Reflexiones de un viejo teólogo y pensador - Leonardo Boff - E-Book

Reflexiones de un viejo teólogo y pensador E-Book

Leonardo Boff

0,0

Beschreibung

Este libro es una síntesis, de fácil comprensión, del pensamiento filosófico, ético, teológico, espiritual y ecológico de Leonardo Boff. Es la esencia de más de 100 libros producidos a lo largo de más de 50 años. Desde la década de los setenta, se convirtió en uno de los pioneros de la teología de la liberación en América Latina. Inspirado en una espiritualidad auténticamente franciscana, en un profundo conocimiento de la teología cristiana, y con infinita generosidad humana, Leonardo ha dedicado su vida a la causa de la emancipación de los humildes, de los parias de la Tierra. A partir de mediados de los noventa, Leonardo Boff integra la dimensión ecológica en la teología de la liberación, inspirado en una amplia visión cosmológica del universo y de nuestro planeta Tierra, y denuncia incansablemente la amenaza que pesa sobre nuestra casa común por culpa de un sistema depredador e injusto que solo conoce la acumulación sin límites. El teólogo que desafió a Roma y fue reconvenido en dos ocasiones, se ha convertido en símbolo planetario de la integridad moral, y sus libros son leídos por cientos de miles de personas dentro y fuera de América Latina. Entre sus atentos lectores se encuentra también el papa Francisco, autor de la valiente encíclica Laudato Si´, que nos llama a escuchar el grito de la Tierra y el grito de los pobres.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 281

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0



 

 

 

 

 

 

 

 

Reflexiones

de un viejo teólogo y pensador

 

 

 

 

 

Leonardo Boff

 

 

 

Reflexiones

de un viejo teólogo y pensador

 

 

 

Prólogo de Michael Löwy

 

 

 

 

 

 

Título original: Reflexões de um velho teólogo e pensador

Traducción: Eloísa María Braceras Gago

Diseño de portada: Paola Álvarez Baldit

Diagramación: Carla Quevedo Yenque

 

 

 

© 2020 Ediciones Dabar, S.A. de C.V.

Mirador, 42

Col. El Mirador

C.P. 04950, Ciudad de México

 

Teléfonos: 55 56 03 36 30, 56 73 88 55

 

Email: [email protected]

www.dabar.com.mx

 

Twitter: www.twitter.com/EdicionesDabar

Facebook: www.facebook.com/DabarEdiciones

 

ISBN: 978-607-6121-86-3

Impreso y hecho en México.

CONTENIDO

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1: I HAVE A DREAM (YO TENGO UN SUEÑO)

La importancia de los sueños

El sueño inmortal de Jesús

Sueños como pesadillas

Los sueños buenos y prometedores

 

CAPÍTULO 2: ¿QUIÉN ES ESE QUE SE PROPONE HACER TEOLOGÍA?

El ser humano en el proceso antropogénico

El ser humano: unión de sapiens y demens

Somos tierra que siente, piensa y ama

El teólogo y la sabiduría

El teólogo: un ser casi imposible

 

CAPÍTULO 3: DIOS: EL PRINCIPIO QUE DA ORIGEN A TODOS LOS SERES

Dios como misterio en sí mismo y para nosotros

Cómo emerge Dios en el proceso cosmogénico

Dios como Trinidad, comunión de divinas personas: el cristianismo

Un teologúmeno: la Trinidad entera viene hasta nosotros

 

CAPÍTULO 4: EL HIJO DEL PADRE ESTÁ ENTRE NOSOTROS: JESÚS DE NAZARETH

La encarnación del Hijo del Padre

Jesuología versus cristología

El gran sueño de Jesús: el Reino de Dios

El Resucitado como el Cristo cósmico

Lo que realmente quiso Jesús: el Padre nuestro y el pan nuestro

A nuestra manera, todos podemos ser Cristo

 

CAPÍTULO 5: EL ESPÍRITU SANTO, DADOR DE VIDA, Y LO FEMENINO

El Espíritu Santo llena y mueve el universo

Jesús y el Espíritu Santo

El Espíritu Santo, la comunidad y los pobres

El Espíritu Santo, María y lo femenino

 

CAPÍTULO 6: LA IGLESIA: CARISMA Y PODER, Y EL PUEBLO DE DIOS

Reino de Dios e Iglesia no se anulan

El cristianismo como movimiento y camino espiritual

La dimensión paulina (carisma) y petrina (poder) de la Iglesia

El poder como servicio en Jesús y como dominio en el modelo petrino-romano de la Iglesia

La Iglesia pueblo de Dios, las comunidades eclesiales de base y la eclesiogénesis

 

CAPÍTULO 7: LIBERAR LA MADRE TIERRA: UNA ECOTEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

¿Qué es propiamente la ecología?

