Amante temporal - Emma Richmond - E-Book

Amante temporal E-Book

Emma Richmond

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Beschreibung

Todas las mujeres caían rendidas a los pies de Henry Sheldrake, pero el cínico abogado las consideraba un estorbo. No tenía inconveniente en admitir que las mujeres tenían un lugar en la vida, ¡siempre y cuando no fuera el que él ocupaba! Ghita James era un caso aparte... desde el preciso instante en que la vio, la deseó, y Henry siempre conseguía lo que se proponía. Pero Ghita no estaba interesada en ser tan sólo una amante ocasional, aunque le resultara muy difícil resistirse a él...

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Seitenzahl: 209

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1997 Emma Richmond

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amante temporal, n.º 987 - septiembre 2021

Título original: His Temporary Mistress

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-876-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

CON LA ancha espalda apoyada en la pared, y una expresión bastante cínica, Henry Sheldrake contemplaba a la joven que esperaba para ponerse frente a las cámaras de televisión. Era una especie de Helena de estos tiempos, capaz de botar mil barcos antes de desayunar si así se le antojara. Aunque, probablemente no lo haría, pensó Henry con una escueta sonrisa; los barcos serían poca cosa para una joven que había logrado que una gran compañía la contratara para ser la modelo de una costosa campaña de publicidad. Sin embargo, ahora, la chica daba la impresión de no saber dónde ponía los pies, lo cual sorprendió a Henry.

Habría sido de esperar que la increíblemente bella Milgitha James se mostrara siempre aplomada y segura de sí misma. Tal era la impresión que Cindy le había dado de ella. Sólida, implacable y decidida a dejar su huella en esta vida. A pesar de lo cual, Cindy la apreciaba. Eran amigas del colegio. ¿Por qué? La experiencia indicaba a Henry que normalmente a la mayoría de las mujeres no les agradan las que son muy hermosas. De modo que, ¿por qué Cindy apreciaba a Milghita James? ¿Querría despertar así, indirectamente, en él el deseo?

Con una mueca, sonriendo, Henry siguió contemplando a la joven: sus ojos color avellana, las espesas pestañas, el cabello oscuro, de insólito brillo. Desde la primera vez que la vio en la pantalla no había podido dejar de pensar en ella.

Sintiéndose observada, Milghita se volvió. Sus grandes ojos se encontraron con los de Henry, quien la pudo oír suspirar fugazmente antes de volverse de nuevo con rapidez. «Qué lista eres, Milghita», reconoció Henry en silencio. La mirada de asombro y el rubor de las mejillas eran mucho más efectivas y atrayentes que un coqueteo directo. En caso de que fueran verdaderos, lo que Henry dudaba.

Nada de cuanto Cindy había contado de la deliciosa Milghita hacía esperar que fuera tímida. Aunque lo fuera, Henry la deseaba. Deseaba tocarla, sentirla, paladearla. Siendo como era puntilloso y exigente, Henry había conocido otras muchas mujeres aún más bellas que Milghita y le habían dejado indiferente. Milghita no. Ella despertaba en él… fantasías. La había estado observando durante semanas, y ahora había llegado el momento de conocerla, de hacer realidad aquellas fantasías.

O quizá no. Henry no se sentía particularmente decidido, y la oportunidad de un encuentro en el estudio no debía ser estropeada. De hecho, no podía recordar la última vez que había perseguido a una mujer, ya que eran ellas las que habitualmente lo perseguían a él. Ser deseable y rico no había hecho de él una persona mejor. Sin embargo, a la mayoría de las mujeres que conocía no les interesaba la simpatía, sino la riqueza.

«Eres un cínico, Henry», se dijo. «Sí, lo eres. Y también un hombre que se aburre, se aburre mucho».

Capítulo 1

 

 

 

 

 

QUIÉN ES? –susurró Ghita con cierto nerviosismo. «Últimamente, vaya a donde vaya, allí me lo encuentro».

