesgarnos y seguir perdiendo militantes.
–Confía en mí, Iñaki, mi sexto sentido me permite captar a gente de confianza. Llevo un seguimiento exhaustivo de esta muchacha desde hace un año. Hasta la fecha no me he equivocado y, en el momento que lo haga, seré yo mismo el que abandone mi cargo.
–¡Por Dios, Joseba, asegúrate bien! –exclamó con contundencia Iñaki–. Recuerda que el cementerio está lleno de héroes, a veces la prudencia es un don.
–Lo haré –apartó la mirada difusa del cristal y volvió a sentarse, puso sus manos extendidas sobre su cara, se frotó los ojos, respiró profundamente y concluyó–, yo empecé este asunto y yo me encargaré de ponerle la guinda que se merece. Voy a entrenarla debidamente y, por supuesto, ya sabes que la cautela forma parte de mi vida.
–Lo sé, por eso eres mi mano derecha.
La lluvia caía con fuerza sobre el asfalto. La ciudad estaba desértica, paralizada por el torrencial que durante dos horas no dejaba de acechar la ciudad, tan solo algún taxi se atrevía a desafiar al temporal. Factor que aprovechó Nerea para no faltar a su cita.
Sus dudas acerca de si Joseba acudiría se disiparon cuando observó por la luna del taxi la figura inconfundible de un hombre que marcaría un antes y un después en su vida. Un hombre que, a pesar de las adversidades del tiempo, estaba puntual debajo del pórtico de la puerta de la catedral bajo un paraguas negro. Llevaba una gabardina a la altura de las rodillas y unos guantes que le ayudaban a resguardarse del frío otoñal.
Nerea descendió del taxi, abrió su paraguas del Athletic Club de Bilbao, que le había regalado su padre para su cumpleaños, y fue corriendo a saludar a Joseba con dos besos muy próximos a los labios, gesto que sorprendió gratamente a Joseba.
–Estás muy guapa esta noche –los ojos de Joseba brillaban de una manera especial. De repente y sin causa aparente, una fuerte atracción comenzó a aflorar en su interior, aunque tenía que concentrarse en su trabajo y dejar a un lado cualquier brote de sentimientos que pudiesen surgir de su corazón. Estaba allí por trabajo y ese tendría que ser su único objetivo.
–Gracias, tú también vienes muy elegante –respondió Nerea con una sonrisa al halago recibido. No esperaba menos, pues se había arreglado a conciencia, e incluso se maquilló para resaltar sus ojos, dándoles un toque interesante y encantador.
–Vamos, te invito a un café, ¿o prefieres que hagamos natación aquí afuera? –bromeó Joseba.
Los dos salieron corriendo hacia la cafetería más próxima que, casualmente, tenían a tan solo cincuenta metros.
Debido a la falta de público, todas las sillas estaban sobre las mesas, y el camarero estaba barriendo el establecimiento, claro indicio de que estaba cerrando el local.
–¿Podemos sentarnos a tomar un café? –inquirió Joseba.
–Lo siento, la cafetera está apagada. Lo único que puedo ofreceros es una bebida fría y un cuarto de hora para tomarla.
–Suficiente –respondió Joseba, bajando él mismo dos sillas de la mesa más próxima a la puerta–. ¿Qué tomas tú? –preguntó a Nerea.
–No sé… una cerveza, por ejemplo.
–Pónganos dos quintos, por favor –pidió educadamente Joseba.
El camarero no se demoró en el pedido, cuanto antes les sirviese antes se marcharían, después de todo el día trabajando lo único que deseaba era acabar de limpiar e irse a su casa a descansar.
