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Mareas Oscuras es una historia de fantasía oscura romántica de la serie: Historias del Reino, una colección de libros oscuros y eróticos. Si te gustan las parejas de amantes desventurados y misterios sin resolver, te encantará esta mágica serie de Jessica White.
En medio de su vida destrozada, una marinera con la carga de una misteriosa maldición se adentra en un mundo de magia ancestral e intriga mortal. Perseguida por su pasado y luchando por sobrevivir, se cruza con un infame pirata, cuyo agudo ingenio y férrea lealtad lo convertirán en su mejor aliado y a la vez su mayor desafío. Partirán hacia aguas peligrosas, con sus destinos entrelazados por secretos que ninguno termina de entender. Desde letales travesías hasta reliquias ancestrales de poder inmensurable, su viaje estará sembrado de peligros a cada paso. No obstante, a pesar de las tormentas y las batallas, una conexión se enciende entre ellos. Cada momento cuenta y con el peligro en los talones deben decidir qué están dispuestos a sacrificar por el otro. Mareas Oscuras es una historia de fantasía oscura romántica de la serie: Historias del Reino, una colección de libros oscuros y eróticos. Si te gustan las parejas de amantes desventurados y misterios sin resolver, te encantará esta mágica serie de Jessica White.
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Seitenzahl: 344
Veröffentlichungsjahr: 2025
Mareas oscuras
Jessica White
Traducido por: Lorena De La Rosa Carmona
Mareas oscuras
Derechos de Autor
Una nota de Jessica
Cita
Mareas oscuras Morgan Tides
Un final apropiado Morgan
La casa de la tía Morgan
Maravilla Morgan
El Lobo de Mar Morgan
Una broma descomunal Morgan
Líos Morgan
Su refugio Soren
Alterada Morgan
Protector Morgan
Por las malas Soren
Una chica mala Morgan
Obsequio de bienvenida Morgan
Casa Morgan
Cargamento valioso Soren
Por la borda Morgan
La misión Soren
La celda Morgan
Canción de nuestros padres Morgan
Disciplina férrea Morgan
Tu deber Soren
Luz en la oscuridad Soren
Adultos civilizados Morgan
Nada reconfortante Morgan
La llamada Morgan
Unas zorras muy listas Soren
Presa fácil Soren
Poco a poco Morgan
El collar Soren
Honor en nuestras filas Soren
Mapas Morgan
Su dolor Soren
La puerta de mi casa Soren
Lo que aguardara Morgan
Velas negras
El arrepentimiento Rory Black
Una canción para mí Rory
Por una vez Aesa
Una señal Aesa
Imposible Rory
El pergamino Rory
El mismo lugar de siempre Aesa
Una advertencia silenciosa Rory
Ninguna oportunidad Aesa
Solo por eso Aesa
Completo Rory
Digno Rory
Sin ninguna esperanza Aesa
Gratitud Aesa
Órdenes Rory
Para la eternidad Aesa
Mortero Aesa
Velas Negras Rory
Sígueme
Copyright © 2023 por Jessica White
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de forma alguna ni por ningún medio, incluyendo fotocopias, grabaciones u otros métodos electrónicos o mecánicos, sin el permiso previo por escrito del editor, excepto según lo permitido por la ley de derechos de autor de los Estados Unidos. Para solicitar el permiso comuníquese con: [email protected].
Todos los personajes y eventos de esta obra son ficticios. Cualquier parecido con personas reales (vivas o fallecidas), lugares, edificios o productos es pura coincidencia y no se busca ni debe inferirse.
Portadas de los libros por D'arte Oriel & Artscandare.
Gracias a Trilogy Edits.
Este libro consta en realidad de dos relatos, Mareas Oscuras y Velas Negras. Cada historia narra el camino de dos parejas que se encontrarán en el desenlace. ¡Así que aguanta hasta el final!
Como autora independiente, tu apoyo significa mucho para mí. Cada página que pasas, cada palabra que lees, ayuda a dar vida a mis historias de una forma en la que jamás hubiera soñado. Escribir es mi pasión, pero son los lectores como tú los que lo hacen posible. Estoy profundamente agradecida por tu tiempo, y espero que esta historia te haga tan feliz al leerla como lo fui yo al crearla.
Gracias por ser parte de este viaje.
Con cariño y gratitud.
Cuando la tierra se hastíe de nosotros, las olas
nos conducirán hasta la libertad una vez más...
Como el tintineo de la campana oxidada del puerto que me arrulló hasta quedarme dormida la noche anterior, un sonido metálico resonó a través de la celda. El aire húmedo y rancio entró al abrirse la puerta con un crujido. Cargada con el frío de la mañana y el hedor a moho y óxido, la brisa me abrió los ojos en cuanto el agente dijo:
—Han pagado tu fianza, Tides.
Incliné mi barbilla, estirándome solo lo suficiente como para poder mirar hacia atrás, viendo al hombre boca abajo a través de las barras de hierro. Meneó la cabeza, señalando hacia el destartalado pasillo de madera de aquella choza a la que llamaban estación de policía, pequeña y desgastada por el paso de demasiados años y muy poco cuidado.
—Vamos.
Deshice la almohada que había hecho con mi arrugado chaleco azul y me senté al borde del catre. En lo que metía los brazos por las mangas, lo miré y me estremecí al verlo ajustarse la gorra sobre su cabellera entrecana.
