Recorre los campos azules - Claire Keegan - E-Book

Recorre los campos azules E-Book

Claire Keegan

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Beschreibung

Con una prosa lírica y reflexiva, en constante tensión con una oscura melancolía, Keegan desnuda en estos relatos la vida en la Irlanda rural contemporánea. Historias de abuso familiar e incesto, matrimonios sin salida, celibatos quebrantados, soledades a veces aliviadas por el alcohol, otras por los sueños, bullen debajo de la quietud del paisaje. Un retrato contundente de una lucha con el pasado atravesada por los anhelos y deseos de sus protagonistas.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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RECORRE LOS CAMPOS AZULES

CLAIRE KEEGAN

El sacerdote cruza la calle y camina por la avenida hasta el hotel. Alguna vez esa fue propiedad protestante. A ambos lados, los árboles son altos y ahí el viento es extrañamente humano. A través de los sauces se alcanza a oír un delicado discurso. Los olmos se inclinan en un tenue susurro. Hay algo a propósito del lugar que evoca el pasado antiguo: el perro de caza, la lanza, la rueca. La historia depara no poco placer. Lo reciente es otra cuestión y recordarlo es penoso.

Con una prosa lírica y reflexiva, en constante tensión con una oscura melancolía, Keegan desnuda en estos relatos la vida en la Irlanda rural contemporánea. Historias de abuso familiar e incesto, matrimonios sin salida, celibatos quebrantados, soledades a veces aliviadas por el alcohol, otras por los sueños, bullen debajo de la quietud del paisaje. Un retrato contundente de una lucha con el pasado atravesada por los anhelos y deseos de sus protagonistas.

Pero cuando Keegan se entrega a su propia voz, que a veces es virtuosa y fría y otras, las mejores, virtuosa y retorcida: algo así como una hija irlandesa de Lorrie Moore y Flannery O’Connor, realmente encuentra momentos deslumbrantes.

Mariana Enriquez, Página/12

Recorre los campos azules

CLAIRE KEEGANTraducción de Jorge Fondebrider

 

Para Jim y Claire

LA LARGA Y DOLOROSA MUERTE

Eran las tres en punto de la mañana cuando finalmente ella cruzó el puente hacia Achill. Ahí, al menos, estaba el pueblo: la cooperativa de pescadores, la ferretería y el almacén, la capilla de piedra rojiza, cada edificio cerrado y silencioso, debajo de los faroles que iluminaban débilmente. Siguió por una franja oscura de camino donde, a cada lado, altos setos de rododendro se habían vuelto silvestres y perdido sus flores. No vio a persona alguna, ni una ventana iluminada, apenas unas pocas ovejas de patas negras que dormían y algo después, un zorro aterrado, quieto ante los faros. La ruta se hizo empinada y luego doblaba en un camino amplio y vacío. Podía sentir el océano, los pantanos; espacio abierto, inmenso. El desvío hacia Dugort no estaba claramente marcado, pero se sintió confiada doblando hacia el norte, por el camino desierto que la llevó a la Böll House.

Dos veces durante el trayecto había derrapado sobre la dura banquina y cerrado los ojos, durmiéndose por un instante, pero ahora, en la isla, se sentía totalmente despierta y completamente viva. Incluso el tramo de camino oscuro como boca de lobo, que abruptamente caía a la playa, parecía lleno de vida. Podía sentir la alta y protectora presencia de la montaña, las colinas desnudas y, abajo, a lo lejos, donde terminaba el camino, los claros y agradables golpes del Atlántico contra la costa.

