Nueve meses contigo - María Eugenia Loyza - E-Book

Nueve meses contigo E-Book

María Eugenia Loyza

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Beschreibung

Amanda Snow, una adorable y hermosa muchacha, es contratada para trabajar como secretaria de la persona más rica en toda la ciudad: el codiciado William Adams. A la hora de seleccionar a una de las tantas candidatas que se presentaron, él la elige; no solo por su excelente desempeño, sino porque ella es el objetivo de una apuesta que hizo con sus amigos. Aunque esto contradice todos y cada uno de sus principios, el desafío le exige enamorarla y dormir con ella en nueve meses. Mientras tanto, ¿podrá Amanda descubrirlo? Y sobre todo… ¿Lograrán llegar al final sin poner sus sentimientos en medio?

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Seitenzahl: 419

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Loyza, María Eugenia

Nueve meses contigo : en este juego de deseo y seducción, puedes terminar enamorándote / María Eugenia Loyza. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

352 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-503-7

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Literatura Erótica. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Tinta Libre Ediciones

CAPÍTULO 1

William

Manhattan, Country Willow Dale, 20:00 p. m.

Estamos en la casa de campo de mis padres, mis amigos y yo, alejados del griterío apabullante de la ciudad. Jugamos a las cartas, apostamos y bebemos cerveza, después de habernos hartado de videojuegos y comida.

Le doy una mirada de advertencia a mi amigo Dantte, al ver su cara de felicidad cuando levanta una carta.

—Ni se te ocurra —digo con un dejo amenazante. Él se ríe y niega con la cabeza, dejando la carta en la pila de descarte. Mi otro amigo, Rick, toma una carta y la hace girar entre sus dedos. Carraspea antes de hablar.

—Dime, Will. —Me mira con los ojos brillantes, ocultos tras un velo producido por los efectos del alcohol—. ¿Has contratado ya a tu asistente? —La pregunta está llena de interés y picardía.

—Tengo puesto el ojo en una chica —respondo—. ¿Por qué?

—Curiosidad. —Rick deja la carta en el mazo y toma un billete de cincuenta dólares. Lo ojea un poco y vuelve a mirarme: sus ojos destellan desafío—. Déjame adivinar. La rubia, Amanda.

Frunzo el ceño mientras asiente. ¿A qué viene tanto cuestionario? Bebo más cerveza.

—Rick, no has apostado —señala Dantte.

—Ya voy, no desesperes —contesta Rick—. Apuesto a que no puedes enamorarla ni dormir con ella en nueve meses.

Escupo el líquido al escucharlo. Me limpio la barbilla con la manga de la camisa y lo miro con las cejas arqueadas.

—No puedo hacer eso —replico, con la voz más dura de lo esperado. Sería ir en contra de mis principios: no relacionarme de ninguna manera con mis empleadas ni con ninguna mujer que se acerque a mi círculo de trabajo.

—Sí, sabía que dirías eso —murmura Rick—. Tal vez te da miedo, ya sabes lo que pasó la última vez y las consecuencias que eso trajo, ¿verdad?

—No seas cabrón. No me da miedo —escupo, dejando a un lado mi juego de cartas. Ya no tengo ganas de seguir jugando.

—Entonces, demuéstralo.

El desafío late en su mirada. El enojo arde en la mía. Al cabo de unos segundos, mi boca se abre contra mi voluntad.

—¿A qué precio?

—No volveré a molestarte —asegura, aunque no le creo—. Y te presumiré frente a mi prima Julieta. Sé que te interesa y ella te desea.

Me muerdo el labio pensando lo que voy a decir. Algo primitivo me quema en el fondo de la garganta y no es la cerveza. No. Es algo completamente diferente. Algo en mi interior quiere demostrar que puedo tener a las chicas que quiero, sin importar si son mis empleadas o no. Quiero mandar todo a la mierda y ser un hombre, no un ejecutivo importante, por una vez. Además, la chica no está nada mal, por el contrario. Es todo lo que yo busco en una noche de copas: curvas pronunciadas, caderas anchas y largas piernas. Parece el tipo de chica que se rinde fácilmente a los pies de un hombre.

Si acepto la apuesta, puedo demostrar que no soy un pichón en el nido del amor. Puedo ser muy persuasivo, y me encanta tener esta posibilidad.

—Acepto el reto —digo. Rick deja la carta en el centro de la mesa con una sonrisa triunfadora. «Acepto el reto», repito para mis adentros.

Dantte tira las cartas y las junta de nuevo en el mazo para ir a sentarse en el gran sillón y encender la tele. Rick lo sigue.

Todavía no me percato de lo mucho que estoy equivocándome. Al aceptar la apuesta, estoy poniendo en riesgo no solo mi puesto en la compañía, sino también mis sentimientos. Tal vez estoy siendo muy poco hombre. No estoy pensando en que puedo herirla y, en el proceso, también a mí mismo.

capítulo 2

Amanda

Abro mis ojos con pesadez, pero siento que el corazón late fuerte contra mi pecho. Es un presentimiento. De alguna manera, algo bueno va a pasar y esa es la única razón por la cual me levanto con una sonrisa.

Eso y que el ambiente huele a comida. Instantáneamente, mi estómago gruñe haciendo presencia. Es mi amiga Lettie, la única persona en este mundo que puede levantarse todos los días de buen humor. Y, además, es una excelente cocinera.

Me calzo las zapatillas y voy caminando a paso lento hasta el comedor. Lo primero que distingo es un pijama celeste felpudo de vaquitas y la mesa preparada para el desayuno.

—Buen día, Lettie —saludo a mi amiga. Ella sonríe y da vuelta el panqueque con la sartén.

—Al fin despertaste —dice burlona. Suelto un suspiro y sonrío. Nunca he madrugado más de lo necesario. Duermo muchísimo, soy como un koala: duermo veintitrés horas y sociabilizo la hora restante. Aunque no es tan así, pero a Lettie le gusta gastarme bromas al respecto. Además de eso, no tengo trabajo. Mi último intento fue enviar una solicitud a Oficinas Adams, una de las empresas más famosas en el país. Con suerte, me aceptarán. No soportaría recibir otra carta de rechazo.

Lettie dijo que es un sueño inalcanzable y que estoy esperando demasiado, pero aun así tengo fe. Me siento una mantenida en mi propia casa y no es justo para mi amiga.

Por lo que todas mis esperanzas están puestas ahí.

Todos mis pensamientos se hacen a un lado cuando un plato blanco desciende frente a mí con el contenido más exquisito que alguna vez probé: panqueques rellenos de dulce de leche y bañados en almíbar. Me relamo los labios y ataco con el tenedor la masa suave. Como un bocado y lo saboreo con tranquilidad.