La vida: parte esencial del planeta Tierra

El enfrentamiento entre dos cosmologías

La razón última de la crisis ecológica: la ruptura con la religación universal

Los caminos de la ecología integral

Una ecoteología de la liberación

 

CAPÍTULO 8: UNA ÉTICA UNIVERSAL Y PARA LA CASA COMÚN

La ética en la fase planetaria de la humanidad

La religión como base para un ethos mundial

Ethos mundial a partir de los pobres y su liberación

La Carta de la Tierra: el ethos centrado en la Tierra y en la comunidad de vida

El ethos fundamentado en el cuidado esencial

Cuatro principios, expresión del cuidado

Los derechos de la madre Tierra y el rescate del contrato natural

La madre Tierra: subjetividad y dignidad

¿Puede desaparecer de la faz de la Tierra el ser humano?

¿Quién sería el sucesor del ser humano?

 

CAPÍTULO 9: ESPIRITUALIDAD, LO PROFUNDO DEL SER HUMANO

¿Por qué buscamos la espiritualidad?

¿Qué es en realidad la espiritualidad?

Distinción y relación entre espiritualidad y religión

¿Es la religión un obstáculo para la espiritualidad?

La razón cordial: precondición para la espiritualidad

Los dos caminos de la espiritualidad: el occidental y el oriental

La mística como la más alta espiritualidad

“Somos una cualidad mística de la Tierra”

 

CONCLUSIÓN: UNA ESPIRITUALIDAD MÍNIMA DE LA MADRE TIERRA

SELECCIÓN DE OBRAS DE LEONARDO BOFF

 

 

 

PRÓLOGO

 

 

 

Michael Löwy

 

 

Este precioso libro es una síntesis de la obra y pensamiento de Leonardo Boff, el teólogo que desafió a Roma y se convirtió en símbolo planetario de la integridad moral. Como ya sabemos, Boff fue uno de los pioneros de la teología de la liberación en Brasil y en América Latina: él defendió, ya desde la década de los años setenta, la opción preferente por los pobres, no como caridad o filantropía, sino como compromiso social con la lucha de los oprimidos y explotados, de los trabajadores y trabajadoras del campo y de la ciudad por su propia liberación. Utilizando como discernimiento algunas ideas fundamentales del marxismo, nunca dejó de denunciar el capitalismo como un sistema intrínsecamente perverso, éticamente vacío y socialmente inhumano. Inspirado en una espiritualidad auténticamente franciscana, en un profundo conocimiento de la teología cristiana más avanzada,

y con infinita generosidad humana, Leonardo ha dedicado su vida a la causa de la emancipación de los humildes, de los pobres, de los parias de la Tierra.

Para los representantes de la ortodoxia romana conservadora, Ratzinger y Wojtyla, sus ideas de liberación solo podían ser “errores” y herejías. Cuando en 1981 publica Iglesia: carisma y poder1, criticando el autoritarismo de las estructuras del Vaticano y abogando por una Iglesia constituida por las bases, por las comunidades, por el pueblo cristiano, el Santo Oficio, o, mejor dicho, la Congregación para la Doctrina de la Fe lo condenó a un año de “silencio obsequioso”. Roma locuta, causa finita? En absoluto: en Brasil, en América Latina y en el mundo entero se levantaron unánimes protestas, obligando a las autoridades romanas a suspender la prohibición. Una nueva intervención de la censura vaticana, en 1992, lo llevó a abandonar la Iglesia, sin por ello perder la fe en Cristo y su pasión por la figura de Francisco de Asís.

A partir de los años noventa, Leonardo Boff abre un nuevo capítulo en la historia de la teología de la liberación, integrando la dimensión ecológica. El grito de los pobres y el grito de la Tierra son hermanos, y denuncian el mismo sistema destructor de vidas humanas y de la propia naturaleza, que envenena a las personas y también los ríos. Con coraje y lucidez, inspirado en una amplia visión cosmológica del universo y de nuestra madre Tierra, señala de forma incansable la amenaza que pesa sobre nuestra casa común: por culpa de un sistema que solo conoce la acumulación sin límites del lucro y del capital, caminamos velozmente hacia el abismo, y los dueños del poder tienen el pie en el acelerador. La comparación con Noé es muy pertinente: nuestras clases dominantes actúan según la máxima de Luis XIV: “¡Después de mí, el diluvio!”. Y el diluvio que vendrá será muy parecido al descrito en la Biblia: resultado del cambio climático, la inexorable subida de los mares ahogará nuestras ciudades y nuestras gentes.

