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Esta narración consta de espacios bien delimitados, comenzando por el relato pormenorizado de la historia de Afganistán para seguir con el de la guerra consecuencia de la invasión soviética, el de la lucha y posterior triunfo de los muyahidines, de los combates fratricidas entre las diferentes fracciones que dieron pie a que los interesados —Pakistán, Arabia Saudita, Emiratos y las petroleras norteamericanas— se comprometieran en la construcción de gasoductos para transportar las riquezas de Turkmenistán, aportando los medios para la creación del movimiento talibán que facilitaría dicha construcción. Se describen las penurias sufridas por la población afgana durante la dictadura de la milicia religiosa. Y se analiza la actuación de Al Qaeda y las andanzas de Bin Laden, en Afganistán y en Sudán, y las complicidades para su fuga de Tora Bora, señalando a los responsables de dicha fuga y la protección de Pakistán, haciendo especial mención a la intención de los estadounidenses de no involucrar al gobierno de Pakistán en la detección y ejecución de Bin Laden. La mayor parte de lo relatado ha sido vivido y testificado como periodista por el autor merced a sus veinticinco años de experiencia e incursión en el largo conflicto afgano.
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Seitenzahl: 332
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Afganistán
La guerra enquistada
Jorge Melgarejo
La guerra enquistada
Primera edición: noviembre 2020
©Jorge Melgarejo
©de esta edición:
Laertes S.L. de Ediciones, 2020
www.laertes.es
Fotografías:Jorge Melgarejo
Diseño y composición: JSM
ISBN: 978-84-18292-17-0
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A Jorge Alejandro
Este libro está dedicado a todos los periodistas y en su conjunto a quienes en algún momento decidieron vivir la aventura de Afganistán y que me escogieron para compartir mil arduas situaciones por un solo instante grato; suficiente para que valiera la pena.
Carlos Bosh, Ignacio Barjau, Miguel García, Jaume Bartroli, de TV3, por su gran profesionalismo y exquisito sentido de la amistad.
Julio Fuentes, de El Mundo, asesinado en la carretera Jalalabad-Kabul, en homenaje a la abrumadora humanidad que le invadía y a sus largas charlas nocturnas. Hablaba solo y dormido, tal vez fuera consecuencia de sus temores.
Alfonso Rojo, camuflado, parecía un afgano más.
Ana González, dejó de cuidarse para velar por mí, en los tiempos de la malaria, nunca se quejó.
Catty Cannon y Joe Gal, de Canadian Press y Horchi Bei, de Japan Press. A los tres, en recuerdo por habernos salvado la vida mutuamente en las montañas del Nuristán. Catty también, después caería herida en «combate».
Georgina Higuera, de El País, por ahumarme con sus gigantescos puros (cubanos según ella), despertando la curiosidad de los afganos.
Ernesto Atanasio, de TVG, gallego hasta la médula.
Juan Carlos Vásquez, de Edith Media TV (actualmente en CNR TV), sus monerías alegraban la vida a los muyahidines.
Stan Boiffin Vivier, de Le Fígaro; jamás olvidaré su envejecido trozo de queso.
Juan María Calvo Roy, de EFE, por haberlo intentado.
«Q». Saqamaki, extraordinario fotógrafo y mejor amigo, el más osado, vive en Nueva York, si pierdes su dirección, búscalo en cualquier guerra.
A Soraya Malik, nieta de Amanullah, rey de Afganistán, por su cálida e inigualable amistad.
Especialmente al querido y recordado Mr. Shaffi, conductor y amigo en Peshawar, que durante años me condujo y me ayudó a descubrir los secretos de Pakistán y los laberínticos senderos del Pastunistán, sin él todo hubiera resultado más difícil. «Crazy pathan’s» —pathanes locos— decía, él era un gran pathan.
...a los afganos que me protegieron abriéndome las puertas que conducen a los intrincados caminos de Afganistán, algunos de los cuales perdieron la vida en el cometido.
Este es un relato basado en hechos reales, incluye fotografías y algunos datos delicados, por esas razones ciertos acontecimientos, localizaciones y personajes han sido distorsionados con el fin de ocultar identidades y dejar en el anonimato a personas susceptibles de sufrir represalias.
Intentar comprender lo que ocurre hoy en Afganistán es casi imposible sin un conocimiento mínimo de lo acontecido en los últimos cuarenta años, cuando los entresijos étnicos y las variadas injerencias extranjeras han ido marcando el devenir del país. Intentar dilucidar el porqué y el cómo se ha llegado hasta aquí no resulta fácil.
Reconocer la cultura, indagar en sus costumbres y tradiciones, intentar entender su idiosincrasia es una experiencia fascinante y enriquecedora que obliga al viajero a preguntarse por su propia identidad y a revisar mucho de lo que tenía por cierto y único.
Hurgar en las heridas, en los horrores y dramas producidos por sus guerras no es una tarea agradable, olvidarlas podría implicar una fácil e imperdonable invitación a la indiferencia y ello sería aún peor que el genocidio, guerras que mayormente fueron y son producidas por interferencias de terceros. Al entretener la mirada en las heridas de un pueblo asediado por conflictos bélicos los cuestionamientos se agudizan y la fascinación se mezcla entonces con el horror, y esos son los sentimientos que por lo general carga en su magro equipaje el corresponsal de guerra.
