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Ignacio Torres Giraldo (1893-1968) fue uno de los más importantes líderes sindicales de la primera mitad del siglo XX en Colombia. Activista político y escritor, su vida estuvo asociada estrechamente a la historia del movimiento obrero y las reivindicaciones populares, de obreros, campesinos e indígenas. Los inconformes: Historia de la rebeldía de las masas en Colombia es su obra de mayor aliento, una historia escrita "desde abajo", a partir del compromiso con los intereses de las clases trabajadoras, los desposeídos y los explotados. Los análisis y juicios de los hechos son entendidos como expresión de procesos sociales, en palabras del propio autor: "trazos del lento desarrollo histórico (…) reflejo fiel de una sociedad que llega al escenario de la vida moderna desde la remota entraña del siervo indígena, el esclavo africano y el colono español, con sus masas laboriosas inconformes como fuerza principal de su progreso". Es así como esta obra recoge una parte de la historia social colombiana por quien fue activo partícipe de la misma en el siglo XX. Los cinco tomos que fueron publicados a lo largo del tiempo, han sido objeto de cuidadosa revisión y se han incluido de forma completa en esta edición en dos volúmenes.
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Seitenzahl: 824
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Torres Giraldo, Ignacio
Los inconformes: Historia de la rebeldía de las masas en Colombia. Volumen 2 / Ignacio Torres Giraldo
Cali : Universidad del Valle - Programa Editorial, 2022.
406 páginas; 24 cm -- (Colección: Biblioteca Ignacio Torres Giraldo)
1. Luchas sociales - 2. Movimiento obrero - 3. Conflictos laborales - 4. Violencia - 5. Movimiento obrero - 6. Partido Socialista Revolucionario - 7. Colombia
303.484 CDD. 22 ed.
T693
V2
Universidad del Valle - Biblioteca Mario Carvajal
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Los inconformes: Historia de la rebeldía de las masas en Colombia. Volumen 2
Autor: Ignacio Torres Giraldo
ISBN: 978-628-7566-64-4
ISBN-pdf: 978-628-7566-65-1
DOI: 10.25100/peu.7566644
Colección: Biblioteca Ignacio Torres Giraldo
Primera edición
© Universidad del Valle
© herederos de Ignacio Torres Giraldo
Diseño y diagramación: Hugo H. Ordóñez Nievas
Corrección de estilo: Pacífico Abella Millán, Luz Stella Grisales H.
Este libro, salvo las excepciones previstas por la Ley, no puede ser reproducido por ningún medio sin previa autorización escrita por la Universidad del Valle.
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es responsable del respeto a los derechos de autor del material contenido en la publicación, razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Cali, Colombia, diciembre de 2022
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Sobre el origen de Los inconformes el mismo Ignacio Torres Girado en el Anecdotario —una especie de autobiografía construida sobre eventos curiosos de su vida— dice que en 1947, mientras dictaba un curso en la Universidad Obrera invitado por Diego Montaña Cuellar, percibió la ausencia de un libro sobre la historia de la rebeldía popular en el país, y se dedicó a esa labor, terminándola en 1954. En la Presentación que él mismo hace al primer volumen de Los inconformes, que está firmada en Medellín en 1966, habla de haberlo escrito “en este periodo de repliegue de las luchas populares en Colombia (…) pasamos por una curva histórica continental caracterizada por la más violenta ofensiva reaccionaria”1, es decir, en medio de la conocida Violencia. Todo parece indicar que realmente la obra fue escrita entre fines de los años 40 y mediados de los 50; le habría tomado unos seis o siete años de trabajo intenso. Pero parece que no tuvo suerte para la publicación inmediata, tal vez por el contexto político de la época, poco propicio para una historia como la que Torres Giraldo había escrito, y por el posible aislamiento en el que él vivía, como ocurría con muchos de los intelectuales críticos del régimen. Hasta ahí era lo que se conocía sobre la elaboración y publicación de la obra que prologamos.
Pero esa historia tiene ribetes nuevos pues en el archivo personal de Ignacio Torres Giraldo, donado por su hija Urania a la Universidad del Valle, hay recibos de venta de algunos ejemplares del primer volumen en 1954, al parecer editado por la Cooperativa Nacional del Libro de Medellín. También en el mismo año se anunciaban unos bonos para apoyar la publicación de toda la obra de cinco volúmenes, que además contaría con un prólogo elaborado por el abogado Luis Carlos Pérez. De esa iniciativa no hay más menciones en el archivo personal de nuestro autor, por lo que creemos que no pasó de las buenas intenciones. Después no hay más información sobre la publicación de Los inconformes hasta 1967, cuando se dice que el poeta Luis Martel editó el primer volumen en Medellín.
De lo que sí hay certeza es que, póstumamente, la Editorial Margen Izquierdo publicó los cinco volúmenes entre 1972 y 1974. Margen Izquierdo era una editorial antioqueña de la izquierda cercana al maoísmo. Los editores citan al dirigente chino Mao Tse Tung al final del prólogo del primer volumen y sobre todo son abiertamente críticos del Partido Comunista de Colombia (PCC). Desafortunadamente no sabemos más de esa empresa intelectual. Consultamos a Juan Guillermo Gómez, quien ha escrito sobre las editoriales de “izquierda”, especialmente en Medellín, pero no incluye a Margen Izquierdo dentro de su listado. En cambio sí resalta a Los inconformes “como uno de los títulos más representativos de una intelectualidad acosada por descifrar el enigma nacional”2. Y a renglón seguido trae una cita extensa del prólogo sobre el contexto en que se escribió la obra, al que ya nos hemos referido.
En todo caso, en los prólogos que hacen los editores de Margen Izquierdo a los cinco volúmenes se valora a Torres Giraldo no solo como militante de la causa popular sino como historiador antagonista de la versión oficial de nuestro pasado. Lo consideran un intelectual obrero que produce una historia materialista de Colombia. Esta editorial publicó antes, en julio de 1972, el pequeño libro titulado Síntesis de Historia Política de Colombia escrito por el mismo Torres Giraldo en 1964, diez años después de finalizados Los inconformes. La editorial aducía que la Síntesis era un buen preámbulo de la extensa historia popular en cinco volúmenes3.
Años después, la Editorial Latina, sobre la cual no tenemos ninguna información salvo que estaba radicada en Bogotá, hizo una nueva publicación en 1978 sin añadir prólogos ni presentaciones particulares. Posteriormente en 2009 la Universidad del Valle sacó otra edición o reimpresión de la hecha por Editorial Latina. Y desde 2016 ha iniciado la publicación de los cinco volúmenes dentro de la bella colección de la obra de Ignacio Torres Giraldo para la que entregamos este prólogo.
En esas condiciones se ratifica lo que decíamos en el balance historiográfico de inicios de los años 90 sobre la producción colombiana en torno a los movimientos sociales: que Los inconformes había sido la primera obra en ser escrita sobre la clase obrera y los sectores populares, pero se iba a publicar completa solo unos años después de su muerte. Miguel Urrutia, en cambio, tuvo mejor suerte pues la Universidad de Los Andes le publicó su tesis doctoral en 1969, a escasos 30 años de edad. Por eso historiográficamente se suele decir, con alguna imprecisión, que la del economista es la primera historia sindical en Colombia4.
Ahora bien, en sentido estricto Los inconformes es algo más que una historia sindical: pretende ser una lectura histórica de la clase obrera desde los sectores populares de los que surgió. Por eso originalmente Torres Giraldo la tituló Historia de la rebeldía de las masas en Colombia, pero según dice en el Anecdotario, prefirió anteponerle el breve título de Los inconformes el cual, aunque no lo dejaba satisfecho pues tenía un origen anarquista español, recogía acertadamente el contenido.