–Henry Sheldrake –contestó la ayudante–. Y yo que tú me mantendría alejada de él. Ese hombre es peligroso.

–¿Por qué?

–Porque lo es –insistió la ayudante.

–Pero, ¿quién es?

–Un agente literario, que está aquí para saludar a Peter Marshall.

–¿Peter Marshall?

–El autor, a quien ahora están entrevistando.

–¡Oh! –murmuró Ghita, ausente, mientras continuaba mirando a Henry por el rabillo del ojo: alto y delgado, indiferente, elegante. Cabello castaño rizado y un aire de infinito hastío. Un hombre al que había visto en varias ocasiones durante las pasadas semanas. Un hombre que estaba empezando a preocuparla.

Ghita se sentía nerviosa, como siempre que hablaba en directo en televisión; pero ahora, además, se sentía excitada, lo cual le pareció absurdo.

–De acuerdo, vamos. ¿Estás preparada?

Ghita, reparó de nuevo en su ayudante, y la miró con perplejidad.

–Es hora de actuar –insistió la ayudante–. Y no se te ocurra relacionarte con él. Ese hombre es conflictivo. Sencillamente, no aprecia a las personas.

Acompañando a Ghita hacia el interior del estudio, le dio una palmada afectuosa en el brazo y, con una mirada de apoyo, la guió hasta las escaleras que conducían al plató.

Ghita no recordaba la entrevista que le habían hecho; su mente había estado concentrada en un hombre alto de ojos plateados. Un hombre que hacía latir su corazón agitadamente. Y cuando salió del plató, él la estaba esperando.

Milghita se quedó mirándolo, los ojos abiertos por el asombro, y el corazón latiendo apresurado.

–Has dicho que se propones escribir un libro –dijo Henry con indiferencia.

–¿Qué?

–Sí, acabas de decirlo hace un instante.

–¿Ah, sí?

–En efecto.

Y la forma en que Henry la miraba hizo desaparecer todo rastro de sensatez de la mente de la joven.

–Soy agente literario.

–Ya.

Henry le dio una tarjeta de visita y le dijo:

–Ven a verme y hablaremos de ello. ¿Dónde vives?

Ella, desconcertada, sin pensarlo, le dio su dirección.

Henry saludó inclinando la cabeza, y se marchó. Indiferente, arrogante, casi desdeñoso. Sin embargo, la expresión de sus ojos… ¿cómo calificarla?

Imposible saber el tiempo que Ghita permaneció allí, absorta, aunque le pareció que pasaban siglos, hasta que, al oír risas, salió de su ensimismamiento. Miró la tarjeta de visita que sostenía en la mano. Henry Sheldrake, el hombre peligroso, reflexionó.

–¿Aún aquí, Ghita?

Volviéndose, Ghita se quedó mirando a la ayudante con expresión de estar ausente.

–¿Qué?

–Te preguntaba si aún estás aquí; retóricamente, por supuesto, pues es evidente que, efectivamente, estás aquí. ¿Te pasa algo?

–No, nada –negó Ghita de forma automática–. ¿Por qué piensas que ese hombre es un problema?

–¿Quién?

–Él, Henry Sheldrake.

La ayudante, con un gesto de impaciencia, se quedó mirando fijamente a la hermosa chica que tenía delante. La tomó del brazo, y llevándola frente a un espejo la hizo mirarse en él.

–¡Aquí tienes la respuesta! ¡Mírate! En cada rostro de mujer que se cruza en su camino, de los nueve a los noventa años, ese hombre logra dibujar idéntica expresión. Y el colmo es que ¡pareciera que el asunto lo aburre!

–¿Ah sí, lo aburre? –preguntó Ghita con tristeza.

–¡Así es! De modo que no suspires por él; estoy convencida de que las mujeres no le son simpáticas. A decir verdad, por lo que he oído contar, no las trata nada bien. Se dedica a pisotear los sentimientos, las esperanzas y los anhelos de los demás. Sin la menor consideración. Mira, Ghita, vete a casa y olvídate de él.