—Esperaba que me ayudaras con algo —dice mi amiga. Alzo las cejas en señal de que la estoy escuchando.

—Seguro —digo—. ¿Con qué?

—Es que no sé qué ponerme hoy.

Ruedo los ojos de una manera que me duele. Lettie tiene un guardarropa tan variado que cada vez que entro me pierdo. Carraspeo, trago el panqueque y me preparo para darle el mismo discurso de casi todas las mañanas.

—Tienes un montón de ropa hermosa y un armario enorme lleno de ella. Toma una blusa, una falda y uno de esos tacones que dan vértigo y listo.

Sonríe como siempre, esa clase de sonrisa que dice: “ya lo sabía”; come un bocado de panqueque y se marcha hacia su habitación. Minutos después, sale con un conjunto similar al que le sugerí: una blusa floreada, una falda tubo color azul marino y unos tacones color crema que hacen que me duelan los tobillos con solo verlos.

—Te juro que no sé cómo puedes pararte sobre eso —señalo su calzado. Ella ríe. Yo nunca fui conocida por usar tacones, la primera vez que mi amiga me prestó un par de su calzado, terminé con un esguince de tobillo. Desde ahí, mi acercamiento a los tacones es solo de vista.

—Estoy acostumbrada. Además, tengo las sandalias en el trabajo.

Aunque los use como si fuera ropa interior, mi amiga no es una chica baja. Aún recuerdo aquel primer día del primer año de la secundaria. Lettie era la chica más alta del curso antes que yo.

Toma su bolso y las llaves del auto y se prepara para marcharse. Me da un beso en la cabeza al pasar por su abrigo.

—Se me hace tarde, nos vemos en la noche.

Bostezo mientras paso un pedazo de panqueque sobre el dulce de leche restante.

—Adiós, Lettie.

Escucho el sonido de la puerta al cerrarse y me siento en el sillón, con el plato en una mano y el control remoto en la otra. Prendo el aparato y aparece una película cliché de romance. Todos los días, cada vez que Lettie se va a trabajar, me acuesto en el sillón y miro alguna serie, también leo un poco y duermo. A veces me quedo mirando el teléfono de línea en plan acosadora, anhelando que sea una llamada de Oficinas Adams. Como sucede a menudo, me doy por vencida unos segundos después y vuelvo a dormir.

Capítulo 3

William

Acomodo mi traje y bebo el último sorbo de vino. La oficina está muy atareada hoy. Generalmente siempre lo está, pero, cuando recibimos visitas importantes, me pongo excesivamente mandón y exijo que las cosas estén en su debido orden.

Joseph Hovard es dueño de una cadena hotelera muy importante, con varias sedes alrededor de Europa y América. Mi padre y él siempre fueron amigos, es una especie de padrino para mí. Hoy firmaría un contrato con Oficinas Adams, el mejor productor de vinos de la ciudad, y yo tengo el honor de ser el presidente.

Mi legado viene de la familia de mi padre. Todos fueron empresarios muy exitosos, grandes modelos a seguir. Cuando era pequeño, mi padre solía contarme historias sobre mi abuelo y mi bisabuelo, obviamente alteradas para la comprensión de un niño de nueve años. Yo me sentaba en sus piernas y escuchaba con atención, como si de un cómic de superhéroes se tratase.

Siempre supe que heredaría este puesto, incluso antes de estudiar Administración de empresas en la universidad, y siempre me sentí orgulloso y agradecido por ello.

El contrato que firmaremos facilitará a los hoteles de Joseph la concesión de la venta de vinos. Mi pecho se hincha, porque es un gran logro. Es esencial expandir horizontes y así lograr más reconocimiento y comercialización fuera de lo que siempre fue nuestra zona.

La puerta de mi oficina se abre y vislumbro el traje color beige de mi padre. Él, como secretario general de la empresa y exdirector, debe estar presente en el acontecimiento. Él y yo somos bastante parecidos. Tenemos la misma nariz y una complexión física similar, aunque mis ojos son más parecidos a los de mi madre que a los suyos. Le dirijo una amplia sonrisa y aliso las arrugas inexistentes en mi saco azul marino.

—¿Estás listo, hijo? —me pregunta.

De una manera casi mecánica, respondo:

—Lo estoy.

Resisto el impulso de sonarme los dedos.

La puerta de la oficina vuelve a abrirse y Joseph ingresa en la habitación. Su cabello entrecano está perfectamente peinado hacia atrás con gomina y su traje hecho a medida está perfectamente planchado. En su mano sostiene un portafolio, lo que indica que no se quedará mucho tiempo. Al sonreír, se le forman arrugas alrededor de la boca y parece incluso más joven que los sesenta y cinco años que tiene.

Abro la botella de vino y sirvo en tres copas. Papá bebe de la suya tan rápido que apenas lo registro. Debe estar ansioso, como yo.

—Buen día —dice Joseph, y abraza a papá—. Qué bueno verte, Clark.

—Igualmente, Joe.

Luego, Joe se aparta y palmea mis hombros en un gesto paternal.

—Estoy muy orgulloso de ti —susurra. Hago una mueca de agradecimiento—. Bueno, señores, hay un trato que firmar y, para mi mala suerte, no tengo mucho tiempo.

Me acerco a mi escritorio y saco el sobre de papel madera donde tengo guardado el contrato, que se mantendrá por cinco años, hasta su correspondiente renovación. Nos toma alrededor de diez minutos decidir acerca de las primeras distribuciones del vino: si por todo el país o también hacia el exterior. Al final, quedamos en la segunda opción.

Soy el primero en firmar la hoja. Luego mi padre y por último Joseph. Este se acomoda la corbata y toma su portafolio.

—Lamentablemente tengo que irme. Fue un placer hacer negocios con ustedes —dice—. Clark, salúdame a Clara.

No puedo evitar hacer una mueca ante la mención del nombre de mi padre y el de mi madre en una misma oración.

—Por supuesto, Joe. Y tú salúdanos a Teresa —responde papá.

Joe asiente y musita antes de irse con prisa:

—Cuídense.

Suelto todo el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Salió bien —digo, porque no se me ocurre otra cosa para decir.

—Gracias a ti, hijo —dice papá, sosteniéndome del hombro—. Estoy muy orgulloso de ti.

Mi teléfono suena y me aclaro la garganta mientras lo saco del bolsillo del pantalón. Siempre está timbrando y me hace doler la cabeza, pero esta llamada en especial me retuerce el estómago. Cuelgo con la mandíbula apretada. El gesto capta la atención de papá.

—¿Quién era?

—Kirsha.

Los ojos azules de papá se encienden en señal de reconocimiento.

—¿Esa chica que te persigue desde hace dos meses?

—Esa misma.

