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Vuelve Maryse Condé, Premio Nobel Alternativo, con Tierra mezclada, un libro de relatos donde cada mujer —desde la rabia, el silencio o la pasión— reinventa su destino y afirma su libertad en un mundo atravesado por la memoria y el mestizaje. En Tierra mezclada, Maryse Condé vuelve a demostrar por qué es una de las narradoras más prodigiosas de nuestro tiempo. En estos relatos —sensuales, feroces, profundamente humanos— seguimos a mujeres y hombres arrojados a los márgenes, errantes entre islas, continentes y recuerdos, intentando comprender quiénes son y de dónde vienen. Una maestra encuentra una felicidad efímera al acoger y curar a Solo, un joven proscrito considerado maldito en el pueblo; un ingeniero atrapado entre la pasión y la justicia arriesga su porvenir por proteger a Ayissé; una joven descubre el verdadero rostro de su padre, seductor y frágil; Létitia, devoradora de vida, aprende a elegir entre la pasión fugaz y la mano que la sostiene; un médico recompone la historia de un hijo muerto y de una estirpe marcada por la locura y la marginación; un viajero recoge a un espectro que huele a tierra podrida; tres mujeres en Manhattan tratan de sobrevivir a la soledad y al deseo de dejar huella; un hombre asciende el monte Shasta para enfrentarse a la voz que lo reclama. Ecos familiares, heridas nunca del todo cerradas y el corazón cambiante de un archipiélago de voces que reclaman su espacio en la historia: con una mirada lúcida y compasiva, Condé convierte su genealogía personal en un espejo en el que se reflejan vidas atravesadas por el mestizaje y el desarraigo. Un libro que late con la fuerza de aquello que ha sido callado demasiado tiempo. CRÍTICA «Maryse Condé tiene un estilo inimitable para dibujar personajes fuertes y auténticos.» —Véronique Maurus, Le Monde «Las historias de Maryse Condé son ricas, coloridas y gloriosas. Atraviesan continentes y siglos para penetrar en el corazón de sus lectores.» —Maya Angelou «Maryse Condé combina un gran talento para contar historias con un poderoso sentido del humor.» —The New York Times Book Review «Un tesoro de la literatura universal. Condé escribe desde el centro de la diáspora africana con brillantez y una profunda comprensión de la humanidad.» —Russell Banks «La riqueza narrativa de Condé brilla en todo momento.» —James Polk, The New York Times Book Review «Condé escribe con calidez y un profundo conocimiento de la interacción entre los ámbitos político y personal.» —Bonnie Johnston, Booklist «En su narrativa se produce la combinación perfecta de vigor narrativo y sutileza estructural.» —The New York Times Book Review
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Seitenzahl: 275
Veröffentlichungsjahr: 2026
To Amy and Madeleine
Solo
Jamás terminaré de remontar este río, de nadar a contracorriente. A mi alrededor, las aguas centelleantes, tranquilas en apariencia, pero en realidad animadas por una fuerza invisible, sibilina, dispuesta a destruirlo todo. En la orilla, los niños y las niñas de la escuela. Han venido para admirar el barco y asistir a mi partida furtiva, sin honor. Me han querido muchísimo estas criaturas. El maestro que me precedió las trataba con rudeza, pegándoles y castigándolas de pie durante horas, bajo el sol, en el patio desierto donde únicamente se alza un maltrecho rônier.[1] Cierto es que el hombre llevaba meses sin cobrar. Las mujeres se desternillaban al verlo pasar con aquellas gafotas negras, el pantalón raído y unas sandalias con las suelas tan desgastadas que parecía ir descalzo. Se alimentaba a base de arroz con leche sin azúcar, pues el azúcar viene de muy lejos y resulta caro y difícil de conseguir; de beber, tomaba tan solo té a la menta. De manera que nadie lamentó que se largara por donde había venido. Un tío suyo que tenía contactos en la capital le consiguió un puesto en un ministerio. Cuando se marchó, todos exclamaron: «¡Tanta paz lleve como descanso deja!».
A mí me quisieron enseguida, tanto las criaturas como sus respectivas familias. Nunca se preguntaron qué diantres hacía yo tan lejos de mi tierra. Cuando se celebraban bautizos y bodas me enviaban leche infusionada con menta y buñuelos de limón con jengibre. En los funerales me unía a los lamentos de las demás mujeres. Todo terminó con la irrupción de Solo[2] en mi vida. Era de esperar, supongo, que semejante felicidad no estuviera destinada a durar. Llevo remando a contracorriente desde el vientre de mi madre.