Luego de enumerar los avatares de la producción y publicación de Los inconformes digamos en qué consiste. Comencemos como lo hace su autor, diciendo qué no es. Para ello nos apoyamos en la Introducción que él hace al primer volumen y en un texto inédito que antecede al manuscrito del volumen II que reposa en su archivo radicado en Univalle titulado “Para empezar a entendernos” (fondo 6-2-1). Ante todo, Torres Giraldo insiste en que no es una obra de teoría o filosofía marxista, tampoco es una historia académica de Colombia ni pretende ser la historia total del país, ni siquiera de sus masas: es una síntesis de la rebeldía popular desde los tiempos coloniales hasta mediados de los años 1950. Pero, aclara el autor, tampoco es una versión simplificada de esa historia: por eso en cinco volúmenes trata de cubrir casi cinco siglos de acción del pueblo llano. Él mismo dice que “no se ha publicado hasta la fecha una obra de historia, en nuestro país, escrita con criterio de la clase de los proletarios”5. Entonces es una historia que pondera al hombre, sin matices de género, y lo ubica en su contexto, pero sin que este lo determine o lo vuelva un objeto. Es una historia que estudia simultáneamente al objeto y sujeto, mientras le apuesta al pueblo y a sus líderes. Así en alguna parte del escrito inédito dice que valora la acción de las masas y de algunos de sus dirigentes como José Antonio Galán, José María Obando o Rafael Uribe Uribe. En pocas palabras, es una historia que opta por los de abajo porque cree que en justicia se les debe reestablecer su protagonismo y no seguir exaltando a los héroes de las elites, falsos héroes a su juicio. Dice que a estos hay que bajarlos del pedestal, tener menos dioses en el olimpo y más hombres en la historia. Por esa vía es crítico del Estado colonial y republicano, así como de los partidos tradicionales a los que considera resultado de la infraestructura feudal y la superestructura jurídica. Por tanto, con su obra Torres Giraldo no pretende ser imparcial y no busca escribir para contemporizar.
Si no fuera porque la frase es un poco anacrónica y descontextualizada es un poco anacrónico y descontextualizado, tendríamos la tentación de decir que la suya es una “historia desde abajo hacia arriba” en el mejor estilo de los historiadores marxistas franceses como George Lefebvre o británicos como George Rude, Eric Hobsbawm y E. P. Thompson. En realidad, Torres Giraldo hizo parte de los intelectuales de izquierda que desde distintas regiones del planeta a mediados del siglo pasado sentían la necesidad de hacer más visibles a los ignorados por las historias hegemónicas. En ese sentido, sin seguramente conocer las nuevas búsquedas historiográficas dentro del marxismo occidental, compartía muchas de las propuestas de esa corriente, pero en una forma menos elaborada historiográficamente y un tanto rústica en términos teóricos. Él mismo reconocerá que fue un marxista muy ortodoxo y que tardíamente tomó distancia del estalinismo, como se ve en comentarios que hace en sus últimos años a muchos documentos escritos por él en los años 30. Pero además se aleja de la nueva historiografía marxista y en general la agrupada en lo que se llama la Historia Social, por una especie de positivismo popular: la creencia en la existencia de la verdad objetiva, en que las fuentes reproducen la realidad, pero en este caso se trata de la verdad de los de abajo. A ello le combina un tono épico popular, construyendo una especie de historia patria del pueblo colombiano.
No obstante, a pesar de su falta de formación profesional como historiador, algo que no solamente cubría a los autodidactas artesanos como Ignacio Torres Giraldo, sino incluso a los cronistas oficiales de la élite, nuestro autor muestra interesantes aproximaciones a la nueva historiografía social en boga por esos años. Aunque, como señalamos, asume la pretensión de objetividad de la reconstrucción histórica, a renglón seguido dice que más que enumerar hechos quiere hacer una interpretación desde la teoría del movimiento en la historia o sea desde la lucha de clases. Esto era algo que lo distanciaba del clásico positivismo decimonónico, pues ponía el acento no tanto en los hechos cuanto en la interpretación. Pero también tomaba distancia del marxismo ortodoxo, ya que se remitía no propiamente a la doctrina marxista-leninista, acuñada por el estalinismo, sino a una teoría general del cambio histórico. Por eso rechazaba que su libro fuera considerado un “manual” de marxismo. En esto nuestro autor se anticipó a muchas de las críticas posteriores de la nueva izquierda a los establecidos partidos obreros.
Además de las novedades historiográficas, sin duda una de las fortalezas de Los inconformes es la riqueza empírica con la que reconstruye la larga historia de la rebeldía popular. Esto lo reconocen propios y ajenos. Claro que se trata de fuentes disímiles, pues para los dos primeros volúmenes son más secundarias que para el resto, en los cuales se ve su experiencia directa como actor de lo que analiza. Así para los volúmenes que cubren el periodo colonial, sobre todo el siglo XVIII (el primero), y el siglo XIX (el segundo), se recurre a la literatura secundaria disponible en el país en los años 40 y 50 como la obra del historiador José Manuel Restrepo o las posteriores elaboraciones de Germán Arciniegas y Horacio Rodríguez Plata para el movimiento de los comuneros, o las memorias de participantes en las gestas de independencia como Tomás Cipriano de Mosquera, además de citar unas cuantas leyes y ordenanzas coloniales y republicanas. A medida que se acerca el siglo XX aumentan las referencias a fuentes primarias como informes de ministros y reportes de prensa, acertadamente citados como si hubiera coleccionado recortes a lo largo de sus años de militante obrero y popular. Y por supuesto, en los últimos volúmenes utiliza su fabulosa memoria para organizar el material empírico que analiza. Todo ello le da una gran solidez a la obra en su conjunto, algo que no era muy común en los textos históricos de mediados del siglo pasado. En eso también Ignacio Torres Giraldo se adelantó a su época.
Mauricio Archila Neira6
Bogotá, octubre de 2018
TOMO 4
CAPÍTULO 1DEL III CONGRESO OBRERO Y LA CREACIÓN DEL PARTIDO SOCIALISTA REVOLUCIONARIO A LA LUCHA IMPERIALISTA POR LOS PETRÓLEOS
CAPÍTULO 2DE LA MASACRE DE LAS BANANERAS A LA CAÍDA DEL RÉGIMEN CONSERVADOR EN 1930
CAPÍTULO 3EL GOBIERNO DE SALVACIÓN NACIONAL Y EL ASCENSO DE LA BURGUESÍA NACIONAL
TOMO 5
CAPÍTULO 1LA LUCHA DE LAS MASAS DURANTE LA “REPÚBLICA LIBERAL”
CAPÍTULO 2DE LA CONTRACCIÓN Y DIVISIÓN DEL MOVIMIENTO DE MASAS A LA CAÍDA DEL LIBERALISMO
CAPÍTULO 3 UNIÓN NACIONAL POR ARRIBA Y VIOLENCIA POR ABAJO…
NOTÍCULAS
NOTAS AL PIE
Como victoria de la huelga del Ferrocarril del Pacífico para el proletariado colombiano lo fue la Ley 57 de 1926 sobre descanso dominical remunerado, expedida a raíz de la gran batalla. No así la reivindicación de la jornada máxima de ocho horas que se quedó en el plano restringido de una conquista parcial, hasta 1934, cuando el Gobierno de Olaya Herrera —ante una nueva ola de huelgas— dictó un decreto para implantarla en cumplimiento de convenio internacional que Colombia había contraído por cierto que bastante tiempo antes.
Antes de la gran huelga del Pacífico existía el descanso dominical remunerado para los obreros de algunas ramas públicas de ciertos municipios y departamentos “avanzados en legislación social”, si bien sujeto a trabas reglamentarias que lo hacían casi completamente ineficaz. Por otra parte, era frecuente —y sigue siéndolo— la maniobra de convertir en ficción el salario dominical dividiendo por siete la misma cantidad de dinero semanal que antes se dividía por seis, lo que implicaba una burla, y muchas veces el recorte del pago semanal. Asimismo, existía en las dichas ramas públicas de los mencionados municipios y departamentos la jornada legal de ocho horas, aunque en muchos casos lo fuese apenas teóricamente.