El conserje le había dicho dónde encontrar la llave e, impaciente, su mano buscaba alrededor del tanque de gas. Había varias llaves en el llavero, pero abrió la cerradura con la primera que eligió. Adentro, la casa había sido restaurada: la cocina y la sala ahora se combinaban en un único y amplio ambiente. En uno de los extremos se había instalado la misma chimenea de antes, encalada, pero en el otro habían empotrado alacenas y una nueva pileta para lavar platos. Entre ambos extremos había un sofá, una mesa de pino y unas sillas duras haciendo juego. Dejó la canilla abierta y calentó el agua para el té, encendió un fuego pequeño con la turba que había en una canasta y se hizo una cama provisoria en el sofá. Del otro lado de los cristales, un seto de fucsias temblaba intensamente en la muy incipiente primavera. Se desvistió, se acostó, buscó su libro y leyó el párrafo inicial de un cuento de Chejov. Era un párrafo magnífico, pero, cuando llegó al final, sintió que se le cerraban los ojos, y contenta apagó la luz, sabiendo que el día siguiente sería suyo, para trabajar, leer y caminar por los caminos y la costa.

Al despertarse, sintió que se disipaba el final de un sueño, con una sensación como de seda; había tenido un sueño largo y profundamente satisfactorio. Hirvió el agua y sacó sus pertenencias del auto. Había traído poco: algunos libros y ropas, una cajita de provisiones. Había anotadores y varios pedazos de papel, donde había escrito notas apenas legibles. Estaba nublado, pero, surcado por manchones celestes, el cielo lucía prometedor. Abajo, en el océano, crecía una franja de agua convirtiéndose en una ola vítrea y se rompía en pedazos sobre la playa. Sintió avidez por leer y trabajar. Sintió que podía estar sentada por días, leyendo y trabajando, sin ver a nadie. Pensaba en su trabajo, y en cómo comenzaría exactamente, cuando sonó el teléfono de la casa. Sonó varias veces antes de quedar en silencio, y entonces comenzó a sonar nuevamente. Lo agarró, no tanto para atender como para hacerlo callar.

–Hola –dijo un hombre con acento–. Habla… –y un apellido extranjero.

–¿Sí?

–El director dijo que usted es la residente. Soy profesor de literatura alemana.

–Oh –dijo ella.

–¿Podría ver la casa? El director me dijo que tal vez me la dejara ver.

–Bueno –dijo la mujer–. Yo no…

–Oh, ¿está trabajando?

–¿Trabajando? –dijo–. Estoy trabajando, sí.

–¿Sí? –preguntó la voz.

–Acabo de llegar –respondió ella.

–Hablé con el director y él me dijo que usted me dejaría ver. Ahora estoy aquí afuera de la Böll House.

Ella se volvió hacia la ventana y tomó una manzana verde de una caja de cartón.

–No estoy vestida –dijo ella–. Y estoy trabajando.

–Es una intromisión –dijo la voz.

Miró la pileta de los platos; la luz del sol se reflejaba contra el aluminio.

–¿No podría venir otro día? ¿Qué tal el sábado?

–Sábado –repitió la voz–. Ya me habré ido. Tengo que irme, pero ahora estoy aquí afuera de la Böll House.

Se quedó allí, parada en camisón, con la manzana en la mano y pensó en ese hombre que estaba afuera.

–¿Esta noche estará por aquí?

–Sí –respondió él–. ¿Esta noche le viene bien?

–Si viene a las ocho –dijo–, aquí estaré.

–¿Tengo que volver entonces?

–Sí –dijo ella–. Tiene que volver.

Cuando colgó el teléfono, se lo quedó mirando y se preguntó por qué había atendido y por qué habían dado el número. Lo que había comenzado como un día magnífico todavía seguía siéndolo, pero había cambiado; ahora que había fijado un horario, de alguna manera el día estaba obligado a avanzar en dirección al visitante alemán. Fue al baño y se lavó los dientes y pensó en él, que estaba afuera. Podría cambiarse y salir, y decirle que pasara, y el día nuevamente sería suyo. En cambio, se sentó ante el hogar y atizó las cenizas y se quedó mirando una gran jarra de vidrio que había en la repisa de la chimenea. Bajaría hasta la orilla y recogería fucsias de los setos para llenar la jarra de capullos rojos que colgaran, antes de que él llegase. Tomaría un baño prolongado. Buscó su reloj, pero le llevó varios minutos hallarlo en el bolsillo de los jeans que había usado el día anterior. Se quedó contemplándolo todo un minuto. Ahora, en este, su cumpleaños número treinta y nueve, era pasado el mediodía.

