Los forzados de la carretera - Albert Londres - E-Book

Los forzados de la carretera E-Book

Albert Londres

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Beschreibung

"Existen fantasistas que se tragan ladrillos y otros a ranas vivas. He visto a faquires que "escupen" plomo fundido. Son personas normales. Los verdaderos chiflados son algunos iluminados que el 22 de junio abandonaron París para comer polvo. Los conozco bien; formo parte de ellos." Así nos describe Albert Londres, uno de los más sobresalientes cronistas del siglo XX, a los participantes del Tour de Francia de 1924, prisioneros de la carretera que, persiguiendo una incierta gloria, soportaron toda clase de sufrimientos y condiciones extremas. Pero lo que quizás sorprenderá más al lector es que todos los temas actuales aparecen ya de una u otra forma en estas deliciosas crónicas: el dopaje, las escaramuzas entre los equipos y entre los ciclistas y dirección del Tour y, por supuesto, el glamour de esta mítica carrera.

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Recorrido del Tour de Francia de 1924

Título original: Tour de France, tour de souffrance!

© De la traducción y notas: Joan Pere Escrig

© Editorial Melusina, s.l., 2009

Edición digital, agosto 2020

Diseño: David Garriga

Reservados todos los derechos de esta edición.

eisbn: 978-84-18403-19-4

Contenido

De ronda por el sufrimiento

La primera etapa del Tour de Francia ganada por Bottecchia

Algunas impresiones de ruta entre París y El Havre

Los hermanos Pélissier y su camarada Ville abandonan

En el polvo, de Brest a Les Sables-d’Olone

Durmieron entre Les Sables y Bayona…

Los corredores del Tour al asalto de los Pirineos

La séptima etapa del Tour de Francia

Un grave accidente marca la octava etapa del Tour de Francia

Entre los bastidores del Tour

Sobre el Tour de Francia

Aquellos de la undécima…

De Metz a Dunkerque, bajo la lluvia, contra el viento

Tomaron la salida más de ciento cincuenta y ¡llegaron sesenta!...

Anexos

Participantes del 18.º Tour de France

Etapas del 22 de junio al 20 de julio de 1924

Clasificación final

De ronda por el sufrimiento

albert londres fue el corresponsal de los infiernos.1 Su ronda infernal se abre y se cierra con unas inevitables llamaradas: las del incendio que asoló la catedral de Reims durante el asedio del ejército alemán en 1914 se recogen en su primer artículo «firmado» como corresponsal del Ministerio de la Guerra; dieciocho años más tarde, el periodista adulto desaparece sin dejar rastro en el incendio y posterior naufragio del paquebote Georges Philippar. La vida de Londres alimentó su leyenda hasta el último minuto:2 su muerte suele atribuirse al sabotaje del sistema eléctrico del barco por parte de la mafia indochina, probablemente la protagonista de un reportaje en ciernes. Nosotros queremos dar crédito a este rumor de la misma manera que pensamos que la muerte de Pier Paolo Pasolini no puede reducirse a un intempestivo encuentro. Preferimos imaginarlo abrazado a la cartera de cuero que contenía las pruebas necesarias para redactar su gran reportaje. Un dios malévolo le ofreció elegir entre morir o desprenderse de su cartera. Y eligió lo primero. Sea como fuere, Albert Londres desapareció el 16 de mayo de 1932 entre las costas del Cuerno de África y la Península Arábiga, dos inevitables escenarios de aventura, en el Golfo de Adén. Ese mismo año se creó el prestigioso premio que lleva su nombre para reconocer la labor periodística más destacable del año en Francia.

Uno de los antepasados míticos del clan de los grandes reporteros del siglo xx, con descendientes tan ilustres como Joseph Kessel y Ryszard Kapuściński, Albert Londres intentó dar voz a los oprimidos del primer tercio del siglo, guardándose para sí mismo el distanciamiento del poderoso y sus instituciones de control mediante la ironía y la mordacidad. Describió la opresión a la que era sometida esa gente sin historia a través de reportajes en los que aparecían como los involuntarios habitantes de esos avernos, ya se tratara de las diferentes tipologías de esclavitud colonial, de la trata de blancas o de cualquier otro forzado por el poder establecido, el bolchevismo, el nacionalismo terrorista balcánico, el antisemitismo o los delirios de grandeza del recién nacido fascismo. Esta clasificación de víctimas y sus derivados sufrimientos y condenas debía acomodarse en un medio de difusión apto para los temas y descripciones del periodismo radical de Londres. Así, deambuló por las redacciones de los principales rotativos de izquierda franceses, que intentaban recomponerse de la propaganda patriótica heredera de la Gran Guerra —Le Salut Public, Le Petit Journal, el semanario ilustrado Excelsior, Le Quotidien—, hasta que en 1924 su pluma encuentra en Le Petit Parisien, el periódico de mayor tirada de la época, el estereotipo adecuado para sus polémicos reportajes.

El texto que el lector tiene en sus manos constituye un pequeño homenaje editorial a la labor de este singular cronista. En efecto, en 1924 Londres se desplaza con los aguerridos pioneros del Tour de Francia para narrar para Le Petit Parisien su increíble gesta con su habitual ojo mordaz. Sin embargo, esta vez se trata de unos forzados muy particulares: los forzados de la carretera, hombres que persiguen una incierta gloria en condiciones extremas y que, con todo, no ignoran que son los títeres de una cada vez más popular campaña comercial orquestada por el mítico Henri Desgrange. En este sentido, quizás sorprenda al lector comprobar que poco ha cambiado desde entonces. Todos los temas se hallan implícita o explícitamente en estas crónicas: el dopaje, las escaramuzas entre los equipos y entre los ciclistas y la dirección del Tour, las cuestiones patrióticas y, por supuesto, el glamour de esta mítica carrera.