Quienes hemos recorrido las duras montañas de Afganistán, procuramos descifrar lo ocurrido en el territorio. Las historias de los pueblos nos pertenecen, tanto como sus miserias y sufrimientos.
¿Cómo se puede combatir contra unos hombres que cuando se les apunta con un fusil sólo ven las puertas del paraíso? Así definía a los afganos el teniente general británico George Molesworth que luchó allí en las guerras anglo-afganas cuando abandonaba el territorio sin haber podido conquistar y mucho menos rendir a sus pobladores. En la mente de conquistadores e invasores quedará perpetuado eternamente el señalado adagio: «Los ejércitos llegan a Afganistán para fracasar».
Nacidos en un entorno de difícil supervivencia, los afganos nunca le dieron mucha importancia a la posición estratégica que ocupaba su territorio en el enclave de Asia Central, y sólo las sucesivas invasiones y los intentos de conquista les colocaron finalmente en el parámetro exacto de quienes son codiciados por su posición geoestratégica, entonces, las tradicionales luchas étnicas y tribales entraron en un receso y todo el esfuerzo común lo dirigieron hacia la expulsión de los enemigos del momento.
En el mapa geográfico del siglo xx, Afganistán se encontraba en medio de una zona convulsionada, de países vecinos enfrentados entre sí o con francas intenciones de expansión política, territorial, religiosa o con ansias imperialistas. Pakistán, desgajado de la India y con evidentes problemas internos y con el conflicto por Cachemira enquistado y sin resolver que ha dejado ríos de sangre y miles de muertos; la enigmática China; Irán, enfrascado en una lucha político-religiosa de la que nadie arriesga a predecir un final cierto; por último, la antigua y desaparecida URSS, que intentó escribir a sangre y fuego la historia reciente de Afganistán. Todo ello conformaba un territorio con explosivas fronteras de cuyos moradores y no sin razón se ha dicho refiriéndose a su marcado orgullo y excesiva altivez «llevan un rey en su interior».
En la década de los setenta, Kabul se convertía en el paraíso del hipismo internacional y si no lograba desbancar a Marrakech por lo menos se ponía a su altura. El país despertaba la curiosidad de Occidente de forma equivocada. Siguiendo la dinámica del momento, se llegó a conocer la zona, incluso hasta la actualidad, más por su abundancia de heroína, por la excelente calidad del hachís que producía y produce que por los importantes acontecimientos que se avecinaban y que continuarían con una crueldad desmedida. Sin embargo, para la gran mayoría de los potenciales visitantes, el encanto se sostenía sobre la emoción que proporciona la distancia y la incertidumbre que alimenta lo desconocido. Afganistán, «país de los afganos», se colocaba así en el punto de mira de curiosos, viajeros aventureros y de aquellos que intentaban encontrar allí el paraíso perdido.
«El afgano es tan digno y tan orgulloso que se considera un príncipe con tan sólo un puñado de tutes —moras silvestres— para alimentarse». Así definía a este pueblo un viajero español que prendado de su carácter y su hospitalidad recaló por tiempo indefinido en el país para abandonarlo después, a raíz de la invasión soviética.
El ancestral sentido de independencia de cada afgano no le permite conocer más leyes que aquellas surgidas de su propio sentido ético y necesidad de supervivencia; nada de lo que ocurra más allá de los muros de las viviendas-fortalezas que protegen la intimidad y seguridad de los miembros de la familia puede ser tan importante como ésta. El ansia de permanecer libres, el gran amor a la familia y el sentido tan particular del honor les ha llevado por generaciones enteras a combatir a fin de preservar esos valores; y todos los intentos de los invasores por permanecer en el territorio, al ver frustradas sus intenciones, en el momento de abandonar la región no han dejado de alabar los mismos, y aducen que todo ello, sumado a la religión, les da la particular fortaleza y firmeza para el combate. Más de uno ha recordado, no sin cierto temor, el viejo adagio: «Que Alá te proteja de las garras del león, del veneno de la serpiente y de las venganzas de un afgano».
El largo recorrido efectuado por la población, por las fuerzas políticas en general y los propios acontecimientos desde la época del reinado de Amanullah, poco después del final de la Primera Guerra Mundial, e incluso desde antes, despertó la codicia de las grandes potencias e intentaron el dominio del territorio. Y cuando se habla de «recorrido», no se alude precisamente a los grupos étnicos de características nómadas, sino a las transformaciones sociales y demográficas sufridas por el país como consecuencia directa de los acontecimientos que le han sacudido fundamentalmente en las últimas décadas. Por las equivocadas valoraciones realizadas en Occidente y como una demostración palpable de la falta de información acerca del país, se han llegado a difundir noticias tan inconsistentes como atribuir al carácter belicoso de los afganos todas las atrocidades imaginables. Nada más lejos de la realidad. Las fórmulas utilizadas por los afganos para autodefinirse dejan abiertas unas páginas para la polémica, pero nunca podrán emplearse como excusa para justificar el éxodo y las masacres. «Somos un pueblo pacífico; nos gusta vivir en paz, diferente es que de vez en cuando tengamos que resolver algunos asuntos internos a nuestra manera y según nuestras tradiciones, pero éste es un país donde se hablan treinta y seis lenguas diferentes y eso dificulta los entendimientos y muchas veces crea situaciones de confusión y de enfrenamientos. Así ha sido siempre y siempre hemos terminado conviviendo y ocupándonos cada uno de nuestros asuntos».