Rápidamente se levantó y fue hasta el estudio de Böll, un cuarto pequeño con un hogar en desuso y una ventana que daba al mar. Fue en ese cuarto donde él escribió su ahora famoso diario, pero eso había sido cincuenta años atrás. Böll estaba muerto y su familia había dejado la casa como residencia de trabajo para escritores. Y ahora ella estaba allí por dos semanas, trabajando. Limpió el escritorio con un paño húmedo y ubicó sobre la superficie sus anotadores y diccionarios, sus papeles y su lapicera fuente. Lo único que ahora necesitaba era un café. Fue a la cocina y buscó en la caja de las provisiones. Pasó más tiempo buscando en las alacenas, pero no encontró café. También necesitaba leche –pronto se quedaría sin leche–, pero lo único que quería hacer era trabajar. En eso estaba pensando, cuando recogió las llaves y desanduvo el camino hasta el pueblo.

Allí, sin demora, compró café y leche, algo para encender rápido el fuego, polvo para preparar tortas, una pinta de crema y el diario. Cuando estaba volviendo, el sol del camino era fuerte, así que, en lugar de dirigirse directamente a la casa, tomó el desvío sur a lo largo de Atlantic Drive, donde había pocas viviendas y a duras penas había matas. Pensó en cómo sería vivir en un lugar así en invierno: los vientos fuertes llevando arena por las playas, rompiendo los setos; la lluvia incesante; los fríos graznidos de las gaviotas… y también, en lo dramático que sería el cambio de todo eso una vez terminado el invierno. En el borde del camino, una gallina pequeña y regordeta se paseaba resueltamente, con la cabeza extendida y las patas sobre las piedras. Era una gallina muy bonita, con el plumaje salpicado de blanco, como si, antes de salir de la casa, se hubiera empolvado. La gallina bajó corriendo sobre el borde cubierto de hierba y, sin mirar a la izquierda o a la derecha, atravesó a la carrera el camino, luego se detuvo, reajustó las alas y se dirigió derecho al acantilado. La mujer observó el modo en que la gallina mantuvo baja la cabeza cuando alcanzó el borde y cómo, sin un momento de duda, saltó. La mujer detuvo el auto y caminó hasta el lugar desde el cual la gallina se había lanzado. Una parte de ella no deseaba ver, pero cuando lo hizo, la vio allí, con otras varias gallinas, escarbando o descansando con aire satisfecho, en un pozo de arena sobre una saliente con pasto, no lejos del borde.

Se quedó allí un rato, divertida, observando la escena; luego miró el océano, tan amplio y azul debajo del amplio cielo azul. Un poco más allá había una pequeña caleta, en la que un piletón natural de agua profunda y clara avanzaba hacia la base de un acantilado blanco. Dejó el auto y siguió una huella dejada por las ovejas en dirección a la caleta, pero el sendero desapareció y el descenso se hizo demasiado empinado y atemorizante. Desde donde estaba, podía ver todo: el piletón profundo, las rocas y la oscura maraña de las algas debajo de la superficie del agua. Remontó la senda por la que había llegado, cruzó al otro lado de la caleta y halló una huella diferente, que la condujo hacia un chorrillo de agua salobre, que fluía desde los pantanos. Cuidadosamente, se trepó a las piedras planas y marrones, continuó por el sendero resbaladizo y llegó a la caleta blanqueada de sol.

La marea alta había traído detritos, pero alrededor de ella había profundas capas de piedras blancas y brillantes. Nunca había visto piedras tan hermosas, que sonaban como porcelana bajo sus pies cada vez que se movía. Se preguntó por cuánto tiempo habían estado allí y qué tipo de piedras era, pero ¿qué importaba? Allí estaban ahora, al igual que ella. Miró a su alrededor y, no viendo a nadie, se sacó la ropa y, torpemente, pisó las piedras rugosas y mojadas que había en la orilla. El agua era mucho más cálida de lo que se había imaginado. Se adentró hasta que se hizo súbitamente profunda y sintió el estremecimiento viscoso de las algas contra sus muslos. Cuando el agua le llegó a las costillas, aspiró hondo, dio una voltereta sobre la espalda y nadó alejándose de la costa. Eso, se dijo, era lo que debería estar haciendo, en ese momento, con su vida. Miró el horizonte y se descubrió agradeciéndole a algo en lo que no creía realmente.

