Una dulce venganza - Elizabeth George - E-Book

Una dulce venganza E-Book

Elizabeth George

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Beschreibung

El Inspector Lynley, Deborah y sus amigos Helen y Simon pasan unos días en la casa familiar del primero, en Cornualles. Su visita coincide con un hecho que perturba la placidez de la vida pueblerina: el asesinato y castración de Mick Cambrey, un conocido donjuán local. Su muerte, y la posterior de Justin Brooke, biólogo y novio de la hermana de Simon, parecen deberse a las drogas. Pero la investigación de Lynley y Simon desvelará un universo de ambiciones más oscuras, más implacables.

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Una dulce venganza

Una dulce venganza

Título original: A Suitable Vengeance

© 1991 Elizabeth George. Reservados todos los derechos.

© 2022 Jentas ehf. Reservados todos los derechos.

ePub: Jentas ehf

ISBN 978-9979-64-345-6

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

Esta es una historia ficticia. Los nombres, personajes, lugares e incidentes se deben a la imaginación de la autora. Cualquier semejanza con hechos, lugares o personas vivas o muertas es mera coincidencias.

–––

Para mi marido, Ira Toibin,

en agradecimiento por veinte años

de paciencia, apoyo y devoción.

Y para mi primo, David Silvestri.

Agradecimientos

La creación de cualquier novela implica cierta investigación, pero estoy particularmente en deuda con varias personas que me han proporcionado información de incalculable valor para escribir este libro:

El doctor Daniel Vallera, profesor y director de la sección de Inmunología Experimental del Cáncer, departamento de Radiología Terapéutica de la universidad de Minnesota, que soportó numerosas y larguísimas llamadas telefónicas acerca de incontables aspectos de la investigación médica. Aprecio enormemente su ingeniosa habilidad para explicar lo inexplicable de cien formas distintas y creativas.

El doctor L. L. Houston, de la Sociedad Anónima CETUS de San Francisco (California), que durante una larga y paciente conversación me describió todos los pasos del desarrollo de una droga, desde su inicial «descubrimiento» hasta su comercialización.

El inspector Michael Stephany, que me proporcionó toda la información que pudo obtener de la Brigada de Narcóticos de Orange County.

Y Virginia Bergman, que me explicó los usos potenciales de una droga llamada ergotamina.

Además de a estas personas, he de dar las gracias a Julie Mayer, mi mejor y más devoto crítico; a Vivienne Schuster, Tony Mott y Georgina Morley, por sus valientes esfuerzos en procurar que no me desviara del tema; a Deborah Schneider, la agente literaria más fiel que se pueda desear; y a Kate Miciak, mi editora y defensora en Bantam.

–––

De todas las aflicciones conocidas por un amante,

¡ésta debe ser la ciencia más difícil de olvidar!

¿ Cómo desprenderse del pecado sin perder el juicio,

y amar al ofensor sin aceptar la ofensa?

¿ Cómo apartar al querido objeto del crimen,

cómo distinguir penitencia de amor?

Alexander Pope

Prólogo

Tina Cogin sabía cómo extraer el máximo partido de lo poco que poseía. Le gustaba creer que era un talento innato.

Algunos pisos por encima del estruendoso tráfico nocturno, su silueta desnuda proyectaba gárgolas sobre la pared de la habitación, apenas iluminada. Sonrió cuando sus movimientos dotaron de vida a las sombras y crearon nuevas formas de negro sobre blanco, como en un test de Rorschach. Menudo test, pensó, practicando un gesto seductor. ¡Hermoso espectáculo para un asesino psicópata!

Rió en voz baja de su talento para la humildad, se acercó a la cómoda y dedicó una mirada afectuosa a su colección de ropa interior. Fingió vacilar para prolongar su placer y eligió por fin un atractivo conjunto de seda y encaje negros. Sujetador y bragas, de confección francesa, provistos de un relleno discreto que delataba la inteligencia del diseñador. Se los puso. Notó la torpeza de sus dedos, poco acostumbrados a prendas tan delicadas.

Tarareó por lo bajo una melodía inidentificable, con voz gutural, como un himno en honor del atardecer, a tres días y noches de libertad sin límites, a la excitación de aventurarse por las calles de Londres sin saber exactamente qué iba a deparar la tibia noche de verano. Deslizó una larga uña pintada bajo la solapa precintada de una bolsa de medias, pero cuando las sacó rozaron con su piel, más áspera de lo que deseaba admitir. El tejido se enganchó. Soltó un taco, liberó las medias de su piel y examinó los daños, una incipiente carrera en la cara interna del muslo. Tenía que ir con más cuidado.

Mientras se ponía las medias, bajó la vista y suspiró de placer. El tejido se ajustaba con suma facilidad a su piel. Saboreó la sensación, casi similar a la caricia de un amante, e intensificó su goce recorriendo con la mano la distancia que separaba los tobillos de las pantorrillas, los muslos de las caderas. Carne firme, pensó, de tacto agradable. Hizo una pausa para admirar sus formas en un espejo de cuerpo entero, antes de extraer unas enaguas de seda negra de la cómoda.

El vestido que sacó del armario era negro. Cuello alto, mangas largas; lo había escogido por la forma en que se adaptaba a su cuerpo, como líquido de medianoche. Un cinturón ceñía su talle; una profusión de abalorios color azabache adornaba el corpiño. Era una creación de Knightsbridge cuyo coste, muy superior al que permitía su economía, había dado al traste hasta finales de verano con el lujo de desplazarse en taxi. En realidad, ese inconveniente carecía de importancia. Tina sabía que valía la pena sacrificarse por algunas cosas.

Se calzó unos zapatos negros de tacón alto antes de encender la lámpara colocada junto al sofá cama e iluminar un sencillo apartamento de una sola pieza que contaba con el lujo delicioso de un cuarto de baño privado. En su primer viaje a Londres, tantos meses atrás, recién casada y en busca de una vía de escape, cometió el error de alquilar una habitación en Edgware Road, donde compartió el baño con una turba de sonrientes griegos, todos ansiosos de observar los avatares de su higiene personal. Después de aquella experiencia, se le antojó inconcebible compartir siquiera un lavabo con otro ser humano, y aunque el gasto extra de un baño privado le resultó al principio sumamente oneroso, consiguió superar el problema de la forma pertinente.

Dio un repaso final a su maquillaje y aprobó la sombra de los ojos, que acentuaba su color y corregía su forma, el arco de las cejas, algo oscurecidas, el artístico sombreado de los pómulos, que suavizaba un rostro tirando a rectangular, y los labios, definidos tanto por el lápiz como por el color para expresar sensualidad y llamar la atención. Tiró hacia atrás su cabello, negro como su atuendo, y jugueteó con el mechón que caía sobre su frente. Sonrió. Lo lograría. Dios, claro que lo lograría.

Echó una última mirada a la habitación, recogió el bolso negro que había tirado sobre la cama y comprobó que sólo llevaba dinero, las llaves, el nombre del club nocturno y dos bolsitas de plástico que contenían la droga. Terminados los preparativos, se marchó.

Bajó en el ascensor y se encontró al cabo de escasos segundos en la calle, respirando el perfume de la noche, la combinación sofocante de maquinaria y humanidad tan propia de este rincón de Londres. Como siempre, antes de dirigirse hacia la calle Praed, dedicó una mirada afectuosa a la fachada de piedra de su edificio; sus ojos se demoraron sobre las palabras «Apartamentos Shrewsbury Court», que hacían las veces de epígrafe sobre las puertas dobles del frente. Se abrían a su puerto y refugio, el único lugar del mundo donde podía ser ella misma.

Se encaminó hacia las luces de la estación de Paddington, donde tomó la línea del distrito hasta Notting Hill Gate, y allí transbordó a la central hasta Tottenham Court Road, percibiendo al salir las potentes emanaciones de los tubos de escape y la muchedumbre típica de un viernes por la noche.

