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"La muerte nunca ocupó un lugar importante en mi vida consciente. Casi ni pienso en ella, y me preocupa aun menos. Morir a último momento, como decía Céline, con el coraje y la dignidad que observé en los animales, con su simplicidad, eso es lo que deseo. Siendo adolescente, cuando mi preocupación por la muerte no era mayor que ahora, me sucedía, sin embargo, que me despertaba sobresaltada a la noche con el pensamiento de que habría de morir un día. Una soledad inapelable, como en el umbral de una muerte inminente, me asaltaba. Después esos despertares desaparecieron. Más tarde, me interesé en las filosofías antiguas que no atribuyen importancia alguna a la muerte, de las cuales son un eco estos versos de Mallarmé: 'Un arroyo poco profundo calumnió a la muerte'. Hace poco casi muero de coronavirus".
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Seitenzahl: 92
Veröffentlichungsjahr: 2025
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“La muerte nunca ocupó un lugar importante en mi vida consciente. Casi ni pienso en ella, y me preocupa aun menos. Morir a último momento, como decía Céline, con el coraje y la dignidad que observé en los animales, con su simplicidad, eso es lo que deseo. Siendo adolescente, cuando mi preocupación por la muerte no era mayor que ahora, me sucedía, sin embargo, que me despertaba sobresaltada a la noche con el pensamiento de que habría de morir un día. Una soledad inapelable, como en el umbral de una muerte inminente, me asaltaba. Después esos despertares desaparecieron.
Más tarde, me interesé en las filosofías antiguas que no atribuyen importancia alguna a la muerte, de las cuales son un eco estos versos de Mallarmé: ‘Un arroyo poco profundo calumnió a la muerte’. Hace poco casi muero de coronavirus”.
Catherine Millot
Catherine MillotFilósofa de formación, psicoanalista, alumna de Jacques Lacan, Catherine Millot es la autora de seis libros aparecidos en la colección “L’Infini”, de la editorial Gallimard: La vocation de l’écrivain (1991, traducido al castellano en 1993 como La vocación del escritor), Gide Genet Mishima. Intelligence de la perversion (1996, traducido al castellano en 1998 como Gide-Genet-Mishima. La inteligencia de la perversión), Abîmes ordinaires (2001), La vie parfaite. Jeanne Guyon, Simone Weil, Etty Hillesum (2006), O Solitude (2011, traducido al castellano en 2014 como ¡Oh, soledad!) y La Vie avec Lacan (2016, traducido al castellano en 2018 como La vida con Lacan). Recientemente publicó La lógica y el amor (2021) editado en castellano por UNSAM EDITA y Pasaje 865/.
SERIE: Tyché
DIRECTORA: Damasia Amadeo de Freda
Millot, Catherine
Un arroyo poco profundo... / Catherine Millot.
-1a edición- San Martín: UNSAM EDITA; CABA: Fundación CIPAC, 2022.
Libro digital, Epub - (Tyché)
Traducción de: Gerardo Raúl Losada.
ISBN 978-987-8938-17-2
1. Psicoanálisis. 2. Pandemias. I. Losada, Gerardo Raúl, trad. II. Título.
CDD 150.195
© 2021 ÉDITIONS GALLIMARD, París
© 2022 de la traducción Gerardo Raúl Losada
© 2022 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de General San Martín
© 2022CIPAC – Centro Internacional por el Pensamiento y el Arte Contemporáneo
UNSAM EDITA
Edificio de Containers, Torre B, PB · Campus Miguelete
25 de Mayo y Francia, San Martín (B1650HMQ), prov. de Buenos Aires, Argentina
[email protected] · www.unsamedita.unsam.edu.ar
PASAJE 865 de la Fundación Centro Internacional para el Pensamiento y el Arte Contemporáneo (CIPAC)
Humberto Primo 865 (CABA)
DISEÑO DE LA COLECCIÓN: Laboratorio de Diseño (DiLab.UNSAM)
TIPOGRAFÍA: Karmina Sans, TypeTogether
CORRECCIÓN: Wanda Zoberman
REVISIÓN DE LA TRADUCCIÓN: Damasia Amadeo de Freda
ILUSTRACIÓN DE TAPA: Francisco-Hugo Freda, Líneas (fragmento), 2013
Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723. Editado e impreso en la Argentina. Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.