Ahora había alcanzado el punto en que el piletón se ensanchaba, haciéndose mar abierto. Jamás había estado en aguas tan profundas. El deseo de ir todavía más lejos era poderoso, pero luchó contra él, flotó por un rato, luego volvió nadando a la costa y se recostó sobre las piedras calientes. Estando ahí sintió, en lo alto, una presencia sobre el acantilado, pero con los rayos de sol no podía ver bien. Se quedó en ese lugar hasta que se le secó la piel, luego se vistió rápidamente y trepó por la senda hasta el auto.

De vuelta en la casa, pensó en su trabajo mientras preparaba una torta de chocolate amargo. No la hizo desde cero, sino a partir del polvo preparado; lo único que tenía que hacer era agregar huevos, aceite y agua. Mientras mezclaba la masa y la volcaba en un molde, una parte de su mente estaba nuevamente preocupada por la visita del alemán. Se preguntó, por un instante, cómo sería, qué tan alto. Tal vez tuviera algunas cosas interesantes que decir sobre Heinrich Böll. Se sintió sin saber qué decir y levemente avergonzada de saber tan poco sobre el hombre en cuya casa estaba quedándose.

A las cuatro en punto, bajó por el camino, pasando la iglesia protestante, en dirección al mar. Allá había una escuela que funcionaba en una única sala, cuyo patio de juegos estaba lleno de cardos secos con corolas lanudas. Mientras estaba ahí, se levantó una brisa repentina y algunos plumerillos de cardo se desprendieron y flotaron ante sus ojos. Siguió hasta el final del camino, donde había un grupo de casas veraniegas comunes y corrientes, vacías y con sus baldes de cenizas vaciados por el viento. Abajo, en el océano, estaba fresco, de modo que volvió a subir la colina, cortando fucsias de los setos a medida que avanzaba. Algunas de las ramas finas se partían fácilmente, de un corte limpio, en tanto otras se sostenían empecinadamente y ella tenía que torcerlas con las manos desnudas. Le gustaban sus flores color rojo brillante, que colgaban, sus duras hojas dentadas. Cuando volvió a la casa, se detuvo para mirar el cartel: POR FAVOR RESPETEN LA PRIVACIDAD DE LOS ARTISTAS RESIDENTES. Se quedó allí, por un instante, mirando las palabras y luego caminó hasta el jardín y cerró el portón para que no entrasen las ovejas.

Adentro, llenó la gran jarra de vidrio con agua y dispuso las fucsias sobre la mesa de la cocina en indisciplinado despliegue. Se preparó una cena liviana de tomates y queso, y comió en la mesa con el pan de ayer y un vaso de vino tinto. Cuando hubo lavado y guardado los platos, encendió el fuego y volvió al cuento de Chejov.

Era la historia de una mujer cuyo novio no estaba interesado en ningún tipo de trabajo, pero que era conocido, en cambio, como alguien que tocaba música. Había llegado al momento del cuento en que él llevaba a su prometida a la casa en la que vivirían, y le mostraba todos los cuartos. Tenía un tanque de agua empotrado en el altillo y un lavabo en el dormitorio del que salía agua fría. En la pared había un cuadro de marco dorado, que representaba a una mujer desnuda y a una jarra púrpura cuya asa estaba rota. Algo había en la pintura que repugnaba a la futura esposa; a cada instante estaba a punto de estallar en sollozos, de lanzarse por la ventana y escapar. Ahora, algo en el cuento le recordaba cómo había sido ella en otro momento de su vida, cuando dejó de amar a un hombre que le había dicho que quería que ella viviese con él, un hombre que a menudo decía lo contrario de lo que sentía, como si lo dicho fuera a volverse cierto o escondiera el hecho de que no lo era.

