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Tenemos en las manos una colección de vivencias (que no anécdotas) a veces graciosas, a veces hilarantes, que, aunque parezcan exageradas, son totalmente reales, veraces, rigurosamente ciertas y sucedidas al autor y sus compañeros a lo largo de los casi diez años (de los cerca de cuarenta que contemplan su vida profesional) que pasó en su primer destino, Barcelona. El objetivo es que se cumplan las «tres D». D de divulgativo, o sea, que se haga llegar al gran público la filosofía, el día a día y la idiosincrasia de la Policía Nacional en aquella época; D de divertido, pues se garantiza la risa (ya lo verán) y D de didáctico, sobre todo para esa legión de jóvenes que van a entrar o ya forman parte de nuestros queridos y admirables Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Se excluyen, por no ser propósito del libro, aquellas otras graves, luctuosas, importantes, tristes, que las ha habido, como no puede ser de otra manera en este tipo de profesiones. Como la idea es conseguir la risa (o la sonrisa) del lector, se citan solo las más divertidas. Como decía en una entrevista con un medio de comunicación un buen y querido compañero del autor, amigo y hasta hace muy poco (ya se ha retirado también) entrañable comisario jefe: «Estamos a mitad de camino entre las series de televisión del CSI y Los hombres de Paco», y eso, en definitiva, es lo que se plasma aquí.
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Seitenzahl: 545
Veröffentlichungsjahr: 2022
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¡ALTO, POLICÍA!
DANIEL CARAZO CAMBRONERO
¡ALTO, POLICÍA!
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2022
¡ALTO, POLICÍA!
© Daniel Carazo Cambronero
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2022.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-19520-20-3
DANIEL CARAZO CAMBRONERO
¡ALTO, POLICÍA!
A todos mis héroes; desde el primero, José Pardines Arcay, hasta el último, Esteban Gándara Trueba, pasando por los que componen toda esa maravillosa juventud española que, una vez aprobadas sus oposiciones para la Policía o la Guardia Civil, aguardan en sus respectivas Academias, mientras estudian como leones, el momento de jurar sus cargos como flamantes representantes del orden y la ley para servir a sus conciudadanos.
¡Ah!, y a mi asesora de imagen, correctora de estilo, secretaria, orientadora, coach, censora literaria y no sé cuántas cosas más: mi hija Elena.
Agradecimientos
A Carlos «Resistiré» Toro Montoro por su valiosa y fundamental revisión técnico-lingüista del texto.
A Mª Dolores Freire Yáñez por sus aportaciones sintácticas.
De niños soñamos con ser héroes.
Pocos se dan el lujo de cumplir el sueño.
Los Gobiernos pasan, las sociedades mueren, la policía es eterna.
Honoré de Balzac
Prólogo
Tenemos en las manos una colección de vivencias (que no anécdotas) a veces graciosas, a veces hilarantes que, aunque parezcan excesivas o exageradas, son totalmente reales, veraces, rigurosamente ciertas, y que a lo largo de los algo menos de diez años de primer destino en Barcelona, de los cerca de cuarenta años de vida profesional, nos han ocurrido.
El objetivo del libro es que se cumplan las tres «D», es decir, «D» de divulgativo, o sea, que haga llegar al gran público la filosofía, el día a día, la idiosincrasia de la Policía Nacional en aquella época. «D» de divertido, pues se garantiza la risa… ya lo verán. Y «D» de didáctico, sobre todo para esa legión de jóvenes que van a entrar o ya forman parte de nuestros queridos y admirables Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.
Se excluyen, por no ser propósito de la obra, aquellas otras graves, luctuosas, importantes y tristes, que las ha habido, como no puede ser de otra manera en este tipo de profesiones, pero como la idea es conseguir la risa (o la sonrisa) del lector, se citan solo las más divertidas.
Como decía en una entrevista con un medio de comunicación un buen y querido compañero, amigo y hasta hace muy poco (es que ya se ha retirado también) entrañable jefe: estamos a mitad de camino entre las series de televisión del CSI y Los hombres de Paco y eso, en definitiva, es lo que se plasma aquí.
Las situaciones, como se comenta, son absolutamente reales aunque los nombres no, puesto que la mayoría de los participantes a día de hoy, si no están ya retirados, ostentan altos cargos en la Administración, empresas privadas o en el propio Cuerpo Nacional de Policía y, aunque ellos se puedan reconocer en algunas de las situaciones, no sería prudente plasmar sus identidades en este libro.
A modo de introducción y para ubicar al lector, se debe decir que son acontecimientos, como se cita en el primer párrafo, que ocurrieron en la Barcelona preolímpica de los años ochenta y protagonizados por funcionarios del entonces Cuerpo Superior de Policía, un poco antes y un poco después de la unificación que se llevó a cabo a mediados de esta década (concretamente en marzo del 86) cuando las dos fuerzas de seguridad, es decir, dicho Cuerpo Superior de Policía, «la secreta» como se denominaba entonces, o bien «los chapas» en alusión a su modo de darse a conocer cuando la ocasión lo requería, consistente en la exhibición de la placa-insignia que los identificaba como tales, y el Cuerpo de Policía Nacional, los uniformados de marrón, o más malévolamente «los maderos», son refundidos en un solo Cuerpo Nacional de Policía (recientemente: Policía Nacional), «los azules», que es el que conocemos actualmente.
Hay que decir que en esta época, a grandes trazos y en lo referente a combatir la delincuencia, o sea, excluyendo el cometido relativo a la formación y perfeccionamiento profesional de los funcionarios, se componía de:
La rama de policía judicial, que atendía fundamentalmente a la detección, análisis e investigación, y en su caso resolución, de todos los asuntos relativos a la llamada delincuencia común tales como hurtos, robos, atracos, tráfico de sustancias prohibidas, secuestros, falsificaciones, extorsiones, homicidios, etc.
La parte de información, que se dedicaba a hechos parecidos, pero referentes al terrorismo de Eta, Grapo, Frap y cualesquiera otros grupos que pudieran ir surgiendo.
La más técnica de policía científica (entonces el Gabinete de Identificación) a menor nivel administrativo y en su dependencia directa de la policía judicial, que daba cobertura a los demás departamentos analizando huellas dactilares, pruebas balísticas, evidencias químicas, biológicas, falsificación de documentos y, en general, todos los cometidos propios capaces de poder ser demostrables de manera técnico-científica ante la autoridad judicial, a fin de inculpar o en su caso exculpar, a los autores.
Y la vertiente de extranjería y documentación que se encargaba de lo tocante a tráfico de personas, inmigración ilegal, habilitaciones documentales (DNI, pasaportes y otros) de españoles y extranjeros, así como las demás circunstancias afines a estas materias.
El nuestro, el Cuerpo Superior de Policía, se estructuraba en grandes comisarías generales cuyas sedes centrales radicaban en la capital del reino y éstas, a su vez, tenían su reflejo en jefaturas superiores de policía que se subdividían en brigadas, secciones y grupos operativos, de mayor o menor tamaño en función de la población donde se ubicasen y la actividad delincuencial que hubiera, de tal manera que, mientras una gran jefatura superior de policía como la de Barcelona, por ejemplo, estaba dotada de sus correspondientes brigadas divididas en parcelas de actuación: policía científica, extranjería y documentación, información, etc., organizadas en las convenientes secciones formadas por un número adecuado de grupos operativos especializados en cada uno de sus cometidos, cualquier modesta comisaría de distrito (una «sucursal» de esa jefatura en la gran ciudad), podía contar con un solo grupo operativo, es decir, la unidad básica compuesta de unos diez miembros aproximadamente de policías secretas, que hacían un poco de todo, y su correspondiente dotación mínima de uniformados del otro cuerpo.