Con el estímulo que recibió el movimiento de masas en el país, gracias a la victoria del Pacífico, los obreros de numerosas empresas presentaron sus pliegos de reclamos. El 19 de septiembre de 1926, los braceros de Barrancabermeja se declararon en huelga por el aumento de salarios. Y cuando buscaban apoyo en los trabajadores de los campos petroleros, los patronos se apresuraron a “conciliar” el conflicto con una transacción “amigable”. En general, había miedo en la atmósfera patronal y del Estado, como se ve por hechos como estos:
Los obreros de los trabajos de la prolongación del Ferrocarril del Tolima organizaban una huelga para pedir el aumento de sus salarios. Cuando el Gerente tuvo noticias de la organización del paro, se vino en marchas forzadas a Bogotá y conferenció sobre el particular con el Ministro de Obras Públicas, doctor Ospina Pérez. De acuerdo, los dos empleados convinieron en aumentar espontáneamente (sic) los jornales, y de esta manera se conjuró el paro, antes de que estallara. (Información de Bogotá publicada en El Correo de Colombia de Medellín, edición del 21 de septiembre de 1926)
El 10 de octubre, se declararon en huelga los braceros de los champanes del Alto Magdalena, reclamando aumento de salarios. Y cuando los huelguistas concertaron la solidaridad de los braceros de Girardot, Beltrán y la Dorada, los patronos se apresuraron a “conciliar” el conflicto con una transacción “amigable” naturalmente a base de mejoras en los salarios.
El Ministerio de Obras Públicas, en presencia de las solicitudes de aumento de salarios que se hacían en forma sincronizada, hizo extensivo el aumento del 15 %, que se había fijado a los ferroviarios del Tolima, a las líneas de Girardot, la Sabana y posteriormente también a la del Norte. Sin embargo, “el personal ferrocarrilero de Girardot ha rechazado el aumento del 15 % en los salarios, ofrecido por el señor Ministro de Obras Públicas, y exige un aumento mínimo del 25 %, anunciando que de lo contrario irá a la huelga”. Con todo, tras de largo parlamento, el personal de la ferrovía de Girardot firmó el 27 de octubre un pacto según el cual aceptaba el aumento del 15 %, pero al lado de otras mejoras relativas al régimen y condiciones de trabajo.
A pesar de que la Confederación Obrera Nacional (CON) había fijado el 7 de noviembre de 1926 para la instalación del III Congreso Obrero, esta fecha fue variada para el 20 y en realidad solo el 21 se instaló. Este congreso se dio un programa para su preparación en los departamentos. Antioquia, Caldas, Valle, Tolima, Cundinamarca, Boyacá, Santander del Sur y Huila se movilizaron con actividad en este sentido. Santander del Norte y los departamentos de la costa estuvieron poco agitados en ese momento, y su labor de preparación del Congreso fue menos intensa. Este hecho debe estimarse, no porque los trabajadores y sus organizaciones en la costa y Santander del Norte fueran negligentes, sino porque la CON estaba todavía poco vinculada a sus masas y problemas.
De todos modos, la elección de los delegados se hizo en conferencias y asambleas regionales sobre la base de listas compuestas por los dirigentes de mayor representación. En la preparación del III Congreso Obrero realizó María Cano su segunda gira. Aprovechando su carácter de enviada especial de las directivas obreras de Medellín, una comisión de dirigentes del Tolima le organizó un viaje de propaganda por este departamento. La mencionada comisión estuvo presidida por Felipe Mora, activo socialista de Honda. Fue notable en esta gira de María Cano —aparte del gran entusiasmo que sus discursos producían en las masas— un hecho que afirmó extraordinariamente su prestigio revolucionario en el país. Tal hecho tuvo lugar en Ibagué, luego de una espléndida recepción popular, cuando el Cabildo quiso “halagarla” con una copa de champaña en sus salones. El público se aglomeró frente al edificio, ocupó patio y corredores, mientras los “escogidos” alzaban sus copas. Como era de rigor, el oferente pronunció un discurso de fronda demagógica y lírica, al cual contestó la superemotiva revolucionaria arrojando la copa con violencia al suelo para enseguida salir a un balcón y hablarle al pueblo… Tal hecho fue propalado rápidamente en el país y comentado, lógicamente, bajo contradictorios puntos de vista. ¡Para el pueblo llano, eso fue una “machada”!
Esta urticante gira de María Cano culminó en la población de Venadillo, en donde, bajo la dirección de Tomás Uribe Márquez, se realizaba una conferencia interdepartamental a la que asistieron delegaciones, además del Tolima, de Caldas, Huila y Cundinamarca. El 19 de noviembre fue recibida María Cano con manifestación de masa en Girardot y el 20 en Bogotá.
El 21 de noviembre de 1926, en el Teatro Bogotá, colmado de trabajadores, se instaló el III Congreso Obrero Nacional. La mesa directiva fue aclamada así: presidente, María Cano; segundo vicepresidente, Raúl Eduardo Mahecha; secretario, Tomás Uribe Márquez; auxiliar del secretario, Alfonso Romero Aguirre. En la sesión inaugural, entre varias proposiciones de rigor, se aprobó también una por la cual se nombraba una comisión para gestionar ante el ministro de Gobierno la libertad de los presos sociales y políticos; en primer lugar, del jefe indígena Quintín Lame, preso en Ibagué, y la de Vicente Adamo, líder del Sinú, preso en Montería.
Por la destrucción de los archivos de este congreso —como lo habían sido los del anterior y lo fueron después los de la Convención Socialista de La Dorada—, no podemos dar con exactitud la composición profesional y política de los delegados al III Congreso Obrero Nacional. Sin embargo, aportamos los datos que permitan jugar la fuerza real que representaban y el respaldo que pudieran tener sus decisiones. Ante todo, es evidente que estaban como delegados los dirigentes de las masas colombianas en movimiento, con la excepción de Quintín Lame, Adamo y otros que se hallaban en prisión. Estaban también, como invitados especiales, conocidos líderes socialistas como Francisco de Heredia, Neftalí Arce y Ramón Azula Bernal, quienes, sin estar vinculados a la sazón a ningún organismo militante, eran agitadores, propagandistas, impulsores en todo caso de las ideas populares en marcha.
Desde el punto de vista de la representación de los trabajadores de las empresas fundamentales, inclusive de la producción nacional más importante, fue seguramente muy débil en relación con el café, la minería de oro y carbón y el denso personal de los puertos marítimos, sobre todo del mar Atlántico. Las zonas de explotación imperialista, agrícola, petrolera, de algunos transportes férreos y servicios públicos de tipo urbano, las empresas oficiales y particulares de transportación fluvial y ferroviaria, trilladoras de café, fábricas, talleres industriales y artesanales, inclusive algunos ingenios azucareros como La Manuelita y San Antonio estuvieron representados. Hubo, asimismo, delegados de regiones campesinas de Cundinamarca, Boyacá, Tolima, Huila y Caldas; de empleados de comercio, de estudiantes, de pequeños comerciantes, de inquilinos y de numerosas organizaciones de trabajadores de la construcción.
Casi todos los delegados al III Congreso Obrero Nacional eran personas conocidas, cuyas credenciales llevaban implícitamente. No obstante, la comisión que examinó los papeles del caso hubo de ser rigurosa con la abundante delegación de Cundinamarca, principalmente de Bogotá, porque en ella había credenciales fraudulentas, inclusive en poder de “rebuscadores”, disociadores y posibles provocadores. Y, con todo, quedaron siempre en el recinto algunos sedicientes delegados de organizaciones “creadas a propósito”, que fueron en el desarrollo del Congreso una permanente dificultad para el cordial entendimiento.
El Congreso escuchó el informe de la CON y luego el de los voceros de las delegaciones regionales. Pero al abrirse la discusión de estos informes, surgió en las primeras intervenciones el pensamiento de crear un partido de los trabajadores colombianos. Debemos anotar que los dirigentes del Congreso no teníamos pensado ni previsto el caso, y que la idea ganó rápidamente a la casi totalidad de los delegados, ¡convirtiéndose así la corporación, de hecho, en asamblea constituyente del nuevo partido! Hubo, en un principio, cierta confusión y sobre todo inclinación al parlamentarismo, es decir, a sentar principios y definir doctrinas con discursos.
