Proyecto Erks - Sebastiano De Filippi - E-Book

Proyecto Erks E-Book

Sebastiano De Filippi

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Hasta el momento, el discurso tendencialmente esotérico en torno al cerro Uritorco, la ciudad de Capilla del Monte, el centro intraterreno de Erks y sus "próceres" –Ángel Cristo Acoglanis, Guillermo Alfredo Terrera y José Hipólito Trigueirinho– fue monopolizado por individuos que buscan sobre todo adoctrinar y lucrar. Quienes pretenden posicionarse como referentes en este escabroso ámbito de frontera se presentan como chamanes, guías, contactados, gurúes, canalizadores, iniciados, maestros, sacerdotes, profetas, santos, mesías o sanadores, cuando no como periodistas o escritores. A menudo en competencia, solo los une la carencia de escrúpulos. Con la difusión creciente que los medios de comunicación dan a los fenómenos aparentemente inexplicables que a partir de 1983 caracterizan a la "zona Uritorco", cada vez son más quienes entran en contacto con las otredades de estas serranías en la Córdoba argentina, buscando respuestas plausibles a planteos enigmáticos. A todos los que se acerquen al tema con mente abierta está destinado este libro, que conjuga aportes de doce profesionales universitarios desde disciplinas como la antropología, la arqueología, la historia, la sociología, la biología, la quiropraxia, la psiquiatría, la psicología, el derecho, la filosofía, la teología y el arte.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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PROYECTO ERKS

Hasta el momento, el discurso tendencialmente esotérico en torno al cerro Uritorco, la ciudad de Capilla del Monte, el centro intraterreno de Erks y sus “próceres” –Ángel Cristo Acoglanis, Guillermo Alfredo Terrera y José Hipólito Trigueirinho– fue monopolizado por individuos que buscan sobre todo adoctrinar y lucrar.

Quienes pretenden posicionarse como referentes en este escabroso ámbito de frontera se presentan como chamanes, guías, contactados, gurúes, canalizadores, iniciados, maestros, sacerdotes, profetas, santos, mesías o sanadores, cuando no como periodistas o escritores. A menudo en competencia, solo los une la carencia de escrúpulos.

Con la difusión creciente que los medios de comunicación dan a los fenómenos aparentemente inexplicables que a partir de 1983 caracterizan a la “zona Uritorco”, cada vez son más quienes entran en contacto con las otredades de estas serranías en la Córdoba argentina, buscando respuestas plausibles a planteos enigmáticos.

A todos los que se acerquen al tema con mente abierta está destinado este libro, que conjuga aportes de doce profesionales universitarios desde disciplinas como la antropología, la arqueología, la historia, la sociología, la biología, la quiropraxia, la psiquiatría, la psicología, el derecho, la filosofía, la teología y el arte.

Sebastiano De Filippi (Buenos Aires, 1977) es investigador, ensayista y docente. Cursó estudios de antropología y ciencia política en las universidades de Buenos Aires y Católica Argentina. Es diplomado (Escuela de Altos Estudios Musicales de Huelva), licenciado (Real Academia de Música de Londres) y doctorando (Universidad Católica Argentina de Buenos Aires) en Música.

Director de orquesta de trayectoria internacional, desde 2013 ejerce la dirección de la Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación, que a partir de su gestión fue galardonada como “mejor orquesta de cámara” por la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina, entidad que asimismo asignó a De Filippi su premio Estímulo.

Es caballero y oficial en el Orden al Mérito de la República Italiana, embajador del movimiento internacional Mil Milenios de Paz, socio honorario de la Asociación Argentina de Compositores y socio activo de la Asociación Argentina de Musicología. Pertenece también a la Guilda de Directores y a la Liga de Orquestas Americanas.

Es autor de un centenar de artículos y de cinco libros, editados en español, italiano e inglés. De su autoría, Editorial Biblos publicó a la fecha La Ciudad de la Llama Azul, Los Señores del Uritorco (con Fernando Soto Roland) y Notas sinfónicas.

SEBASTIANO DE FILIPPI

director

Proyecto Erks

APORTES DESDE LA ACADEMIA PARA LA ZONA URITORCO

JUAN ACEVEDO

SEBASTIÁN ARAYA

NÉSTOR BERLANDA

LEOPOLDO MARIANO BUDERACKY

SEBASTIANO DE FILIPPI

CRISTIÁN GALLASTEGUI

ALEJANDRO OTAMENDI

SEBASTIÁN PASTOR

ARIEL SARVI

FERNANDO SOTO ROLAND

FLAVIO VEGA

DIEGO RODOLFO VIEGAS

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortadaAgradecimientosPrefacio. Jeffrey J. KripalIntroducción. Sebastiano De FilippiI. Mitogénesis uritorqueana. Una mirada desde la psicología antropológica de la conciencia: metarrealidad daemónica y conciencia arquetipal. Juan AcevedoII. Del cuchillo oxidado al escalpelo etérico. Un análisis de la alta extrañeza que rodea los procesos de posesión espiritual y sanación por métodos hiperdimensionales. Sebastián ArayaIII. Los misterios de punilla. El fenómeno Uritorco y su relación con los cultos mistéricos. Néstor BerlandaIV. Bajo el cerro Uritorco. El grupo Uksim: un estudio de caso. Leopoldo Mariano BuderackyV. Sobre griales, soles rojos y bastones de mando. Los polémicos objetos de poder de Guillermo Alfredo Terrera. Sebastiano De FilippiVI. De la ficción a la ciencia. La terapia manual osteopática de Ángel Cristo Acoglanis. Cristián GallasteguiVII. El surgimiento de la zona Uritorco. Entre el esoterismo y la escenificación pública de los símbolos en Capilla del Monte. Alejandro OtamendiVIII. Vivir a la sombra del cerro. Comunidades originarias en el territorio serrano del centro de la Argentina en la larga duración histórica. Sebastián PastorIX. El Uritorco y la razón hechizada. Un viaje interpretativo hacia los imaginarios, creencias y praxis de los guías de Erks. Ariel SarviX. Un universo alternativo a la razón. Las ensoñaciones ufológicas y esotéricas en Capilla del Monte. Fernando Soto RolandXI. Erks no se vende y no se compra. Aportes desde el estudio del esoterismo y la docencia de la historia. Flavio VegaXII. Cultos ovni, contactados y santuarios extraterrestres en la Argentina. Una mirada antropológica. Diego Rodolfo ViegasLos autoresÍndice de nombresMás títulos de Editorial BiblosCréditos

Agradecimientos

El editor desea agradecer sus valiosos aportes a los autores: los licenciados Acevedo, Araya, De Filippi y Viegas, los doctores Berlanda, Gallastegui, Otamendi y Pastor, los profesores Buderacky, Sarvi, Soto Roland y Vega.

El director de la obra agradece el apoyo cotidiano de su familia, en particular de María Eugenia, Moreno Witaicón y Agustín Confite; sin su paciencia y aliento constantes un trabajo como este nunca hubiera visto la luz.

Los autores manifiestan su agradecimiento al doctor Jeffrey J. Kripal y a los entrañables parajes serranos cordobeses que inspiraron estos escritos.

Prefacio Jeffrey J. Kripal*

El cerro Uritorco es un monte en la provincia argentina de Córdoba, que se eleva unos 1.949 metros por sobre el nivel del mar, algo más de una milla para los estándares estadounidenses. Dicho sencillamente: es alto, pero no tanto. ¿Es esto una metáfora o una parábola? ¿Podemos entender realmente lo que sucede alrededor de él? ¿Podemos escalar su altura conceptual?

Esta zona montañosa se volvió centro de un vibrante grupo de comunidades, prácticas rituales, peregrinaciones guiadas y creencias metafísicas que remontan al historiador de las religiones de las Américas a algo muy parecido, si no idéntico, a lo que generalmente se conoce como movimientos New Age.

