Los diez mitos de Israel - Ilan Pappé - E-Book

Los diez mitos de Israel E-Book

Ilan Pappe

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"En este innovador libro, el franco y radical historiador israelí Ilan Pappe examina las ideas más controvertidas sobre los orígenes y la identidad del Estado de Israel contemporáneo. Se ha actualizado con un nuevo epílogo sobre la invasión de Gaza en 2023. El relato histórico del sionismo sobre Israel está construido sobre numerosas falacias y mentiras. Relatos ficticios que nos impiden entender los orígenes y la realidad actual del conflicto y que sutilmente arrojan dudas sobre el derecho moral de los palestinos a la tierra que ocupan. En este innovador y polémico libro, el mundialmente reconocido historiador israelí Ilan Pappé examina los mitos esenciales que asientan el dominio sionista sobre la tierra palestina y que configuran la identidad del estado contemporáneo de Israel. Los relatos que explora Pappe –repetidos hasta la saciedad por los medios de comunicación, impuestos por el ejército de Israel, aceptados sin cuestionamiento por los gobiernos del mundo– refuerzan el statu quo regional. El autor explora de forma incisiva la afirmación de que Palestina era una tierra vacía en el momento de la Declaración de Balfour, así como la formación del sionismo y su papel en las primeras décadas de la construcción de la nación. Se pregunta si los palestinos abandonaron voluntariamente su patria en 1948 y si la guerra de junio de 1967 fue «inevitable». En cuanto a los mitos que rodean los fracasos de los acuerdos de paz y las razones oficiales de los ataques a Gaza, Pappe explica por qué la solución de dos Estados ya no es viable. Una obra iluminadora sobre los mitos –y la realidad– que hay detrás del Estado de Israel."

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Seitenzahl: 313

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Akal / Pensamiento crítico / 124

Ilan Pappé

Los diez mitos de Israel

Traducción de la obra: Juanmari Madariaga

Traducción del posfacio: Sandra Chaparro Martínez

Esta nueva edición incorpora un nuevo texto que explica por qué el borrado de la historia Palestina y la falta de contextualización de los sucesos del último año permiten a Israel llevar a cabo una política genocida en Gaza.

El relato histórico del sionismo sobre Israel está construido sobre numerosas falacias y mentiras. Relatos ficticios que nos impiden entender tanto los orígenes como la realidad actual del conflicto, historias que sutilmente arrojan dudas sobre el derecho moral de los palestinos a la tierra que ocupan.

En este valiente y polémico libro, el mundialmente reconocido historiador israelí Ilan Pappé examina los mitos esenciales que asientan el dominio sionista sobre la tierra palestina y que configuran la identidad del Estado contemporáneo de Israel. Los relatos que denuncia Pappé, repetidos por los medios, impuestos por el ejército y aceptados por todo el mundo, refuerzan el statu quo regional.

Una obra iluminadora que muestra la brecha entre mito y realidad sobre la que se fundamenta el Estado de Israel.

Ilan Pappé (Haifa, 1954) es profesor de historia en la Universidad de Exeter (Reino Unido), cuyo Centro Europeo de Estudios Palestinos dirige. Reputado analista político del conflic­to palestino-israelí, en Ediciones Akal ha publicado Historia de la Palestina moderna: un territorio, dos pueblos (2007, 2024), La idea de Israel. Una historia de poder y conocimiento (2015), Los palestinos olvidados. Historia de los palestinos de Israel (2017) y Los diez mitos de Israel (2019, 2024).

Diseño de portada

RAG

Motivo de cubierta

Antonio Huelva Guerrero

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Título original

Was ist los mit Israel? Die zehn Hauptmythen des Zionismus

© Ilan Pappé, 2016

© Ediciones Akal, S. A., 2024

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-5622-5

PREFACIO

La historia pervive en el núcleo de cada conflicto. Una comprensión fiel e imparcial del pasado ofrece una posibilidad de paz. La distorsión o manipulación de la historia, en cambio, sembrará por sí sola el desastre. Como muestra el ejemplo del conflicto entre Israel y Palestina, una desinformación histórica, incluso del pasado más reciente, puede causar un daño tremendo. Este malentendido deliberado de la historia puede promover la opresión y proteger un régimen de colonización y ocupación. No es sorprendente, por tanto, que los planes de desinformación y distorsión se mantengan hasta el presente y jueguen un papel crucial en la perpetuación del conflicto, dejando muy pocas esperanzas para el futuro.

Las falacias construidas sobre el pasado y el presente de Israel y Palestina nos impiden entender los orígenes del conflicto. Mientras tanto, la manipulación constante de los hechos más relevantes funciona contra los intereses de todas las personas victimizadas por el continuo derramamiento de sangre y violencia. Así las cosas, ¿qué se puede y se debe hacer?