Nuestra Brigada de la Jefatura de Barcelona, la dedicada a policía judicial, al igual que las demás del resto de España, tenía estas secciones y sus grupos operativos con denominaciones acordes a sus especialidades tales como carteristas, menores, robo en interior de pisos, atracos, homicidios, estupefacientes… Compuestos de un jefe y, como se cita, unos ocho o diez, por término medio, inspectores en sus diversas categorías y convenientemente especializados en las correspondientes materias.
La colaboración entre departamentos era absoluta, se echaba mano de los compañeros de otros grupos para ayudarse unos a otros, cuando la necesidad de personal lo requería, en caso de vigilancias, seguimientos o detenciones; y se podía dar el caso incluso, de que cuando se enteraban de un delito no de su especialidad, se trabajase en solitario por uno de ellos cuyo cometido teóricamente no fuese ese, o bien a medias con la sección especializada.
Dichas jefaturas y comisarías, también estaban provistas de las necesarias dotaciones de uniformados del otro Cuerpo.
El otro cuerpo, los uniformados, contaban con funciones fundamentales tales como con la custodia de edificios y entidades, guarda de personas y propiedades, patrullaje, vigilancias, y todo el amplio espectro que podía comprender la seguridad ciudadana y el mantenimiento del orden público, sirviendo cuando eran requeridos para ello, de fuerza pública como auxilio y colaboración de «los secretas».
Así, mientras que los primeros poseían su escalafón compuesto de inspectores de 3ª, 2ª y 1ª categoría, subcomisarios, comisarios y comisarios principales, que trabajaban siempre de paisano aunque tuviesen su uniforme oficial, pero solo para actos solemnes y eventos concretos, los segundos actuaban, prácticamente en todas las ocasiones, de uniforme y siguiendo un escalafón puramente militar con sus categorías de policía de base, cabos, sargentos, brigadas, subtenientes, tenientes, capitanes, comandantes, etc.
El denominador común de ambos Cuerpos era el entusiasmo, la vocación, el deseo de ejercer la profesión más bonita del mundo. Una profesión apasionante. Un oficio maravilloso. Con las ganas y el empuje de jóvenes que en su primer destino profesional, y bajo la atenta supervisión de los veteranos, pasaban de la casi adolescencia a la madurez en un año o dos prácticamente, haciendo trabajos a veces más tranquilos y a veces arriesgados, pero siempre importantes, en pro y beneficio de su país.
Unos y otros, aun con uniformes, mandos y estructuras diferentes, hacían lo posible y a veces lo imposible, por salvaguardar el orden, la ley, el bienestar, la tranquilidad y la seguridad de sus conciudadanos.
Índice
Agradecimientos
Prólogo
1. Me lo ha matado
2. Mandas más que un general
3. El coche fantástico
4. Club privé
5. El bastón del militar
6. Tengo vidrios baratos, payo
7. Servicio completo
8. Dichosas palomas
9. Policías por el mundo
10. La ciudad a sus pies
Nota final
1. Me lo ha matado
Como se dice en el prólogo, en la Barcelona de los ochenta la estructura policial era, a grandes trazos, idéntica a la actual, con su sede central, en este caso la Jefatura Superior de Policía situada en la céntrica Vía Layetana, y sus «sucursales», es decir, las comisarías de distrito, cuyos funcionarios hasta el año 1986 eran de dos clases: los miembros del Cuerpo Superior de Policía que vestían de paisano y los del Cuerpo de Policía Nacional con su uniforme marrón.
Al margen de la Guardia Civil, de menos preponderancia en las ciudades, y de las de cada municipio, cuyo ámbito de competencia se centraba en su localidad, atendiendo la delincuencia, que podríamos decir, de orden menor.
Aún no estaba plenamente reinstaurada la policía autonómica (los Mozos de Escuadra) con las características que había tenido en épocas anteriores, desde su fundación a principios del siglo XVIII con el mandato del primer borbón, Felipe V, y hasta su disolución en 1939. Fue a partir de 1950 cuando se restablece con cometidos muy restringidos y, solo será en 1983 cuando en base y gracias a la Constitución Española, empiezan a formarse y paulatinamente comienzan a verse sus uniformes, pero más bien en plan testimonial, como una especie de meros observadores, sin las competencias prácticamente plenas que tienen a día de hoy.
Es en el año 94 cuando comienzan a sustituir, en esa zona de España, al Cuerpo Nacional de Policía que ya les habían formado junto con Guardia Civil y otros organismos oficiales del Estado e incluso particulares. Eran muy pocos pero, eso sí, con muchos recursos, de tal manera que lo que podemos entender normalmente como función policial, a ojos del ciudadano medio, recaía básicamente en la Policía Nacional en grandes ciudades, y en la Guardia Civil en municipios más pequeños.
Las comisarías de policía de la ciudad podían ser de dos tipos: las modestas y… las muy modestas. Quizá muy grosso modo podría decirse que la Avenida Diagonal era la que marcaba la pauta. De ella para arriba, hacia el Tibidabo, eran más o menos aceptables, de Diagonal para abajo, hacia el mar, eran las otras, las modestas, y luego estaba la nuestra, la protagonista de esta historia, lo mínimo que se despacha en dependencia policial.
Tampoco es que el distrito tuviese mucho problema, de ahí que nuestra comisaría fuera «lo siguiente hacia abajo» de muy modesta. No había en todo el distrito sino un solo pub y otro local que se pudiese asimilar a tal. Lo digo porque eran los únicos en los que se podría ocasionar algún problema por su clientela y la hora avanzada de cierre. También había muchos bares o granjas (que venían a ser lo mismo) pero inofensivos desde el punto de vista delincuencial.
Eran locales que cerraban a una hora prudencial dado que era, y sigue siendo, un barrio obrero cuyos habitantes forman parte de la España que madruga y no estaban, ni por tiempo ni por capacidad económica, para andar a altas horas de la noche disfrutando del poco ocio que podía proporcionar el distrito.
En consecuencia, esa comisaría mínima era la unidad policial de la zona.
En cuanto a personal, como las demás, constaba de la correspondiente dotación de policía uniformada, de un comisario jefe, su secretaría, un pequeño grupo de información, la unidad del DNI y el grupo de policía judicial, que estaba compuesto a lo sumo, de ocho o diez inspectores de lo que a día de hoy sería la escala ejecutiva. Y además, la imprescindible e importante inspección de guardia que era la auténtica fuente y escaparate de la policía, y donde prestaba sus servicios el inspector de turno de ese día, durante veinticuatro horas ininterrumpidas, auxiliado por un policía uniformado, de base, que hacía de secretario de diligencias. Ambos formaban pareja, estando en periodos alternos con otros equipos también de dos de estos funcionarios, para atender todas las denuncias que interponían los vecinos por tal o cual motivo.
Era fuente, digo, porque servía de intercambio de información entre la corporación policial y el ciudadano al que se debía. El contacto directo y constante con el vecindario resultaba fundamental para estar perfectamente informados de la dinámica del distrito, del pulso que latía bajo esa piel urbana.
Y escaparate, porque ese mismo ciudadano podía penetrar en ese entramado corporativo haciéndolo más transparente a sus ojos, más permeable, más cercano, al percibir el día a día de la institución. Cuando entraba en las dependencias policiales a realizar cualquier gestión o a «plantar» una denuncia, se estaba asomando, traspasaba ese «gran escaparate».
Cuando se cita secretaría, unidad del DNI, grupo de información… No vaya a pensar el lector en grandes estructuras humanas pues podían ser órganos unipersonales, de un solo funcionario (bueno, menos el DNI que solía tener dos). Dos y a veces tres funcionarias auxiliares que se dedicaban, toda la mañana y sin descanso prácticamente, a tramitar documentos de identidad de las personas que acudían a su dependencia con el fin de adquirirlos o renovarlos.