Estas corrientes culturales podrían ser mejor o más precisamente descritas como “religiones metafísicas” en el sentido en el que Catherine Albanese definió la expresión: como un colorido bricolaje de ideas, prácticas y maestros que parecen desorganizados o aleatorios, pero que de hecho se organizan como limaduras de hierro en torno a un campo magnético invisible, alrededor de la centralidad de mente (o Mente), energía, curación y correspondencias mágicas.1

Son cualquier cosa menos aleatorios. Simbolizan, indican, significan. Y tomarán casi cualquier cosa que se encuentre alrededor para señalar lo que tienen para decir o lo que está siendo dicho a ellos o por medio de ellos. Cualquiera sea el nombre que queramos asignarles, estas corrientes, pensamientos y gurúes atacan de raíz nuestros supuestos sobre lo que es real y lo que no lo es. Entiendo que “eso”, que Juan Acevedo tan deliciosamente llama “That”, es el tema más profundo de este libro. Una nueva realidad. O una realidad muy antigua.

Las montañas, por supuesto, funcionan desde siempre como potentes sitios de los sagrado o irrupciones en nuestra realidad ordinaria desde alguna otra dimensión de la realidad. Como tal, la montaña sagrada se relaciona con conceptos de trascendencia muy antiguos y universales, como el contacto entre el cielo y la tierra, la mediación entre lo que está aquí “abajo” y allí “arriba”, donde los dioses viven y desde donde descienden a nuestro mundo para interactuar con nosotros, engañarnos, aterrorizarnos, enseñarnos, guiarnos o tener sexo con nosotros.

En nuestro mundo científico ya no hay más “arriba”, por supuesto. Todo es abajo. O todo es arriba. Vivimos en una esfera rotante en el espacio exterior. Lo que algunos de estos ensayos parecen sugerir es que probablemente en la historia de las religiones jamás existió un “arriba” tan sencillamente definido.

Si vamos a tomar en serio las extrañas historias relatadas en estas páginas –y soy el primero en entender que realmente necesitamos una cautela profunda y un robusto sentido de suspicacia para ello– creo que al final tendremos que concluir que cualquier cosa que sea “eso” o “That” no juega en absoluto con las reglas de nuestro juego, es decir con los mapas cinestésicos, las capacidades sensoriales y las herramientas cognitivas que la evolución nos ha otorgado, haciéndonos lo que somos.

“Eso” parece operar completamente por fuera de nuestras reglas, mapas, capacidades y herramientas, inclusive cuando decide (esta parecería ser la palabra adecuada) irrumpir para mostrarse a estos primates en evolución, algunos de los cuales parecen ostentar dones o habilidades singulares para percibir lo que se les presenta y traducirlo en muestras míticas o de ciencia ficción, como naves espaciales, enormes toros y duendes guías.

Hubo un tiempo en el que creí que si escuchaba por un tiempo suficiente estas historias fantásticas y estas experiencias alucinantes finalmente todas ellas cobrarían un sentido coherente. Creí sinceramente que al final llegaríamos a “explicarlas”.

Ya no lo creo. Pienso, de hecho, que ese tipo de fe intelectual es especialmente ingenua y está fuera de lugar, ya que supone dos cosas que son casi seguramente falsas: que el finalmente el mundo es accesible por completo a nuestra particular capacidad sensorial (que es exactamente lo que se necesitaría si realmente pudiéramos “explicar” todo); y que nuestras actuales disciplinas y categorías de conocimiento, nuestras ciencias exactas y sociales, y nuestras humanidades son suficientes o de alguna manera completas, y que por ende nuestro actual estado de conocimiento resulta omnisciente.

Ello, por supuesto, es tonto. Pero es igualmente tonto creer que dichas formas disciplinadas de conocimiento no tienen nada que ofrecer en este campo. Tienen todo para ofrecer.

Los eruditos trabajos aquí presentados, que constituyen la primera reflexión sostenida sobre el fenómeno del Uritorco desde la academia argentina, son expresiones icónicas de lo que es posible en este campo. Son modelos de erudición técnica universitaria: concebidos cuidadosamente, profundamente investigados y copiosamente anotados al pie de página, manifiestan suspicacia cuando es apropiado y empatía cuando resulta necesario.

La mayoría de los autores se manifiesta mentalmente abierta ante fenómenos que no comprenden (pues nadie los comprende); al mismo tiempo, son profundamente críticos de los gurúes fraudulentos y de todos los que se aprovechan del desconocimiento ajeno por medio de una supuesta certidumbre, siempre lista para rellenar los espacios en blanco.

Estos ensayos pelean la buena batalla, rechazando tanto las soluciones cómodas y fáciles de quienes solo desean desacreditar, como la pasividad de los que solo pueden creer y el engaño de quienes estafan a la gente. Como la colección de textos que es –y no un libro que se limita a un tema o a un autor– esta obra practica un auténtico y bienvenido escepticismo, “verdadero” en el sentido de ser escéptico en relación a cualquier posición y a todas las posiciones, incluyendo las más materialistas y mecanicistas.

Como otra expresión de disciplina y humildad intelectuales, los ensayos están llenos de sugerencias y de neologismos que no siempre encajan en el orden actual del conocimiento, y que pueden parecer caídos de la nada, casi como los fenómenos que intentan describir. Esoterismo. Metarrealidad daemónica. Mitogénesis. Alta extrañeza. Ufología. Además, mencionadas casi al pasar en alguna biografía de los autores, aparecen esas plantas psicoactivas superinteligentes que ingresan a las redes neuronales de los primates humanos logrando los más sorprendentes efectos y revelaciones.

Tales expresiones y epifanías sugieren claramente que estamos trabajando hacia la configuración de nuevas formas de conocimiento, nuevas maneras de conocer: una nueva epistemología o episteme, para utilizar la jerga académica.

No sería la primera vez que la Argentina nos lo enseñara. Hace algunos años, el antropólogo Diego Escolar se acercó a conclusiones similares en un notable artículo sobre formas luminosas anómalas. Necesitó emplear expresiones como “relativismo ontológico” y “fronteras de la antropología” para describir sus encuentros en 1998 durante una expedición con arrieros huarpes.2

Fronteras, en efecto. Parecemos estar ya más allá de ellas. Sí, llegamos aquí con todas las herramientas de la universidad moderna: antropología, medicina, teología, biología, psicología, filosofía, arqueología e historia, por mencionar solo algunas. Todas ellas son muy necesarias pero ninguna de ellas, tomada por separado, resulta por completo adecuada.

Quizás la montaña es más alta de lo que pensábamos.

Sin embargo, estos ensayos insuflan esperanza, al tiempo que dan nuevamente testimonio de algo que siempre pensé: los relatos de fenómenos paranormales son algo global, no local. Por ende, nos permiten formas radicalmente nuevas de compararlos entre sí a través de espacios y tiempos: nos dan una base, un fundamento, los cimientos de una serie de experiencias compartidas, si bien en apariencia dispersas y locales en su forma de aparecer.

Estos fenómenos paranormales dan un poderoso testimonio en relación a nuestras conexiones, a aquello que fundamentalmente nos une, a nuestra paranormal especie compartida. Compartimos algo imposible. Somos algo imposible. Tenemos en común una base del ser que resulta tan extraña y tan significativa que parece poder hablarnos solo a través de las formas visionarias más extremas y por medio de las ideas más fantásticas. Se esfuerza para ello. Tiene muchos deseos de hablar.

Espero podamos escuchar, al tiempo que estas historias apuntan hacia nuevas teorías, nuevos conocimientos, nuevas ecologías y nuevos mundos; que podamos tener oídos para sus susurros secretos, evitando creer sus gritos en público.

Hay una diferencia esencial entre el susurro y el grito. Ambos son parte del fenómeno, de “eso”. Ahora debemos descifrar cómo reconocer la diferencia entre uno y otro, sentándonos con paciencia entre ambos. Tendremos que aprender a no aterrizar. Estos valientes autores nos muestran cómo.

* El doctor Kripal es Profesor Titular de la Cátedra “James Newton Rayzor” de Filosofía y Pensamiento Religioso en la Universidad Rice de Houston, donde se desempeña asimismo como Decano Asociado de la Facultad de Humanidades. Es autor de los libros Kali’s Child (1995), Roads of Excess, Palaces of Wisdom (2001), The Serpent’s Gift (2006), Esalen (2007), Authors of the Impossible (2010), Mutants and Mystics (2011), Secret Body (2017), The Flip (2018) y coautor –con Whitley Strieber– de Super Natural (2016). Coeditó otros cinco volúmenes y publicó numerosos artículos académicos.