Mi madre se llamaba Solitude.[3] ¡Bonito nombre para una mujer cuyo corazón y cuya cama jamás estuvieron vacíos! Poco después de la Segunda Guerra Mundial, tuvo un hijo al que llamó José, fruto de su relación con un maestro que le hacía constantes promesas de matrimonio pero que no terminaba de decidirse a pasar por la vicaría. José tenía tres meses cuando el maestro se unió a la Disidencia. Cierto general se negó a aceptar la derrota de Francia y miles de jóvenes antillanos se sumaron a su causa, marchándose a participar en un combate que no les incumbía en absoluto. El maestro le suplicó a mi madre que lo esperara y pospuso la boda hasta su regreso del frente. Pero fueron pasando los años, los aliados ganaron la guerra y regresaron los últimos combatientes. Ni rastro del maestro. Presa de la desesperanza, mi madre cayó en las redes del hijo bastardo de un joyero italiano, dueño de una tienda en la Rue Frébault. Yo soy fruto de aquella unión, que no sobrevivió a mi nacimiento. Tenía apenas dos años cuando el maestro por fin regresó. Había aprovechado su estancia en Francia para proseguir sus estudios, matricularse en la Facultad de Derecho y convertirse en abogado. Al enterarse de la «traición» de mi madre, montó en cólera y se negó en redondo a casarse con ella. Y así fue como me convertí en el principal obstáculo entre mi madre y la felicidad, mi madre y la respetabilidad, mi madre y el ansiado ascenso social. Después de mí, aún tuvo media docena de hijos con su maestro reconvertido en abogado. Pero, como este terminó casándose por todo lo alto con una mulata de la ciudad, jamás los reconoció.
Demasiadas criaturas malqueridas han contado ya sus historias. No es preciso que venga yo ahora y añada mi relato a los suyos. Me limitaré a decir que, por lo menos, conté con una salvadora: mi madrina, la hermanastra de mi padre, cuyo prometido había muerto en esa dichosa Segunda Guerra Mundial que tanto marcaría mi destino. Se llamaba Réza. Era pura y bella. Al menos, así es como yo la veo. Vivía en el cerro de Massabielle, en una casita baja pintada de verde. Murió de fiebre tifoidea cuando yo tenía diecisiete años. A partir de entonces, nada —excepto mi hermano José— me unía ya a aquella isla donde solamente Réza había encarnado, para mí, algo de calor y generosidad. Una mañana de septiembre desembarqué en Burdeos con el propósito de cursar estudios superiores. Durante meses, formé parte del triste batallón de los estudiantes sin hogar, sin dinero y sin amor. A pesar de eso, o tal vez precisamente por eso, aprobé los exámenes sin el menor esfuerzo. Con mi título de maestra en el bolsillo, solo albergaba un deseo: poner la mayor distancia posible —el océano más vasto y las tierras más lejanas— entre mi madre y yo. José me escribía que su cabello comenzaba a encanecer, que su andar se ralentizaba y que pronunciaba mi nombre con un tono imbuido de algo muy similar al remordimiento. Aun así, escribí a todos los ministerios. Un buen día me respondieron. Me proponían un contrato para enseñar en un pueblo perdido de la nueva República de T.
El amor es una costumbre. Algo que a ciertos seres humanos se les inculca desde la más tierna infancia, como la limpieza. El cariño que recibí en cuanto llegué a aquel pueblecito, en el fondo, me resultaba una forma de tortura: no estaba acostumbrada. Alababan mi inteligencia, mientras que yo me consideraba de lo más mediocre. Celebraban incluso mi mutismo y mi torpeza. No me reconocía en absoluto en su mirada.
Todos los sábados había mercado en el pueblo. Los granjeros recorrían largas distancias para vender el poco ganado que quedaba tras la gran sequía: camellos de ojos hermosos, vacas de largos cuernos, ovejas de pelaje blanco. Las mujeres vendían aves de corral, leche fermentada y dátiles. Con la espalda apoyada contra los árboles de karité, los sukunabe[4] se sentaban sobre pieles de cabra y disponían a su alrededor toda suerte de polvos, hojas, talismanes y amuletos. A veces, alguno de ellos, con gesto inspirado, lanzaba a lo lejos un puñado de cauríes y sacudía la cabeza misteriosamente. La magia —¿procede emplear esta palabra?— siempre me ha fascinado, pues mi madrina Réza la practicaba. Prefería el viernes, día del Espíritu, pero pasaba consulta a diario en una habitación de su casa, siempre herméticamente cerrada. Cuando me asomaba a hurtadillas, veía en las paredes un sinfín de imágenes de santos, la Virgen y Jesucristo, desnudo y sanguinolento. Había un altar con velas, lamparitas de aceite, cuencos de barro, botellas. El suelo estaba repleto de dibujos trazados con tiza. Flotaba en el aire el aroma del incienso, y yo me imaginaba cómo serían aquellas largas y benéficas sesiones: cómo mi madrina tomaba entre sus manos las cabezas doloridas y cargadas de males, reminiscencias, desesperanza; cómo las rociaba con agua lustral y las calmaba.