El alarmante diagnóstico de Leonardo Boff está sobradamente justificado: necesitamos cambiar con urgencia de paradigma civilizatorio, porque este modo de producción y de vida depredador y destructor —el capitalismo globalizado— nos lleva a la catástrofe. Es muy acertado el adjetivo que él inventó para designar dicho sistema: “tiranosáurico”, una mezcla de opresión brutal (tiranía), agresividad de cocodrilo (sauro) y arcaísmo antediluviano.

Al leer los escritos de Leonardo se tiene la nítida impresión de estar escuchando la voz de uno de los profetas del Antiguo Testamento. Es una especie de Isaías del siglo xxi alzando su voz, sin temor ni temblor, contra los poderosos y contra el culto al becerro de oro o Baal, ídolos que exigen sacrificios humanos.

Al revés que el oráculo de la Grecia antigua, que pretendía prever un futuro inevitable, una fatalidad ya decidida por los dioses del Olimpo, el profeta bíblico solo ofrece previsiones condicionales: vean lo que puede suceder si no cambiamos el rumbo, si no corregimos nuestra manera de vivir. Este es el carácter de los escritos de Boff, y su voz infinitamente preciosa tiene el timbre de bronce de las señales de alarma.

Necesitamos cambiar, nos dice el teólogo. Necesitamos una nueva civilización fundada en la hospitalidad, esta noble “virtud de otro mundo posible”, esta alternativa ética a la barbarie instalada en todo el orbe —una hospitalidad inclusiva que tiene que extenderse a la naturaleza, a la Tierra, a los árboles y animales—.

Los escritos de Leonardo Boff son leídos por millones de personas dentro y fuera de Brasil. Son semillas de un mundo diferente, semillas de paz, esperanza y solidaridad. Entre sus atentos lectores está también el papa Francisco, autor de una valiente encíclica, la Laudato Si’, que nos llama a escuchar “el grito de los pobres y el grito de la Tierra”.

Si en un futuro aún imprevisible la naturaleza y la humanidad consiguen sobrevivir contra la saña destructora del sistema, será gracias a voces proféticas e inspiradas como la de Leonardo Boff.

1 La referencias bibliográficas correspondientes a las obras de L. Boff, figuran al final del volumen.

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

I HAVE A DREAM

(YO TENGO UN SUEÑO)

 

 

En este momento en que cumplo ochenta años de edad y más de cincuenta en el oficio de la teología, me vienen a la mente estas palabras de Martin Luther King Jr. (1929-1968), poco antes de ser asesinado.

Miro hacia mi pasado como teólogo, que es lo que voy a describir en esta obra, pero mis pensamientos están dirigidos hacia los jóvenes y mi mente hacia la eternidad.

 

 

La importancia de los sueños

 

Doy mucha importancia a los sueños, soñados con los ojos cerrados por la noche y con los ojos abiertos de día. El discurso psicoanalítico, especialmente de C. G. Jung, da enorme importancia a los sueños, pues vienen de lo más profundo de nosotros mismos. El sueño es la palabra del inconsciente personal y colectivo, especialmente los grandes sueños que tienen que ver con nuestra propia identidad más radical y con nuestro destino en la vida.

Para la Biblia del primer y segundo testamentos, el sueño es una forma por la que Dios se comunica con su pueblo, con los jueces y los profetas. Los patriarcas reciben mensajes en sueños (Gén 15,12-21; 20,3-6; 28,11-22; 37,5-11; 46,4). Los jueces, que eran líderes populares (Jue 6,25), y reyes (1 Re 3), y especialmente los profetas (1 Sam 3,2; 2 Sam 7,4-17; Zac 6,25; Dn 2,7; Jl 3,1), también recibían en sueños mensajes divinos. Me siento incluido en las palabras del profeta Joel: “En los últimos días, los ancianos soñarán sueños y los jóvenes tendrán visiones” (Jl 3,1; He 2,14-17). Espero ardientemente que los jóvenes que me lean tengan visiones esperanzadoras para el futuro de la vida y de nuestra madre Tierra, seriamente amenazadas por agresiones de todo tipo debidas a la irracionalidad de nuestra civilización, que no conoce límites ni respeta ningún ser.