1. Albanese, Catherine, A Republic of Mind and Spirit: A cultural history of American metaphysical religion, New Haven, Yale University, 2008.

2. Escolar, Diego, “Boundaries of Anthropology: Empirics and ontological relativism in a field experience with anomalous luminous entities in Argentina”, Anthropology and Humanism 1, 2012.

Introducción

Estamos ante un evento sin precedentes en relación al cúmulo de alteridades fenomenológicas que se identifica con la “zona Uritorco”, ese multiforme conjunto de hechos y dichos en torno a Ángel Acoglanis, Guillermo Terrera, José Trigueirinho, la ciudad metafísica de Erks, la materialísima ciudad de Capilla del Monte y –por supuesto– el propio cerro Uritorco de la Córdoba argentina: por primera vez un grupo de profesionales universitarios conjuga sus saberes para abordar esta variopinta otredad de manera seria, racional, fundamentada y, sobre todo, científicamente interdisciplinaria.

Así, la arqueología, la historiografía y la antropología nos aportarán datos fundamentales sobre el pasado de esta área geográfica, informaciones que han sido abundantemente tergiversadas por autores de tendencias vacuamente esotéricas o sencillamente ayunos de suficiente versación específica.

Por su parte, las ciencias etnográfica, sociológica y política nos acercarán un análisis de aquellos hechos del presente que modifican tanto la vida cotidiana como la percepción popular de localidades como Capilla del Monte.

Desde la filosofía, la teología y el derecho se plantearán reflexiones profundas, ricas de posibles proyecciones a futuro, que apuntan a identificar y estudiar los patrones mentales que acuden a configurar una realidad insólita y compleja, por momentos difícilmente aferrable y en constante desarrollo.

Nociones propias del ámbito de las disciplinas médicas –desde la clínica hasta la psiquiatría, pasando por la quiropraxia– nos permitirán abordar con conocimiento de causa el derrotero terapéutico del protagonista del reciente giro esotérico en las serranías cordobesas, el misterioso “doctor” Acoglanis.

Finalmente, ulteriores aportes de profesionales de la psicología, la informática y el arte completarán el panorama de esta obra, filtrando a través de sus conocimientos específicos y de sus formas mentales los curiosos discursos sobre la mítica Erks.

De alguna manera, este es un libro dual: los eruditos universitarios podrán tomarlo como un acercamiento exploratorio al ámbito temático y rastrear las fuentes bibliográficas citadas para profundizar en sus respectivos campos académicos; pero el lector casual podrá acceder sin inconveniente a lo medular de los textos, acaso omitiendo la lectura de las notas al pie de página.

Por lo demás, es bueno aclarar que esta obra no busca narrar de forma cronológica o analizar de manera orgánica los hechos que se produjeron en torno al cerro Uritorco a partir de 1983. Quienes estén interesados en una exposición completa de esta historia –de la que es protagonista Ángel Cristo Acoglanis– pueden remitirse a La Ciudad de la Llama Azul, libro escrito por el director de este trabajo, que relata todo ello pormenorizadamente. Asimismo, quienes deseen ahondar en la intervención de Guillermo Alfredo Terrera –y, en menor medida, de José Hipólito Trigueirinho– en esta saga podrán acudir a Los Señores del Uritorco, obra producida en coautoría con Fernando Soto Roland.

Aquí, por el contrario, el lector encontrará doce abordajes a otros tantos aspectos de este auténtico mundo paralelo que crece a la sombra del Uritorco, precisamente a partir de los hechos narrados en esos libros. Son abordajes que enriquecen y completan las obras mencionadas –sin necesariamente concordar con sus conclusiones– y pueden ser apreciados sin necesidad de otras lecturas.

El licenciado Juan Acevedo abre el juego proponiendo un acercamiento desde la psicología a la mitogénesis del Uritorco, con referencias a la Teoría del Aquello, una construcción de interesantes potencialidades explicativas de la que es coautor y que supo aplicar con provecho en el campo de la ufología. A continuación, el licenciado Sebastián Araya conjuga la férrea lógica que deviene de su formación técnico-científica con toda la apertura mental necesaria para analizar un auténtico tema de frontera: la interacción de eventuales fenómenos de posesión espiritual con los de sanación aparentemente milagrosa.

El doctor Néstor Berlanda enlaza la profesión de psiquiatra con su experiencia de investigador en el campo de lo alternativo para relacionar la recepción de la fenomenología que nos interesa con la construcción y práctica de cultos mistéricos. El profesor Leopoldo Mariano Buderacky –antropólogo, politólogo, arqueólogo y teólogo– hace foco sobre el funcionamiento del grupo Uksim, acaso la principal comunidad mística establecida a los pies del Uritorco.

El licenciado Sebastiano De Filippi aporta algunas reflexiones y revelaciones sobre la existencia, origen y entidad reales de tres objetos a la vez artísticos y arqueológicos –acaso tan emblemáticos como mitológicos– que Terrera relacionaba con el mito de la Ciudad de la Llama Azul. El doctor Cristián Gallastegui, médico formado por Ángel Acoglanis en la praxis osteopática propia de este último, relata con conocimiento de primera mano en qué consiste dicho método y cómo se los transmitió el propio Acoglanis.

El doctor Alejandro Otamendi enfoca desde la antropología un tema medular: cómo la construcción de narrativas populares de temática esotérica configuró –desde el propio gobierno municipal– un nuevo tipo de turismo en Capilla del Monte. El doctor Sebastián Pastor, auténtico referente de la arqueología en la provincia de Córdoba, nos ubica con todo detalle en tiempo y espacio a través de su trabajo sobre el poblamiento de las serranías cordobesas por parte de los pueblos originarios, desterrando reiterados embustes al respecto.

El profesor Ariel Sarvi, desde su especialidad en filosofía de las religiones, lanza una mirada sobre los imaginarios, las creencias y las praxis que un puñado de inefables “guías de Erks” ha instalado en la zona adyacente a Capilla del Monte. El profesor Fernando Soto Roland combina un acercamiento historiográfico y un abordaje sociológico para brindar un pantallazo del desarrollo de las mentalidades a la sombra del cerro cordobés.

El profesor Flavio Vega reflexiona desde el campo de la historia sobre algunas de las cuestiones medulares que fueron construyendo, por estratos, el conjunto de endebles esoterismos que hoy caracteriza a Capilla del Monte. El licenciado Diego Rodolfo Viegas, en su condición de abogado y antropólogo con frecuentación de la investigación ufológica, propone una panorámica de los cultos ovni en la Argentina, con sus peculiares contactados y santuarios.

Los textos reunidos en la obra presentan distintos grados y distintos tipos de cientificidad, según el área temática tratada, la metodología de abordaje de la misma y el estado del arte de la disciplina a través de la cual se la enfoca. Adicionalmente, la búsqueda de interdisciplinariedad permite distintos rangos de formalismo académico en la redacción –con algunos textos más cercanos al paper universitario y otros al ensayo de divulgación científica–, toda vez que un psicólogo podrá discurrir también sobre antropología, un filósofo sobre religión y un historiador sobre sociología, por citar solo algunos ejemplos posibles.

Finalmente, los marcos teóricos de cada autor resultan a veces divergentes –cuando no diametralmente opuestos– entre sí: algunos no consideran (o niegan) la existencia real de lo que podríamos llamar “sucesos forteanos”, mientras otros están abiertos a su presencia o la dan por sentada. Algunos se declaran abiertamente hijos de la Ilustración europea, otros enarbolan las banderas del indianismo ancestral americanista; algunos comulgan con visiones de raigambre marxista y otros tributan al pensamiento liberal; algunos comulgan con disciplinas espirituales y otros se declaran totalmente materialistas.

