Sepulcro en Tarquinia - Antonio Colinas - E-Book

Sepulcro en Tarquinia E-Book

Antonio Colinas

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Beschreibung

Con motivo del 50 aniversario de su publicación, una nueva edición de uno de los grandes poemarios de la literatura española contemporánea.  En 1975 se publicó Sepulcro en Tarquinia, que recibió entonces el Premio Nacional de la Crítica y cuya lectura habría de marcar a varias generaciones. Una obra por la que no ha pasado el tiempo y que presentamos ahora acompañada por los comentarios de dos prestigiosos hispanistas, Vicenç Beltran e Isabella Tomassetti. Gracias a esta nueva edición, reviven sus valores primordiales: la sensibilidad, expresada con un lenguaje nuevo y osado; la intensidad, que lo ha señalado como un libro emblemático durante las cinco décadas de su existencia; y, sobre todo, su poderoso simbolismo: la cultura que se hace vida, y viceversa, que lo libra de cualquier ligereza o tópico. En él contienden, además, dos mundos: el de la Italia clásica, con los telúricos del origen, y el de las raíces vitales del autor. La prueba era difícil, pero el resultado no puede ser mejor. No en vano, uno de sus primeros comentaristas, el profesor Valbuena Prat, lo reconoció en su Historia de la literatura española como «un libro de prodigiosa hermosura». «Sepulcro en Tarquinia se alza entre los grandes poemarios del pasado siglo. Pasan los años, pero su intensa armonía y equilibrada belleza sigue fascinando a los lectores». José Enríquez Martínez, Diario de León «La obra de Antonio Colinas es una de las más bellas y genuinas de la literatura europea contemporánea».Alejandro L. Andrada, Córdoba    Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura.

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Seitenzahl: 172

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

Cubierta

Portadilla

A modo de introducción

Bibliografía esencial

Sepulcro en Turquia 1971-1974

Piedras de Bérgamo

Simonetta Vespucci

Piedras de Bérgamo

Lago de Trasimeno

Giacomo Casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece, en Bohemia, el conde Waldstein

Fiésole

Encuentro con Ezra Pound

Novalis

Poseidonia, vencedora del tiempo

Vamos, vamos a Europa

Noviembre en Inglaterra

Sepulcro en Tarquinia

Sepulcro en Tarquinia

Castra Petavonium

I. Castra Petavonium

II. Venía un viento negro

III. A la salida del campamento la calzada cruza un desfiladero

IV. Laderas de Peña Trevinca

V. A un brazo de bronce

VI. Trasmontes

VII. Los estanques

VIII. Necrópolis

Dos poemas con luz negra

No se aloja en los mesones sino bajo el cielo estrellado

Misterium fascinans

Dedicatorias

Lectura del poema Sepulcro en Tarquinia. Vicenç Beltran

Lo que debo decir. Antonio Colinas

Sepulcro en Tarquinia, poema sinfónico. Juan Carlos Ramos

Notas

Créditos

A modo de introducción

Isabella Tomassetti

Sapienza Università di Roma

1

Una efeméride importante

… en este libro mío yo no había pensado recoger una recopilación de poemas-fotografías, sino que me esforcé para que el poema fuera otra cosa que poema; no algo encorsetado, sino una especie de atmósfera, de aroma, de sombra o de luz (al final del libro, de luz negra). El poema, pues, como algo más que un puñado de palabras, de prosa cortada en trozos. El libro iba paradójicamente a tener un eco fulgurante, pero reconozco que no era un texto para mentes literariamente cerradas.1

Con estas palabras Antonio Colinas describía el contenido y el impacto de una obra tan admirable como Sepulcro en Tarquinia en su apasionante libro de memorias, publicado cuatro décadas después del poemario que le valió, en 1975, el Premio Nacional de la Crítica. El poeta evocaba las circunstancias vitales y el trasfondo intelectual que propiciaron la creación del libro, facilitando a sus lectores una exégesis tan sugerente de sus imágenes como deliberadamente elusiva. Por otra parte, el encanto de la poesía consiste precisamente en irradiar significaciones, activar lecturas recónditas, fomentar interpretaciones inéditas: las composiciones de Sepulcro en Tarquinia invitan de manera rotunda a esta forma de aproximación.