Así, la actividad policial que daba seguridad a todo el distrito se desarrollaba, en cuanto a su ubicación física, en los tres primeros pisos: sótano de calabozos, planta baja de operaciones, donde estaban los grupos de investigación, inspección de guardia, etc., y el primero, donde se situaban los despachos, tanto del comisario jefe como el de la secretaría y su pequeño archivo. Todo ello, en un bloque de viviendas cuyo resto de plantas eran de vecinos. Eso sí, con la entrada ancha y no como en otra comisaría al otro extremo de la ciudad donde, en cierta ocasión, subíamos tres compañeros con un detenido hasta el primer piso, lugar en el que se ubicaba la inspección de guardia, y a mitad del trayecto nos encontramos con una señora vecina del segundo piso, en muy avanzado estado de gestación, que bajaba en ese momento por las escaleras con su carrito de la compra y muy despacio debido a su situación. Tuvimos que desandar el camino de nuevo hacia el portal con el esposado hasta que la señora salió, pues entre ella, el carrito, el detenido y nosotros tres, no cabíamos todos por aquella angosta escalera.
Hablando de la «correspondiente dotación de policía uniformada» ¡magníficos! Siempre estaban dispuestos a solventar las pocas cuestiones que hubiese de orden público o de colaboración con nosotros, sus compañeros de paisano.
Como aquel día que encontrándose en la puerta de la comisaría uno de ellos, porque antes había la curiosa orden de que siempre debía permanecer en la puerta un uniformado, alguien que con su presencia y a ser posible, con un escopetón al hombro, indicase dónde estaba la comisaría (como si con el cartel y la bandera sobre el dintel no fuese suficiente), pasaba una señora camino del mercado que estaba un poco más adelante, semiarrastrando de una mano a un niño de no más de cuatro o cinco años que iba protestando y con un bocadillo a medio comer en la otra mano. Al llegar a la altura de la puerta y justo delante del policía uniformado que la guardaba:
—No quiero… No quiero…
—O te lo acabas, o le digo a este señor policía que te meta en los calabozos.
La madre le amenazaba, comprensiblemente, harta del dichoso crío. Y fue ahí, en ese momento, cuando le salió del alma al Rubio, que así lo llamábamos, ante la cara de espanto del niño al verse delante de aquel señor vestido de cazadora marrón y pantalón beige y con aquel arma inmensa al hombro, cuando se dirigió al niño:
—No, hijo. Tranquilo. No te preocupes, que estos señores policías estamos aquí para ayudarte cuando tengas un problema, pero haz caso a tu mamá y acábate el bocadillo.
Tres de nosotros, llegábamos en ese momento de hacer unas gestiones y oímos la breve conversación. Sin decir nada entramos en la comisaría, pero por nuestra leve sonrisa de aprobación al pasar, el Rubio supo que había dejado el pabellón en alto. El niño ya mordisqueaba el bocadillo de nuevo, con la cabeza vuelta hacia aquel señor vestido de marrón que le sonreía, de la mano de su madre que siguió caminando por la acera con una expresión entre sorprendida y reflexiva.
Ya digo, tanto él como los otros pocos uniformados ¡magníficos!
Aquella comisaría nuestra era una maravilla. Reinaba un buen ambiente, quizás debido a que éramos pocos los miembros de uno y otro cuerpo, y que al ser, más o menos, vecinos del barrio, podía considerarse una gran familia profesional. De hecho, algunos iban del casa al trabajo en escasos minutos, en una gran ciudad donde el vivir cerca de donde trabajas ya es un privilegio en sí. No era una comisaría de paso o una de castigo, es decir, de esas que cuando se ha tenido una cuestión de desánimo o de fallo profesional, no merecedora de expediente administrativo que ya eran palabras más serias, le podían destinar a ella (doblar el mapa, lo llamábamos). Una especie de banquillo donde el funcionario que hubiese ocasionado algún problema no importante podía ser destinado a la espera de tiempos mejores. No, aquella era casi familiar, las relaciones entre nosotros iban más allá de las simples profesionales. No era raro que algunos de nosotros nos reuniésemos con nuestras parejas, que además entre ellas se habían acabado conociendo y entablando amistad, para cenar o comer los fines de semana que no había servicio.
Las comisarías, salvo contadas excepciones, solían ser los primeros destinos de los «pepinillos» recién salidos de la Escuela, los cuales eran acogidos por los compañeros con toda la camaradería, como en su día les hicieron a ellos. Pero claro, entre tanta gente joven, alguna broma caía… Como esa vez que se concertaron varios para elaborar un teletipo falso, eso sí, con todos los sellos, expresiones administrativas y demás parafernalia oficial, aprovechando que me encontraba en la gran sala de aquella inspección de guardia, a este lado del mostrador, pues había dos lados: aquél, donde el denunciante exponía la cuestión de que se tratase y éste, donde se sentaban el inspector y el secretario, con las máquinas de escribir, sillas, mesas y el télex, ese emisor y receptor de comunicaciones escritas, o sea, una máquina inmensa dotada de un gran rollo de papel continuo que generaba un ruido alto y peculiar cada vez que se ponía a escribir de manera automática, transmitiendo comunicaciones u órdenes de otras dependencias policiales o de la misma jefatura. Era sagrado. Había que estar pendiente de él.
Por cierto, las inspecciones de guardia… ¡Ay, las inspecciones de guardia!, eran lo más desangelado de toda la corporación policial. Merecerían capítulo aparte. Nada que ver con las modernas oficinas de denuncia actuales donde policía y ciudadano dialogan, manifiestan lo que se haya de poner por escrito sin trabas, sin barreras físicas de por medio, ambos sentados y en permanente contacto inspirando confianza y cercanía. Entonces no. Había una barrera física entre las dos partes, una especie de mostrador que en ocasiones recordaba la barra de un bar donde «ahí» estaba el ciudadano, que si era un poco alto y no venía muy apesadumbrado con algún problema importante, incluso podía acodarse tranquilamente ante la ausencia de sillas o lugar donde estar relativamente cómodo, mientras exponía el asunto o le iban tomando su declaración, y la parte de «aquí» en la cual, como se cita, estaban los funcionarios sentados escuchando, escribiendo las manifestaciones, preguntando por las circunstancias del hecho y, eso sí, en alto.
En casi todas las inspecciones de guardia de las comisarías había un escalón de diferencia entre una parte y la otra. Una altura suficiente, de tal manera que el policía que fuese, si permanecía de pie, siempre iba a estar en una situación preponderante delante del denunciante o detenido que estuviese también de pie, al otro lado del mostrador.
Ya digo, entre lo grande e incómodas que eran esas salas y lo desangelado del lugar, el ciudadano no se sentía todo lo a gusto que debería. Estaba claro que los arquitectos de interiores de nuestra corporación, no habían acertado en dar algo de calidez a esa dependencia tan importante. El diseño de interiores no era nuestro fuerte.
Como iba diciendo, me encontraba a este lado del mostrador cuando aquel aparato se puso en marcha automáticamente:
—Mira a ver qué dicen los télex —se había activado y un veterano me lo indicó.
—Voy —había varios recientes, al lado, sobre la mesa del aparato y aún sin leer.
Me acerqué y no daba crédito a uno de los tres o cuatro de los que había escrito aquella máquina:
De orden del Jefe Superior, todos aquellos funcionarios que, siendo naturales de allí y deseen ser destinados a la plantilla policial de la Jefatura Superior de Policía de Madrid, a la mayor brevedad posible, deberán redactar una instancia expresando tal voluntad. Hay treinta vacantes.