En todos los casos el director del libro no solo respetó sino valoró la multiplicidad de miradas, que termina configurando una obra diversificada cuya unidad reside en el cordón dorado de un absoluto compromiso ético con la reflexión racional sobre las realidades estudiadas. El resultado, creemos, es un reflector que por primera vez ilumina de manera directa un objeto de estudio al que la ciencia oficial hará bien en atender a partir de ahora.

Esta operación resulta necesaria, dado que a la fecha el ámbito en estudio navega bajo la égida de conductores radiales y empleados bancarios, empresarios hoteleros y gastronómicos, emprendedores turísticos y comerciales, letrados y fotógrafos jubilados, cultivadores y artesanos, taxistas y baqueanos, pintores de brocha gorda y monotributistas desocupados, que ofician de expertos investigadores, cuando no directamente de contactados, chamanes, gurúes, canalizadores, iniciados, santones, maestros, sacerdotes, profetas, mesías, sanadores, guías, adivinos y facilitadores.

Estos operadores intentan subvertir la manera en la que tiende a funcionar el ascenso social; este último se da –al menos en teoría– a través del desarrollo de una capacidad y la demostración de algún mérito: generalmente adquirir un grado académico, profesar una actividad docente o ser reconocido como parte de cierta intelligentsia requiere tiempo, esfuerzo y estudio para acopiar conocimientos, desarrollar esquemas superadores y realizar aportes concretos a la sociedad. En esta suerte de realidad paralela, por el contrario, se ejercita un “ascenso social” súbito y autoadjudicado, concretando en un santiamén el precepto bíblico “los últimos serán los primeros”: así, una persona rústica, apenas escolarizada y a menudo de escasas luces se erige como profesor, maestro o guía, pasando así de la noche a la mañana de integrar la base de la pirámide social a ubicarse en su pináculo (cuando no más arriba aún).

Estos auténticos doctores rerum nullarum no se sonrojan al parir publicaciones autoeditadas en las que los contenidos más incoherentes son expresados por medio de un español igualmente escandaloso. Ante esta profusa Lumpenliteratur producida por ellos –o por ellos avalada y difundida, cuando no creen necesario hacer el esfuerzo de ejercitar la escritura– el lector crítico espera textos que ofrezcan algún grado de atendibilidad.

Dicho esto, tras presentar los doce escritos de profesionales universitarios con trayectoria en investigación, docencia y divulgación en nuestra publicación de índole tendencialmente académica ¿acaso creemos que se zanjan disputas, se establecen verdades objetivas, se alcanzan conclusiones definitivas o se dice la última palabra sobre el tema? Por supuesto que no.

Es positivo y hasta necesario que toda persona con conocimientos y reflexiones para aportar sobre estos temas lo haga con total libertad, al margen de cual pudiera ser su oficio o calificación profesional, mientras lo mueva la buena fe y una cuota de responsabilidad. No se olvide jamás que debemos el descubrimiento de Troya al empresario bancario Heinrich Schliemann, el desenterramiento de Abu Simbel al artista circense Giovanni Belzoni y los primeros estudios sobre los comechingones al ingeniero militar Aníbal Montes.

Con todo, en un ámbito merecedor de estudio serio –y bastardeado por crédulos ingenuos y pícaros timadores– una obra como la presente, surgida de la elaboración intelectual y el análisis científico, abre una puerta interesante. Esperamos que otros investigadores universitarios ingresen por ella para desarrollar el resultado de nuestros esfuerzos o refutarlos. Después de todo, precisamente para ello está la universidad: para ofrecer alguna referencia conceptual confiable a la sociedad que la sustenta.

El pensamiento crítico desembarca en Erks. Ya nada será como antes.

I Mitogénesis uritorqueanaUna mirada desde la psicología antropológica de la conciencia: metarrealidad daemónica y conciencia arquetipalJuan Acevedo

Hic sunt dracones1 es la advertencia que parece que leyéramos al sumergirnos en el territorio “imaginal” de la zona Uritorco. En esta línea, comentaremos aquí tres momentos en los cuales el autor pudo comprobar personalmente cómo las fuerzas mitogénicas primordiales parecen operar en esta geografía serrana de Córdoba.

El mito, en su génesis, se presenta a nuestros ojos acorde a nuestra propia carga de material preexistente y varía de persona a persona o de grupo en grupo, asumiendo formas por completo diferentes y sorprendentes. En estas tres oportunidades el firmante tuvo el privilegio de estar acompañado, con lo cual quedará claro que entrar en una vivencia y en un territorio imaginales2 puede ser algo concreto, mensurable.

Vale aclarar que en ninguna de estas oportunidades ni mis acompañantes ni yo estábamos bajo los efectos de sustancia alguna, ni expuestos a circunstancias que pudiesen generar visiones o alucinaciones.

Perdidos en el espacio imaginal

En una de nuestras visitas al cerro Uritorco, en el año 1988, lo ascendimos junto a Raúl Porcel y Carlos Barroso, compañeros de estudio de la Universidad Nacional de Rosario. En esa oportunidad elegimos quedarnos en la parte alta conocida como Valle de los Espíritus, ubicada en la cara este del cerro, en un camino que lleva a los puestos de Huertas Malas. Estábamos junto a una tranquera de palos, en una pequeña pirca: definitivamente era un límite.3

El camino sobre el que estábamos tenía hacia un lado el macizo rocoso que ascendía abrupto hacia la cima y hacia el otro una caída franca de varios metros. Pasamos allí un par de días lluviosos, solo con la protección de un nylon.

Una tarde, habiendo parado la lluvia, salimos a caminar. Desde donde estábamos hasta un lugar que llamábamos “la pampilla” había unos cien metros lineales. Es el punto desde donde se puede ver hacia los lados oeste y este del cerro, donde siempre sopla viento de uno u otro lado. Desde allí descendimos hasta el pequeño valle, donde no había nadie acampando. En ese recorrido no vimos nada en particular.

Al atardecer nos dimos cuenta de que en “la pampilla” había alguien, lo que nos pareció extraño ya que deberíamos haberlo visto subir: no había otro lugar por donde hacerlo. Nos dedicamos a observarlo desde lejos; lo veíamos acomodar piedras y sacar algunas cosas de una mochila. Mientras tanto se acercaba el anochecer, otro límite. Hacía frío y la única manera de llegar a nuestro refugio era pasando precisamente por donde estaba esa persona. Así lo hicimos.

Cuando llegamos hasta donde estaba lo saludamos y nos invitó a sentarnos en una improvisada mesa con cuatro asientos formados por una piedra central más grande y cuatro más pequeñas que hacían de asientos. En la mesa había un pan cortado, con cuatro rodajas. Nos convidó una a cada uno y nos dijo que nos estaba esperando: unas noches atrás había recibido un mensaje telepático que le decía que ese día se encontraría con tres seres cósmicos y que a la noche tendría la confirmación del contacto con un importante avistamiento de una nave de otro mundo. Por esto había preparado todo para encontrarnos y recibirnos. Además, le habían pedido que compartiera pan con nosotros.

Se trataba de un muchacho más joven que nosotros, transitando su segunda década de vida, bien vestido, con campera de jean y una mochila pequeña. No tenía carpa ni nada para pasar la noche, que sería muy fría dadas las condiciones climáticas: estaba muy nublado y posiblemente iba a llover de nuevo. Como mínimo, parecía alguien muy poco preparado.

Si bien nosotros estábamos vestidos normalmente, dadas las circunstancias en que habíamos aparecido –justo en el momento en el que su “guion” decía que apareceríamos casi de la nada– él estaba seguro de que no éramos lo que parecíamos ser. Tratamos de explicarle que estábamos acampando a muy poca distancia y que si nos acompañaba podíamos demostrarle lo que decíamos, además de abrigarnos, ya que la noche estaba cayendo.

Le preguntamos por donde había subido y a qué hora. Personalmente suponía que estaba allí desde temprano, si bien nosotros recién lo vimos por la tarde. Nos dijo que había subido por el camino y que había sentido que debía dirigirse a ese preciso lugar, donde se puso a trabajar en la improvisada mesa para tres invitados. En conclusión, debió haber pasado muy cerca nuestro al subir y tendríamos que haberlo visto, aunque definitivamente eso no sucedió.

