No pediré disculpas - Felicidad Martínez - E-Book

No pediré disculpas E-Book

Felicidad Martínez

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Beschreibung

En el periodo comprendido entre 2010 y 2020 las nuevas tecnologías de edición y comunicación revolucionaron el mundo editorial del fantástico español, ayudaron a fomentar su difusión y permitieron una organización más eficiente de fans y escritores, pero también avivaron el linchamiento gratuito y el caos. La situación actual no es más que la germinación de los hechos que acontecieron en ese periodo. No pediré disculpas habla de eso y de mucho más. En un tono personal y directo, Felicidad Martínez, autora de ciencia ficción, relata su experiencia durante esos años, desgranando los sucesos y las situaciones más relevantes que vivió, sin dejar de lado el espíritu crítico y objetivo. ¿Te atreves a leerlo?

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Seitenzahl: 283

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Felicidad Martínez

 

No pediré disculpas

 

 

Prólogo de Kameron Hurley

 

Primera edición: Marzo, 2024

 

© 2024, Felicidad Martínez

© 2024 Kameron Hurley por «Why Do So Many Authors Quit?»

© 2024 Rodolfo Martínez, por la traducción de «Why Do So Many Authors Quit?»

 

Revisión de textos: Natalia Cervera

 

Ilustración de cubierta: Laura S. Maquilón

Diseño cubierta: FM

 

ISBN (tapa dura): 978-84-128409-6-4

ISBN (rústica): 978-84-128409-0-2

ISBN (ePub): 978-84-128409-1-9

 

D.L.: AS-00689-2024

 

Prohibida la reproducción sin permiso previo de los titulares de los derechos de autor.

Para obtener más información al respecto, diríjase a la editora en [email protected]

UNAS PALABRAS DE KAMERON HURLEY

¿POR QUÉ DEJA DE ESCRIBIR TANTA GENTE?

 

 

Si te sorprende que algunos de tus autores favoritos dejen de publicar, o si eres alguien que aún no ha considerado dejarlo, seguramente la idea de alejarte de la supuesta vida glamurosa de autor publicado te parecerá espeluznante.

Quién va a querer dejar de crear historias, sobre todo tras haberse pasado varias décadas refinando sus habilidades, abriéndose paso a través de las pilas de proyectos pendientes de revistas y editoriales hasta conseguir la oportunidad de firmar un contrato de publicación y llegar a los lectores y acceder a nuevas oportunidades y…

¿Y?

Era algo que me preguntaba con mucha frecuencia como escritora novata. Cada cinco años o así pensaba «¿Qué habrá sido de este autor o de aquella escritora?» al ver que algunos colegas dejaban de asistir a eventos y desaparecían de los anuncios de publicación.

Es algo que ahora me pregunto menos a menudo: soy consciente de las muchas razones que puede haber para ello.

Y es que la duración media de una carrera literaria (es decir, el tiempo durante el que alguien se dedica asiduamente a escribir y publicar) oscila entre los cinco y los siete años.

Las razones para ello son innumerables, algo que volví a constatar al leer las palabras de Felicidad sobre sus motivos para dejar a un lado la pluma (y los encuentros literarios, los sinsabores de la publicación, las angustias de la corrección y la presencia online) tras haber intentado sobrevivir en un mundo cada vez más incierto, mientras los problemas médicos se apilaban uno sobre otro como sombras arracimadas en la oscuridad.

Pese a lo que nos hacen pensar las típicas series de televisión como Se ha escrito un crimen o Castle, la vida de la mayoría de los escritores no tiene nada de glamorosa, y es poco probable que tengan tiempo para andar resolviendo delitos ni disfrutando de largas vacaciones. La inmensa mayoría no tenemos el tiempo, el dinero ni las ganas para ello.

En realidad, casi todos hacemos malabarismos tratando de compaginar trabajos a tiempo completo con la escritura y con varios trabajillos secundarios. Yo trabajo todo el día en una agencia de publicidad escribiendo los anuncios, el contenido de los sitios web o los emails no deseados que abarrotan tu navegador o tu bandeja de entrada. Me paga las facturas. Y no me queda más remedio que seguir con ello, pese a haber publicado una docena de novelas y escribir un cuento mensual para los suscriptores de mi Patreon.

