Poli - Valentin Gendrot - E-Book

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Valentin Gendrot

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Beschreibung

Por primera vez, un periodista se infiltra en la policía para denunciar la cultura de violencia y abusos. ¿Qué sucede tras los muros de una comisaría? Para responder a esta pregunta, el periodista francés Valentin Gendrot decidió infiltrarse en la policía. Hizo un curso de tres meses, una formación abierta a todos los menores de treinta años tras la cual se permite llevar arma reglamentaria y vestir el uniforme. Así de fácil. Después de obtener el título de policía auxiliar y pasar quince meses destinado en un hospital psiquiátrico, por fin empieza a trabajar en una comisaría: la del distrito 19, una de las zonas más conflictivas de París. Valentin Gendrot nos revela hasta el último detalle de lo que vive allí: las precarias condiciones en las que trabajan las fuerzas de seguridad, el suicidio de un compañero, el racismo de algunos agentes, los errores que cometen, la violencia con los presos y los inmigrantes, los encubrimientos entre los policías… Gendrot ha abierto una puerta que nunca antes había cruzado nadie y el resultado es Poli, un libro que ha conmocionado a Francia.

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Seitenzahl: 223

Veröffentlichungsjahr: 2021

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POLI

Un periodista infiltrado en la policía

Valentin Gendrot

Traducción de Elena González García

Página de créditos

Poli

V.1: enero, 2021

Título original: Flic

© Editions Goutte d'Or, 2020

© de la traducción, Elena González García, 2021

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021

Todos los derechos reservados.

Esta edición se ha publicado mediante acuerdo con Editions Goutte d'Or en colaboración con sus agentes, Books and More Agency #BAM, en París, Francia, y The Ella Sher Literary Agency, en Barcelona, España.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: OSTILL is Franck Camhi | Shutterstock

Publicado por Principal de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

[email protected]

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-18216-13-8

THEMA: JB

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Nota de los editores

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Agradecimientos

Notas

Sobre el autor

POLI

Por primera vez, un periodista se infiltra en la policía para denunciar la cultura de violencia y abusos

¿Qué sucede tras los muros de una comisaría? Para responder a esta pregunta, el periodista francés Valentin Gendrot decidió infiltrarse en la policía. Hizo un curso de tres meses, una formación abierta a todos los menores de treinta años tras la cual se permite llevar arma reglamentaria y vestir el uniforme. Así de fácil.

Después de obtener el título de policía auxiliar y pasar quince meses destinado en un hospital psiquiátrico, por fin empieza a trabajar en una comisaría: la del distrito 19, una de las zonas más conflictivas de París.

Valentin Gendrot nos revela hasta el último detalle de lo que vive allí: las precarias condiciones en las que trabajan las fuerzas de seguridad, el suicidio de un compañero, el racismo de algunos agentes, los errores que cometen, la violencia con los presos y los inmigrantes, los encubrimientos entre los policías…

Gendrot ha abierto una puerta que nunca antes había cruzado nadie y el resultado es Poli, un libro que ha conmocionado a Francia.

«Un libro potente, emocionante y duro.»

Le Monde

Nota de los editores

Nunca antes un periodista había intentado —y conseguido— llevar a cabo esta aventura: infiltrarse en la policía. Ha habido reporteros que se han infiltrado en construcciones ilegales en calidad de obreros (por ejemplo, Günter Wallraff en Alemania), como funcionarios de prisiones (tenemos a Ted Conover en Estados Unidos y Arthur Frayer en Francia), y otros se han hecho pasar por dementes para entrar en manicomios (como Nellie Bly en Estados Unidos y Albert Londres en Francia). Con Poli, un periodista nos lleva en un viaje clandestino a una comisaría francesa.