En ese lugar la noche cae de repente, de un minuto para otro. Por esto nunca salíamos sin linternas a pilas o una caja de fósforos. Encendimos las linternas y nos encaminamos los cuatro hacia el campamento. Caminamos más de diez minutos, pero ni nuestro nylon ni la tranquera ni la pirca aparecían. Continuamos otro largo trecho, notando que el camino ascendía francamente, aunque sabíamos que luego de la tranquera el mismo descendía hacia Huertas Malas. Confundido, imaginé que estábamos en otro camino que posiblemente no conocía. Decidí que debíamos regresar por el mismo lugar para retomar el derrotero desde el principio.

Volvimos al punto de partida y luego de un largo rato pudimos encontrar nuevamente la “pampilla” y la mesa con sus cuatro piedras. La temperatura había empezado a descender. Propuse mantenernos en movimiento y retomar el camino “correcto”, aunque siempre supe que había un solo camino posible. Volvimos a andar, solo que el camino ascendía y la vegetación estaba del lado de la pared de piedra, verde y alta, movida por el viento. Pregunté a Raúl qué le parecía y su respuesta fue categórica: “No estábamos pegados a la pared del cerro”. Decidimos regresar nuevamente. No había dudas, algo raro ocurría.4

En un último intento, decidimos con Raúl seguir adelante para ver hasta dónde nos conducía este “otro camino”. Él estaba seguro de que nos llevaba a la cima, lo cual era completamente imposible. Habíamos ascendido una gran cantidad de metros en medio de un pastizal que nos pasaba las rodillas y que en ese momento estaba a ambos lados de donde caminábamos. Parecía un camino desconocido, mucho más a la izquierda del que deberíamos haber tomado.

Por fin, de repente creí ver la pirca, aunque no la tranquera. Delante de nosotros había una pared lítica; a medida que nos acercábamos resultó no ser una pirca sino una habitación construida en piedra, con ventanas y puerta, típica de los puestos, o al menos así pareció a primera vista. La construcción, de quizá un poco más de un metro y medio de altura, estaba derrumbada hacia adentro. En ese momento íbamos caminando en dirección norte, así que hacia nuestra izquierda debía estar la pared rocosa de la cima. Recorrimos el lugar, entramos y salimos, y pensé que sería un buen refugio para pasar la noche, aunque a ninguno de mis compañeros le resultaba agradable la idea.

Estuvimos un poco más de media hora en ese lugar, pensando qué pasos seguir. De repente, a la izquierda y por encima de nosotros comenzó a brillar una luz intensa. Podía ser dos cosas: una linterna o una estrella saliendo en el firmamento. Justo en aquel momento las tres linternas que teníamos empezaron a fallar al unísono. Nuestro compañero estaba seguro de que aquella luz era la nave anunciada, aunque nosotros preferíamos pensar en alguien con una luminaria eléctrica que nos ayudara a salir hacia algún lugar conocido. Le preguntamos si quería que lo acompañásemos a ver de qué se trataba, pero nada quiso saber al respecto, por lo que Raúl y yo decidimos subir al encuentro de la luz. Nuestro compañero y Carlos se quedaron en la estructura.

Subimos sin demasiado esfuerzo, lo que era bastante raro si es que aquello era la cima. Poco a poco pudimos ver el cielo de lo que era la parte oeste, de modo que efectivamente estábamos no solo subiendo sino también llegando a un lugar abierto y alto. De pronto la luz desapareció de la misma forma en que había aparecido. Llegamos a la cima, no podía ser otra cosa. Ya no había pastos, solo roca, y podíamos ver en todas las direcciones. El cielo era extraño: no encontraba ninguna de las constelaciones conocidas. Desde el lado norte del horizonte se avecinaba una gran tormenta, con relámpagos y truenos. A nuestro alrededor sonaba algo semejante a unas chicharras que parecían volar cerca.

Raúl me abrazó y me preguntó qué estaba viendo. En medio de la negrura de la noche había a nuestro alrededor otras montañas muy altas y ambos sabíamos bien que desde la cima del Uritorco no se ve nada parecido. Así llegamos a la conclusión de que estábamos indefectiblemente en “otro lado”.

Rodilla en tierra e intentando hacer funcionar nuevamente las linternas, decidimos que lo más sensato era retroceder e intentar nuevamente llegar a la “pampilla”, aunque temíamos descender y ya no encontrar ni a Carlos ni a nuestro joven acompañante. Finalmente pudimos bajar, ya que el terreno descendía de forma leve. Mediante silbidos encontramos a nuestros compañeros, lo que fue un alivio.

De repente las linternas volvieron a la vida.5 En ese momento me prometí volver de día a esa estructura que tenía algo de arqueológico, de originario. Retomamos el camino en sentido contrario y esta vez tardamos mucho más, pero finalmente llegamos a un lugar conocido, si bien estaba mucho más allá de la “pampilla”. Era una zanja que me resultaba muy conocida; decidimos pasar allí lo que faltaba de la noche. Nos amontonamos por el frío, mientras la tormenta se acercaba.

De pronto escuchamos que alguien gritaba: eran dos mujeres y un hombre que se acercaban. Nos contaron que estaban perdidos, las mujeres estaban al borde de un ataque de histeria e insistían que hacía horas que intentaban bajar sin éxito. Les señalamos el camino de descenso. Si bien lo tomaron, al rato volvieron a aparecer por el mismo lado, declarando que no habían dejado de bajar, lo cual era –desde ya– materialmente imposible.

Dadas las circunstancias, decidí acompañarlos hasta pasando el valle, a Ojo de Agua; les pedí que no mirasen hacia atrás y que descendieran lo más rápido que pudiesen, pues ya teníamos la tormenta encima. Luego de ese tramo regresé a donde estaban mis compañeros. El frío que el viento de la tormenta producía era terrible: nuestros cuerpos empezaron a temblar sin posibilidad de controlarlos, ya al borde de la hipotermia. En ese momento Carlos tuvo una muy buena idea, la de golpearnos las espaldas unos a otros y darnos bofetadas. Pensamos en ese momento que dormirnos equivalía a morir.

La tormenta pasó rauda sobre nuestras cabezas, bramando sin siquiera llover. Estábamos abrazados cuando, de un momento a otro, con la misma rapidez con la que había caído la noche, un rayo de sol nos anunció la llegada del día.

Nuestro compañero decidió bajar sin más, convencido de que el contacto se había concretado. Allí nos despedimos y él fue a buscar su mochila, que no estaba a más de cincuenta metros de donde estábamos. Lo saludamos, ya a la distancia, y volvimos a la mesa. Miramos atentamente a nuestro alrededor y no vimos que hubiese otro camino: solo había uno, con la pared de piedra a un lado y la caída al otro.

Emprendimos el regreso y en menos de diez minutos llegamos al lugar del nylon, la pirca y la tranquera de palos. Carlos no aguantó más la situación, decidió regresar a su casa en ese preciso momento y optamos por acompañarlo. A poco de empezar a caminar, en una vuelta del camino de descenso, un rayo cayó muy cerca de él. Creímos que había pasado lo peor, pero no fue así. Carlos empezó a correr por el camino y no se detuvo hasta llegar a la base del cerro. Raúl y yo regresamos caminando, sumidos en un profundo silencio.

El tiempo pasó. Volvimos a subir por allí gran cantidad de veces, pero nunca encontramos la estructura de piedra.

Cuando el minotauro abandonó el laberinto

Un año después, coincidimos en la base del Uritorco varios de los grupos que solíamos visitar el cerro con regularidad. Éramos un variopinto conjunto de personas, con intereses diversos. Estaban los practicantes de artes marciales, los Caballeros Americanos del Fuego (cafh),6 los seguidores de formas de gnosticismo y guerreros de las cohortes del nagual Carlos Castaneda (quien también habría visitado el lugar en su supuesta última visita a la Argentina).