Kirsha es una mujer muy hermosa, no puedo negarlo. Pero carece de cerebro. No tiene nada que ver con su cabello, que es rubio; sus acciones, las cosas que dice, su voz… maldición, es como si fuera una bocina chirriante que no para de sonar y sonar. Ya no sé qué hacer para que me deje en paz, y es lo que le comento a papá.

—Dile la verdad, hazla entrar en razón —me aconseja.

—Lo volveré a intentar —murmuro, y añado para mis adentros: «por millonésima vez consecutiva».

Papá palmea mi hombro y me deja solo en la oficina. De inmediato, apago el aparato telefónico, por las dudas que Kirsha quiera llamarme de nuevo, y lo guardo en el bolsillo interno de mi saco.

Levanto el teléfono fijo y me comunico con Glenn, el encargado de las admisiones.

—Quiero que llames a Amanda Snow para confirmar su puesto como secretaria. Y cancela el resto de las admisiones.

Capítulo 4

Amanda

La serie que estoy viendo está tan entretenida que tengo la boca abierta. Siempre fui muy fan de los zombis y la sangre, todo el rollo paranormal en general. En esta serie, una bióloga debe encontrar la cura para acabar con la plaga de zombis y asegurar la preservación de la raza humana. Justo cuando ella termina de sacarle una muestra de sangre a un zombi muerto, suena el teléfono de línea.

Tengo que estirarme para alcanzarlo y, cuando por fin lo tengo en mis manos, atiendo, todavía mirando la televisión.

—¿Hola? —digo con voz ronca. Casi no he pronunciado palabra alguna en todo el día. La mujer en la pantalla ahora corre por su vida para que un grupo de tres zombis no la atrape.

—Buenos días, ¿hablo con la señorita Amanda Snow? —dice una voz masculina del otro lado de la línea.

—Sí, ella habla. ¿Qué se le ofrece?—respondo. Noto que la mano me tiembla levemente y todo mi cuerpo se halla en tensión.

—Me presento, soy Glenn Neumann, jefe de admisiones de Oficinas Adams. Llamo para confirmar su puesto como secretaria.

Ya no estoy prestando atención a la tele. Mis cinco sentidos están enfocados en lo que este señor acaba de decirme. Estoy en ese punto entre el shock y hacer un baile de victoria. ¡He conseguido el trabajo!

Solo para asegurarme, pregunto:

—No es una broma, ¿cierto?

El hombre del otro lado tiene que contener una risa.

—Claro que no.

Se hace un minuto de silencio y entonces digo:

—¿Cuándo comienzo?El tal Glenn se aclara la garganta y escucho el inconfundible desliz de una lapicera contra el papel.

—Si así lo desea, puede iniciar hoy a las 2 de la tarde. De lo contrario, mañana a las 8:30 de la mañana puntualmente la estaremos esperando.

Inspiro profundamente antes de responder.

—A las 2 estaré ahí.

—Perfecto. Felicidades —se despide y corta.

Cuelgo el teléfono y me levanto del sofá. No puedo contener la alegría y la euforia que me recorren. Doy vueltas y salto sobre el sillón, esto es lo mejor que me ha pasado. Sabía que algo bueno iba a ocurrir. Cuando reacciono, corro apresurada hacia la ducha. Tardo alrededor de quince minutos y salgo envuelta en dos toallas.

Faltan dos horas para las dos, lo cual es bastante reconfortante porque tengo tiempo, pero no tengo nada para ponerme. Mi guardarropa es similar al de una adolescente de quince años: desordenado e infantil. Resoplo y me dirijo a la habitación de Lettie. Estoy segura de que no le importará que le robe algo.

Husmeo el interior del armario, hasta que encuentro un bonito vestido negro con un cinturón de raso dorado. Es entallado al cuerpo y su escote es sencillo, disimulado, no deja nada a la imaginación. Encuentro unos tacones negros no muy altos, gracias a Dios, y comienzo a arreglarme. Aplico maquillaje a lo último, solo lo mínimo y necesario. Lettie siempre dice que no necesito químicos para verme bella. Un poco de rímel, gloss, mis gafas y listo.

—Ya estás lista —me digo a mí misma—. Es el mejor trabajo del mundo, del país, y lo harás genial.

Peino mi cabello rubio sobre mis hombros, jugando con las puntas. Finalmente, salgo de mi habitación y tomo un bolso del perchero de la entrada. Meto mi celular, un cargador portátil, un cuaderno y una lapicera, mis llaves, una manzana verde y mis documentos. Agarro las llaves del auto, que en realidad es más de mi hermano que mío, y conduzco directo a la oficina.

Me tiemblan las manos en el volante y una finísima capa de sudor cubre mi frente. ¿Y si no doy una buena impresión? ¿Y si…? Respiro profundo, la parte positiva de mi mente me dice que todo va a estar bien. Me obligo a calmarme. El semáforo está en verde y debo avanzar. Estoy contando las cuadras que me separan de mi nuevo trabajo, no puedo estar más nerviosa.

La empresa cuenta con un estacionamiento subterráneo, pero no me tomo ese lujo. Encuentro un lugar libre a una cuadra y lo dejo ahí. Aún es mi primer día, y si por alguna razón llegan a despedirme, no será tan incómodo.

El frente del edificio es el de cualquier edificio moderno: ventanales grandes y carentes de colorido. Predomina el gris azulado y el negro. Las letras en grande de OFICINAS ADAMS parecen querer intimidarme desde lo alto. Respiro y entro.

Lo primero que capta mi atención es la inmensidad del recibidor. No recordaba que fuese tan grande. Estuve aquí el día que entregué mi currículum y me habían colocado en la lista de chicas que solicitaban puestos. Hay mucha actividad a estas horas, al parecer. Lo único que veo es gente hablando por teléfono y caminando, algunos con pilas de cajas y hojas entre los brazos. En el centro del revuelo, hay un escritorio de madera oscura con una chapa dorada con las letras RECEPCIÓN grabadas.

Me acerco, evitando por los pelos que me lleven puesta, y me paro frente al mostrador. Hay una chica joven que no aparta la mirada de la computadora. Abro la boca para presentarme, pero ella se me adelanta. En un tono bastante borde, dice:

—¿Nombre?

Titubeo un poco antes de contestar.

—Amanda Snow.

Teclea con rapidez y me entrega una tarjeta blanca con un listón dorado para colgar en el cuello.

—El señor Adams la está esperando.

Le doy las gracias antes de seguir mi camino hacia el ascensor. En mi tarjeta blanca, hay impreso un número: 24. Intuyo que es el número de mi piso, así que presiono ese botón. Una chica a mi lado me mira de reojo. Es una mirada crítica, pero yo intento no hacerle caso.