Una mañana, al acercarme al recinto del mercado, divisé un corro de niños. Rodeaban a un hombre joven, ataviado tan solo con un taparrabos harapiento y cubierto de polvo. Largos mechones de cabello enrojecidos por el sol y enmarañados como rastas le caían sobre los hombros. Miraba fijamente un punto en el vacío con aire de iluminado. Algunas mujeres se arrodillaban para dejarle calabazas con comida. Un niño me explicó:
—¡Es Solo! Cuando termina de comerse el arroz que le damos aquí, se marcha a otro pueblo. Y después vuelve.
—¿Qué le pasa?
—Nada, que está loco.
La imagen de Solo me persiguió durante todo el día. Quienes busquen explicaciones realistas dirán que me sedujo su rostro hermoso, la curvatura de su torso y sus piernas largas. Y quizá tengan parte de razón. Hasta entonces, no me había atrevido a mirar a ningún hombre, por miedo a tener que asfixiar mi amor una vez más. Pero aquel no podía rechazarme. Al ocaso, salí de la cabaña elevada donde vivía, algo apartada del pueblo, y regresé al mercado. Allí estaba Solo, inmóvil, envuelto en polvo, rodeado de las calabazas con arroz. Me siguió sin resistencia. Yo había encendido el fuego y calentado agua con un par de bolas de alcanfor y un puñado de hierbas olorosas para inducir el sueño. Lo bañé. Le lavé el pelo con pulpa de nuez de palma. Le embadurné los miembros con manteca de karité. Lo vestí con una túnica de percal blanca. Lo tumbé sobre una esterilla. Seguía dormido cuando me marché a la escuela. En el pueblo solo se hablaba de su desaparición. ¿Dónde se habría metido? ¿Habría remontado el río hasta la ciudad de la desembocadura? En cualquier caso, era un mal presagio. Alguien debía de haberlo enfadado o asustado. Alguien debía de haber perturbado sus rutinas y, por consiguiente, el orden de las cosas. Cuando les preguntaban al respecto, los sukunabe no sabían qué responder.
No me detendré demasiado en la paciencia y los cuidados que necesité para curar a Solo. Se convirtió en mi única obsesión. Empecé a desatender mis clases, que hasta entonces me llenaban por completo. Las preparaba de cualquier manera, con prisas y desgana. Las puertas de mi casa dejaron de estar siempre abiertas. Me enclaustré hasta que, al cabo de no pocos meses, conseguí arrancarle al silencio de Solo alguna palabra, algún recuerdo a las brumas de su memoria. Y, un buen día, comenzó a contarme su historia.
Su madre, Nafaya, era hija del mozo de cuadra del palacio real. Cuando la nueva república derrocó la monarquía, su padre quedó reducido a un paria. Para mantener a su familia, Nafaya se puso a vender buñuelos de arroz con miel. Una noche, un rico comerciante que estaba de paso por la ciudad, fingiendo interés en comprarle toda su mercancía, la llevó al campamento donde se alojaba y la sedujo. Se marchó al amanecer, aunque enseguida sintió remordimientos y, en un intento por reparar su honor, envió al mozo de cuadra un canasto repleto de nueces de cola y 20 000 francos. Nueve meses después, Nafaya dio a luz a un niño a quien llamó Solo. Se negó a amamantarlo. Lo que nadie sabía es que mantenía una relación con un primo que, por aquel entonces, andaba en China estudiando las mejores técnicas para sembrar arroz, construir diques de protección y reconducir el río para irrigar el valle y devolverle su verdor. A su regreso, el primo montó en cólera y la abandonó.
El inicio de su historia se parecía tanto a la mía que, inevitablemente, quedé fascinada. Sin embargo, hube de esperar bastantes días para escuchar el resto.
A diferencia de mi madre, Nafaya sí llegó a pasar por el altar. Se casó con un campesino pobre. Pero sus tres primeros hijos murieron uno tras otro durante el parto.