Cuando se le ocurre la idea, Valentin Gendrot tiene veintinueve años y ya suma seis infiltraciones en su carrera. Sale de un periodo de tres años en el que se ha infiltrado en varios empleos: ha sido operario en una cadena de automóviles, vendedor a puerta fría y teleoperador. El periodista publicó su primer libro, titulado Les Enchaînés, un an avec des travailleurs précaires et sous-payés [‘Los encadenados, un año con los trabajadores precarios y mal pagados’] (Les Arènes, 2017), bajo el seudónimo de Thomas Morel.

¿Y por qué en esta ocasión ha elegido infiltrarse en la policía? En primer lugar, por el deseo de afrontar el desafío personal de ser el primero en correr el riesgo. Y, en segundo lugar, porque quería dar respuesta a algunas preguntas fundamentales.

¿Qué sucede en el interior de una comisaría? ¿Por qué los abusos policiales se han convertido en un tema tan recurrente? ¿La policía francesa alimenta los prejuicios y comportamientos racistas? ¿Por qué es tan difícil sancionar a un policía? Pero también: ¿qué pasa por las cabezas de estos hombres y mujeres que han prestado juramento? ¿Por qué estos agentes del Estado dicen estar hartos? ¿Por qué la tasa de suicidio de los policías es tan alta, hasta el punto de que en la profesión se habla de un «sobresuicidio»?

Como no tenía presencia en internet, Valentin Gendrot pudo inscribirse con su nombre real a la prueba de acceso de adjunto de seguridad (ADS) o auxiliar de policía, el rango más bajo en el estamento policial. Su formación en la escuela de policía de Saint-Malo solo duró tres meses, en contraposición a los doce de media necesarios para convertirse en policía. Según las palabras que pronuncia el propio instructor, esta formación reducida llenaría la vía pública de «una policía low cost». Este hecho queda patente en la formación para atender a las víctimas de violencia doméstica, que dura un total de tres horas.

Cuando sale de la escuela, Valentin no consigue el puesto que deseaba, así que opta por esperar más de un año para lograr el traslado a su primera opción: la comisaría del distrito 19 de París. Quiere ser policía en un barrio obrero, donde la relación entre los agentes y los habitantes tiene fama de ser complicada.

Desde el primer día, el periodista infiltrado tiene la sensación de formar parte de «una banda» desbocada. Se queda atónito. Sus compañeros policías tutean, insultan y propinan palizas a los que llaman «los bastardos», que son, en su gran mayoría, jóvenes negros de origen árabe o inmigrantes. El «código deontológico del policía y del gendarme» que se enseña en la escuela de policía parece haberse creado para otro mundo, un mundo de burocracia desconectado de la realidad.

Poli muestra el día a día de un policía acorralado. Por un lado, debido a la falta de consideración de los altos cargos. Y, por otro, a causa de la hostilidad de una parte de la población. Valentin y sus compañeros trabajan en una comisaría decrépita donde los vehículos que conducen están llenos de abolladuras. Y, a final de mes, el sueldo que reciben es de 1340 euros netos. Un informe del Senado francés publicado en 2018 señala que, al principio de su carrera, los policías destinados en la región parisina de la Isla de Francia duermen, en ocasiones, en grupos de «más de cinco en 20 m² […] o incluso en sus coches».

Durante la infiltración de Valentin, un compañero que está de vacaciones se lleva su pistola de servicio y se dispara en la cabeza. Uno de los cincuenta y nueve suicidios que llevaron a cabo miembros de la policía francesa en 2019, un 60 % más que el año anterior. 

Valentin Gendrot no se guarda nada. Relata un caso de abuso policial, pero también cómo él mismo participa en la redacción del acta de detención falsa para encubrir a su compañero. En ese punto, la infiltración deja de tener sentido, pero nos ayuda a descubrir los secretos que comparten los policías: el periodista nos abre las puertas de lugares donde nadie ha entrado jamás.

Para evitar posibles represalias o la violación del derecho a la intimidad de sus antiguos compañeros, el autor ha modificado sus nombres, sus motes y sus características físicas a la hora de escribir Poli.