Desde la conquista del territorio por Ciro en 331 antes de Cristo, pasando por las fundaciones de colonias griegas llevadas a cabo por Alejandro Magno, las invasiones de los hunos heftalitas, la llegada de los árabes que coincide con la islamización parcial del territorio, el dominio de la dinastía de los grandes mogoles, la colonización inglesa y las posteriores tres guerras de liberación, la llegada de los ejércitos soviéticos en las Navidades de 1979, y la aparición fratricida de los talibanes sirvieron de alguna forma para que las costumbres y tradiciones de los afganos se desarrollaran siempre con el temor de ataques exteriores y de convulsas situaciones internas. De este modo, un pueblo, en sus orígenes pacífico, iría convirtiéndose lentamente, por imperativos de su propia historia, en una gigantesca maquinaria de defensa que se evidencia en las grandes fortalezas que ocultan en su interior las viviendas de las familias numerosas —convertidas en clanes— y en la habilidad para el manejo de las armas, siempre en consonancia con el acoso de invasores e intenciones de sometimiento. A pesar del halo de belicosidad tejido en torno a la población, los afganos permanecieron neutrales en las dos guerras mundiales.
En 1896, merced a un acuerdo tripartito entre afganos, ingleses y rusos, se definieron las fronteras del Afganistán actual. Con la llegada al trono de Habibullah, comienza una serie de reformas tendentes a modernizar el país. El asesinato de Habibullah permitiría el ascenso al trono de su hijo Amanullah, considerado por muchos como el verdadero precursor e impulsor de los intentos de modernización. En su reinado fueron expulsados definitivamente los ingleses como consecuencia de la tercera guerra entre los dos países, a finales de 1919. Los ingleses terminarían reconociendo la completa independencia de Afganistán. La osadía de Amanullah, en su afán por occidentalizar al país llegó a tal extremo que Soraya, su esposa, fue considerada como la primera mujer que apareciópúblicamente con el rostro descubierto, prescindiendo del tradicional chador. Todas las innovaciones, sumadas a rebeliones internas, acabaron en 1929 con el reinado de Amanullah, cuyos familiares directos, hijas y nietos, aseguraron que su derrocamiento obedeció más a la propia falta de formación del pueblo afgano de entonces que a cualquier intención política.
Sólo un año después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, en 1946, las que ya se perfilaban como las dos superpotencias, URSS y EE.UU. no intervendrían económicamente en el territorio, al menos no de manera significativa. Así, desde 1946 a 1969, la ayuda de la URSS alcanzaría los 635 millones de dólares, de los cuales el 85% sería entregado en calidad de préstamo, mientras que la ayuda estadounidense en igual período superaba ligeramente los 400 millones, pero tan sólo el 20% era préstamo.
La presencia rusa se remonta a la época en que se disputaban el territorio con los ingleses y Alejandro II, en 1868, avasallaría Bujará y otras regiones donde intentaría ejercer su influencia. El Tratado de San Petersburgo de 1907 comprometía a los rusos a la no injerencia en los asuntos internos afganos, lo cual sería corroborado con los tratados de amistad y de no agresión de 1920 y 1921. A pesar de todo ello parte del territorio sería definitivamente anexionado, incluido Bujará, que pasaría a integrarse en el bloque de las repúblicas socialistas, produciéndose como consecuencia el primer éxodo masivo en la zona, desde el lado soviético hacia el lado afgano. Cientos de pobladores originarios de la región, con su particular característica oriental, se definen ellos mismos como dobles refugiados, primero cuando escaparon de la acción soviética dirigiéndose a Afganistán y luego, en 1979, fecha de la invasión soviética, desde ese país hacia los campos de refugiados en Pakistán.
A finales de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta, comenzó una cierta liberalización y la reina de entonces, Humaira Begum, siguiendo los pasos de su antecesora, la esposa de Amanullah, apareció públicamente sin el velo y en 1964, merced a la adopción de una nueva constitución, la liberalización del régimen sería legalmente aceptada, aunque los sectores más radicales, tanto de las fuerzas políticas como religiosas, opondrían una férrea resistencia.
La crisis de 1961 entre Pakistán y Afganistán, en la que este último país intentaba reivindicar el Pastunistán, es decir toda la región de influencia y dominio de la etnia pastún en la zona fronteriza afgano-pakistaní, condujo al cierre de las fronteras, que duraría más de dos años y que serviría para que la URSS intentara ampliar su influencia en la zona; incluso el rey Zahir Sha llevó a cabo una visita oficial a Moscú, creando un gran malestar en la población. El Partido Democrático del Pueblo Afgano (partido comunista) con Taraki, el entonces recién elegido secretario general a la cabeza, se presentó a las elecciones al Parlamento y obtuvo cuatro escaños. La espiral de descontento continuó su vertiginosa carrera y alcanzó incluso al propio partido comunista, que sufrió una importante escisión entre la fracción Khalq, liderada por Taraki, y el Parcham de Babrak Karmal.