Consultó a varios sukunabe y le explicaron que Solo, el bastardo, maldecía a los recién nacidos para que no hubiera hijos legítimos en la familia. Había que deshacerse de él. De manera que lo mandaron a casa de un pariente que se encargaría de liberarlo del mal que llevaba dentro.
Quienes no están acostumbrados a la felicidad no saben cómo manejarla. Al cabo de un tiempo, no pueden evitar exponerla a la envidia y la maldad de los hombres para que estos la destruyan, y regresar así a su condición primera: la de excluidos. Porque, al fin y al cabo, la exclusión tiene su gracia.
Podríamos haber vivido felices en la clandestinidad de no ser porque, un buen día, Solo decidió reaparecer por el pueblo. Se acercaba la fiesta del cordero. Quería hacerse una chilaba de brocado para ir a la mezquita. Puesto que había recobrado la salud y se sentía como cualquier otro hombre, aspiraba a vivir como uno más. No me opuse. Durante meses había sido plenamente feliz. Por fin había podido entregar los tesoros que guardaba en mi corazón. Mi cuerpo, tierra fértil que hasta entonces nadie había sembrado, se transformó por completo. Descubrí el placer, las noches demasiado cortas y los días marcados por la impaciencia del deseo.
Llegó la fiesta y salimos a plena luz del día. Bajamos por la senda del río, rebautizada como Allée de l’Indépendance, y entramos al pueblo por la Porte Océane. Al principio, lo que más sorprendió fue verme en compañía de un hombre. ¿De dónde vendría? ¿De muy lejos, como yo? ¿Cuándo habría llegado al pueblo? De repente, un niño reconoció a Solo. Estupefacto, corrió a contárselo a su madre, que vendía panecillos de jengibre cerca de la Porte Sud. Con el ímpetu propio de las mujeres, esta dio un brinco y a punto estuvo de volcar su tenderete. Rodeada por sus compañeras, se precipitó hacia nosotros. Las demás mujeres nos observaban desde la distancia, cuchicheando entre ellas, mientras yo, ingenua, exclamaba:
—¡Sí, es Solo! ¡Es él! ¡Lo he curado!
Al escucharme, también los sastrecillos se levantaron de un brinco. Acudieron a todo correr los vendedores de mantas de lana, collares de ámbar, brazaletes de plata y cobre. Formaron un corro y, en un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos en el centro. Aislados. Sospechosos. Excluidos. Otra vez.
Quizá deba abreviar mi relato. De hecho, me resulta demasiado doloroso continuar. Al día siguiente, nadie se acercó a mi puerta. Al ocaso, ninguna pastora vino a regalarme calabazas con leche y alegrar la sombra con su risa. En la noche, hostil de repente, tan solo se escuchaba el croar de las ranas. Cuando fui a la escuela a la mañana siguiente, me la encontré desierta. Esperé en vano varias horas. Después regresé a casa y le expuse la situación a Solo. No dijo nada. Sencillamente, esa misma noche desapareció de mi cama.
Pocos días después, hundida y sin saber qué hacer, recibí un mensaje de la gobernación: debía abandonar el pueblo y presentarme en la capital para ponerme a disposición de la función pública.
Estamos en temporada de lluvias y el río es el único camino. ¿Qué ocultarán sus meandros resplandecientes? Para mí, seguramente nada. Pero llevo en mi interior al hijo de Solo, fruto de nuestras exclusiones cruzadas, por un instante confundidas y transformadas en amor. Debo ser valiente. Por él. Trasplantar sus raíces. Enterrar su cordón umbilical a los pies de un acoma[5] real.
Madre y Tierra que nunca me quisisteis: os obligaré a adoptar a esta criatura.
Publicado originalmente en Le Magazine guadéloupéen, Mag Gwa (Pointe-à-Pitre)
Ayissé
En nuestros países, amenazados por el avance del desierto, acosados por la sequía y la hambruna, a los ingenieros se les reverencia como a señores, y se rodean de verdaderas cortes rurales. Supongo que, en tiempos remotos, antes de la colonización, así se recibía a los emisarios del monarca, encargados de transmitir sus mensajes y anunciar sus decisiones. Absolutamente todo se ponía a su disposición. Se les reservaban las cabañas más espaciosas, decoradas con alfombras y provistas de lechos mullidos.