El mundo de la publicación es un negocio. Y, como tal, está lleno de egos, prioridades que chocan entre sí y angustia. Muchos no estamos preparados para lo desgarrador que puede ser descubrir que las palabras y los mundos con los que hemos llenado las páginas no son más que mercancía, un producto que se puede comprar, vender y anunciar, y casi siempre para que otros ganen muchísimo más dinero que nosotros. Añadamos el tiempo que lleva saber protegerse de los fans tóxicos o de los comentarios ociosos online, algo que muchos no logramos aprender. A lo largo de mi vida he acumulado unos cuantos acuerdos editoriales nefastos, cheques que nunca han llegado, batallas jurídicas, ataques de llanto, abandono de las RR. SS. e incluso la quema de algún manuscrito, llevada por el despecho y la frustración.

Así que quizá habría que preguntarse, más bien, cómo es que aún hay quien sigue escribiendo y publicando.

No son los correctores, los editores ni los agentes los que nos mantienen pegados al escritorio todas las mañanas, al menos para la mayoría. Para muchos, que no hemos sabido desarrollar otro modo de ganar dinero, no queda otra que seguir adelante y soportar una forma de ganarse la vida que puede ser agotadora e incluso abusiva. Algunos quizá tengan una pareja que los pueda sostener económicamente, y tratan de proyectar una imagen de éxito que puede ser real... o no. Otras personas, simplemente, han convertido la escritura en parte de lo que son hasta tal punto que dejarlo significaría perder una parte importante de su identidad, así que siguen creando nuevos seudónimos e intentándolo en nuevos géneros. Y hay quienes escriben por despecho, quienes siguen escribiendo y mandando su obra en un intento de reactivar una carrera fracasada; saben que las probabilidades están trucadas en su contra y están decididos a plantarles cara.

He querido dejarlo más veces de las que recuerdo, sobre todo en los últimos años. Aún estoy trabajando en un libro que se suponía que tenía que entregar durante la pandemia; diversas angustias editoriales me dejaron agotada y abatida. Mi primera editorial dejó de pagar y uno de los propietarios se fue a Finlandia para no pagar impuestos. O quizás a Suecia, qué más da. He sufrido saldos editoriales, contratos cancelados, libros que se publicaron llenos de erratas, libros con unas cifras de ventas descorazonadoras, gente cabreada que me gritaba en las convenciones, en Internet, en mi bandeja de entrada, porque al parecer tenía la necesidad de hacerme saber lo mucho que detestaba mi trabajo y lo mierdosa que era yo.

Si aguantas lo suficiente en este mundillo, acabas conociendo lo peor de cada casa.

Pero si aguantas lo suficiente, también conocerás lo mejor.

Y sí, he tenido mis recompensas.

En primer lugar, la gente a la que ido conociendo estos años. Otros escritores, como Felicidad, que tratan de abrirse camino en este mundo durante tanto tiempo como les es posible aguantar. Mis pares intelectuales, las mentes creativas que disfrutan de lo que hacen y a las que les importa su creación.

Es en eso en lo que me centro cuando las editoriales, el fándom y el ruido de la red intentan agobiarme. Lo que hago importa. Nuestras voces importan. Hay gente que descubre obras mías de hace más de diez años y me dice que la han inspirado y la han ayudado a salir adelante, que le han llegado al alma en tiempos difíciles y oscuros.

Ese legado me sobrevivirá, tanto si dejo de escribir hoy mismo como si no lo dejo hasta morir y estar enterrada entre mis tomateras.

Sigamos escribiendo o no, nuestra obra nos sobrevivirá.

Respecto la decisión de Felicidad de agarrar los vaivenes de la publicación y del fándom, meterlo todo en una botella y lanzarla al mar, igual que respeto su decisión de distanciarse por el bien de su cordura y su salud, porque cada persona es la más capacitada para juzgar sus propias circunstancias.

Pero, como con cualquier otro escritor, su trabajo la sobrevivirá. Este negocio de mierda nunca nos podrá quitar la obra que ya hemos creado. Y eso es un pensamiento consolador.