Se dirigió a paso ligero hacia Soho Square, invadida por los clientes de los peep show cercanos. Sus voces, que hablaban con todos los acentos posibles, intercambiaban obscenas evaluaciones sobre las excitantes visiones de pechos, muslos y demás de que habían disfrutado. Era una masa bulliciosa de buscadores de emociones libidinosas. En otra noche cualquiera, Tina habría considerado la posibilidad de divertirse a su estilo con uno o dos de aquellos individuos, pero esta noche era diferente. Todo estaba programado.

En la calle Bateman, a corta distancia de la plaza, distinguió el letrero que iba buscando, balanceándose sobre un maloliente restaurante italiano. «Kat’s Kradle», anunciaba, y una flecha indicaba el oscuro callejón de al lado. La ortografía era absurda1, un intento de aparentar ingenio que Tina consideró de lo más repelente, pero ella no había elegido el lugar de la cita, así que caminó hasta la puerta y bajó la escalera que, como el callejón en que el club estaba ubicado, se hallaba cubierta por una capa de serrín y olía a alcohol, vómito y retretes en mal estado.

Todavía era temprano y había poca gente en el «Kat’s Kradle», confinada en algunas mesas dispersas alrededor de una pista de baile, digna de un sello de correos. A un lado, los músicos tocaban una melancólica pieza de jazz, a base de saxo, piano y batería, mientras la cantante, apoyada contra un taburete de madera, fumaba con aire taciturno y aspecto de mortal aburrimiento, a la espera del momento apropiado para desgranar algunos sonidos en el micrófono cercano.

La oscuridad reinaba en la sala, apenas iluminada por un débil foco azul concentrado en el grupo, velas en las mesas y una luz en la barra. Tina se aproximó a ésta, tomó asiento en un taburete, pidió un gin-tonic al camarero y admitió para sus adentros que la elección del local, pese a su suciedad, había sido muy inspirada, lo mejor que el Soho podía ofrecer para que la transacción pasara inadvertida.

Bebida en ristre, procedió a un sucinto examen de los presentes, una primera ojeada de la que sólo obtuvo una impresión de cuerpos, una espesa nube de humo producida por los cigarrillos, el ocasional brillo de las joyas, la llama de un encendedor o una cerilla. Conversaciones, risas, intercambio de dinero, parejas deslizándose sobre la pista de baile. Y entonces le vio, un joven sentado a solas en la mesa más alejada de la luz. Sonrió ante la visión.

Era muy propio de Peter escoger un lugar de estas características, donde no correría el riesgo de ser visto por su familia o alguno de sus amigos pijos. Nadie le censuraría en el «Kat’s Kradle». Eludía el temor a tener problemas, a ser malinterpretado. Había elegido bien.

Tina le observó. Notó una sensación cosquilleante en el estómago, anticipando el momento en que él la vería a través del humo y las parejas que bailaban. Sin embargo, ignorante de su presencia, tenía la vista clavada en la puerta y recorría con los dedos su corto cabello rubio, presa de una nerviosa agitación. Tina le examinó con interés durante varios minutos, le vio pedir y vaciar dos copas en rapidísima sucesión, notó que la expresión de su boca se endurecía a medida que transcurrían los minutos y su necesidad se hacía más perentoria. A juzgar por lo que veía, iba muy mal vestido para ser el hermano de un conde; llevaba una chaqueta de cuero raída, tejanos y una camiseta con la inscripción semiborrada «Hard Rock Cafe». Un pendiente de oro colgaba de un lóbulo, y de vez en cuando lo manoseaba como si fuera un talismán. Mordisqueaba sin cesar las uñas de la mano izquierda. Se golpeaba espasmódicamente la cadera con el puño derecho.

Se levantó con brusquedad cuando un grupo de ruidosos alemanes entró en el club, pero se derrumbó en la silla cuando comprendió que la persona a la que buscaba no venía con ellos. Extrajo un cigarrillo de un paquete que guardaba en la chaqueta y se palpó los bolsillos, pero no sacó ni encendedor ni cerillas. Un momento después, echó hacia atrás la silla, se levantó y caminó hacia la barra.

Ven a los brazos de mamá, pensó Tina con una sonrisa interna. Hay algunas cosas en la vida absolutamente predestinadas a suceder.

Cuando su acompañante aparcó el Triumph en un espacio libre de Soho Square, Sidney St. James comprendió que el joven tenía los nervios a flor de piel. Todo su cuerpo estaba tenso. Incluso sus manos aferraban el volante con un evidente esfuerzo por controlarse. Estaba a punto de estallar, pero intentaba disimularlo. Admitir la necesidad sería como dar un paso hacia admitir la adicción. Y él no era un adicto. No, Justin Brooke, científico, bon vivant, director de proyectos, ensayista, acaparador de premios, no era un adicto.

—Te has dejado las luces encendidas —le dijo Sidney con severidad. Él no respondió—. He dicho que te has dejado las luces encendidas, Justin.

Las apagó. Sidney presintió más que vio un movimiento en su dirección, y un momento después notó sus dedos en la mejilla. Quiso apartarse cuando se deslizaron sobre su cuello y se posaron sobre el pequeño bulto de sus pechos, pero en cambio sintió la rápida respuesta de su cuerpo a la caricia, dispuesto a entregarse, como si fuera una criatura sobre la que careciera de control.

Entonces, un ligero temblor en la mano de Justin, nacido de la ansiedad, le dijo que su caricia era falsa, un apaciguamiento momentáneo de los sentimientos que experimentaba ella, previo a la repugnante transacción. Le apartó.

—Sid.

Justin esgrimía un grado respetable de provocación sensual, pero Sidney sabía que estaba subyugado en mente y cuerpo por aquel callejón mal iluminado que nacía en el extremo sur de la plaza. Él se esforzaba por ocultárselo. Incluso ahora se inclinó hacia ella, como para demostrar que lo más importante de su vida en este momento no era su necesidad de la droga, sino el deseo de poseerla. Sidney reunió fuerzas para rehuir su tacto.

Sus labios, seguidos de su lengua, se movieron sobre el cuello y los hombros de Sidney. Cerró la mano sobre su pecho. El pulgar rozó su pezón con caricias deliberadas. Murmuró su nombre. La volvió hacia él. Y, como siempre, fue como fuego, como una pérdida, como una completa abdicación de todo sentido común. Sidney deseó besarle. Abrió la boca para recibirle.

Él gruñó y se apretó más contra ella, la tocó, la besó. Sidney deslizó la mano sobre su muslo para acariciarle a su vez. Y entonces comprendió.

Fue un brusco descenso a la realidad. Se apartó de él, le miró a la luz mortecina de las farolas.

—Fantástico, Justin. ¿Creías que no lo iba a notar?

Él desvió la mirada. La cólera de la joven aumentó.

—Ve a comprar tu jodida droga. Para eso hemos venido, ¿verdad? ¿O debía pensar que era para otra cosa?

—Quieres que vaya a esa fiesta, ¿no? —preguntó Justin.

Era un viejísimo intento de sacudirse de encima la culpa y la responsabilidad, pero esta vez Sidney se negó a seguirle el juego.

—No me vengas con ésas. Ni te atrevas. No me cuesta nada ir sola, si es necesario.

—Entonces, ¿por qué no lo haces? ¿Por qué me telefoneaste, Sid? ¿No fue tu dulce voz la que me llamó esta tarde, ansiosa por acostarte conmigo cuando finalizara la velada?

Sidney no contestó, sabiendo que tenía razón. Una y otra vez, después de jurarse que ya estaba harta de él, volvía a por más, odiándole, despreciándose, pero volvía igualmente. Era como si su voluntad estuviera encadenada a la de él.