¿Olvidarlo? Aquel era ciertamente un consejo sensato, aunque se preguntaba por qué se sentía incapaz de seguirlo. Las otras veces que lo había visto, él apenas se había fijado en ella. No obstante, a Ghita, la mera presencia de Henry la hacía temblar.

Ghita se fijó en la dolida expresión de los ojos de la ayudante y, con suavidad, le preguntó:

–¿Tú también?

–¡Oh, sí, yo también! –admitió–. La primera vez que lo vi… me miró, y ya no pude escapar. La esperanza no conoce límites, ¿verdad? –murmuró con ironía–. Y durante un largo espacio de tiempo estuve presa en un mundo donde todo parecía posible. Todo, incluso que el carismático Henry Sheldrake se enamorara de mí. Entonces él, sencillamente, se fue, salió de mi vida como si yo no existiera. Y me pasé semanas sin poder dejar de pensar en él ni un solo instante.

Con una sonrisa más amarga por momentos, la ayudante susurró:

–Resulta patético ¿verdad? Sea lo que sea lo que ese hombre tiene, debería estar prohibido.

Tras un instante en silencio, durante el que pareció que pensaba en él, la ayudante reaccionó y dijo:

–Tengo que irme; cuídate.

Con un vago saludo de despedida, Ghita caminó hasta el aparcamiento. Alta, elegante, atractiva… y, a pesar de todo, una impostora. Porque la verdadera personalidad, el interior de la gente no tiene nada que ver con su aspecto exterior. Sin embargo, la gente se guía y hace sus deducciones por las apariencias, y, así, debido a su trabajo, a su interesante perfil humano, ella tenía que fingir que era como los otros la imaginaban. Al fin y al cabo, para eso la pagaban.

El aparcamiento estaba oscuro. Casi vacío. Con una rápida mirada alrededor, se dirigió con prisa hacia el sitio donde había aparcado su coche. Oyó pasos.

El corazón acelerado, los ojos alerta, atemorizada, Ghita empezó a correr. Últimamente escuchaba pasos con frecuencia. En las sombrías aceras, rondando la casa, al anochecer. Temblándole las manos, logró abrir el coche a la primera, meterse dentro y cerrar la puerta. Odiaba este sentimiento de temor. No poder enfrentarse a aquello que la acechaba.

Puso en marcha el coche, y condujo veloz al exterior, con los ojos fijos en el retrovisor. Nadie la seguía, así que, poco a poco, se fue relajando y empezó a pensar en aquel enigmático hombre de ojos grises.

Condujo hasta el hotel donde había sido alojada. Pidió al conserje que le aparcara el coche en el aparcamiento subterráneo y se registró. El personal la atendía con esmero, pero ella se sentía deprimida. Añoraba ser la de siempre, sonreír, sobreponerse. Hacer algo totalmente extravagante. Pero se sentía acechada, perseguida, y las víctimas… tienden a esconderse.

Cenó en su habitación, y se fue a la cama temprano, sintiéndose momentáneamente a salvo. A pesar del miedo, le dio la impresión de haber pasado la noche pensando en Henry Sheldrake, agente literario. La forma en que aquel hombre la hacía sentirse la atemorizaba, la asustaba, la excitaba. Era peligroso. Ni siquiera era capaz de recordar haber deseado antes a otro hombre. Pero tenía claro que deseaba a éste. Estaba loca. O quizá no. Quizá fuera que necesitaba desesperadamente tener un príncipe azul. Un héroe. Y aquel hombre tenía la materia de la que están hechos los héroes, eso estaba claro.

 

 

A la mañana siguiente, temprano, Ghita fue en automóvil hasta su casa. Estaba cansada, y deseaba darse una ducha, cambiarse de ropa y dormir unas horas, pues la noche pasada no había dormido nada bien. Al llegar a su casa, y ver a dos policías y a su vecina en el exterior, se sintió tentada de seguir conduciendo para buscar la protección de un hotel otra noche más. Al parar, se quedó mirándolos, y ellos se volvieron para mirarla con expresión seria. ¿Qué habría sucedido?