En el Segundo Testamento, José, esposo de María y padre social de Jesús, no pronunció ni una sola palabra, apenas tuvo sueños (Mt 1-2). Como obrero, hablaba con sus manos callosas. Por eso es el patrono de los trabajadores anónimos, a quienes nunca se da publicidad pero viven los valores evangélicos. Fue fundamental, como padre cuidador y proveedor de la sagrada familia, protegiendo al hijo de la sanguinaria voluntad de Herodes, huir al exilio egipcio. San Pablo tuvo sueños nocturnos que le mostraban el camino a seguir (He 16,92; 18,9; 23,11; 27,23).

El gran sueño de Israel era poseer una tierra donde manara leche y miel (Ex 3,15-18). Nadie proyectó un supremo sueño mejor que el profeta Isaías, en el siglo viii antes de Cristo:

 

Miren, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva; de lo pasado no haya recuerdo ni venga pensamiento, más bien gocen y alégrense siempre por lo que voy a crear; miren, voy a transformar a Jerusalén en alegría y a su población en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos; ya no habrá allí niños malogrados ni adultos que no colmen sus años, pues será joven el que muera a los cien años, y el que no los alcance se tendrá por maldito. Construirán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos, no construirán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma; porque los años de mi pueblo serán los de un árbol y mis elegidos podrán gastar lo que sus manos fabriquen. No se fatigarán en vano, no engendrarán hijos para la catástrofe; porque serán la estirpe de los benditos del Señor, y como ellos, sus retoños. Antes de que me llamen yo les responderé, aún estarán hablando y los habré escuchado. El lobo y el cordero pastarán juntos, el león como el buey comerá paja. No harán daño ni estrago por todo mi Monte Santo —dice el Señor— (Is 65,17-25).

 

Ese sueño es inmortal y, como todo sueño o utopía, de alguna manera anticipa el futuro que vendrá.

 

El sueño inmortal de Jesús

 

El mayor de todos los sueños es el de Jesús: el Reino de Dios ya presente entre nosotros. Los gestos liberadores de Jesús muestran signos de su presencia, como curar enfermos, limpiar leprosos, devolver la vista a los ciegos, resucitar a su amigo Lázaro, multiplicar panes y peces para una multitud hambrienta, calmar las revueltas aguas del lago de Genesaret y perdonar pecados (Lc 7,21-22). Entonces habrá libertad para los presos y liberación para los oprimidos (Lc 4,18s) y surgirá un mundo en que los pobres, los hambrientos y los sedientos, los que lloran y sufren serán bienaventurados (Lc 12,20). Al final, “habrá un cielo nuevo y una tierra nueva y Dios mismo enjugará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado” (cf. Ap 21,1.4-7).

 

Sueños como pesadillas

 

Todos los pueblos tienen sus sueños, que los empujan a trabajar en búsqueda de su realización. Hemos tenido, y aún tenemos, el sueño del capitalismo, de una sociedad de la abundancia. Se consiguió para un pequeño grupo a costa de dos perversas injusticias: la injusticia social de los millones y millones de pobres y miserables y la injusticia ecológica con la devastación de la naturaleza. Ese sueño, aunque continúe, está poniendo en riesgo las bases físico-químicas y ecológicas que sostienen la vida. Por su parte, la utopía socialista buscó una sociedad igualitaria, pero impuesta de arriba hacia abajo, anulando la identidad de cada individuo. Ese sueño costó la vida a millones de personas y se perdió en la historia.

Pero si no queremos estancarnos y hundirnos en el pantano de los intereses de las minorías poderosas y dominantes sobre las grandes mayorías populares tenemos que alimentar sueños.

La mayoría de esos sueños maximalistas terminó en una pesadilla, o lo que es lo mismo, en sueños con fatales consecuencias, especialmente para los pobres y marginados. Toda pesadilla viene del inconsciente, con imágenes de acontecimientos trágicos, de personas que nos atacan o situaciones con riesgo vital que nos meten miedo y producen angustia. Las pesadillas nos hacen despertar sobresaltados. Por ejemplo, durante el juicio de Jesús en el tribunal, la mujer de Pilatos le dijo: “No te metas con ese inocente, que esta noche en sueños he sufrido mucho por su causa” (Mt 27,19).

 

Los sueños buenos y prometedores

 

El gran sueño de Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) era anunciar la nueva fase de la historia, la noosfera, esto es, una humanidad unida de mente corazón habitando el mismo planeta. Enfatizaba que “el tiempo de las naciones ya pasó; lo que importa es construir la Tierra”.