—¿Cómo está de enfadado? —pregunté.
Doug levantó las cejas e hinchó las mejillas, lanzándome una mirada que me hizo desear poder quedarme acurrucada en el catre, a salvo de lo que me esperaba ahí fuera.
—Te lo diré así: es posible que tengas que pelar muchas patatas y fregar muchas cubiertas de aquí en adelante.
Me recogí todo el pelo en la coronilla y me lo até con la gruesa goma para el pelo que tenía en mi muñeca a medida que lo seguía.
—¿Alguna novedad?
Abrió la siguiente puerta y se hizo a un lado para dejarme pasar, arrugando la frente, escudriñándome de aquella manera suya.
—Tal vez deberías reconsiderar tus elecciones de vida, ¿no crees?
Gruñéndole porque estaba empezando a cabrearme, alcé mis manos para en señal de inocencia.
—Intento no causar ningún drama, pero a la gente le encanta meterse conmigo.
Cuando levanté el pie para subir el primer escalón, tiró de mi chaleco, haciéndome tropezar hacia atrás.
—No es que nadie se haya metido contigo, es hurto en tiendas, Morgan. Y rajar las ruedas de la furgoneta del camarero cuando se niega a servirte o empezar una pelea en el bar porque otro capitán de barco te ha mirado mal.
Estaba hasta la coronilla de la gente que ni siquiera intentaba entender mi punto de vista, es como si hubiera nacido malvada y siempre fuera a ser así. Y cuando me tocó la nariz con el dedo como si fuera uno de sus hijos, casi me lo cargo.
—Tienes prohibida la entrada a O’Malley's de por vida, por cierto —dijo.
Cerré los ojos con fuerza, tratando de luchar contra las ganas de lanzarme a su yugular, mientras me agarraba por el hombro y me empujaba por la escalera.
—Es hora de que madures. No eres Peter Pan. —Pero la rabia en mí siempre estaba allí, y no pude evitar levantar el codo para devolver el golpe. Sin embargo, conociéndome como lo hacía, se limitó a darme una cachetada en el trasero con el dorso de su mano, recordándome quién realmente tenía la sartén por el mango—. Pocos piratas quieren serlo.
Cuando terminé de subir las escaleras, me agarró del brazo y me arrastró hacia la puerta principal.
—Pero la próxima vez que metas la gamba, Morgan —abrió la puerta y me empujó fuera—, el juez de paz dijo que serían treinta días obligatorios en la cárcel. —Levantó las cejas en lo que cerraba la puerta entre nosotros—. Así que, no dejes ni que te pille cruzando la calle por donde no debes. ¿Me oyes?
Hice una floritura con mi mano desde mi frente hasta mi pecho para inclinarme ante él a medida que retrocedía por las escaleras.
—Sus deseos son órdenes, Su Majestad.
Un dolor agudo me atravesó la base del cuello cuando mi padre me clavó los dedos, tirando de mí hacia atrás y arrastrándome por el camino embarrado.
—Me debes quinientos dólares, imbécil. —Mi padre se elevó sobre mí, bloqueando la luz con su robusta figura al mismo tiempo que me empujaba por el camino fangoso hacia los muelles—. Y otros mil más, tuve que pagarle a O’Malley para que cambiara sus neumáticos. —Su largo pelo blanco revoloteaba contra el viento conforme cojeaba, sacudiéndome del suelo cada vez que levantaba el pie—. Sin mencionar el jornal de cada hombre a bordo, que estoy atracado por tu culpa y ya llevamos cinco horas de retraso.
Parecía que mis deudas con el viejo no se acababan. Pero su amor por mi madre le obligaba a tenerme a su lado sin importar cuántas mañanas se despertara con este percal.
—Si insistes en hacer el gilipollas cada pez que pisamos puerto, me quedaré con tu paga encantado.
En el momento en que mi bota pisó el muelle, el capitán del puerto se asomó por la puerta de su oficina, con la pipa apretada entre los dientes, saludándonos con un informe meteorológico.
—Capitán Tides, el servicio meteorológico acaba de anunciar un aguacero avanzando hacia Pickery. Será mejor que se limite a pescar cerca de la isla esta tarde.
Alcé la vista hacia el cielo para ver como las nubes se tragaban la luz del sol, mi padre se echó a reír ante la idea de perder un solo dólar por culpa del clima.
—El tiempo nunca me ha impedido cumplir con mi cuota, y hoy no va a ser el día.
Mi padre subió a bordo primero mientras los chicos arrojaban sus cigarrillos a la bahía y se subían los abrigos. Pero cuando saqué mis guantes del bolsillo, mi padre me los arrebató y chasqueó la lengua.
—La cocina es toda tuya, jovencita.
Nací en el mar durante la tormenta más despiadada jamás registrada. Me consoló como una madre que tararea a su bebé dormido para que tenga dulces sueños. Él sabía lo que me encantaba y también sabía que mantenernos separadas era el castigo más cruel que podía imponerme.
Y así nos embarcamos en las mareas oscuras esa mañana y los cielos ennegrecidos salieron a su encuentro. Asomé la cara por el ojo de buey, me moría de ganas por sentir la niebla salada en mi piel. Y tal y como lo hacía cada vez que subía a bordo, percibí la dulce voz de mi madre en el oleaje, siempre pidiéndome que volviera a casa.