La presente edición respeta las crónicas tal y como aparecieron en Le Petit Parisien e incluye, además, unas breves notas liminares que las contextualizan.3 Cierra el volumen un apéndice con datos diversos sobre la mítica carrera de 1924, para aquellos lectores que deseen profundizar más.

1. Para conocer con mayor detalle la vida de Albert Londres se pueden consultar a Pierre Assouline, Albert Londres: vie et mort d’un grand reporter (1884-1932), Balland, 1989 y Florice Londres, Mon père, La Serpent à Plumes, 2000.

2. La misteriosa desaparición del periodista está tratada por Régis Debray, Sur la mort d’Albert Londres, Arléa 2008.

3. Por lo que respecta a las notas liminares, la fuente principal es Bill and Carol McGann, The Story of the Tour de France, vol. 1; Dog Ear Publishing, 2006.

El Tour de Francia comenzó como una campaña publicitaria para vender periódicos y, a día de hoy, continúa siendo una eficaz herramienta comercial para vender todo lo relacionado con el mundo del ciclismo así como para patrocinar las marcas que esponsorizan a los equipos. El artífice del Tour fue el mítico Henri Desgrange y su periódico L’Auto, fruto de una escisión en el seno del equipo de profesionales del periódico L’Auto-Vélo. El primer Tour se celebró en 1903: el 1 de julio un pelotón de 60 corredores salió desde el café Au Réveil-matin en Montgeron, situado en las afueras al sur de París. Del pelotón, 21 eran profesionales; también había algunos que participaban con pseudónimo, pues correr no estaba bien considerado. Tras seis etapas, el Tour finalizó el día 18 de julio, y el ganador, Maurice Garin, se embolsó 20.000 francos. Al año siguiente el Tour se había convertido en un evento inmensamente popular.

El Tour de Francia de 1924 se dividía en 15 etapas en las que se recorrían más de 5.400 kilómetros. Al año siguiente se optó por 18 etapas sin que variara la distancia.

La clasificación general final de la edición anterior, el Tour de Francia de 1923, fue:

1) Henri Pélissier (Automoto): 222 horas, 15 minutos y 30 segundos.

2) Octavio Bottecchia (Automoto): a 30 minutos y 41 segundos.

3) Romain Bellenger (Peugeot): a 1 hora, 4 minutos y 43 segundos.

4) Hector Thibergien (Peugeot): a 1 hora, 29 minutos y 16 segundos.

5) Arsène Alancourt (Armor): a 2 horas, 6 minutos y 40 segundos.

En la primera etapa del Tour de 1924, Octavio Bottecchia, que corría para el equipo italiano Automoto, gana tras un sprint final contra los franceses Henri y Francis Pélissier. Los tres llegaron al mismo tiempo.

La primera etapa del Tour de Francia ganada por Bottecchia

Algunas impresiones de ruta entre París y El Havre

El Havre, 22 de junio de 1924

Ayer a las once y media de la noche aún cenaban en un restaurante de la Porte Maillot; uno habría jurado que se trataba de una fiesta veneciana pues, de lejos, esos hombres parecían farolillos con sus abigarrados maillots.

Después de echar un último trago, se levantaron e intentaron salir, pero la muchedumbre los llevó en volandas entre aclamaciones. Se trata de los corredores ciclistas que parten hacia el Tour de Francia.

Por mi parte, a la una de la mañana enfilé el camino de Argenteuil. «Señores» y «damas» pedaleaban en la noche: nunca hubiera imaginado la existencia de tantas bicicletas en el departamento del Sena.

Como el tranvía «63» aspiraba a oficiar de tranvía, es decir, conducir a su clientela hasta Bezons-Grand-Cerf, los «señores» y las «damas» lo detuvieron gritándole:

—¡Paso! ¡Ya llegan!

Efectivamente, llegaban los corredores: se dirigían hacia Argenteuil para tomar la salida.

El suburbio se animó enseguida: las ventanas aparecían adornadas con espectadores en camisa de dormir, los cruces bullían de impacientes, de viejas damas, que normalmente deben acostarse con el sol, esperando en su puerta sentadas en sillas, y si no vi niños de pecho fue porque con toda certeza me los ocultaba la noche.

—¡Mirad esas piernas! —gritaba la muchedumbre—. ¡Eso son piernas!

Los corredores llegaron a un sotobosque; allí aguardaron una hora.

—¿Salimos? —preguntó uno muy enojado.

Pero otro:

—¿Para qué ponerse nervioso?

Un comisario pasó lista de los ciento cincuenta y siete nombres. Los franceses respondían «Présent», los italianos: «Presente».

Y lo que decían los flamencos no lo entendí.

Entonces el comisario soltó:

—¡En marcha!

Desde la muchedumbre una vocecita de mujer gritó:

—¡Buena suerte, Tiberghien!

Y ciento cincuenta y siete hombres tomaron la carretera.

Un cuarto de hora más tarde, descubrí al número 223 cambiando un neumático en una acera. Era el primer desafortunado. Detuve mi Renault.

—¡Eh! ¡No tienes demasiada potra! —le dije.

Me respondió:

—Alguien tiene que ser el primero.

Pero, de repente, se elevaron gritos de «¡Sinvergüenza! ¡Nuevo rico!» y «¡Triple ristra de morcillas!».