¿Cuál es el sueño de la teología de la liberación? Que todos, empezando por los más pobres y oprimidos, puedan librarse de todo lo que les oprime externa e internamente y vivir como hermanos y hermanas en justicia, solidaridad, respetuosos con la naturaleza y la madre Tierra, en un gran banquete, disfrutando con moderación compartida de los buenos frutos de la gran y generosa madre Tierra. Muchos fueron perseguidos, presos, torturados y muertos en América Latina por intentar realizar ese sueño. Pero el sueño verdadero y bueno nunca muere. La esperanza nos garantiza que un día se realizará.

¿Y cuál es el gran sueño del papa Francisco, compartido también por la Carta de la Tierra y tantos ecologistas? Lo expresa bien en su extraordinaria encíclica Laudato Si’: sobre el cuidado de la casa común (junio de 2015) en esta frase:

 

Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra (n. 92).

 

O cuidamos de la madre Tierra, nuestra casa común, y nos damos la mano para trabajar juntos y en solidaridad, o formaremos el cortejo de quienes se dirigen a su propia sepultura.

Por eso vemos qué importante y urgente es alimentar sueños buenos que nos lleven a prácticas transformadoras y alimenten continuamente nuestra esperanza.

Ya en el atardecer de nuestra vida, queremos transmitir ese sueño a los jóvenes que vienen tras nosotros. A ellos les toca llevar adelante el sueño de Jesús, del papa Francisco, de la teología de la liberación integral y de tantas personas que también alimentan el sueño de una humanidad mejor. Esos jóvenes tienen que ser protagonistas de un futuro mejor para nosotros mismos, para la naturaleza y para la madre Tierra.

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

¿QUIÉN ES ESE QUE SE PROPONE HACER TEOLOGÍA?

 

 

Antes de arriesgarnos a hablar de Dios debemos preguntarnos cosas sobre el ser humano. Sin él, la

pregunta acerca de Dios pierde sentido. Si perdemos el ser humano, perdemos la senda que nos conduce a la realidad última.

Él es quien, mirándose a sí mismo, a la historia, a la naturaleza y al universo estrellado, se pregunta:

¿Quién puso todo eso en movimiento? Preguntas como esa son inevitables. Poco importa la creencia que tengamos o no tengamos, o la visión del mundo que asumamos, pues ambas se imponen forzosamente al espíritu humano.

 

 

El ser humano en el proceso antropogénico

 

A fin de cuentas, quiénes somos nosotros, pequeños seres sensibles, pensantes y amantes, sobre un pequeño y viejo planeta perdido en la inmensidad del espacio sideral?

Cuando nos planteamos radicalmente preguntas como esta, todos nos volvemos filósofos y teólogos, aunque no utilicemos esos nombres.

Pero hay quienes se toman esas preguntas como oficio de reflexión para su vida. Se hacen filósofos, pensadores y teólogos de las más diferentes tendencias.

Teniendo en cuenta todos los conocimientos que ya han acumulado las ciencias, nos preguntamos, tal vez con perplejidad: al final, quiénes somos como seres humanos?

El universo preparó todos los factores y encontró un sutil equilibrio entre todas las energías, informaciones y formas de materia para que emergiese el ser humano, portador de autoconciencia y de la percepción del misterio. Pero para ser lo que es hoy, sapiens sapiens, tuvo que recorrer un largo camino. Así como hay una cosmogénesis, hay también una antropogénesis, la génesis del ser humano, hombre y mujer, a lo largo del proceso evolutivo del universo, de nuestra galaxia la Vía Láctea, y de la Tierra. Él es el final de un camino que comenzó hace más de 13 millones de años.

Hace 75 millones de años, al final del Mesozoico, surgieron los más lejanos ancestros del ser humano, los simios. Eran pequeños mamíferos no mayores que un ratón. Vivían en lo alto de árboles gigantes, alimentándose de insectos y de flores, temblando de miedo a ser devorados por los dinosaurios mayores.

Tras desaparecer los dinosaurios hace 65 millones de años, esos simios pudieron evolucionar sin impedimentos. Hace 35 millones de años ya los encontramos como primates, que formaban un tronco común del que salieron los chimpancés y otros grandes simios por un lado, y nosotros, los seres humanos, por otro. Vivían en las selvas africanas, adaptándose a los cambios climáticos, en algunos momentos de lluvias torrenciales, en otros de tórridas sequías.

Hace 7 millones de años hubo una decisiva bifurcación a causa de una enorme depresión terrestre, el valle del Rift, que atraviesa de norte a sur buena parte de África. Por un lado, en la parte más alta, quedaron los grandes primates chimpancés y gorilas (con los que tenemos 99% de genes comunes) en las selvas húmedas y ricas en alimentos, y por otro, en la parte baja, surgieron las sabanas y regiones secas, y los australopitecos, ya en camino de la hominización. Por vivir en un hábitat escaso de alimentos tuvieron que desarrollar más el cerebro y usar solo dos piernas para poder ver más lejos.