¡El cielo abierto! En aquella promoción no hubo vacante alguna para la plantilla de Madrid pues el grueso de las plazas fue solo para Cataluña y País Vasco. Por un momento me vi destinado en mi ciudad, en mi entorno. Me faltó tiempo para ponerme a una de las dos máquinas de escribir que teníamos (una Lexicon-88 de teclas muy duras, las más duras que había en todo Barcelona ¡qué digo Barcelona!, en toda España. Un horror de máquina) redactando la instancia a una velocidad que ni los mejores mecanógrafos del Ministerio del Interior.
—Me cojo el coche que voy a jefatura. Que es un asunto importante. Ahora mismo vuelvo —expliqué rápidamente mientras sacaba las llaves del único coche camuflado que teníamos, del primer cajón de la mesa de la inspección de guardia.
Salía por la puerta, con mi instancia bajo el brazo y a toda prisa, cuando las risotadas sonaron a mi espalda:
—¿Dónde vas, ignorante? ¡Que es un vacile! Ha sido una broma de éste.
Señalaban los otros al compañero que más reía. El enfado me duró por lo menos, por lo menos… unas dos horas.
Porque, esa es otra, había compañeros que, tras los tres apretados cursos de estudios en la Escuela Superior de Policía, jamás habían usado una máquina de escribir, de tal manera que cuando eran destinados por fin a cualquier plantilla policial, se enfrentaban a ellas por primera vez.
Resultaba casi cómico ver cómo algunos funcionarios con el índice de cada mano, los primeros meses al menos, iban buscando en el bosque de teclas de aquellas máquinas, las adecuadas para, en su orden natural, redactar el atestado, una minuta, una información o cualquier escrito policial al uso. «¿Por qué no habrá alguna asignatura que se llame mecanografía?», se preguntaba alguno de los antiguos, viendo como el recién llegado luchaba contra aquel aparato lleno de teclas que había que ir encontrando para formar cada palabra.
Al cuarto «digo», el compañero antiguo le echaba una mano.
—A ver, ¿qué estás escribiendo?
—Pues estoy redactando una minuta dando cuenta a la superioridad de que hemos visto, patrullando, a uno de los que probablemente han participado en el robo del bar de la semana pasada, porque a lo mejor convendría hacer un seguimiento a ver con quién se reúne.
—Déjame ver —el antiguo, por encima de los hombros del novato, leía: Ilmo. Sr. Comiserio, digo, Comisario Jefe. Temgo, digo, tengo el honor de poner en comonicimiento, digo conocimineto, digo, conocimiento de V.I. que, en el dia, digo, día de hoy…
—¿Qué? —el novato miraba la cara del que iba leyendo.
—Anda, trae que ya te la hago yo, dime que habéis visto y yo te la escribo.
—Pero es que así nunca voy a aprender.
—Pero hombre, si tardas diez minutos para cada renglón, cuando acabes la minuta es hora de irnos para casa.
—Pues sí, pero es que nunca he usado una máquina de escribir.
—Querido compañero, eso es fundamental.
—Sí, yo creo que sí.
—Venís mucho más preparados que nosotros cuando salíamos de la escuela.
—Es que estabais poco.
—Apenas nueve meses de formación, y cuando no ocho, o incluso menos, pero a vosotros no os han dado lo básico, es decir, un poco de mecanografía después de tanto tiempo.
—Algunos han aprendido por su cuenta yendo a alguna academia. —¿Disparar sabes?
—Sííí, claro que sí.
—¿Pero bien?
—¡Hombre! Hemos tenido la asignatura de «tiro y explosivos» en los dos primeros cursos y tengo un diez en cada una —el nuevo, muy ufano y seguro, hasta con cierto orgullo, afirmaba o más bien presumía ante el veterano.
—¡Pues hale! Olvídate, porque la pistola lo más probable es que no la uses nunca, pero la máquina de escribir la necesitarás todos los días.
—Ah… vale —cambiando la expresión de la cara ante lo inopinado de la respuesta.
—Pepinillo, ya sabes, aplícate el cuento. Ten por seguro que toda tu vida profesional va a pasar por esto, manejar teclados a porrillo.
—Sí.
—Dominar los teclados para cualquier cosa.
—Llevas razón, practicaré todo lo que pueda.
—Esa es la actitud. Muy bien, chaval.
El diálogo se mantenía sin dejar de escribir en la máquina, mientras el nuevo miraba, no sin envidia, como el antiguo hacía volar los diez dedos sobre las teclas y el tabulador.
O aquella otra vez que, estando en la inspección de guardia sin denunciantes a la vista, charlando con el compañero uniformado que hacía de secretario mientras ultimábamos trámites administrativos, dado que acababa de irse un vecino tras efectuar la correspondiente denuncia, pues le había mordido el perro de un conocido del portal de al lado de su casa, y no esperaba nadie en la antesala, cuando el policía de puertas de la comisaría entreabrió la de la inspección de guardia y asomándose nos dijo:
—Que está aquí una señora que quiere denunciar que le han entrado en el piso.
—Pues dile que pase directamente —en ese momento, como digo, no había nadie en la antesala esperando para denunciar.
Y allí que entró una vecina del barrio desconocida para mí (solo para mí): «la Sole».
—Buenos días.
—Buenos días, señora, usted dirá.
—¿Usted es nuevo? Porque no le conozco —preguntaba sonriendo.
—Si señora, hace poco hemos llegado de la escuela de policía unos cuantos y nos han repartido por todo Barcelona, y a mí me ha tocado aquí.
—Ay, qué bien, pues ¡encantada!
Educación no le faltaba, su aspecto físico era muy normal, más bien alta, como de mediana edad, vestida de una forma que se podría describir como correcta, además, con una buena exposición verbal y un discurso ordenado. En definitiva, nada que hiciera presagiar lo que se nos venía encima.
—Pues verá, señor inspector. Que me han entrado en casa. —Cuánto lo siento.
—Y, además, no es la primera vez.
—Pues nada, señora. Para eso estamos: vamos a efectuar la correspondiente denuncia y la paso, después, a los compañeros del grupo de policía judicial y a los del gabinete de la jefatura, para que hagan la pertinente inspección ocular a ver si hay huellas, y así se pongan a investigar.
Allí estábamos los dos funcionarios dispuestos a ello, y como la anterior denuncia del mordido que acababa de marcharse la había redactado el compañero, ahora me puse yo a la máquina de escribir mientras él iba acabando los otros trámites propios de la inspección de guardia tales como poner sellos, rúbricas, separar copias para remitir a las distintas autoridades y demás.
Serio, como correspondía. Mientras el otro, ya veterano, tenía una sonrisilla que me extrañaba; «luego le diré algo. No puede ser que venga una vecina compungida contando que le han robado en su casa y éste esté medio riéndose», pensé para mí, mientras empezaba a teclear.
—Vaya diciéndome su nombre, apellidos, número de su documento nacional de identidad, su domicilio y demás datos.
—Aquí tiene mi carnet de identidad, joven —mientras sacaba su DNI de un coqueto bolso.
Encabecé la denuncia como tantas otras veces, casi de manera rutinaria, cumplimentado los detalles identificativos obligatorios en cualquier manifestación oficial de un ciudadano, hasta que llegamos a la parte interesante.
—¿Y por dónde cree usted que le han entrado, por la puerta del domicilio o por las ventanas?
—No, no. ¡Qué va! Por los enchufes —su gesto serio me confundió. —¿Perdón?… No lo he oído bien.
—Por los enchufes. Por los enchufes de la casa —me miraba como diciendo «este hombre no se entera de nada».
Yo estudiaba la cara de aquella señora sin dar crédito. En ese preciso instante, fue cuando otro compañero abrió ligeramente una de las puertas laterales de la sala, a la espalda de la señora, y pude entrever como tres más detrás de él, se reían, o mejor, se tronchaban en silencio, observando la escena y señalándome con el dedo. Cuando la puerta se cerró suavemente sin ruido, empecé a sospechar que algo no iba bien.
