Al lado de el - Ereni Miranda - E-Book

Al lado de el E-Book

Ereni Miranda

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Beschreibung

Este libro cuenta la historia de lo que vivió Ereni Miranda junto a su inolvidable esposo David Miranda. Son ocasiones que marcaron su vida y la de su hermosa familia y momentos que aprendió de las situaciones que vivió. Muestra cómo reaccionó en su interior ante momentos que atravesó y que generaron una fe aún mayor en su vida. El libro narra momentos de angustia cuando ella lloró sola y solo después del lanzamiento de este libro su familia descubrió y admiró aún más la fuerza y ​​el coraje de esta madre guerrera.

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Seitenzahl: 125

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Al lado de él

La historia de una vida al lado del Misionero David Miranda

Erení Miranda

Datos Internacionales de Catalogación en la Publicación

CIP-Brasil. Catalogación en la fuente

M672a Miranda, Erení

Al lado de él / Erení Miranda

ed . _ São Paulo: Editorial Sete Selos, 2017.

160 p.: 13,7x20,9cm; con álbum de fotos

ISBN 9788593942-00-6

Autobiografía 2. Erení Miranda 3. Iglesia Pentecostal Dios es Amor I.Título

280 CDD

Al lado de él - Erení Miranda

© Todos los derechos reservados por Editorial Sete Selos. Queda

prohibida la reproducción parcial o total, salvo menciones y citaciones

para efectos de divulgación y producciones periodísticas.

Ficha técnica

Preparación de texto y proyecto gráfico: Magno Paganelli

Traducción: Demy Vásquez

Revisión: Demy Vásquez y Erení Oliveira de Miranda

Supervisión general: Erení Oliveira de Miranda

PREFACIO

Cuando mi madre me pidió que leyese el borrador de este libro y la ayudase a escribir las cosas que tal vez hubiese olvidado, me sentí muy feliz. ¡No me imaginaba cómo me emocionaría!

A medida que iba escribiendo los recuerdos de nuestras vidas en familia, ¡me emocioné mucho! Y, a veces, fue necesario detenerme y dar oportunidad a las lágrimas.

Este libro muestra exactamente lo que vivimos “Al lado de él”, del Misionero David Miranda. No sólo un líder de una gran multitud, pero, sobre todo, un padre amoroso que tuvimos el privilegio de tener con nosotros.

Querido lector, usted vivirá en estas páginas las luchas que pasamos, pero también una trayectoria de providencias y victorias que recibimos de nuestro Dios.

En el amor del Señor y con cariño,

Débora Miranda de Almeida

1.EL COMIENZO DE NUESTRAS VIDAS

Fue en una noche de verano, del año 1965, cuando yo lo conocí en una vigilia, realizada en la casa de una pareja de creyentes. Percibí su mirada dirigida hacia mí mientras yo cantaba y tocaba mi cavaquinho junto con los demás hermanos.

Por la mañana, al terminar la vigilia, todos fuimos juntos hasta la avenida más cercana, donde algunos tomaban sus rutas para regresar a sus casas. En el trayecto hasta el punto del bus, conversamos un poco. Cuando llegamos, él se detuvo en el lugar del punto y yo seguí caminando con mis padres, yendo a casa a pie.

Después de haber caminado unos 50 metros, yo volteé y abané mi mano hacia él, quien correspondió prontamente.

Creo que fue amor a primera vista. Mis padres se dieron cuenta rápidamente, porque él comenzó a visitar nuestra casa con frecuencia, siempre con una pequeña excusa. Él traía aparatos de sonido para que mi padre lo arreglase y entonces intercambiábamos algunas palabras rápidamente. Esa fue la manera que empleó para verme.

Eso aconteció hasta el día que se declaró, diciendo que gustaba de mí. ¡Mi corazón latió fuertemente! Entonces, me entregó un billete con este versículo bíblico: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29.11). En respuesta, envié el versículo de Proverbios 16.1: “Del hombre son las disposiciones del corazón; mas de Jehová es la respuesta de la lengua”.