Este libro confluye con su tiempo. Llega a nosotros durante el gobierno de cinco años del presidente Emmanuel Macron, marcado por una explosión de violencia policial contra el movimiento de los «chalecos amarillos». Además, en 2020, veinte mil personas se congregaron frente al Tribunal de París para manifestarse en contra de la violencia policial al grito de «las vidas de los negros importan». Al mismo tiempo, las investigaciones publicadas por Mediapart,1 Arte radio2 y StreetPress3 han sacado a la luz numerosos comentarios discriminatorios y racistas por parte de miembros de las fuerzas del orden.

Ante el descontento generado por estas revelaciones, Emmanuel Macron pidió al ministro de Interior, Christophe Castaner, que presentara una propuesta para «mejorar la deontología de las fuerzas del orden». Al día siguiente, el ministro en cuestión declaró: «En las últimas semanas, demasiados agentes han incumplido su deber para con la república. Se han proferido comentarios racistas que han revelado la discriminación latente. Esto es inaceptable». Así, el «primer policía de Francia» reconoció por primera vez que existe un problema entre sus filas. Un problema de racismo.

¿Infiltrarse en la policía? Muchos podrían considerarlo un proyecto hostil, pero basta con leer Poli para comprender que ese no es el caso. Valentin Gendrot plasma lo que ve, oye y siente, y humaniza a los agentes de policía y a las víctimas de sus abusos.

Con el paso de los días, su forma de hablar y su comportamiento cambian. Eso hace que Valentin se plantee una serie de preguntas: ¿Está comenzando a sentir una especie de espíritu de equipo? ¿Los niveles de empatía disminuyen? Se sorprende al sentir cómo la policía se infiltra, también, en él mismo.

 

Geoffrey Le Guilcher,

Clara Tellier Savary

y Johann Zarca

A mi querido padre.

A La Merguez. 

A Marcelo.

Capítulo 1

—¿Qué has hecho ahora?

Toto4 agarra al tipo y lo empuja contra la marquesina. Le va a pegar, eso está claro. Los curiosos se detienen a nuestro alrededor y algunos incluso sacan el móvil para grabar la escena.

—¡Ponte ahí! —me grita François—. Establezcamos un perímetro de seguridad.

Es uno de mis primeros días en el equipo y por fin han atrapado a uno. Ellos los llaman «los bastardos». Y, cuando salen a patrullar, su objetivo es dar caza a los bastardos. Toto no ha tenido demasiados problemas para pillar a este en concreto. Es un tío enclenque, seguramente no sea nadie importante. Vamos, un bastardo de pacotilla.

Vigilo los alrededores para que nadie los interrumpa. Tengo la mandíbula tensa y las manos en las caderas; la izquierda está a unos centímetros de la pistola. Frente a mí se encuentran los colegas del flacucho, que me miran con hostilidad. Sudo y siento un escalofrío. Noto la adrenalina. El corazón me late con fuerza.

—Den la vuelta, no pasen por aquí —digo con firmeza a los peatones que se acercan.

Me giro, el tipo sigue aprisionado contra la marquesina. La escena se me hace interminable.

—Nos vamos —suelta François—. Seguidme.

Los seis nos subimos en el furgón blanco y nos llevamos al chico con nosotros. Toto pisa a fondo el acelerador. En la parte trasera, nos caemos de nuestros asientos de cuero sintético. Nos agarramos. El joven está sentado entre nosotros, aterrorizado. A los otros ni se les ocurre tocarlo, está claro que este asunto tienen que resolverlo Toto y él. Recorremos las arterias parisinas a toda velocidad hasta que salimos de nuestra zona y ya no reconozco las calles. Llegamos a Pantin. ¿Qué hacemos aquí? Estamos obligados a permanecer en el distrito 19…

Toto aparca en mitad de la calle. Se baja del furgón, abre la puerta trasera y se monta con nosotros. Agarra al tipo flacucho y le tira del pelo.