Cincuenta años después de su afortunada publicación en la colección de poesía Provincia, de la Institución Fray Bernardino de Sahagún (Diputación de León, 1975), Sepulcro en Tarquinia sigue siendo una obra poética de extraordinario calado en el panorama de la poesía española contemporánea, y continúa ocupando, retrospectivamente, un lugar crucial en la trayectoria creativa de Antonio Colinas. En efecto, el libro del que hoy celebramos el cincuentenario de su publicación reúne un entramado de temas, imágenes y «atmósferas» que se vislumbraban en los libros anteriores y que alcanzarían su plena madurez en poemarios sucesivos, especialmente en Astrolabio (1979) y Noche más allá de la noche (1983).

Cuando apareció la primera edición de Sepulcro en Tarquinia, Antonio Colinas era un joven poeta que se había dado a conocer con tres libros publicados entre 1969 y 1972: Poemas de la tierra y de la sangre (1969), Preludios a una noche total (1969) y Truenos y flautas en un templo (1972).2 En estos poemarios, caracterizados por un lirismo intenso y una capacidad extraordinaria para representar la unión entre lo humano y lo natural, Colinas había inaugurado también algunos temas que delataban una cosmovisión personal, una manera de percibir la realidad y, en definitiva, una concepción de la experiencia poética que se mantendrían constantes a lo largo del tiempo. Esta veta «neorromántica», identificada y así rotulada por una parte de la crítica en un afán taxonómico que quizá no representara cabalmente al autor,3 corría pareja con la creación de un andamiaje métrico-prosódico y estilístico que desde los primeros poemas reveló la gran maestría de Antonio Colinas en la creación de un lenguaje poético refinado, eufónico, armonioso y evocador.

La recepción de Sepulcro en Tarquinia en España fue sensacional, no solo porque había merecido el Premio Nacional de la Crítica, sino porque proponía una singular comunión entre poesía y vida revestida de intensas pero vívidas experiencias culturales. En un momento en que los elementos de alta cultura podían ser juzgados como guiños artificiales para lectores afines, Antonio Colinas vivía inmerso en un aprendizaje de los frutos más granados de la tradición literaria y artística europea. Para él, la cultura no se exhibía, sino que se absorbía, se respiraba y se asimilaba como alimento espiritual; la cultura era vivencia, no ornato.

Entre las recensiones que inauguraron la enjundiosa fortuna de Sepulcro de Tarquinia se señalan las de César Aller,4 Alejandro Amusco,5 Marcos-Ricardo Barnatán,6 Luigia Bonicalzi,7 Alfonso Carreño,8 Victoriano Crémer,9 Florencio Martínez Ruiz,10 Alfonso Peyrac y Gonzalo Rodríguez,11 Carmen Ruiz Barrionuevo12 y Luis Antonio de Villena.13 Especial también la opinión de Guillermo Díaz-Plaja, que afirma: «Tan exigente estética solo puede servirse con una extremada sabiduría retórica, con una secreta música».14

Muchos de ellos, poetas también, resaltaron el refinamiento expresivo y la singular síntesis entre construcción intelectual y tensión emotiva. Luis Antonio de Villena, amén de realzar el lirismo puro de los versos e identificar los temas capitales, reconocía en Sepulcro en Tarquinia un éxito pleno y, proféticamente, divisaba en el poemario el comienzo de un prometedor recorrido:

Con Sepulcro en Tarquinia, su hasta ahora último libro, y reciente Premio de la Crítica 1975, Antonio Colinas nos da su poesía más decantada. Asimilación ya perfecta de todo su proceso anterior, buen poema, e inicio posible de singular camino…