El relato histórico sionista de cómo esa tierra disputada se convirtió en el Estado de Israel se basa en un conjunto de mitos que sutilmente arrojan dudas sobre el derecho moral de los palestinos a la tierra. La corriente dominante de las elites mediáticas y políticas occidentales acepta ese conjunto de mitos como una verdad incuestionable, y también como la justificación de las acciones israelíes durante los últimos sesenta años, poco más o menos. Y con mucha frecuencia, la aceptación tácita de esos mitos sirve como explicación de la inhibición de los gobiernos occidentales y de su negativa a intervenir de forma significativa en un conflicto que se mantiene desde la fundación de la nación.

Este libro desafía esos mitos que se presentan ante la opinión pública como verdades indiscutibles. Esas declaraciones son, a mi entender, distorsiones y falsificaciones que pueden y deben ser refutadas mediante un examen más detallado del registro histórico. El hilo común que corre a lo largo de este el libro es la yuxtaposición de las suposiciones populares y la realidad histórica. Situando cada mito frente a la verdad, cada capítulo expone las debilidades de la sabiduría convencional mediante un examen de las últimas investigaciones históricas.

El libro cubre diez mitos –o grupos de mitos– fundacionales, que son comunes y reconocibles para cualquier persona interesada de un modo u otro por la cuestión Israel-Palestina. Los mitos y los contraargumentos siguen un orden cronológico.

El primer capítulo presenta Palestina tal como era en vísperas de la llegada del sionismo a finales del siglo XIX. El mito es la representación de Palestina como una tierra vacía, árida, casi desértica, que fue cultivada, casi por vez primera, por los sionistas recién llegados. El contraargumento revela una próspera sociedad preexistente que experimentaba procesos acelerados de modernización y nacionalización.

El mito de que Palestina era una tierra sin gente tiene su correlato en el famoso mito del pueblo sin tierra, el tema del capítulo 2. ¿Eran los judíos verdaderamente los habitantes originales de Palestina que merecían ser apoyados de todas las maneras posibles en su «retorno» a su «patria»? El mito insiste en que los judíos que llegaron en 1882 eran los descendientes de los judíos expulsados por los romanos alrededor del 70 d. de C. El contraargumento cuestiona esta conexión genealógica. Conocidas investigaciones académicas han demostrado que muchos judíos de la Palestina romana permanecieron en el territorio y se convirtieron primero al cristianismo y luego al islam. Quiénes eran esos judíos retornados es todavía una pregunta abierta, quizá los jázaros, que se convirtieron al judaísmo en el siglo IX. O tal vez la mezcla de razas durante más de un milenio excluye cualquier respuesta a tal pregunta. En este capítulo argumento algo más importante, que en el periodo presionista la conexión entre las comunidades judías en el mundo y Palestina era religiosa y espiritual, no política. La asociación del regreso de los judíos con la estatalidad, antes del surgimiento del sionismo, era un proyecto cristiano hasta el siglo XVI y después una variante protestante específica (en particular, anglicana).

El capítulo 3 examina detalladamente el mito que equipara al sionismo con el judaísmo (por lo que el antisionismo solo se puede entender como antisemitismo). Trato de refutar esa ecuación mediante una evaluación histórica de las actitudes judías frente al sionismo y un análisis de la manipulación sionista del judaísmo por razones coloniales y, más tarde, estratégicas.

El cuarto capítulo se ocupa de la afirmación de que no hay conexión entre el colonialismo y el sionismo. Según este mito el sionismo es un movimiento de liberación nacional, mientras que el contraargumento lo enmarca como un proyecto colonialista, de hecho colonizador, similar a los vistos en Sudáfrica, las Américas y Australia. La importancia de esta refutación es que refleja qué pensamos sobre la resistencia palestina frente al sionismo y luego frente a Israel. Si Israel es solo una democracia que se defiende, entonces las organizaciones palestinas como la OLP son puramente terroristas. Si por el contrario su lucha es contra un proyecto colonialista, entonces forman parte de un movimiento anticolonialista y su imagen internacional será muy diferente de la que Israel y sus seguidores imponen a la opinión pública mundial.

El capítulo 5 repasa las conocidas mitologías de 1948. En particular pretende recordar a los lectores que la historiografía profesional ha desmentido con éxito la afirmación de la huida voluntaria de los palestinos. También se discuten en ese capítulo otras historias asociadas con los eventos de 1948.

El último capítulo histórico se pregunta si la guerra de 1967 le fue impuesta a Israel y fue, por tanto, «imposible de evitar». Yo afirmo, por el contrario, que formaba parte del deseo de Israel de completar la conquista de Palestina que casi se había logrado en la guerra de 1948. La planificación para la ocupación de Cisjordania y la Franja de Gaza comenzó en 1948 y no cesó hasta la oportunidad histórica ofrecida por una imprudente decisión egipcia en junio de 1967. Además, sostengo que las medidas israelíes inmediatamente después de la ocupación demostraban que Israel anticipó la guerra más que verse involuntariamente obligada a ella.