–Te amo –le decía a menudo–. No hay nada que no haría por ti –también solía decirle.

Una vez, cuando estaban preparándose para salir, ella se había levantado el cabello, se lo había sujetado sin apretárselo y había elegido un vestido largo de terciopelo. En ese entonces era más delgada y andaba por los veintipico.

–Me gustas así –le dijo esa noche el hombre escindido, pero ella sabía que no era cierto, que él la prefería con una falda corta y tacos altos, el cabello suelto y los labios pintados de rojo.

Pensaba en él ahora, mientras se preparaba el baño, con nubes de vapor que escapaban por la ventana abierta.

–¿Hay algo que no me darías? –le había preguntado una vez.

–Nada –había respondido él en el acto–. No hay nada.

Por alguna razón, ella había seguido mirándolo y había esperado.

–Bueno –había dicho él, aclarándose la garganta–. Tal vez, la tierra. No me gustaría darte la tierra.

Y ella siempre supo que la tierra era lo único que a él lo preocupaba.

Ahora vertía un poco de aceite de rosas en el agua caliente y volvió a pensar en la mujer del cuento de Chejov y en el placer que el personaje masculino había sentido cuando vio correr el agua en el lavabo del dormitorio. Tomó el libro y encontró la última página que había leído, y se quedó en el baño hasta casi haber leído la última frase. Al final, la mujer no se casó con su prometido; en lugar de ello, se fue a San Petersburgo para estudiar en la universidad. Cuando volvió a su pueblo, por encima de la cerca, los niños le gritaban “¡Novia! ¡Novia!”, burlándose, pero ella les prestó poca atención, y finalmente ella se despedía nuevamente de su familia, para volver, muy animada, a la ciudad.

Ahora estaba recostada en el baño, con el agua que se enfriaba y miró por la ventana abierta. Más allá de la ventana había un cielo azul y una colina pelada.

–Tengo treinta y nueve años –dijo. Su voz sonaba fuerte y tonta en el baño azulejado.

 

 

A las siete en punto, sintió una poderosa urgencia de escribir, pero se dijo que no era algo que pudiera hacer, porque venía el alemán. Apenas estaría empezando, entrando en calor, cuando él llegase, y entonces su trabajo se vería interrumpido y tendría que parar. Una vez que empezaba, no le gustaba parar.

En cambio, se miró en el espejo, se levantó el cabello y se lo sujetó sin apretárselo, y se vistió. En el salón, le agregó turba al fuego y batió la crema. Luego, salió con un bol y caminó alrededor de la casa, recogiendo moras de los brezos. Cuando llenó el bol, miró más allá de las colinas. Las nubes más blancas que jamás hubiera visto avanzaban pegadas a la cima de cada una de ellas, como si las colinas hubieran estado incendiándose y los fuegos ahora hubieran sido sofocados y estuvieran humeando. Lavó las moras, las pisó con azúcar y rellenó la torta. Allí, depositada sobre la mesa de la cocina, le pareció una excelente torta. Sacó tazas blancas y platitos, platos de postre y cucharitas, dos tenedores.

Cuando se oyó el golpe en la puerta, ella estaba en una parte de la casa desde donde no podía ser vista ni oída, y escuchó golpear de nuevo. Dejó que esto sucediera una vez más y luego fue a la puerta y la abrió. Afuera había un hombre bajo, de mediana edad, vestido con una camisa a rayas y unos pantalones amplios color caqui. Tenía el cabello espeso y blanco, y del cuello le colgaba un cordón con una gran cruz decorativa.

–Hola –le dijo, dándole la mano.

–Es muy amable –respondió él–. Soy una intrusión.

–Para nada –dijo ella–. No es problema. Ningún problema.

–¿Está segura? –preguntó.

