Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Rituales para la amistad es una adición a la nueva colección "Conversaciones" de Almadía. En este ensayo epistolar, las reconocidas escritoras contemporáneas Jazmina Barrera, Elvira Liceaga y Daniela Rea exploran con profundidad el papel y la complejidad de la amistad en la vida. A través de una narrativa íntima y personal, estas tres autoras entrelazan sus experiencias con sus amistades, abordando temas como la pérdida, las relaciones pasadas y presentes, la memoria y la evolución de los afectos a lo largo del tiempo. Estamos ante un libro que respira compasión, ternura y afecto; un viaje íntimo y conmovedor a través de los altibajos de la vida y el poder transformador del afecto compartido.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 58
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Derechosreservados
© 2024 María Jazmina Barrera Velázquez, Daniela Rea Gómez y Elvira Liceaga
© 2024 Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.
Avenida Patriotismo 165,
Colonia Escandón II Sección,
Alcaldía Miguel Hidalgo,
Ciudad de México,
C.P. 11800
rfc: aed140909bpa
https://editorialalmadia.com/
www.facebook.com/editorialalmadia
@Almadia_Edit
Edición digital: abril de 2025
isbn: 978-607-2631-07-6
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Hecho en México.
La escritura es un acto colectivo. Si bien es cierto que la redacción tiene un dejo de intimidad y que cada quien decide cómo y dónde escribir –en una biblioteca, un estudio privado o un café lleno de gente–, el proceso creativo, sinuoso e imperceptible, se gesta desde el trato con amigxs, amantes, familiares, colegas y desconocidxs. Cuando los textos han sido terminados, se publican para que las palabras encuentren lectores, y continúan los diálogos que, a su vez, provocan obras nuevas.
Los libros, sin embargo –siempre con un título y un solo autor que en la cubierta o en el lomo autentifican la creación individual–, suelen sumarse a una visión personal, no grupal, del quehacer literario. La colección Conversaciones apunta en sentido contrario y une tres voces para hacer del libro un espacio de reflexión colectiva.
A través del tono anecdótico, informal y no totalizante de la charla, cada participante hace un primer texto donde le cuenta a los otros sus ideas sobre un tema. Luego, cada quien recibe y lee los escritos ajenos y redacta otros textos, en un ejercicio que pretende mostrar los efectos de las ideas de los demás en la escritura y enriquecer la experiencia literaria por medio de la polifonía.
Lxs editorxs
Amigas Daniela y Elvira, me emociona pensar con ustedes sobre la amistad. Llevo un tiempo ya dándole vueltas al lugar que otorgo y que ocupa la amistad en mi vida; un tiempo largo acomodando todas las amistades perdidas. Hasta escribí una novela. A veces siento que ese libro fue como una ceremonia de magia simpática, para cerrar y resolver mis muchas pérdidas amistosas. Construí tres personajes, las hice amigas, las separé y luego hasta las maté para procesar esos duelos, a falta de otros rituales. No funcionó, pero lo intenté.
Para el inicio y el fin de las amistades no existen rituales prestablecidos. Tenemos ritos para tantas cosas –hasta las más ateas de nosotras–: para dar vueltas al sol, comer, dormir, mantenernos limpias. Las parejas los tienen a montón: pláticas definitorias, preguntas performativas, aniversarios, bodas, divorcios, mudanzas, fotos rotas, hogueras. Con las amistades muchas veces es imposible determinar el momento exacto en que se consolidan, y mucho menos en el que se rompen. Nos vamos encontrando, juntando, conociendo, y un buen día ya no dudamos más en decir que alguien es nuestra amiga. Al final las amistades suelen diluirse en mensajitos sin responder, silencios que se prolongan y a veces dudas que nos acechan: ¿fue mi culpa?, ¿fue la suya?, ¿debí haberle insistido en vernos aunque tuviera gripa?, ¿debí haberme disculpado por hablar mal de su hermana?, ¿estará enojada o no, o solamente muy ocupada?, ¿habré sido mala amiga?, ¿desde que nació mi hijo ya no soy tan divertida?, ¿por qué me cayó tan mal esa vez?, ¿será muy tarde para escribirle?, ¿seguirá siendo la misma persona que conocí hace tanto tiempo?, ¿tendremos todavía algo en común?, ¿habrá por fin cortado con ese novio insufrible?, horas y horas de especulación sin fin. Un material infinito para hacer literatura.