Llego al piso, el último de todos, y camino con lentitud hacia la puerta de vidrio que me separa del área de trabajo. Paso la tarjeta por un lector y la puerta se abre con un sonido metálico. Enseguida puedo identificar que no hay empleados. En el centro hay una sala de espera, con sillas cómodas y mesas ratonas, y a la derecha una sala de juntas vidriada, con un televisor, una pizarra blanca y una mesa alargada con sillas. A mi izquierda hay un pasillo que lleva a dos cubículos. Inmediatamente, sé que el de la izquierda es el de mi jefe.

Acomodo mis lentes, subiéndolos por el puente de la nariz. Mi pecho se aprieta a medida que avanzo, pero me empeño en mantener la cabeza alta. Respiro hondo y golpeo la puerta.

—Adelante —dice una voz profunda del otro lado.

Abro la puerta, temerosa, y asomo la cabeza. La oficina es exageradamente amplia, con un escritorio de algarrobo en el centro y un ventanal gigante detrás. Una silla giratoria me da la espalda.

—Buenos días, señor Adams —atino a decir, intentando con todas mis fuerzas que no me tiemble la voz. Estoy clavada en el suelo, mirando el resto de la oficina. Hay dos sillones grandes y una mesa ratona frente a mí.

La silla gira y siento que el aire se estanca en mis pulmones. ¿Este hombre es mi jefe? Esperaba un señor mayor, no un modelo de revista. Conocía la empresa, pero nunca se me pasó por la cabeza buscar imágenes de su presidente.

Lleva un traje azul marino que enmarca todos y cada uno de sus músculos. Puedo imaginármelos. Sus ojos verdes almendra me escrutan, me evalúan. Siento que la respiración se me acelera, mi corazón da un vuelco y las piernas me pesan.

—Bienvenida, señorita Snow —dice. Trago fuerte al escuchar su voz tan cerca, potente y viril—. Soy William Adams, es un placer conocerla al fin.

—El placer es mío, señor —respondo.

Me muerdo el labio inferior mientras observo cómo sus ojos viajan a través de mí. Siento la necesidad de abanicarme, pero en su lugar cambio el peso de pierna y lo miro también. Reconozco que es el hombre más apuesto que he visto en toda mi vida. No puedo evitar imaginar lo que hay debajo de esa camisa, que se tensa sobre su pecho. Tampoco dejo de ver sus manos grandes y su cuello ancho. Bajo la cabeza, sintiéndome un poco intimidada.

—El señor Neumann se comunicó con usted, ha venido antes de lo esperado.

Miro la hora en mi teléfono. He llegado diez minutos antes.

—Bueno, es que es mi primer trabajo en mucho tiempo y… estaba emocionada. Lo siento —me excuso. Mis ojos revuelan por toda la habitación—. Entonces, ¿puedo empezar?

Sonríe imperceptiblemente y siento que las piernas me tiemblan un poco.

Asiente y se levanta. Me sorprendo por su estatura, me lleva una cabeza, incluso con los tacos puestos. No puedo evitar preguntarme cómo sería si no los llevara.

—Sígame, su oficina está por aquí.

Salimos de su oficina y enseguida entramos en la mía. Están casi enfrentadas una de la otra, y por alguna razón me sube un escalofrío. El edificio hace como una curva y desde ese lugar puedo ver el interior de su oficina, un buen ángulo de su silla y su escritorio.

Mi oficina es un cuadrado amplio, con un escritorio en el centro, con una computadora ultra fina y algunas carpetas vacías.

—Como está cerca de mi oficina, no tendrá problemas en llegar a mí —dice—. Así que cuando la llame espero que esté en mi puerta y disponible. —Casi puedo captar un mensaje oculto en sus palabras, pero sacudo la cabeza y asiento afirmativamente.

Me acerco al escritorio y enciendo la computadora. Cada vez me asombra más lo moderno que es este lugar. Me siento en la silla, una silla giratoria, solo mía. Me dan ganas de ponerme a girar como si tuviera cinco años.

—Todos los datos están descargados en la computadora. Todo lo que necesita está ahí. Si tiene alguna inquietud, no dude en preguntarme.

Asiento con la cabeza.

—¿Con qué inicio? —pregunto. No me ha dicho nada sobre eso.

—Comience organizando mi agenda. Quiero todas mis reuniones y citas en orden, y cuando acabe me la envía por correo.

Sonrío y vuelvo a asentir. Me da una última mirada y desaparece de mi oficina. Me acomodo en la silla y me familiarizo con los programas. Después comienzo con mi trabajo, siempre con la imagen de mi jefe presente en mi memoria.

Capítulo 5

William

Vuelvo a mi oficina, puedo respirar cuando cierro la puerta. Mi corazón late con fuerza, casi como si quisiera escapar de mi pecho.

Al verla entrar en la inmensidad de mi oficina, solo pude recorrerla con la mirada. Es bajita, aunque sus piernas parecen extenderse kilómetros. Mis ojos recorrieron toda la longitud de su cuerpo, memorizando cada rincón. Me imaginé tocándola y mis venas ardieron. La forma de su boca, sus ojos verdes… todo en ella grita inocencia. Dejarla fue doloroso, su aroma había comenzado a afectarme. Un olor leve a coco y un perfume de mujer tan exquisito que, de solo recordarlo, tengo que apretar los labios.

Sacudo la cabeza y me siento en la silla. Desde aquí puedo verla, gracias a la inclinación del edificio. Está leyendo las instrucciones. Aparto la mirada, obligándome a centrarla directamente en la pantalla de la computadora.

Pasan unas horas, aunque para mí se sienten como minutos, y llamo a Glenn. Su oficina está en el piso de abajo, en el sector de Recursos Humanos. Llega alisando su traje negro a rayas y acomodándose la corbata.

—¿Y? ¿Qué tal? —pregunta nada más posicionarse frente a mí—. ¿Está buena?

Intuí que me preguntaría algo así. Me encojo de hombros, manteniéndome impasible. Tecleo un par de palabras más y lo miro directamente a los ojos, con una seriedad conocida en mí.

—Es mi secretaria, Glenn, no mi prostituta personal.

Sus labios se fruncen. Está muy claro que no le gustó mi respuesta.

—Solo te llamé para avisarte que ya había llegado y que anules el resto de las cartas de admisión. No podemos aceptar más vacantes.

Él se aclara y me mira, su rostro hecho una máscara, imposible de descifrar.

—Sí, jefe.

Y desaparece de mi oficina.

Glenn lleva trabajando en esta empresa desde que yo ascendí como el nuevo presidente. Su puesto ha variado de vez en cuando, pero siempre ha sido una especie de amigo para mí, un amigo profesional, claro.