Entre 3 o 4 millones de años, en la depresión del Afar etíope, el australopiteco tenía características humanoides. Hace 2,6 millones de años surgió el homo habilis, que ya manejaba instrumentos (piedras pulidas y palos) como una manera de intervenir en la naturaleza. Hace 1,5 millones, ya andaba sobre las dos piernas, y el homo erectus era capaz de realizar una elaboración mental. Pero mucho antes, hace 330 millones de años, ya había surgido el cerebro reptiliano, que regula nuestros movimientos instintivos como el latido del corazón, el pestañeo y las reacciones defensivas ante algo que puede herirnos. Y después, hace 220 millones, surgió el cerebro límbico, común a los mamíferos y a nosotros, que responde por nuestro universo interior de sentimientos, cuidados, amor, deseos y sueños.

Para completar el proceso, hace 7 u 8 millones de años se estructuró el cerebro neocortical, responsable de nuestra racionalidad y conexiones mentales. En esa secuencia, hace 200.000 años irrumpió en escena el homo sapiens ya plenamente humano, con un tipo de vida social, lenguaje y organización cooperativa para la subsistencia. Finalmente, hace 100.000 años surgió el homo sapiens sapiens moderno, cuyo cerebro es tan complejo que es portador de autopercepción consciente e inteligencia.

Esta es la base biológica de la percepción consciente de que somos parte de un todo mayor y que captamos esa energía de fondo que llena el universo, llenándonos de respeto y veneración ante el misterio que se revela y se esconde en el mundo, en el cosmos y en cada uno de los seres. Somos conscientes de que un engranaje une y reúne todas las cosas, y podemos entrar en comunión con él mediante ritos, danzas, cantos y palabras.

Surgido en África —por eso todos somos africanos—, ese hombre comenzará su peregrinación por los continentes hasta ocupar todo el planeta y llegar hasta hoy, cuando comienza el gran regreso a la casa común, dando origen a la fase planetaria de la humanidad y de la propia Tierra.

A partir del Neolítico, hace cerca de 10.000 años, empezó a vivir de forma organizada, construyendo pueblos, ciudades, estados, culturas y civilizaciones, e interrogándose sobre el sentido de su vida, de su muerte y del universo, como podemos ver en los grafitos y pinturas rupestres. Empezó a organizar su visión del mundo en torno de aquella energía poderosa y amorosa que sustenta y penetra todo, descubriéndose a sí mismo como un ser abierto a la totalidad y habitado por un deseo infinito. El misterio se vuelve más y más sacramental; esto es, se intuye cada vez más en la conciencia humana, que percibe que los hechos son más que meros hechos, descubriendo en ellos más significaciones y valores.

El ser humano traduce su respuesta al misterio con mil nombres que nacen de la reverencia, del éxtasis y del amor. Se siente inmerso en ese misterio que da sentido a la vida. Se abre al mundo que lo rodea, al otro, a las diversas sociedades, al Todo, a Dios. Nada le sacia. Su grito de plenitud es eco de la voz del misterio que lo llama. Él puede ser un compañero en el amor, oyente de la palabra, anfitrión del misterio percibido dentro de sí. Puede acoger, utilizando el lenguaje de la comprensión cristiana, el Dios-comunión-y-amor, y este Dios se puede comunicar con él.

A lo largo del proceso de antropogénesis se dieron las condiciones para que sucediera esto. El ser humano es una apertura infinita que clama por lo infinito. Lo busca insaciablemente en todos lados y bajo todas las formas, pero solo encuentra lo finito. ¿Qué infinito vendrá a su encuentro y lo llenará? Un vacío infinito exige un objeto infinito que lo lleve a su plenitud.

A la luz de esa visión antropogénica, podríamos decir que el ser humano es una manifestación de la energía de fondo, de donde proviene todo (vacío cuántico o fuente originaria de todos los seres). Es un ser cósmico, parte de un universo, posiblemente entre otros paralelos, articulado en once dimensiones (teoría de cuerdas), formado por los mismos elementos físico-químicos y por las mismas energías y por el polvo cósmico que componen todos los seres. Somos habitantes de una galaxia media, una entre dos billones; circulando alrededor del Sol, estrella de quinta categoría, una entre otros 300.000 millones, situada a 28.000 años luz del centro de la Vía Láctea, en el brazo interior de la órbita de Orión. Vive en un planeta minúsculo, la Tierra, considerado como un organismo vivo que funciona como un sistema que se autorregula permanentemente, llamado Gaia, y que nos da todo lo que necesitamos para vivir, nosotros y toda la comunidad de vida.

