Tan amada - Poldy Bird - E-Book

Tan amada E-Book

Poldy Bird

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Beschreibung

La escritora Poldy Bird lanzó su nueva obra Tan amada en memoria de su hija Verónica -a quien le dedicó casi todos sus cuentos y que falleció hace poco menos de dos años-, que incluye relatos inéditos y algunos clásicos que quedaron en la memoria colectiva.    "No hay una sola huella que indique que te has ido a ordenar las estrellas.   Al ángel encargado, por una distracción, se le cerró la puerta".

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Seitenzahl: 118

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Tan amada

Tan amada

Poldy Bird

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Carta de ricardo montaner
Estás
Todo lo nombra su nombre
El día que se inventó el amor
El gobelino
La cita
Agua del recuerdo
Una planta llamada Verónica
Caja de voces
Babau avión
Hablame de papá
Luz del mundo
La palabra que cure las heridas
En alto vuelo
Son los sueños
Manitos gordas
Poder llorar oyendo unas canciones
El alma de la casa
Casi un trébol de cuatro hojas
Navidad
Otro año
Una caricia
Hasta que vuelva tu ángel
Alguien cuidará mis plantas
Las fiestas
Cosas valiosas
La jirafa de azúcar
Los reyes magos
No te olvides de mí, corazón
Último árbol del milenio
Srchibaldo y perfumada
La muerte del jardín
Mi abuela dice
La que no fue invitada
El tiempo tiene plumas aceitadas
Tan amada

Poldy Bird

Tan amada. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2016.

E-Book.

ISBN 978-987-609-581-5

1. Narrativa Argentina.

CDD A863

© Poldy Bird, 2010

© Editorial del Nuevo Extremo S.A., 2014

A. J. Carranza 1852 (C1414COV) Buenos Aires, Argentina

Tel/Fax: (54-11) 4773-3228

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Imagen editorial: Marta Cánovas

Diseño de tapa: Sergio Manela

Diseño de interior: m&s estudio

Primera edición en formato digital: junio de 2015

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-581-5

carta de ricardo montaner

Querida Poldy:

¿Por qué tú?

¿Y quién iba a contarnos del dolor, con tanta realidad y verso, si no tú?

¿Y quién podría darle forma de poesía a una lágrima perdida, si no tú?

¿Y quién mejor para Dios que tú para hablarles a los comunes del dolor que Él sintió el día que vio a su hijo morir por nosotros?

¿Por qué tú?

Porque en medio de la devastación, tú sigues siendo preferida.

Sólo a alguien como tú puede escoger Dios para transmitirnos su dolor con palabras del corazón.

Te amamos.

Nos dueles.

estás

(Para Verónica)

No es verdad,

no estás muerta,

no hay una sola huella

que indique que te has ido

a ordenar las estrellas.

Estás aquí,

mirando,

dando vueltas.

susurrando no llores,

no llores, estoy cerca.

No es verdad,

no estás muerta.

Al ángel encargado,

por una distracción,

se le cerró la puerta.

todo lo nombra su nombre

Porque ella usaba zapatitos de charol con medias blancas

porque se tentaba de risa

porque siempre se comía las uñas

y nunca las tuvo largas ni pintadas de rojo

porque era mi chiquitita desde chiquitita pero nunca conocí una madre tan madre para criar a su hijo

porque se teñía nuevamente de negro las remeras negras descoloridas

porque era mi princesa

pero no le pude hacer ningún regalo costoso en estos últimos años

porque viajaba en colectivo ella que nunca había salido sin viajar en auto

porque tuvo que cuidarme un mes en terapia intensiva

y se aterrorizó cuando me operaron el corazón

porque creo que se murió por tanto miedo de que me muriera

porque no tenía faltas de ortografía y era la mejor editora que conocí

porque era ocurrente y sagaz

porque era tan linda

porque nunca dejó de luchar

porque es mi princesa

porque a nada quise más que a ella

porque no querré a nadie como la quiero

porque no teníamos que hablar para decirnos las cosas

porque quiero que vuelva

porque quiero irme con ella

porque todo en el mundo y todo en el alma tiene su nombre

y es el único nombre que todo lo nombra

Verónica

y es el misterio que mantiene las estrellas encendidas

el día que se inventó el amor

Todos los días se inventa alguna cosa.

Una vez, quién sabe cuántos miles de años hace, una planta sonrió y se le abrieron cinco pétalos amarillos; era un veintiuno de septiembre y ese día se inventó la primavera.

Y otro día, fue el verano, esa enorme envoltura azul del mundo, debajo de la que nos movemos como peces caprichosamente vestidos por Dior o la señora de la vuelta de casa.

A mí me dan menos pena los niños en verano.