Estudié en la Universidad de Zagreb y, desde que regresé a mi tierra hace cinco años, soy funcionario del departamento de Agricultura y tengo como misión mejorar la producción de cereales. De manera que recorro el país de norte a sur y de este a oeste, enseñando a nuestros campesinos a edificar diques de protección, a utilizar la carreta y a no sembrar guiándose únicamente por la posición de las estrellas o las fases de la luna. Me paso la mayor parte del tiempo fuera de casa, lejos de mis mujeres e hijos. Sin embargo, me gusta esta vida. No la cambiaría por ninguna otra.
Llegué a T. de noche. El barco que navegaba río abajo se detuvo a varios metros de la orilla y, cada cual con su equipaje, tuvimos que montarnos en dos piraguas. Bajo la luz de la luna se recortaban la casa del comisario principal, la mezquita, la sede del Partido y las siluetas de nuestros anfitriones, envueltos en sendas mantas de lana, pues hacía más bien fresco en aquella época del año. Semejante espectáculo se me antojó propio de un cuento de hadas, irreal, como si estuviera contemplando el escenario de un teatro con un sinfín de objetos insólitos amontonados que únicamente dejaban entrever sus contornos. Al mismo tiempo, intuí que mi estancia en T. no sería en absoluto banal y estaría marcada por acontecimientos llamados a grabarse en mi memoria. Aunque olvidé enseguida esta corazonada. Tras una noche de reposo, pasé el día inspeccionando las llanuras inundadas a lo largo del río y conversando con los animadores rurales[6] sobre la cría y doma de los bueyes de carga de los campesinos. Poco antes del ocaso, retomé a toda prisa el camino de regreso al pueblo, deseando poder darme un baño. De repente, frente a la farmacia, me crucé con una joven cuyo rostro y cuyos andares me llamaron poderosamente la atención. Le pregunté al conductor del jeep:
—¿Quién es…?
—Es Ayissé, una de las hijas del imán.
Yo no soy mujeriego. Me comprometí en la adolescencia con una prima, nos casamos en cuanto regresé a mi país y me ha dado tres hijos. El año pasado, durante un viaje a la Cuarta Región para dirigir la llamada «Operación Arroz», aproveché para visitar a una rama de mi familia materna. Al despedirme, quisieron honrarme regalándome una muchacha y no pude rechazarla. Con el consentimiento de mi esposa, me casé con ella. Ahora está embarazada. Considero que no podría pedirle más a la vida. Y, sin embargo, me pasé la noche entera pensando en Ayissé. ¿Cómo acercarme a ella? La hija de un imán no es una criatura vulgar. Imposible seducirla con un par de billetes o unos metros de algodón percal. ¿Qué podía hacer?
Se me ocurrió entonces visitar a su padre con el pretexto de hablar de religión. Me estuve informando y supe que se trataba de un auténtico sabio, algo fanático y toda una autoridad en materia de libros sagrados. Su reputación trascendía los confines de T.: recibía a numerosos afroamericanos que cruzaban la mar para encontrar sus raíces e interesarse por nuestra fe. Lo encontré en el primer patio de su casa adosada a la mezquita, ambas del mismo color. Era un anciano escuálido que, ataviado con una chilaba de brocado, encarnaba a la perfección el ideal de asceta. Posó sobre mí su mirada penetrante, curiosamente cargada de animosidad.
—¿Así que tú eres el famoso Ismaëla? Nuestros campesinos te han apodado «el Señor de las Energías». ¿No te parece que solo Dios merece semejante nombre…?
Habría podido replicar que, en efecto, me sentía orgulloso de la confianza que los campesinos depositaban en mí; que no me avergonzaba en absoluto de intentar enseñarles que podían ser dueños de su destino, y que la miseria, la sequía y la hambruna no eran producto de la voluntad divina, sino más bien el resultado de un mal aprovechamiento de los recursos naturales. Pero no estaba allí para enzarzarme en una discusión. De manera que me limité a responder:
—¡Vengo a pedir tu bendición, padre, hombre de Dios! ¡No soy más que tu hijo!
Tras pronunciar las palabras rituales, el viejo imán se puso a divagar sobre los drásticos cambios que la gente como yo introducía en las estructuras campesinas tradicionales. Justo cuando pensaba que ya no podía soportar aquel discurso ni un segundo más, Ayissé apareció en el patio. Traía la típica bebida con jengibre que suele ofrecerse a las visitas y, al verla arrodillarse frente a su padre, su belleza me embriagó por completo.
Gacela de bridas celestes
Y perlas como estrellas en la noche de tu piel…
Me subieron a los labios las palabras del poeta. El imán no dejaba de mirarme fijamente, con una mezcla de severidad e ironía. Cuando Ayissé se hubo retirado, me dijo:
—Como parece que aún estarás un par de semanas entre nosotros, podrás asistir a la boda de mi hija con el capitán general del Ejército…
—¿La boda…?