Nos llevábamos bien y disfrutábamos estando juntos. Esa tarde decidimos que por la noche haríamos un asado. Entre los personajes más especiales y entrañables había una pareja a la que llamábamos “los condes de la sal”, porque él decía ser de familia aristocrática europea; solían andar siempre con el hijo de ella. Los tres habían recorrido juntos varios lugares. Lo cierto es que un par de días atrás el “conde” y el hijo de su compañera, de unos nueve años de edad, habían partido solos hacia un sitio escabroso y de acceso nada sencillo. El lugar era Huertas Malas y, en particular, la “casa del ermitaño”.

Se trata de un cañadón de paredones muy altos, con una construcción de piedra en la pared del cerro, a unos cuarenta metros de la margen del río Huertas. Sobre este lugar se contaban muchas historias, entre ellas una que relataba que por allí vivió un viejo ermitaño que había plantado gran cantidad de árboles y plantas, principalmente frutales.

En esa oportunidad lo preocupante para Emma Luna –que era como una madre para todos los jóvenes que allí nos reuníamos– era que el conde y el niño debían haber llegado el día anterior a la noche. La compañera de él estaba preocupada y con suficientes motivos. El camino de ida y de regreso presentaba varios lugares complejos y peligrosos, sobre todo para un niño. Finalmente me pidió ir a buscarlos, lo que significó despedirme del asado.

Pregunté a Raúl Porcel si quería acompañarme, a lo que accedió. Era una caminata de unas cuatro horas, por lo que teníamos que prepararnos para regresar de noche; podíamos estar de vuelta apenas pasada la medianoche. Emma nos preparó una vianda típica para una salida rápida. Juntamos lo necesario, incluyendo las cuerdas, y arrancamos a caminar con rapidez.

Pasamos por el balneario del “gitano”, luego por los parajes que por aquella época pocos conocían por fuera de los baqueanos –como la junta del río Huertas y el Alazanes– y encaramos la quebrada del Toro, el camino por donde se llegaba a la “casa de plata”. Luego anduvimos por el sendero (que ascendía primero y descendía abruptamente después) que llevaba hacia la cascada de las golondrinas y a Huertas Malas. Estando casi a medio camino los encontramos. Venían de regreso: el niño por delante y el conde un poco retrasado.

Lo primero de lo que nos percatamos fue que el niño pasó a nuestro lado como si no nos hubiera visto, lo cual nos llamó mucho la atención. Al mirar atentamente vimos cómo el conde trastabillaba y caía al suelo. Corrimos a ayudarlo: algo le pasaba, le costaba hablar y parecía estar muy débil. Entre los dos lo tomamos por los hombros y decidimos emprender el regreso.

Al preguntarle qué les había pasado, comenzó a balbucear cosas ininteligibles, aunque insistía en que algo los perseguía. Parecía estar realmente muy asustado. Pensé que podían haber pasado varias cosas: una intoxicación, la ingesta de sustancias o la picadura de un reptil. Descarté rápidamente las dos primeras opciones y le pregunté insistentemente si lo había mordido una víbora. Le revisamos las piernas y los brazos pero no encontramos nada extraño.

Bajamos trabajosamente hasta el cruce de los ríos y un poco más adelante, en una olla de agua muy grande que debe cruzarse por las rocas de su margen pegada al cerro, decidimos descansar un momento. El niño continuaba sin decir palabra y con la mirada fija. Le preguntamos si estaba bien, si sabía qué les había pasado, pero repitió lo mismo que el conde: que algo los perseguía.

Aprovechamos el descanso para tirar un poco de agua fresca al conde y ver si así reaccionaba. Pareció surtir efecto y poco después nos contó que habían pasado una noche horrible. Habían salido a la mañana con la impresión de que algo los seguía; él se iba sintiendo con menos fuerzas a cada momento y muy descompuesto. Le consultamos por lo que había comido y por el agua que había bebido, pero afirmó que había comido el Nestum7 de siempre y tomado solo el agua que habían llevado en botellas de plástico. Fuese lo que fuese, ambos parecían no estar en sus cabales.

De repente empezó a anochecer. Me acerqué al conde para ayudarlo a pasar por una parte del camino en la que había muchas piedras cuando de pronto, a mis espaldas, un fuerte sonido me llamó la atención. Algo se movió entre las piedras con pasos pesados y una de las ramas de los altos árboles que estaban pegados al camino cayó al suelo con estruendo. Cuando giré lentamente para ver qué era lo que había detrás mío, lo primero que vi fueron dos pezuñas descomunales que se afirmaban entre las piedras, como haciendo equilibrio.

Subí lentamente la mirada: frente a mis ojos había una especie de toro parado en dos patas. Tenía una cabeza y unos cuernos enormes, que eran los que golpeaban contra las ramas. Las dos patas delanteras colgaban hacia adelante en una pose extraña. La figura en su conjunto era majestuosa pero aberrante. Logré ver los ojos de “eso”, que estaban mirando hacia abajo, mientras resoplaba por sus enormes belfos. El miedo se apoderó de mí.

A estas alturas, el conde estaba prácticamente desmayado; lo cargué entonces. El niño comenzó a gritar, así que pedí a Raúl que se pusiera atrás de todos. El pequeño iba primero, luego lo seguía yo con el conde a cuestas y Raúl cerrando la fila. Salimos casi corriendo del lugar. Llegamos finalmente con Emma, dejando al conde y al chico a su cuidado. Nos agradecieron y preguntaron si estábamos bien, a lo que respondí que sí.

De allí cruzamos el puente colgante con Raúl en dirección a la fogata donde ya estaba todo preparado todo para la esperada cena. Nos sentamos frente al fuego sin decir palabra y así estuvimos un largo rato. De repente tuve ganas de orinar, así que me fui hacia la costa del río. En un momento me di cuenta de que Raúl me había seguido entre los árboles. Me percaté entonces de lo nervioso que estaba y a él le pasaba lo mismo: nos temblaba el cuerpo. En verdad, yo seguía muerto de miedo, no podía quitarme de la cabeza la imagen de lo que había visto.

Fue en ese instante cuando sentí una serie de golpes fuertes, en la cabeza primero, luego en la cara y en el resto del cuerpo. Traté de recuperarme pero no lo conseguí. En un momento me encontré en el piso y recién fue allí cuando me di cuenta de que quien me estaba golpeando era Raúl, que no paraba de insultarme. Cuando se calmó solo atiné a preguntarle si al ponerse detrás del conde había visto o percibido algo. Con voz temblorosa todavía, me gritó: “¡¿Percibir?! ¡No fue lo que percibí, fue lo que vi!”.

Temeroso de la respuesta le pregunté, casi por lo bajo, qué había visto. La respuesta de Raúl me dejó inmóvil; en realidad nos dejó atónitos a ambos, tanto que nos quedamos quietos, mirando en todas direcciones. Ese miedo nos duró mucho tiempo. Incluso nos costó mucho poder volver a pasar por aquel lugar. La respuesta de Raúl fue concreta, sencilla, contundente: había visto un toro enorme y negro parado en dos patas.

El duende o el guía de lo imposible

Corría el año 1990. Una mañana salimos a caminar junto a Oscar Alemanno y Andrea Campos, ambos psicólogos, con intención de recorrer la parte posterior o cara oeste del paraje conocido como El Zapato y tratar de llegar hasta Los Mogotes. Antes de emprender la caminata, Arnoldo Campos, puestero local, nos llamó para advertirnos que en esa zona mucha gente solía perderse. Nos pidió que tuviésemos cuidado y, sobre todo, que por ninguna razón siguiéramos a “un chivo de color negro”.

Es bueno recordar que en aquellos años aún no se estaba construyendo el dique El Cajón, por lo que en esa parte se encontraban registros arqueológicos importantes, que luego fueron tapados por las aguas. Primero recorrimos esa zona y después nos encaminamos hacia unas extrañas formaciones geológicas.

Decidimos almorzar en aquel lugar, aprovechamos la sombra de esas extrañas formaciones. Estábamos sobre una enorme piedra que descendía hasta el arroyo. A lo lejos, justo por encima de los paredones de Los Mogotes, había una roca que me atrajo desde siempre. Era casi esférica, enorme y estaba sola en la altura. Sabía desde hacía tiempo que en el mundo de los pueblos originarios8 ese tipo de formas no era para nada casual. Debía llegar hasta ella de alguna manera y sería esa tarde.