Por el amor de Dios, ¿qué era él? No era tierno. No era guapo. No era fácil de desentrañar. No respondía a ninguna característica del hombre ideal que alguna vez había soñado llevarse a la cama. Era, simplemente, un rostro interesante en el que cada rasgo parecía luchar contra todos los demás para dominar el cráneo huesudo que había debajo. Era una piel oscura, olivácea. Era unos ojos hundidos. Era una leve cicatriz que recorría la línea del mentón. No era nada, nada, excepto una manera de mirarla, de tocarla, de convertir su delgado cuerpo de muchacha en algo sensual, hermoso e inflamado de vida.

Se sintió derrotada. Tuvo la impresión de que un aire insufriblemente caliente llenaba el coche.

—A veces, pienso en contárselo —musitó ella—. Dicen que es la única forma de curarlo.

—¿De qué coño estás hablando?

Sidney vio que los dedos de Justin se engarfiaban.

—Gente importante en la vida del adicto lo descubre. Su familia. Su jefe. Entonces, se derrumba. Y después...

La mano de Justin se apoderó de su muñeca y la retorció.

—Ni se te ocurra contárselo a nadie. Ni siquiera lo pienses. Te juro que, si lo haces, Sid, si lo haces...

—Basta ya. Escucha, no puedes continuar así. ¿Cuánto te gastas ya? ¿Quince libras al día? ¿Cien? ¿Más? Ni tan sólo podemos ir a una fiesta sin tu...

Justin soltó su muñeca con brusquedad.

—Pues lárgate. Búscate a otro. Déjame en paz.

Era la respuesta, la única respuesta, pero Sidney sabía que era incapaz de hacerlo, y odiaba el pensamiento de que, tal vez, jamás sería capaz.

—Sólo quiero ayudarte.

—Pues cierra el pico, ¿vale? Déjame ir a ese asqueroso callejón, comprar la mercancía y salir de aquí.

Abrió la puerta y la cerró con estrépito.

Cuando llegó a la mitad de la plaza, Sidney abrió su puerta y salió.

—¡Justin! —gritó.

—Quédate ahí.

Habló con voz serena, no porque hubiera recuperado la serenidad, sino porque la plaza estaba abarrotada de gente, como ocurría todos los viernes por la noche en el Soho, y Justin Brooke no era un hombre propenso a montar escenas en público, como ella sabía bien.

Hizo caso omiso de su advertencia y corrió a reunirse con él, olvidando que lo último que debía hacer era ayudarle a fomentar su adicción. En lugar de ello prefirió caer en el engaño, diciéndose que, si ella no le vigilaba, podrían detenerle, estafarle o algo peor.

—Voy contigo —dijo, cuando le alcanzó.

La tensión de sus rasgos le indicó que había cometido una imprudencia.

—Como quieras.

Justin encaminó sus pasos hacia la oscuridad del callejón.

El callejón parecía más oscuro y estrecho de lo normal, debido a las obras que se estaban realizando en aquella parte de la plaza. Sidney hizo una mueca de disgusto cuando percibió el hedor a orina. Era peor de lo que imaginaba.

Se cernían edificaciones a cada lado, sin luces ni letreros. Las ventanas estaban protegidas por rejas y los umbrales de las puertas cobijaban siluetas que gemían y se dedicaban a los asuntos ilegales que los clubs nocturnos del barrio parecían ansiosos por fomentar.

—Justin, ¿a dónde piensas que...?

Brooke alzó una mano a modo de aviso. Más adelante, se oían las roncas maldiciones de un hombre. Provenían del extremo opuesto del callejón, donde un muro de ladrillo se curvaba sobre el lado de un club nocturno, formando un hueco protegido. En aquel punto, dos figuras se debatían en el suelo. Pero no se trataba de un escarceo amoroso. Era un asalto, y la figura que llevaba las de perder era la de una mujer ataviada de negro, superada en fuerza y envergadura por su furioso atacante.

—¡Asquerosa p !

El hombre, rubio y muy irritado, a juzgar por el tono de su voz, descargaba sus puños contra el rostro, las axilas y el estómago de la mujer.

Al presenciar la escena, Sidney se lanzó hacia adelante, y cuando Justin trató de detenerla gritó.

—¡No! ¡Es una mujer!

Se precipitó hacia el extremo del callejón.

Oyó que Justin lanzaba un juramento a su espalda. La alcanzó a menos de tres metros de la pareja que luchaba en el suelo.

—Retrocede. Yo me ocuparé de esto —dijo con aspereza.

Justin agarró al individuo por los hombros y hundió los dedos en la chaqueta de cuero que llevaba. Su enérgica acción provocó que los brazos de la víctima quedaran libres, y la mujer se protegió instintivamente la cara. Brooke empujó al hombre hacia atrás.

—¡Idiotas! ¿Queréis llamar la atención de la policía?

Sidney se plantó a su lado.

—¡Peter! —gritó —¡Peter Lynley!

Brooke desvió la vista desde el joven a la mujer caída de costado, el vestido arrugado y las medias destrozadas. Se arrodilló y alzó su rostro, como para examinar el alcance de sus heridas.

—Dios mío —murmuró.

La soltó, se puso en pie, meneó la cabeza y soltó una carcajada.

La mujer consiguió ponerse de rodillas. Cogió su bolso, presa de las náuseas por un momento.

Después, también se puso a reír.

1 Debería escribirse Cat’s Cradle («La cuna del gato».) (N. del T.)

Primera parte

TARDES LONDINENSES

1

Lady Helen Clyde se encontraba rodeada por los aderezos de la muerte. Sobre las mesas descansaban muestras encontradas en diversos escenarios de crímenes; fotografías de cadáveres colgaban de las paredes; espantosos elementos destacaban en armarios acristalados, y entre ellos descollaba uno particularmente horripilante, consistente en un mechón de pelo unido todavía a un fragmento de cuero cabelludo de la víctima. Sin embargo, pese a la naturaleza macabra del entorno, lady Helen no paraba de pensar en comer.

Como forma de distracción, consultó la copia de un informe de la policía tirado sobre la mesa de trabajo que tenía delante de ella.

—Todo coincide, Simon. —Desconectó el microscopio—. B negativo, AB positivo, O positivo. ¿No crees que la policía se alegrará?

—Ummm —fue la única respuesta de su acompañante.

Los monosílabos eran típicos de él cuando se hallaba enfrascado en su trabajo, pero su respuesta fue de lo más exasperante en aquel momento, pues pasaban de las cuatro y el cuerpo de lady Helen anhelaba, desde hacía un cuarto de hora, su ración de té. Indiferente a esta tragedia, Simon Allcourt-St. James empezó a destapar una hilera de botellas colocadas frente a él. Contenían fibras diminutas que deseaba analizar, pues basaba su creciente reputación como científico forense en su habilidad para tejer un conjunto de hechos a partir de hilos infinitesimales, empapados de sangre.

Lady Helen, al reconocer la fase preliminar de un análisis de tejidos, suspiró y se acercó a la ventana del laboratorio, situado en el último piso de la casa de St. James. La ventana se abría a la tarde de junio y dominaba un agradable jardín encerrado entre muros de ladrillo. Un vívido laberinto de flores componía una melodía de colores indisciplinados, invadiendo los senderos y el césped.

—Deberías contratar a alguien que se ocupara del jardín —comentó lady Helen. Sabía muy bien que no había sido cuidado como era debido en los últimos tres años. También sabía el motivo.

—Sí.

St. James cogió unas pinzas y una caja de placas. Una puerta se abrió y cerró en la planta baja.

Por fin, pensó lady Helen, y en su imaginación recreó a Joseph Cotter subiendo la escalera desde la cocina del sótano, sujetando en las manos una bandeja cubierta de panecillos recién hechos, nata, tartitas de cereza y té. Por desgracia, los sonidos que se acercaban (ruidos y golpes sordos, acompañados por un resuello) no sugerían que el refrigerio fuera inminente. Lady Helen esquivó uno de los ordenadores de St. James y echó un vistazo al vestíbulo.