Sé que hay aspectos de la procesadora capitalista de la publicación, el grifo abierto de internet y de la furia de los fans, la falta de apoyo a los escritores que no podemos cambiar individualmente, pero tengo la esperanza de que resaltar esos fallos pueda conducir a un cambio en la forma de concebir y tratar el trabajo creativo. A menudo pienso en todas esas voces que hemos perdido porque no las apoyamos, no las tratamos como se merecían, sino como mercancía que compramos, vendemos y reseñamos, igual que si fueran electrodomésticos.

Deberíamos ser capaces de hacerlo mejor.

Le deseo a Felicidad, como os deseo a todos, la mejor suerte del mundo en vuestros viajes creativos, os lleven adonde os lleven.

 

Nota de la autora

 

 

Antes de leer este ensayo, ten en cuenta que empezó a escribirse a principios de 2020 y se terminó en el verano de 2023. Para cuando este libro se publique, quizás encuentres algunos comentarios o puntualizaciones un tanto desfasados. Espero que eso no afecte al mensaje general del texto.

 

 

Para mi madre

(1952 – 2023)

 

Presentación

 

 

A principios de 2020, cuando tomé la decisión firme de ponerme manos a la obra con este libro, escribí el siguiente texto introductorio:

 

Me siento delante del ordenador, me abro una lata de cerveza y, mientras me preparo un cigarro, pienso: «Felicidad, ¿estás segura? Un ensayo, ¿en serio? Eso es mucho trabajo y tienes empezada una novela que no va a escribirse sola. Además, ¿quién va a querer leer lo que sea que quieras decir sobre lo que tienes en mente?».

Abro el iTunes (lo del Spotify no va conmigo ni con mis atrasos tecnológicos), veo una lista que creé en su día, titulada BSO Inspiradora, le doy al play y empieza a sonar Bleed it Out de Linkin Park. Sonrío.

«A la mierda», me digo. Y procedo a teclear.

¿Por dónde empiezo? Pues por La revolución feminista geek, de Kameron Hurley. Ahora mismo no recuerdo si leí el ensayo antes de conocer en persona a la autora o si fue después. Por las fechas de publicación y de cuando coincidí con ella en el festival Celsius 232 por primera vez, imagino que fue antes. Lo que sí tengo muy claro es que cuando me enfrenté a aquel texto me azotaron dos pensamientos. El primero: «Ah, cómo te entiendo, hermana». El segundo: «Si yo escribiera algo en el mismo tono, se me echaría un montón de gente encima. ¿Por qué ella puede y yo no?». Así que aparqué la idea de escribir un ensayo. «Bah, tampoco tengo nada que contar que pueda ser de interés para el fándom español».

Hoy, ahora mismo, en este preciso instante, pienso: «Síndrome del impostor, que te den, pero bien dado». ¿Cómo que no tengo nada que decir? No, no. Reformulo la pregunta, ¿Por qué no iba a ser de interés lo que quiero contar? Soy una escritora premiada (en España y fuera de ella), me han dicho que soy un referente en la literatura patria de género (que no me lo crea es mi problema; mío y de mi maldita inseguridad) y tampoco tengo una trayectoria de hace dos días. Así que claro que tengo algo que decir; claro que mi perspectiva es importante. Para empezar, estuve ahí cuando me volví Pitufina y también cuando alguien demostró que eso no era cierto, que éramos muchas más. Para continuar, también estuve ahí cuando el mundo se volvió más grande, más reivindicativo, más real. Referente o no, tengo algo que decir de esos años, y mucho.

¿Mi perspectiva es sesgada? Por supuesto. La pureza puede lograse en una reacción química, pero en cuestiones humanas... es un punto de partida absurdo. ¿En mi caso? Soy mujer. Soy autora. Las dificultades que he vivido en estos diez años no han sido las mismas que las vividas por otros compañeros de profesión. Y lo peor: durante muchísimo tiempo lo achaqué a que no era lo bastante buena en lugar de aceptar lo que de verdad me estaba sucediendo. ¿Lo bueno? He pasado del «Hola, no quería molestar, pero, si a nadie le importa, me gustaría decir algo» al «No pienso pedir disculpas por existir».

Mi prima Cristina Cabañero, periodista ella, me dijo una vez: «Nunca hay que conformarse con nada». Aquella frase se me quedó grabada a fuego, porque tiene tanta razón... Ningún tiempo pasado fue mejor. Ninguno. Nunca. Tampoco hay que conformarse con el presente. La lucha por un futuro en el que no sea necesario hablar de sesgos, rencillas y mierdas varias sigue adelante.