Entre la evocación viva de Italia —donde Colinas ha residido algunos años— y de su tierra natal, León, Sepulcro en Tarquinia es un libro intensamente lírico, presidido por el tiempo (como decurso y presencia) y por la muerte. […] Un libro lírico, eso es Sepulcro en Tarquinia. Y, por supuesto (entre la mejor poesía joven del momento), un logro y una cumplida esperanza.15

Por su parte, Victoriano Crémer subrayaba el componente emotivo y musical de la escritura coliniana, definiéndola como «poesía que alumbra desde los adentros serenos, aunque conmovidos, del alma del poeta, y que se derrama, sin tumulto, sin ruidos desacordados, sin estridencias ni retorcimientos inundando al lector de un frescor y al mismo tiempo de una cálida porfía…». Casi a la vez, Marcos-Ricardo Barnatán celebraba la «serena compostura» del verso, que «ejemplariza una forma de hacer desacostumbrada y que se fundamenta en un cuidado verbal nunca extremizado y en una sensibilidad cultural enorme: abierta a las más fértiles fuentes y dispuesta a una medida ensoñación». También Alejandro Amusco destacaba el perfecto encaje entre reflexión y emoción e inscribía a Colinas en un «romanticismo diacrónico» e intemporal, incidiendo también en la sublime habilidad técnica del poeta y destacando como rasgos característicos «la inteligencia y la belleza de su obra».

En la misma línea se sitúan Alfonso Peyrac y Gonzalo Rodríguez, que remarcaban la originalidad de Colinas con respecto a la generación rupturista de los novísimos e insistían en la aptitud del poeta para combinar cultura y vida: «Jamás el verso queda sepultado por un exceso de referencias culturales o culturalistas». Asimismo, Guillermo Díaz-Plaja insistía en la primorosa síntesis entre referencias culturales y vivencias, de la que mana una integración entre el «saber» y el «sentir»: «El poeta transporta a su dicción la galería de sus recuerdos, en tanto que estos recuerdos forman parte de su caudal emotivo». Alfonso Carreño comparte esta visión de Sepulcro en Tarquinia, reconociendo en la obra una deslumbrante integración entre pericia técnica y fundamento lírico:

Al abrir el poemario […] el lector se percibe de inmediato sumergido en un armónico mundo de honrado conocimiento, donde la germinal ira del lector ante un impúdico decadentismo neomodernista se ve amordazada de inmediato por el sabio empleo de tan sobado utillaje.

También César Aller destacó la pureza y el refinamiento que había alcanzado la escritura de Colinas en Sepulcro en Tarquinia, incidiendo en la admirable síntesis entre la dimensión intelectual y la esfera del sentimiento:

La entrega que ahora nos hace el poeta con su Sepulcro en Tarquinia creo que supone un considerable avance sobre lo conseguido en etapas anteriores, tanto en lo que se refiere al dominio de la forma como a la entrega de su propio don, que es una refinada sensibilidad a la que sirve de puente maravilloso una palabra transparente y dinámica, llevadora de un caudal de interiores aguas rebosantes, contenidas también y nunca desbordadas, siempre bajo la guía de una sabia intuición, rienda también intelectual, cultivado léxico y suaves ritmos.16

Entre las lecturas más orientadas hacia el componente temático figura la de Florencio Martínez Ruiz, que realzó la capacidad de Colinas de percibir la profundidad histórica del individuo realizando «una auténtica imantación del hombre y la historia, en una vivencia integradora y prolongada de sentimientos y emociones». También Carmen Ruiz Barrionuevo se centró en los ejes simbólicos de Sepulcro en Tarquinia, subrayando la proyección metafísica de Antonio Colinas, siempre a partir de la observación del mundo natural: «Colinas va a lo metafísico a través de la naturaleza, le preocupa el Tiempo, pero el tiempo aquí configurado lo es en dos experiencias vitales, en dos naturalezas distintas».