Catherine Millot
Un arroyo poco profundo...
—serie tyché
Índice
La muerte nunca ocupó un lugar importante...
He sido invitada con frecuencia a Bruselas...
Hace tres años, mi madre...
La muerte nunca ocupó un lugar importante en mi vida consciente. Casi ni pienso en ella, y me preocupa aun menos. Morir a último momento, como decía Céline, con el coraje y la dignidad que observé en los animales, con su simplicidad, eso es lo que deseo. Siendo adolescente, cuando mi preocupación por la muerte no era mayor que ahora, me sucedía, sin embargo, que me despertaba sobresaltada a la noche con el pensamiento de que habría de morir un día. Una soledad inapelable, como en el umbral de una muerte inminente, me asaltaba. Después esos despertares desaparecieron.
Más tarde, me interesé en las filosofías antiguas que no atribuyen importancia alguna a la muerte, de las cuales son un eco estos versos de Mallarmé: “Un arroyo poco profundo calumnió a la muerte”.
Sin embargo, la muerte, frecuentemente sin que yo lo sepa, ocupa un amplio espacio en lo que escribo.
Hace poco casi muero de coronavirus. Fue una experiencia extraña por su carácter súbito, abrupto, que hoy me parece casi irreal, como si yo hubiera sido proyectada a otro mundo, el reverso de la realidad confortable en la que me bañaba y de una seguridad que no cuestionaba.
La enfermedad se presentó primero como una afección de nariz y garganta. El virus ya estaba circulando por todo el mundo. En Italia hacía estragos. En Francia el fenómeno se vivía como si estuviera ocurriendo a años luz de nosotros. Como medida preventiva, solo se pensaba en evitar estrecharse las manos. En cuanto a los barbijos, imposible pensar en ellos porque no estaban disponibles. Yo ejerzo una profesión, el psicoanálisis, que, en tiempos de epidemia, es de riesgo. No estrechar la mano de los pacientes, ese rechazo del contacto, ya me parecía difícil, poco compatible con el gesto de acogida que implica ese oficio. Así, ponerme un barbijo me hubiera parecido una contradicción flagrante, e incluso cómica, con la exigencia de verdad que está en el principio de esta práctica
Sin embargo, desde esos primeros síntomas, por prudencia, porque no me consideraba afectada por ese virus sino por una infección más trivial, decidí continuar con las sesiones por teléfono. Pero no llegaron a concretarse, porque dos días después se me declaró una fiebre intensa, durante la noche que precedió a las elecciones municipales, que se mantuvieron en medio de la inconciencia general.
El “confinamiento” comenzó al día siguiente. La encargada de la limpieza dejó de venir. Yo estaba sola. R., mi compañera, estaba en la India por razones de trabajo desde hacía dos meses y debía regresar el fin de semana. La fiebre que seguía subiendo me impedía salir para reabastecerme de comida. Mi amiga Michèle me trajo provisiones, pero no pude comer nada, como si tuviera un ataque al hígado. Preocupada por mi situación, Michèle llamó a los médicos de emergencia. Yo era incapaz de hacerlo por mí misma: esperar una hora al teléfono o concertar una cita por Internet me parecían empresas imposibles. El médico encontró síntomas de neumonía y llamó al Servicio de atención médica de urgencia (SAMU) que me trasladó a la sala de emergencias del Hospital Cochin.
Fui recibida por un residente que consideró que mi caso no necesitaba hospitalización. Mi grado de saturación era 94, un poco bajo, pero normal, si se tenía en cuenta el pequeño enfisema que tres años antes había revelado un escaneo. Yo no sabía lo que significaba “grado de saturación”. No recibí instrucción de vigilarlo ni de consultar a un médico en los días siguientes. Pedí que se me hiciera un test de covid-19, pero me lo negaron. Me encontré fuera del hospital, un tanto desorientada. Ya era de noche y apenas podía tenerme en pie. Me habían traído en ambulancia y no me quedaba otra alternativa que volver a casa en taxi.