La primera dificultad de la situación creada consistía en no tener bases elaboradas para definir el paso que se iba a dar. Los iniciadores del partido improvisaban y la masa de los delegados, espontaneísta y alegre, ¡aplaudía! De todos modos, era el momento de crear un partido de vanguardia del pueblo. Que no fuera el Congreso Obrero el medio apropiado; que se pudiera transferir a otro colectivo convocado para ese fin, y, como es obvio, que se esbozaran sus tesis, pudo haber sido entendido por los seis u ocho principales dirigentes del movimiento de masas, pero el momento no daba lugar a estas reflexiones. ¡Había que crear el partido!
Pero ¿de qué partido se trataba? Definir la naturaleza social y política dentro del momento histórico de la nación colombiana y la relación de sus fuerzas; diseñar la estructura de un partido que fuera vanguardia de las masas en movimiento, siendo el propio partido una estructura interior de masas, era realmente la cuestión fundamental que requería el análisis marxista sopesado serenamente. Pero sería presuntuoso decir que los seis u ocho principales dirigentes del movimiento de masas estaban a la altura de la situación. En ninguna otra vez, quizás, como en esta, se ha revelado tanto el bajo nivel ideológico y político de los dirigentes populares frente a las tareas históricas de su hora.
En el pensamiento casi unánime de crear el nuevo partido, se perfilaron tres nombres: partido comunista, partido socialista y partido obrero. Claro que lo esencial no era el nombre, sino su contenido. Pero el nombre decía mucho en las condiciones concretas del momento. Los delegados, en su gran mayoría, estábamos en la brecha del comunismo: éramos socialistas de izquierda, revolucionarios, prosoviéticos. Sin embargo, recelamos de crear un partido comunista, ¡sentimos temor de que pudiera aislarnos de las masas, de que llegáramos a constituir una secta! Nuestra idea cardinal consistía en tener un partido con base en los sindicatos, en las agrupaciones campesinas e indígenas, en las vanguardias de los estudiantes, es decir, en lo que ya existía. La base celular, la estructura monolítica, el tipo de partido proletario, uniclasista, lo veíamos en una perspectiva. Lo concreto, lo práctico y lo que parecía expedito era la creación de un partido con base territorial y composición social popular.
En nuestra concepción mayoritaria de partido en el Congreso podía haber mucho de “laborismo”. Pero nos afianzó en esta concepción el hecho de que los sostenedores de la idea de crear el partido comunista fuesen todos ellos gentes sin vínculos propios en las amplias masas. En general, se trataba de algunos delegados bogotanos que deseaban ser comunistas ortodoxos —no marxistas-leninistas— sin ningún respaldo fuera de los amigos y pequeños grupos que los habían llevado al Congreso, no siempre de manera honesta. Y, aunque ello fuese elemental, la actitud inclusive agresiva que usó contra nosotros el reducido núcleo “apolítico” de los anarcosindicalistas nos abrió más el camino, porque entre ellos tampoco había un solo líder de grandes masas.
Claro que la confusión y el parlamentarismo no alcanzaron a dominar el Congreso. Pasadas las primeras borrascas, “el orden del día” recobró su cauce. La comisión encargada de gestionar la libertad de los presos sociales y políticos organizó una demostración popular ante el Ministerio de Gobierno, la cual se llevó a cabo en la tarde del 30 de noviembre con amplísima concurrencia de masas. En esta gran demostración de fuerza del pueblo bogotano fue oradora —nombrada por el Congreso— María Cano. El ministro, doctor Jorge Vélez, habló a la multitud en términos “moderados” e hizo algunas promesas que no se cumplieron, ni siquiera en fórmula como lo había hecho su antecesor, doctor Rodríguez Diago con su telegrama al juez que seguía el proceso a los presos por la primera huelga de Barrancabermeja.
El Congreso aprobó dos resoluciones de carácter internacional. Por la primera, se ampliaba el saludo —aprobado en la sesión inaugural— al pueblo trabajador ruso-soviético, en el sentido de expresarle la adhesión del movimiento revolucionario de Colombia; por la segunda, se hacía causa solidaria con los movimientos estudiantiles de Venezuela, Cuba y Perú, se protestaba contra la violencia oficial y se solicitaba la libertad de numerosos detenidos.
Las comisiones que estudiaron las cuestiones de organización, de la lucha contra el imperialismo y de los problemas de la prensa —planteadas en el informe de la CON— presentaron sus conclusiones oportunamente; la creada especialmente para estudiar la iniciativa de fundación del partido presentó a la sesión plenaria del 2 de diciembre sus conclusiones en todo favorables al pensamiento mayoritario del Congreso. De nuevo se alzó la discusión, no únicamente en torno de las bases fundamentales que la comisión recomendaba para la constitución en sí del partido y la posterior elaboración de su programa, sino también ante las pequeñas alas, sedicente comunista ortodoxa y anarcosindicalista que volvieron a la carga.
Sería del caso reconstruir aquí las bases de que hacemos mención. Pero careciendo de todo material escrito, correríamos el riesgo de consagrar graves errores. Confiados al recuerdo podemos apenas decir: (1) el partido se llamaría Socialista Revolucionario porque así recogía la tradición colombiana de los partidos obrero-socialistas y el espíritu revolucionario de la época; (2) que dicho Partido Socialista Revolucionario sería organizador y dirigente de las amplias masas laboriosas en las grandes tareas de la revolución social colombiana; (3) que los socialistas revolucionarios de Colombia crearían vínculos políticos solidarios con los movimientos revolucionarios de América Latina; (4) que el Partido Socialista Revolucionario de Colombia solicitaría su adhesión a la Internacional Comunista; (5) que se convocaría, en breve plazo, una convención nacional del Partido para tratar los problemas propios de su estructura, hacer su declaración de principios y constituir la comisión que habría de elaborar un anteproyecto de su programa.
En la sesión del 2 de diciembre, al aprobar definitivamente la creación del Partido Socialista Revolucionario, fue necesario romper con los sedicentes comunistas ortodoxos que sumaban un total de cinco, de los cuales sobresalían —como voceros— los “rebuscadores” Juan de Dios Romero y Erasmo Valencia (más adelante, en el régimen liberal, sobre todo, Valencia se vinculó inclusive electoralmente, a zonas campesinas importantes de Sumapaz y de Icononzo), y con los “apolíticos” que no eran mucho más “numerosos” capitaneados por los en realidad anarcoliberales Carlos F. León y Luis A. Rozo. El delegado del Sindicato de Voceadores de la Prensa de Bogotá, influenciado por Rozo, se retiró espectacularmente del Congreso en esta memorable sesión, “alegando que esa entidad se estaba orientando por caminos de la política de partido”.
Un hecho, aparentemente aislado, sería suficiente para entender la orientación revolucionaria independiente del Congreso. Organizaciones regionales del Sinú, desorientadas desde Bogotá por “jefes rebuscadores”, habían acordado enviar a Vicente Adamo —cuando saliera de la prisión— ¡a estudiar métodos y experiencias sindicales en Italia! El asunto vino a conocimiento del Congreso que naturalmente se opuso a semejante barbaridad. Y, sin hacer gran debate, la dirección propuso que Adamo fuera a Méjico. Tal proposición fue acogida con aplauso unánime, porque Méjico —su gran pueblo— ha tenido y tiene extraordinario prestigio entre nosotros. Sobra decir, por lo sabido que Adamo demoró en la prisión, que al fin no salió del país con el destino que se pensó.
El 4 de diciembre se clausuró el Congreso, no sin antes realizar sus tareas finales, consistentes en: 1. impartir aprobación a varias resoluciones; 2. reelegir el Consejo de la CON, ampliando su secretariado con dos miembros más (Miguel A. Quintero y Enrique Ramírez) y prorrogar la sede confederal en la ciudad de Cali; 3. elegir miembros provisionales del Comité Central Ejecutivo del PSR, mientras se reunía la convención del Partido, fijándoles como sede la ciudad de Bogotá. Esta elección, hecha sobre una lista elaborada por la comisión respectiva, dio el siguiente resultado: Tomás Uribe Márquez (agrónomo), Eugenio Molina (trabajador de carpintería), Guillermo Hernández Rodríguez (estudiante de derecho), Francisco de Heredia (empresario de teatro), Leopoldo Vela Solórzano (pequeño comerciante). Una vez clausurado el Congreso, se constituyó el Comité Central Ejecutivo del PSR y eligió como su secretario a Uribe Márquez. Debemos anotar aquí que todos los miembros del primer ejecutivo del PSR fueron después miembros del Partido Comunista, cuando la izquierda del socialismo revolucionario se constituyó bajo la divisa de la Tercera Internacional, precisamente en julio de 1930 y con la secretaría general de Hernández Rodríguez, excepción hecha de Francisco de Heredia quien, viajando en misión de acercamiento por los países centroamericanos, murió en San José de Costa Rica el 23 de julio de 1927.