Mientras guardábamos los restos del frugal almuerzo, charlábamos sobre qué ruta podíamos seguir para llegar a la altura y, de ser posible, encontrar una piedra con muchos morteros sobre la que nos habían informado y que estaba precisamente en esa zona. Entonces, a unos diez metros de donde nos encontrábamos, sobre la orilla del arroyo, apareció un niño. Era moreno, de entre siete y diez años. Llevaba el torso desnudo, tenía pelo y ojos negros, una sonrisa brillante, y llevaba pantalones cortos. Iba descalzo.

Ya casi estábamos saliendo cuando se me ocurrió que podíamos preguntar al muchachito si conocía la ubicación de la piedra de los morteros. Retomamos el andar con dirección norte, tras los pasos del niño, que para ese momento ya no estaba a la vista. Pensé que había echado a correr luego de vernos. Sus huellas seguían por la orilla del arroyo y cruzaban de un lado al otro el río Dolores. A lo lejos escuchamos un silbido: en una oquedad de la roca estaba el niño.

Nuevamente nos encontramos casi frente a él, a no más de diez metros. Mientras yo lo saludaba con la mano en alto, él dio un salto hacia la parte de atrás de donde se encontraba, con la agilidad propia de un chico. Me extrañó que nos esperase para luego volver a salir corriendo. Andrea, que era muy observadora, se reía y me preguntaba en qué momento lo había visto correr. Era una muy buena pregunta. Justo por donde había desaparecido, se ubicaba un estrecho pasadizo en la roca que ascendía. No sin dificultad, ayudándonos unos a otros, ascendimos finalmente hacia una parte que debía estar a unos diez metros por encima del arroyo. Miramos en todas las direcciones, pero no teníamos mucha idea hacia dónde podía haberse dirigido el niño.

Caminamos un rato, alejándonos de la zona de El Zapato y del arroyo cuando, a lo lejos, Oscar divisó nuevamente al muchachito, que estaba encaramado en unas rocas altas, muy por delante de nosotros. Hacia allí nos dirigimos, mientras que Andrea y Oscar se percataban de que algo extraño estaba ocurriendo. Oscar, el más escéptico de los tres, miraba con ojos curiosos. Al acercarnos nos dimos cuenta de que el niño hacía una serie de extraños movimientos en la cresta de la roca en la que se encontraba subido. Realmente me costaría mucho tratar de describirlos, aunque lo más parecido sería una mezcla de posturas de yoga, calistenia y acrobacia.

Llegamos cerca de la roca y esta vez Andrea tomó la delantera. Recuerdo que algo dijo al niño, pero este solo le dirigió un silbido agudo al tiempo que realizó otra ronda de movimientos y sencillamente se dejó caer hacia la parte que no veíamos. Tiramos las mochilas y corrimos alarmados: la caída era de más de cinco metros, escabrosa. Miramos minuciosamente alrededor, pero el niño no estaba por ningún lado.

Por una parte supusimos lo peor: se había caído, aunque no había habido ningún ruido luego de la caída y ningún cuerpo a la vista. Al rato, Oscar descubrió que justo a su izquierda había un camino de descenso. Nosotros tardamos un buen rato en descender, dado lo accidentado del lugar. No había forma ni de que el niño hubiese corrido por ese abrupto camino sin que lo hubiésemos visto, ni que se hubiese caído sin que lo hubiéramos escuchado o visto. Buscamos por todas partes pero no encontramos nada. Finalmente Oscar admitió que algo anormal había ocurrido.

Al cargar nuestras mochilas nos percatamos de que no teníamos idea de dónde estábamos. Todavía teníamos bastantes horas de luz, así que decidimos continuar. Frente a nosotros, a una distancia considerable, se levantaba una especie de peñón de unos quince metros de altura en dirección oeste, que parecía descender hacia el este. De repente, escuchamos los agudos silbidos.9 Era nuevamente el niño: esta vez estaba en una oquedad a mitad de altura en la cara sur del peñón, mirándonos y esperándonos. A mi criterio no había manera de descender hasta donde se encontraba el niño sin un equipo de sogas y rápel.

Nos quedamos largo rato haciéndole señas y pidiéndole a gritos que descendiera, pero él solo respondía con los silbidos y algún gesto con sus brazos y manos. Luego de pensarlo un rato, se me ocurrió que Oscar y yo podíamos subir por la cara este, mientras Andrea se quedaba allí. Efectivamente recorrimos la parte oeste del peñón, pero no existía forma de bajar salvo haciendo rápel o con un parapente.

Nos dividimos en la parte donde el peñón ascendía y recorrimos la distancia hasta el borde. De hecho, no había forma de que el chico hubiese ido a otro lado que no fuese hacia ese preciso lugar, aunque ya no escuchábamos sus silbidos. Buscamos por todas partes y pedimos a Andrea que nos informase si todavía el niño estaba en la oquedad, a lo que nos gritó que no, que debía haber subido. Pero no lo había hecho.

Finalmente empezó a caer la tarde. Andrea se nos unió. El pequeño había desaparecido, de la misma manera en la que había aparecido. Estaba claro que o corría a una velocidad increíble, descalzo y entre las piedras, o se desplazaba de otra manera que no queríamos imaginar, dado que el niño aparecía y desaparecía a su antojo. Estábamos muy consternados. De pronto, casi sin darme cuenta, miré hacia el lado norte; a no más de cien metros de recorrido franco estaba la piedra “bola”. Sin saber cómo, aquel niño nos había guiado exactamente hacia donde queríamos ir.

En pocos minutos llegamos al lugar que tanto quería conocer. Allí encontramos cosas que entiendo podrían responder a la presencia prehispánica de antiguos pobladores: esencialmente, acomodamientos particulares de piedra, sobre todo una muy grande y rectangular sobre la que se encontraba el cráneo de un chivo, que aún conservo.

Nos abrazamos, muy emocionados, en aquella altura tan buscada. Comimos algo de lo que teníamos y, en silencio, agradecimos a nuestro misterioso guía. Recorriendo el camino de regreso, Oscar nos manifestaba que el niño parecía absolutamente humano, pero que lo que hacía no lo era.

El puestero Campos nos esperó hasta tarde esa noche para preguntarnos qué había pasado. Yo no entendía cómo sabía que algo especial nos había sucedido. Luego de que le contara lo ocurrido me dijo que habíamos tenido suerte, ya que “el duende a veces te premia y otras te castiga, sobre todo si anda acompañado de un chivo negro, que para la creencia popular responde a una presencia demoníaca de la siesta y el monte”.

Arnoldo me confesó que a su primo le había pasado lo mismo: hacía ya unos años, durante la hora de la siesta, se encontró con el niño. A diferencia de nosotros, este lo llevó hasta un árbol seco donde había un panal de abejas; allí el niño se perdió, pero desde aquel día ese hombre no podía dejar de escuchar a las abejas revoloteando a su alrededor. Luego me contó que hay quienes lo pasan aún peor, porque lo que escuchan son gritos desgarradores.

Cuando le pregunté si él creía que me había topado con el duende, se sonrió, me puso una mano en el hombro y respondió que no importaba lo que él creyese, lo importante era lo que yo creía que nos había sucedido.

Imaginación verdadera y metasentido

Remitámonos ahora al análisis de las experiencias recién expuestas. Elegí estas tres por un motivo concreto: no ocurrieron encontrándome en soledad, sino acompañado por más de una persona. En la primera y en la segunda experiencia eran tres las personas que iban conmigo y en la última dos.

La inmersión en la vivencia imaginal puede acontecer de muchas formas: en la primera experiencia las tormentas, la lluvia, la aparición de una persona sin historia (notoriamente mal preparada para lo que declara estar haciendo en el lugar), un ser que pasa por nuestro lado sin que nos percatemos de ello. Hasta allí podemos argumentar un sinfín de explicaciones, pero el universo imaginal no necesita de ellas: las mismas siempre fallan, solo permiten una lectura.