Yo sabía que el temor de los hospitales era ser desbordados por la afluencia masiva de enfermos y, después de todo –me decía–, si no había sido internada era señal de que mi caso no era tan grave. Así, acepté esa decisión y no busqué soslayarla recurriendo a una ayuda o a un “acomodo”, como decía mi amigo Jean-Jacques. No se me ocurrió consultar al médico que me atendía en el Hospital Cochin en el área de neumonología desde hacía diez años.
Durante todos esos días no estuve angustiada ni por mi estado ni por la soledad. Me quedaba en la cama y leía, como hago habitualmente cuando no trabajo. Estaba inmersa en una relectura de Dostoievski, seducida por la traducción tan fielmente audaz de Markowicz, que acababa de descubrir leyendo Los demonios. Después seguí con Los hermanos Karamazov. De esta manera no me aburría y disfrutaba de la felicidad de leer en la cama, lo cual para mí había sido siempre el sueño de mi vida.
Sin embargo la fiebre continuaba subiendo, sobre todo de noche, y venía acompañada de sudores tan abundantes, que me despertaba en medio del agua, con la ropa de cama empapada. Deshidratada, no lograba satisfacer mi sed. Cuando la fiebre alcanzó 39,8 me inquieté y llamé por teléfono al médico que me había enviado a emergencias dos días antes y que gentilmente me había dado su número de celular. No podía venir a verme porque estaba confinado en la provincia. Se sorprendió de que no se me hubiera internado en el Hospital Cochin. También llamé por teléfono al Dr. M., que atendía a mi madre desde hacía dos años y en quien yo tenía una gran confianza. Como estaba un poco enfermo, había suspendido las visitas a domicilio. Su preocupación fue saber si yo tenía dificultades para respirar. A través del teléfono no advertía que yo me encontrara sin aliento. Más tarde me enteré de que este virus es engañoso porque anula los reflejos que aceleran la respiración cuando el oxígeno en sangre falta. Según parece, a ese fenómeno se lo denomina “la hipoxia feliz”. Así, mi sofoco era pequeño, cuando en realidad, sin saberlo ni sentirlo, estaba al borde de la asfixia.
Tres días después de mi ida y vuelta al Hospital Cochin la fiebre bajó a 38,5 y me sentí un poco mejor. A la tarde, mi vecina y amiga Livia, que en la víspera me había traído un caldo, única comida que podía tragar, volvió con una sopa. Por precaución ante un posible contagio, no traspasó el umbral de mi puerta, pero notó, sin duda debido a mi aspecto, que yo no estaba para nada bien y, tal vez, además, yo estaba un tanto sofocada. Mi amiga se preocupó de que yo pasara la noche sola, preocupación que me pareció excesiva. Yo no sentía que mi situación fuera tan mala y, además, R. debía estar de vuelta al día siguiente. Livia volvió a su casa y concertó la visita domiciliaria de un médico para mí en el sitio de SOS Médecins. Hoy veo con toda claridad que a medida que mi estado de salud se degradaba, era cada vez menos capaz de ocuparme de mí y de tomar las decisiones que se imponían. Sin duda Livia me salvó la vida.
Este nuevo médico tenía un aire más asustado por el riesgo de contagio que el anterior y sentí que una nota de reprobación caía sobre mí y me convertía de golpe en una pestífera. Sin hacer comentarios llamó una ambulancia y partió de prisa.
La ambulancia me condujo al Hospital Cochin, donde el grado de saturación, que había bajado a 80, y las imágenes del escaneo, como un “vidrio esmerilado”, me convertían en un caso grave. Se tomó la decisión de internarme en un servicio de reanimación a fin de estar próxima a un respirador en caso de agravamiento. Un médico vino a preguntarme si tenía un “testamento vital” (instrucciones anticipadas sobre el tratamiento en caso de una situación terminal). Se rio cuando le dije que nunca lo había pensado. Otro me sometió a un pequeño interrogatorio para evaluar mi grado de autonomía en la vida cotidiana. Me preguntó si tenía una “asistencia domiciliaria”. Creí que deseaba saber si tenía una mujer de limpieza y respondí que sí. Me costó comprender por qué me preguntó si me higienizaba sola. Terminé declarándole que yo ejercía una actividad profesional.