—¿Qué pasa? —preguntó St. James, cuando un golpe seco resonó en toda la casa, metal contra madera, un estruendo de mal agüero para los pasamanos de la escalera. Descendió con movimientos torpes del taburete y su pierna izquierda, sujeta por una abrazadera, aterrizó sin ceremonias sobre el suelo, produciendo un ruido desagradable.

—Es Cotter —contestó lady Helen —Está luchando con un baúl y una especie de paquete. ¿Quieres que te ayude, Cotter? ¿Qué has traído?

—Me las arreglo muy bien, señorita —fue la ambigua respuesta de Cotter, desde tres pisos más abajo.

—Pero ¿qué demonios...?

Lady Helen percibió que St. James se alejaba con brusquedad de la puerta. Reanudó su trabajo como si no se hubiera producido la interrupción, como si Cotter no necesitara ayuda.

Entonces, lady Helen comprendió lo que pasaba. Mientras Cotter maniobraba con su carga en el primer rellano, un rayo de luz procedente de la ventana iluminó una enorme etiqueta pegada al baúl. Aun desde el piso superior, lady Helen pudo leer la inscripción en tinta negra: «D. Cotter/USA». Deborah iba a regresar, y muy pronto, a juzgar por los indicios. Como si nada de esto estuviera ocurriendo, St. James siguió absorto en sus fibras y placas. Se inclinó sobre el microscopio y ajustó el foco.

Lady Helen descendió la escalera. Cotter intentó disuadirla con un ademán.

—Puedo arreglármelas —dijo —No se moleste.

—Me encantan las molestias. Tanto como a ti.

Cotter sonrió ante su respuesta, porque sus esfuerzos nacían del amor de un padre por su hija pródiga, y lady Helen lo sabía. Cotter le tendió el enorme paquete plano que intentaba transportar bajo el brazo, pero no soltó ni un momento el baúl.

—¿Deborah vuelve a casa?

Lady Helen habló en voz baja. Cotter la imitó.

—Sí. Esta noche.

—Simon no me ha dicho nada.

Cotter procedió a sujetar mejor el baúl.

—Muy propio de él, ¿verdad? —respondió en tono sombrío.

Subieron el tramo de escaleras restante. Cotter introdujo el baúl en el dormitorio de su hija, a la izquierda del rellano, mientras lady Helen se detenía ante la puerta del laboratorio. Apoyó el paquete contra la pared, y tabaleó con los dedos sobre ella mientras observaba a su amigo. St. James no levantó la vista de su trabajo.

Siempre había constituido su defensa más eficaz. Mesas de trabajo y microscopios devenían murallas que nadie podía escalar, y el trabajo incesante un narcótico que aliviaba el dolor de la pérdida. Lady Helen paseó la mirada por el laboratorio, y por una vez no lo vio como el centro de la vida profesional de St. James, sino como el refugio en que se había transformado. Era una habitación amplia, que olía débilmente a formaldehído. Las paredes consistían en atlas anatómicos, diagramas y estanterías; el suelo, en madera dura, vieja y crujiente; el techo, en una claraboya por la cual penetraba una luz lechosa que proporcionaba una luminosidad impersonal. Los muebles se reducían a mesas destartaladas, taburetes altos, microscopios, ordenadores y diversos instrumentos para examinar cualquier cosa, desde sangre a balas. A un lado, una puerta comunicaba con el cuarto oscuro de Deborah Cotter. Pero esa puerta había permanecido cerrada durante todos sus años de ausencia. Lady Helen se preguntó qué haría St. James si ella la abría ahora, utilizándola como una inevitable invasión en las honduras de su corazón.

—¿Deborah vuelve a casa esta noche, Simon? ¿Por qué no me lo has dicho?

St. James sacó una placa del microscopio y la reemplazó por otra, ajustando los tornillos para aumentar el tamaño. Después de estudiar este nuevo espécimen, tomó unas cuantas notas.

Lady Helen se inclinó sobre la mesa de trabajo y apagó la luz del microscopio.

—Deborah vuelve a casa —dijo con suavidad —No me has comentado nada al respecto en todo el día. ¿Por qué, Simon? Dímelo.

En lugar de responder, Simon miró hacia atrás.

—¿Qué sucede, Cotter?

Lady Helen giró sobre sus talones. Cotter estaba de pie en el umbral, el ceño fruncido, secándose la frente con un pañuelo de lino blanco.

—No será necesario que vaya a buscar a Deb al aeropuerto, señor St. James —dijo a toda prisa —Lord Asherton se ocupará de ello. Yo también iré. Me telefoneó hace menos de una hora. Todo está arreglado.

El tic tac del reloj de pared fue la única respuesta al anuncio de Cotter, hasta que el frenético llanto de un niño, teñido de indignación, atronó la calle. St. James volvió a la vida.

—Bien, estupendo. Tengo una montaña de trabajo esperándome.

Lady Helen experimentó el tipo de consternación que exige ir acompañada de un grito de protesta. El mundo que conocía estaba adoptando una nueva forma, compuesta de piezas desafortunadas. Ansiosa por formular la pregunta obvia, desvió la vista de St. James a Cotter, pero la reserva de ambos se lo impidió. De todas maneras, adivinó que Cotter deseaba añadir algo más. Parecía esperar que el otro hombre hiciera el comentario adicional que le daría pie, pero St. James se limitó a pasear una mano por su rebelde cabello negro. Cotter cambió de posición.

—Bien, iré a ocuparme de mis obligaciones.

Salió de la habitación, despidiéndose con un movimiento de cabeza, pero sus hombros parecían más hundidos y su paso más lento.

—A ver si lo he comprendido bien —dijo lady Helen —Tommy irá a buscar a Deborah al aeropuerto. Tommy. ¿Tú no?

Una pregunta bastante razonable. Thomas Lynley, lord Asherton, era un viejo amigo de St. James y de lady Helen, y también una especie de colega, porque durante los últimos diez años había trabajado en el departamento de Investigación Criminal de New Scotland Yard. En calidad de ambas cosas, había visitado con frecuencia la casa de St. James en Cheyne Row. Pero ¿cómo demonios había llegado a conocer tan bien a Deborah Cotter para ser la persona que la iba a recibir al aeropuerto después de su ausencia, para telefonear a su padre y comunicarle con toda frialdad que ya lo había dispuesto todo, como si fuera...? ¿Qué demonios significaba Tommy para Deborah? Lady Helen no cesaba de plantearse estas preguntas.

—Fue a verla a Estados Unidos —contestó St. James —. Varias veces. ¿No te lo contó, Helen?

—Santo cielo. —Lady Helen se mostró estupefacta —. ¿Cómo lo sabes? No creo que Deborah te lo dijera, y en cuanto a Tommy, sabe muy bien que tú siempre...

St. James la interrumpió.

—Cotter me lo dijo el año pasado. Supongo que ha dedicado cierto tiempo a preguntarse por las intenciones de Tommy, como haría cualquier padre.

Su tono seco y conciso era muchísimo más expresivo que cualquier comentario surgido de su boca. Lady Helen se compadeció de él.

—Habrá sido horrible para ti estar separado de ella todo este tiempo, ¿verdad?

St. James acercó otro microscopio y concentró su atención en eliminar una mota de polvo que, al parecer, se había adherido con terquedad al objetivo.

Lady Helen le observó, comprendiendo con toda claridad que el paso del tiempo, combinado con su defecto físico, se habían aliado para degradarle como hombre a sus propios ojos año tras año. Quiso explicarle lo equivocado e injusto de tal situación. Quiso decirle que en nada iba a cambiar las cosas. Sin embargo, sabía que bordearía peligrosamente la piedad, y no quería herirle al manifestar una compasión que él no deseaba.