—¡Así es! Hoy en día los hijos e incluso las hijas hacen lo que les viene en gana. Ayissé vino a informarme de su decisión y no tuve más remedio que acceder…
¡El capitán general del Ejército! Llegados a este punto, conviene decir que, en un régimen militar como el nuestro, todo el mundo aborrece al Ejército y a su gran aliada: la Policía. Ambos cuerpos detentan privilegios abusivos, se mofan de las leyes, oprimen a los campesinos y humillan a los intelectuales que no se pliegan a su voluntad. Me perturbaba sobremanera saber que aquel imán —último refugio de la espiritualidad— entregara la mano de su hija al representante de un poder laico, corrupto y depravado. No pegué ojo en toda la noche.
Por la mañana, pedí que me condujeran al Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la región, una imponente construcción de piedra de color ocre enfrente de la gobernación. Miré por la ventana. En el patio, de pie al sol, distinguí a un grupo de hombres y mujeres de diversas edades, cuyos rostros mostraban todos la misma expresión de desesperanza. Le pregunté al secretario:
—¿Quiénes son?
—Campesinos…
—¿Qué están haciendo?
—¡Esperar al capitán general para que les cante las cuarenta! Algunos no han pagado los impuestos. Otros no han entregado a las cooperativas su cuota de cereales. Y también los hay que han intentado hacer contrabando con países vecinos…
Me pareció indignante.
—¿Pero no sabéis de las dificultades que enfrentan esos pobres diablos y sus familias para sobrevivir? ¿Cómo os atrevéis a maltratarlos así?
Mientras hablaba, entró un hombre. Apuesto, no puede negarse, aunque su belleza se me antojó brutal: una barba corta y bien cuidada que le cubría las mejillas; labios violáceos, fuertes y sensuales; ojos ocultos tras unas enormes gafas negras. En resumen, ¡un auténtico Tonton Macoute![7] Avanzó hacia mí y, con una voz sorprendentemente agradable, me dijo:
—¡Mi tocayo, por fin! Estaba esperando su visita…
¡Tocayo! La idea de que ese hombre odioso se llamara igual que yo me pareció una cruel carambola del destino. Disimulé la rabia que me invadía y lo seguí hasta su despacho. Se desabrochó el cinturón y dejó su revólver sobre el escritorio.
—Me sorprende, tocayo, que no se haya dignado a presentarse antes…
—¿Y por qué debería? El gobernador está al corriente de mi misión.
—¿Acaso no sabe que yo estoy por encima del gobernador? Pero no quiero discutir con usted. Mejor bebamos. Una bebida de hombres, pues me consta que tiene usted lo que hay que tener.
Acto seguido, sacó de un armario dos vasos y una botella de Chivas, y tomó un puñado de hielos de un pequeño refrigerador.
—On the rocks, como dicen los ingleses.
Brindé con él.
Debería haber huido de aquel hombre, pues encarnaba todo lo que más odio en este mundo. O, al menos, debería haberle dicho lo que pensaba del régimen al que servía. Pero no hice absolutamente nada porque, detrás de él, entreveía la silueta de Ayissé. Me la imaginaba entre sus brazos. Me resultaba intolerable y, muerto de celos, en lo sucesivo me convertí en la sombra de mi tocayo. Nos volvimos inseparables. Curiosamente, todo lo que iba aprendiendo de él —sus estrechos lazos con el poder, su crueldad hacia los campesinos, las botellas de vino que les exigía a los comerciantes de la ciudad, los tejemanejes y el contrabando que perpetraba impunemente—, en lugar de alejarme, me atraía y me fascinaba aún más. ¿Cómo imaginar una relación amorosa y física entre semejante bárbaro y una joven a quien creía virtuosa y educada en los preceptos de la fe? Una noche, incapaz de contenerme por más tiempo, le confesé a Ismaëla:
—¡Tengo motivos para ofenderme, tocayo! No me ha dicho nada de su inminente boda. He tenido que enterarme por terceros…
Era casi medianoche. Ambos estábamos borrachos como cubas. Aun así, rellenó su copa hasta el borde y murmuró:
—Lo que pasa es que no termino de creerme la suerte que tengo. Temo que todo se tuerza si hablo de ello…
—¡Me sorprende sobremanera su actitud! ¡No lo reconozco!
—¿Cree usted conocerme? ¿Ignora acaso que en el corazón de todo hombre existen zonas vedadas incluso para el mejor de los amigos…?