La agitación estudiantil obligó al cierre intermitente de las universidades y muchos de estos estudiantes conformaron la Organización de los Jóvenes Musulmanes, movimiento que sería el precursor de los que más adelante iniciarían la rebelión contra el régimen comunista.
En 1970, los religiosos y sus seguidores realizaron una serie de actos de protesta en contra de los marxistas y de aquellos que preconizaban la occidentalización, aduciendo que el país se dirigía hacia la pérdida de sus costumbres y de su propia identidad.
La situación económica, visiblemente deteriorada, contribuyó al descontento generalizado y desembocó en la muerte de más de cien mil personas por la falta de alimentos, la mayoría en el nordeste del país.
El 17 de julio de 1973, aprovechando el descontento, la confusión y las oleadas de protestas el príncipe Daud, primo y cuñado del rey y que veinte años antes ocupara el cargo de primer ministro, aprovechando la ausencia del rey Zhair Shah en viaje por Europa toma el poder con la ayuda de oficiales nacionalistas y comunistas y proclama la república. El rey Zahir Sha y su familia se exilian en Italia, exilio que duraría cuarenta años cuyo sostén sería sufragado generosamente por el rey de Arabia Saudita, según datos aportados por los afganos radicados en Italia, con la nada despreciable cantidad de cincuenta mil dólares al mes.
Desde entonces se desató una oleada de asesinatos como el del ex primer ministro Maywandwal, hallado muerto en su celda poco después de ser detenido. Daud pretende quedarse solo e intenta desprenderse de aquellos que le ayudaron a tomar el poder; intenta ir más lejos: ordena y lleva a cabo la detención de cientos de religiosos e islamistas. En su afán por perpetuarse en el poder, promulga una nueva constitución, se hace elegir presidente por seis años y renueva todo su gabinete, rodeándose de personajes no tanto fieles a su política sino a su propia persona y logra aplastar el primer intento de rebelión en el Panjshir.
En 1977, las dos fracciones del Partido Democrático del Pueblo Afgano —comunista—, en parte abandonado por su aliado del primer momento, el príncipe Daud, y presionado por sus amigos de Moscú, se unifican tan sólo dos meses antes del golpe de Estado que les llevaría al poder.
Meses antes del golpe, prominentes dirigentes comunistas, sobre todo de la facción Parcham, entre los que se hallaba el futuro presidente Mohammad Najibullah y más afines a la política de la URSS, pasaron a engrosar las filas de la KGB. Según líderes de las dos fracciones, tradicionalmente enfrentados, la unificación se llevó a cabo por imposición directa de la URSS que exigía, como condición principal y previa al golpe, la pacificación interna.
El 27 de abril de 1978, los militares comunistas y sus seguidores guiados secretamente por sus asesores soviéticos, dieron el golpe de Estado.
Daud y casi todos los miembros de su gabinete y colaboradores fueron asesinados; los militares y los adeptos del partido comunista tomaron el poder e hicieron la entrega de éste a Taraki, líder de la facción Khalq del partido.
Antes de finalizar el mes de junio y a pesar de los esfuerzos de Moscú para que la tímida reunificación continuara, ésta se rompió discretamente y los miembros del grupo Parcham, liderados por Karmal, quedaron en minoría y los miembros más relevantes de la misma fueron enviados al extranjero en misiones diplomáticas.
Las luchas intestinas por el poder entre las dos fracciones comenzaron casi desde un principio, mientras el descontento popular aumentaba paulatinamente. La URSS, que organizaba y dirigía el sistema de seguridad, no pudo evitar ni prevenir la oleada de protestas, y la mayoría de los opositores al régimen fueron reprimidos violentamente.
A mediados de julio comenzó la primera insurrección en el Nuristán, seguida de la detención de importantes militares bajo el cargo de traición.
En diciembre de 1978 y dado el cariz de los acontecimientos y tratando de prever futuras acciones, la URSS y el régimen comunista firmaron un acuerdo de ayuda mutua y de buena vecindad, cuyas cláusulas dieron suficiente margen de maniobrabilidad a los técnicos y asesores soviéticos para actuar con cierta legalidad.
Desde comienzos de 1979, la represión se incrementó y extendió a todas las capas sociales, y ante la mínima sospecha de conspiración, la población era detenida, cuando no asesinada. Estas acciones originaron las primeras oleadas de refugiados que huyeron hacia Pakistán. El secuestro y asesinato del embajador estadounidense Adolph Dubs produjo momentos de grandes tensiones, a los que seguiría el fallido y tristemente célebre levantamiento de Herat, populosa ciudad cercana a la frontera con Irán. Este levantamiento dio lugar a la primera intervención de las fuerzas soviéticas. La aviación bombardeó la ciudad, y según estimaciones, alrededor de treinta mil personas perdieron la vida. Para entonces, Afizullah Amín pasó a ocupar el cargo de primer ministro y a él se culpa de las sangrientas acciones de represión sobre la etnia hazara en Kabul, después de un intento de levantamiento protagonizado por ésta, a la que seguiría otro intento de amotinamiento dirigido por algunos miembros del ejército, que fue inmediatamente sofocado.