—Pero… señora, ¿cómo que por los enchufes de la casa? ¿Quién puede entrar por un enchufe de un domicilio?
—Los marcianos —muy seria. Rotunda.
Y entonces empezó a relatar que la tenían vigilada, que venían manadas enteras de un planeta llamado Ganímedes junto con sus parientes de otro, éste de más allá de la Vía Láctea, y le habían escogido a ella para colonizar la tierra. Que, en cuanto se acostaba por la noche, entraban por los enchufes y no la dejaban dormir dándole todo tipo de consejos y de mensajes sobre lo que iban a hacer de bueno y de malo con todos nosotros, los mortales. ¡No la dejaban en paz! Aquello era ¡un sinvivir!
Mientras hablaba sin parar, y ya algo agitada contando su verdad, yo no sabía cómo salir de la circunstancia ¿cómo íbamos a escribir aquello?, pero por otro lado, la pobre señora necesitaba ver que se hacía algo. Fue cuando se me ocurrió:
—Pues nada, doña Soledad, vaya usted para casa que ahora mismo llamo a los Geos para que atajen el problema. Verá como la dejan dormir —ante su agobio, no se me ocurrió otra cosa que proponerle tal disparate, pero ella, no convencida del todo, me instó a que llamase en su presencia.
—Llame, llame usted, inspector, por si me tengo que poner yo para explicárselo y darles detalles —y así hice, descolgué el teléfono y fingí hablar con el jefe de los Geos: «Sí, de acuerdo, vale, vale. Recibido».
—Que no hace falta, doña Soledad, que lo han entendido, que no se preocupe usted que ya irán —colgué.
—Gracias, señor inspector, no sabe cuánto se lo agradezco —la mujer, ya más tranquila y con la misma formalidad que entró, abandonó la comisaría con un ademán más relajado. Feliz y convencida.
Cuando entraron los compañeros, entre risas a mi costa, me lo explicaron: es una vecina del barrio, «la Sole». Buena mujer y además inofensiva, pero con un problema mental importante pues sufre esquizofrenia de la que llevan años tratándola. De vez en cuando, la mandan para casa y en épocas concretas, entre tratamiento y tratamiento, cuando hay luna llena como anoche y a lo mejor no se ha tomado las pastillas, se altera y acude a nosotros para que la escuchemos y la tranquilicemos, y así hacemos hasta la vez siguiente. Es bueno que vayas conociendo a todos los vecinos del barrio, ja, ja, ja. Con todo el descaro del mundo se habían reído otra vez del pepinillo que había picado.
Esta vez el enfado ya me duró menos.
Pero la vida no era tan divertida como se describe aquí, ya que también había sus problemas de orden mayor tales como atracos a algún banco de la zona.
No en vano, esa fue una época (finales de los setenta hasta mediados de los ochenta) terrible en toda a España en cuanto a asaltos a sucursales bancarias. Incluso a sus sedes centrales, como el famoso divulgado por los medios de comunicación en todo el país, del Banco Central situado en plena plaza de Cataluña, esquina a Canaletas, donde varios individuos armados, en mayo del año ochenta y uno, atracaron y tuvieron secuestradas a casi trescientas personas.
Los atracos a las sucursales bancarias ya eran palabras mayores, pero para ello estaba el Grupo de Atracos de la Jefatura Superior de Policía que, reforzados por los policías del distrito correspondiente, eran capaces de resolver cualquier situación por peliaguda que fuese, como así lo atestigua la hemeroteca de la época.
Otras veces, y sobre todo en nuestra modesta comisaría de distrito, la cosa no era tan extrema, limitándose las denuncias a robos en el interior de los domicilios o en el interior de establecimientos públicos, especialmente bares.
El sentido común hacía que los dueños de estos negocios recogiesen la recaudación del día para ponerla fuera del alcance de los cacos, pero no así la de las máquinas tragaperras que empezaban a aparecer en aquel tiempo. Con su musiquilla fuerte y estridente y sus luces llamativas, prometían una ganancia rápida previa introducción, en la ranura correspondiente, de una moneda de «cinco duros» (25 pesetas de la época o lo que serían ahora unos quince céntimos, pero que entonces daban para mucho). Solo tenían que coincidir en pantalla, una vez pulsado el botón correspondiente, los tres muñequitos, símbolos de frutas o lo que fuese. Si el dueño del bar sabía colocarlas en un lugar estratégico, podía ser la perdición de muchos hombres… y mujeres.
—Buenos días, vengo a «plantar» una denuncia. —Nos extrañaba siempre aquella expresión, como si se tratase de un geranio o un tomate.
—Usted dirá, señora.
—Pues verá: iba yo para el mercado con mis tres mil pesetas para la compra de hoy y ¡que me han atracado!
—¡Vaya por Dios! Pues vamos a redactar la denuncia, y a continuación se la pasamos a los compañeros del grupo de policía judicial a ver si detienen a los autores, que probablemente sean de la zona.
—No sé, yo soy del barrio de toda la vida y a mí no me suena haberlos visto.
—¿No? ¿Y cómo eran?
El compañero de la inspección de guardia ya empezaba a meter en aquella otra vetusta máquina de escribir Hispano-Olivetti, el interminable número de folios, con sus correspondientes papeles-carbón copiativos entre unos y otros, ya que había que mandar copia de las mismas diligencias a varios estamentos. Por lo menos, al juzgado de guardia, a la fiscalía, al archivo central y al de jefatura (y sin olvidar al nuestro de comisaría). Ya podemos imaginar que la última de esas copias ni se leía de lo borrosa que quedaba, amén de que el original y primera copia quedaban perforadas, sobre todo en los puntos y puntos y coma, por la fuerza con que el funcionario solía pulsar la tecla correspondiente en su ánimo de que se alcanzase a leer la última copia. Las buenas y legibles eran el original perforado y la segunda y la tercera, y si acaso, incluso la cuarta.
—Pues verá, el más alto, el rubio, vestía cazadora marrón y pantalón vaquero y el más bajo, moreno, con cazadora negra más corta y pantalón vaquero también. Los dos llevaban deportivas blancas.
La señora, estaba describiendo con todo lujo de detalles las características de los dos supuestos recaudadores de lo ajeno, y comenzaba a ser cosa extraña pues la experiencia demuestra que, por la rapidez con que se producen los hechos, y ante el susto de la víctima, no es capaz de describir cómo son los que le han asaltado aunque esté cinco minutos de diálogo con ellos. Y mucho menos hasta el calzado que usan. De hecho, a veces, cuesta describir cómo es el color de ojos de la persona que tenemos al lado y acabamos de mirar.
—¿Tenían algún acento, como catalán, andaluz, gallego… extranjero?
—Pues no especialmente, además solo hablaba uno, el alto moreno. —¿El de la cazadora negra?
—Sí. Justo ése.
—Pero me acaba de decir que el que llevaba la cazadora negra era el bajo.
—Bueno, quizás me confunda. Hablaba el alto. Eso seguro.
—Eehh… ¿el moreno? —preguntaba ante su afirmación taxativa.
Mientras, mi compañero estaba preparado para darle a la máquina y empezar la denuncia, y en ese momento fue cuando levantó la cabeza con extrañeza pues aquello que relataba la denunciante no le estaba cuadrando. Le miraba ahora con el ceño fruncido quizás debido a cierto escepticismo.
—Exacto.
—Vamos a ver. ¿En qué quedamos? ¿El rubio o el moreno?
—…
—Señora, acaba usted de decir que el alto, era rubio y vestía cazadora marrón.
—… … —No contestaba.
—¿Me oye?
—… —Permanecía en silencio.
La denunciante había cambiado de actitud. Miraba al suelo como tratando de buscar en su mente como enmendar la situación.