Tardé una semana entera en conseguir que el capitán general me confiara la historia de su compromiso con Ayissé.
La había conocido tres años antes, nada más llegar a T., y, como yo mismo y tantos otros, se enamoró al instante. Cuando pidió audiencia con el imán por mediación del gobernador, el primero declaró sin miramientos que jamás le concedería la mano de su hija.
El capitán general se resignó. Entretanto, un afroamericano llegó de California para participar en un programa de desarrollo rural.
—No me malinterprete —me dijo Ismaëla—. Sé que en los Estados Unidos hay musulmanes tan piadosos, creyentes y honestos como en cualquier otra parte. Sé que algunos llevan a cabo un trabajo admirable en las cárceles, ayudando a drogadictos, prostitutas y toda suerte de almas perdidas, e intentando devolver la dignidad a nuestros hermanos. Pero no era el caso de aquel tipo. Me di cuenta enseguida de que era pura fachada, un donnadie, todo cuento. No tardó en fingir que se interesaba por las enseñanzas del imán. Se bautizó con gran fasto y pasó de llamarse Lewis a Ahmed. Cumplía ostentosamente con las cinco oraciones y hablaba de peregrinar a La Meca. El incauto imán le abrió las puertas de su casa. Yo era el único que veía con claridad sus intenciones. Aquel hombre solo anhelaba una cosa: conseguir lo que yo no había logrado y poseer a Ayissé, joya sublime donde las haya. Un día me enteré de la fecha de su boda. Me quise morir. Escribí a mi tío que, como bien sabe usted, es ministro de Interior y pertenece al Consejo de Gobierno, para pedirle que me consiguiera un puesto en alguna embajada en el extranjero. Acto seguido, rompí la carta en mil pedazos, pues tuve la corazonada de que la historia de Ayissé y Ahmed aún no había terminado; de que todavía faltaba un epílogo monstruoso y de que me correspondía un papel importante en él. Un par de semanas antes de la fecha prevista para la boda, Ahmed tomó un avión a California. Según dijo, debía asistir a un coloquio sobre «la unificación de las diferentes corrientes del islam en América». Ya se imagina usted el desenlace, ¿verdad? Nunca regresó…
En este punto del relato, el capitán general rompió a llorar y volvió a llenarse el vaso de Chivas hasta el borde.
—El mes pasado estuve en Z. Me habían informado de que el jefe del pueblo había injuriado al presidente y se negaba a entregar su cuota de arroz a la cooperativa regional. ¡Créame, bastaron un par de buenos golpes de fusta en la planta de los pies para bajarle los humos! Además, como colofón al castigo, dejé que mis hombres se distrajeran con sus mujeres.
Recordando esto, el capitán general soltó una carcajada; luego recobró la compostura.
—Estaba regresando, dando cabezadas en mi jeep, cuando cerca de un pozo vi a un grupo de campesinos que retenía a duras penas a una mujer que gesticulaba y chillaba como una loca. «¿Qué ocurre?», les grité. «Quiere tirarse al pozo, patrón.» Me bajé del coche. A la luz de las antorchas reconocí a…
—¡Ayissé!
—Sí… Era ella. Estaba embarazada de tres meses y, en tanto que hija de un imán, no podía permitirse dar a luz a un bastardo. ¿Qué habría hecho usted en mi lugar?
—¡No lo sé, tocayo, no lo sé!
—Me la llevé a casa. Fue la primera vez que la estreché entre mis brazos. La acuné, la calmé, la dormí. Al día siguiente le supliqué que se casara conmigo. Seré el padre de esa criatura. El mejor padre posible, créame. Lo juro.
Al regresar a casa —y se imaginarán en qué estado me hallaba tras semejante confesión—, me encontré el patio abarrotado de campesinos fuera de sí. Como no habían podido pagar los impuestos ni los préstamos de su material agrícola, los hombres del capitán general les habían embargado sus carretas y sus bestias de carga. Por si fuera poco, habían detenido a una decena de ellos, acusándolos de ser los cabecillas. Puesto que yo era perfectamente consciente de la miseria que enfrentaban y de sus condiciones de vida, puesto que yo trabajaba con ellos y era además un hombre culto y del nuevo orden, ¿no podría hablar en su nombre y plantarle cara al capitán general? Alzaron hacia mí sus rostros demacrados de ojos hundidos y pieles resecas, resplandecientes de malnutrición. Me lo estaban suplicando. Pero ya no podía hacer nada por ellos. Tras balbucear un par de vagas promesas, los invité a dispersarse. Ahora que sabía que el capitán había ocultado la vergüenza de Ayissé, ¿cómo iba yo a perjudicarle? Antepuse sin dudar los intereses de una sola mujer frente a los de todo un pueblo. ¿Quién es más despreciable, el capitán o yo? ¿Quién será juzgado con mayor severidad cuando se descubra que, al día siguiente, informé al capitán del descontento campesino que se estaba gestando, ayudándolo así a tomar medidas disuasorias?