—¿Qué has hecho ahora? ¿Eh?

Uno de mis compañeros me pide que salga para vigilar. Me bajo, cierro la puerta corredera y espero fuera. El vehículo se sacude y oigo gritos. Espero un momento mientras controlo a los transeúntes que pasan. La puerta se abre de nuevo y se oye la voz del policía:

—Muy bien, ¿lo entiendes ahora? ¡Venga, lárgate!

El tipo baja, encogido sobre sí mismo. Se sujeta la cabeza con las manos, parece desorientado. 

—Sí, claro… ¿La policía francesa…? —farfulla.

Lo dejamos allí, solo, a unos cuantos kilómetros del lugar donde lo hemos atrapado. Forma parte del castigo.

Solo llevo dos semanas con el uniforme de policía y ya soy cómplice de una paliza a un joven inmigrante. ¿Dónde me he metido? Vuelvo a sentarme en la parte trasera del furgón.

—¡Me ha tocado la ceja con el móvil! —nos explica Toto—. Me ha tocado al bajar en Porte de la Villette, cuando hemos registrado a aquellos dos inmigrantes. Bueno…, creo que no lo ha hecho a propósito.

—No te preocupes, los tíos como ese merecen la muerte —suelta Bisonte.

Los agentes de policía tienen la obligación de presentar un informe de cada intervención, servicio u «operación». En el software del registro policial digital (MCI),5 debe quedar constancia de cada tarea del día, por mínima que sea. Los llamamos «GS», de «gestión de sucesos».6 El servicio de hoy nunca constará en un informe. Para empezar, porque se trata de una intervención «inesperada», por iniciativa propia de mis compañeros. Y, además, porque la solidaridad entre polis dicta que lo que pasa en el furgón se queda en el furgón.

Bueno, no del todo. Esta vez no.

Capítulo 2

Lunes 4 de septiembre de 2017, 6:58.

«¿Quién te envía, sucio periodista de mierda?». Mientras conduzco mi roñoso Clio blanco lleno de envoltorios vacíos, imagino mi propio linchamiento en una de las salidas con los policías. No voy sobrado de tiempo, así que acelero en dirección a la Escuela Nacional de Policía de Saint-Malo, a unos cien kilómetros de mi ciudad natal. La vuelta al cole.

Si me pillan, voy a pasarlo muy mal. Con esos brazos enormes, los policías pueden destrozarme a puñetazos. Los más cabreados podrían incluso romperme las manos para impedir que escriba o, todavía peor, meterme una bala entre ceja y ceja y hacerlo pasar por un tiro perdido. Cuando uno tiene miedo, se pone en lo peor y pierde toda la racionalidad.

Me enciendo un cigarrillo. Me esfuerzo por recordar cómo se me ocurrió esta idea de entrar en la policía. No lo consigo. El 1 de mayo de 2016, hubo una mani en París. Todavía percibo el asqueroso sabor del gas lacrimógeno que lanzaban los CRS.7 Me invadió una sensación de ahogo que se alargó durante unos angustiosos minutos, hasta que pude volver a respirar con normalidad.

La verdad es que conservo un montón de recuerdos de las manis. Desde la multitud, observaba a los policías, que parecían una especie de Robocops indolentes, impasibles y muy erguidos, capaces de bloquear una calle entera durante medio día. No los envidiaba. Cuando era adolescente, tenía esa creencia un tanto cliché de que ellos defendían el orden establecido mientras nosotros, en el bando contrario, dábamos voz al interés común. Después crecí. Y mi hostilidad se convirtió en curiosidad.