Un dolor insoportable comienza a taladrar mi cabeza. Seguramente es porque llevo demasiado tiempo frente a la pantalla y necesito un descanso. Por un segundo, un pensamiento extraño aparece, causándome una rara sensación. Me imagino a Glenn insinuándose a Amanda y a ella correspondiéndole. No puedo permitirlo, debo ganar esa maldita apuesta. No puedo quedar como un cobarde. Como la última vez.

Me restriego los ojos y tecleo con más rapidez en la computadora. Intento con todas mis fuerzas concentrarme, pero la imagen de Amanda a tan solo unos metros de mí me atormenta. Me llama. Carraspeo y miro fijamente la redacción que estoy haciendo.

Finalmente, envío los documentos a mi padre y me reclino en la silla. Esta es una de las partes que menos me gusta de mi trabajo. Cada paso que hago, cada decisión que tomo, en general todo lo que hago o elijo hacer, es presidido por mi padre. Siempre quiere asegurarse de que todo vaya bien encaminado, aunque a veces siento como si me estuviese evaluando. No puedo culparlo, él también forma parte de la empresa familiar e influye en ella tanto como yo. Supongo que quiere controlar que no tome ninguna decisión abrupta que descarrile nuestro exitoso rumbo.

Mi puerta se abre sigilosamente y la cabeza rubia de Amanda asoma.

—Señor Adams. —Escucho su voz dubitativa y algo en mi interior se mueve—. Perdóneme por molestarlo.

Hago una señal negativa y la insto a que entre.

—Dígame, señorita Snow. —Cruzo las manos sobre el teclado y la miro. Se ve tan nerviosa y tan tierna a la vez, retorciendo una hoja de su adorable cuaderno de osos.

—Estaba acomodando su agenda y vi una cita que antes no estaba allí. Me resultó extraño, apareció de repente —me informa. Luego mira su cuaderno—. Quizás este cambio lo ha hecho usted, de lo contrario no me lo explico.

—¿De qué cita está hablando? —interrogo. Ella se muerde el labio inferior, ligeramente más carnoso que el superior. Ese movimiento atrae completamente mi atención.

—Está puesta para las 4, con una chica, la señorita Kirsha Fevvs —dice. Aprieto mis puños, pero intento mantenerme impasible. Mi ojo izquierdo comienza a latir imperceptiblemente.

—Remueva esa cita de inmediato y dígale a la señorita que se comunique conmigo ya mismo —digo con toda la calma que logro reunir.

Ella asiente rápidamente y desaparece. Intento relajar mis manos, pero siento que la situación ya ha alcanzado un límite. ¿Con qué derecho pone una cita no acordada? No puede hacerlo, además va contra la ley.

Suena el teléfono y contesto con los labios apretados.

—Oficinas Adams, habla William Adams—respondo de forma automática.

—Hola, cariño —la conocida voz cava un hoyo en mi cabeza y perfora mis oídos. Me veo tentado a cubrirlos con enormes tapones—. La nueva asistente tuya me dijo que te llamara, ¿qué sucede?

Noto que mis nudillos se tornan blancos alrededor de mi pantalón, así que lo suelto para no romperlo. Se hace la que no entiende nada, sabe que lo nuestro no es real, pero no quiere creerlo. Prefiere vivir en un mundo lleno de fantasías y color de rosa que solo me da náuseas. No puede ni quiere entender que lo nuestro solo fue una noche, no le prometí amor eterno ni nada por el estilo.

—Saboteaste mi agenda para poner una cita conmigo—voy directo al grano.

Soy consciente de la ira acumulada en mi pecho dolorido.

—No contestaste mis llamadas, así que decidí sorprenderte y hacerlo por mi cuenta. —Suena tan orgullosa de sí misma que el dolor en el pecho aumenta incluso más.

—Eres insoportable —escupo sin poder contenerme—. Lo nuestro se terminó hace mucho tiempo, tú sola mantienes viva una chispa de esperanza al creer que estamos juntos, cuando no hay ningún nosotros. Es hora de que lo aceptes y dejes de molestarme.

Cuelgo el teléfono. Sé que la he dejado con la palabra en la boca, y es una de las mejores sensaciones del mundo. Una sensación de victoria y tranquilidad me recorre.

Con un suspiro, apago la computadora. No puedo soportar ni un minuto más el ardor en mis ojos y las contracturas de mis dedos y espalda.

Me sirvo una copa de vino, el mejor que podría existir: el tinto. Mi mamá no es una gran fan de este vino, pero papá lo adora. Siempre tiene reservas escondidas de mamá y se da algún que otro lujo de vez en cuando.

Me giro y mi mirada se va moviendo hasta la ventana. No puedo evitarlo, enseguida me encuentro observándola. He visto muchas chicas lindas a lo largo de mi vida, y admito que muchas me parecieron huecas, vacías, oportunistas, pero ella… ella es diferente. Su forma de hablar y de caminar hace ver un perfil de una persona tímida, no muy abierta a las personas, pero que igualmente es encantadora.

Ahora que la tengo tan cerca y frente a mí, no puedo evitar hacerme más preguntas. Quiero conocerla, y no sé si se debe a mi deseo por cumplir la apuesta o por algo que aún no logro descifrar.

Veo que lucha con la impresora. Le da golpes, pero esta no parece responderle. Se quita los zapatos y los revolea lejos. Después de media hora viéndola pelear con el objeto y ver sus mejillas rojas como tomates, me doy por vencido y me dirijo afuera. Abro la puerta de su oficina sin llamar y me quedo estancado en mi lugar, esperando a que me note.

—Creo que es un problema bastante gordo —menciono. Ella da un respingo y me mira, con los bellos ojos abiertos de par en par.

Reparo en sus mejillas rojas y en la fina capa de sudor que cubre su frente.

—Debería convertirse en un deporte olímpico —murmura para sí, aunque la escuché de todas formas. No puedo evitar sonreír ante el comentario.

Apresuradamente, se pone los tacones y se para recta, alisándose la falda del vestido.

—Tengo que imprimir un par de cosas, pero creo que he hecho algo mal —se lamenta. Por lo bajo, suelta un exabrupto, y finjo que no la he escuchado.

Hago una seña con la cabeza y me arrodillo a revisar la máquina. No parece tener ningún fallo, excepto que no tiene hojas.

Sus mejillas se colorean aún más.

—Creo que no se me dio por revisar eso —admite en voz baja. Sonrío de lado para tranquilizarla.

—A cualquiera le pasa, no es nada grave —digo. Camino hasta el armario grisáceo que se encuentra en una esquina y abro el último cajón. Encuentro un block de hojas y lo introduzco en el compartimiento. Vuelvo a repetir el procedimiento inicial y la máquina imprime lo que ella necesita.

Apenas sale el papel, ella lo toma y lo deja boca abajo en su escritorio.