Un policía se le acercó y le preguntó:

–¿Señorita James?

–Sí –contestó Ghita, preocupada.

Consultando su cuaderno, el policía dijo:

–¿Señorita M. James?

–Sí, Ghita.

–¿Ghita? –inquirió como si dudara.

–Sí, es el diminutivo de Milghita. ¿Qué sucede?

La sonrisa del agente parecía más bien una mueca.

–Mejor véalo por sí misma.

Ghita salió del coche, preocupada, sintiéndose como enferma y vio lo que ocurría. Alguien había escrito «bruja traidora» en la fachada de su casa. Las letras eran grandes y claras y estaban pintadas en rojo. Y tanto si se hizo a propósito como si no, lo cierto era que impresionaban más por el hecho de que la pintura, en algunos puntos, había escurrido pared abajo, como si fuera sangre.

Durante un rato, nadie dijo nada; se limitaron a mirar la pintada.

–Parece aficionado a la pintura, ¿no? –murmuró Ghita inoportunamente–. La última vez usó el amarillo para poner perdido mi coche. La vez anterior escogió el azul para el buzón del correo. ¿Cuándo ha sucedido?

–No lo sabemos con exactitud. Un coche patrulla pasó por aquí justo después de la medianoche y no había nada. Su vecina nos avisó hace un rato. Es imposible estar de guardia las veinticuatro horas del día –se disculpó–. No tenemos medios suficientes.

–Comprendo –con un profundo suspiro Ghita se volvió hacia el joven agente que estaba detrás y dijo–: Gracias de todos modos.

El agente asintió. Parecía tan desamparado como ella misma.

–Ya ve que no hay nada que podamos investigar –dijo.

–Lo sé. Las llamadas anónimas eran más fáciles –dijo Ghita sin convicción, como si hiciera una broma. No es que tuviera ganas de reír. De hecho, hacía mucho tiempo que no sentía deseos de hacerlo–. Esto está empeorando, ¿no les parece? Primero las llamadas telefónicas, luego cartas ofensivas dejadas en mi buzón… Si no hubiera dado orden de interceptar las llamadas y el correo, a lo mejor no se le hubieran ocurrido otras cosas.

–Lo extraño es que yo no he oído nada de nada –exclamó Jenny, vecina de Ghita–. Lo siento mucho.

–Tú no tienes la culpa. Por lo menos, se agradece saber cuál es mi supuesto pecado, ¿no? Al parecer soy una traidora. No es preciso que se queden más tiempo –dijo Ghita al policía–. Realmente no pueden hacer nada, ¿verdad?

–Lamentablemente así es. Mientras no sepamos de quién se trata…

–En efecto.

El agente hizo un extraño ademán hacia su gorra, apenas un saludo, y se fue para reunirse con su compañero, que esperaba en el coche.

–Vino alguien más –dijo Jenny en voz baja, con el aire de quien quiere dar todas las malas noticias de una vez.

–¿Qué dices?

–Hace unos minutos. No sé adonde ha ido… es decir, su coche aún está ahí.

Ghita se giró para mirar, y como no reconocía el Mercedes plateado, se encogió de hombros.

–Algún entrometido, supongo.

–Bueno, su aspecto no era precisamente el de un entrometido –aclaró Jenny, y Ghita se asombró al darse cuenta de que su amiga se sonrojaba–. Él era, ¿cómo decirlo? Bueno, bastante impresionante. Uno de esos hombres que te hacen sentirte… desesperada.

–¿Desesperada?

–Estaba buenísimo. ¡Oh Ghita, era el hombre más atractivo que he visto en mi vida! Con aspecto de estar aburrido…

Repentinamente alarmada, Ghita susurró:

–¿Aburrido?

–Sí –dijo una voz neutra a sus espaldas.

Ambas se volvieron rápidamente. Jenny, avergonzada, y Ghita, asombrada.