—Señora, antes de que comencemos a formalizar la declaración, tengo que advertirle que una denuncia falsa es un delito que le puede acarrear una pena de internamiento, además de una multa económica importante. Dígame de verdad, qué ha pasado realmente.
Ahí se derrumbó la pobre mujer. Entre sollozos, contó que no había sido atracada, que camino del mercado había visto en el bar Logroño, el cual estaba un poquito antes de llegar, en la misma acera, una de esas máquinas tragaperras nuevas y entró a ver si tenía suerte y le tocaba el premio gordo.
Comenzó a echar monedas y monedas, le pidió cambio al dueño del bar y siguió echando monedas y más monedas. La música le animaba, una vez casi le coinciden las tres peras del premio gordo, que las luces de la máquina le aturdían, que los botones pulsados le confundían… Total, que se había «fundido» las tres mil pesetas y no quería «ni imaginarse» lo que pasaría cuando viniese el marido de trabajar y viese que no había ni comida ni dinero.
Desgraciadamente, y aunque para ella era un problemón, no pudimos hacer nada.
Aquellas dichosas tragaperras, ante el reclamo de la ganancia fácil, empezaban a fomentar la ludopatía por toda la geografía del barrio.
La ludopatía, y el robo a esos mismos bares del barrio.
Había que atajar el problema antes de que fueran a más las denuncias de los dueños de esos establecimientos que empezaban a ser robados, y fue entonces, sin dilación, cuando acordamos ponernos manos a la obra.
El jefe estableció un sencillo servicio nocturno planificando que, a una hora prudencial en que hubiesen cerrado todos los bares del distrito, como a la una de la mañana o cosa así, nos dedicaríamos a hacer rondas nocturnas, tanto los uniformados en los vehículos Z como los de paisano en el único coche K (camuflado) que teníamos en la comisaría. Coche K que, por cierto, le pasaba lo mismo que al de la canción de Rubén Blades: «No lleva marcas, pero tos’ saben que’s policía». Aclararé que era un Chrysler 150 amplio, rápido y cómodo, pero… de un discreto color ¡naranja!
Los delincuentes lo conocían a la perfección y lo veían venir de lejos. Nos detectaban mucho antes que nosotros a ellos.
El caso es que ahí estábamos noche tras noche, haciendo identificaciones, así como algunas vigilancias y seguimientos, a todos los que sabíamos que eran un poco «malillos» y que como no tenían que madrugar, andaban a esas horas por la zona.
Y las gestiones no tardaron en dar su fruto.
—¡Ismael, ven!
Doblando la esquina del final de la calle de la comisaría nos habíamos topado casi de bruces con Ismael Sobrino Carnero, alias «el Isma». Un conocido nuestro, delincuente de poca monta del distrito, que se alejaba en plan sueco.
—¡Ismael, que vengas! —no podía remolonear más, mirando hacia abajo, se acercó.
—Buenas noches, señores —su ademán y sumisión no hacía presagiar nada bueno.
—¿Dónde vas tan tarde? —le dijo «Supermán».
«Supermán» quizá fuese el inspector más entregado de la comisaría. Vivía muy cerca, y por ello se conocía el distrito a la perfección. No había horas suficientes al día para él porque le apasionaba su trabajo, y esa voluntad e interés, los transmitía de manera imperceptible a toda la plantilla de nuestra pequeña comisaria. Lourdes, su mujer, le apoyaba incluso, animándole a echar las horas que hiciesen falta a su trabajo. Su aspecto alto y fuerte, unido a una cara muy parecida a la del actor que interpretaba aquella primera versión de la famosa película, había hecho que los delincuentes le hubiesen puesto el apodo. Le venía que ni pintado.
—Pues a dar una vueltecilla por aquí.
—¿A las dos de la mañana y con este frío?
—Es que no podía dormir —la calle estaba absolutamente solitaria, por no haber no había ni pasado aún el camión de la basura que, con gran estruendo, alteraba la paz del distrito y curiosamente, cuanto más tarde mejor. Vamos, en lo más profundo del sueño.
—Es que verá…
—Llevas el pantalón medio caído. ¿Y ese bolsillo? Está muy abultado. ¿Llevas piedras o qué?
Aquello no era normal, demasiado bulto en el bolsillo derecho de su pantalón. Nos pensábamos lo peor: un arma, una llave inglesa, alguna herramienta para descerrajar algún local. No nos cuadraba aquello.
—No, no, ¡qué va! No llevo nada.
—Anda, sácate todo lo que lleves.
Y entonces, fue cuando empezaron a salir monedas de cinco duros de aquel bolsillo, y del otro, y de los dos de atrás, y del de la camisa y de los dos de la cazadora… No acababan de salir monedas, decenas de monedas, cientos de monedas.
—Vamos a comisaría a hablar tranquilamente que aquí hace frío, ¿no te parece?
—Lo que usted diga —estábamos en medio de la calle y comenzó a caminar dócilmente a nuestro lado.
—Explícanos de qué son todas estas monedas.
Una vez en la oficina de denuncias, y antes de contarlas, ya veíamos que allí había demasiadas.
—Pues que he regañado con la mujer y me he ido a cenar a un bar, y como estaba aburrido, pues he echado unas cuantas monedas a las tragaperras y me ha tocado el premio gordo.
—Y en vez de irte a casa ¿estabas deambulando por ahí?
—Para que me diera el aire porque me he tomado un par de cubatas y no quería que la mujer me lo notase.
—Pero con lo pelao que estás siempre, si apareces con todo ese dinero, mejor, ¿no? Te hubieras reconciliado con ella y se pondría contenta.
—Pues ya ve.
—No nos creemos nada. Dinos la verdad antes de que sea peor.
—Que es de verdad. En serio. Es que la tienen tomada conmigo.
—¿Un bar? Si te conoces todo el barrio a la perfección.
—Sí, bueno, uno aquí cerca.
—Dinos cuál para hablar mañana con el dueño.
—Bueno, pues verán…
Antes de que siguiese hablando y por el lugar de donde venía, casi todos sabíamos en qué bar había dado el palanquetazo. Y así fue, pues nos contó que al estar casado y tener un niño pequeño y estar sin trabajo porque acababa de salir del «maco», donde nosotros le habíamos metido un año antes, necesitaba dinero y que, al pasar por la puerta del bar, tuvo una mala idea.
Dos de nosotros nos acercamos al bar que nos dijo y, efectivamente, pudimos comprobar que el candado del cierre metálico estaba roto y en el interior se observaban las dos máquinas tragaperras violentadas, con los mecanismos internos, y sobre todo los cajones de madera donde iban cayendo las moneditas, destrozados y tirados en el suelo.
—¡Vaya desparramo! —el suelo del bar estaba lleno de los restos del interior de las máquinas.
—Las ha destripado enteras y mira cómo está la caja registradora —tirada en el suelo de la esquina de la barra, se podía ver descerrajada la caja registradora del bar.
—Pues echa el cierre y sobrepón el candado. Total, ya no va a venir nadie a robar porque no queda nada.
—Hombre, las botellas de alcohol.
—No creo que se acerque nadie y menos a estas horas.
—Verás qué gracia le va a hacer al señor Antonio cuando venga a abrir por la mañana.
Tras cerrar como buenamente pudimos, dejamos una nota al dueño que era conocido, pues en alguna ocasión habíamos ido a tomar café allí a media mañana, para informarle, aunque iba a ver el destrozo nada más abrir el cierre, y para que se pasase por la comisaría a poner la denuncia.