Mi mano se apoyó contra la pared de la escalera para mantenerme firme conforme subía a la cabina del capitán, equilibrando la bandeja del té en mi palma.
El agua caía a cántaros contra el cristal, convirtiendo a los hombres en la cubierta en borrones oscuros cada vez que el agua salpicaba el vidrio.
Nunca había visto un oleaje tan feroz, nos sacudía hasta zambullirnos en el valle de una ola, solo para embestirnos con la cresta de la siguiente al salir.
Mi padre estaba con la mirada clavada en el agua, y la mano fija en la palanca de mando. Puse la bandeja sobre la mesa a su lado y capté un ligero movimiento de su dedo como señal de agradecimiento. Cruzando los brazos, me apoyé contra la consola junto a él.
—¿Cuánto nos falta?
Tiró las cenizas primero y luego apretó el cigarrillo entre sus labios y cambió de marcha. Me agarré al borde de la mesa de control para prepararme para la sumersión en la siguiente ola.
—Unos pocos cientos de kilos —respondió, cogiendo su taza de la mesita y dándole un sorbo en cuanto el agua se apartó del cristal nuevamente.
Con el temple de un buen capitán de barco pesquero, cualquier otro día le habría encantado una buena pelea con las profundidades. Pero esta vez no estaba furioso, simplemente tenía la mirada fija en la mar.
Y me había contagiado con esa misma melancolía. Deambulaba en un mundo de ensueño desde que había vuelto a subir a bordo, perdida, reflexionando sobre mi vida cada dos por tres.
Exceptuando el vendaval y el estallido de las olas, estuvimos envueltos por una burbuja de silencio hasta que el viejo dejó su taza de té y señaló con la cabeza hacia un pequeño remanso en la tormenta que se acercaba.
—A pesar de que estás casi todo el rato dando el peñazo, ha sido muy importante para mí conocerte, Morgan.
Una repentina calma nos envolvió, una calma tan completa que parecía que el océano estaba conteniendo la respiración. El sol se escabulló por entre las nubes, proyectando una extraña luz dorada sobre el oleaje, que se suavizó hasta convertirse en un suave vaivén, como si tratara de hacernos olvidar lo que nos esperaba.
Los hombres en cubierta abandonaron sus puestos y todos nos volvimos para contemplar el muro de nubes negras, iluminado con el centelleo de los relámpagos al otro lado de la calma.
Decían que era la tormenta del siglo: un glorioso momento decisivo con la fuerza más poderosa de la naturaleza, la batalla definitiva contra un oponente imbatible.
Resulta que nosotros, los marineros, somos una especie diferente. Creo que ninguno de nosotros dudaba de que navegábamos hacia nuestra perdición. Por eso, todos nos tomamos unos minutos para despedirnos de ese mundo que nunca nos había terminado de aceptar.
Era el riesgo que asumimos para perseguir fortuna. Un final apropiado para esta panda de almas sin descanso que en el único sitio donde se sintieron a gusto fue en aquel barco pesquero.
Pero no teníamos miedo. Eso que quede claro. Estábamos seguros de que el trabajo nos mataría a todos algún día, y lo aceptábamos.
Sin embargo, debo admitir que la cantidad de putas mentiras y secretos que mi muerte sacaría a la luz fue bastante sorprendente.
—Gracias, señor.
Por encima del rugido del viento, una melodía inquietante flotaba sobre la cabina. Me estaba esperando más allá de las olas, mi madre me cantaba. Entonces, sonreí y saqué mi gorra del bolsillo de mi abrigo para unirme a ella.
—Si no le importa, creo que voy a salir, señor.
Pasó su mentón sobre el hombro cuando crucé por detrás suya y, al encontrarse nuestras manos, me besó los nudillos.
—Dale recuerdos a tu madre de mi parte cuando la veas de nuevo, ¿entendido?
Le apreté la mano y sonrió indicándome que me fuera, aunque aún no tenía ni idea de que no vendría conmigo al viaje que estaba emprendiendo.
—Entendido, capitán.
Saqué mis guantes del bolsillo nada más pisar la cubierta, con los ojos fijos en la primera ola furiosa que se alzaba ante nosotros. Decididos a transportar los últimos cien malditos kilos de cangrejo, la tripulación preparó el cabrestante cuando llegamos al siguiente marcador, porque no podíamos hacer otra cosa más que acabar el trabajo.
La ola se estrelló contra la proa, rompiendo la ventana del capitán, sus insultos se escaparon a través de la abertura que había dejado, provocando al destino.
—Ven a buscarme, zorra asquerosa.
Sin embargo, te aseguro que en el momento más peligroso también es en el que tienes menos miedo, porque yo no tenía ninguno. Cada manto de agua que me derribaba o que me hacía deslizar el culo por la cubierta, lo único que conseguía es hacerme reír hasta el punto de no poder recuperar el aliento.
Me puse de pie de nuevo mientras otro muro de agua crecía en la distancia, pero una extraña brisa cálida, que nadie más parecía notar, me soplaba por detrás.
El aroma a ron dulce y mantecoso me hizo la boca agua de repente. Y juraría que el alegre retumbar de un tambor metálico se escuchó cada vez más fuerte a medida que la negrura que se me echaba encima engullía toda la luz.