Las conspiraciones, traiciones y luchas internas surgidas en la propia cúpula del poder dieron lugar a controvertidas informaciones. Debido a las grandes distancias entre ciudades y fundamentalmente a la falta de medios de comunicación, la mayoría de la población no recibía más información que la proporcionada por el propio régimen; pero las grandes divergencias se dejarían traslucir de una forma fehaciente el 14 de septiembre, cuando el presidente Taraki, a su regreso de unas conversaciones con Brézhnev en Moscú, fue asesinado por su primer ministro Jafizulá Amín, quien pasaría a ocupar la jefatura del Estado y del partido.
Mientras tanto, las sublevaciones se multiplicaban. La más importante de éstas tuvo lugar en la región de Paktya, cercana a la frontera con Pakistán, y fue violentamente sofocada por las tropas gubernamentales, tácticamente dirigidas por sus asesores rusos. De esta sublevación y de reuniones que siguieron a la sublevación salieron elegidos algunos de los grandes comandantes que en el futuro dirigirían las operaciones militares de los muyahidines.
Dos meses después de que el presidente Amín exigiera la retirada del embajador soviético en Afganistán bajo la acusación de intentar derrocarle, el 25 de diciembre de 1979 los primeros tanques rusos irrumpieron en Afganistán (invocando el tratado de amistad firmado con anterioridad), ante la protesta generalizada de los organismos internacionales y de las democracias occidentales.
Aún no está suficientemente esclarecido si la llegada de las fuerzas rusas obedeció a las intenciones de aplastar los amotinamientos que se multiplicaban por todo el país y que hacían tambalear al régimen o para intentar pacificar la pugna en el seno del partido comunista. Acontecimientos posteriores señalarían que ambos eventos viajaban en la cartera de los asesores.
A la llegada de las fuerzas soviéticas, Amín fue eliminado y Babrak Karmal, líder de la fracción Parcham del partido comunista, entre cuyas características principales figura la indiscutible fidelidad a la URSS, fue instalado en el poder, lo cual dio origen a uno de los mayores éxodos conocidos en la historia de la humanidad y del acontecimiento bélico que entre otros nefastos adjetivos, se perpetuaría con el nombre de «la guerra olvidada».
Cuando un periodista logra atravesar, clandestinamente, las fronteras de Afganistán, los factores que pueden motivarle a ello van desde la curiosidad personal hasta el afán por conseguir informaciones fidedignas. En un gran porcentaje, los periodistas no desconocen el riesgo ni las posibles consecuencias de su incursión, basando sus acciones en conocimientos y experiencias adquiridos en otros conflictos, en la buena suerte y, sobre todo, en la confianza ciega de que si algún suceso extraordinario les alcanzara, podrían contar con la comprobada solidaridad de sus colegas, pero también en más de una ocasión fue lamentablemente necesario que las vicisitudes, cuando no la muerte de un periodista, ocuparan las primeras páginas de los periódicos para que los ojos del mundo se detuvieran, aunque tan sólo fuera por un momento, en una de las regiones más castigadas por un conflicto bélico. El mal, de compleja erradicación, lo es aún más en una zona de difícil acceso. Afganistán, localizado geográficamente en Asia Central, continúa siendo, a pesar de los acontecimientos actuales, desconocido para la gran mayoría. Pero no fueron un sueño los diez años que duró la invasión soviética, y las posteriores luchas entre facciones rivales, la llegada de los talibanes con su drástica e interesada interpretación de la religión, los casi seis millones de refugiados que fueron hacinados en los países limítrofes, un millón largo de civiles masacrados, las bombas químicas; todo ha sido una realidad, una triste realidad ignorada por la inconsciencia de unos, los intereses de otros y la complicidad voluntaria o involuntaria de todos. Según el desarrollo de los acontecimientos, con ello se demostraría una a vez más que, «invadido sí, pero jamás colonizado».
En innumerables ocasiones, durante los últimos años, se ha repetido la misma pregunta: ¿por qué se ha impedido el libre movimiento de los periodistas y no se ha facilitado la labor informativa durante la invasión de la URSS? La respuesta, por simple, no deja de sorprender, y es el aniquilamiento de la población civil y la utilización de un país indefenso como laboratorio para comprobar la efectividad de bombas químicas y armas que no podían darse a conocer. Las insólitas declaraciones de Smirnov, entonces embajador de la URSS en Pakistán, así lo demuestran: «A partir de ahora, todos los periodistas que entren ilegalmente en el territorio afgano, serán tratados como prisioneros de guerra y como tales serán juzgados y ejecutados si llegara el caso». La llegada de los talibanes tampoco significó un camino de rosas para los medios.
La falta de información, la fanática defensa o las prudentes y tímidas críticas a las acciones de la URSS en la región confundieron a gran parte de la opinión pública e impidieron obtener una base sólida para enjuiciar los acontecimientos sin que nadie, por tanto, se detuviera a valorar en su justa medida el juego de intereses que ha rodeado tanto la historia como el conflicto bélico en el que estuvo inmerso el país.