La resonancia de Sepulcro en Tarquinia en Italia, tierra evocada y celebrada en el poemario, no tardó en concretarse en una reseña de Luigia Bonicalzi, quien intuyó en la representación de esta ciudad la lectura intrahistórica del espacio urbano que Colinas fue esbozando a lo largo del poema «Piedras de Bérgamo» y en otros versos del libro: «Il poeta scopre la bellezza autentica della civilissima città, al di là di rappresentazioni parziali e stereotipe —fremente condottiero, codice istoriato—, nonché la vita che continua intatta nonostante il fluire dei secoli e le loro mitiche cristallizzazioni».

El éxito de público y crítica fue tan rotundo que en 1976 salió en Barcelona una segunda edición de Sepulcro en Tarquinia, en la colección El Bardo, de la editorial Lumen, con un breve pero penetrante prólogo de Francisco Brines,17 del que quiero destacar un pasaje:

Sepulcro en Tarquinia, su tercera entrega, sintetiza los libros anteriores, y afirma la honda madurez del poeta. Lo literario se ha transformado en vida. Persiste la emocionante pureza de la mirada. Amor, cultura y naturaleza alientan ahora en el ámbito real de lo cotidiano: todo es ya experiencia quemada, y salvada en la palabra. En el bello y largo poema que da título al libro se nos ofrece el recuerdo roto de una historia amorosa, en las tierras de Italia, y nos la entrega desvanecida, y construida, en música. Es síntesis no solo de maneras poéticas sino también de vida. Si el lenguaje se hace más irracional es porque así lo exige la precisión del poema. Colinas, en esa universalidad cada vez más alcanzada, se nos presenta, conjuntamente, romántico y clásico: intenso y armonioso.

Tampoco esta segunda edición pasó desapercibida, y recibió reseñas por parte de Manuel Alvar,18 Ernestina de Champourcín,19 Antonio Domínguez Rey20 y Miguel d’Ors.21 Todos ellos ensalzaron la maestría y originalidad de Antonio Colinas y la madurez alcanzada en Sepulcro en Tarquinia, con su equilibrio entre efusión emotiva y contemplación seráfica. Entre las apreciaciones de estos ilustres críticos, se señala la acertada e impecable síntesis de Ernestina de Champourcín:

Lleno de reminiscencias clásicas e históricas recogidas sin duda durante los cuatro años que el autor vivió en Italia, su forma es, sin embargo, absolutamente de hoy, y sus endecasílabos sin rima fluyen como un río caudaloso en el que se entrelazan realidades y recuerdos. Pero su cultura, bien patente, no estorba a su lirismo y el poema se eleva sin lastre, atraído por lo azul como los esbeltos cipreses italianos.

El poemario se fue reeditando de forma exenta o en el seno de volúmenes de poesía reunida que aparecieron a lo largo de las siguientes décadas: en 1982, se publicó por la editorial Visor la primera recopilación de la poesía de Antonio Colinas; en 1994 Sepulcro en Tarquinia volvió a encontrar cabida en un volumen de poesía reunida,22 también publicado por Visor; en ese mismo año salió la tercera edición de Sepulcro en Tarquinia, con prólogo de Juan Manuel Rozas,23 y en 1999 un tercer libro de poesía completa volvió a acoger el poemario.24 Al mismo año se adscriben una edición alicantina del poema «Sepulcro en Tarquinia», con grabados de Ramón Pérez Carrió,25 y otra en Barcelona, que publica el largo poema ilustrado por Monserrat Ramoneda.26 En 2004 apareció un nuevo volumen de poesía completa publicado por Visor27 y, gracias a los desvelos de José E. Martínez, salió a la luz la edición comentada de tres poemarios (incluido Sepulcro en Tarquinia) en la editorial Cátedra.28 El trigésimo aniversario de la publicación del libro fue la ocasión para que saliera una edición conmemorativa,29 que incluyó un CD con la grabación de la voz del propio poeta leyendo los poemas. El año 2009 brindó una nueva edición que incluía únicamente el poema extenso que da el nombre al libro, con ilustraciones de Javier Alcaíns,30 y en 2011 el poemario entero volvió a aparecer en la Obra poética completa que publicó la editorial Siruela.31 Finalmente, se adscribe al año 2025 otra edición celebrativa del quincuagésimo aniversario por la Fundación San Millán de la Cogolla, con prólogo de Alfredo Rodríguez y epílogo de Enrique Cabezón.32 Esta edición, sin embargo, como las de 1999 y 2009, incluye únicamente el poema «Sepulcro en Tarquinia». Gracias a la generosa iniciativa de Siruela, cinco décadas después de la editio princeps, tiene ahora el lector en sus manos la edición integral del poemario revisada por el autor. Ningún mejor regalo para celebrar el cincuentenario de una creación tan valiosa e importante.