Somos un eslabón de la corriente sagrada de la vida; un animal de la rama de los vertebrados, sexuado, de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género homo, de la especia sapiens/demens. Estamos dotados de un cuerpo de 30 billones de células y de trillones de bacterias, renovado continuamente por un sistema genético que se formó a lo largo de 3700 millones de años, la edad de la vida; portador de tres niveles de cerebro, el reptiliano (de las reacciones instintivas), el límbico (de las emociones) y el más reciente, de hace 7 u 8 millones de años, el neocortical (del lenguaje y de la ordenación de los conceptos).

El ser humano es portador de una psique tan ancestral como el cuerpo, que le permite ser sujeto, psique habitada por todo tipo de emociones y estructurada por el principio del deseo, con arquetipos ancestrales y rematada por el espíritu, que es aquel momento de la conciencia por el que se percibe a sí mismo y se siente parte de un todo mayor, que lo hace permanecer siempre abierto al otro y al infinito. Es capaz de intervenir en la naturaleza, cuidando o dilapidándola y, así, capaz de hacer cultura, de crear y captar significados y valores y preguntarse sobre el sentido último del todo y de la Tierra, hoy en su fase planetaria, rumbo a la noosfera por la que mentes y corazones convergen en una humanidad unificada, habitando todos juntos la casa común, en el sueño ya mencionado por el papa Francisco y otros teólogos.

Nadie mejor que el matemático y filósofo Pascal (1623-1662) para expresar el ser complejo que somos: “Qué es el ser humano en la naturaleza? Un nada ante el infinito y un todo ante la nada, una unión entre la nada y el todo, pero incapaz de ver la nada de donde viene y el infinito que le atrae”.

En él se cruzan los tres infinitos: lo infinitamente pequeño, lo infinitamente grande y lo infinitamente complejo (Teilhard de Chardin y Morin). Por ser todo ello nos sentimos enteros pero incompletos, y aun naciendo, pues nos reconocemos llenos de virtualidades que quieren venir por nada, pero aún no llegaron. Estamos siempre en la prehistoria de nosotros mismos.

 

El ser humano: unión de sapiens y demens

 

No podemos olvidar un dato fundamental de la condición humana. No es un defecto de creación, sino de su naturaleza. El ser humano es diabólico y simbólico, cruel y tierno, caos y cosmos, sapiens y demens; es decir, tiene inteligencia y sabiduría y, simultáneamente —subrayemos esto: simultáneamente— tiene también excesos y actos de demencia.

Esa realidad compleja y contradictoria pertenece a la estructura del universo y de cada ser. Venimos de un inconmensurable caos (el big bang), y la evolución/expansión/auto-creación/auto-organización es una forma de poner orden en medio de ese caos. Pero no es solo caótico, sino también generador de nuevos órdenes, de donde viene el cosmos (belleza y armonía).

Como todo tiene que ver con todo y está ininterrumpidamente envuelto en redes de relaciones, el ser humano emerge también como un ser de relaciones totales.

Por ser descriptivos, y sin querer definir la naturaleza humana, ella emerge como un nudo de relaciones que miran en todas direcciones: hacia abajo, hacia arriba, hacia dentro y hacia fuera. Es como un rizoma, un bulbo con raíces en todas las direcciones. El ser humano se construye en la medida en que activa ese complejo de relaciones totales.

El desafío permanente es dirigir y mantener bajo control el tipo de relaciones que practicamos. Pueden ser destructivas y constructivas, pueden causar maleficios y beneficios. Por eso es importante el proyecto ético de base que orienta nuestra vida: como todo tiene que ver con todo y todos los seres son interdependientes, la criatura humana emerge también como un ser de relaciones totales.

El ser humano, por ser un nudo de relaciones, se caracteriza además por surgir como una apertura ilimitada: abierto a sí mismo, al mundo, al otro y al infinito. Siente en sí una pulsión infinita que le trasmite el sentimiento de vacío; de ahí su permanente insatisfacción. No se trata de un problema psicológico que pueda ser curado por un psicoanalista o un psiquiatra; es su marca distintiva, ontológica y, como ya hemos dicho, no un defecto. Esa falta de plenitud reclama una plenitud, fuente de su permanente esperanza.

En términos biológicos somos seres carentes. No poseemos ningún órgano que garantice nuestra subsistencia. Tenemos que activar nuestra red de relaciones en todas direcciones. Por esa razón somos esencialmente seres sociales que, con los demás, construimos el habitat común. Las civilizaciones nacieron de ese impulso relacional de los seres humanos, red de relaciones totales.