Aunque siempre me dan un poco de pena, no sé muy bien por qué, quizá porque yo era una niña triste y golpeada, temerosa de hablar, y me puse a escribir porque escribir era una manera de decir las cosas a los gritos sin que los grandes se dieran cuenta. Verano. Infancia. Pena.

Pero hubo también otro día. El día que se inventó el amor.

No, por más que te hagas el que lo sabés, no lo sabés.

No fue la tarde aquella que me invitaste a tomar un café y los dos revolvimos los pocillos interminablemente mientras buscábamos palabras que no tuvieran los bordes desflecados.

Tampoco fue la primera vez que me besaste y mi sangre creyó que era Año Nuevo porque un montón de estrellas prendieron sus fuegos artificiales en su cauce rojo.

No. Tampoco fue el día en que decidimos que queríamos vivir juntos para siempre, impregnar con nuestro olor una misma cama, correr hacia los pies la misma sábana en las noches de calor, levantar hasta el cuello una misma frazada, a cuatro manos, las narices heladas y unas ganas locas de que no existan los despertadores.

Ni el día que nos quedamos en silencio, mirando ese departamento de un ambiente dividido en dos por un tabique que tapizamos con reproducciones de Picasso, De Vlamink, Matisse, y con dibujos y acuarelas de algunos amigos nuestros que pintaban. Teníamos que hacer malabarismos para movernos de un lugar a otro, y sin embargo queríamos invitar a todo el mundo para que conociera nuestro primer hogar. Me complicaba con recetas exóticas para demostrarles a las visitas que no me iba tan mal como ama de casa...

A los tres meses empezamos a buscar un departamento más grande, porque ese estaba bien para dos, pero tres..., ¿adónde íbamos a poner la cuna? ¿Adónde íbamos a colgar los pañales para que se secaran? ¿Y los juguetes, en dónde los pondríamos?

No. Tampoco fue ese el día que se inventó el amor.

Ahora voy a decírtelo: lo recuerdo perfectamente. Habíamos discutido por alguna pavada. Los dos nos sentíamos un poco prisioneros de esa situación nueva que vivíamos: con un contrato a perpetuidad a causa de esa niña que reclamaba su mamadera cada dos horas. O a causa del miedo que provocan siempre las cosas nuevas, aunque sean hermosas. O a causa de haber tenido infancias solitarias que se nos aparecían como fantasmas en los momentos de alegría, para enturbiarlos, y los momentos de tristeza, para acuciar nuestro dolor.

Habíamos discutido, nos habíamos herido y no nos atrevíamos a dar el brazo a torcer, a reconocer que la ofensiva en la que nos habíamos embarcado era una manera desesperada de querer defendernos, protegernos. Porque no conocíamos otra forma de hacerlo. No nos habían enseñado nunca otra forma de hacerlo.

Hoscos, empecinados, sin hablarnos, antes de ir a acostarnos fuimos, casualmente, a mirar a la niña. Dormía con la boquita entreabierta, los puñitos apretados; pequeñita y en paz, confiada en esos seres que le dieron la vida, entregada a este mundo que le ofrecíamos como una flor al tallo.

Vos y yo pensamos lo mismo, sentimos lo mismo, nos tomamos las manos, y supimos que éramos una familia: los tres unidos para que ella pudiera dormir en paz, confiada. Los tres unidos para que vos y yo recuperáramos lo que nunca tuvimos y repisáramos ya sin miedo aquellos senderitos de la infancia. Ese fue el día que se inventó el amor. Este amor sin fisuras que nos contiene y nos celebra en una fiesta permanente y dulce.

el gobelino

A mis tías

Ahora, cuando paso para tomar el tren, por la mañana, las persianas están cerradas, nadie se asoma y saca un brazo para decirme adiós. Dentro de poco la demolerán. Unos hombres, con pico y herramientas que no sé enumerar, barrerán las paredes en las que me limpié los dedos enmantecados, los zócalos donde pegaba chicles, la cocina donde mi abuela hacía los scons para la hora del té. (“Hasta la hora del té no se tocan, nenas”, y mis hermanas y yo nos robábamos uno y ordenábamos los demás para que no se notara).

A esa casa fuimos a vivir cuando murió mi madre.

Era la casa de la abuela: sillas inglesas de terciopelo bordó, ricos sillones enfundados, cuadros con trabajados marcos dorados, vitrinas con porcelanas y adornos diminutos, roperos enormes, muchos espejos y una pieza para batifondo: comedor diario, guardamuebles, de todo. Tres nenas barulleras le hicimos zancadillas al orden de esa “casa de grandes”.

Me pusieron un diván en el comedor, debajo de un bello gobelino de dimensiones colosales, que yo hamacaba con mi pie descalzo antes de dormirme. “Se te va a caer encima”, me decían las tías.