Escribo esto en 2020. Vivo entre el enfado y la esperanza. Y ¿tú? ¿En qué momento estás?

 

Eso fue el 10 de enero de 2020. Tres meses después se decretaría el encierro, viviríamos entre la incertidumbre y la angustia, pero, también, se nos agudizaría el ingenio con la ayuda de las nuevas tecnologías, revolucionando el mundo desde casa (quedadas, presentaciones, convenciones...). Por desgracia, las pequeñas editoriales acabarían perjudicadas por la situación y muchas no saldrían de ella. Algunas cerraron sus puertas pronto (tal como lo veo, a tiempo); otras agonizaron hasta que no pudieron estirarlo más. Anuncio tras anuncio, el fándom lloró la pérdida y se golpeó el pecho, pero ni por esas se dio por aludido. Vamos, jamás se señalará como parte responsable. Solo sabe reaccionar cuando se le tira de las tripas y de las banderas; como todo en este país de pandereta.

Hoy, dos años y medio después, hago recuento de lo sucedido en el mundo editorial, desde entonces hasta ahora, y pienso que se podría escribir un libro de ensayo solo con ese periodo. No seré yo quien se ponga a ello; bastante tengo con terminar este, pero no me cabe duda de que será interesante de leer. ¿Te animas?

Volviendo a este ensayo, diré que no soy la misma persona que empezó a escribirlo hace dos años. La intención sigue ahí: contar lo que vi y viví en el periodo de 2010 a 2020, no en un tono académico, sino personal. La diferencia es que, cuatro meses después de escribir aquella introducción, tomé una decisión muy importante que, entre otras cosas, me ha liberado del miedo a las posibles consecuencias de la publicación de este libro; las mismas por las que, durante años y años, me impuse un síndrome del impostor por temor a pisar callos o a cerrarme puertas. Qué gilipollas; así, con todas las letras.

Soy muy consciente de que buena parte de lo que voy a relatar en los distintos capítulos no va a gustar; de que mucha gente, sea del «bando» que sea, se quedará con cuatro cosas en lugar de leer con atención todo lo que estoy diciendo (lo he comprobado hace poco, tras publicar uno de los artículos en mi web), y de que puede que se me acuse de pontificar porque me creo alguien cuando no soy nadie. Es verdad. No publico en grandes sellos ni tengo diez mil seguidores. Sin embargo, por mucho que a alguien le joda, eso no hace menos cierto lo que voy a narrar ni invalida mi derecho a contarlo. Por otro lado, no voy a pedir disculpas por el tono, por cagarme en el fándom, por no chafardear, por dar nombres y señalar con el dedo... No estoy escribiendo este ensayo para complacer a nadie. Quiero soltar lastre de una vez por todas.

Año 2022. Me cabrea haber arrancado aquella introducción con la frase «Me siento delante del ordenador, me abro una lata de cerveza» porque romantiza el alcoholismo escritoril cuando es una chunguez de la que debería hablarse más. Shame on me. También me he modernizado y uso Spotify. Ahora mismo, oigo en bucle la lista «Héroes y villanos» que me creé. Casualidades de la vida, está sonando Rise or Fall, de Hidden Citizens y Vo William. Sonrío.

Vamos allá. Te invito a seguir leyendo, si te atreves.

 

 

Felicidad Martínez

Gijón, 9 de julio de 2022

Antecedentes

 

 

Antes de entrar en materia voy a explicarte, por encima, mi entrada en el fándom y lo que allí me encontré; tanto lo bueno como lo malo. Quizás te sirva para entender mejor la importancia de lo que fue sucediendo en años posteriores.

En 2005, mis únicos contactos frikis eran roleros y tolkienianos (incluso acudí a Mereths y Estelcones, pese a que no me gustan las novelas del autor). Un grupo de estos últimos, con quienes me llevaba muy bien, eran, además de miembros de la STE (Sociedad Tolkien Española), socios de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror). También formaban parte de la TerVa (Tertulia Valenciana) y me animaron a que acudiera a alguna de sus reuniones. Estas resultaron ser cenas pantagruélicas que se organizaban cada quince días en un bar de Burjassot. Nos poníamos hasta los topes de bocatas de barras de pan de cuarto, tapas mil, cervezas y jarras de sangría, mientras hablábamos de libros, de cine, de series, de autores patrios (ellos, porque yo desconocía por completo el panorama literario español)... Sí, ellos. Yo era la única chica. Y sí, autores, en masculino.