—Gracias, jefe. Lamento haberlo molestado —dice—. Por cierto, ya le he mandado por correo su agenda.

Asiento y me encamino hacia la puerta.

—Ahora la revisaré, gracias —digo y salgo de su oficina.

Sonrío como estúpido todo el corto camino de vuelta a mi oficina. Muevo los hombros y el cuello un poco, me descubro tenso. Dentro de mí, sé la razón y mi corazón me comprime el pecho.

Capítulo 6

Amanda

Después de pasarle la agenda nueva a mi jefe, él me permite irme, no sin antes recordarme que llegue a las 7 en punto de la mañana al día siguiente.

Llego a casa, agotada. Las luces están apagadas, lo que indica que Lettie aún no ha llegado. Debe ser alguno de esos días largos, cuando la obligan a quedarse más del tiempo laboral necesario.

Como acto reflejo, me quito los zapatos y los agarro por la parte de los talones. Los dejo en el armario de Lettie, como si nunca los hubiese tomado, y me saco el vestido. Inmediatamente, siento la frescura de la casa y mi cuerpo se relaja. Me tomo mi tiempo para cambiarme mientras recapitulo los eventos del día. No he metido la pata en mi primer día de trabajo, lo cual ya es un logro enorme.

Coloco el vestido en el canasto de la ropa sucia y troto hasta mi habitación. Me pongo mi pijama de polar, el mismo que dejé en mi cama hecho un bollo esa misma mañana, y me pongo a cocinar. Mi mejor amiga parece una gran máquina de comer cuando vuelve del trabajo, así que será mejor que me apresure.

Preparo pasta con salsa boloñesa, una receta tradicional de la casa. Justo cuando estoy probando la temperatura de la salsa, Lettie entra como un torbellino.

—Hola, Amy —dice ella en medio de un bostezo. Levanto la cuchara de madera en un gesto de saludo, salpicando la encimera con gotitas de tomate—. Vaya, qué bien huele.

—Lettie, cuidado, está… —advierto, pero ya es demasiado tarde. Mi amiga posa su vista en la salsa burbujeante y se acerca a mí en dos zancadas. Prueba la salsa sin soplar y grita de dolor—. Caliente.

Lettie corre hasta el lavamanos y enjuaga desesperadamente su boca.

—¡Charlotte! —la regaño—. ¿No podías esperar?

Me mira con los ojos llorosos y niega con la cabeza. Cierra la llave, sonriendo a medias. Toma un repasador de la mesada y se seca la boca chorreante. Una vez que se encuentra mejor, me pregunta:

—Cuéntame, ¿qué hiciste hoy? Apuesto a que viste la nueva comedia de Netflix. —Su tono es un tanto burlón mientras se alza y se sienta en la isla de la cocina, cuidando de no golpearse la cabeza con las ollas y sartenes.

Niego con la cabeza. En los días anteriores a mi nuevo trabajo acostumbraba hacer eso, pero hoy no.

—De hecho, fui a Oficinas Adams —digo, un tanto tímida, aunque una enorme sonrisa amenaza con partirme la cara en dos.

Mi amiga tarda medio minuto en entender lo que acabo de decir. Entonces salta de su lugar y me abraza efusivamente.

—¡Eso es realmente fantástico, Amy! —exclama—. No puedo creerlo, estoy muy feliz por ti. De verdad.

—Gracias, Lettie.

Ella continúa con su diatriba, felicitándome y haciendo preguntas por doquier, como si rompí algo o si hice enojar a mi jefe, entre otras cosas. Pero entonces toca un tema tabú para mí, tanto que me hiela la sangre y me congelo en mi lugar.

—Deberías comentárselo a tus padres.

No. Definitivamente no. No puedo hacerlo. Mi relación con mi madre es casi nula, al igual que con mi padrastro. Decírselos abrirá una brecha entre nosotros y se repetirá el mismo ciclo de siempre. Ese que odio con toda mi alma…

—Se pondrán felices por ti —insiste. Muerdo mi labio con fuerza. Estoy a punto de perder los estribos y llorar como niña. No quiero —puedo— derrumbarme.

Sirvo los fideos en dos platos y los embadurno de salsa. Pongo ambos en sus respectivos lugares en la mesa y me siento a comer. Mi amiga me imita y comienza a comer en silencio.

Mi mamá y yo somos tan diferentes que duele. Nuestro parecido físico es innegable; no cabe duda de que, si nos pusieran a mí, a mi hermano y a ella en una misma habitación, se darían cuenta de nuestro parentesco. En realidad, ella apenas formó parte de mi infancia. Dudo que Ashton y yo le hayamos importado realmente alguna vez. Siempre creí que se hizo cargo de nosotros porque le daba pena abandonarnos. Ella y su pareja, Sebastian, son pobres, drogadictos y oportunistas. Mi mamá solía ser una prostituta, de ahí nuestro nacimiento, y ganaba lo suficiente para alimentarnos. Luego, lo dejó, cayó en las drogas junto con su marido y se olvidó de nosotros. Fue Ashton quien tomó las riendas de nuestras vidas, y fue lo suficientemente valiente como para sacarnos de ese lugar de mierda. Con el dinero de su reciente trabajo, rentó un departamento en un barrio de clase media y subsistimos hasta que fuimos lo suficientemente mayores para seguir nuestros caminos.

—¿Amy? —es mi amiga quien me trae a tierra. Me he quedado con el tenedor a medio camino de la boca.

—Perdón, ¿qué decías? —murmuro. Noto un nudo en la garganta, producto de los horribles recuerdos que me invaden.

—Te preguntaba si te pusiste ese vestido. —Señala la pila de ropa sucia y sonríe de lado.

—Ah, sí.

Como el bocado y lo paso con dificultad. Siento el estómago tan lleno que creo que voy a vomitar.

—Es el que usé en mi primer día también —dice con una sonrisa. Recuerdo ese día, cuando me dijo lo nerviosa y emocionada que estaba por haber conseguido un trabajo con buena paga—. ¿Recuerdas mi reacción el primer día?

—Claro que la recuerdo. Por poco y no salías de casa.

En aquel entonces, yo aún vivía con mi hermano en el departamento alquilado y trabajaba en un empleo de medio tiempo. Lettie me ofreció mudarme con ella cuando consiguió el trabajo, dado que, como premio, sus padres le obsequiaron un departamento. Yo, obviamente, acepté la oferta con la condición de que pagaría la mitad de los gastos básicos. El primer día de Lettie, estaba tan ansiosa que por poco rompe la lámpara de la sala.

