Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Zezé, una cupletista que viaja a Montevideo, le relata la historia de su vida a su compañera de camarote. Esta escucha sus experiencias con admira- ción y curiosidad, pues no ha conocido una mujer así antes. Durante la travesía nocturna cuenta sus aventuras amorosas en el colegio de monjas con su amiga Leonor, sus viven- cias en Madrid, incluídos sus líos amo- rosos con hombres y mujeres y cómo llegó a ser quien es. Es la primera novela escrita en español que describe relaciones lésbicas y una clara atracción entre mujeres. Defiende los derechos de la mujer, su emancipación, su liberación sexual y vive fuera de las convenciones sociales.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 108
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
ZEZÉ
Ángeles Vicente
Kaótica Libros
© Kaótica Libros es un proyecto editorial de Ana Orantes, Sofía Sánchez y Lidia López.
Zezé de Ángeles Vicente publicada en España por Librería Fernando de Fe en 1909. La obra original se encuentra libre de derechos.
© Texto original: Ángeles Vicente
© Edición de Kaótica Libros basada en la obra original
© Imagen de cubierta: Vulkanismus (Adobe Stock)
© Diseño: Kaótica Libros
kaoticalibros.com
Colección Ucronía, 1
Editado en Madrid, España
Primera edición: Librería de Fernando Fe: 1909
Primera edición en Kaótica Libros: octubre, 2020
Depósito Legal: D.L. TO 250-2020
Todos los derechos reservados
All rights reserved
Impreso en Madrid
Printed in Spain
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares salvo las excepciones previstas por la ley. Si precisa fotocopiar o digitalizar algún fragmento de esta obra contacte con el Centro Español de Derechos Reprográficos mediante el correo electrónico [email protected].
B I O G R A F Í A
Ángeles Vicente nació en Cartagena, Murcia, en 1878. Pasó parte de su infancia y su juventud (de 1888 a 1906) en Argentina junto a sus padres. Cuando regresó a España, se instaló en Madrid, donde se casó y comenzó a colaborar en periódicos y revistas. Sobre 1920 se pierde su rastro. Hasta esa fecha publicó dos libros (Teresilla en 1907 y Zezé en 1909) y dos colecciones de cuentos (Los buitres en 1908 y Sombras. Cuentos psíquicos en 1910).
En Madrid se relacionó con los círculos intelectuales y tuvo trato con autores como Rubén Darío, Álvaro Retana, Miguel de Unamuno, Luis Linares Becerra…
Su obra está influenciada por las corrientes de pensamiento y literarias americanas lo que le da una seña de modernidad a todos sus escritos. Se acercó a las historias ocultistas, a la literatura fantástica, destacando el relato espiritista y la ciencia ficción. En sus obras la mujer y su papel en la sociedad son de gran importancia. Trató temas sociales de la época remarcando la defensa de derechos de la mujer, su emancipación y su liberación sexual, llegando a narrar relatos eróticos, incluso entre mujeres, como refleja en Zezé, siendo la primera obra en español que describe relaciones lésbicas.
Injustamente relegada al ostracismo, fue una escritora progresista, librepensadora y de las más avanzadas de principios del siglo XX, en el que emergían también otras autoras como María de Maeztu, Victoria Kent, Carmen de Burgos…
¡Arriesga! ¡Arriesga lo que sea!,
despreocúpate por las opiniones de los demás,
por esas voces. Haz lo más difícil del mundo para ti.
Katherine Mansfield
Cuando cae en tus manos un texto de principios del siglo XX, escrito por una autora española, no imaginas una historia como la que nos presenta Ángeles Vicente en Zezé. Ángeles fue una escritora de vanguardia en las primeras décadas del siglo XX. A pesar de que sobre el año 1920 se pierde su rastro, nos deja una bibliografía de gran modernidad para la época en la que trata temas sociales, ocultistas, fantásticos, científicos y eróticos, como en este libro. Al pasar una larga estancia en Argentina las corrientes de pensamiento y literarias americanas influyeron en sus escritos y así se manifiestan en Zezé, recordándonos a relatos propios de la literatura victoriana, en los que vemos que el papel de la mujer comienza a desprenderse de las convenciones sociales con personajes libres, que buscan su camino a través de la emancipación y la lucha por sus derechos.
En Zezé encuentras diálogos que la propia autora califica de anarquistas. En esta época comienzan a utilizarse los términos; feminismo, homosexualidad, nueva mujer…
La liberación sexual es otro de los puntos particulares de esta obra que nos describe a una mujer sin prejuicios, abierta a experimentar, tanto con hombres como con mujeres, el amor y las diferentes relaciones de pareja o amistad. Es la primera obra en la literatura española que narra experiencias sexuales entre mujeres, lo que le da un contenido erótico que te mantiene enganchado a sus páginas hasta el final. Se manifiesta una fuerte atracción entre mujeres y sobre todo lo que se refleja en las diferentes relaciones entre ellas, que aparecen en el libro; con su profesora sor Ángela, con Leonor, su amiga y amor del colegio, con Doña Pasito y con su compañera de camarote… es una gran sororidad. Intentan ayudarse y sostenerse.