El ruido de la puerta principal al cerrarse la salvó de añadir nada más. A continuación se oyeron unos pasos rápidos. Subían los escalones de tres en tres sin tomarse ni un descanso para respirar, como heraldos de la única persona que poseía la energía suficiente para subir una escalera tan empinada en tan poco tiempo.

—Sabía que te encontraría aquí —anunció Sidney St. James, besando a su hermano en la mejilla. Se dejó caer sobre un taburete y saludó con su estilo personal a lady Helen —. Me encanta ese vestido, Helen. ¿Es nuevo? ¿Cómo puedes tener un aspecto tan formal a las cuatro y cuarto de la tarde?

—Hablando de aspectos formales...

St. James echó un vistazo a la inusual indumentaria de su hermana.

Sidney lanzó una carcajada.

—Pantalones de cuero. ¿Qué pensabas? También hay un abrigo de pieles, pero se lo dejé al fotógrafo.

—Una combinación bastante calurosa para el verano —indicó lady Helen.

—¿A que es brutal? —corroboró con alegría Sidney —Me han tenido en el Albert Bridge desde las diez de la mañana, en pantalones de cuero, abrigo de pieles y nada más. Subida en un taxi de 1951, y el conductor..., me gustaría que alguien me dijera de dónde sacan esos modelos masculinos, me miraba como un pervertido. Ah, sí, y un poco de exhibición au naturel aquí y allá. Mi au naturel, para ser exacta. Lo único que el chófer tenía que hacer era mirarme como Jack el Destripador. Le pedí prestada esta camisa a uno de los técnicos. Se ha decretado un descanso, así que se me ocurrió pasar a verte. —Paseó una mirada curiosa por la habitación —Bien. Son más de las cuatro. ¿Dónde está el té?

St. James indicó con un movimiento de cabeza el paquete que lady Helen había dejado apoyado contra la pared.

—Nos has pillado en un momento de desconcierto.

—Deborah vuelve a casa esta noche, Sid —explicó lady Helen —¿Lo sabías?

El rostro de Sidney se iluminó.

—¿Regresa al fin? Entonces, ahí habrá algunas de sus fotos. ¡Maravilloso! Vamos a echar un vistazo.

Saltó del taburete, agitó el paquete como si fuera un regalo de Navidad adelantado y procedió a quitar el envoltorio.

—Sidney —la reprendió St. James.

—Bah. Ya sabes que no le importará.

Sidney tiró a un lado el grueso papel marrón, desató los cordeles de una carpeta negra y sacó el primer retrato del montón. Lo examinó y silbó entre dientes.

—Señor, maneja la cámara mejor que nunca.

Pasó la fotografía a lady Helen y continuó estudiando las demás.

«Autorretrato y baño». Las tres palabras estaban garrapateadas apresuradamente en el borde inferior de la foto. Era un desnudo de la propia Deborah, situada ante la cámara en tres cuartos de perfil. Había dispuesto la escena con inteligencia; una bañera poco profunda; el delicado arco de su espalda; una mesa próxima sobre la que descansaban un jarro, cepillos para el pelo y un peine. Una luz filtrada bañaba su brazo izquierdo, la pierna izquierda, el pie izquierdo y la curva del hombro. Con una cámara y utilizándose a ella misma como modelo, había copiado El baño de Degas. El resultado era exquisito.

Lady Helen levantó la vista y vio que St. James asentía con la cabeza, como dando su aprobación. Volvió a sus instrumentos y empezó a rebuscar entre una pila de informes.

—¿Lo sabíais? ¿Sabíais algo? —les estaba preguntando Sidney con impaciencia.

—¿A qué te refieres? —preguntó a su vez lady Helen.

—A que Deborah está superenrollada con Tommy. ¡Tommy Lynley! Me lo dijo la cocinera de mamá, lo creáis o no. Según ella, Cotter se puso hecho una furia cuando se enteró. De verdad, Simon, deberías hablar con Cotter e inyectarle un poco de sentido común. Haz lo mismo con Tommy, a propósito, porque considero absolutamente injusto que la prefiera a mí. —Volvió a su taburete y se puso a dar vueltas sobre él —Eso me recuerda algo. He de contaros algo acerca de Peter.

Lady Helen experimentó cierto alivio ante este afortunado cambio de tema.

—¿Peter? —colaboró.

—Imagínate. —Sidney empleó las manos para dramatizar la escena —¡Peter Lynley y una dama de la noche, vestida toda de negro y de largo cabello negro, como una turista de Transilvania, sorprendidos en flagrante delito en una callejuela del Soho!

—¿Peter, el hermano de Tommy? —intentó aclarar lady Helen, conociendo la tendencia de Sidney a pasar por alto detalles importantes —No es posible. Está en Oxford, ¿no?

—Daba la impresión de estar inmerso en cosas mucho más interesantes que sus estudios. Olvidaos de la historia, la literatura y el arte.

—¿De qué estás hablando, Sidney? —preguntó St. James cuando la joven saltó del taburete y empezó a pasear por el laboratorio como un cachorrillo.

Conectó el microscopio de lady Helen y echó una ojeada.

—¡Caray! ¿Qué es esto?

—Sangre —dijo lady Helen —¿Y Peter Lynley?

Sidney ajustó el foco.

—Fue... Espera un momento... El viernes por la noche. Sí, exacto, porque me habían invitado a una espantosa fiesta en el West End el viernes y fue esa noche cuando vi a Peter. En el suelo del callejón. ¡Forcejeando con una prostituta! Seguro que a Tommy le haría mucha gracia.

—La conducta de Peter durante este año no le ha hecho ninguna gracia a Tommy —replicó lady Helen.

—¡Y no lo sabe bien Peter! —Sidney miró a su hermano con aire afligido —¿Y el té? ¿Nos queda alguna esperanza?

—Nunca hay que rendirse. Continúa tu saga.

Sidney hizo una mueca.

—No hay mucho más que contar. Justin y yo nos topamos con Peter y esa mujer, que peleaban en la oscuridad. De hecho, Peter le estaba dando puñetazos en la cara, y Justin le apartó. La mujer, aunque parezca raro, empezó a reír como una loca. Debía estar histérica, desde luego. Antes de que pudiéramos comprobar si se encontraba bien, huyó. Acompañamos a Peter a casa. Un piso diminuto en Whitechapel, Simon, y una chica de ojos suspicaces que llevaba unos tejanos sucios esperándole en los peldaños de la entrada. —Sidney se encogió de hombros —. En cualquier caso, Peter no me comentó nada acerca de Tommy, Oxford o lo que fuera. Supongo que se sentía violento. Que una amiga le encontrara rodando por el suelo de un callejón debía ser lo último que se esperaba.

—¿Qué estabas haciendo allí? —preguntó St. James —¿La idea de ir a Soho fue de Justin?

Sidney evitó su mirada.

—¿Crees que Deb me hará una sesión de fotos? Tendría que empezar a trabajar en una nueva colección, ahora que me he cortado el pelo. No me has dicho ni una palabra, Simon, y lo llevo más corto que tú.

St. James no estaba dispuesto a cambiar de tema.

—¿Aún no te has hartado de Justin Brooke?

—Helen, ¿qué opinas de mi cabello?

—¿Qué me dices de Brooke, Sid?

Sidney dirigió una disculpa silenciosa a lady Helen antes de volverse hacia su hermano. El parecido entre ambos era notable; compartían el mismo cabello negro rizado, las mismas facciones aquilinas, los mismos ojos azules. Eran como imágenes de espejos asimétricos: la resignada serenidad del uno sustituía a la vivacidad de la otra. Eran fotos de antes-ydespués, pasado y presente, unidas por los inconfundibles lazos de la sangre.

Las palabras de Sidney, no obstante, dieron la impresión de constituir un esfuerzo por negar lo anterior.