El séptimo capítulo nos trae hasta el presente. ¿Es Israel un estado democrático, pregunto, o es una entidad no democrática? Defiendo esta última opción examinando el estatus de los palestinos dentro de Israel y en los territorios ocupados (que juntos constituyen casi la mitad de la población gobernada por Israel).

El capítulo 8 trata del proceso de Oslo. Después de casi un cuarto de siglo desde la firma del acuerdo, tenemos una buena perspectiva sobre los fallos relacionados con el proceso y podemos preguntarnos si fue un acuerdo de paz que falló o una estratagema israelí exitosa para profundizar la ocupación.

Una perspectiva similar se puede aplicar ahora a la Franja de Gaza y el mito todavía ampliamente aceptado de que la miseria de la gente de allí se debe a la naturaleza terrorista de Hamás. En el noveno capítulo opto por disentir y presentar otra interpretación de lo que ha sucedido en Gaza desde el final del siglo pasado.

Por último, en el capítulo décimo, desafío el mito de que la solución de dos Estados es el único camino a seguir. Hemos sido bendecidos con excelentes obras activistas y académicas criticando esa fórmula y ofreciendo soluciones alternativas. Constituyen un desafío formidable a este último mito.

El libro también incluye como apéndice una cronología que ayudará a los lectores a contextualizar aún más los argumentos.

Mi esperanza es que, ya sea el lector sea un recién llegado al tema, o un estudioso veterano en él, el libro será una herramienta útil. Está dirigido principalmente a cualquiera que se vea en un dilema sobre el tema perenne de la cuestión Israel-Palestina. No es un libro equilibrado, es un intento de restablecer el equilibrio del poder en nombre de los palestinos colonizados, ocupados y oprimidos en la tierra de Israel y Palestina. Sería una verdadera oportunidad si los defensores del sionismo o partidarios leales de Israel también estuvieran dispuestos a discutir los argumentos que aquí se presentan. Después de todo, el libro está escrito por un judío israelí que se preocupa por su propia sociedad tanto como por la palestina. Refutar las mitologías que sostienen las injusticias debería ser beneficioso para todos los que viven en el país o desean vivir allí. Constituye una base sobre la cual todos sus habitantes podrían disfrutar de los grandes logros a los que actualmente solo tiene acceso un grupo privilegiado.

Además, el libro será una herramienta útil para los activistas que reconocen que el conocimiento sobre Palestina es tan necesario como el compromiso con su causa. No es un sustituto del increíble trabajo realizado por muchos autores a lo largo de los años, cuyas contribuciones han hecho posible un libro como este, pero puede servir como punto de acceso a ese conocimiento.

Los estudiantes e investigadores pueden servirse de este libro si se han curado del mayor malestar del mundo académico de nuestro tiempo: la idea de que el compromiso socava la excelencia en la investigación académica. Los mejores estudiantes de pregrado y posgrado que he tenido el placer de aleccionar y supervisar eran los más comprometidos. Este libro es solo una modesta invitación a que los futuros académicos abandonen sus torres de marfil y se reencuentren con las sociedades en cuyo nombre llevan a cabo su investigación. Ya escriban sobre el calentamiento global, la pobreza o Palestina, deberían llevar con orgullo su compromiso en trabajos académicos. Y si sus universidades todavía no están preparadas para ello, deberían ser lo suficientemente inteligentes como para jugar el juego de la «investigación académica objetiva e imparcial» sobre estos temas conflictivos, reconociendo plenamente su falsa pretensión.

Para el público en general, este libro presenta una versión bastante simple de un tema que a menudo puede parecer extremadamente complicado (como de hecho lo son algunos de sus aspectos), pero que puede explicarse y relacionarse fácilmente desde la perspectiva universal de la justicia y los derechos humanos.

Finalmente, espero que este libro aclare algunos de los profundos malentendidos que se albergan en el corazón del problema Israel-Palestina, tanto en el pasado como en el presente. Mientras estas distorsiones y suposiciones heredadas no sean cuestionadas, continuarán proporcionando un escudo de inmunidad para el actual régimen inhumano en la tierra de Palestina. Al examinar esos supuestos a la luz de las últimas investigaciones, podemos ver cuán lejos están de la verdad histórica y por qué restablecer directamente los registros históricos podría tener un impacto en las posibilidades de paz y reconciliación en Israel y Palestina.

PRIMERA PARTE

Las falacias del pasado

CAPÍTULO I

Palestina era una tierra vacía

El espacio geopolítico que hoy llamamos Israel o Palestina ha sido un país reconocido desde la época romana. Su estatus y condiciones en el pasado distante son objeto de acalorados debates entre quienes creen que fuentes como la Biblia no tienen valor histórico y quienes la consideran un relato riguroso. La importancia de la historia prerromana del país será tratada en este libro en los próximos capítulos. De todos modos, parece que hay un amplio consenso entre los estudiosos de que fueron los romanos quienes dieron a esa tierra el nombre «Palestina», que precedió a todas las demás referencias similares. Durante el periodo de dominio romano, y más tarde bizantino, era una provincia imperial y su destino dependía de la fortuna de Roma y más tarde de Constantinopla.