Una vez comprobado el hecho, se llamó a la Jefatura para que los especialistas en lofoscopia obtuvieran las huellas dactilares de los cajones violentados, y en menos de una hora allí que se presentó una compañera del Gabinete experta en cometidos de policía científica con su maletín, o más bien maletón, con todos los archiperres propios del trabajo: brochas, polvos blancos para revelar huellas, polvos negros por si el fondo sobre el que asentaban las huellas era claro, mascarillas, guantes, pinceles de distinto tamaño, herramientas, lupas… Muy completo, tan completo que a veces pesaba casi más que el funcionario que lo trajese, porque además de la dotación mínima imprescindible, pero suficiente, algunos compañeros personalizaban el que tenían asignado, en base a la experiencia acumulada, con instrumentación complementaria, con útiles de lo más diverso y, curiosamente, tarde o temprano necesarios, que iban acoplando en los recovecos de dichos maletines hasta convertirlos, a veces, en verdaderos mini baúles en los que mediante una especie de «ingeniería del Tetris», cabía todo. Eran curiosos los maletines de inspecciones oculares porque, pese a ir tan llenos, no sobraba nada. «Compañera, ¿de verdad que hacen falta todas esas herramientas para la inspección ocular?», le decíamos a la compañera del Gabinete (que era el nombre coloquial que se usaba para denominarlos) casi con preocupación, ante aquel peso que le hacía andar escorada.
—Pues sí, porque imagínate que en un momento dado hace falta alguna y no la hemos traído ¿qué hacemos? ¿Volvemos a jefatura? ¿Eh? —solían contestar tanto ella, no sin razón, como los demás compañeros que, en general, eran reclamados desde alguna comisaría con ocasión de algún hecho delictivo.
—Bueno, nosotros también tenemos alguna.
—Pero no podemos estar a expensas de que haya aquí o no. Tened en cuenta que, como decía Locard, una de nuestras máximas es «el tiempo que pasa es la verdad que huye». En la Escuela nos lo repetían. —Aplicaban un principio criminológico y te desarmaban.
Ni que decir tiene que esa eficiencia en el servicio, era agradecida sobremanera por los dueños de los locales que tenían que abrir al público y no podía estar sin recoger el desparramo correspondiente y sin plasmar sus huellas, a lo peor, sobre las de los autores de los hechos, con lo cual se perdían los vestigios, pues está demostrado que todo el mundo tiende a coger cualquier útil por su sitio concreto, por su lugar natural y lógico, con lo cual van dejando sus impresiones dactilares sobre las anteriores, bien propias o bien, y ahí está el quid de la cuestión, las de la persona que antes haya mal utilizado esos objetos.
También las casas particulares:
—Señora, por favor, no recoja ni toque nada hasta que no vayan los del gabinete a sacar huellas.
—Oiga joven, que no puedo tener la casa empantanada toda la mañana —como si le fuera la vida en limpiar o no limpiar el polvo ese día, aunque bien es verdad que la mayoría no eran así pues hacían caso y eran muy amables, incluso cordiales, con los funcionarios de dicho gabinete.
Eso sí, estos funcionarios acudían al lugar de la inspección ocular de paisano, sin las características batas blancas con las que trabajaban normalmente en los laboratorios de la jefatura. Batas blancas que, en mi modesta opinión, han sido muy poco explotadas profesionalmente porque «descafeínan» al policía, lo desproveen a ojos de algunos detenidos, del carácter de autoridad o represión que llevan implícitos para ellos la placainsignia o el uniforme, porque determinados delincuentes detenidos en los calabozos, cuando bajaba algún compañero a reseñarles o a cualquier gestión de tipo identificativo, se les podía dar el caso de «oiga, doctor, venga, que le quiero contar algo», y en esos momentos aquel detenido que había visto una bata blanca, encontraba el cielo abierto. «Quizá este hombre de bata blanca pueda ayudarme», y se sinceraba de una manera increíble, espontáneamente, cosa que no había hecho ante sus enemigos naturales de paisano que estaban en los despachos de arriba.
No mentíamos, pues entre los funcionarios de bata blanca había licenciados de todo tipo: médicos, físicos… o doctores en biología, veterinaria, químicas y, generalmente, en la mayoría de las diversas disciplinas que comprendían el área de policía científica. Ya dependía un poco del funcionario de policía el aclararle al detenido, antes o después de su información reservada, que a lo mejor era doctor, pero no en medicina, y que sobre todo y pese a la bata blanca, era policía como los otros.
Y no hubo duda. Tras efectuarse la correspondiente inspección ocular aplicando los polvos reveladores de huellas, fotografiando y cotejando, se comprobó fehacientemente que se correspondían, sin duda alguna, con las impresiones dactilares del Isma, así es que pese a su triste historia, pasó en calidad de detenido al juzgado de guardia como autor del robo en el interior del establecimiento.
Ya se pueden imaginar «la alegría» del dueño del bar ante los acontecimientos, pero eso sí, los daños los pagaba el seguro y le habíamos recuperado todas las monedas de las dos máquinas tragaperras que, por cierto, estaban a tope, con lo cual el duelo era menos.
—En agradecimiento, todos los de la comisaría tienen el café de media mañana pagado de por vida hasta que me vuelva a mi tierra. ¡Cómo que me llamo Antonio y soy de Almería!
Obviamente, nunca volvimos a entrar a tomar café en su bar. Daría muy mala imagen el hecho de que la comisaría en pleno fuese allí a gorronear cafés sin fin, aprovechando que el caso se hubiese resuelto con éxito, abusando de la generosidad de aquel buen hombre.
Eso sí, le saludábamos por el barrio como a todos los demás vecinos, pero ya no volvimos a entrar. No se trataba de eso.
Por fin, y con unas cuantas vigilancias, se habían paliado los asaltos a bares en gran parte. Pero no del todo. Se sabía en toda la zona que el Isma había entrado en «el trullo» otra vez, pero seguía habiendo bares violentados, y cada vez que venían los del gabinete de identificación a obtener pruebas, las huellas reveladas eran siempre las mismas: las de «el Mili». Un viejo conocido dedicado al trapicheo, a robos en interiores de domicilios, algún que otro tirón a las señoras del distrito, hurtos al descuido y hechos similares. Vamos, todo «un pieza».
Se hacía imprescindible dar con él y proceder a su detención.
Dentro del distrito había una zona de casas bajas, baratas, donde algunos de sus habitantes no eran demasiado «trigo limpio». Era la zona caliente del distrito, donde se podían mover pequeñas cantidades de droga en la forma consabida de «papelinas» o «pollos», y era probable que estuviese por allí.
Por ello, se daban frecuentes pasadas por la zona, pero… con el coche K, sí, el que «tos’ saben que’s policía». Nada. No había forma. Todo el grupo, casi en exclusiva, a la búsqueda y detención del Mili sin obtener resultados. Cada vez que entraba el coche por la calle principal, se convertía aquello en un desierto, en un secarral al decir de un compañero. Ese pequeño barrio tan animado a lo largo del día con las señoras, si hacía buen tiempo, sentadas en corros de sillas a las puertas de las casas «chafardeando» y los hombres, que la mitad no trabajaban y la otra mitad estaban en paro, dando vueltas por allí, se convertía en un erial casi antes de que llegáramos. Como si nos oliesen.
Hasta que cambiamos la forma de actuar. El jefe de grupo, un hombre responsable y buenazo donde los haya, determinó que haríamos vigilancias a pie, dando frecuentes paseos por la zona, que al fin y al cabo no serían más de cincuenta o sesenta casas situadas, más o menos, a ambos lados y a lo largo de una especie de calle principal, en ligera cuesta abajo, y con bocacalles pequeñas, como callejones transversales, cada tres o cuatro de ellas.
Esas viviendas bajas, por un lado daban al resto de casas de los típicos bloques con aspecto urbano, como el que todos tenemos en la retina, pero por su espalda se orientaban a un gran descampado en suave pendiente descendente que permitía, si se corría rápido, alcanzar unos sesenta o setenta metros más allá, el resto de la ciudad con sus calles por donde perderse.