«Afganistán no es noticia», se empeñaban en afirmar algunos directores y jefes de redacción, según sus propios criterios; mientras la población continuaba sufriendo el acoso de los bombardeos y el hambre ocupaba su inamovible posición en las esperanzadas miradas de aquellos que escarbaban dentro de un futuro lleno de incertidumbres.
Después que los hechos ocurridos el 11 de septiembre de 2001 hayan desatado la ira del gobierno estadounidense, las bombas vuelven a caer en las durísimas piedras que cubren la geografía del país, las luchas intestinas vuelven a ocupar los temores de una población cansada cuyo destino parece correr siempre hacia el hondo precipicio de la guerra, aunque las insignias de los aviones y las intenciones sean distintas.
La huida de los talibanes en 2001 supuso un tiempo de esperanza, incluso el interesado gobierno de Pakistán con o sin razón intentó lavar su imagen facilitando el regreso de los afganos y comenzando a desmantelar los miserables campos de refugiados, pero la paz continuaba rezagada. Hamid Karzai se erigió en presidente provisional tras largas discusiones entre las diferentes etnias; se intentaba una estabilidad que propiciara unas elecciones medianamente creíbles. En las primeras elecciones, Hamid Karzai triunfó gracias a que infundía confianza en Occidente, pero los nuevos líderes y los tradicionales se acusaron mutuamente de fraude. Las siguientes elecciones continuaron por el mismo camino. Ashraf Ghani Ahmadzai (se debe recordar que en Afganistán las personalidades con rango ostentan el nombre de la tribu a que pertenecen) llegó al poder en 2014, siempre bajo la sospecha de fraude, pero no logró imponer orden más allá de los límites de Kabul y a veces ni eso, al igual que su predecesor Karzai.
La presencia de miles de soldados occidentales desde el inicio de las hostilidades, 100.000 norteamericanos y 35.000 internacionales —entre ellos españoles—, no evitó los terroríficos golpes llevados a cabo por los talibanes, que nunca terminaron de irse y que dejaron multitud de cadáveres a su paso. Europa tardó en abrir los ojos y comprobar en toda su magnitud las violencias y las miserias que azotaban al país; EE.UU. se centró en la búsqueda del gran enemigo, Bin Laden, sobre todo tras la voladura de las torres gemelas. Gastaron 1.500 millones de dólares en la guerra más larga llevada a cabo por ese país, propiciando diferentes operaciones bautizadas con rimbombantes nombres como «Apoyo Decidido» y otros que pusieron sobre la mesa 3.592 muertos, de ellos 2.500 norteamericanos, y 20.000 heridos. España colaboró con 34 muertos.
La operación «Libertad Duradera», iniciada en 2001 utilizando la excusa del artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas que daba pie a la legítima defensa, fue el comienzo de nada; a pesar de haber destinado en el país una ingente cantidad de combatientes, quedaron en el recuerdo las proféticas palabras: «los ejércitos llegan a Afganistán para fracasar».
Los múltiples y frustrados planes de paz impulsado por la comunidad internacional fracasaron estrepitosamente y los que más tarde han fraguado EE.UU. y los talibanes no dejan de ser más que aspiraciones de la alta política. Los talibanes pueden reposar un tiempo y esperar su momento, pero aún siguen vivos porque desde su nacimiento la guerra y el horror se convirtieron en oficio rentable, propiciando el sustento de las milicias y sus familias. Al Qaeda y El-Khorasan-Estado Islámico, que compiten en terror con los talibanes, lejos están de firmar ningún plan de paz. Desde el 2 de mayo de 2011, fecha de la muerte de Bin Laden, la situación no ha variado. Sin destapar la cabeza del monstruo, será difícil acabar con él. En Afganistán continúa vigente el eterno adagio: «El que tiene el dinero tiene las armas y el que las posee ostenta el poder», una realidad que aglutina seguidores.
Tras la retirada de las tropas soviéticas y la expulsión de los talibanes del gobierno llegó una democracia plagada de imperfecciones y una economía devorada por la corrupción. Desde entonces Afganistán no ha cambiado gran cosa. La guerra, como una gigantesca rueda que marca su destino, de una manera u otra continúa girando.
Mientras todo esto suceda, los corresponsales de guerra seguirán lanzándose por los caminos, trepando montañas y exponiendo el pellejo para relatarle al mundo lo ocurrido allí.
En 1983, cuando tomé la decisión de «cubrir» periodísticamente Afganistán e introducirme en su guerra, determinación que ocuparía más de veinticinco años de mi vida, jamás hubiera imaginado que pasaría a engrosar las filas de hombres y mujeres que han tenido el privilegio de enriquecer sus conocimientos a base de semejantes vivencias. Desde entonces pasé treinta veces por la difícil prueba de atravesar clandestinamente la frontera afgano-pakistaní, unas veces con mayor fortuna que otras, para hallarme en un país con algo más de seiscientos mil kilómetros cuadrados que desde la invasión soviética en 1979 y aún con los talibanes fue convirtiéndose en una región muy peculiar para cualquier visitante, difícil para entrar, permanecer y aún más para salir, y ésos eran principalmente mis objetivos. Aunque finalmente, tras una metamorfosis cruel y desesperada, se convirtiera en un lugar triste al que nadie deseaba ir y de la que todos necesitaban huir.