Desde mediados del siglo VII la historia de Palestina estuvo estrechamente relacionada con los mundos árabe y musulmán (con un breve intervalo en el que quedó bajo el dominio de los cruzados). Varios imperios musulmanes y las dinastías del norte, este y sur del país aspiraban a controlarlo, ya que era sede del segundo lugar más sagrado para la religión musulmana después de La Meca y Medina. También tenía otras atracciones, por supuesto, debido a su fertilidad y ubicación estratégica. La riqueza cultural de algunos de estos imperios del pasado todavía se puede ver en algunos lugares de Israel/Palestina, aunque la arqueología local da prioridad a las herencias romana y judía y de ahí que el legado de los mamelucos y los selyúcidas, aquellas fértiles y prósperas dinastías islámicas medievales, apenas haya sido investigado.

Aún más relevante para una comprensión de Israel/Palestina tal como es actualmente es el periodo otomano, que comienza con su ocupación del territorio en 1517. Los otomanos permanecieron allí durante 400 años y su legado se deja todavía sentir hoy en varios aspectos. El sistema legal de Israel, los registros judiciales religiosos (sijjil), el registro de la propiedad inmobiliaria o catastro (tapu) y algunas gemas arquitectónicas atestiguan la importancia de la presencia otomana. Cuando llegaron los turcos otomanos encontraron allí una sociedad mayoritariamente musulmana sunní y rural pero con pequeñas elites urbanas que hablaban árabe. Menos del 5% de la población era judía y probablemente de un 10 a un 15% eran cristianos. Como comenta Yonatan Mendel:

El porcentaje exacto de judíos antes del surgimiento del sionismo es desconocido. Sin embargo, probablemente oscilaba entre el 2 y el 5%. De acuerdo con los registros otomanos, en lo que hoy es Israel/Palestina residía en 1878 una población total de 462.465 personas, de las que 403.795 (el 87%) eran musulmanas, 43.659 (el 10%) eran cristianas y 15.011 (el 3%) eran judías[1].

Las comunidades judías de todo el mundo consideraban la Palestina de aquella época como la Tierra Santa de la Biblia. En el judaísmo la peregrinación a los Santos Lugares no tiene el mismo papel que en el cristianismo y el islam, pero aun así algunos judíos lo veían como un deber y visitaban el país como peregrinos en pequeñas cantidades. Como mostraré en uno de los capítulos del libro, antes de la aparición del sionismo eran principalmente cristianos los que deseaban, por razones eclesiásticas, establecer a los judíos en Palestina de forma más permanente.

No habría manera de saber que ese espacio se llamaba Palestina durante los cuatro siglos de dominio otomano mirando el sitio web oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel relacionado con la historia del país desde el siglo XVI:

Tras la conquista otomana en 1517, el territorio se dividió en cuatro distritos, adjuntos administrativamente a la provincia de Damasco y gobernados desde Estambul. Al comienzo de la era otomana vivían en el país unas mil familias judías, principalmente en Jerusalén, Nablus (Schechem), Hebrón, Gaza, Safed (Tzfat) y las aldeas de Galilea. La comunidad estaba compuesta por descendientes de judíos que siempre habían vivido allí, así como inmigrantes procedentes del norte de África y Europa.

El disciplinado gobierno hasta la muerte del Sultán Suleimán el Magnífico (1566) aportó mejoras y estimuló la inmigración judía. Algunos recién llegados se establecieron en Jerusalén, pero la mayoría lo hicieron en Safed, donde a mediados del siglo XVI la población judía se había elevado a unas 10.000 personas y la ciudad se había convertido en un próspero centro textil[2].

La Palestina del siglo XVI, al parecer, era principalmente judía y la vida comercial de la región se concentró en las comunidades judías en estas ciudades. ¿Qué pasó después? Según el sitio web del Ministerio de Asuntos Exteriores israelí,

con la disminución gradual de calidad del dominio otomano, el país sufrió un mal gobierno generalizado. A finales del siglo XVIII gran parte de la tierra pertenecía a propietarios ausentes que la arrendaban a campesinos empobrecidos, con impuestos que eran tan paralizantes como caprichosos. Los grandes bosques de Galilea y el monte Carmelo habían perdido sus árboles; pantanos y desiertos invadían las tierras cultivables.

Según ese relato, hacia 1800 Palestina se había convertido en un desierto, donde agricultores venidos de fuera cultivaban tierras yermas que no eran suyas. La propia tierra parecía ser una isla, con una población judía significativa, gobernada desde el exterior por los otomanos y que sufría proyectos imperiales intensivos que le robaban al suelo su fertilidad. Cada año que pasaba la tierra se volvía más estéril, la deforestación aumentaba y las tierras de cultivo se convertían en desiertos. Pero esta imagen inventada, promovida desde un sitio web estatal, no tiene fundamento.