En el curso de sus sesiones, el Congreso Obrero había adquirido dos compromisos, que se cumplieron en la siguiente forma:
La delegación de Boyacá, que comprendía los dirigentes entonces de Samacá, Tunja, Sogamoso y Moniquirá, organizó una tercera gira de María Cano, a quien acompañaron esta vez —además de los delegados boyacenses— La Flor del Trabajo de Bogotá, señorita Cecilia López, Uribe Márquez, Neftalí Arce, Mahecha y el autor de la presente obra. Se trataba de llevar el mensaje de las nuevas ideas al departamento más enfeudado de Colombia, de más rancia tradición señorial y de más hondas raíces clericales, naturalmente. Esta gira empezó con las mejores perspectivas. Las gentes salían de sus labranzas al borde de la carretera, se aglomeraban en los caseríos y gritaban su entusiasmo. Se les hablaba siempre del problema de las tierras, de los salarios, del derecho a una vida realmente humana, de la existencia de un gran movimiento de masas en Colombia, de la liberación del pueblo ruso, de la revolución social…
La entrada a Tunja fue espléndida. La multitud llenó las calles y las plazas. Los discursos fueron aplaudidos con fuerza y los vivas coreados con verdadero fervor. Pero… al caer de la tarde, cuando la gente había regresado a sus viviendas, la cuadra del hotel que nos alojaba estaba bloqueada por fusileros. Y así permaneció la noche y la mañana siguiente, hasta que fuimos escoltados a las oficinas departamentales de policía, donde un terrible jefe, general Correales, nos hizo notificar una famosa resolución, ¡por la cual se nos obligaba a salir de Boyacá inmediatamente y no volver a pisar su tierra! ¡Precisamente la tierra de las históricas batallas del Pantano de Vargas y del puente de Boyacá, que sellaron la independencia de la Nueva Granada!
Claro que tratamos de burlar la famosa resolución, y en vez de regresar hicimos un rodeo para salir adelante sobre la ruta de Sogamoso, plaza fuerte del socialismo revolucionario en la entrada de los Llanos Orientales. Pero la carretera estaba bloqueada, y en medio de policía secreta se nos devolvió a Tunja, en donde fue llevado a los calabozos del penal el autor de la presente obra, y los demás compañeros obligados a marchar a pie, entre numerosa escolta —inclusive de noche— hasta pasar los límites territoriales de Boyacá sobre Cundinamarca.
Desde luego que semejante atropello a las que todavía se mencionaban libertades constitucionales se llevó al Parlamento y allí se discutió con la atención que se merecía la fuerza popular en movimiento. En consecuencia, el ministro de Gobierno fue presionado para ordenar nuestra libertad, pero dejó en pie la abusiva resolución del general Correales. Sin embargo, pronto reconstruimos la gira a Boyacá, y marchando de noche y según el plan para esquivar los focos principales de la reacción, ¡entramos a Sogamoso en verdadera apoteosis! El pueblo veía en María Cano a una heroína y, en sus discursos que flameaban como banderas al viento, antorchas que incendiaban la tupida sombra del régimen de rezago feudal boyacense…
Pero al tercer día, cuando debíamos desplazarnos a otro lugar de trabajo, se descubrió que las carreteras y caminos de la comarca estaban obstruidos por pelotones de fuerza armada que habían organizado retenes escalonados. Estábamos sitiados. Seguros en la población; ¡pero nuestro destino no era quedarnos ahí! Los choferes que transportaban de Sogamoso a Bogotá cajones con huevos, fardos de alpargatas, cabuya y otras ramas de la producción regional, acondicionaron un camión con una bóveda de madera rodeada expertamente del común cargamento, y seguidos de otro camión (arreglado en “forma sospechosa”) que presionaba por pasar en cada retén, ¡nos sacaron de la trampa! De noche, naturalmente.
Una vez en Bogotá, pasamos a cumplir el segundo compromiso que había adquirido el Congreso, consistente en una cuarta gira de María Cano, esta vez entre Girardot y Barrancabermeja. El jefe organizador de esta gira era Raúl Eduardo Mahecha, quien con una señora hermana de él, el autor de la presente obra y un boga salimos de Girardot tripulando un champán (balsa con una parte cubierta rudimentariamente). La importancia cardinal de esta gira estaba en la zona petrolera. Mahecha y los demás dirigentes de Barranca estaban abocados a una pronta huelga y por experiencia sabían lo que significaba esa gran tarea. Y, tratando de asegurar el éxito, pensaron en la presencia de María Cano para elevar el nivel de la combatividad, y en la del autor de este libro, quien además de orador estaba reputado como organizador de masas y dirigente de huelgas.
Claro que también era importante el trabajo en una serie de poblaciones ribereñas, entre Girardot y Honda principalmente, y fue esta importancia la que nos decidió a viajar en la forma que lo hicimos. El éxito en las poblaciones, pequeños caseríos que visitamos, fue extraordinario. Y justamente aquí debemos hacer una breve silueta de Mahecha, como caudillo popular. Realmente, lo que percibíamos en el río Magdalena era “mahechismo”, y “mahechismo” lo que se respiraba en Barranca. Las ideas social-revolucionarias ardían en todos los sitios, se sentían trepidar en la sangre de las gentes, cuyos ojos se iluminaban con el pensamiento de su redención. ¡Pero todo lo veían a través de su caudillo! Mahecha frisaba en los cuarenta años, tenía buena estatura, piel bronceada y modales de cierta ordinariez que agradaban al pueblo llano. Su cultura general era menos que mediana, pero hablaba con gran facilidad y escribía asimismo con extraordinaria soltura. Sus discursos revelaban poca información social contemporánea, ausencia casi de todo conocimiento sobre la revolución soviética, pero en cambio rico arsenal en su memoria de grandes y pequeños episodios de las luchas populares en Colombia, y borrascosa argumentación patriota contra las poderosas compañías imperialistas y su política colonizadora.
Mahecha procedía de una familia medio-acomodada del sur de Tolima; poseía una pequeña imprenta que convirtió en viajera por los pueblos del Magdalena y que perdió finalmente en la Zona Bananera. Hombre audaz, malicioso, con mucho don de gentes. En Girardot, al subir al champán lucía ya su atuendo del río: sombrero ancho, camisa y pantalón de caqui, zapatos “guayos” y al cinto un revólver de calibre largo que ocultaba al abordar en caseríos mayores. Mahecha sabía remar y cocinar, y en estas ocupaciones se turnaba con el boga. En “asambleas especiales” con los jefes de algunos puertos, luego de oírse a María Cano y al autor de este libro, hablaba el caudillo con tono familiar. ¡Por estas conversaciones se percibía en Mahecha, sobre todo, al clásico guerrillero nuestro: sincero, guapo, pero bastante fantaseador!
En Barrancabermeja se nos hizo un recibimiento espléndido, inclusive porque llegábamos en los últimos días de diciembre cuando las gentes del lugar y muchas de regiones vecinas podían concentrarse allí. Mahecha y su grupo dirigente quisieron aprovechar nuestra presencia para declarar la huelga. Era tal el impulso de la masa de trabajadores petroleros, de la población de Barranca ligada estrechamente a la explotación del oro negro. Pero las batallas no se ganan con entusiasmo y decisión solamente, y nosotros no podíamos permitir que se crearan ilusiones en las masas, y mucho menos auspiciar actitudes aventureras en sus dirigentes. Descubríamos —sin desanimar— las fallas principales en el planeamiento y la organización de la huelga, y subrayamos que la misma circunstancia de ser fin de año, con su espíritu navideño, fiestero, desmoralizante, no podía ser el momento mejor para la gran batalla.