Yo quería decir con esto que era Dios quien tenía la respuesta certera para nuestros sentimientos y que, si era la voluntad de Dios, yo me pondría feliz, porque él también ya me agradaba mucho. Cuando él iba de visita a mi casa, cantábamos himnos y nos alegrábamos mucho. Pasados dos meses, él me pidió en casamiento, y mi padre dijo que tendríamos que casarnos pronto, porque no era bueno que un pastor estuviese de noviazgo por mucho tiempo. Mi padre estuvo de acuerdo.

¡Y no fue que ya en la semana siguiente él trajo los anillos para nuestro noviazgo! Ese día, me llamó al portón de la casa para hablar particularmente conmigo y me expuso su situación financiera. Él dijo:

Trabajo en la iglesia a tiempo completo. La iglesia es pequeña y las entradas financieras son pocas. En primer lugar, efectúo los pagos de programa de radio, alquiler, agua, luz… si sobra algo de dinero, lo uso para mi sustento y el de mi madre. Tú no eres rica, pero el salario de tu trabajo es sólo para ti, pues eres hija única. Tú vistes bien, tienes buenos zapatos y pienso que no podré mantenerte así después de que nos casemos, pues sólo tengo, por ahora, un dormitorio que cambié por un terrenito que tenía, y nada más.

En aquella época, las mozas eran muy románticas y yo no era la excepción. Sabía que lo amaba y las demás preocupaciones poco me importaban. Entonces respondí:

¡Contigo yo vivo hasta debajo de un árbol. Prometo que jamás te pediré algo que no puedas darme y él me creyó (risas)!

En aquel momento fue sellado nuestro futuro. Comenzamos los preparativos. Mi querida cuñada Arací compró encajes y satén y costuró el vestido de novia. Yo ayudé en el acabado.

El vestido quedó lindo. Arací y su esposo Deamiro fueron nuestros testigos en el civil.

Yo, mi esposo David, mi cuñado Deamiro y mi cuñada Arací

El traje de mi esposo fue donado por un sastre, miembro de nuestra iglesia. Los muebles que faltaban fueron comprados en tiendas de muebles usados. Cierto día, David me dijo:

Hoy compré una mesa de una sola pierna.

Reí mucho, hasta que él me explicó: era de aquellas mesas con la pierna en el centro, antiiiiiiiiiigua.

Llevé mi pequeño ajuar. Coloqué cortinas blancas en las ventanas, hechas por mí misma. Pasé una tarde raspando los restos de un dulce de coco pegado en la estufa, la cual también compramos usada. En fin, la humilde habitación y cocina, cedidas por mi suegra en el fondo de su casa, quedo muy bonita.

Nos casamos a final de otoño, el 12 de junio de 1965, Día de los Enamorados. Yo misma compré flores en una finca. Dalias blancas, enormes, las cuales amarré con cintas en los bancos de la pequeña iglesita donde nos casamos. Hice un arco en la entrada del pasillo usando bambucito, melindre y dalias. Allí, a las 18 horas de aquel día, nos presentamos delante de Dios y prometimos ser fieles uno al otro, en la alegría o tristeza, en la salud o enfermedad, en la riqueza o pobreza, hasta que la muerte nos separe.

Nuestro casamiento

LA PEQUEÑA Y PRIMERA PRUEBA

Con diez días de casados, estábamos en la salita donde mi esposo atendía y oraba por el pueblo, en la Calle Roberto Simonsen, al lado de la Plaza de la Se, en São Paulo. Allí, por causa de una denuncia, llegaron investigadores de la Policía Civil. Nos llevaron a una comisaría que estaba en el Patio del Colegio, donde pasamos la tarde siendo interrogados sobre la iglesia, las ofrendas y diezmos. A pesar de habernos humillado, con acusaciones y burlas, nada hallaron con que nos pudieran culpar. Para el interrogatorio, fuimos separados, estando cada uno en una sala, y nos liberaron a las 20 horas. Cuando nos encontramos en las afuera de la comisaría, glorificamos a Dios por nosotros ser dignos de sufrir humillación por el nombre del Señor Jesús. Esa fue mi pequeña y primera prueba.