Fue en una de estas cenas donde me descubrieron una cosa llamada HispaCon que, al parecer, se organizaba todos los años, cada vez en una ciudad distinta. Ese año tocaba en Vigo, y como por aquel entonces yo era un culo inquieto que se recorría media España para participar en cualquier evento friki (¡y ese era literario!, una novedad para mí), pues me apunté sin dudarlo.

Ah, Vigo. Sospecho que quienes también asistieron a esa edición estarán de acuerdo conmigo en que fue la mejor peor HispaCon de la historia. Vamos, con que alguien susurre «CosmosCon» o «BarraCon», nos sale una sonrisilla... Es inevitable.

El evento en sí fue una mierda (así, con todas las letras), pero las charlas y debates en el bar de enfrente, el Cosmos, que nunca se vaciaba de frikis, por lo que siempre tenías con quien hablar, aunque no conocieras a nadie de nada, fueron impagables. En mi caso, además de conocer a quien sería mi pareja (me fui a vivir a Gijón al año siguiente por algo) y con quien acabaría casándome trece años después, me sirvió también para entrar en ese mundo literario friki, hasta entonces desconocido para mí, y, a la postre, establecer relaciones de amistad con gente entendida o que, directamente, trabajaba en el sector y se conocía los entresijos (y el salseo) mucho mejor que yo.

Después de aquello me hice socia de la AEFCFT, me pasé por sus foros de YahooGroups, acudí a la HispaCon de Dos Hermanas (mucho mejor que la de Vigo), descubrí la existencia de la Semana Negra de Gijón (que cedía una parte de su espacio para que el primer fin de semana, por las mañanas, se celebrase la AsturCon: lo más parecido que había entonces al festival Celsius 232 en Asturias), participé en el foro Estación de nieblas (surgido a raíz del cierre de Cyberdark) y mil cosas más. Estaba tan emocionada por descubrir a tanto friki de la literatura de género... Era obvio que hasta entonces había vivido en una burbuja. No por elección, sino por desconocimiento. Por ejemplo, ¿cómo iba a saber que el grupo de madrileños con quienes había hecho buenas migas en una serie de roles en vivo (Ludo, Conchi, Chus, Alejandro...) habían formado parte de la TerMa (Tertulia Madrileña) y fueron socios de la AEFCFT? ¿Cómo sale eso en una conversación de rol?

Por supuesto, me puse al día enseguida. Me pusieron, más bien; sobre todo, el grupo asturiano del Avalón. Así supe de las guerras del fándom, las movidas editoriales, los piques, las pullas, las conspiraciones absurdas... Como aquella de que Rodolfo Martínez se quería apoderar del fándom, cual villano de Bond, repito: hacerse con el control del fándom (¡toma ya!), aunque, en realidad, quien estaba detrás era Natalia Cervera, la Ninfómana Manipuladora (en serio, se la llamó así), que tenía a Rodolfo Martínez, a Antonio Rivas (Gorinkai) y a Alejo Cuervo bajo sus órdenes. Vaya, qué curioso. A un hombre se le asigna el rol de agente activo, ávido de poder, y a una mujer, sin pelos en la lengua y cercana a quienes a muchos otros les gustaría estar, se la califica de puta, en pocas palabras, porque, obviamente, es la única manera de que nosotras logremos algo. Vamos, que lo que había experimentado en el mundillo del rol eran menudencias comparado con aquello.

Recuerdo esa época con nostalgia, un carrusel de emociones. Con treinta años, me independicé, me fui a vivir a la otra punta de España, conocí a un montón de frikis y, encima, recuperé mi sueño de publicar algún día, porque por fin sabía qué había que hacer, a qué puertas había que llamar, etc.

Pero no todo fue maravilloso. Las frikis éramos pocas, y las que escribíamos, menos. O eso pensaba entonces. Aún tardaría casi diez años en descubrir lo equivocada que había estado. De la misma manera, tampoco era consciente del todo de lo «desprotegidas» que estábamos. Y para que entiendas ese grado de desprotección, te voy a contar dos anécdotas que me marcaron mucho; como friki y como autora.