De alguna manera reconocemos que hay algo en la situación que no está en su lugar. Sin embargo, no es nada completamente notorio, no se trata de un joven de pelo verde o con lóbulos auriculares vulcanos: nada fuera de lo normal y todo fuera de lo normal a la misma vez. Esa parece ser la firma de la vivencia imaginal y de algunos daimones.10

La tarde-noche se constituye como umbral y genera el mal paso del camino no solo equivocado, sino inexistente. El hecho de regresar en tres oportunidades al punto de partida indica que era plenamente consciente, por un lado, de que no había posibilidades de error, aunque en la última oportunidad seguí adelante para encontrarme indefectiblemente con la marca de lo inefable, un no lugar. Lo importante para mí, como un remate de cuento de fantasía, era la construcción totalmente concreta: recuerdo el frío de la piedra, su color, sus líquenes, su derrumbe; para mí era un refugio, en cambio para mis compañeros un lugar que inspiraba recelo y miedo.

Como anticipé más arriba, busqué ese lugar durante muchos años, sin éxito. Siempre pensé que en la zona podría existir un conjunto concreto de estructuras de origen precolombino; si bien encontré unos seis sitios en diferentes partes del cerro y sus alrededores, nunca di con una construcción perfectamente pircada como la de aquella noche.

En cambio, tiempo después, tuve la inmensa suerte de trabajar durante dieciséis años en otro sitio liminal, el Centro Ceremonial y Arqueológico de El Shincal de Quimivil, en Londres (departamento de Belén, Catamarca). Allí estaban aquellas pircas derrumbadas por el paso de unos trescientos años. Pero como si fuera poco, en la actualidad me encuentro trabajando junto al Equipo de Investigación Interdisciplinario de El Shincal (Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata), donde estoy pronto a presentar un proyecto para estudiar un grupo de estructuras pircadas que se encuentran en la zona norte del río Calabalumba, cerca de su unión con Los Paredones.

Finalmente, lo que tanto busqué parece haber aparecido, solo que en un lugar completamente diferente. La guía fue una hogaza de pan, una cena ritual: un encuentro con lo imposible y con lo sagrado. Otras tres personas que venían de ningún lugar e iban a ninguna parte, existentes solo en la memoria de los que estuvimos allí, al igual que nuestro anfitrión, un rostro en la multitud, nadie y a la vez todos los que subían con esa misma historia a la cima del Uritorco. Doña María Apaza Machaca, líder espiritual de la etnia Q’ero, me dijo que ese cerro es un apu,11un ser, una divinidad, y por ende, uno entre muchos archai.12

La segunda experiencia, la más anómala y profunda de las tres, tiene al personaje del “conde de la sal”, materia alquímica por excelencia al igual que el mercurio, que representa al dios del engaño, el gran embaucador, uno entre tantos tricksters.13 Sucedió en un lugar marcado por el misterio y por leyendas que cuentan tanto los baqueanos como los turistas: hablo de Huertas Malas y de la casa del ermitaño. En el centro de la acción están un niño y un adulto que insisten en que son perseguidos por “algo”, aunque nunca nos dicen nada sobre ese “algo”, que además parece consumirles la energía vital. Cabe agregar que los viejos archai, a diferencia de los daimones, se apoderan de nuestra alma (psiké) si no estamos preparados, así como de nuestra fuerza vital (animus).

Desde una mirada mitológica o arquetípica, la dama sabia estaría encarnada en Emma Luna, guardiana de la subida al cerro, que es quien nos convoca, y por otro lado nosotros, los “héroes” que salimos al rescate dejando de lado los placeres prometidos (el asado); finalmente se da el encuentro con el teriántropo. Entonces, ¿estaba realmente allí este ser? ¿Estaban sus patas, las rocas, sus cuernos, la gran rama que cae sobre el camino estruendosamente, el bramido, los ojos? ¿Por qué no grité de terror antes de salir corriendo?

Es que la vivencia imaginal también tiene esa característica: actuamos de formas completamente diferentes a lo que suponemos que haríamos o hacemos regularmente en estado de vigilia. De hecho, nunca supimos si el conde o el niño habían visto algo. Con el paso del tiempo nos enteramos de que algunos lugareños contaban que cada tanto veían a lo lejos, en apartados rincones y parajes de difícil acceso, a un animal que parecía un toro que se paraba en dos patas y que era más grande que un toro común. Solían llamarlo Kakumen.

Tiempo después investigué sobre la palabra para ver si coincidía con alguna leyenda y encontré que “cacumen” significa “capacidad extraordinaria para razonar, deducir o comprender lo difícil y confuso”. Otro de sus significados es “perspicacia, agudeza de intelecto, ingenio”. En el uso anticuado significa “cima de una montaña o parte más elevada de un monte”. Todo esto me sorprendió sobremanera. ¿Por qué lo conocían por ese nombre? ¿Por qué un toro y no otra cosa? Muchos dioses de la antigüedad fueron representados con toros, pero en América se trataba del ganado que trajeron los españoles.

¿Podría pensarse como una representación del mismo cerro? Nuevamente vemos cómo la escena empieza a generar, lentamente, ese ambiente de extrañeza, hasta finalmente explotar en toda su arcaica magnificencia. ¿Sería esta la forma en que antiguamente se veía a los dioses?

Todo indica que lo que vi tenía una existencia concreta y física. Sin embargo, hay una parte en mí que nunca termina de entregarse, como una niebla que quiere disimular el peso de la evidencia. Al otro día regresamos, con mucho temor: allí estaban las pisadas y la rama caída. Busqué infructuosamente durante horas algo más, pero no encontré nada. Raúl no tenía dudas, aunque tampoco entendía por qué se quedó al final de la fila sin una palabra de resistencia, ya que él sentía esa presencia que había visto a sus espaldas al momento de salir del lugar (y de allí su posterior reacción violenta). Él sentía que yo, sabiendo lo que estaba sucediendo, lo había puesto en aquel lugar, en peligro, a propósito, acaso para probar su valentía.

Hoy todavía recuerdo que en ese momento pensé que él no lo vería, aunque no hubiese tenido lógica alguna: ¿cómo no ver semejante cosa? Así que tomé como otro elemento válido lo que transmitió con su comentario: el miedo. Nuevamente, lo que fuese apareció de ningún lugar y regresó a ninguna parte, ya en medio de la noche. De aquella experiencia me quedó un temor a pasar por esa encrucijada al atardecer, temor que duró muchos años, además de un poco de miedo a las vacas y toros que solían andar por diferentes partes de la serranía. Vale agregar que estando con Raúl nos acontecieron algunos otros sucesos que dejaré para otra oportunidad.

Finalmente, el encuentro en medio de la siesta con este niño portentoso, que con sus incomprensibles actos terminó llevándonos a pocos metros de un lugar al que hacía mucho tiempo deseaba llegar, sin saber cómo lograrlo. En esa experiencia los tres presentes somos psicólogos. Oscar es una persona de naturaleza escéptica y Andrea no es definitivamente una creyente, pero ambos habían trabajado en la Teoría General del “Aquello” (“That”), al igual que Raúl.

La siesta es otro típico momento del día liminal en algunos lugares. El niño, como ciertos seres mitológicos del Noroeste y del Noreste argentino, se comunicaba solo con silbidos, como el Pombero en el Litoral o los duendes en la Puna.14 Era completamente de día, con un sol radiante, o sea que no estaba la noche que podría habernos engañado con sus oscuridades o el atardecer que todo lo cambia. Por otro lado, ¿cómo supo Arnoldo Campos que algo nos había pasado? Y, de hecho, ¿por qué nos advirtió antes de salir?

Tampoco recuerdo haber vuelto a encontrar las grandes estructuras de piedra donde comimos. Con el tiempo llegué a pensar que habían quedado tapadas por las aguas del dique, por remota que pudiera parecer la posibilidad.

La piedra en forma de bola es un lugar liminal por excelencia, posee una magia indescriptible y desde allí la vista de la serranía es única. Toda esa parte alta posee registros de aleros pircados, probablemente de origen prehispánico.

A diferencia de las otras dos experiencias, aquí no había nada de índole metamaterial15