Nada impresionaría tanto a un marinero como la montaña de mar que se cernía sobre mí cuando eché la vista atrás. No quedaba tiempo suficiente para respirar de nuevo, ni para encontrar una cuerda a la que aferrarme, tampoco es que me hubiera salvado si lo hubiese hecho.
Acercándose como el rugido de un león, aquella ola traicionera nos azotó con furia, dejando nada más que silencio y negrura en mi cabeza durante un instante.
No recuerdo si sentí dolor. Y, aunque entendí que los restos de mi nave, en el gélido estrecho de Bering, me habían sepultado, no recuerdo que hiciera ni pizca de frío. Apenas un segundo después, una luz blanca brillante surgió a través del abismo y los pedazos del barco desaparecieron como burbujas estallando a mi alrededor.
Desde lo más profundo de esa luz a mis pies, mi madre me cantaba suavemente, y sus palabras se aclaraban con cada brazada que daba hacia ella. Su mano se extendió hacia la mía, con un dedo doblándose para que la siguiera adentro.
Así que hice lo que quería. Bueno, supongo que tampoco es que tuviera muchas opciones igualmente.
Es probable que me echara una cabezadita de un minuto o así, porque cuando abrí los ojos de nuevo, estaba calentita y mi mente estaba tan nublada que no podía hilar ni un pensamiento. Era como si todos estuvieran al otro lado de la cortina nebulosa que me consumía, y todavía no encontraba el sentido a nada de lo que estaba sucediendo.
Pero, poco a poco, la luz blanca que me rodeaba se desvaneció, hundiéndose bajo mis pies y volviendo a las profundidades. Sin embargo, por encima de mí, la amarillenta luz solar brillaba a través de las ondas del agua a medida que salía a la superficie.
Fue como renacer. Atravesé la membrana de ese mundo cálido y sencillo, con los pulmones ardiendo como si luchara por asimilar mi nuevo nacimiento. Pero finalmente llegó una respiración, y luego otra. A pesar de que mis putos ojos no terminaban de enfocarse, dejando todo un poco borroso.
Una suave bahía de aguas tranquilas de color turquesa se extendía a mi alrededor, las olas rompían contra la orilla, en la que había unos cuantos esquifes de madera atados a un pequeño muelle. Me quedé flotando allí unos instantes en lo que intentaba que mi cabeza volviera a pensar correctamente, parpadeando para quitarme la sal de los ojos, y fue entonces cuando la vi.
Una anciana con un vestido hecho de lo que parecían un par de sacos de arpillera se encontraba agachada junto a la costa, rompiendo ramas sobre su rodilla y apilando madera a la deriva en un saco de cáñamo.
—Bienvenida a casa, niña —anunció, poniéndose de pie y sacudiéndose la arena de las rodillas.
Di un par de brazadas hacia ella hasta que mis pies rozaron la arena suave y blanda, pero mis músculos estaban tan débiles que tuve que arrastrarme fuera del agua. Acercándose un paso más, me sonrió con sus mejillas redondas y risueñas y me tendió la mano.
—Vamos, cariño, la tía te ayuda.
Sus ojos tenían un curioso destello que pareció brillar más cuando me atrajo hacia ella. Una raya plateada recorría su pelo, que por lo demás era negro, y se lo apartó de la cara antes de agarrarme de ambas manos.
—Te sentirás mejor una vez que tomes un poco de mi guiso y duermas bien.
Asentí con la cabeza, el agua chorreaba de mi ropa y yo intentaba que las palabras que me cruzaban la mente salieran por mi boca.
Nunca había estado tan cansada en toda mi vida, y ella tuvo que girarme hacia la ciudad y darme un suave empujón para que empezara a andar.
—Puedes quedarte todo el tiempo que necesites para aclararte. No espero más invitados.
Pasamos por un puñado de casitas de piedra con ropa aleteando en los tendederos que había entre ellas. Abrió la puerta de una y el olor de algo cálido y terroso nos envolvió, despertando mi cuerpo de nuevo.
—Mi barco. Mi tripulación.
Inspiró profunda y largamente por la nariz y dejó salir el aire al mismo tiempo que ponía su bolso en un gancho junto a la puerta.
—Me temo que han emprendido su último viaje.
En el fondo sabía que eso no era cierto. No había me había alejado de mi barco ni de su tripulación desde que había nacido, y sabía perfectamente que no me abandonarían. Pero, puesto a que en ese momento no tenía la capacidad intelectual para dar con otra explicación de mi situación... No me quedaba otra que creer sus palabras.
—Pero no te preocupes —quiso tranquilizarme, quitándome el gorro empapado de la cabeza y escurriéndolo entre sus manos en el suelo de tierra—. Podrás salir a reunirte con tu familia cuando te encuentres mejor.
Después de poner mi gorra en el hogar para que se secara, hizo un gesto con la cabeza hacia la parte trasera de la diminuta y cómoda casa.
—Encontrarás algo de ropa seca en el arcón al pie de la cama. Tráeme ésta cuando hayas terminado y la tenderé.
Todo era extraño y suave en sus bordes, como un sueño, y me preocupaba tocar algo y que mi mano lo atravesara.