Si buscamos información de los últimos cinco años sobre la policía de Francia en Google, nos encontraremos con un desfile de datos impactantes y controvertidos: su popularidad se puso por las nubes después del atentado contra el semanario Charlie Hebdo, pero luego cayó en picado tras los episodios violentos contra los chalecos amarillos. También nos encontraremos con la manifestación de algunos policías para denunciar sus condiciones laborales. Y la alarmante tasa de suicidios que existe entre sus filas, mucho más alta que la media francesa. ¿Víctimas o verdugos? ¿Héroes o chivos expiatorios? El misterio de sus condiciones laborales me llamó la atención. Así, un miércoles por la mañana de marzo de 2017 me decidí a hacerlo. Accedí a la web lapolicenationalerecrute.fr y me inscribí al examen de acceso de la zona oeste.

Siempre he oído a mi padre hablar de la «pasma», de los «maderos» o de los «pitufos» para nombrar a los policías. Desde que hizo el servicio militar, desprecia ese mundo de orden, autoridad y obediencia ciega.

Cuando le hablé de mi proyecto, no lo entendió. ¿Cómo podía ponerme la gorra de policía? Ya había sido difícil explicarle mi atracción por el riesgo que entraña la infiltración, una extraña necesidad de ponerme en la piel de otros para contar su experiencia. Pero esto era peor. ¡Imaginar que su hijo iba a convertirse en un poli! Le estaba pidiendo demasiado.

—¡Estás loco! —me dijo—. ¡Los militares y los policías no son más que una panda de alcohólicos y racistas!

Dejé que se enfadara mientras le miraba la cabeza. A pesar de las sesiones de quimio y del maldito cáncer que lo perseguía desde hacía cinco años, en ese momento de irritación me dio la sensación de que había recuperado algo de vitalidad. Sin embargo, seguía pareciendo muy frágil ahí sentado, frente a mí, en la mesa de madera de cerezo de la cocina.

—Y, en tu opinión, ¿cuál es la situación de los polis? ¿De qué condiciones laborales se quejan? Quiero saberlo.

No trataba de convencerlo, solo quería provocarlo.

Tiro la colilla por la ventanilla del coche. Me miro en el espejo retrovisor. ¿Doy el pego?

Para esta infiltración, apenas he cambiado mi aspecto. Solo me he obligado a una cosa, por pura superstición: a cambiar de gafas. He sustituido mis lentes redondeadas por una montura rectangular y negra. Me otorgan un aspecto algo más serio, más intelectual. Pero, sobre todo, hacen las veces de antifaz. También me he cortado el pelo muy corto, ahora tendrá un centímetro de largo. Parezco idiota, tengo la frente demasiado grande para llevar el pelo rapado. Echo de menos mis rizos castaño claro.

También he decidido no arreglarme un premolar que tenía roto. Me presentaré en la policía con un hueco visible en la dentadura, provocado por mis excesos con los dulces. Cualquiera a quien mi discurso le parezca sospechoso podrá comprobar que, obviamente, no puedo permitirme ir al dentista. Trato de preverlo todo, por exagerado que parezca. Solo son detalles, pero me inspiran seguridad y me ayudan a interpretar el personaje que he construido.

Seguiría divagando frente al volante encantado, pero me temo que ya he llegado a Saint-Malo. Conozco la ciudad. Trabajé aquí, en un anticuario, antes de convertirme en periodista. Es la zona turística por excelencia, conocida por sus murallas, su casco histórico, sus casas con entramados de madera y su pasado como ciudad de corsarios. 

Dejo el coche en un parking gratuito que hay junto a la escuela. Llevo una maleta de ruedas con unas cuantas camisetas y vaqueros y, a la espalda, una chaqueta de cuero de tipo duro. Es la impresión que quiero causar. He dejado los cuadernos en casa. Durante los primeros días, escribiré en la aplicación de notas de mi móvil. Empiezo a ponerme nervioso y me enciendo el enésimo cigarrillo del día.

El enorme edificio de piedra se encuentra tras una gran muralla y unas imponentes rejas. Al otro lado, la circulación de coches está prohibida, salvo para los vehículos oficiales. En este hostil escenario, nublado y lluvioso, aparece, a través de un pequeño acceso que hay junto al puesto de control, otro aspirante a policía. Tiene el pelo mojado y lleva una bolsa grande en la mano. Pronto serán las ocho en punto.