Doce días más tarde, se celebró en T. el enlace de Ayissé y el capitán general. No tuve el valor de asistir y regresé a la capital, donde mi segunda esposa acababa de dar a luz a una niña. Mi primera hija: Ayissé…
Fueron pasando los años.
Aunque nunca me olvidé de Ayissé, intenté no pensar más en aquella historia. A finales de la última estación seca, regresé de una estancia en la Sexta Región completamente desanimado. Había sido testigo de demasiado sufrimiento. Me preguntaba si algún día, a pesar de la indiferencia del mundo industrializado, conseguiríamos alimentar a nuestra gente. Mi equipo y yo decidimos pasar la noche en la pequeña localidad de R. Estaban enterrando a un difunto. Nos enteramos de que se trataba del jefe del pueblo, que, incapaz de hacer frente a los préstamos del Estado para la siembra de bancales de arroz y la instalación de una bomba de agua, había sido convocado ante el comandante jefe de las Fuerzas Armadas de la región y molido a palos. Más que por la paliza, aquel desdichado —que presumía de estar emparentado con el Profeta— había muerto de humillación. Contemplé el miserable montón de carne y huesos bajo la mortaja blanca, todo lo que quedaba de un hombre noble, y sentí cómo la rabia se apoderaba de mí. Salté al volante de mi jeep y recorrí como una exhalación los cincuenta kilómetros que nos separaban del centro administrativo de la región.
Me encontré una ciudad exaltante de júbilo. Se celebraba el ascenso del comandante jefe de las Fuerzas Armadas a ministro de Estado para el Desarrollo Rural. Un sinfín de bombillas de colores colgaban de las ramas de los rôniers. Había altavoces transmitiendo música reggae y la voz de Bob Marley me pareció un auténtico sacrilegio. Irrumpí en la residencia del comandante. No estaba. Me indicaron que lo esperase. Tomé asiento en un salón ricamente amueblado al estilo marroquí: con pufs, divanes y mullidas alfombras de lana. La visión de semejante lujo no hizo sino acrecentar mi cólera. Al cabo de un rato, apareció una mujer. Se me heló la sangre en las venas. Ayissé. La maternidad había redondeado un poco sus formas, pero seguía siendo arrebatadoramente hermosa. Me sonrió.
—Al saber que se trataba de usted, no he podido evitar venir a saludarle. Ismaëla me habla de usted constantemente. ¡Qué contento se va a poner!
Caí en la cuenta de que era la primera vez que escuchaba el sonido de su voz y que me encontraba tan cerca de ella, respirando su perfume. Perdí la cabeza y caí de rodillas a sus pies:
—¡Ayissé, Ayissé! Dime, ¿eres feliz?
—¿Que si soy feliz? A veces mi felicidad me asusta, después de todo lo que he pasado en esta vida. Me he casado con un hombre delicado, sensible y generoso que se desvive por mí y nuestros hijos. Ya tenemos cuatro…
¿Estaba al corriente de las actividades de su marido? ¿De la reputación que le precedía? ¿De los motivos de su ascenso? ¿Cómo se las arreglaba para desligar la imagen del esposo perfecto y la del vil militar, la del amante y la del verdugo? Me disponía a preguntárselo cuando la puerta se abrió. Ismaëla.
—¡Mi hermano y tocayo! —exclamó—. ¡Dios te envía precisamente en este día de fiesta y orgullo para los míos! Te habrás enterado de mi ascenso, ¿no?
Abrió los brazos. Nos abrazamos. Sí, abracé a aquel asesino. No le hablé del jefe del pueblo cuyo entierro acababa de presenciar. Todo lo contrario. Pasé varias noches bajo su techo. Cuando al fin retomé el camino hacia la capital, lo hice cargado de regalos como muestra de amistad y con la firme promesa de volver a vernos lo antes posible.
Publicado originalmente en Soleil éclaté, antología
de Jacqueline Leiner en homenaje a Aimé Césaire (Tübingen, Alemania)
La castaña y el frutipán
Conocí a mi padre a los diez años.