Aquellos ojos grises se identificaron sin necesidad de palabras.

Aturdida, Ghita se dio la vuelta y se quedó mirando la fachada de su casa. Se sentía estúpida, sorprendida. Algo temblorosa.

–No es muy amable –comentó Henry, mirando lo que había escrito en la pared–. Al otro lado de la casa no hay nada.

Decididamente desconcertada, Ghita de nuevo giró la cabeza hacia él, y dijo:

–¿Qué?

–Digo que no han pintado nada en la parte trasera de la casa –Henry saludó con la cabeza a Jenny, apartó a Ghita a un lado, con cuyo roce produjo una verdadera conmoción en todo su cuerpo, abrió la verja y recorrió la entrada hasta la puerta principal. Allí, extendiendo un fino dedo, tocó la pintura roja.

–¿Lo conoces? –dijo Jenny ahogadamente–. No me he sentido tan avergonzada en toda mi vida. Estoy segura de que ha oído lo que dije de él.

–Seguramente sí –asintió Ghita mientras miraba preocupada al hombre en la entrada de su casa.

–Pero, ¿quién es? –insistió Jenny.

–Es Henry Sheldrake. Te veré más tarde. Gracias Jenny.

Ghita caminó hacia Henry, que seguía esperando, pero Jenny la llamó nerviosa:

–¡Ghita!

Y ella volvió sobre sus pasos.

–¿Pero realmente lo conoces? –preguntó preocupada y en voz baja para que Henry no la oyera.

–Bueno, sí…

–No pareces muy convencida –y añadió decidida–: Si oigo ruidos en tu casa… ¡cualquier tipo de ruidos! Me presento allí sin dudarlo.

–Pero, ¿qué dices? ¡No es posible que él sea el que me persigue!

–¿Por qué no? ¿Sólo porque es bien parecido?

–No, no por eso. Pero se trata de un agente literario, respetado y bien conocido. Si fuera el maníaco, resultaría extraño que tuviera la osadía de venir a verme, ¿no? Gracias de todos modos. Te veré luego.

Él no era el maníaco, era absurdo pensarlo. Tratando de evitar todo contacto visual con Henry, Ghita recogió el correo y abrió la puerta de la casa, ignorando, o más bien tratando de ignorar, el hecho de que él la seguía. Cruzó el pequeño recibidor y fue hasta la cocina. Le latía el corazón con demasiada fuerza, y se sentía algo mareada, pero era preciso sobreponerse. Al fin y al cabo ella era la «chica Varlane». La chica de la portada aquel año. Se suponía que era alguien competente, sofisticada.

De acuerdo. Tan eficaz como un escarabajo patatero, pensó al borde de la histeria. ¿Qué era exactamente lo que deseaba aquel hombre? ¿Qué quería de ella? Porque una cosa era tener fantasías acerca de él y otra muy diferente tenerlo allí delante, en su propia casa.

Se sentó a la mesa y puso cara de eficiencia, intentando concentrarse en ojear el correo. Henry se la quedó mirando y luego se acercó hasta el teléfono. Levantó el auricular.

–Por favor, siéntete como si estuvieras en tu propia casa –dijo ella con sarcasmo.

–Gracias.

–Y, por supuesto, no es preciso que me digas qué es lo que estás haciendo, ¡no!

–Estoy llamando a un amigo mío para que limpie la pintura de la fachada.

–¡Pero yo no quiero que lo haga! ¡Soy perfectamente capaz de hacerlo por mí misma!

–Estoy seguro de ello –asintió Henry sin dejar de marcar el número.

Ghita lo miró airadamente. ¡Nada le fastidiaba tanto como que le dieran la razón de esa forma! Especialmente cuando quien te la daba era tan insufriblemente engreído. Además, recordó que la ayudante del estudio le había contado que a aquel hombre le disgustaba la gente, le desagradaban las mujeres. Así que, ¿qué estaba haciendo allí?