Rápidamente ella empezó a decirle lo poco que sabía sobre el cuarto en que se encontraban, pero él no estaba preparado; levantó la mano y sacó de su portafolios una botella de medio litro de Cointreau, envuelta en esa malla protectora blanca que uno encuentra en los duty-free shops.

–Es para la casa –dijo.

–Es muy amable de su parte –dijo y tomó la botella, la miró y la ubicó en la mesa, al lado de la torta.

–Qué molestias que se tomó –dijo el hombre, mirando la torta.

–No es nada –dijo ella y, en ese momento, se preguntó cómo reaccionaría él si no le diera nada–. Esta es la parte vieja de la casa –comenzó–. La otra sección fue construida después.

Le echó una rápida mirada al cuarto: a las paredes, la turba, los cuadros sobre la repisa de la chimenea, las fucsias. No pareció que el cuarto le hubiera despertado el menor interés, y ella se preguntó si él no lo había visto antes. Cuando le mostró el estudio de Böll, miró por la ventana la oscuridad que descendía.

–Así que esta es la famosa ventana.

–Sí, el mar está allí abajo –dijo la mujer, señalando al otro lado del vidrio.

Le echó un vistazo a la foto de Böll, a las cartas enmarcadas en las paredes. Les echó un vistazo a los anotadores de ella, sus papelitos sobre el escritorio, y la siguió por el corredor a los otros cuartos, mirándolos como la gente mira los cuartos que están completamente vacíos. En el último, había un gran banco de madera debajo de la ventana. A ella le gustaba el lugar, le gustaba la sensación de desnudez y trabajo que transmitía. Era el cuarto que a veces usaban los pintores. Sobre el banco había unas pocas jarras de vidrio. Había una silla plegadiza salpicada de rojo. Contra la pared más alejada había una bicicleta de montaña cuya goma trasera estaba desinflada.

–¿Anda en esa bicicleta? –preguntó el hombre con un tono casi acusador.

–Ni siquiera sabía que estaba aquí –respondió ella–. Pertenece a la casa.

Al oír eso, se apoyó en el marco de la puerta y suspiró. Ella se dio cuenta de que el cabello del hombre estaba húmedo, y se preguntó si no habría estado nadando. Se preguntó si no habría sido él quien había estado encima del acantilado cuando ella estaba abajo, en la caleta.

–Así que es profesor de literatura –dijo la mujer rápidamente.

–Era profesor –corrigió–. Ya me jubilé.

–¿Y extraña enseñar?

–Fue hace mucho –dijo, tocando su portafolios de cuero–. ¿Usted está escribiendo aquí? ¿Está trabajando?

–Sí –respondió–. ¿Y usted? ¿Escribe?

–No me queda mucho tiempo para escribir –dijo–. El tiempo corre.

Por la manera en que lo dijo, ella se preguntó si no tenía alguna enfermedad terminal. Buscó en su rostro alguna señal de enfermedad, pero no encontró ninguna. Tenía un rostro saludable y unos ojos celestes inflamados.

–¿Qué escribe? –preguntó la mujer.

–Oh, cosas pequeñas, cortas –respondió.

–¿Cuentos?

–No, no –dijo sin darle importancia–. Más largas que cuentos, pero no tengo tiempo. Todo toma demasiado tiempo.

–Ya veo –dijo la mujer.

–Mucha gente quiere venir acá –dijo el hombre–. He visto las solicitudes –añadió, extendiendo los brazos y mirando desde una mano a la otra, incluido todo el espacio vacío que había entremedio–. Muchas, muchas solicitudes.

–Sé que tengo suerte –dijo la mujer, y retrocedió en dirección del salón, con él siguiéndola de cerca.

El fuego ahora era vivo y el salón estaba más cálido que el resto de la casa. Allí, sin que mediara invitación alguna, el profesor se sentó en el que ella pensó sería su lugar, y dio vuelta la taza sobre el platito. Mientras ponía más turba en el fuego, la mujer sintió el poderoso deseo de acostarse y dormir.

–¿Le ofrezco algo de tomar? –preguntó.

–No, no –respondió el hombre–. Tengo que manejar.