2

Forma y misterio de la poesía:

un libro pletórico

Al margen de las fervorosas y entusiastas reseñas que se han mencionado, Sepulcro en Tarquinia entró inmediatamente en el canon de la poesía española contemporánea, como demuestra su inclusión en las antologías de Enrique Martín Pardo y Víctor Pozanco.33 Además, en la magna obra de Ángel Valbuena Prat, publicada solo dos años después del poemario de Colinas, figura un comentario en el que se habla de «un libro de prodigiosa hermosura», pues «literatura y arte se transforman en él definitivamente en belleza sentida y vivida».34 El libro fue objeto de estudios puntuales, tanto en los prólogos de algunas ediciones (me refiero especialmente a la preciada introducción de José Olivio Jiménez a la edición de 198235 y a la de José Enrique Martínez Fernández a su edición de 2004)36 como en artículos o ensayos independientes, entre los cuales quiero destacar (en orden cronológico) los de José Olivio Jiménez,37 Juan Manuel Rozas,38 Susana Agustín,39 José Enrique Martínez Fernández,40 Clara Isabel Martínez Cantón,41 Maria Fellie42 y Vicenç Beltran.43

Como es sabido, Antonio Colinas escribió los poemas que forman parte de Sepulcro en Tarquinia durante su estancia en Italia, entre 1971 y 1974. Colinas había llegado a Milán para trabajar como profesor invitado y lector de español durante seis meses y por una favorable coyuntura la estancia se alargó cuatro años. En ese tiempo el poeta pudo conocer hermosas localidades del norte de Italia, empezando por la ciudad de Bérgamo, donde también trabajaba un día a la semana. Las metas de sus viajes por Italia fueron muchas, pero cabe destacar la montaña y los lagos lombardos, la costa ligur, Venecia, Florencia, la región de Umbría, Roma y algunos lugares de la Magna Grecia. Se embebió tanto de la cultura italiana y disfrutó de tal manera de las sugestiones estéticas e intelectuales allí recibidas, que destacó en más de una ocasión su magnífico aprendizaje italiano. Esa inmersión en una realidad tan profundamente marcada por la historia y la belleza lo sumió en un estado de contemplación constante, profunda, inevitable. Una meditación siempre vinculada a la percepción sensible y a una forma humilde y serena de estar en el mundo. Fruto de esta sintonía con la cultura italiana ha sido desde entonces su labor como traductor, del que recordaremos algunas de sus ediciones emblemáticas, como las que dedicó a Giacomo Leopardi y al premio nobel Salvatore Quasimodo.44

El poemario se articula en cuatro partes de las que intentaré ofrecer aquí un rápido esbozo, consciente de los límites que debe tener un prólogo meramente funcional a la presentación de una gran obra poética recién reeditada como libro exento. En las primeras dos partes predomina el elemento italiano, mientras que en las otras dos se aprecia el espacio originario del noroeste español. El mismo Colinas explicó con claridad esta contraposición entre los dos ámbitos geográficos y culturales representados en el libro:

Las dos primeras partes del libro luchan con la tercera y la cuarta. En las primeras está el mundo latino. En las segundas, esa realidad que, como tan bien ha señalado Francisco Brines, yo redescubro subterráneamente por debajo del tiempo y de la Historia: mis tierras del noroeste. El mundo latino, petrificado o sonámbulo en los espacios de Italia y el mundo recio y duro de las últimas tierras de Hispania conquistadas por Roma, las de los montes galaico-leoneses.45

Sin embargo, no se trata de dos espacios antagónicos sino complementarios, no solo porque en el segundo se encuentran vestigios del primero, sino porque ambos forman parte de las vivencias del autor y, a pesar de sus diferencias, hay un hilo sutil que los une en la mirada introspectiva del poeta. Pero veamos más en detalle la estructura del libro.