A lo largo de los años caminando con un líder, aprendí que Dios nunca concede responsabilidad, abundancia y preciosas bendiciones sin antes probar al creyente de diversas maneras y varias situaciones.

En aquellos tiempos, por nosotros no tener un carro, íbamos a los cultos a pie, caminando unos cuatro o cinco kilómetros. Íbamos empujando una bicicleta, porque el camino era una sola subida. De regreso, venía en la parte trasera, aprovechando el descenso.

Después de que nos casamos, estaba asustada al ver la cantidad de horas que mi esposo pasaba en ayuno y oración. ¡Él ayunaba 24 horas o hasta 36, y sin tomar agua!

Cierto día, a la hora de cenar, lloré mucho, pues ya hacía 24 horas que él no comía y quería continuar en ayuno otra noche más. Nunca había visto que alguien ayunase así y pensé que él moriría de inanición, pues ya estaba muy delgado. Con el pasar de las horas, comenzaba a tener fiebre y no podía dormir. Eso me dejó angustiada.

Normalmente, él me pedía que hiciese la cena temprano y que yo comiese antes de que él llegase. Así el olor de la comida no lo incomodaría, despertando el deseo de entregar el ayuno antes del tiempo que él había determinado. Pero un día él llegó cuando aún la casa estaba impregnada con el olor de la salchicha que yo había freído. Comenzó a abanar para que el olor saliese de la casa y abrió las puertas y ventanas, a fin de no ceder a la tentación de alimentarse. ¡Qué momento difícil!

La oración era algo que también hacía con mucha frecuencia. ¡Oraba tanto de rodillas que se le llegó a formar callos! A veces, esos callos se rompían y sangraban.

Pastor David tocando su trombón en el culto

Él me contó que había orado durante siete años buscando los dones del Espíritu Santo. No fueron siete días ni siete meses, fueron siete años. ¡Qué perseverancia!

Cuando soltera, siempre trabajé y, al comienzo de nuestra vida conyugal, yo no sabía cocinar. Para lavar la ropa era necesario tomar agua de un pozo muy profundo con un balde pesado, pues no teníamos agua por grifo. El inicio fue difícil para mí, porque luego quedé embarazada de gemelos. No obstante, ni aun así me quejé. Mi esposo tampoco se quejó de que mi comida no fuese buena, ya que mi suegra cocinaba muy bien (¡en el primer almuerzo serví arroz con sardina enlatada!).

Obtuvimos el ajuar de los bebés. Varias personas compraron algunas piecitas de ropa y de pañales y formaron el conjunto básico que necesitábamos para los niños. Mi madre dio la bañera plástica. Aun así, había alguna limitación, ya que eran dos niños.

Con el pasar de los meses, a medida que mis ropas me fueron quedando apretadas, no podía comprar otras. Eso aconteció hasta que mi cuñada Arací, quien tenía un bazar, vio mis ropas muy ajustadas y me hizo un vestido para gestante, el cual usé hasta el final del embarazo. Yo sólo tenía ese vestido. Lo lavaba y, muchas veces, lo secaba con la plancha cuando estaba lloviendo y no podía tenderlo en el templo.

Aun embarazada, caminaba toda aquella distancia para ir a la iglesia. Después regresaba en la parte trasera de la bicicleta, ladera abajo. ¡Qué falta de juicio!

Como esposa de un líder, con él aprendí y puedo decir que, para llegar a ser un líder, se necesita de mucha perseverancia y fe. Esas dos cualidades encontré en mi esposo. A pesar de las dificultades, nunca lo vi lamentarse, desanimarse ni debilitarse en su fe. Viéndome, y luego a sus hijos luchando a su lado, él fue insistente y perseveró.