—No me trates como a una niña pequeña, Simon.

Las campanadas del reloj despertaron a St. James con un sobresalto. Eran las tres de la mañana. Por un momento, medio dormido, se preguntó dónde estaba, hasta que un movimiento doloroso del cuello le despertó por completo. Se agitó en la silla y se levantó, poco a poco, sin que el cuerpo respondiera por completo. Se desperezó, caminó hacia la ventana del estudio y contempló Cheyne Row.

La luz de la luna bañaba de plata las hojas de los árboles, acariciaba las casas remozadas de la acera opuesta, el museo Carlyle, la iglesia de la esquina. Durante los últimos años, el barrio que bordeaba el río había experimentado un renacimiento que lo proyectaba desde su pasado bohemio hacia un futuro desconocido, lo cual agradaba a St. James.

Volvió a su silla. En la mesa contigua, una copa contenía todavía un dedo de coñac. La vació, apagó la lámpara y abandonó el estudio. Avanzó por el estrecho pasillo hasta la escalera.

La subió lentamente, arrastrando su pierna lisiada, aferrándose a la barandilla para contrarrestar el peso muerto. Meneó la cabeza como para censurar su solitaria y extravagante espera del regreso de Deborah.

Hacía horas que Cotter había regresado del aeropuerto, pero su hija sólo había permanecido en casa un breve rato, sin salir de la cocina. St. James oyó desde el estudio las carcajadas de Deborah, la voz de Cotter, los ladridos del perro. Incluso recreó en su imaginación al gato, que saltaba desde el antepecho de la ventana para dar su bienvenida a la joven. Esta reunión se había prolongado durante media hora. Después, cuando esperaba que Deborah subiera a saludarle, fue Cotter quien entró en el estudio, para anunciarle que su hija había vuelto a marcharse, en compañía de lord Asherton. Thomas Lynley, el amigo más antiguo de St. James.

El embarazo de Cotter ante el comportamiento de Deborah sólo auguraba un empeoramiento de la ya incómoda situación.

—Ha dicho que no tardará —había tartamudeado Cotter —. Ha dicho que volverá directamente. Ha dicho...

St. James quiso detener el flujo de palabras, pero no se le ocurrió ninguna forma. Resolvió la situación mencionando la hora y anunciando su intención de acostarse. Cotter le dejó en paz.

Sabiendo que le iba a resultar imposible conciliar el sueño, se quedó en el estudio e intentó distraerse con la lectura de una revista científica. Pasaron las horas y continuó aguardando su regreso. Su parte inteligente insistía en que un encuentro entre los dos ahora carecía de sentido. Su parte imbécil lo anhelaba.

Qué idiotez, pensó, y siguió subiendo la escalera. Sin embargo, como si su cuerpo deseara contradecir lo que su intelecto le dictaba, no encaminó sus pasos hacia su dormitorio, sino hacia el de Deborah, en el último piso de la casa. La puerta estaba abierta.

La habitación era pequeña, amueblada de manera variopinta. Un antiguo armario ropero de roble, barnizado con esmero, se apoyaba contra la pared sobre unas patas desiguales. Sobre un tocador similar descansaba un solitario jarrón Belleek, de bordes rosados. Una alfombra otrora de alegres colores, hecha a mano por la madre de Deborah diez meses antes de morir, formaba un óvalo sobre el suelo. Cerca de la ventana se encontraba la estrecha cama metálica que había pertenecido a la joven desde su infancia.

St. James no había entrado en esta habitación durante los tres años que Deborah estuvo ausente. Ahora, lo hizo a regañadientes y se encaminó hacia la ventana abierta. Una suave brisa agitaba las cortinas blancas. Pese a la altura, percibió el perfume de las flores plantadas en el jardín. Era tenue, como un fondo apenas entrevisto sobre el lienzo de la noche.

Mientras disfrutaba de la sutil fragancia, un coche plateado dobló la esquina de Cheyne Row con Lordship Place y frenó ante la antigua puerta del jardín. St. James reconoció el Bentley y a su conductor, que se volvió hacia la joven sentada a su lado y la tomó en sus brazos.

La luz de la luna, que antes había servido para iluminar la calle, hizo lo propio con el interior del coche. Mientras St. James miraba, incapaz de apartarse de la ventana aunque lo hubiera deseado (y no era así), la rubia cabeza de Lynley se inclinó sobre Deborah. Ella levantó el brazo, sus dedos buscaron primero el cabello de Lynley, y después su rostro, antes de apretarle contra su cuello, contra sus pechos.

St. James se obligó a desviar la vista hacia el jardín. Le escocían los ojos. Su piel parecía arder. Examinó sus sentimientos.

Conocía a Deborah desde el día en que nació. Había crecido en la casa de Chelsea, hija de un hombre que era para St. James niñera, criado, mayordomo y amigo a la vez. Ella había sido una fiel compañera durante la época más sombría de su vida, y su presencia le había salvado de lo peor que podía depararle su desesperación. Pero ahora...

Ha elegido, pensó, e intentó convencerse, enfrentado a esta revelación, de que no sentía nada, de que era capaz de aceptarlo, de que podría soportar la pérdida, de que podría continuar adelante.

Atravesó el rellano y entró en su laboratorio. Encendió una lámpara de alta intensidad que arrojó un círculo de luz sobre un informe de toxicologías. Dedicó los siguientes minutos a intentar leer el documento (un penoso esfuerzo por conservar la serenidad), y luego oyó el sonido del motor del coche al ponerse en marcha, seguido por los pasos de Deborah en el vestíbulo.

Encendió otra luz del cuarto y se acercó a la puerta. Experimentó una oleada de nerviosismo, la necesidad de encontrar algo que decir, una excusa para explicar su presencia en el laboratorio a las tres de la mañana, despierto y a vestido. Pero no tuvo tiempo de pensar, porque Deborah subió la escalera casi con la misma rapidez que Sidney horas antes y puso fin a su separación.

Deborah llegó al final del rellano y se sorprendió al verle. —¡Simon!

«Maldita sea la aceptación.» Simon extendió una mano y ella se precipitó en sus brazos. Era muy natural. Estaba en su casa. Los dos lo sabían. Sin pensarlo dos veces, St. James inclinó la cabeza y buscó su boca, pero sólo encontró su cabello, al cual se había adherido el aroma de los cigarrillos que fumaba Lynley, un amargo recordatorio de quién había sido ella y de aquello en lo que se había convertido.

El olor le calmó y la soltó. Comprendió que el tiempo y la distancia habían provocado que le atribuyese una belleza superior, cualidades físicas que ella no poseía. Admitió lo que siempre había sabido. La belleza de Deborah era de un tipo nada convencional. Carecía de los rasgos delicados y aristocráticos de Helen, así como de las facciones provocativas de Sidney. En cambio, combinaba ternura y afecto, comprensión e ingenio, virtudes cuya definición se desprendía de su expresión vivaz, del caos de su cabello cobrizo, de las pecas que salpicaban el puente de la nariz.

Pero percibió cambios en ella. Estaba demasiado delgada y, cosa inexplicable, engañosas vetas de remordimiento parecían asomar bajo la superficie de su compostura. Sin embargo, le habló como siempre.

—¿Has estado trabajando hasta ahora? No te habrás quedado levantado para esperarme, ¿verdad?

—Fue el único modo de conseguir que tu padre se acostara. Temía que Tommy te retuviera toda la noche.

Deborah lanzó una carcajada.

—Muy propio de papá. ¿Tú también pensaste lo mismo?

—Tommy no iba a hacer algo semejante.

St. James se asombró de la absoluta duplicidad que enmascaraban sus palabras. Mediante un rápido abrazo habían soslayado los motivos de Deborah para abandonar Inglaterra, en primer lugar, como si hubieran accedido a reanudar su antigua relación, aun sabiendo ambos que jamás podrían recuperarla. De momento, sin embargo, incluso una falsa amistad era mejor que la separación.