Cuando a mis nueve años le dolían los oídos o tenían gripe, me pasaba largas horas mirando el gobelino: los galgos disparados en busca de la presa; la antigua dama disponiéndose a subir a su brioso caballo; un caballero ayudándola; un paje tocando el cuerno de caza, otro conteniendo a dos perros con sendas correas; un árbol altísimo que llegaba hasta el techo con sus ramas cargadas de hojas...

A veces me montaba en el caballo de la dama y escapaba por valles increíbles. Otras, me ponía su lujoso traje y me paseaba por las galerías de la escuela, mientras mis compañeritas me observaban con envidia.

El gobelino era mi cómplice, era la puerta por la que pasaba al mundo de la fantasía, y su caballero ahuyentaba mi miedo por las noches: cuidaba de que el diablo no me tirara de los pies por haber dicho mentiras, que los fantasmas no me espiaran por las celosías en las noches sin luna, que los cucos no se acercaran a mi cama.

Pasaron muchos años: crecí; me casé; me fui a vivir a un departamento en la vereda de enfrente.

Lo amueblé sin ningún estilo especial, funcionalmente: un poco a mi gusto, un poco a gusto de Martín, y hasta a gusto de Verónica, porque, cuando abolí la cuna, ella opinó acerca de la cama que le compramos.

Aquí, en este departamento, está mi hoy, lo que me hace tan feliz: mi trajín, mis costumbres, mi hombre, mi hija, mi siembra, mi cosecha.

Allá, en esa casa, está mi niñez: sus interrogantes, sus temores, un hueco por donde mi madre se había ausentado yendo a su muerte de veintinueve años; la ternura de una abuela de muchos, muchos años, fuerte como el roble, y como el roble, de copiosa fronda, para nido y canto de los pájaros.

Allá está mi niñez, subiendo la escalera, con una trenza sin moño y una media caída; mi niñez; poniéndose los aros y los collares de tía China, de tía Elsa...

En esa casa velaron a mi madre y velaron a mi abuela. Dos madres dejé allí: una tan joven y la otra coqueteándole al tiempo.

Hace un mes que mis tías se mudaron a un departamento. Yo tenía que convencerlas de que “hay que tirar las cosas viejas que no sirven” o “las que no entran en un departamento”. Achicar una casa no es tarea fácil. Pero hay que ser modernas, qué tanto; hay que vivir con los ojos puestos en el presente. ¡Ejem! Sigan mi ejemplo: fíjense en mi departamento, no hay nada que no tenga un fin perfectamente útil...

No voy a contar los pormenores, sino los resultados: en un cajón del placard de Martín están las fotos, esas amarillas (que mis tías estaban decididas a hacer desaparecer). Verónica se pasea disfrazada con un apolillado mantón de Manila (que ellas iban a tirar). Y, además, en mi cómoda, hay un vestido de color desvaído que tía Elsa usó en su primer baile; una castañuela, que yo tocaba cuando tenía cuatro años; una cartera vieja de mi abuela; el vestido que llevaba en la fiesta cuando me recibí de bachiller, y allá, en la entrada, casi apoyado en el piso y tocando el techo, el gobelino, en medio de mis afiches y mis reproducciones, de mis muebles funcionales y mis banquetas pintadas de blanco (ellas no lo llevaron porque en su departamento, que es el triple del mío, “no había suficiente lugar como para que tuviera perspectiva”).

Martín lo considera un regalo de incalculable valor. Verónica dice que es “un cuento muy lindo”. Yo… todavía me emociono cuando lo veo ahí. Mi viejo amigo. Otra vez juntos. Ya no te haré balancear con mi pie desnudo, ni buscaré tu protección para dormir sin miedo, pero, eso sí, el año que viene, cuando nos mudemos al departamento que nos entregarán en mayo, te pondremos en el mejor lugar del living, serás el duende tutelar de la casa, y Verónica montará tus caballos y vestirá de dama antigua y renovará tus historias, aquellas que inventé en mi niñez y se están marchitando.

la cita

Aquella mañana, cuando te despediste con un beso para ir a trabajar, yo te pedí —como siempre— que me trajeras algo.

Caramelos, una revista, un chiche.

Debía parecerte una nena pedigüeña, pero en realidad mis pedidos eran una forma de exigirte que te acordaras de mí mientras estabas fuera de casa.

Yo no sabía que tu beso y tu risa y la caricia de tu mano en mi mejilla redonda serían tu despedida.

Porque a la hora de tu regreso sonó el teléfono para avisar que un accidente te había quitado la vida.

Mis ocho años se resistieron a aceptar la noticia. ¿Acaso la muerte no era el final de un largo camino recorrido, no era el descanso al que los seres llegaban con arrugas y cabellos blancos?