Me publicaron por primera vez en febrero de 2006, en la revista electrónica Axxón (Argentina). Se trataba de un cuento largo de terror que, aunque figura en la bibliografía de mi página web, porque decidí que ahí lo recogería todo, jamás lo menciono como parte de mis inicios cuando me preguntan. El porqué es muy sencillo: me siento incómoda con los motivos por los que acabó publicado.

Por aquel entonces me había inscrito en un taller de escritura online que dirigía Sergio Gaut vel Hartman, entre otros colaboradores. Empecé con mucha ilusión, aunque pronto me di cuenta de que era un taller inútil si lo que querías era aprender. Allí nadie explicaba nada. Se proponían premisas para relatos que después se «corregían» entre los participantes. Dime tú a mí qué va a corregir alguien que no sabe, que está ahí porque también necesita aprender. Así que supongo que no fue de extrañar que saliera escopetada en cuanto ocurrió el «incidente».

No recuerdo bien cómo empezó la movida, solo que, cierto día, Sergio Gaut vel Hartman empleó el foro del taller para poner a caer de un burro a la autora venezolana Susana Sussman, por algo que esta le había dicho. La llamó de todo menos guapa. ¿«Estirada» o algo así, o me lo estoy imaginando? Yo no entendía muy bien de qué iba todo aquello, pero mi primer impulso (porque entonces yo era así de idiota) fue escribir a Hartman un mensaje de apoyo. Mi intención fue enviárselo por privado, pero debí de equivocarme en algún sitio (entonces aún no controlaba mucho lo de internet y tal), porque lo publiqué en el foro, en abierto, sin darme cuenta. De primeras, me quise morir. Vale que decía lo justito, pero, bah, ese tipo de cosas las prefería decir por privado. Pues bien, aquí llega la parte turbia.

Al día siguiente (o a los dos, como mucho) recibo un email de Hartman en el que me pide un relato para publicar en la revista Axxón. Me siento muy confundida, porque es un tipo que nunca había mirado pa mí ni se había interesado lo más mínimo por los relatos que ya había publicado en el foro; pero, al parecer, habló con un amigo que teníamos en común y que le había contado cosas buenas de mí como autora. En ese momento pensé que qué guay, por fin alguien me daba una oportunidad, por fin iba a publicar. Sin embargo, mi cabecita no dejaba de dar vueltas a lo que había pasado, y para cuando el relato salió publicado, mi incomodidad estaba por las nubes y me daba todo mucho asco.

Aquí tenemos dos situaciones. La primera, y que nunca me quitaré de la cabeza, fue que se me publicase por haberme equivocado al darle al botón de enviar, y lo peor es que ni siquiera me paré a mirar las acusaciones ni leí la otra versión. Vi que se metían con alguien y fui incapaz de mirar más allá. Eso es malo. Maaalo.

Oh, está claro que ni Sergio ni nadie de Axxón corroborarán lo que estoy exponiendo, y alegarán que «El cuento era bueno, por eso se publicó». Y lo era, coño, que lo escribí yo, pero el timing fue demasiado sospechoso, y la lección implícita, muy chunga: lametones en las nalgas de la persona indicada para que al fin alguien se dé cuenta de que existes y te dé una oportunidad de publicar. Puf, qué mal lo llevo.

La segunda situación es bastante peor. De lo poco que recuerdo ahora mismo, lo que ocurrió fue que la escritora Susana Sussman tuvo la osadía de no callarse ante la, entonces, vaca sagrada que era Sergio Gaut vel Hartman, y encima, sin sonreír ni poner un mísero emoticono de ;-P o ^_^ en su mensaje. Qué desfachatez. Y por ello sufrió un linchamiento feroz. Que si se lo tenía creído, que quién se creía ella...

Me jode que no haya sido hasta hace poco que haya caído en la cuenta de lo que ocurrió en realidad, y mira que me he sentido molesta durante todos estos años. Supongo que lo achaqué solo a lo de la publicación, a la parte que me tocaba, pero es obvio que mi subconsciente lo tenía más claro que yo. Machistadas: entrañable que una mujer quiera escribir, pero que no moleste al resto, que se quede calladita en su rincón y, por supuesto, que no se le ocurra criticar a nadie. Cuidado, Gaut vel Hartman es de ego frágil (que se lo pregunten a Antonio Rivas, que lo sufrió siendo seleccionador del Visiones 2008), pero los calificativos que recibió Sussman solo pueden definirse de una manera: machistas.