Tenía miedo de moverme de su lado, de averiguar qué había más allá de aquella puerta. Y ella pudo sentirlo, entonces me tocó suavemente la mejilla.
—No pasa nada, mi niña. Vamos. La tía tendrá la cena preparada aquí cuando hayas terminado.
Me volví hacia la habitación trasera, pero el tiempo parecía dilatarse, o tal vez iba demasiado rápido. Era como si estuviera aprendiendo a desabrocharme la ropa de nuevo. Y, ¿por qué tuve que pensar tanto en levantar las piernas para desnudarme?
Cada movimiento agotaba un poco más mi energía. Y cuando volví con la tía, me desplomé en la mecedora que tenía esperándome junto al fuego.
Ella me sonrió dulcemente al coger toda mi ropa empapada.
—Voy a tender esto afuera —me hizo saber.
Mi mente era una nebulosa red de cuerdas rotas y enredadas, y simplemente no podía convencerlas de que se volvieran a unir. Era como si cada pregunta, cada pensamiento a medio formar se me escapara, flotando en una niebla que no podía despejar por mucho que pestañeara.
El calor del fuego se filtraba en mis huesos, descongelando lentamente el frío intenso que aún me invadía. Como si me hubiera leído la mente, cubrió mi regazo con una gruesa manta y puso un bol con estofado sobre él.
—Toma. —La tía me acarició el pelo y besó la parte superior de mi cabeza—. Estaré aquí fuera.
Mis ojos se dirigieron al fuego conforme me metía aquel mejunje en la boca inconscientemente. Pero cuanto más pensaba y trataba de recordar, más me pesaban los ojos, los brazos y el pecho.
Afuera, podía escuchar a la tía tararear una melodía suave y dulce mientras colgaba mi ropa. Y era tan familiar, tan agradable y reconfortante que me partió el corazón y me hizo romper a llorar.
Me terminé el guiso sin darme cuenta, dejando el cuenco vacío en el suelo a mi lado. El calor del fuego y el peso de la manta hicieron que mis ojos se cerraran por completo a la vez que la desafinada voz de la tía apagaba mi cerebro de nuevo durante un rato.
Nada tenía sentido.
Me asomé por detrás del viejo mapa dibujado a mano mirando al mercader, que apilaba racimos de plátanos en el mostrador.
—¿Cuántos años tiene esto? No he oído hablar de estos lugares en mi vida.
Las manos del mercader se congelaron en el aire, arrugando la frente y pasando su mirada de los plátanos hasta mí.
—Con exactitud, tiene un mes, señorita.
Me mordí el labio, examinando aquellos nombres desconocidos grabados en el papel, pero ninguno de ellos me sonaba lo más mínimo.
—Eso no puede ser. —Pasé un dedo a lo largo de una línea que se suponía que era una costa, pero toda la geografía estaba mal, se retorcía en formas extrañas que no deberían estar allí—. Soy de por aquí arriba, y te digo yo que esto no está bien. La isla de la que procede mi barco ni siquiera está aquí.
Con la cabeza torcida, el tono del mercader era cortés, pero algo condescendiente, como si dudara entre si estaba majara o le estaba tomando el pelo.
—Ah, ¿sí?
Quería discutir, decirle que estaba equivocado, pero honestamente, yo también me lo cuestionaba. Tal vez se me había ido la olla. A fin de cuentas, los recuerdos de mi hogar estaban apagados y dispersos, como si pertenecieran a otra persona, o tal vez una historia que ya no podía recordar bien.
Una sombra se movió al otro lado del mostrador, sorprendiéndome cuando una mano tatuada cayó entre nosotros. Alcé la vista hasta aquella maravilla de pelo rubio claro y con barba del color de la arena y la espuma del mar.
—¿Y qué isla sería esa, cariño? —preguntó, con la sonrisa torcida más puto sexy que había visto en mi vida.
Llevaba un pantalón gris ajustado que terminaba en la curva de sus caderas con un pañuelo colgando de su bolsillo trasero y no mucho más. Arqueó la frente, esperando mi respuesta.
En una noche normal, en la que hubiera necesitado una buena cama para dormir, sus ojos interrogantes podrían haber obtenido una mejor respuesta. Pero me limité a encogerme de hombros con un suspiro, y con mi capacidad de atención, más limitada de lo habitual, vagando de vuelta a la costa.
—Estoy intentando volver a Saint Michaels.
La idea de una comida caliente y un catre como dios manda, mecido suavemente por las olas, era cada vez más tentadora. Además, el tío estaba para mojar pan, y la idea de dormir a su lado y comer su comida durante un par de días no me supondría ningún esfuerzo.
Abrí más los ojos, señalando a sus hombres con la cabeza, que estaban reuniendo suministros ruidosamente detrás de nosotros.
—¿No os dirigiréis al norte por un casual?
Se dio la vuelta con soltura, apoyándose en el mostrador con la tranquilidad y confianza de alguien que entendía perfectamente el valor de lo podía ofrecerme. Pero su duro rostro se suavizó, un atisbo de preocupación se dibujó en su frente a medida que me estudiaba, sus ojos se entrecerraron ligeramente.
—Así es —dijo finalmente—. Pero no existe ningún Saint Michaels en el Reino del Norte, niña.
No sé por qué mis ojos se llenaron de lágrimas así, ni por qué se me cortó la respiración, pero me aclaré la garganta y volví a estudiar el mapa, quitándole importancia.