Permitiéndonos explorar ese término de sisterhood (sororidad) que introdujo más adelante el movimiento feminista en los sesentas donde primó la solidaridad, y cómo a partir de ese reconocimiento entre iguales, se abrió la capacidad de aliarse, compartir y transformar la realidad.
Por otro lado cabe señalar, la relevancia de los temas que la obra ya cristalizaba entonces con la actualidad, cuando el capitalismo pretende regular la sexualidad, en vez de proporcionar el marco de pensamiento para su liberación, nunca más acorde a este sentimiento, el texto de Ángeles Vicente viene a reafirmar desde el pasado, lo que en textos actuales como el Manifiesto de un feminismo para el 99% (2019, Fraser et al.) también convoca: “Luchamos por liberar la sexualidad no solo de la procreación y de las formas de la familia normativa, sino también de las restricciones de género, clase y raza.”
La autora nos presenta protagonistas fascinantes que, en el camino hacia su autodescubrimiento, nos muestran nuevas perspectivas de la sociedad que desestabilizan los estereotipos e identidades femeninas imperantes lanzándonos reflexiones sobre el mundo que las rodea.
Disfruten de su lectura.
Las editoras
Oscurecía ya cuando el vapor San Martín ponía sus ruedas en movimiento, y abandonaba pausadamente la dársena Sur.
Los pasajeros, reclinados en la borda, agitaban sombreros y pañuelos a los amigos y parientes que desde el muelle correspondían al saludo de despedida.
El Paseo de Colón, el parque de Lezama, la Boca del Riachuelo... todo fue achicándose poco a poco hasta perderse de vista, y la gran ciudad de Buenos Aires quedó envuelta en las sombras de la noche.
Continué absorta en la contemplación de aquel panorama tan conocido para mí, y el alejarme de él, sin saber por qué, me produjo un pesar indescriptible.
Todos parecían participar de aquella tristeza mía, encerrándose en sí mismos, y olvidando por un instante que la vida proseguía su febril actividad mecánica.
La campana, que llamaba a cenar, nos sacó de nuestras íntimas meditaciones.
El comedor fue invadido por la afluencia de viajeros.
Estábamos a fines de diciembre, y, como el calor se hacía sentir, la gente emigraba buscando el fresco de las playas.
La animación y la alegría fueron creciendo en los comensales, a medida que desfilaban los platos de la opípara cena; después, divididos en grupos, unos salieron a la toldilla, poniéndose otros a jugar a las cartas.
Yo, pensativa, estuve largo rato reclinada en la borda del lado de uno de los tambores, entretenida en mirar los remolinos de espuma que formaba la rueda al sacar sus palas fuera del agua. Más tarde, me retiré al camarote.
Al entrar en él vi que habían cambiado unas maletas; pero, reconocido que todo lo mío estaba en el mismo sitio, sin preocuparme empecé a colocar convenientemente esa serie de bultos pequeños que se acumulan a última hora en los viajes.
Estaba en estos arreglos, cuando entro una joven hermosa, alta, elegantísima, trigueña, con grandes ojos negros. Vestía un traje corte sastre, color azul marino. El negro y abundoso cabello lo llevaba sujeto por horquillas y peinetas adornadas con brillantes. Al verla, sentí simpatía por aquella arrogante mujer.
—Buenas noches, señora —dijo la recién llegada en tono muy extraño. Me fijé en su cara y la noté tan sofocada, que, sin contestar al saludo, le pregunté:
—¿Le pasa a usted algo?
—¿Que si me pasa? —contestó con voz temblorosa, como queriendo reprimir el llanto o la ira.
—¿Qué le sucede? —insistí.
—No sé, señora, no sé, estoy como loca.
—Si no habla más claro...
—¿No se ha enterado usted de nada?
—No... de nada.
—¡Pues pequeño jaleo han armado!
—¿Por qué?
—Porque soy cupletista —dijo con marcada ironía.
Estaba trabajando en el Casino, y ahora voy contratada a Montevideo.
En la agencia quise pagar un camarote para mí sola, como hago siempre, pero no pudo ser: quedaba solo un pasaje, que acepté ante la necesidad de debutar mañana.
Me ha tocado un camarote donde va una señora con su hija, la que, apenas se ha enterado de que soy cupletista, ha puesto el grito en el cielo, quejándose al comisario. —Le parece a usted —ha dicho la buena señora, —que voy a consentir que mi niña duerma al lado de una... cupletista? —.