Es amargamente irónico que al componer esta narración los autores no se basaran en la erudición israelí. La mayoría de los estudiosos israelíes dudarían mucho antes de aceptar la validez de estas declaraciones o de patrocinar tal narración. De hecho, muchos de ellos, como David Grossman (el demógrafo, no el autor famoso), Amnon Cohen y Yehoushua Ben-Arieh, la han cuestionado con éxito. Su investigación muestra que, durante siglos, Palestina no fue ningún desierto sino una próspera sociedad árabe, principalmente musulmana, predominantemente rural, pero con vibrantes centros urbanos.

A pesar del cuestionamiento de esa narración parahistórica, esta todavía se propaga a través del currículo educativo israelí, así como en los medios, a cargo de académicos de menor fuste pero con mayor influencia en el sistema educativo[3]. Fuera de Israel, en particular en Estados Unidos, la suposición de que la Tierra Prometida estaba vacía, desolada y sin árboles antes de la llegada del sionismo, sigue viva y coleando, por lo que es digna de atención. Debemos examinar los hechos.

La narración real revela una historia diferente en la que Palestina fue, durante el periodo otomano, una sociedad árabe muy parecida a cuantas la rodean, sin grandes diferencias con los demás países del Mediterráneo oriental. Más que cercado y aislado, el pueblo palestino estuvo expuesto a las interacciones con otras culturas, como parte del amplio Imperio otomano. En segundo lugar, al estar abierta al cambio y la modernización, Palestina comenzó a desarrollarse como nación mucho antes de la llegada del movimiento sionista. En manos de enérgicos gobernantes locales como Daher al-Umar (1690-1775), las ciudades de Haifa, Shefa-‘Amr, Tiberíades y Acre se renovaron y revitalizaron. La red costera de puertos y ciudades prosperó gracias a sus conexiones comerciales con Europa, mientras que las llanuras interiores comerciaban tierra adentro con las regiones cercanas. Palestina, todo lo contrario que un desierto, era una parte floreciente de Bilad al-Sham (la tierra del norte) o el Levante de su época. De igual forma, un rico sector agrícola, pequeños pueblos y ciudades históricas vertebraban a una población de medio millón de personas en vísperas de la llegada sionista[4].

A finales del siglo XIX Palestina tenía ya una población considerable, de la que, como he mencionado anteriormente, solo un pequeño porcentaje era judío. Es de señalar que aquella generación era, en su momento, bastante refractaria a las ideas promovidas por el movimiento sionista. La mayoría de los palestinos vivían en el campo en aldeas, cuyo número rondaba el millar. Al mismo tiempo, una próspera elite urbana florecía a lo largo de la costa, en las llanuras interiores y en las montañas.

Ahora tenemos una comprensión mucho mejor de cómo se autodefinía la gente que vivía allí en vísperas de la colonización sionista. Al igual que en otras regiones de Oriente Medio y más allá, en la sociedad palestina penetró el poderoso concepto definitorio de los siglos XIX y XX: la nación. Había dinámicas locales y externas que fomentaban ese nuevo modo de autorreferencia, tal como ocurría en otras partes del mundo. Las ideas nacionalistas fueron importadas en parte a Oriente Medio por misioneros estadounidenses que llegaron a principios del siglo XIX con el deseo de hacer proselitismo pero también de difundir la noble noción de la autodeterminación. Como estadounidenses creían representar no solo el cristianismo sino también al Estado independiente más reciente en el mapa global. La elite palestina educada se unió a otras del mundo árabe en la asunción de esa idea y en la formulación de una auténtica doctrina nacional, lo que la llevó a exigir más autonomía dentro del Imperio otomano y, finalmente, su independencia.

Entre mediados y finales del siglo XIX la elite intelectual y política otomana adoptó ideas nacionalistas románticas que equiparaban el otomanismo con la «turquidad». Esa tendencia contribuyó a alejar del Imperio otomano a los súbditos no turcos de Estambul, la mayoría de ellos árabes. El proceso de nacionalización en la propia Turquía se vio acompañado en la segunda mitad del siglo XIX por tendencias a la secularización, lo que redujo la importancia de Estambul como autoridad y centro religioso.

En el mundo árabe la secularización también formó parte del proceso de nacionalización. No es sorprendente que fueran principalmente minorías como la de los cristianos las que abrazaran fervorosamente la idea de una identidad nacional seglar basada en el territorio, el idioma, la historia y la cultura compartidos. En Palestina los cristianos comprometidos con el nacionalismo encontraron aliados bien dispuestos entre la elite musulmana, lo que llevó a una proliferación de sociedades musulmano-cristianas en todo el país hacia el final de la Primera Guerra Mundial. En el mundo árabe, los judíos se unieron a ese tipo de alianzas entre activistas de diferentes religiones; lo mismo habría sucedido en Palestina si el sionismo no hubiera exigido una lealtad absoluta y excluyente por parte de la comunidad judía allí afincada.