No era sólo yo quien no podía comprar ropas nuevas. Los trajes de mi esposo estaban descolorados en los hombros por tanto caminar debajo del sol. Un día, preocupada por la apariencia de sus ropas, tuve la “brillante idea” de teñir uno de sus trajes. Coloqué agua y tinta para ropa en un balde y lo coloqué al fuego del mismo modo como veía a mi madre hacerlo cuando yo era niña. Pero ella teñía ropa de algodón, pero el traje era de poliéster. ¡Ustedes pueden imaginar lo que sucedió! El tejido se arrugó todo por causa del agua caliente y mi esposo no pudo usarlo más. Quería ayudarlo a mejorar unos de sus pocos trajes que poseía, pero ahora tenía uno menos para vestir.

Hoy, cuando me recuerdo de ese hecho, me río mucho. Pero aquel día lloré avergonzada por lo que hice. Mi esposo no dijo nada, pues sintió tristeza por mí, debido a mi inexperiencia. Yo tenía sólo 18 años.

2. LA LUCHA EN LA OBRA DE DIOS Y EN CASA

Como dije, estábamos atravesando dificultades al inicio de nuestras vidas juntos. No obstante, nunca llegamos a pasar hambre. Dios siempre proveía lo necesario. Como dice la Palabra en 2 Corintios 8.15: “Como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos”. Por la fe, tuvimos lo suficiente en el momento preciso.

Cierta noche, mi esposo me dijo:

Sólo tengo el dinero para el pasaje del bus para mañana ir a la radio, pero no tengo para regresar ni para que compres el desayuno.

Yo respondí:

No hay problema. Haré el almuerzo más temprano. No te preocupes.

Acostumbrábamos orar arrodillados, cada uno de su lado de la cama. Aquella noche, durante la oración, el pastor David tuvo una visión con un pan redondo, muy crecido y dorado. Cuando me contó la visión, me sentí muy triste al darme cuenta de que él estaba muy preocupado por mí, debido al embarazo.

Por la mañana, alrededor de las 5 horas, él se levantó y fue a la radio Cacique, en la ciudad de San Caetano del Sur, en la gran São Paulo. Estaba decidido a regresar a pie hasta el Jardín Japón, a lo alto de Villa María, donde vivíamos, pues no había dinero para el bus. Me quedé acostada para oír el programa que saldría al aire a las 6 horas. Nosotros no le comentamos a nadie que no había pan en casa ni dinero para comprarlo, sólo a Jesús en oración.

Eran las 7 horas de la mañana cuando oí que estaban tocando la puerta. Atendí y era un presbítero de nuestra iglesia, quien era panadero. Él había trabajado durante toda la noche y regresaba a su casa. Cuando me vio, él dijo:

Hice un pan especial esta noche y sentí de traerlo para ustedes.

Hasta aquel día, él nunca nos había traído nada, y más nunca nos trajo alguna otra cosa. Pero el Señor Jesús lo mandó que viniese en el momento exacto de nuestra necesidad. ¡Imaginen ustedes la forma del pan! Era redondo, crecido y dorado, como Dios le había mostrado a mi esposo en la noche anterior. Impresionante, ¿no?

Tomé desayuno con el pan preparado por el Señor, quien estuvo atento de nosotros y cumplió lo que habló según su Palabra, conforme está registrado en el Evangelio de Mateo 6.26:

“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?”.

Imaginaba que mi esposo demoraría en llegar, pues regresaría a pie a casa, pero me sorprendí cuando, alrededor de las 8 horas, él llegó. Estaba tan ansiosa por contarle sobre la bendición, que comencé a hablar alto y ni me di cuenta de que él había llegado más temprano de lo que esperaba. Cuando entró a la cocina, vio el pan sobre la mesa y quiso saber cómo eso fue posible. Le conté la bendición recibida, y él me dijo:

Ahora siéntate, porque voy a contarte mi bendición.