Naturalmente, Mahecha y su grupo dirigente aceptaron la realidad, y en su compañía se elaboró un plan de tareas inmediatas previas a la huelga. ¿Cuáles eran las principales de estas tareas? Ante todo, el enfoque de la huelga. Es claro que una huelga petrolera en Barranca no se podía concebir sin abarcar los tentáculos del pulpo, que para el caso eran, en primer término, sus propios transportes, es decir, el oleoducto de la Andian —su filial—, los buquetanques y los puertos de embarque. En este frente no se había hecho más que “confiar en la solidaridad”. ¿Por qué no hacer que la huelga abarcara el personal de los transportes? Porque si estos fueran militarizados y los stocks abundantes, ¿por cuánto tiempo resistiría la empresa sin afectar su mercado?
La estrategia de la huelga. Es claro que había que reunir combatientes en el frente y disponerlos bien. Pero el éxito de la batalla dependía, en gran parte, de una poderosa retaguardia que pudiera presionar favorablemente. En este aspecto, se contaba con la población unánime de Barranca a cuya cabeza estaban los comerciantes colombianos, víctimas del control y las limitaciones que la Troco les imponía con sus “comisariatos” y, en general, con sus métodos y formas de comercio neocolonial monopolista. Pero esto no era suficiente. Se requería una mayor suma de la opinión nacional que ya existía, en fuerza latente, pero que necesitaba de organismos para revelarla y encauzarla.
Los elementos tácticos de la huelga estaban mal estimados, inclusive porque hacía falta una mejor asimilación de las experiencias que había dejado la gran batalla de 1924. Mahecha exageraba la capacidad antiyanqui de las gentes que simpatizaban con la idea de la huelga y confiaba demasiado en la que pudiera ser actitud colombianista de algunos funcionarios públicos “deseosos” de que la Troco respetara y cumpliera las leyes sociales del país. Es evidente que la cuestión táctica esencial estaba concebida correctamente en el pliego de reclamos elaborado antes de nuestra llegada a Barranca, y consistía en poner el acento precisamente en el cumplimiento de las leyes sociales. Pero había también exageraciones en el pliego que podían hacer inoperante el plan táctico.
Finalmente, la falla principal se hallaba en la misma organización interior, estructural, del movimiento. La masa estaba saturada, la dirección tenía toda la confianza de los trabajadores. Pero se tenía una actitud espontaneísta. Los campos petroleros, los talleres, los transportes interiores y, en general, la gente que ocupaba la Troco en su circuito cerrado lo esperaban todo de los comandos que funcionaban en la población de Barranca, fuera del mencionado circuito. ¡Y los comandos lo esperaban todo de Mahecha! Claro que se adoptaron algunas por lo menos de las más urgentes medidas de organización para la huelga en la base del personal, y también en el sentido de responsabilizar una dirección que no fuera, al fin de cuentas, enteramente personal.
El primero de enero de 1927, salimos de Barranca: María Cano para Medellín y el autor de esta obra para Cali. Por estos momentos tenía la CON una serie de tareas urgentes, sobre todo en los frentes del cooperativismo y de la lucha antiimperialista, a las cuales debíamos dar nuestra atención, aparte, naturalmente, de la creación de los organismos regionales del PSR en que nos hallábamos empeñados.
El movimiento cooperativista estaba adquiriendo fuerza en el país, al punto que, de Bucaramanga, Manizales y otras ciudades, se pedía al Secretariado Confederal el envío de comisionados capaces de ayudar a la organización de cooperativas locales. En diciembre (1926), precisamente se había organizado ya una cooperativa obrera en Puerto Berrío. En el Valle se proyectaba ampliar el radio de las cooperativas de producción y consumo con secciones de crédito popular, y marchando sobre esta orientación se preparaban los planes para ser presentados en la asamblea general de la cooperativa de Cali. Esta asamblea se reunió el 24 de abril de 1927, acogió la iniciativa y aprobó los planes.
La lucha contra el imperialismo había ganado en Colombia excelentes condiciones en 1926, porque la intervención cada día más descubierta de los yanquis en Méjico y su abusiva ocupación de Nicaragua, apoyándose en ambos países indohispanos sobre las camarillas conservadoras más reaccionarias, despertaron en los liberales de nuestro país beligerante espíritu de solidaridad con las fuerzas de resistencia nacionalista. Esta actitud, así fuera fugaz y en muchos aspectos contradictoria, situaba al liberalismo colombiano en un plano antiimperialista. Y es así como se vio a periódicos tan adictos a la política de Washington, como El Tiempo de Bogotá, alinearse del lado del Gobierno mejicano del general Calles y del Partido Liberal nicaragüense y de su jefe, Juan B. Sacasa, arrojado del poder por los invasores para montar en él a su más dócil instrumento, ¡el jefe conservador general Adolfo Díaz, heredero político de Emiliano Chamorro!
Claro que todos los periódicos liberales de Colombia, en una línea más o menos ondulante, alzaron su grito contra la intervención armada del imperio del dólar, capitaneada esta vez por el presidente Coolidge y su secretario de Estado, señor Kellogg, que naturalmente removía en la sensibilidad de nuestro país el recuerdo de Teodoro Roosevelt, el pirata de pueblos que se “tomó a Panamá” en 1903, ¡lo que no impidió que le dieran el Premio Nobel Mundial de la Paz en 1906!
Desde luego que anotamos la posición de la prensa liberal —y con ella posiblemente de la mayoría del pueblo colombiano— para indicar las excelentes condiciones existentes para la lucha contra el imperialismo. Pero no para identificar esa posición con la nuestra, es decir, la del movimiento revolucionario de las masas. Para nosotros, pese al bajo nivel ideológico y político, y naturalmente a las confusiones y equivocaciones propias de ese bajo nivel, las bases del neoimperialismo colonizador estaban y están en las empresas concesionarias, en los bancos prestamistas y en las camarillas “nativas” que les hacen el juego. Para demostrar esta posición, vamos a reproducir en esta obra, un poco más adelante, artículos de periódicos proletarios de aquella época.
La sección de trabajo antiimperialista de la CON había creado en la segunda mitad de 1926 comisiones de agitación y propaganda adjuntas a organizaciones regionales, cuya principal actividad consistió, en un principio, en estimular y, en casos concretos, ayudar a expresar la inconformidad de avanzadas estudiantiles y grupos liberales con la política de intervención oficial norteamericana en los países indohispanos. Desarrollando este trabajo a la medida de las escasas fuerzas dirigentes, fue posible ya para 1927 organizar actos demostrativos de grandes masas, en bloque con liberales de izquierda. Estos actos llegaron a ganar inclusive a jefes conservadores de provincia, y fueron verdadera revelación de las fuerzas vitales de Colombia en rechazo del imperialismo agresor.
Este primer auge de la lucha antiimperialista de tipo nuevo decayó en 1929, no solo a causa de la derrota del movimiento de masas en la Zona Bananera y en todo el país, sino también por el cambio de postura del periodismo liberal, de los civilistas y sus comandos, dueños e inspiradores de tal periodismo. Esta conversión hacia la derecha del civilismo liberal colombiano arrancó en la segunda mitad de 1928, estimando por su cuenta los siguiente hechos: 1. que los liberales —sus comandos— de Nicaragua, con sus jefes principales, Sacasa, Moncada y Sandoval, se habían entregado al imperialismo yanqui, y que la resistencia al invasor había tomado el carácter de lucha nacional libertadora comandada por el general Augusto Sandino; 2. que siendo el general Sandino apoyado por los movimientos revolucionarios de América, era lógico que no podría serlo también y hasta el fin por los amarillos civilistas de Colombia; 3. que la elección del señor Hoover para Presidente de los Estados Unidos podía traer cambios en el trato a las naciones indohispánicas y, en consecuencia, preferir las camarillas liberales “nativas” conectadas a Washington en los gobiernos de dichas naciones…
Pero, cuando el Comité Ejecutivo del PSR y el Secretariado de la CON coordinaban apenas sus planes de trabajo, estalló sorpresivamente la huelga petrolera, precisamente el 5 de enero de 1927, o sea cinco días después de que María Cano y el autor de este libro habían dejado a Barrancabermeja. ¿Qué labor se podría haber realizado en cumplimiento del plan de tareas previas acordadas? ¿Qué acto de provocación de la empresa y sus lacayos pudo precipitar el estallido de la gran batalla?