Aquel no fue un caso aislado. También le tocó sufrir algo del estilo, aunque a menor escala, a una aficionada, una friki: yo. ¿Por qué? Porque se me ocurrió dejar un comentario en el blog de Julián Díez (otra vaca sagrada en aquel entonces) defendiendo a un chaval al que estaban acusando de troll (fue un linchamiento en toda regla), cuando lo único que el pobre había dicho era que no estaba de acuerdo con lo que Julián decía en la entrada que había publicado.

Bueno, bueno. Qué ocurrencia la mía. Casi me acusan de lo mismo. Pero ahí no acaba la cosa. Ante la reacción a mi comentario, que me dejó flipando en colores amarillos, escribí un artículo en mi blog titulado «Y ahora nos chupamos las pollas». Sí, has leído bien. Yo, tan delicada como de costumbre. En él describía ciertos comportamientos palmeros que había detectado en blogs como el de Julián Díez o el de Rafael Marín, entre otros, y la actitud pontificadora de sus autores, que no reaccionaban bien a que alguien les llevara la contraria. Siendo ese «alguien» cualquier persona a la que no considerasen relevante según sus estándares; es decir, quién era colega y quién no. En aquella época, además, era un pecado mortal criticar la obra de otra persona; se entendía como una falta de compañerismo. Si no ibas a poner a alguien por las nubes, entonces mejor te callabas. Y si no eras «nadie», con más motivo aún.

Así que la reacción a la entrada de mi blog no se hizo esperar. Julián, cual elefante en cacharrería, me dejó un comentario kilométrico exigiendo (sí, sí, exigiendo) que me disculpara. Yo, que leí deprisa y corriendo el mensaje, entendí que los tiros iban por otro lado y pedí disculpas. Cuando lo releí con calma, en el ordenador del curro, me di cuenta de lo que me estaba diciendo en realidad y de que mi respuesta daba a entender que me achantaba, cuando no estaba siendo el caso. Ay, madre. Pero, bueno, aquello hasta tuvo su gracia y dio para horas de tertulia en el Avalón, rodeada de gente que conocía a Julián y flipaba tanto como yo. Sin embargo, dejó de tenerla cuando este, erre que erre, se puso a descalificarme en su blog, soltando la famosa perla: «Es una grupi fea que va de diva». Así, tal cual. Nunca olvidaré la frasecita de marras.

Lo de «fea» me la bufó mucho. Me sonó a insulto de caca, culo, pedo, pis (y más cuando este no me conocía de nada). Lo de diva, pues parecido a lo que le ocurrió a Susana Sussman. Vamos, mira que decir lo que pensaba en lugar de alabarlo... Ahora bien, lo de grupi me sentó como un tiro. Mucho. Porque con aquel comentario me quedó muy claro que, si quería convertirme en una autora reconocida por mi trabajo, y respetada, desde ese mismo momento nunca podría decir que mi pareja era Rodolfo Martínez. Íbamos juntos a convenciones y festivales, pero me las apañaba para que jamás saliera el tema en ninguna conversación. Quería ser Felicidad Martínez, no «la novia de» y lo que eso implicaba para mucha gente. Desde el «es una robamaridos» al «publica gracias a él». No quería pasar por eso. Ya era bastante duro tratar de abrirse paso en el mundillo como autora, con -a, para, encima, tener que cargar con un lastre como aquel; una etiqueta por la que sería más difícil que se me tomara en serio.

Diez años después pensé que ese sería un tema más que superado, que ya no había motivos para andarse con tanto cuidado, así que dejé que saliera en una conversación sobre publicar, editoriales y tal. La respuesta de mi oyente, mostrando una sonrisa socarrona, fue: «Aaah. Ahora lo entiendo todo». ¿Qué entiendes, coño? ¿Me soltarías el mismo comentario y en el mismo tono si la situación fuera a la inversa? En fin. Parece que aún queda un trecho para superar ciertas gilipolleces, aunque hay esperanza.