—Por supuesto que sí existe. Es la primera isla a la que llegas antes de entrar en el estrecho, justo debajo de Pickery.
Mi térmica de punto gofrado ya no era más que una camiseta de tirantes que apenas me cubría el vientre, y él se tomó su tiempo para examinarla.
Sus ojos no solo se detuvieron en mi escote, aunque pasaron unos segundos admirándolo. Viajaron lentamente desde mis botas desgastadas hasta mi descolorida ropa, que para entonces ya había pasado demasiados días bajo el sol, con cierta curiosidad minuciosa como si intentara resolver un rompecabezas.
—Te estoy escuchando, cariño —dijo, sacudiendo ligeramente la cabeza—. Pero no sé de qué coño hablas. Nací en el norte y he dado la vuelta al mundo un par de cientos de veces. Y nunca he estado en ningún sitio que se llame ni Saint Michaels ni Pickery. Lo siento.
—Eso no puede ser —dije, con los labios temblorosos hasta que mordí con fuerza para estabilizarlos. Desde el día que había salido de la casa de la tía, era como si todo el mundo estuviera girando en dirección contraria. Bajé la vista al pergamino, como si mirarlo fijamente pudiera hacer que las cosas volvieran a su lugar.
Recordaba cómo nuestro barco había zarpado aquella mañana, el resquemor de ser llevada esposada la noche anterior. Pero el momento en que embarqué en ese navío era como si cayera en una niebla. Me llevé la mano a la frente, presionando los dedos contra el dolor que crecía debajo de mi piel.
—¿Qué coño pasa?
Se acercó a mí, levantando mi barbilla con sus dedos, con un suave ronroneo en su voz grave, haciendo que se me formara un nudo en la garganta al mismo tiempo que intentaba reprimir el impulso de echarme a llorar.
Pero no me interesaban ni su empatía ni sus preguntas, solo quería que mi vida volviera a la normalidad.
Cogiendo un pequeño palo de detrás del mostrador, el anciano lo sacudió dirigiéndose hacia los otros marineros. Sacudí mi barbilla, señalando hacia sus hombres, que estaban montando gresca con las hijas del mercader por la parte de atrás.
—Vaya, parece que a tus amiguitos les vendría bien un poco de ayuda.
Sus ojos se posaron en el morral abierto de mi cadera a medida que me pasaba los dedos por la cara cuando me soltó.
—Partimos al anochecer, por si quieres enrolarte, monada.
Nada más desaparecer por el pasillo de al lado, dando palmadas para reunir a sus hombres, aproveché la oportunidad. Cogí toda la cecina, el queso y los plátanos que pude y los metí en mi bolso de cuero.
Sin dejar de mirar al mercader, retrocedí dirección a la puerta conforme pillaba cosas de una estantería y otra, hasta que me topé con el pecho más firme contra el que había tenido el placer de chocarme.
El mapa enrollado apareció en mi nariz cuando me envolvió con su brazo cubierto de tatuajes y el cálido roce de su aliento cayó sobre mi cuello al acercarse hasta poner sus labios en mi oreja.
—Necesitarás esto, ¿no crees? —Lo deslizó justo entre mis pechos con una risita suave y entrecortada, con su mano trazando mi costado hasta que me pegó una cachetada en la nalga tan fuerte que me hizo dar un paso hacia adelante—. Ahora corre.
No mucha gente haría algo bueno por ti, y aún menos algo malo. Pero mi amigo el pirata me dio tiempo suficiente para pasar desapercibida cuando gritó:
—No te pongas así, viejales. Tenemos la intención de darte lo que te pertenece.
Cuando pasé por delante del escaparate, me guiñó un ojo y arrojó una bolsa de monedas sobre el mostrador, cuyo tintineo fue suficiente para distraer al mercader. Entonces, le lancé un beso antes de desaparecer en la oscuridad del callejón que había enfrente.
Apoyada en la pared a la sombra de un edificio, le saqué brillo a un plátano robado mientras veía pasar a la multitud. Masticaba lentamente y, entrecerrando los ojos, observé como se pavoneaba un señor de barriga fofa, con su iridiscente abrigo de seda doblándose a la luz del sol y dejándome casi ciega.
El abultado monedero de su cadera oscilaba con cada paso que daba, prácticamente rogando que se le aliviara de su carga. Un broche de diamantes clavado en su cuello alto brilló brevemente con la luz cuando lo enderezó, confirmando lo que ya sospechaba.
Ese hombre no iba a echar de menos un par de monedas de oro, pero esas monedas me podrían brindar unas cuantas noches bajo techo, comida y tal vez un momento para respirar sin tener que vigilarme las espaldas.
Tirando la cáscara de plátano a un lado, me enderecé, deslizándome entre la multitud para comenzar a perseguirlo. Ya había acortado la distancia entre nosotros, y las yemas de mis dedos alcanzaban las cuerdas sedosas de la bolsa, sin embargo, una mano se clavó en mi hombro, sacudiéndome hacia atrás.
Dicen que el karma vuelve y, hostia puta, iba a volver para joderme bien la vida. Porque cuando me volví para golpear al imbécil que me estaba agarrando, mi estómago se hundió y me encontré frente al furioso comerciante que tenía la cara como un tomate, con cuya tienda había arrasado el día anterior.