Y lo peor, en razón ya de los hechos mismos es que la huelga había empezado pretermitiendo procedimientos de orden legal que si nada significaban en la realidad, si es evidente que, como fórmulas jurídicas, era necesario por lo menos demostrar interés de cumplirlos, aparte de que tenían indudable importancia táctica en una batalla que enfrentaba trabajadores colombianos a una empresa extranjera que burlaba sistemáticamente las leyes del país. ¿Cuáles eran estos procedimientos de orden legal que no se habían llenado? 1. la previa presentación del pliego de reclamos, que no se hizo porque se “sabía” que sería rechazado. Pero esta certidumbre había de convertirla en un hecho real, en un argumento “tangible” del derecho positivo, en una fuerza de opinión nacional favorable a la huelga. Poder probar que el pliego había sido rechazado situaba a los trabajadores ante una “situación de hecho” que les permitía declarar la huelga inmediatamente; 2. de acuerdo con la ley sobre huelgas entonces vigente, si la empresa rechazaba el pliego y renunciaba, en consecuencia, al término de su estudio y primera decisión, aceptaba la “situación de hecho” y con ella naturalmente la huelga, el conflicto regresaba a los “cauces del derecho”, y por consiguiente se podía pasar a la etapa de las negociaciones directas…
Veamos ahora el proceso de la huelga, en primer lugar, el siguiente despacho telegráfico del que es autor el propio Mahecha:
Bucaramanga, enero 6 de 1927. Tiempo, Espectador, Comité Ejecutivo Socialista, Bogotá. Ayer alcalde ordenó obrerismo colocarse dentro leyes huelga, fue atendido y obreros regresaron trabajos, elevando por conducta Alcalde memorial (pliego) petición aumento de salarios, otras cosas, y nombrando como sus delegados a Isaac Gutiérrez, Isidro Mena y Antonio Tobón, ante gerente Compañía.
Hoy al presentarse delegados obreros puerta gerencia (…) fueron puestos presos orden jefe Policía Nacional (…). Alcalde, visto atropello, fue Policía ordenó libertad delegados. Gerente, burlándose leyes rigen sobre huelga, limitose fijar avisos negándose aceptar peticiones trabajadores y declarando solo entenderse con alcalde.
Este inicuo proceder del Gerente ha hecho exaltar ánimos de hijos país viendo esta tierra convertida en un protectorado (…). Envíoles hoja circula estos momentos y pliego peticiones hechas obrerismo, por lo cual notará asimismo, la suerte miserable del comercio de esta región hoy boicoteada por la Empresa Tropical Oil Company. Obrerismo hase declarado nuevamente en huelga general.
Difícil sería resumir la serie de errores de principio, de táctica, de simple tacto y hasta de lenguaje que los dirigentes de la huelga cometieron en los dos primeros días de su caótico proceso. Y sobre piso falso y la perspectiva todavía más falsa de conseguir en los altos poderes públicos una “equitativa” intervención en el conflicto, se les ve llegar hasta el 9 de enero, cuando le dirigen —también redactado por Mahecha— un despacho telegráfico al ministro de Industrias, en el cual se le pide al Gobierno Nacional, en forma ilusa y con palabras serviles, ¡que someta a la poderosa Tropical Oil Company al cumplimiento de las leyes colombianas! Léase el texto del citado despacho que, por otra parte, ofrece un cuadro de la realidad de aquel espontáneo derroche de las energías proletarias:
Barrancabermeja, enero 9 de 1927. Ministro Industrias, Bogotá. Os pedimos respetuosamente, como ciudadano timbre orgullo, mandatario íntegro, obligar Compañía someterse leyes República sobre huelgas, hasta hoy violadas. Pueblo en masa ocho mil hombres trabajadores Tropical y Andian, poblaciones río, llegados últimamente, esperan vuestra decisión. Sindicato suplica vuestro despacho telegrafiar autoridades circunvecinas Barranca no permitan emigración trabajadores. Hora por hora llegan barcos, canoas cargados obreros colombianos, que hacen ya imposible sostenimiento provisiones localidad. Despáchanse al día tres mil raciones a los más urgidos y mañana harase imposible si continúa inmigración, sostenimiento más de diez mil trabajadores, fuera familias. Hoy Mr. Bonvie rompió bandera en el “centro Tropical”, y estuvo próximo morir linchado (…). Alcalde salvolo (…) existen varios presos por orden alcalde leves faltas. Suplicamos pronta solución conflicto puede tomar caracteres muy serios, por abusos agentes Compañía. Respetuosamente, Sindicato Obrero. Presidente, Ricardo E. López. O., delegados obreros, Rafael Tobón, Isidro Mena, Isaac Gutiérrez.
Es evidente que los altos poderes públicos, obedientes a los intereses petroleros de la Troco y su política de dominio colonial sobre los trabajadores colombianos, no tenían el propósito de intervenir para solucionar el conflicto. Movían el peso de sus fuerzas armadas y tomaban posiciones para, llegado el momento, aplastar el movimiento de justa inconformidad nacional y de clase. Así vemos que hasta el día 12 el señor ministro de Industrias seguía de espaldas a los huelguistas, según se deduce de la siguiente corresponsalía de prensa —escrita también por Mahecha—, en la cual se ofrecía un cuadro real de la solidaridad, la disciplina y la elevada conciencia de las masas empeñadas en la lucha, que representaba un regreso del caos, un esfuerzo por vertebrar la batalla, una etapa hacia la consolidación de sus líneas que inspiraba confianza y estimulaba los paros de presión en la retaguardia:
Barrancabermeja, enero 12 de 1927. Hoy cuentan los huelguistas con siete mil hombres unidos estrechamente. El comercio colombiano, así como la colonia siria, han contribuido generosamente al sostenimiento de los trabajadores en paro (…). El obrerismo ha tomado hoy de los almacenes de aprovisionamiento $4.589, según el contingente de los labriegos que proveen yucas, plátanos, ñames, etc. (…). De Antioquia, Cundinamarca, Santander, Huila, Cauca, Valle, Tolima y Nariño, llegan sin cesar telegramas de adhesión (…). El entusiasmo es inmenso y por las calles solo se oye el grito de: ¡viva Colombia!, ¡viva el obrerismo! (…). Nadie bebe aguardiente y de aquí que no se haya presentado la primera camorra (…). Los obreros de la Andian se han unido al movimiento y acaban de parar las bombas del oleoducto, los obreros de los barcos de la Tropical acaban de unirse a la huelga.
¡El 16 se declararon en huelga de solidaridad los trabajadores de las compañías fluviales en el puerto de Neiva! “Todos los obreros afiliados a las asociaciones proletarias —decían los comunicados de prensa— desde Barranquilla hasta Neiva, se han comprometido a no cargar ni descargar ninguna caja procedente de la Tropical o con destino a esa Compañía”.
La huelga elevó su nivel extraordinariamente. Los obreros norteamericanos al servicio de la empresa que habían sostenido una actitud “aislacionista” se sumaron a la huelga; algunos se dispusieron a partir de regreso a su tierra. Naturalmente, la Compañía y los altos poderes públicos que la obedecían, en vista de que la huelga no había muerto por sus errores y las primeras maniobras patronales, sino que, por el contrario, se había crecido y era ya un conflicto de extensión nacional, procedieron a romperla violentamente.