El linchamiento de Susana Sussman o las descalificaciones que yo misma sufrí los vivimos en soledad. Hubo apoyos, por supuesto, sobre todo por privado, pero, al final, los matones se salieron con la suya, quedaron como reyes, como señores. Lo más gracioso, por llamarlo de alguna manera, es que entonces no achacaba todo aquello al machismo, porque vivía imbuida en él (como todas, supongo). Para mí, éramos pocas porque éramos diferentes a las «otras», a la mayoría, y lo normal era que tuviéramos que demostrar lo diferentes que éramos, con cuidado de no ofender a nadie. Ay, Dios, qué gilipollez. Es muy muy tarde, pero..., Susana (Sussman), fui una imbécil. Mis más sinceras disculpas por no pararme siquiera a mirar tu versión.

Esos son los antecedentes con los que arranca este ensayo. Es obvio que, si esas situaciones sucedieran hoy, nos llamarían igual (feas, arrogantes, histéricas...), pero esta gente no se iría de rositas, porque hoy no estamos solas. Hoy somos legión. Y no toleramos a los abusones. Entonces, jamás se me habría ocurrido dar nombres. Ahora, lo de ir con cuidado tiene un límite para mí si eso implica callar mi voz, dejar pasar abusos o tener que pedir disculpas por existir antes de hablar. Ese tiempo pasó. A estas alturas de mi vida ya no temo que se me condene al ostracismo. Y si no te gusta, pues, mira, este ensayo no es para ti. Punto.

 

Primeros años(2010 – 2013)

 

Adiós, AEFCFT

 

 

Año 2010. HispaCon de Burjassot. Como sucedió con la de Vigo, en 2005, aquella convención marcó otro punto de inflexión en mi vida. También dio paso a un periodo fandomita y editorial muy interesante, que sentó las bases de lo que sucedería a mitad de década. Pero, bueno, por seguir la línea de arranque, empezaré por la parte personal.

El año anterior, si no recuerdo mal, había retirado mi suscripción a la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) por dos motivos: incredulidad y cabreo. La misma junta que había estado detrás de la HispaCon de Dos Hermanas y había transmitido un mensaje de esperanza resultó ser un completo desastre. Comunicación deficiente, publicaciones que no salían, gestión pésima, sensación de dejadez... Dos candidaturas antes, la asociación había estado a punto de desaparecer. Rodolfo Martínez, presidente de aquella junta en cuestión, la asturiana, nunca ha tenido el menor reparo en reconocer abiertamente que fueron un desastre (básicamente, se encontraron con que la asociación estaba a un tris de desaparecer por asuntos administrativos con Hacienda —como solución surgió lo de Pórtico—; tuvieron que recurrir a Nacho Blanco, porque la tesorera de la asociación tuvo problemas personales; desatendieron a los socios porque los tres más activos e implicados en la junta tenían los ánimos por los suelos...) y que quienes la sucedieron (los valencianos) hicieron un trabajo titánico por mantener la asociación a flote. Hoy, aún estoy esperando a que la que siguió, la de Granada (me suena que Víctor Miguel Gallardo ejercía de presidente) diga algo. Ja, mis ganas. A veces hasta tengo la sensación de «pelillos a la mar» y «a otra cosa, mariposa». Aquí no ha pasado nada.

Por desgracia, las situaciones de este tipo han sido algo cíclico, y, durante un tiempo, la junta valenciana era la que se dedicaba a ir al rescate (ya tenía callo, por situaciones parecidas en la STE —Sociedad Tolkien Española—, y es que en todas partes cuecen habas). Al final, una junta se pasaba dos candidaturas arreglando los desaguisados de la anterior (limitando su capacidad de aportar algo nuevo), y la siguiente, que lo tenía todo hecho, la jodía. Encima, algunos relevos de junta han sido horrorosos. No solo porque la saliente se ha gestionado fatal, sino porque ha jugado con el oscurantismo (no transferir la documentación, no dar acceso a las cuentas, retrasar el traspaso...). La de Granada fue uno de esos casos. No el único, por desgracia.

Quizás lo que más me molesta de esto último es que, como en política, estas cosas no se sacan a la luz. Queda feo, dicen. Pues a mí me parece algo injusto; sobre todo cuando quien se hace cargo se come un montón de marrones y recibe críticas a la gestión que vienen de problemas heredados. Pero, bueno, de este tema mejor hablo más adelante. Oh, sí.