Media mañana. «Vamos a dar una vuelta por el lugar por si lo viéramos», pues algún colaborador del distrito nos había dicho que solía ir a «pillar» por la zona. El jefe y tres de nosotros, en dos grupos de dos por la misma calle principal y, más o menos, en paralelo para no llamar mucho la atención, y como digo, a pie. Tarea inútil.
—Buenos días, don Manuel.
Una vecina había salido a la puerta de su casa, a tender unas sábanas entre dos palos altos semiclavados en el suelo de tierra y una cuerda que los unía, casi en mitad de la calle, y nos saludaba.
—Buenos días, María —contestaba alguno de nosotros.
—Hoy la cosa está tranquila —nos informaba otra un poco más adelante, la Paquita, que solía presumir de que ya había ingresos en casa pues tenía a sus tres hijos «colocados en el paro», mientras cerraba la puerta del domicilio y arrastraba el carrito de la compra, camino del mercado.
—¡Gracias! Eso parece —respondíamos.
—Qué, señores, ¿a dar una vueltecilla o qué?
A la puerta de su vivienda, un poco más allá y sentado en su sempiterna silla de enea, nos saludaba el Tío Lejía, un buen hombre ya muy mayor que había sido legionario.
El Tío Lejía, al principio, me tenía despistado porque lo conocí en una temporada que llevaba manga larga (la única en que le vieron así, al parecer), ya que era invierno y estaba algo malucho debido a la edad y a los excesos de la juventud. «Es que de jovencillo he fumado mucha grifa», solía decir cuando tenía algún achaque. Yo veía que los compañeros o incluso algún vecino, cuando se cruzaban con él por el barrio, lo llamaban Tío Lejía por aquí, Tío Lejía por allá…
Hasta que un día pregunté a un compañero:
—Oye, este abuelete, el Tío Lejía como le dice la gente, ¿cómo se llama? Que se me hace duro llamarlo por el apodo.
—Ah, pues si te digo la verdad no lo sé, tú dile Tío Lejía que no se molesta porque el nombre de pila lo desconozco.
—Pero ¿por qué es? ¿Es que trabajó en alguna industria química o de limpiezas?
—No, hombre ¡qué va!
—¿Entonces?
—Es que cuando era muy jovencito, la novia que tenía de siempre se le fue con un guaperas de la zona alta, del barrio de Sarrià o por ahí, y al parecer, sin que se supiese cómo, un buen día desapareció para siempre y, entonces, el Tío Lejía se metió corriendo voluntario a la Legión.
—¿No se supo cómo?
—Eso comentan, ja, ja, ja.
—La Legión en su época debía ser dura.
—Imagínate lo que ha debido pasar. Este hombre es un militar completo, no se ha perdido ni un chusco ni un tiro. La Legión, la Guerra Civil, la División Azul.
—¿También estuvo en la División Azul?
—Y además, intentó reengancharse en ella y como ya no pudo no sé por qué circunstancia, se reintegró a la Legión, que dice que era su verdadera madre. Cuenta y no acaba; cuando le decimos que cómo va con manga corta en invierno con el frío que hace, nos dice que eso no es nada, que para frío, pero frío de verdad, el que paso en el frente de Novgorod, que el invierno del cuarenta y uno fue de los más gélidos del siglo y llegaron a más de 40 grados bajo cero.
—¡Qué burrada!
—Por lo visto, los «señoritos de falange», como él los llama, se helaban y morían en las guardias nocturnas, bueno, como todos los demás.
—Y luego, a la Legión.
—Sí, se volvió a reenganchar y ahí se ha quedado hasta que lo licenciaron por la edad. No te imaginas que vida tan dura ha tenido y lo que ha visto en la guerra. Y las medallas que tiene, hasta la cruz de hierro de segunda categoría. Un día nos enseñó una foto de uniforme que tiene en casa y no le cabían en la guerrera, parecía uno de esos generales rusos o coreanos que ya se las tienen que poner en la pernera del pantalón porque no les queda sitio en la chaqueta, ja, ja, ja. —El compañero reía con aquella voz franca y cordial.
—Parece un buen hombre, ¿no?
—Ya lo creo, de vez en cuando se pasa por la comisaría y hace una discreta parada en la puerta ante el cartel con la bandera de España que hay encima, inclinando un poco la cabeza con mucho respeto.
—¿A denunciar algo?
—No, no, a invitarnos a un vino o una cerveza.
—¡Qué detalle!
—Y a contarnos alguna historia interesante, que tiene que no veas.
—Pues es un mérito, porque con la pensión que debe cobrar.
—Sí, nos da apuro, y antes de que se dé cuenta pagamos nosotros y se enfada.
—Que sepas que a mí, esas historias de guerra me encantan.
—¡Anda! pues el próximo día que nos haga una visita a la «gobi», te vienes a tomar un café con nosotros y él, y verás.
Hasta brigada había llegado, según presumía, y siempre iba en manga corta incluso en invierno, para que se le vieran bien los tatuajes, quizás ya algo ajados por el tiempo, de «amor de madre» «viva la legión» y algún otro que tenía por los brazos y el pecho.
—Hombre, Tío Lejía. Buenos días. ¡Viva España!
—¡Arriba siempre! Señores.
Contestaba con orgullo cambiando, a su manera, la respuesta al saludo. «Es lo que me han enseñado», respondía indefectiblemente encogiendo los hombros, pero sin atisbo de justificación, si acaso con una sonrisa pícara.
—A ver cuándo se viene usted a tomar un vinito, que hace mucho que no se pasa, y además, a este compañero le gusta mucho eso de la División Azul.
—¡Hombre!, pues encantado.
Efectivamente, pocos días después se vino una tarde y nos relató entre café y café (y luego entre cubata y cubata) algunas de sus numerosas aventuras. Eran las diez de la noche cuando cortamos para irnos a casa. Mientras, nos contó que en Rusia, en la doscientos cincuenta división, había conocido a la flor y nata de falange, unos señoritos que fueron los últimos mil kilómetros hasta el frente en coches, mientras que ellos lo habían hecho andando, pero que a la hora de pegar tiros eran como los demás o quizás más valientes y arrojados. Nos contó que había conocido a Agustín Aznar, un preboste gordo de falange, de los que fundaron el SEU y que era amigo de aquel boxeador, Paulino Uzcudun. Por lo visto, era un tipo vital y simpático, médico de profesión además de un campeón de lucha o de judo, pero que iba de combatiente normal como el resto de camaradas, a otro que también era médico, por nombre Muñoz Calero, a otro que era un reconocido ingeniero y de familia noble, llamado Sainz de los Terreros, a Enrique Sotomayor, a uno que le decían De la Iglesia y que luego fue el jefe de la revista La Codorniz, aquélla tan graciosa. A otro que era perito y luego fue actor de cine, llamado Ciges, a otro que fue un director famoso después, un tal García-Berlanga, a los hermanos García-Noblejas, los de la calle de Madrid «pobrecitos, entre que les mataron a un hermano, una hermana y al padre que los tenían en una checa y se los llevaron a fusilar a Paracuellos en la guerra civil, y entre los dos que murieron en Rusia, me parece que solo quedó uno vivo», a Ridruejo, un soriano que era del pueblo aquel del constructor Gil y Gil, el de los Ángeles de San Rafael, que era uno de más importantes pese a su juventud, pero que era muy flojo, que era un pajarillo y siempre estaba malo con fiebre, que él le echaba ganas pero sus propios compañeros, los guripas, que «eran especialistas en irse de bureo por aquellos pueblos», le cuidaban para que no se muriese y le llevaban el equipo pues no podía casi con él porque debía pesar unos cuarenta kilos, o sea, menos que los cachivaches que tenía que llevar, y que se pasaba el tiempo entre el frente y sus idas y venidas a Alemania, a curarse y a ver a su amigo el embajador de España, un conde que luego fue alcalde de Madrid.