El 19, estando en Barranca el jefe de la Policía Nacional y el secretario de Gobierno de Santander, se destituyó al alcalde civil y se nombró alcalde militar. Desde ese momento la huelga quedó aislada; sus dirigentes dejaron de recibir noticias de solidaridad, y como es obvio se les impedía enviar todo mensaje. Y con la suspensión de toda publicación impresa, así como de reuniones inclusive en residencias, los ánimos se exaltaron extraordinariamente, y la policía y los agentes directos de la empresa provocaron el primer choque de violencia en grande en la noche del 20…
De los resultados de tal choque solo se supo por comunicado oficial, desde luego en el tono y la medida que la política de temor les aconsejaba a los lacayos de la Tropical. Veamos ese comunicado, retransmitido de Bogotá a El Correo de Colombia, de Medellín, con fecha del 21:
Anoche se trabó en Barranca una lucha entre policiales y huelguistas, lucha en que se hicieron varios disparos y se usaron toda clase de armas. De la refriega resultaron dos huelguistas muertos y tres heridos. De los miembros de la policía también quedaron cinco heridos, de ellos dos de suma gravedad (…). Hasta ahora no se ha apelado a la intervención del Ejército, pero siempre se ordenó reforzar la tropa que se halla en el lugar en previsión de cualquier evento. Además, el cañonero “Colombia” permanece en el puerto listo para lo que pueda ocurrir.
A pesar de que el estado de sitio rigió en Barranca desde el 19, el 22 apenas se llenan las formalidades que la Constitución Nacional exigía para ello, en consecuencia, se nombró al general Manuel Castro como jefe civil y militar de la zona territorial “afectada por la huelga”.
Pero la gran batalla había ganado fuerza nacional que empezaba a operar. El 23 fueron paradas en Girardot todas las actividades en solidaridad con los trabajadores de Barranca. El 24 lo fueron en Beltrán, La Dorada y Puerto Berrío. El 25 entraron a la huelga de solidaridad los braceros de Ambalema y Calamar, quedando generalizado el paro en el río. El 26 extendió el Gobierno el estado de sitio a todos los puertos… Pero el mismo día decretaron el paro los trabajadores del Ferrocarril de La Dorada, y el siguiente los obreros de la carretera de Cambao. El dique, el ferrocarril y los puertos de Cartagena entraron a la huelga.
El 25 de enero estaban cubiertos Barranca y los cercanos puertos del río por fuerzas del ejército, en plan de guerra. Un nuevo cañonero (el Hércules) se hallaba surto en el puerto de entrada a los dominios de la Tropical. Sin embargo, el espíritu de lucha de los huelguistas no había decaído. La situación se hacía más grave a cada instante, ya no solamente en Barranca, sino en todo el país. La fuerza en acción de las masas aumentaba constantemente. El Gobierno —creyendo o tratando de aprovechar el momento para desencadenar la reacción total— ¡empezaba a mirar los acontecimientos como si ellos fueran el plan en movimiento de una insurrección nacional! En estas condiciones, el paro de solidaridad en el Pacífico, anunciado ya, adquiría una significación especial. El Gobierno lo esperaba para extender el estado de sitio a todo el país…
¿Podría defenderse la existencia del movimiento de masas bajo la ley marcial? Porque no había —sobra decirlo— ningún plan revolucionario que superara la huelga. Comprendiendo esta situación, el Comité Ejecutivo del PSR —que había enviado delegados a estimular los paros en el río— envió también (el 25 de enero) una comisión ante el presidente Abadía Méndez con el fin de buscar una fórmula de transacción al conflicto petrolero que permitiera el regreso al trabajo. Pero la mencionada comisión no logró ningún entendimiento.
La situación llegaba a su clímax. En Bucaramanga se había efectuado en la tarde del 23 una caudalosa manifestación antiimperialista, en la cual se ligó la lucha de resistencia en Nicaragua contra los invasores yanquis con la huelga de Barrancabermeja y se protestó por el abaleo del 21. El mismo día 23 se efectuó también una gran demostración de masas en Bogotá, enfocada asimismo a protestar contra el imperialismo agresor en Nicaragua y colonizador en nuestro país. Diversos actos de opinión se verificaban en los más importantes lugares de la nación. Sin embargo, el terrorismo oficial golpeaba con éxito en los nudos proletarios más importantes, paralizando su acción; destruía los núcleos dirigentes; aislaba a los combatientes en cinturones militares.
¡Los dirigentes de la CON fuimos llevados a los calabozos de la prisión en Cali desde la mañana del 21 de enero; en Medellín se frustró todo acto de solidaridad de masas con la huelga de Barranca impidiéndose las reuniones que la preparaban amordazando a María Cano con una multa de quinientos pesos para que no hablara! En los puertos del río Magdalena fueron arrestados sus mejores líderes. Y cuando el terror oficial había dado estos golpes en la retaguardia, descargó el peso de su violencia en el corazón de la batalla: el 26 se asaltó la dirección en Barranca, y Mahecha y sus compañeros fueron conducidos a un cañonero como prisioneros de guerra. El 27 fueron arrestados los dirigentes de Girardot, entre ellos el gran luchador Ángel M. Cano y el miembro del Comité Central Ejecutivo del PSR, Guillermo Hernández Rodríguez.
A partir de los arrestos de sus dirigentes, y golpeados a culata, atemorizados y en medio de fusiles, los poquísimos obreros que se quedaron en Barranca empezaron a regresar al trabajo… “bajo la promesa de protección e inmediato estudio de sus peticiones” hecha por el jefe civil y militar. El 28 estaba ya “restablecido el trabajo en la Empresa”, según informes oficiales. ¡Pero con 300 obreros que fue la cifra de los que se quedaron! Entre el 28 y el 30 se restableció —en este caso sí de manera normal— el trabajo en el río y los demás lugares que habían hecho paros de solidaridad…
Así, con una terrible derrota para los proletarios de Barranca y del país; para el pueblo laborioso y su movimiento revolucionario, para la nación colombiana, ¡terminó la huelga petrolera de veintiún días en la zona territorial dominada por el pulpo imperialista Tropical Oil Company!
***
Alentado con el éxito del pulpo extranjero, el Gobierno lacayo extendió su política de terror. Pero, sobre todo, revisó el enfoque de su línea y aplicó nuevos métodos. Antes se hablaba en la lengua oficial sobre planes de insurrección liberal, y se veía, en la lente de los especialistas, a los trabajadores organizados, al movimiento en general de masas y a sus dirigentes, como a las unidades, la tropa y los sargentos de los veteranos militares del liberalismo. Con tal enfoque oficial, el aparato del Estado golpeaba también a los caudillos liberales. Ahora es otra cosa. El Gobierno empezó a mirar el problema desde las masas y por consiguiente a vislumbrar el papel de los dirigentes populares realmente vinculados a la vida de los trabajadores, a los problemas económicos y sociales de la época.
Y con este nuevo enfoque, la lengua oficial hablaba ya solamente de “insurrecciones bolcheviques”, del “comunismo en acción”, es decir, empezó a mirar —prematuramente— ¡en cada huelga la cabeza de la revolución social! Bajo esta lente de aumento, los especialistas veían en cada dirigente obrero, campesino, indígena y de zonas populares de las ciudades al enemigo “número uno” de su sociedad, de su sagrada estructura de privilegios. Y, lógicamente, hacia el enemigo “número uno” se dirigían los primeros disparos, y es así como la persecución y el terror adquirieron su carácter definido de clase. Los literatos seudomarxistas, los esnobs de tertulia, los “rebuscadores” mayores e inclusive algunos militares fantaseadores del liberalismo, si tenían “posición” y “buenas” relaciones, podían hablar, escribir, hacer poses revolucionarias…
La huelga en las petroleras de la Tropical nos había dejado a muchos dirigentes obreros en las cárceles del país, cuya libertad restringida y en varias ocasiones bajo la horca de abusivas “fianzas de buena conducta”, adquiríamos después, trabajosamente. Sobre Raúl Eduardo Mahecha y demás prisioneros de Barranca dictó el Gobierno, con fecha 2 de febrero, una insólita resolución en virtud de la cual se los confinaba al Panóptico de Tunja, de donde más tarde se los trasladó a la prisión de San Gil para instaurarles luego el “juicio de sedición”, que por cierto no prosperó.