El hombre se quedó mirando las flores silvestres.

–¿Té, entonces?

–Se está tomando muchas molestias.

–No es ninguna molestia.

Ella se sintió cansada de la palabra, de pronunciarla, de que él la dijera. Preparó té, sacó leche, azúcar y cortó una gran porción de torta. Él le sonrió cuando se la sirvió.

–¿La hizo usted?

–Sí –dijo–. La hice yo.

Frunció el ceño y comió un pedazo y luego otro, de modo que, para cuando ella se sentó, la porción de torta del hombre había desaparecido. La mujer cortó otra porción para él y el hombre la comió también y bebió el té con mucha leche y azúcar.

–Irlanda ya no es la misma –dijo él–. La gente acá era pobre, pero estaba contenta.

–¿Le parece que es posible que los pobres estén contentos?

Se alzó de hombros y los dejó caer: una respuesta infantil. No podía generar una conversación ni contentarse con no tenerla. Ella pensó que lo menos que él podía hacer era charlar, que, en su opinión, era donde toda buena conversación empezaba. Se preguntaba si realmente estaba enfermo y si moriría pronto. Lo imaginó acostado sobre su lecho de muerte y no sintió ninguna simpatía.

–Hemos sido pobres por demasiado tiempo –dijo ella entonces.

–¿Es católica? –preguntó él.

–Fui criada como católica.

–¿Y ahora? ¿Es creyente?

–Ahora no sé en qué creo –respondió sencillamente.

–Solía ser como usted –dijo–. No tenía fe, pero luego la encontré.

Ella lo miró cuando él dijo eso. Miró la cruz que le colgaba del cuello. Miró lo que quedaba de torta y pensó en el tiempo que se había pasado haciéndola.

–Mucha gente quiere trabajar aquí –dijo el hombre.

–La gente ahora puede trabajar acá –dijo ella–. No hace mucho, no podíamos encontrar trabajo.

–No –dijo él, golpeando con el dedo la mesa de la cocina–. Trabajar acá –dijo–, en esta casa.

–Oh –exclamó ella–. Sí.

–Mucha gente –repitió.

Se hizo un silencio prolongado y duro. Ella se preguntó qué era exactamente lo que él quería. Él la miraba, esperando una respuesta.

–Se la deben de dar a los postulantes de buen aspecto entonces –dijo la mujer, riéndose.

–¿Le parece? –dijo, frunciendo el entrecejo y mirándola a la cara. La examinó detenidamente y luego meneó la cabeza–. No –dijo–. Debería haber visto a mi mujer. Mi mujer era hermosa.

Si no hubiera sido porque ella lentamente recogió la taza y el plato de postre de él y los puso en la pileta de lavar, habría seguido hablando de su mujer y le habría contado toda la historia. Ella enjuagó los platos y las tazas, los acomodó en el lavavajillas, cerró la puerta y lo puso en marcha, aun cuando ni siquiera estaba por la mitad. Entonces limpió la mesada con un trapo húmedo y se quedó al lado de la pileta sin decir nada más. Él parecía reacio a irse y, sin embargo, debió seguramente de haberse dado cuenta de que ella ya no lo quería allí. La mujer se apoyó en la mesada y se cruzó de brazos, sin hacer ningún otro intento de conversación. Se quedó así hasta que resultó casi doloroso hacerlo, y entonces él se incorporó.

Lentamente, caminaron hasta la puerta. Mientras corría el pestillo, tuvo la extraña idea de que él podría querer dejarla del lado de afuera, de modo que lo dejó pasar primero y luego lo siguió. Afuera, la noche caía rápidamente y el seto de fucsias de nuevo temblaba intensamente con el viento nocturno. Mientras lo acompañaba más allá del portón, sintió que había algo que él quería decir. Ella se detuvo cerca del portón y él se quedó a su lado, en el camino. La mujer lo vio sacar las llaves de su portafolios y esperó a que él hablase. Podían oír golpear las olas, abajo, en la playa. Tres veces golpeó una ola la playa antes de que él hablara.