—Mierda —susurré, al mismo tiempo que examinaba los alrededores, intentando encontrar el mejor camino para escapar.
Sus dedos me apretaban cada vez más los brazos y me echaba todo el aliento con olor a cebolla a la cara.
—Odio a los putos ladrones —me escupió entre dientes y me arrancó la bolsa del hombro. Al rebuscar en ella, sus ojos se abrieron aún más cuando descubrió mi alijo de bienes de dudosa procedencia—. Benditas Moiras. ¡Has desvalijado la ciudad!
Una oleada de pánico se apoderó de mí el momento en que su voz se alzó sobre el ruido de la bulliciosa calle.
—¡Sheriff, he encontrado otra ladronzuela de barrios bajos para usted! —Exclamó sacudiendo al aire mi bolsa por encima de mi cabeza—. ¡Al parecer les ha rapiñado artículos a todos los mercaderes de la calle!
El murmullo del bullicio se desvaneció, siendo reemplazado por el salvaje martilleo de mi corazón contra mis oídos. Me dejé llevar por el instinto, y le golpeé la entrepierna con la rodilla antes de apartarlo de un empujón cuando se dobló.
Se oyeron gritos detrás de mí, pero yo ya me estaba alejando, deslizándome por los huecos de la ajetreada ciudad.
Y los gritos del sheriff para que me detuviera se volvieron más débiles a medida que avanzaba a través del caos del mercado, esquivando carros y saltando sobre pilas de cajas. Me sentía viva, feliz, más en sintonía conmigo misma de lo que lo había estado desde que había llegado allí, y cada latido de mi corazón gritaba libertad.
Las tablas de madera del muelle aparecieron al otro lado de la colina, y más allá, vi el enorme barco de madera en el puerto, con las velas negras desplegándose, a punto de dejar atrás aquel lugar. Y allí estaba mi amigo con el torso desnudo mirando a unos grumetes que contratar, y sus hombres terminando de apilar sus cosas en el bote.
—Sobre lo de enrolarme —grité terminando de ponerme el gorro de lana, arremetiendo dentro mi pelo oscuro y rizado y deteniéndome frente a él—. No me vendría mal que me sacaran de la ciudad ahora mismo, señor.
Se frotó la mejilla, con un sonido áspero al rascar sus dedos callosos contra su barba. Sus ojos se entrecerraron para mirar por detrás de mí, por la calle por donde el sheriff y sus hombres se acercaban cada vez más. Una sonrisa bailó en las comisuras de sus labios, torturándome. Se lo estaba pasando teta viéndome rogarle, pero sabía que no se iba a negar.
Verás, los marineros tenemos un código. Nos defendemos unos a otros, incluso a la hora de escapar de la ley. Pero también sabía que tendría que demostrar que era digna de su protección. Levantó una ceja y, con un deje arrogante en su voz, soltó:
—La única habitación que tenemos para las mujeres tiene fines de entretenimiento. —Su mirada se elevó por encima de mi cabeza—. Y ahora mismo no tienes mucha pinta de entretener, con ese alguacil pegado a tu culito bonito.
Créeme cuando te digo que estaba de rechupete. No es que no me fuera a acostar con él si tuviera que hacerlo para que me llevara al próximo puerto. Pero todavía me faltaban millones de millas por viajar hasta llegar a casa, y si pudiera hacerlas todas de una sola vez, me solucionaría la vida.
—Soy marinera, señor. Nací y crecí en el barco pesquero más grande de la flota. —Señalé con un gesto al único que no estaba marcado, ni siquiera parecía legal, y se encontraba desatando el barco del muelle—. Le doy mil vueltas a cualquiera de tus grumetes. Mi padre y yo competimos con veleros fuera de temporada. Sé cómo aparejar y me conozco las señales.
Su mirada de acero se elevó fugazmente por encima de mi cabeza, y me di cuenta de que el sheriff se nos había echado encima. Entonces, junté las manos frente a mí y le rogué. No me quedaba otra.
—Venga, tío, por favor. No he nacido para estar encerrada.
Un rollo de cuerda que sacó de su bolsillo aterrizó en mi pecho, lo señaló con su barbilla.
—As de guía, ahora.
Podía hacer esos nudos con los ojos cerrados, por lo que le devolví la cuerda tan rápido como me la dio.
—Puedo pelar una bolsa de patatas en un abrir y cerrar de ojos.
Atrapó la cuerda en el aire, levantando una ceja. Y sin pensarlo, la estampó de nuevo contra mi pecho.
—Nudo de inmovilización.
Empecé a rumiar un grave gruñido en mi garganta viendo cómo me estaba haciendo sufrir, pero antes de que terminara de retumbar en mi interior, le entregué el nudo.
—Y no habrás visto una cubierta tan limpia en tu vida. Hazme caso, soy una experta en fregonas.
Me agarró del codo, apretando los dientes al tiempo que me arrastraba con él.
—Si me haces arrepentirme de esto, —sus hombres nos vinieron a la zaga, bloqueándome de la vista del sheriff con los sacos y los arcones que llevaban sobre sus hombros—, no dudaré en arrojarte al agua. ¿Lo pillas?