El comisario ha tratado de calmarla, trasladándome de camarote, pero como ella ha continuado comentando acaloradamente el hecho inaudito, todas las otras damas se han creído en el deber de no ser menos honestas y delicadas, y mis maletas andan corriendo sin encontrar acomodo. Si aquí no paran, será preciso tirarlas al agua.
—¿Por qué no han de parar?
—¡Si usted se queja también...!
—¡Quejarme!
—¡Como soy cupletista!
—Y, ¿es ese su único delito?
—Esta noche no he cometido otro.
—Grave es el asunto dije riéndome, esas pobres señoras han tenido razón de alarmarse; figúrese, una cupletista es un ser peligroso. ¡Qué tontería! ¡Qué gente más imbécil! Vamos tranquilícese; por mí le aseguro que prefiero su compañía a la anterior.
Comentando irónicamente lo sucedido, comenzamos a desnudarnos.
Sentíamos calor, apagamos la luz, y abrimos una ventanilla que daba sobre cubierta.
Algunos pasajeros se paseaban. Desde la cama los veíamos ir y venir, oyendo a intervalos sus conversaciones... Después de breve silencio interrogué a mi compañera:
—¿Hace mucho tiempo que trabaja usted en el teatro?
—Cuatro años.
—¿Cómo se llama?
—Me llaman Bella Zezé. Mi nombre propio es Emilia del Cerro.
—Por el acento parece usted española.
—Sí, soy madrileña.
—Y ¿hace mucho tiempo que falta usted de España?
—Unos seis meses.
—También yo soy española, pero vine tan niña a la República Argentina, que casi no recuerdo de mi patria.
—¿De qué parte es usted?
—De Murcia.
—¿Piensa usted volver por allí?
—Sí, tal vez muy pronto.
—Yo, cuando cumpla este contrato en Montevideo, regreso a Madrid.
—¿No le gusta este país?
—Sí, bastante, pero antes de salir dejé firmado otro contrato para Barcelona.
—Por lo que se ve, trabaja usted mucho.
—Sin descanso.
—Y ¿le gusta la vida del teatro?
—Ahora sí porque estoy acostumbrada, pero ¡sufre una tantas humillaciones...!
—¿Se ha dedicado usted por vocación?
—No, señora, por necesidad. En España, la mujer que se ve obligada a resolver por sí misma el problema de la vida, difícilmente puede hacerlo en forma decorosa, y, de lo malo, lo mejor es hacerse cupletista.
—¿Tan poco escenario tiene la mujer?
—Casi ninguno.
—Y, ¿no hay movimiento feminista?
—Movimiento feminista, como acción decisiva en la opinión general, no. La mujer allí, comúnmente, tiene el cerebro atrofiado por la continua sugestión de obediencia que se le hace en la casa, en el colegio y en el confesionario. Vive convencida de su inutilidad, para otra cosa que no sea la esclavitud a que se somete pasivamente, y, cuando tiene que luchar, como la instrucción que ha recibido es inútil, no le queda otro remedio que sucumbir... y sucumbe al único medio de que dispone, a la prostitución, donde, después de explotada en vil comercio, es despreciada, concluyendo así la sociedad de cometer su crimen como cualquier homicida vulgar.
—Qué triste.... Pero ¿no cree usted que muchas veces es ambición por el lujo o vicio lo que lleva a ese fin?
—Creo que no. El deseo del lujo y el vicio son efecto de la caída: en casos raros podrán ser la causa.
—Entonces, según su opinión, la sola culpable es la sociedad.
—Así lo creo. Estoy convencida de que si he descendido, no ha sido por mi culpa.
—A veces somos indulgentes con los demás, por nosotros mismos.
—Puede ser, pero nunca he pretendido justificarme, justificando a los otros. Todas las miserias de la vida están justificadas por sí mismas, puesto que no hacemos otra cosa que tutelar el propio derecho de conservación. Estamos de acuerdo en que la Naturaleza impone sus leyes sobre toda convención y régimen social.
—Yo no he querido decir que usted pretenda justificarse, justificando; sino que, siendo usted buena, y habiendo caído por no tener otro remedio, crea que todas están en el mismo caso.
—No juzgo por mí solamente. Mi vida ha sido una continua oscilación entre la miseria y la opulencia, y si así me expreso es debido al estudio y observación que en ella he hecho.
¡Si usted conociera mi historia!
—Si no temiera pecar de indiscreta, le rogaría que me la contase. Comprenderá mi curiosidad, cuando sepa que tengo la manía de emborronar papel.
—¡Ah! ¿Es usted escritora? Pues con mucho gusto se la contaré —y añadió riendo—: no podrá usted publicarla.
—¿Le molestaría?
—No, pero mi historia es de las que escandalizan a los moralistas.
—¿Cree usted inmoral descubrir las llagas y dolores ignorados por la multitud, que las grandes ciudades esconden en su colmena, ya entre el zumbido complejo de miles de energías renovadas, ya disimuladas por los esplendores del lujo?