—Tengo algo para ti.

Avanzó hacia el cuarto oscuro de Deborah, seguido por ella, y abrió la puerta. La mano de la joven tanteó en busca de la luz y St. James oyó su jadeo de sorpresa cuando vio la nueva ampliadora de color que ocupaba el espacio de la vieja en blanco y negro.

—¡Simon! —Se mordió la parte interna del labio —Esto es... Eres tan generoso. De veras... No tenías que... Y me has esperado levantado.

El color se expandió sobre su rostro como huellas digitales carentes de todo atractivo, recordándole que Deborah nunca había sabido disimular su malestar.

A pesar del pasado, St. James había dado por sentado que el obsequio la complacería. No era así. Estaba consternada. De alguna manera, el regalo representaba la violación inconsciente de una frontera jamás verbalizada. Notó el tacto frío y resbaladizo del pomo.

—Quería darte una especie de bienvenida —dijo. Ella no contestó —Te hemos echado de menos.

Deborah acarició la superficie de la ampliadora.

—Expuse mi obra en Santa Fe antes de irme. ¿Lo sabías? ¿No te lo dijo Tommy? Le telefoneé porque, bueno, son esas cosas con las que siempre sueñas, ¿verdad? Gente que acude y aprecia lo que ve. Incluso compra... Me puse muy nerviosa. Utilicé una de las ampliadoras del colegio para hacer todas las copias. Recuerdo que me preguntaba cómo lograría comprar las nuevas cámaras que quería.

Se apartó de la ampliadora e inspeccionó el cuarto oscuro, las botellas de productos químicos, las cajas de accesorios, las nuevas placas para el baño de corte y el fijador. Se llevó los dedos a los labios.

—Lo has ordenado muy bien. Oh, Simon, esto es más de... No me lo esperaba, de veras. Todo es... Es exactamente lo que necesitaba. Gracias, muchas gracias. Te prometo que volveré cada día para utilizarlo.

—¿Volver?

St. James se interrumpió con brusquedad. Su sentido común tendría que haberle indicado lo que iba a suceder cuando los vio juntos en el coche.

—¿No lo sabes? —Deborah apagó la luz y volvió al laboratorio —Tengo un piso en Paddington. Tommy lo encontró en abril. ¿No te lo dijo? ¿Papá tampoco? Me mudaré mañana.

—¿Mañana? ¿Quieres decir ya? ¿Hoy?

—Supongo que debí decir hoy, ¿verdad? Si no nos vamos a dormir ahora mismo, estaremos los dos hechos polvo. Me iré a la cama, Simon. Gracias. Muchas gracias.

Rozó la mejilla con la suya, apretó su mano y se marchó.

De modo que así están las cosas, pensó St. James, siguiéndola con la mirada.

Se encaminó hacia la escalera.

Deborah, desde su habitación, le oyó alejarse. A sólo dos pasos de la puerta cerrada, la joven escuchó sus pasos, un sonido grabado en su recuerdo que la perseguiría hasta la tumba. La leve presión de la pierna sana, el golpe sordo de la muerta. El movimiento de su mano sobre la barandilla, convertida en un puño tenso por el esfuerzo. Su respiración contenida mientras conservaba un precario equilibrio. Y todo ello sin que la cara traicionara nada.

Esperó a oír que se cerraba su puerta en el piso de abajo para apartarse de la suya y acercarse a la ventana, aunque no sabía que él había hecho lo mismo minutos antes.

Tres años, pensó. ¿Cómo era posible que estuviera más delgado, más demacrado y enfermizo, un rostro deformado por arrugas y ángulos en los que una historia de sufrimientos estaba cincelada? El cabello, siempre demasiado largo. Recordó su suavidad entre sus dedos. Ojos inquietos que le hablaban incluso cuando él permanecía callado. Boca que cubría tiernamente la suya. Manos sensibles, manos de artista, que seguían la línea de su mentón, que la atraían hacia sus brazos.

—No. Nunca más.

Deborah susurró las palabras al inminente amanecer. Se alejó de la ventana, apartó la colcha de la cama y se tendió, completamente vestida.

No pienses en eso, se dijo. No pienses en nada.

2

Siempre era el mismo sueño atroz. Un paseo desde Buckbarrow a Greendale Tarn, bajo una lluvia tan placentera y pura que sólo podía ser fantasmagórica. Escalar salientes de roca, correr sin el menor esfuerzo por el páramo, resbalar despreocupadamente por el talud hasta llegar, jadeante y alegre, al agua. Sentía aquel júbilo, la excitación de la actividad, la sangre que corría por sus miembros hasta cuando dormía; estaba dispuesto a jurarlo.

Después despertar a la pesadilla, con un sobresalto estremecedor. Tendido en la cama, la vista clavada en el techo, con el anhelo de que la desolación se transformara en despreocupación. Pero sin conseguir jamás olvidar el dolor.

Se abrió la puerta del dormitorio y Cotter entró, cargado con la bandeja del desayuno. La colocó sobre la mesa contigua a la cama y miró a St. James con disimulo antes de descorrer las cortinas.

La luz de la mañana actuó como una corriente eléctrica que se transmitiera directamente desde sus ojos al cerebro. St. James notó que su cuerpo se agitaba.

—Le traeré su medicina —dijo Cotter. Se detuvo junto a la cama el tiempo suficiente para servir a St. James una taza de te, desapareciendo a continuación en el cuarto de baño.

Ya a solas, St. James luchó por incorporarse. El martilleo que torturaba su cabeza aumentaba la intensidad de cualquier sonido. La puerta del botiquín al cerrarse equivalió a un disparo de rifle; el correr del agua del baño, a un rugido de locomotora. Cotter volvió con una botella en la mano.

—Bastará con dos.

Le dio las pastillas y no dijo nada más hasta que St. James las tragó.

—¿Vio a Deb anoche? —preguntó después, con indiferencia.

Como si la respuesta no le importara, Cotter regresó al cuarto de baño donde, como St. James sabía, comprobaría la temperatura del agua. Era una cortesía completamente innecesaria, un acto que reafirmaba la manera que Cotter había empleado para formular la pregunta. Practicaba el juego del amo y el criado; sus palabras y actos implicaban un desinterés que no sentía.

St. James añadió abundante azúcar al té y sorbió varias veces. Se recostó contra las almohadas y esperó a que la medicina surtiera efecto.

Cotter reapareció en la puerta del cuarto de baño.

—Sí, la vi —contestó St. James.

—Algo cambiada, ¿no cree?

—Como era de esperar. Ha estado ausente mucho tiempo.

St. James añadió más té a su taza. Hizo un esfuerzo y miró a Cotter a los ojos. La determinación que reflejaba el rostro de Cotter le advirtió que, si decía algo más, sería como extender un cheque en blanco para recibir revelaciones que no deseaba escuchar.

Pero Cotter no se movió de su sitio. La conversación había llegado a un callejón sin salida. St. James se rindió.

—¿Qué pasa?

—Lord Asherton y Deb. —Cotter se alisó su escaso cabello —Sabía que Deb se entregaría algún día a un hombre, señor St. James. La vida me ha enseñado muchas cosas, pero sabiendo lo que ella sentía por... Bueno, yo pensaba que... —La confianza de Cotter pareció flaquear. Se sacudió un hilo de la manga —Estoy preocupado por ella. ¿Qué puede desear de ella un hombre como lord Asherton?

Convertirla en su esposa, por supuesto. La respuesta fue instantánea como un reflejo, pero St. James no la verbalizó, a pesar de que hubiera proporcionado a Cotter la tranquilidad que ansiaba. Al contrario, deseó pregonar advertencias sobre el carácter de Lynley, pintar a su viejo amigo como una especie de Dorian Gray. Este deseo le disgustó.