Se puede encontrar un estudio exhaustivo y detallado del surgimiento del nacionalismo palestino antes de la llegada del sionismo en los trabajos de historiadores palestinos como Muhammad Muslih y Rashid Jalidi[5], que mostraron claramente que tanto la elite como sectores menos selectos de la sociedad palestina participaban en el desarrollo de un movimiento y un sentimiento nacional antes de 1882. Jalidi, en particular, muestra que los sentimientos patrióticos, las lealtades locales, el arabismo, los sentimientos religiosos y los niveles más altos de educación y cultura eran los principales componentes del nuevo nacionalismo, y que solo hasta más tarde no desempeñó un papel crucial adicional en el nacionalismo palestino la resistencia frente al sionismo.

Jalidi, entre otros, demuestra que la modernización, el colapso del Imperio otomano y el codicioso anhelo europeo de territorios en Oriente Medio contribuyeron a la consolidación del nacionalismo palestino antes de que el sionismo dejara su marca en Palestina con la promesa británica de una patria judía en 1917. Una de las manifestaciones más claras de esta nueva autodefinición fue la referencia a Palestina como entidad geográfica y cultural, y más tarde también política. A pesar de que no existiera un Estado palestino, la ubicación cultural de Palestina era muy clara. Había un sentido unificador de pertenencia. A comienzos del siglo XX el periódico Filastin reflejaba la forma que tenía la gente de referirse a su país[6]. Los palestinos hablaban su propio dialecto, tenían sus propias costumbres y rituales, y aparecían en los mapas del mundo como habitantes de un país llamado Palestina.

Durante el siglo XIX Palestina, al igual que sus regiones vecinas, se definió más claramente como unidad geopolítica a raíz de las reformas administrativas emprendidas desde Estambul, la capital del Imperio otomano. Como consecuencia, la elite palestina local comenzó a buscar la independencia dentro de una Siria unida o incluso de un Estado Árabe unido (al estilo quizá de los Estados Unidos de América). Esta iniciativa nacional panárabe recibió el nombre de qawmiyya y era bastante popular, tanto en Palestina y como en el resto del mundo árabe.

Tras el famoso, o más bien infame, Acuerdo Sykes-Picot, firmado en 1916 entre Gran Bretaña y Francia, las dos potencias coloniales dividieron el área en nuevos Estados, lo que dio lugar a nuevos sentimientos nacionales en una variante más local, llamada wataniyya. A partir de ahí, Palestina comenzó a verse a sí misma como un Estado árabe independiente. Sin la aparición del sionismo probablemente habría seguido el mismo camino que Líbano, Jordania o Siria y se habría puesto en marcha un proceso de modernización y crecimiento[7], iniciado de hecho en 1916 como resultado de las medidas otomanas a finales del siglo XIX. En 1872, cuando el gobierno de Estambul fundó la Sanjak (provincia administrativa) de Jerusalén, creó sin pretenderlo un espacio geopolítico coherente en Palestina. Por un breve periodo, los poderes en Estambul llegaron a considerar incluso la posibilidad de agregar al Sanjak, que abarcaba gran parte de la Palestina que conocemos hoy, las subprovincias de Nablus y Acre. De haberlo hecho, los otomanos habrían creado una unidad geográfica, tal como sucedió en Egipto, en la que podría haber surgido incluso antes un nacionalismo particular[8].

En cualquier caso, aun con su división administrativa en una región septentrional (gobernada por Beirut) y otra meridional (gobernada por Jerusalén), este cambio elevó a Palestina como un todo por encima de su estatus periférico anterior, cuando estaba dividida en pequeñas provincias regionales. En 1918, con el establecimiento del Mandato británico, las zonas septentrional y meridional quedaron unificadas. De manera similar y en el mismo año, los británicos establecieron las bases para el Iraq contemporáneo cuando fusionaron las tres provincias otomanas de Mosul, Bagdad y Basora en un Estado-nación moderno. En Palestina, a diferencia de Iraq, las conexiones familiares y las fronteras geográficas (el río Litani al norte, el Jordán al este y el Mediterráneo al oeste) contribuyeron a soldar las tres subprovincias de Beirut-Sur, Nablus y Jerusalén en una única unidad social y cultural. Este espacio geopolítico tenía su propio dialecto principal y sus propias costumbres, folclore y tradiciones[9].

En 1918 Palestina estaba, por tanto, más unida que durante el periodo del Imperio otomano, pero todavía se darían más cambios. Mientras esperaba la aprobación internacional del estatus de Palestina en 1923, el gobierno británico renegoció las fronteras del país, creando un espacio geográfico mejor definido para la contienda entre los movimientos nacionales y un sentido más claro de pertenencia para las personas que vivían en él. Ahora estaba claro lo que era Palestina, lo que no estaba claro era a quién pertenecía: ¿a los palestinos nativos o los nuevos colonos judíos? La ironía final de aquel régimen administrativo fue que la remodelación de las fronteras ayudó al movimiento sionista a conceptualizar geográficamente Eretz Israel, la Tierra de Israel, donde solo los judíos tendrían derecho a la tierra y sus recursos.