Aún hoy, después de tantos años, la experiencia y el conocimiento del terreno no han impedido que continúe tomando todas las precauciones posibles para realizar cualquier incursión o movimiento en la zona y recuerdo, con nostalgia, los imprevistos, las sorpresas y hasta los errores cometidos entonces y que sólo la buena suerte, la del primerizo, pudo hacer que los superara. La primera regla repercutía de manera permanente en mis pensamientos, como primera medida, «conocer a los afganos y darse a conocer»; sin esa premisa difícilmente se puede lograr una aproximación, tanto invasores como visitantes fracasaron en sus cometidos, en parte por ignorarla, llegaron sin un conocimiento claro de los defectos y cualidades de la población.
Una vez en la misteriosa Peshawar, capital de la provincia de Jaiber Pastunjuá, ciudad fronteriza con Afganistán en el norte de Pakistán, bulliciosa, con algo de misterio, se comienza a vivir en medio de —no se sabe muy bien— la gigantesca retaguardia de un ejército o bien en la vanguardia de otro aún mayor dispuesto a avanzar.
La vida y el pulso de la ciudad vendrían marcados por los acontecimientos acaecidos del otro lado de la frontera, entonces y hoy; aunque de forma aparente reina la normalidad, lo cierto es que la zona en los últimos años ha cobrado una actividad inusitada. Desde la ciudad a la que se llamó «la Suiza de Asia Central» por sus movimientos comerciales, el brazo político de la guerrilla afgana levantó su feudo desde donde dirigía las operaciones realizadas en el corazón de Afganistán.
La continua llegada de refugiados en un goteo humano constante, sumado al permanente trasiego de guerrilleros, que partían o regresaban, convirtió la zona fronteriza en un lugar de difícil descripción. Nómadas que viajan a paso lento por el borde de la carretera dirigiendo una larga fila de camellos y viajeros que se desplazan a lomo de un perezoso buey con todas sus pertenencias haciendo gala de una paciencia infinita, son características que definen a los que huyen sin un espacio para el retorno y que han perdido el rumbo y la noción del tiempo. Los medios de transporte convencionales abarrotados y totalmente insuficientes castigan en forma ininterrumpida con la estridente bocina y surgen las preguntas: ¿por qué?; ¿para qué? No hay respuestas, pero una cosa es cierta: sin la tortura de la bocina, la zona ya no sería la misma. Pasajeros que viajan agazapados sobre los techos de los coloridos y pintorescos autobuses en un alarde de malabarismo perpetuo, sumados a las siempre atractivas tanga —carros tirados por caballos—, bicicletas, cientos de peatones y el llamativo rickshaw, especie de motocarro multicolor que hace las veces de taxi; para mareo del visitante se mezclan vehículos, si de Afganistán con el volante a la izquierda, de Pakistán a la derecha por lo que los pakistaníes por la influencia británica se empeñan en conducir al revés, vendedores que ofrecen a gritos en plena calle el humeante chole —guiso de garbanzos— completan el espectacular, variopinto y, algunas veces, dramático panorama de una ciudad que florece a las puertas de la guerra. Algo tan románticamente bello de la época británica como el Deam’s Hotel llamaba la atención de los visitantes aunque la voracidad de la especulación inmobiliaria acabara con él. Al hospedarse en tan singular hotel el huésped se trasladaba a un espacio perdido en el tiempo.
Llamativos autobuses en Peshawar.
Comerciantes, vagos, médicos de los organismos humanitarios, periodistas sabelotodo, traficantes apresurados y espías rezagados conforman la fauna humana occidental de Peshawar, amén de otros personajes difíciles de catalogar por hallarse fuera de los esquemas conocidos o imaginables. Si se les pusiera en la disyuntiva, algunos, de tener que contestar sobre su ocupación o condición en el lugar, dirán que están hartos de Occidente y de sus costumbres absurdas (como John Walkir, el joven estadounidense acusado de traición por pertenecer a los talibanes) y, no obstante, invertirán inútilmente la mayor parte de su tiempo en tratar de conseguir algún dinero que les facilite la compra de un billete de avión que les conduzca a Europa y como en un interminable laberinto se moverán utilizando como pretexto la búsqueda de una salida que no desean y que a priori saben que no hallarán, traficarán consigo mismos en una extraña danza, mezcla de existencialismo-hippie-comerciante y soldado de fortuna; son los últimos representantes de una especie ya casi extinta.
La ciudad, al ser el centro administrativo de las áreas tribales, congrega en su entorno a variados personajes procedentes de dichas áreas, amén de los extranjeros con ocupaciones casi siempre misteriosas.