–Ni siquiera sé qué es lo que haces aquí –se quejó.

–Pasaba por aquí –dijo él mientras esperaba a que alguien contestara su llamada–. Mi despacho no está lejos. Vi lo que pasó y paré, igual que habría hecho cualquiera.

–No, cualquier otro no hubiera parado, habría seguido conduciendo. ¿Acaso has venido conduciendo desde Manchester?

–No, vine ayer por la noche.

–¡Ojalá hubiera hecho yo lo mismo! –murmuró ella malhumoradamente–. Quizá entonces no habría ocurrido nada. O por lo menos podría haber visto quién lo hizo.

–En efecto.

–¿Sabes lo irritante que resulta la situación? –preguntó ella.

Henry hizo caso omiso y empezó a hablar con suavidad y concreción en el teléfono. Además, incluso en el caso de que realmente él hubiera pasado por allí casualmente, no tenía por qué entrar en la casa. Ni meter su elegante nariz en asuntos que no eran de su incumbencia. Habían quedado en que ella lo llamaría a él, no al contrario.

Ghita esperó inquieta hasta que Henry terminó de hablar por teléfono, y con una agresividad acaso excesiva, exclamó:

–Quedamos en que yo me pondría en contacto contigo, no al contrario.

Él colgó el teléfono, se apoyó en la pared y la observó pensativo.

–Y la chica del estudio me dijo que… –Githa, avergonzada, interrumpió la frase.

–¿Qué fue lo que te dijo… ? –preguntó él.

–No tiene importancia –refunfuñó ella.

–¿Que soy el hombre más odiado de Londres? ¿Te dijo eso?

–¡No! No –golpeando inconscientemente los tobillos entre sí, los dedos tableteando sobre la mesa, Ghita murmuró–: Ella sólo dijo que eras… un agente literario.

–¿Y no te dijo que soy admirado, envidiado, brutalmente mordaz y no especialmente apreciado por mis semejantes? ¿No te dijo que poseo una lengua viperina y que me tienen sin cuidado las críticas?

–No –musitó Ghita–. Sólo dijo que eres peligroso.

–Dime, ¿cuándo empezó todo este asunto de la persecución?

Ghita interrumpió el movimiento mecánico de sus tobillos, miró hacia abajo y retiró de la superficie de la mesa una pequeña astilla.

–El maníaco, sea quien sea, al principio se limitaba a respirar al otro lado del teléfono; después llegaron las cartas amenazadoras… los envíos de cosas que yo no había comprado, las visitas de vendedores a los que no había avisado… realmente, más que nada, eran las molestias… pero luego la cosa fue a peor: ruido de pisadas por la noche, pintadas en mi coche, en el buzón… razón por la cual decidí sellarlo y sustituirlo por una simple cesta frente a la puerta. Es Jenny quien se encarga de vaciarla cuando yo estoy fuera.

–Y la policía ¿no puede hacer algo al respecto?

–No. Patrullan cuanto les es posible, y vigilan la casa a ratos, pero no pueden hacerlo permanentemente.

–¿Tienes alguna idea de quién pueda ser?

–Ah, si supiera quién es… –explotó Ghita–. Sería capaz de…

«¿De qué?», se preguntó a sí misma. «¿De matarlo?». Se reclinó en la silla, dando un profundo suspiro de impotencia, y se quedó mirando a Henry; pero tuvo que apartar la mirada de aquellos ojos, pues eran demasiado penetrantes y, en ese momento, no contribuían a su equilibrio.

–No permitiré que me derrote –dijo Ghita–. ¡Tres largos meses! ¿Cómo es posible que alguien haga esto, se moleste en algo así? ¡Es como si nunca fuera suficiente! ¡Además, el que lo esté haciendo ni siquiera puede ver cómo me afecta!

Lo cierto era que aquello estaba afectando a su trabajo, a su vida social…

–Cálmate.

–¡Lo estoy!