Me colocó junto a una pila de arcones cuando subimos al bote, me arrojó una manta de arpillera y otro hombre se agachó a mis pies para esconderme mejor. Acercándome a él de un tirón y envolviéndome con su brazo, el pirata puso su boca contra mi oreja mientras los remos chapoteaban en el agua y nos alejaban.
—Viendo cómo te he vuelto a salvar el culo una vez más, lo menos que podrías hacer es honrarme con tu nombre.
Los últimos rayos de sol se filtraron a través de la arpillera a medida que el ritmo constante de los remos se profundizaba. Conforme las remadas se hacían más largas, la tensión de mi pecho disminuía y los latidos de mi corazón se acompasaban al balanceo del barco.
—Morgan Tides, señor. Y gracias.
Una vez que estuvimos fuera de las aguas de la ciudad, donde ya nunca podrían alcanzarnos, me quitó la manta para que el aire fresco de la noche me acariciara la cara. Me apartó mi mano de la rodilla, moviendo mis dedos sobre los suyos hasta que colocó sus labios en mis nudillos.
—Storm Cutter, primer oficial —se presentó—. Bienvenida a bordo del Lobo de Mar.
El sol se sumergió tras el horizonte, y el mar se tiñó de un cálido dorado y profundo azul a nuestro alrededor. Y, pese a estar rodeada de media docena de piratas que parecían haber salido de prisión esa misma mañana, dejé escapar un suspiro de alivio, sabiendo que estaba a salvo y que finalmente encajaba en algún sitio.
Había algo en aquel barco de madera de roble que me resultaba muy familiar, y me juego el cuello a que todas las almas a bordo sentían esa misma conexión.
Aunque no conocía a ninguno de ellos, los entendía perfectamente. Todos llevábamos los recuerdos de los cientos de generaciones anteriores que hicieron de los océanos del mundo sus hogares. Buscando constantemente en los rincones de la Tierra esa cosa que nos llamaba sin cesar, una especie de anhelo incontenible en lo más profundo de nuestro ser, sin importar cuán grande fuera la captura o la distancia entre los puertos.
Siempre había una puesta de sol más que perseguir o una luna llena que contemplar. Lo único que nos asustaba era una vida sin aventuras, afligidos por esos pobres desgraciados encadenados al suelo que nunca experimentarían esa emoción que te hace sudar las manos al montar el oleaje enfurecido, ni serían deleitados por una de esas estúpidas invenciones de pescadores que nos contaban nuestros padres.
No se trataba tanto de un estilo de vida sino de la vida misma que se respiraba en nosotros. De dondequiera que viniéramos, éramos hermanos nacidos en las mismas aguas, y ninguno de mis hermanos miró mal ni me dijo nada malo cuando Storm me tendió la mano para subir a bordo.
Sujetándome por el codo lo suficiente como para que avanzara, me llevó con él conforme se dirigía a la escalera principal.
—No sé de la tierra de la que procedes, Morgan Tides, pero no hay mujeres marineras en la nuestra. Por lo que es probable que el capitán te confine a la cocina durante toda tu estancia. —Se dio la vuelta, retrocediendo con una arrogancia, el azul pálido de sus ojos con un brillo de picardía un tanto grave—. A menos que quieras reconsiderar esa oferta de dormir conmigo —dijo, lanzando un guiño que me hizo poner los ojos en blanco.
—La cocina me viene bien, gracias —respondí con una tensa y fugaz sonrisa.
Se le escapó una sonrisa burlona, aliviando el peso de su autoridad y haciendo que sus insinuaciones sonaran un poco menos sórdidas.
—Era solo por dejarlo caer.
Al final del pasillo, hizo una pausa, presionando un dedo contra sus labios y apoyando su mano en el pomo de cristal.
—El capitán es un hombre serio y reservado. Dirige el barco con disciplina, así que lo mejor es que me dejes negociar por ti.
Pero si hubiera sabido que estaba a punto de encontrarme con el hombre más hermoso del universo, me habría mirado en un espejo antes de entrar al comedor.
—Hostia puta —susurré sorprendida al tiempo que Storm cerraba la puerta detrás de mí.
Unas ondulaciones blanqueadas por el sol enmarcaban la cara del capitán, y una recortada barba rubia oscura trazaba las líneas de su mandíbula. Su piel bronceada, bañada suavemente por toda una vida en el mar, contrastaba con los tatuajes oscuros que se deslizaban desde debajo de la camisa negra medio desabrochada que cubría el fornido torso.
Por unos instantes, me quedé sin palabras, congelada por sus ojos azul cristalino que me atravesaban. Pero tan pronto como la prostituta en su regazo tiró de su barbilla hacia su pecho, esa conexión terminó; de hecho, casi vomito justo delante de él.
—Qué asco. —El rostro de Storm se torció como si estuviera preparándose para que el tren descarrilara hasta que abrió un ojo finalmente cuando dije—. Sí, ya veo que es todo un profesional.
Con un suspiro de frustración, Storm me quitó el gorro de la cabeza, haciendo que me cayera todo el pelo en cascada sobre los hombros mientras el capitán se quitaba la ramera de encima de golpe. Poniendo su mano en mi espalda, sacó una silla de la mesa y me empujó hacia ella.
—Permíteme presentarte a mi hermano, el capitán Soren Cutter.
Conseguí dibujar una sonrisa rápida y forzada a la vez que Storm empujaba mi silla.