Así pues, Palestina no era una tierra vacía. Formaba parte de un rico y fértil mundo mediterráneo oriental que en el siglo XIX experimentó procesos de modernización y nacionalización. No era un desierto a la espera de florecer, era un país pastoril a punto de entrar al siglo XX como una sociedad moderna, con todos los beneficios y perjuicios de tal transformación. Su colonización por el movimiento sionista convirtió aquel proceso en un desastre para la mayoría de las personas que habían nacido o vivían allí.

[1] Jonathan Mendel, The Creation of Israeli Arabic: Political and Security Considerations in the Making of Arabic Language Studies in Israel, Londres, Palgrave Macmillan, 2014, p. 188.

[2] Web oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel, mfa.gov.il/MFA/facts+About+Israel/.../History-+Foreign+Domination.htm.

[3] Un buen ejemplo de esto es el plan de estudios actual para las escuelas secundarias sobre la historia otomana de Jerusalén, disponible en cms.education.gov.il.

[4] Para un estudio centrado en tales conexiones comerciales véase Beshara Doumani, Rediscovering Palestine: Merchants and Peasants in Jabal Nablus, 1700-1900, Berkeley, University of California Press, 1995.

[5] Rashid Khalidi, Palestinian Identity: The Construction of Modern National Consciousness, Nueva York, Columbia University Press, 2010, y Muhammad Muslih, The Origins of Palestinian Nationalism, Institute for Palestine Studies, 1989.

[6] Para más información sobre el periódico y su papel en el movimiento nacional, véase Khalidi, Palestinian Identity, cit.

[7] La posible alternativa de modernización de Palestina se discute brillantemente en la colección de artículos de Salim Tamari, The Mountain Against the Sea: Essays on Palestinian Society and Culture, Berkeley, University of California Press, 2008.

[8] Véase Butrus Abu-Manneh, «The Rise of the Sanjaq of Jerusalem in the Nineteenth Century», en Ilan Pappé (ed.), The Israel/Palestine Question, Londres y Nueva York, Routledge, 2007, pp. 40-50.

[9] Para un análisis más detallado, véase Ilan Pappé, A History of Modern Palestine: One Land, Two Peoples, Cambridge, Cambridge University Press, 2006, pp. 14-60 [ed. cast.: Historia de la Palestina moderna, Madrid, Akal, 2007].

CAPÍTULO II

Los judíos eran un pueblo sin tierra

La afirmación del capítulo anterior de que Palestina era una tierra sin gente va de la mano con la afirmación de que los judíos eran un pueblo sin tierra.

¿Pero eran los colonos judíos un pueblo? Estudios recientes han reabierto dudas expresadas hace muchos años sobre esta cuestión. Lo que comparten esas opiniones críticas fue muy bien resumido por Shlomo Sand en La invención del pueblo judío[1]. Sand muestra que el mundo cristiano, en su propio interés y en un momento dado en la historia moderna, apoyó la idea de los judíos como una nación que algún día debía regresar a Tierra Santa. Ese retorno formaría parte supuestamente del plan divino para el final de los tiempos, junto con la resurrección de los muertos y la segunda venida del Mesías.

Las turbulencias ideológicas y religiosas de la Reforma a partir del siglo XVI produjeron una clara asociación, especialmente entre los protestantes, entre la noción del fin del milenio y la conversión de los judíos y su regreso a Palestina. Thomas Brightman, un clérigo inglés del siglo XVI, representaba esas ideas cuando escribió: «¿Volverán a Jerusalén? No hay nada más cierto: los profetas lo confirman en todas partes e insisten en ello»[2]. Brightman no solo esperaba que se cumpliera una promesa divina; también, como muchos después de él, deseaba que los judíos se convirtieran al cristianismo o que abandonaran Europa. Cien años después Henry Odenburg, teólogo y filósofo alemán, escribió: «Si la ocasión se presenta entre cambios atribuibles a los asuntos humanos, [los judíos] pueden incluso alzar su imperio nuevamente, y […] Dios puede volver a elegirlos de nuevo»[3]. Charles-Joseph de Ligne, un mariscal de campo austrohúngaro, declaró en la segunda mitad del siglo XVIII:

Creo que el judío no se puede asimilar y que permanentemente constituirá una nación dentro de una nación, donde quiera que esté. Lo más simple sería, en mi opinión, devolverles su patria, de la que fueron expulsados[4].

Como evidencia este último texto, existía un claro vínculo entre esas ideas fundacionales del sionismo y un antisemitismo más antiguo.