En la infancia es diferente. No se me ha olvidado ese día de segundo de primaria en que Alba y Alejandra dejaron de ser mis amigas, me dijeron “córtalas” porque en el trabajo en equipo escribí con una caligrafía muy fea –pronto nos reconciliamos y Alba es mi amiga hasta la fecha, y excelente carpintera, en caso de que necesiten una–. Hay muchas personas de las que puedo decir sin duda alguna que son mis “buenas amigas”, hay otras que son solo “amigas”, y otras más son “conocidas”. Pero hay tantas zonas grises; amigas que fueron queridas pero hace décadas que no veo, otras que adoro pero a quienes creo que yo les caigo mal, muchas que quisiera que fueran más amigas mías, pero viven lejos o viajan mucho o yo viajo mucho o sus gatos me dan alergia y sus esposas tienen mal aliento. La amistad es un espectro de afectos y descontentos, distancias y cercanías.
Soy hija única y de niña estaba convencida de que, si no invertía tiempo en cuidar de mis amigas, me iba a quedar sola en la vida. Cuando fantaseaba con ser vieja me imaginaba viviendo con una, dos o tres de mis amigas, nunca con una familia “nuclear” (siempre que escucho esa expresión me entra la duda de si estamos hablando de un núcleo o de una bomba atómica), que es más o menos lo que tengo ahora, lo que quizás siga teniendo cuando llegue a ser una anciana. Hubo un tiempo en que acumular y consolidar amistades era mi principal pasatiempo. Hay amigas con las que construí futuros imaginarios espléndidos, con las que me imaginaba viajando a los cincuenta años por el Amazonas, filmando películas en Taiwán y adoptando gatos en Coyoacán, de las que hoy en día no sé nada.
A partir no sé de cuándo, empecé a perder amigas, poco a poco y a manos llenas. Para mí, volverme adulta ha significado eso: cambiar tiempo con las amigas por trabajo, familia, libros, contadoras y clases de idiomas. Acomodar esas pérdidas –tratar de– me ha tomado una novela, varias sesiones de terapia y muchas noches de pesadillas –aunque no todos los sueños son malos, uno de los más recurrentes es que me reconcilio con ellas–.
Con muchos amigos pasa que la comunicación se corta, pero suele quedar un cariño que perdura a pesar del tiempo, la distancia y las transformaciones. Una amistad es sobre todo una conversación que se retoma cada tanto, y suele haber puntos y aparte. Hay amigos que no veo hace muchísimos años, pero sé que si me los encuentro me van a saludar con cariño. Amigas con las que cada encuentro reinstaura una cercanía inmediata que sobrepasa cualquier paréntesis, por más largo que pueda haber sido. Hay amigas que sé que lo siguen siendo, aunque nos separen años de silencio y continentes. La amistad es una acción, pero es también una condición.
Suele haber puntos aparte y a veces hay puntos finales. Las amigas que murieron. Los amigos. El silencio más definitivo.
Pero las peores son las examigas vivas que se vuelven fantasmas. Las que te hacen la ley del hielo, te evitan y te bloquean de todas sus redes sociales, sin que quede claro el motivo ni haya una charla de por medio. Con muchas de ellas es difícil –sobre todo si comparten tus círculos de amigos– que no se te aparezcan de pronto, cuando menos las esperas. Es tan elocuente el verbo ghostear –¿podríamos traducirlo como fantasmear?– porque, al tratarte como fantasma, al negarte el diálogo –o la bronca– que constata tu existencia, sucede también lo inverso: ellas son las que aparecen, de pronto, como una ausencia encarnada.