Pero tenemos un límite, que es la finitud de la vida. Nos cuesta acoger la muerte como parte de la vida y el drama del destino humano que ella implica. A través del amor, del arte y la fe presentimos que la muerte no es un final, sino una invención de la propia vida para transfigurarnos por medio de ella. Y sospechamos que en el balance final, un pequeño gesto de amor verdadero e incondicional vale más que toda la materia y energía del universo juntas.

Por eso solo podemos hablar, creer y esperar en una última realidad a la que somos atraídos como prolongación del amor, en forma de infinito.

Forma parte de la singularidad del ser humano no solo aprehender una presencia viva, misteriosa y amorosa, que sobrepasa todos los seres y con la que entretejer un diálogo de amistad y de amor, sino que además intuye que ella corresponde al infinito deseo que siente en sí mismo, infinito que es bueno y en el que puede descansar.

Esa última realidad no es un objeto entre los demás, ni una energía cualquiera entre otras. Si fuese así, podría ser detectada por la ciencia, y no sería la experiencia oceánica que no cabe dentro de ninguna fórmula. Esa realidad aparece como aquel soporte cuya naturaleza es misterio, que lo sostiene todo, alimenta y mantiene la existencia. Sin ella, todo volvería a la nada o al vacío cuántico de donde irrumpió.

Esa realidad es la fuerza por la que el pensamiento piensa, pero que no puede ser pensada. El ojo que lo ve todo, pero que no puede verse a sí mismo. Es el misterio siempre conocido y siempre por conocer indefinidamente. Recorre y penetra hasta las entrañas de cada ser humano y del universo entero.

Podemos pensar, meditar e interiorizar esa misteriosa realidad, subyacente a todas las realidades. Y en ese mismo camino debe ser concebido el ser humano.

Quién es y cuál es su último destino son respuestas que se pierden en lo incognoscible, siempre de alguna forma cognoscible, que es el espacio del misterio conocido y por conocer indefinidamente. Por eso, como seres humanos somos una ecuación que nunca se cierra y que siempre permanece abierta.

Hay que añadir aún un dato proveniente de la nueva cosmología. Todos los seres son expresión de este universo. Como su situación natural no es la estabilidad, sino el cambio, hoy se habla de cosmogénesis, no simplemente cosmología, pues todo está en su génesis aún, en proceso de nacimiento.

 

Somos tierra que siente, piensa y ama

 

El ser humano es el punto por el que el universo llega a sí mismo, se piensa y celebra la grandiosidad de su proceso. Como la Tierra está dentro de ese movimiento cosmogénico, el ser humano surge como esa porción de la Tierra que en un determinado momento de complejidad y altísimo orden comenzó a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Él es Tierra como atestigua el Primer Testamento y afirma también la encíclica ecológica del papa Francisco (n. 2).

Por esa razón el término “hombre” procede de humus, tierra fecunda, y el Adam bíblico significa en hebreo tierra arable y fértil. La Tierra es la Pachamama de los indígenas o nuestra gran Madre. Somos un fragmento de ella, aquel en que irrumpió el espíritu, y podemos llegar a identificar esa energía misteriosa, poderosa y amorosa que lo invade todo y sostiene todo: la fuente originaria de todos los seres.

El padre de la ecología norteamericana, el antropólogo y teólogo Thomas Berry (1914-2009) describió bien uno de los doce principios para entender el universo y nuestro papel en él: “Para la comunidad humana, el universo, el sistema solar y el planeta Tierra, en sí y en su emergencia evolutiva, son la principal revelación del misterio fundamental a partir del cual existen todas las cosas”.

Esa afirmación acerca del misterio fundamental que origina todo y de que somos Tierra pensante y amante hace aún más punzante la cuestión: Quiénes somos y quién revelará nuestra naturaleza y destino? En el escenario del mundo tal como es, y de la ecología, por muy integral que se presente, nadie puede darnos una respuesta satisfactoria.

Descifrar esta última realidad corresponde a la tarea del pensamiento filosófico y teológico, buscarle un nombre que venerar, o muchos nombres, sin que por ello podamos definir su naturaleza de misterio, cognoscible y siempre por conocer. Son solo señales que nos indican en qué dirección debemos pensar y qué actitudes debemos cultivar para poder captar su presencia misteriosa y amorosa.

Junto a la indagación sobre qué es el ser humano está inseparablemente la pregunta acerca de la última realidad a la que nos referimos antes.