—No lo que tú piensas —consiguió articular.

Cotter recorrió la jamba de la puerta con los dedos, como si buscara polvo. Asintió, pero su rostro no reflejó una mayor convicción.

St. James alcanzó sus muletas y se enderezó. Atravesó la habitación, confiando en que Cotter tomara esta actividad como el final de su conversación, pero fracasó en su intento.

—Deborah tiene un piso en Paddington. ¿Se lo ha dicho? Lord Asherton la mantiene como si fuera una prostituta.

—Te equivocas —contestó St. James, anudándose el cinturón de la bata que Cotter le había alcanzado.

—¿De dónde saca el dinero, pues? —preguntó Cotter —¿Quién lo paga, sino él?

St. James se dirigió al cuarto de baño. El chorro del agua le avisó de que Cotter, en su agitación, había olvidado que la bañera se llenaba enseguida. Cerró los grifos y buscó una forma de poner fin a la discusión.

—Pues habla con ella, Cotter, si eso es lo que piensas. Tranquiliza tu mente.

—Lo que yo pienso es lo que usted también piensa, y no puede negarlo. Está tan claro como la luz del día, lo leo en su cara. —Cotter volvió a su tema favorito —He intentado hablar con la muchacha, pero no hubo manera. Anoche se fue con él antes de que tuviera la oportunidad. Y esta mañana también se ha marchado.

—¿Ya? ¿Con Tommy?

—No. Esta vez, sola. A Paddington.

—Pues ve a verla. Habla con ella. Quizá le agrade la perspectiva de pasar un rato a solas contigo.

Cotter pasó frente a él y procedió a desplegar sus útiles de afeitado con innecesaria minuciosidad. St. James observó sus movimientos con preocupación. Su intuición le dijo que lo peor aún no había llegado.

—Una charla larga y tendida. En eso estoy pensando, pero no soy yo quien debe hablar con la muchacha. Un padre está demasiado cerca. Ya sabe a qué me refiero.

Por supuesto que sí, se dijo St. James.

—No estarás insinuando...

—Deb le aprecia mucho. Desde siempre.

El rostro de Cotter transparentó el desafío oculto detrás de sus palabras. No era hombre que soslayara el chantaje sentimental si le guiaba por el camino que él (y St. James) consideraba pertinente.

—Podría alertar a la muchacha. Es lo único que le pido.

¿Alertarla? ¿Cómo podía hacerlo? «No te encariñes con Tommy, Deborah. Si lo haces, bien sabe Dios que tal vez termines convertida en su esposa». Ni hablar.

—Sólo una palabra —insistió Cotter —Ella confía en usted. Igual que yo.

St. James reprimió un suspiro de resignación. Maldijo la incuestionable lealtad que Cotter le había manifestado durante todos los años de su dolencia. Maldijo lo mucho que le debía. Siempre se acaba pagando.

—De acuerdo —dijo St. James —Si me das su dirección, quizá me deje caer un momento.

—Muy bien —contestó Cotter —Ya verá cómo Deb se alegra de escucharle.

Ya lo creo, pensó St. James con sarcasmo.

El edificio que albergaba el piso de Deborah recibía el nombre de «Apartamentos Shrewsbury Court». St. James lo localizó con relativa facilidad en Sussex Gardens, emparedado entre dos pensiones destartaladas. Era un edificio alto, recién restaurado, con la fachada de impoluta piedra Portland, una verja de hierro en la entrada. Se accedía a la puerta mediante un estrecho pasadizo de hormigón suspendido sobre la cavernosa entrada a unos pisos adicionales, situados bajo el nivel de la calle.

St. James apretó el botón contiguo al apellido «Cotter». En respuesta, un zumbido le dio entrada a un pequeño vestíbulo, cuyo suelo estaba cubierto de baldosas negras y blancas. Al igual que el exterior del edificio, estaba escrupulosamente limpio, y un tenue olor a desinfectante delataba que pretendía continuar del mismo modo. Carecía de mobiliario; un sencillo pasillo conducía a los pisos de la planta baja. Un discreto cartel, escrito a mano, que colgaba en una puerta rezaba «conciérge» como si una palabra extranjera confirmara la respetabilidad del edificio. También había un ascensor.

El piso de Deborah estaba en la última planta. Mientras subía, St. James reflexionó sobre la absurda posición en que Cotter le había puesto. Deborah era una mujer adulta. No aceptaría de buen grado ninguna intrusión en su vida. Mucho menos la suya.

Ella abrió la puerta en cuanto St. James llamó, como si hubiera esperado toda la tarde su llegada. Su expresión osciló rápidamente de la alegría a la sorpresa, y vaciló una fracción de segundo antes de dejarle entrar.

—¡Simon! No tenía ni idea de... —Hizo ademán de ofrecerle la mano a modo de saludo, se lo pensó mejor y la dejó caer a un lado —Menuda sorpresa me has dado. Esperaba que... Esto es realmente... ¿Por qué balbuceo? Entra, por favor.

La palabra «piso» se reveló como un eufemismo, pues su nuevo hogar consistía en poco más que un apartamento de un solo ambiente. De todos modos, se había hecho lo posible para dotarlo de comodidad. Las paredes estaban pintadas de un verde estimulante y primaveral. Apoyada contra una de ellas había una cama cubierta con una colcha de alegres colores y almohadas bordadas. En otra colgaba una colección de fotografías tomadas por Deborah, lugares que St. James nunca había visto y que debían ser el resultado de los años de aprendizaje en Estados Unidos. De la cadena estéreo cercana a la ventana surgía música suave: La siesta de un fauno, de Debussy.

St. James se dispuso a hacer algún comentario sobre la habitación (tan lejana del eclecticismo adolescente del dormitorio que la joven ocupaba en casa), cuando reparó en un pequeño hueco a la izquierda de la puerta. Albergaba una cocina y una mesa diminuta, sobre la que estaba dispuesto un servicio de te para dos.

Tendría que haberlo comprendido en cuanto la vio. No era propio de su carácter remolonear en casa en pleno día, ataviada con un vestido veraniego en lugar de sus acostumbrados tejanos.

—Esperas una visita. Lo siento. Tendría que haber llamado.

—Aún no me han conectado la línea. Da igual. De veras. ¿Qué te parece? ¿Te gusta?

Toda la pieza constituía lo que pretendía ser: un lugar de paz y femineidad donde un hombre desearía tenderse a su lado, trocando las cargas del día por el placer de hacer el amor. Pero ésta no era la respuesta que Deborah deseaba escuchar de sus labios. Para evitar darle una, se acercó a las fotografías.

Aunque más de una docena colgaban de la pared, estaban agrupadas de tal forma que sus ojos se fijaron en un impresionante retrato en blanco y negro de un hombre que daba la espalda a la cámara, la cabeza de perfil, el cabello y la cabeza (iluminados ambos por un resplandeciente reflejo del agua) contrastando con un fondo de color hueso.

—Tommy es muy fotogénico.

Deborah se detuvo a su lado.

—¿Verdad que sí? Intenté dar un poco de definición a su musculatura, pero no estoy segura de haberlo logrado. La iluminación no me convence. No sé. En un momento dado me gusta y al siguiente pienso que es tan sutil como la foto de una jarra.

St. James sonrió.

—Sigues siendo tan dura contigo misma como siempre, Deborah.

—Supongo que sí. Nunca me satisface nada. Así ha sido siempre mi historia.

—Yo diría que es una obra excelente. Tu padre se mostraría de acuerdo. Traeremos a Helen para que aporte una tercera opinión. Después, celebrarás tu éxito negándolo todo y proclamando que, como jueces, no servimos para nada.

—Al menos, no voy suplicando halagos —rió la joven.

—No, nunca lo has hecho.

St. James se volvió hacia la pared y el breve placer de su conversación se desvaneció.