—Casi llegas tarde —gruñe el policía de la recepción—. Por hoy lo dejaré pasar. ¿Tu apellido?

—Gendrot.

—Gendrot… —repite mientras recorre una lista con el dedo índice—. Aquí, ADS, promoción 115, sector 1.

Capítulo 3

Tengo la sensación de haber entrado en un cuartel. Detrás de la muralla, hay una plaza de armas con una bandera de Francia y, más allá, un helipuerto con una H enorme pintada de color blanco en el suelo. Un tipo de la Unidad de Seguridad Interior (USI) me entrega mi equipo (polo, botas, cinturón, etc.) y me adentro en un edificio de cuatro plantas donde debería encontrarse mi habitación.

Segunda planta, habitación 205. En la puerta hay una lista con los nombres de los siete ocupantes. Esta planta está reservada a los hombres de la unidad. Las mujeres se alojan en el piso de abajo.

Soy el último en llegar al cuarto. Me toca la cama peor situada de todas, junto a la puerta de entrada. La habitación cuenta con cuatro camas a la izquierda y tres a la derecha, separadas por un muro de armarios. También hay unos pequeños escritorios de metal o de madera. Nuestro dormitorio podría ser perfectamente el de unos campamentos de verano. El único lujo de nuestro rústico alojamiento son las vistas. Desde los baños, se ven las gaviotas y el canal de la Mancha.

Un tipo alto y de nariz larga —Alexis— ya se ha instalado en la cama que hay junto a la mía; tiene la vista clavada en la pantalla del móvil. Se acaba de quitar los zapatos y huele mal. Otro, Clément, un rubio de dientes muy blancos, se pasea en calzoncillos de flores. Esto parece un vestuario. También está Mickaël, un tipo pequeño y musculoso. El más joven tiene veintiún años y el mayor —ese soy yo—, veintinueve.

—¡Abuelo! —me bautiza enseguida uno de mis nuevos compañeros. Sonrío.

Capítulo 4

Un hombre de cara delgada y nariz puntiaguda entra en la sala. Nos ponemos firmes.

—Sentaos —dice el tipo, con voz tranquila. Se presenta—: Soy el inspector Goupil, inspector jefe.

Será nuestro profesor teórico durante las próximas doce semanas; otras dos personas se encargarán de las clases de educación física y de tiro. El inspector jefe Goupil nos informa del programa del primer día. Haremos unas clases introductorias con él y, después, el director de la escuela nos dedicará unas palabras. 

—¿Alguien sabría decirme cuáles son las cuatro situaciones profesionales que abordaremos durante vuestra formación? ¿Nadie?

En la primera fila, una joven rechoncha levanta la mano.

—¿Atender a los ciudadanos?

—Sí, eso será lo primero que veamos. Continúa…

—Patrullar, participar en las operaciones de seguridad vial y, por último, cómo detener a un individuo.

—Gracias.

Los aspirantes a agente de policía abordan diecisiete situaciones profesionales en un año de formación. Para nosotros, los ADS —adjuntos de seguridad, también llamados auxiliares de policía—, estas situaciones se reducen a cuatro. A esto hay que sumar las sesiones de entrenamiento (boxeo, lucha en el suelo, correr y sesiones de tiro) y las clases de Derecho —código deontológico—, todo acompañado de evaluaciones escritas. También recibimos un centenar de fotocopias. 

En menos de tres meses, saldremos de la escuela con un permiso para llevar un arma automática en la vía pública. Tres meses no es demasiado, según nuestro instructor. En su opinión, esta formación exprés tendrá como resultado «una policía low cost».

Creado en 1997, el estatuto de los ADS permitía a las personas sin estudios desempeñar las funciones de un policía. Solo hay un requisito para convertirse en ADS: tener menos de treinta años.