François-René de Chateaubriand, el famoso escritor y político francés, escribió hacia esa misma época que los judíos eran «los amos legítimos de Judea». Influyó sobre Napoleón Bonaparte, quien esperaba obtener la ayuda de la comunidad judía en Palestina, así como de otros habitantes de la región, en su intento de ocupar Oriente Medio a comienzos del siglo XIX. Les prometió el «regreso a Palestina» y la creación de un Estado[5]. El sionismo, como podemos ver, era entonces un proyecto cristiano de colonización antes de hacerse judío.

Las siniestras señales de cómo esas creencias aparentemente religiosas y míticas podían convertirse en un auténtico programa de colonización y desposesión aparecieron en la Gran Bretaña victoriana ya en la década de 1820. Surgió un poderoso movimiento teológico e imperial que iba a situar el regreso de los judíos a Palestina en el centro de un plan estratégico para apoderarse de Palestina y convertirla en una entidad cristiana. En el siglo XIX este sentimiento se hizo cada vez más popular en Gran Bretaña y afectó a la política imperial oficial: «El suelo de Palestina […] solo espera el regreso de sus hijos proscritos y la aplicación de la industria, acorde con las capacidades agrícolas, para florecer una vez más en la exuberancia universal y volver a ser lo que era bajo el reinado de Salomón»[6]. Así escribía el par escocés y comandante militar John Lindsay. De ese sentimiento se hizo eco el filósofo inglés David Hartley, quien escribió: «Es probable que los judíos renazcan en Palestina»[7].

El proceso no tuvo mucho éxito hasta recibir el apoyo de Estados Unidos, donde también se acabó respaldando la idea de una nación judía con el derecho de regresar a Palestina y construir una Sión. Al mismo tiempo que los protestantes expresaban estos puntos de vista en Europa también aparecieron de forma similar al otro lado del Atlántico. El presidente estadounidense John Adams (1735-1826) declaró: «Realmente deseo ver a los judíos otra vez en Judea como una nación independiente»[8]. Una historia simple de ideas conduce directamente de los padres predicadores de este movimiento a quienes tenían el poder de cambiar el futuro de Palestina. El primero de ellos fue Lord Shaftesbury (1801-1885), un destacado político y reformador británico que hizo campaña activa por una patria judía en Palestina. Sus argumentos en pro de una mayor presencia británica en Palestina eran religiosos y estratégicos[9].

Como mostraré enseguida, esta peligrosa mezcla de fervor religioso y celo reformista conduciría desde los esfuerzos de Shaftesbury a mediados del siglo XIX hasta la Declaración de Balfour en 1917. Shaftesbury se dio cuenta de que no sería suficiente apoyar el retorno de los judíos y de que deberían contar con la asistencia activa de Gran Bretaña en su colonización inicial. Tal alianza debería comenzar, afirmó, por proporcionar ayuda material a los judíos para trasladarse a la Palestina otomana. Convenció al centro episcopal anglicano y a la catedral de Jerusalén para que proporcionaran la financiación inicial para ese proyecto. Esto probablemente no habría sucedido si Shaftesbury no hubiese conseguido reclutar para su causa a su suegro, el ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña y luego primer ministro, Lord Palmerston. En su diario, Shaftesbury escribió el 1 de agosto de 1838:

Cena con Palmerston. Después de cenar me quedé a solas con él. Le propuse mis planes, que parecieron encantarle. Hizo preguntas y se comprometió fácilmente a considerarlo [el programa para ayudar a los judíos a regresar a Palestina y hacerse cargo de ella]. Qué singular es el orden de la Providencia. Singular, si se estima por las formas del hombre. Palmerston ya había sido elegido por Dios para ser un instrumento del bien para su antiguo pueblo, para rendir homenaje a su herencia y para reconocer sus derechos sin creer en su destino. Parece que querrá hacer todavía más. Aunque el motivo sea amable, no es sólido. Me veo obligado a discutir políticamente, financieramente, comercialmente. No llora, como su Maestro, sobre Jerusalén, ni reza para que ahora, por fin, pueda engalanarse con sus hermosas vestiduras[10].

Como primer paso, Shaftesbury persuadió a Palmerston para que nombrara a su compañero restauracionista (un creyente en la restauración de Palestina para los judíos) William Young como primer vicecónsul británico en Jerusalén. Posteriormente, escribió en su diario: «¡Qué maravilloso evento! La antigua ciudad del pueblo de Dios está a punto de recobrar un lugar entre las naciones e Inglaterra es el primero de los reinos gentiles que deja de “pisarla”»[11]. Un año más tarde, en 1839, Shaftesbury escribió un artículo de treinta páginas para The London Quarterly Review, titulado «State and Restauration (sic) of the Jews», en el que anunciaba una nueva era para el pueblo elegido por Dios. Insistía en que

los judíos deben ser alentados a regresar en cantidades cada vez mayores y convertirse de nuevo en los labradores de Judea y Galilea […] aunque se trate, como todos saben, de una gente terca de corazón oscuro y hundida en la degradación moral, la obstinación y la ignorancia del Evangelio, [son] no solo dignos de salvación sino también vitales para la esperanza de salvación del cristianismo[12].