Escogido al azar, puedo recordar a «Rabbit», un inglés de comportamiento refinado, de barbilla puntiaguda y dientes de conejo —de ahí su apodo— que año tras año y con el pretexto de saludarme, me visita; en realidad, esta aparente cortesía esconde una única intención: pedirme algún dinero en calidad de préstamo, a lo que siempre accedo, préstamo que jamás devuelve. Petición hecha con discreción, gran decoro y, no sé si por olvido, por distracción o porque el capítulo «repertorio» se le agota, utilizando siempre el mismo pretexto: «En espera de la llegada de un hipotético giro que hace tiempo fue enviado». En algunas ocasiones, añade la petición de que le firme el formulario en el que me declaro cristiano y extranjero, condición exigida por las autoridades pakistaníes y que da derecho a la adquisición de dieciséis pequeñas botellas de cerveza en los hoteles internacionales (cuando él ya ha cubierto su cupo). Es como un pintoresco pacto en el que nos confabulamos y que lleva implícitas unas condiciones previas; yo no creo su historia y él no intenta convencerme de lo contrario, y después del siempre esperado té damos por finalizado el acto; entonces se marcha dignamente, con la tranquilidad de haber cumplido el ritual de todos los años. Durante mi estancia en la zona nos reencontramos en varias ocasiones, pero sólo se hablará del asunto en el próximo viaje.
Por entonces, 1982-1983, contactar con miembros de la guerrilla no resultaba en exceso difícil, aunque tratar con ellos el posible paso de la frontera ya encerraba arduos inconvenientes e indefectiblemente exigían alguna garantía que certificara mínimamente que los visitantes no tuvieran relación con la KGB —servicio de inteligencia soviético—. La condición sería vital a la hora de una posible entrevista con algunos de los principales líderes o comandantes de renombre. «Comprenderán que esto es lógico y necesario; no vamos a enseñarles nuestros secretos militares y nuestras posiciones estratégicas a los primeros que llegan», se excusaban.
Desde noviembre de 1982, fecha de la muerte de Leonid Brézhnev, Yuri Andrópov tomó las riendas del poder en la URSS y su política respecto a Afganistán cambió de forma considerable. Ante las pruebas aportadas y las acusaciones del gobierno estadounidense respecto a la utilización de armas químicas, Andrópov llevó a cabo una estrategia menos escandalosa, y prescindiendo de eventuales éxitos militares potenció las acciones del KGB, organismo que había dirigido y que por supuesto conocía bien; comenzó, entonces, una lenta y silenciosa cacería dirigida contra los importantes líderes y comandantes de la guerrilla instalados fundamentalmente en la zona fronteriza. Éstos, a su vez, siguiendo directrices del ISI, Servicio de Inteligencia pakistaní, cambiaban de domicilio y de refugio con relativa frecuencia, fuertemente custodiados y en paraderos poco menos que desconocidos. No obstante, algunos comandantes fueron asesinados y por eso las precauciones y el exceso de celo.
Siguiendo las pistas de organismos humanitarios, contacté con algunos de los comités europeos de ayuda a los refugiados, en este caso los que funcionaban desde París, y me proporcionaron los nombres de algunas personalidades con cierta influencia, entre éstas el profesor Mashruj, director del Afghan Information Center en Peshawar, quien cinco años después caería asesinado a manos de unos desconocidos, aunque se señalaba a los hombres del violento Gulbuddin Hekmatyar, líder del Hezb-e-Islami, como autores del hecho. Con el apoyo del profesor y merced a mi persistencia ya no resultó difícil llegar hasta el polifacético e inteligente Massoud Khalili, portavoz del Jamiat-e-Islami, uno de los importantes partidos con base en Peshawar y que me abrumó con preguntas respecto a la política del gobierno español y de la actitud de la población española en relación con el problema afgano. Khalili, hijo del gran poeta persa Ustad Khalilullah Khalili (del que durante su funeral se dijo que desde Omar Khayyam no hubo nadie tan perfecto en la poesía persa), al igual que su progenitor es poeta y un hombre muy culto, sólo las circunstancias le obligaron a integrarse en las huestes guerrilleras. Más adelante, durante la celebración de la boda de un amigo de Khalili a la que fui invitado, de manera discreta me preguntó si mantenía alguna relación con el jefe de la oposición política en España, contesté que no y pregunté por la razón de su curiosidad; hay que recordar su gran conocimiento de la política internacional. «Me gustaría entrevistarme con él», dijo. Ya en España gestioné la entrevista, me visitó entonces al tiempo que se entrevistaba con Manuel Fraga, entrevista de la que fui testigo, naturalmente sin intervenir. Mucho más adelante, tras el atentado en el valle del Panjshir llevado a cabo por los enviados de Bin Laden en el que perdiera la vida el célebre comandante Ahmad Shah Massoud, Khalili, que se hallaba a su lado, perdería un ojo como consecuencia de la explosión. Con la expulsión de los talibanes se convertiría en embajador de Afganistán en España, puesto que ya había ocupado en la India con Burhanuddin Rabbani en el gobierno.
Massoud Khalili
El profesor Mashruj me había telefoneado recomendándome que no nos alejáramos del hotel, porque era posible que recibiéramos una visita, sin especificar ni aportar mayores detalles. Después de una espera que resultaba interminable por fin nos recogió un jeep.