– No, no lo estás. De hecho, tienes tics, te mueves involuntariamente…

–Pues claro, ¿Qué esperabas? ¡Estoy asustada! ¡Tan pronto llego a casa me encuentro con problemas…

–Márchate una temporada.

–¡Lo voy a hacer! –exclamó enfadada–. Una amiga me presta su casa de campo unos días.

–¿Dónde?

Mirándolo enfadada, Ghita, aplomada, dijo:

–¿Por qué habría de decírtelo? ¡Por lo que sé, tú podrías ser el que me persigue!

–No es mi estilo –negó Henry, con tranquilidad–. ¿Quién es esa amiga, acaso Cindy?

Ghita se quedó mirándolo atónita, mientras él, sonriendo, con una pizca de burla en los ojos grises, dijo:

–¿Quiere saber cómo es que conozco a Cindy? Somos viejos amigos.

–¿Desde cuándo?

–Oh, desde siempre. ¿Nunca te ha hablado de mí?

–No –contestó.

Hubiera querido gritarle que no le hablara en ese tono suave y afectado. Que no sabía qué quería decir, ni cuáles eran sus intenciones.

Henry la miró con algo especial, indefinido, flotando en los ojos, algo difícil de interpretar. ¿Acaso se sentía atraído por ella? ¿Igual que ella se sentía atraída por él? Era difícil de afirmar. Ningún hombre antes la había hecho sentirse tan confusa.

Y había hecho lo mismo con la chica del estudio, para luego… sencillamente irse. Aquella chica le había contado que él no apreciaba a las mujeres, que lograba confundirlas a todas. ¿Acaso se estaría riendo de ella? ¿Pretendiendo ridiculizarla?

Confusa, Ghita trató de recordar dónde habían dejado la conversación.

–¿Te sugirió Cindy que vinieras a verme?

–No –negó él en ese tono tranquilo que tanto la molestaba.

–Entonces, ¿por qué lo has hecho? ¡Y no me repitas ese cuento de que me diste la tarjeta sólo porque se me ocurrió decir en la entrevista lo del libro!

Con un brillo de fugaz diversión en los ojos, Henry dijo admirativamente:

–Lo has dicho sin respirar.

–¡Mira! –dijo Ghita, fuera de sí–: ¡Te aseguro que no me gustan las indirectas, ni las ambigüedades! ¡Si quieres decir algo, hazlo sin rodeos!

Mirándola con detenimiento, sin prisa, y una tenue sonrisa en los ojos, dijo:

–Te deseo.

Ghita estaba impactada, la mirada fija en él… y la contenida atracción que manifestaban los ojos de Henry le cortó la respiración obligándola a retirar precipitadamente la mirada.

–No seas absurdo.

–¿Por qué dices que es absurdo?

–¡Porque lo es! ¡Ni siquiera me conoces!

–Pero deseo conocerte –dijo suavemente–. Desde la primera vez que te vi… has despertado un ensueño, un deseo, que no logro apartar. No quería hacer nada al respecto –dijo riéndose de sí mismo– pues, normalmente, es preferible dejar los sueños como son. Pero Cindy me dijo que te conocía, que habíais ido juntas al colegio, y entonces el sueño empezó a parecer posi…

–¡No!

Ghita estaba trastornada, sin aliento, porque los hombres no se comportaban de esa forma. ¡Los hombres no eran tan directos! ¡No solían acercarse y reconocer sin más que te deseaban! Solían ir poco a poco… una sonrisa, una carta…

–¿Sabe Cindy algo de esto?

–¿De mis sentimientos? No.

–¿No fue ella quien te dijo que me buscaras?

Ghita se mesó el cabello nerviosamente, las manos presionando con fuerza el cuero cabelludo… en realidad deseaba salir corriendo de allí antes de que fuera demasiado tarde.

–No. Vete una temporada a la casa de campo –apremió él con tranquilidad.

Ghita lo miró aún desconcertada, atemorizada, y, apartando los ojos, murmuró:

–Dices que hace tiempo que la conoces.