La primera parte de la obra, titulada «Piedras de Bérgamo», contiene diez poemas relacionados con lugares, sucesos o personajes de la tierra en la que el poeta estaba viviendo en aquel entonces. Prevalecen el metro endecasílabo y el alejandrino, pero también se registran poemas heterométricos con versos de medida inferior, sobre todo heptasílabos. También se observa en algunos textos de la sección un uso peculiar de la puntuación, especialmente la omisión del punto final; asimismo, se elude el uso de las letras mayúsculas para abrir el poema. Se trata de un rasgo formal propio de las vanguardias y de las poéticas rupturistas que caracteriza a algunas de las partes del libro y que los primeros reseñadores no dejaron de señalar. Sin embargo, esta forma de infringir las normas ortográficas se nos muestra como una invitación a una lectura «abierta» de los textos: la falta de punto final parece sugerir una ideal prosecución del poema, así como el comienzo en letra minúscula apunta a un exordio oculto, silenciado. En ambos casos el poeta nos está indicando los caminos recónditos del pensamiento poético y las infinitas formas que puede adquirir.

La mujer celebrada en el poema que abre la sección, Simonetta Vespucci, se ofrece como un símbolo poderoso, el de la belleza que perdura en el tiempo gracias al arte, a pesar de su caducidad terrenal: en efecto, la modelo de Sandro Botticelli murió muy joven, pero quedó eternizada en los cuadros del pintor. Tiene un fuerte alcance simbólico también el poema dedicado a Giacomo Casanova, que presenta al célebre seductor hablando en primera persona, ya viejo y cansado, en el acto de aceptar el cargo de bibliotecario en Bohemia. El rechazo de Casanova por todo lo que es perecedero constituye una forma de sublimación del horror a la muerte. Estos poemas constituyen un díptico ejemplificador de la función salvífica y eternizadora del arte: tanto Simonetta Vespucci como Casanova, por un lado, representan la finitud de la vida humana, y por otro ensalzan el poder perpetuador de las creaciones humanas.

El poema «Piedras de Bérgamo», que da el título a la sección, condensa una visión magníficamente concreta y a la vez transfigurada de la ciudad, protagonista de una prosopopeya en la que el poeta se dirige al espacio urbano que está contemplando; el yo lírico enumera aquí objetos, estatuas, monumentos y rincones de la ciudad, identificando en la majestuosidad de la piedra la señal de un orden cósmico. La misma solemnidad descriptiva se aprecia en «Fiésole», poema en que también se observa la personificación de un lugar concreto en una secuencia admirable de imágenes que remiten a los cinco sentidos. También apunta a una intensa percepción sensorial el poema «Lago de Trasimeno» —cuyo epígrafe recuerda el lugar donde tuvo lugar la batalla en la que los romanos perdieron contra Aníbal—, que describe la visión del lago desde el tren en una tarde de tormenta.

Presenta una andadura más narrativa el poema «Encuentro con Ezra Pound», en el que Colinas ofrece un sugestivo relato lírico de su búsqueda del poeta norteamericano en Venecia, ciudad que encarna una síntesis perfecta entre vida y muerte. A otro poeta se refiere el poema «Novalis», auténtico himno a la noche, tema primordial en la poética del escritor alemán, pero no exento de influjos machadianos en la iteración de la expresión «te conozco» —dirigida a la noche— que el poeta de Sevilla había utilizado en su diálogo ideal con la tarde en «El limonero lánguido suspende». «Poseidonia», también conocida como Paestum, parece dialogar con el que contempla las poderosas ruinas de la antigua ciudad de la Magna Grecia, un símbolo perenne de la unión entre los hombres y los dioses.