–Esa gente… incluso los alemanes en esas conferencias –dijo el hombre–. No nos entendemos.

–¿No?

–Todo es… jerga. No nos preocupa. Hacemos eso porque no podemos escribir, y sin embargo aquí está usted, una escritora, en la casa de Heinrich Böll, haciendo tortas.

Ella respiró hondo.

–¿Qué?

–¡Que usted viene a esta casa de Heinrich Böll y prepara tortas y se va a nadar sin ropa!

–¿Qué está diciendo?

–Vengo cada año y siempre es lo mismo: gente vestida con ropa de noche en mitad del día, ¡yendo en esa bicicleta a los pubs!

En ese momento, la mujer se oyó a sí misma: había comenzado a reírse.

–¡Usted no sabe nada de Heinrich Böll! –le gritó el hombre–. ¿No sabe que Heinrich Böll ganó el Premio Nobel de Literatura?

–Me parece que ya es hora de que se vaya –dijo la mujer, retrocediendo hasta el otro lado del portón y trancándolo con firmeza. Ahora se había quedado en el jardín, observándolo. Mientras lo veía irse por el camino, malhumorado, se dio cuenta de que era más joven de lo que había pensado, y ya no pudo entender una palabra, porque ahora hablaba en alemán. Se quedó observando por un rato cómo el profesor echaba chispas por el camino público, y luego recorrió lo más ligera que pudo el sendero de concreto y entró a la casa.

¡Qué hombre horrible! Qué hombre horrible e infeliz, pensó mientras cerraba la puerta con el pestillo. ¿Acaso estaba loco? Y pensar en todo el trabajo que se había tomado para… Miró la torta y tuvo ganas de tirársela por la ventana. En lugar de hacerlo, la volvió a guardar en la heladera y se sirvió un vaso de vino.

Realmente no tenía ganas de tomar vino. Tampoco andaba con ganas de estar sentada ahí, en la casa, ¿pero qué otra cosa había para hacer? Al final, bebió el vino rápidamente y tiró más turba al fuego. Se calmó un poco y abrió el diario como para pensar en algo distinto, en otras cosas. “Nuestro sistema genera temor y aversión en las parejas separadas, escribe Jeanne Sheridan. Esta semana, el ochenta por ciento de los granjeros irlandeses dijo que estaría a favor de los acuerdos prenupciales legales, que les impedirían a sus mujeres tener cualquier tipo de derechos sobre sus tierras.” Miró la fecha del diario, apagó las luces y se recostó a la luz del fuego. En ese momento, se puso a respirar hondo y, paulatinamente, permitió que muchas cosas atravesaran su mente. Pensó en los hombres que había conocido y en la manera en que estos le habían propuesto casamiento y en que les había dicho que sí a todos, sin haberse casado con ninguno. Ahora se sentía afortunada de no haberse casado con ninguno de esos hombres y un tanto sorprendida por haber dicho siempre que lo haría. Se dio vuelta y oyó cómo el viento agitaba el seto que rodeaba la casa. ¿Qué había esperado –o necesitado– esa noche? Esa noche, lo único que había necesitado era lo que toda mujer a veces necesita: un cumplido… una mentira descarada habría bastado. Y ella había cometido el estúpido error de pedir el cumplido, una mujer de su edad. ¿Acaso no había aprendido nada? Reflexionó sobre eso un largo rato e hizo lo que pudo para dormir, pero, al final, se levantó y puso a calentar agua para el café.

Era tarde cuando fue al estudio de Böll. Casi había pasado otro día, pero allí estaba, en el escritorio, mirando por la famosa ventana. Allá afuera había un océano, una montaña alta y colinas peladas. Miró los trozos de papel, los leyó por encima y los puso a un lado. El capuchón de su lapicera fuente estaba duro, pero lo sacó y abrió el anotador. Era un anotador flamante, con páginas cosidas color crema. No fue sino hasta que apoyó la pluma sobre la página que se dio cuenta de que le temblaba la mano.

Escribió Achill Island