–Como no tenemos mucho tiempo iré directamente al grano –la mirada de Nerea estaba llena de curiosidad e intriga, por fin sabría más detalles acerca de lo que pretendía ETA y la razón por la cual se habían fijado en ella–. Voy a serte sincero –dijo Joseba, bajando la voz y mirando a los laterales para comprobar que el camarero estaba lo suficientemente alejado para poder desarrollar una conversación con tranquilidad–. Soy militante de ETA desde hace cinco años y una de mis misiones es la de seleccionar a gente válida que colabore con nosotros. Desde hace un año he seguido tu historial –el ceño de Nerea se frunció al escuchar aquellas palabras–. De todos es sabido tu enorme capacidad como estudiante de químicas, tus resultados son espectaculares y tus conocimientos asombrosos. También sé que tus padres son afiliados al PNV y que tienen un fuerte sentimiento nacionalista, aunque moderado… –cogió el vaso de cerveza e hizo una breve pausa para dar un sorbo y proseguir– Por todo esto, y porque he visto que eres una persona sin miedos, que has superado con creces las pruebas a las que se te ha sometido, quiero invitarte a que formes parte de nuestra milicia.
–¿La milicia? –repitió sorprendida Nerea.
–Sí, necesitamos expertos en la fabricación de bombas y tú puedes ser la mejor –Joseba hablaba con seguridad y aplomo, mientras Nerea escuchaba con entusiasmo y exaltación–. Con tus conocimientos en químicas y los que nosotros podamos transmitirte, sembraremos el pánico en España y, de esta manera, conseguiremos que se haga un referéndum para que el pueblo vasco decida su futuro, que lógicamente ya sabemos todos cuál será –la complicidad entre ambos venía inducida por la mirada–. En resumen, queremos que acabes la licenciatura en Químicas, de esta manera te asegurarás tu futuro personal y adquirirás una formación óptima que nos ayudará a crear los explosivos más sofisticados del mercado…
–Estoy alucinando –interrumpió Nerea, a quien la noticia comenzó a estremecerle–. ¿Significa que voy a convertirme en la mayor asesina de la historia de España?
–Significa que vas a convertirte en la liberadora de Eukal Herria. No pienses en las muertes –susurró Joseba, alargando su mano y poniéndola sobre la mano temblorosa de la joven–. La libertad tiene un precio y solo la sangre puede conducirnos hacia la independencia. ¿No es eso lo que más anhelas?
–Sé que tienes razón –confesó–, pero me cuesta digerir el hecho de que me vaya a convertir en una de las personas más buscadas del mundo.
–Puedes estar tranquila. Tenemos una red lo suficientemente desarrollada para realizar atentados en cualquier punto de España, y nadie te descubrirá. Además, ¡para algo se han inventado los temporalizadores! –exclamó Joseba apasionadamente, al apreciar que Nerea iba adquiriendo confianza en sí misma.
–¿Qué se siente al matar? –preguntó Nerea, ya más relajada y concienciada de la importante misión que se le estaba confiriendo.
–Indiferencia –respondió tajantemente aquel que había matado a tres personas desde que se incorporó a la banda.
–Después de realizar un asesinato, ¿no tienes remordimientos?
–¿Bromeas? –insinúo Joseba, encogiendo los hombres y levantando las palmas de las manos hacia arriba–. ¡En absoluto! –añadió, con una mueca de indiferencia–. ¿Acaso debería tenerlos?
–No sé… quizás.
–Todas las invasiones de la historia se han cobrado millones de muertos –explicaba Joseba–. Y si no, fíjate en la propia naturaleza. Los animales tienden a proteger su territorio como si de su propia vida se tratase. Atacan al intruso hasta perder la vida si fuese necesario, y no permiten su intrusión bajo ningún concepto –sacó el paquete de Ducados de su bolsillo, elevó un cigarrillo por encima de los otros y se lo ofreció a Nerea, quien lo rechazó porque solo fumaba rubio–. Lo mismo ocurre con los hombres –puntualizó–. Durante toda la historia se han sucedido batallas sangrientas por la conquista y defensa de sus territorios. Nosotros no queremos realizar ninguna conquista, simplemente defender lo que es nuestro; por ello vamos a luchar y seguir matando hasta lograr nuestro sueño. Igual que los palestinos luchan por defender su territorio, nosotros tenemos la obligación y el deber de luchar por el nuestro… –tras una pequeña pausa, preguntó con una mirada directa y potente– ¿Estás con nosotros?
Nerea se bebió de un trago el resto de la cerveza que le quedaba, miró fijamente a Joseba y exclamó:
–¡Lo estoy!
3
25 de marzo de 1974
–¡No sé qué vamos a hacer con este chaval!