—Pero me presionaste para que fuera —dice sonriendo. También recuerdo eso, cuando ella me suplicaba que llamara anónimamente y dijera que no podía presentarse. Yo la empujé afuera, cerré la puerta con las trancas y llave, y le exigí que fuera a trabajar si no quería que la mandara de una patada a la Luna.

Acabamos los platos y mi amiga los lleva al lavatorio. Es así: cuando yo cocino, ella lava. Lettie se entretiene contándome acerca de su exhaustivo día como la secretaria de su amargado jefe, pero yo apenas puedo escucharla. Mi mirada está fija en el teléfono. No dejo de repetirme a mí misma que no haría mal en llamar y preguntar cómo está, aunque, en el fondo, ya sepa la respuesta. Al mismo tiempo, la otra parte de mí me dice que no la llame, que estoy mejor sin ella.

Entonces, noto que Lettie ha dejado de hablar. Me mira con comprensión y se encamina hasta el teléfono.

—Estás mirándolo como si fuera el objeto más preciado del mundo, Amy —dice con una sonrisa de lado—. Si no vas a llamar, entonces vete a dormir, o te juro que te lo tiro por la cabeza.

No puedo evitar reír. Ella siempre sabe cómo mejorar mi ánimo.

—Estoy aquí para ti, amiga. No me iré a ningún lado —murmura. Asiento con la cabeza y marco los dígitos. Uno… Dos… Tres timbrazos suenan hasta que la voz conocida y arrastrada de mi mamá contesta.

—Diga.

Mi corazón salta al escucharla, pero luego se encoge, presintiendo lo que va a ocurrir.

—Hola, mamá. —La palabra vibra en mis labios, se siente extraña, como si fuera incorrecto decirla. Oigo el exabrupto conocido como el exhalar de un cigarrillo y me tenso.

—Amanda. —Su voz es solo un murmullo, parece no creer que soy yo—. ¿Por qué no has llamado?

Aclaro mi garganta, sintiéndola dura de repente. Mis ojos se llenan del previo ardor a las lágrimas, las contengo lo mejor que puedo.

—Estuve haciendo… cosas—me excuso. Lo siguiente que digo suena tanto como un disco rayado que no parece que sea yo—.¿Cómo han estado?

—Sebastian tuvo una recaída y está internado en el hospital —me cuenta. Noto la profunda tristeza que se esconde en la monotonía de su voz, como si ya estuviese acostumbrada a no demostrar del todo sus sentimientos—. Su familia me ha exigido que pague los medicamentos, pero no puedo hacerlo… No cuando la paga de mi marihuana es tan elevada. Tengo mucho miedo de que me lo arrebaten…

—Oh, mamá…—digo, con las emociones arremolinadas en el fondo de mi estómago—. Lo siento…

Silencio. Siento que he perdido el aliento. Sin embargo, no tengo ningún motivo para sentirme así. Sebastian solo tiene el título de padrastro, pero jamás se ganó ese lugar para mí. Es un completo desconocido que llegó a la vida de mi madre para empeorarla más de lo que ya estaba. No quiso aceptarme como su hija adoptiva, menos a Ashton. Que su mujer tuviese dos hijos con otro hombre no debía de ser fácil. Y lo comprendía, de verdad que lo hacía, pero eso no le daba el derecho a tratarme como si fuese su sirvienta o, peor, su esclava. Jamás mostró ni un ápice de respeto hacia mi persona, me maltrataba con sus palabras hirientes y me pellizcaba las manos cuando no hacía lo que él pedía. Mi madre nunca lo supo, nunca tuve el valor de contárselo. Para ella, llamarlo “papá” era sano para mi vida. Pero eso ya es pasado.

—Es terrible, mamá—digo esa palabra otra vez, que suena incorrecta en mis labios. Lettie se inclina más hacia mí para escuchar la conversación.

—La arritmia es muy fuerte… Los doctores dicen que, si no toma sus medicinas, no podrá sobrevivir. Dicen que soy una mala influencia para él, pero no puedo mantenerme lejos…

Lo es. Ella es una mala influencia para él. Aun cuando profesa su amor, nunca lo impulsó a dejar las drogas y enfocarse más en el cuidado de sí mismo. Sé que en el fondo ella lo sabe, pero es tan orgullosa que no va a aceptarlo.

Entonces, vuelve a hablar.

—¿Qué tal tú?

—Bueno, en realidad, es por eso que te llamaba—digo, algo tímida. Rebusco en mi interior las palabras correctas—.He conseguido un trabajo. Un muy buen trabajo, por cierto. Soy la secretaria del presidente de Oficinas Adams. ¿No te alegra?

Lo único que escucho ahora es su respiración. Luego, un suspiro cargado de pesadez, pero también de… ¿alivio?

—Es… brillante. Puedes sacarme de esto, puedes hacer que saquen a Sebastian del hospital, puedes pagar los medicamentos y… —divaga. Soy capaz de escuchar el crack de mi corazón al romperse. ¿Cómo pude olvidarlo? Mamá siempre estuvo interesada en el dinero y el triunfo de sus hijos para utilizarlo a su favor. Un medio para un fin. Utilizar nuestros fondos para comprar más droga, para seguir con esa vida de mierda, en vez de sacarse a ella misma del agujero en el que vive—. Puedes convertirte en la nueva dueña. Armaremos algo, puedes conseguirlo. Serás rica, seré rica…

No puedo contenerlo más. El grito se construye en mi garganta y explota a través de la línea, dejando muda a mi madre.

—¡Estás mal de la cabeza! Jamás haría tal cosa con tal de complacerte y arreglar tu maltrecha vida, no soy la responsable de ella, no soy responsable de ti. No voy a hacerme cargo de tu mierda, mamá—grito, furiosa. Para ese entonces, las lágrimas corren como cataratas por mis mejillas, pero logro mantener mi voz firme—.Jamás voy a hacer lo que tú ordenes, ¿entiendes eso? Te metiste en eso sola, ahora tienes que salir sola.

La mujer al otro lado suelta un grito exasperado e intenta de convencerme.

—Solo piénsalo. Tendrías fama, seríamos ricas. Amanda, no quiero esta vida nunca más.

—Si tanto quieres otra vida, búscate un maldito trabajo, paga todas tus deudas porque Ashton y yo estamos hartos de mantenerte y soportar tus caprichos —suelto—. Me arrepiento totalmente de haberte llamado. Adiós.

Hay un hueco que se ha instalado en mi pecho desde el momento que comenzamos a discutir. No debería haber olvidado que con mi madre no se puede razonar. La ciega la envidia y las ganas de poder. Está enferma, pero no puedo hacer nada para ayudarla. No quiero hacerlo, de todas formas. Ella sola se metió en eso, no puede pretender que yo esté siempre allí para resolverle sus problemas.