Al principio, estos auxiliares de policía se encargaban de atender a la gente en recepción y de las ingratas tareas administrativas. A día de hoy, pueden participar en las intervenciones, como cualquier otro agente. Una vez en la calle, un ADS puede esposar, cachear e incluso participar en un interrogatorio. Sin embargo, no puede redactar actas. Este puesto de «policía low cost», formado en tres meses y, a continuación, enviado al campo de batalla, no aparece reflejado en los organigramas oficiales de la policía nacional. El uniforme de los ADS es igual que el del resto de policías, excepto por la insignia azul cobalto, con un rectángulo celeste del tamaño de un billete de metro sobre el pecho. De los 146 000 policías con los que cuenta Francia, 12 000 reciben esta formación superficial. 

Un ADS gana una media de 1340 euros netos al mes si trabaja en París y 1280 fuera de la capital. Al igual que mis compañeros de promoción, he tenido que firmar un contrato de tres años, renovable una vez. Si de pronto sintiera que esta es mi vocación, podría presentarme al examen de acceso para convertirme en agente de policía, lo que me permitiría pasar a cobrar un salario neto mensual de 1800 euros durante el primer año.

Hay varias razones que me llevaron a elegir el puesto de ADS. Para empezar, el examen de acceso parecía bastante sencillo: una prueba de lectura, de escritura y de cálculo, otra de resistencia física rudimentaria y una entrevista con tres policías y un psicólogo. La formación de tres meses —frente al año de los agentes de policía— me garantizaba un acceso rápido al trabajo. Y, además, este puesto me daba la posibilidad de renunciar sin tener que reembolsar los gastos de la escolarización.

—Para mantener la tranquilidad, es necesario llenar la calle de azul —continúa el inspector jefe Goupil.

«Llenar la calle de azul»: literalmente, inundar las calles de policías bien visibles y, en sentido figurado, de novatos. Nos convertiremos en policías florero para hacer guardia frente a edificios públicos, en zonas de tránsito o en situaciones de tensión. En la segunda fila, un joven con cara de niño bosteza.

—¡Atención! —nos sermonea el inspector jefe Goupil mientras traza una línea en la pizarra—. Dibujaré una raya por cada bostezo. ¡Al quinto, toda la unidad deberá hacer diez flexiones sobre el asfalto frío!

El inspector jefe Goupil se pasea junto a las mesas para repartir una fotocopia a cada uno. En el encabezado se lee la palabra «autobiografía».

—Quiero que me contéis vuestra historia. No saldrá de aquí. Solo es para conoceros mejor.

Cojo la hoja y comienzo a contar mi vida. No la de verdad, en la que me gradúo en la escuela de Periodismo de Burdeos, vivo seis meses en Canadá con la chica de la que estaba enamorado o me preocupo por mi padre enfermo. No, construyo una existencia maquillada con momentos reales. Escribo sobre mi pasado como empleado de un anticuario, empleo que conservaría seis años; en realidad solo trabajé allí durante cuatro veranos cuando era estudiante. Cuento la historia de la quiebra de la tienda de antigüedades. Eso también es verdad. «Ahora quiero ser policía para defender a mi país de la amenaza terrorista». Reparto algunas faltas de ortografía aquí y allá para no llamar la atención.

Goupil recoge las redacciones y nos dice, sin sonreír: 

—Puedo llegar a conoceros en veinte segundos. Si tengo alguna duda, os dejaré un par de minutos para hablar. Eso es todo.

Se me hace un nudo en el estómago.

Capítulo 5

Desde esta mañana, Alexis me ha bautizado con un nuevo apodo: Ronquidomán.

—Te has pasado toda la noche haciendo ruido —gruñe, con su larga nariz oculta en la almohada.

6:25. He dormido del tirón, solo me he despertado de madrugada por el roce áspero de la manta contra las piernas. Me ducho, me afeito, bajo a desayunar a la cantina de la escuela y regreso a la habitación para ponerme el uniforme.