Tarde me doy cuenta de que mi llanto es demoledor. Sollozos y temblores me atraviesan y me parten en dos. Lágrimas calientes se deslizan por mis mejillas y se alojan en la comisura de mis labios. Siento los brazos de Lettie, conteniéndome, lo que hace que llore con más fuerza. Ella murmura palabras de consuelo mientras peina mi cabello con los dedos, pero lo único que puedo hacer es revivir una y otra vez la conversación.

Duele. Duele tanto como si mi cuerpo estuviera siendo atravesado por pequeñas cuchillas. Escuece como una herida abierta que sangra. No sé en qué momento me quedo dormida.

Capítulo 7

William

Son exactamente las 7 de la mañana y ya me encuentro muy ocupado. Mis dedos se mueven frenéticos sobre el teclado, mi vista está fija en la pantalla. El cuello ya comienza a molestarme por mantener la misma postura durante casi una hora. Lo único en lo que pienso es en dormir…

La puerta suena y me obligo a enderezarme.

—Adelante.

No levanto la mirada hasta que escucho su melodiosa voz.

—Buenos días, señor Adams.

Entonces, la miro. La miro como si fuese un jodido ángel, porque, maldición, lo parece. Trae una blusa blanca fajada en una falda tubo que enfunda sus caderas a la perfección y deja al descubierto sus piernas desde el inicio de sus rodillas. Unos zapatos altos la levantan. Su cabello está acomodado en un desordenado moño, que parece haberse hecho hace no más de quince segundos, y sus ojos enmarcados por sus gafas. Parece que acaba de llegar, puesto que aún tiene su abrigo colgando de su antebrazo y su bolso al hombro.

Aclara su garganta antes de hablar, presa de un bonito y sencillo rubor rosado.

—Solo vengo a informarle que su padre lo espera en el tercer piso. Dijo que es importante.

Hago una señal afirmativa y me levanto. Percibo un brillo extraño en sus ojos, tal vez producto del reflejo de la luz en el lente, o solo son sus ojos, pero de igual manera mi corazón hace una extraña voltereta. Paso por su lado, rozándola al salir, y no puedo evitar inclinarme un poco en su dirección. Huele deliciosamente, un perfume afrodisíaco que juega con mis sentidos. Las ganas de hundirme en su cuello son tantas que, al apartarme, siento un dolor casi físico.

Ella se desvía hacia su oficina y yo sigo hacia mi ascensor privado, todavía medio perdido en la marea de su perfume. Introduzco el código y presiono el tercer piso.

Tengo la suerte de tener este ascensor, así no tengo que aguantar los balbuceos y cotilleos de mis empleados. Siendo honestos, no me interesan sus problemas personales. Y así, también me ahorro soportar mil perfumes y colonias en un solo lugar.

Llego al tercer piso y busco a mi padre con la mirada. Los empleados lucen atemorizados; enseguida sé la razón.

—¡¿Cómo pudiste, maldito desgraciado?!

Salto en mi lugar al escuchar la voz furibunda de mi padre.

Corro en dirección a una oficina, desde donde provienen distintos sonidos de cosas que se hacen añicos por todos lados. Mi papá está ahí, despotricando, rojo de rabia y lanzando cosas por doquier. Tardo un poco en darme cuenta del desorden que está causando. Hay papeles por el suelo, una copa de vidrio rota y una silla volteada. Mi mirada corre hasta el hombre que está escondido debajo del escritorio. Me ruega con los ojos que ponga un alto a la situación, y eso es lo que hago.

—Papá, ya es suficiente —lo llamo con la voz lo suficientemente alta como para que me escuche, pero me ignora. Intento de nuevo—: Papá.

Ahora me mira, baja las manos, pero sus facciones no se suavizan.

—Explícame, por favor, qué fue lo que sucedió —exijo, cruzándome de brazos.

Papá aprieta los puños hasta que se tornan blancos. Al hablar, la voz le sale gruesa, contenida. Como si tratase de no estallar otra vez y, quizás, lanzar algún otro objeto.

—Hoy me llamaron de Larimer, diciéndome que nuestra entrega mensual de vinos no había llegado —comienza. Un mal presentimiento me envuelve, y tengo que apretar las muelas para no interrumpirlo—. Este señor es el encargado de las entregas y admitió haberla cancelado.

Aprieto con más fuerza la quijada. Tengo ganas de golpear algo, pero me contengo. Soy el maldito director de la empresa, debo mostrarme controlado y no causar escándalos. No tengo ánimos de ser el próximo espectáculo.

—Subamos a mi oficina —ordeno. El señor Ramírez (según la chapa de identificación en su desordenado escritorio) sale de su escondite y me mira como si fuera a devorarlo, lo cual no está lejos de ser verdad. Me obligo a inspirar profundo y conducirlos a ambos por el pasillo hasta el ascensor. Siento todas las miradas puestas en nosotros, ya algunos han comenzado a murmurar y especular acerca de lo que ha pasado. Presiono el botón para llamar al aparato, mientras intento alejar a mi padre del hombre, quien no para de temblar. Es un suplicio mantenerme entre esos dos. Uno está tan furioso que parece un toro encabritado, y el otro asustado hasta la mierda, apretándose contra la pared del elevador. Una vez llegados al último piso, los apresuro a meterse en mi oficina. Obligo a papá a sentarse en el sillón, mientras el señor Ramírez se para en la otra punta, lo más lejos posible de él.

—Muy bien. Papá, comienza, por favor.

Me reitera lo que había dicho antes, el resto puedo deducirlo por mi cuenta. La producción de nuestros vinos se realiza en Baja California, donde son cosechados y luego trasladados para su respectivo procesamiento y envasado; y, por último, transportados. Las tiendas que primero los reciben son, en general, las más cercanas al lugar de producción. Primero, pasan por los pueblos, y luego se dirigen a las ciudades. En Larimer, debe haber al menos unos cientos de supermercados, y la tienda que hizo el reclamo se ubica allí. Mi padre hizo algunas llamadas, asegurándoles que solucionaríamos el error y la cantidad de producto se duplicaría como recompensa. Los de la tienda fueron tan amables de darle a mi padre el número desde donde se realizó la intervención, lo que lo llevó directamente al señor Ramírez.

—Él confesó haberlo hecho —finaliza.

Cuando mi padre termina el relato, me siento igual de traicionado y furioso que él. Estoy furioso porque yo no me enteré, cuando tendría que haber sido la primera persona en haberlo sabido.

Giro hacia el hombre, que tiembla al otro lado del salón. Sé la razón: mi padre no ha dejado de mirarlo como si fuese un león y él un antílope en la mira.

—Lo lamento —musita con pesar.

—Eso no enmendará lo que ha hecho —espeto. El señor Ramírez baja la mirada hasta la punta de sus zapatos.

—Lo sé.