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Tras una boda apresurada, Sara y Jed perdieron el bebé que esperaban y, con él, la razón de su matrimonio. Sara sabía que estaba profundamente enamorada de su marido, pero la actitud fría, distante y reservada de Jed le hacía pensar que él ya no la amaba. Después de unas semanas de formal convivencia, la situación se volvió intolerable para ambos y llegó la ruptura de la pareja. Uno de los dos debía tomar una decisión, pero, ¿quién? ¿Podrían, al fin, superar aquella crisis y darle otra oportunidad al amor?
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Seitenzahl: 138
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Emma Richmond
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un paso en falso, n.º 1151- abril 2021
Título original: Marriage for Real
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-444-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
SARA trataba de controlar las ganas de llorar, mientras observaba desde arriba al hombre que luchaba por bajar las escaleras. Era John Erskine Dan, Jed para ella, su marido. Había en él una determinación envidiable y feroz, una negación rotunda a permitir que el dolor de la pierna pudiera con él. Pero, ¿cuánto espacio podría recorrer ese día? ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Hasta el cruce?
Lo quería, y lo quería tanto que hasta le dolía lo que sentía. Pero amarlo así no servía para quitarle el dolor, ni para borrar lo sucedido.
No podía culparlo por el modo en que se estaba comportando. No era culpa suya. Nada de aquello lo era.
Al desaparecer a lo lejos, Sara se quedó mirando el lago. La lluvia rizaba la superficie y se colaba entre las ramas de los árboles.
El médico le había dicho que debía de tener paciencia. Pero ya habían pasado seis semanas, casi siete y todavía sentía aquellos arrebatos repentinos en que el llanto fluía por sorpresa, y aquel intenso dolor en el pecho.
Quizás deberían de haber vuelto a Bavaria para estar con sus amigos. Pero a Sara le habría resultado difícil soportar las miradas compadecidas y el exceso de amabilidad. Al menos, allí no conocía a nadie. Jed sí, pues había crecido en aquel lugar.
—¿Necesita que haga algo más, señora Dane?
El suave acento escocés la sobresaltó, pero no se volvió.
—No, gracias, señora Reeves.
—Entonces, me voy.
—Bien.
La puerta se cerró y ella continuó mirando por la ventana. En aquel lago no había monstruos, los monstruos solo estaban en su cabeza. Tenía que lograr superar todo aquello…
La señora Reeves debía de pensar que era fea e insignificante. Lo más probable era que compadeciera a Jed por tener una esposa así. Sara habría querido poder decirle que no era así, que no siempre tenía ese aspecto patético y desaliñado, pero no acertaba a encontrar el modo de dar aquel tipo de detalles a alguien que no se los habría preguntado jamás.
Habría otros bebés, se decía una y otra vez. La próxima vez todo iría bien. Pero, ¿cómo iba a haberlos, cuando su marido dormía en otra habitación? ¿Cómo podría haber una próxima vez, si él ni siquiera se dignaba a hablar con ella?
Aquellos momentos de cariño, aquellas risas juntos parecían pertenecer a otra vida. Y, sin embargo, Sara todavía podía recordarlas. Se veía a sí misma feliz, confiada…
Sara tenía el pelo castaño claro y rizado, y le enmarcaba el rostro pequeño y aniñado. A pesar de su aparente fragilidad, de su figura delgada y fina, era una mujer fuerte. Siempre había sabido lo que quería y, en aquel momento, lo que quería era a Jed. No lo quería de un modo frío y calculador, no había intentado atraparlo. Desde el primer momento en que lo había visto, había querido que fuera suyo.
Después de acabar sus estudios, se había dedicado a viajar durante tres meses, con el dinero que su abuela le había cedido generosamente. Había recorrido Norte América, el lejano Oriente, China, Colombia, Australia y, después, había regresado a Europa.
Casi rubia y bronceada por el sol de las antípodas, había viajado a Bavaria, donde había conocido a Jed.
—¿Qué he ganado qué?
—Un viaje en globo.
—¿Un viaje en globo?
—Sí —dijo el joven sonriente, con aquellos ojos de un azul intenso, llenos de luz—. ¿Estás preparada?
—¿Preparada? —preguntó sorprendida—. ¿Pero es ahora?
—Sí, ahora mismo.
—Si acabo de llegar.
—Lo sé —le agarró la bolsa y echó a andar en dirección a un Land Rover que tenía el dibujo de un globo en un lado. Sara lo seguía divertida por la situación. De pronto, se echó a reír. Aquello era increíble.
—¿Nerviosa? —preguntó él.
—No —respondió ella—. Más bien atónita. ¿Y cómo puedo saber que lo que dices es verdad?
—Porque enseguida verás el globo y a un montón de gente —él sonrió, metió la marcha y arrancó el coche.
—Puedes dejar la maleta en el coche —dijo con absoluta firmeza, dando por hecho que iba a cometer la locura de subirse al globo.
Sara tomó la cámara y la riñonera con su dinero y su pasaporte.
—No he comprado un número de rifa ni nada por el estilo —dijo pensativa.
—No, claro que no. Pero tenemos un sitio de sobra y queríamos ofrecérselo a alguien. Te hemos visto bajar del autobús y nos has parecido el tipo de persona dispuesta a divertirse con algo así.
—Sí, y es verdad, pero…
El globo se erigió ante ellos, y Sara se sorprendió de su tamaño. Era mucho más grande de lo que había esperado.
Le presentaron al resto de los pasajeros, a la navegante y al piloto. Todos hablaban muy bien inglés, lo que agradecía, pues no hablaba una palabra de alemán. Les contaron lo que debían hacer en diferentes situaciones, incluyendo la posición que debían adoptar si el globo aterrizaba forzosamente. Tenían que bajar la cabeza cuando el globo se inflaba. No le extrañaba que el piloto y la navegante llevaran sombreros, el calor era muy fuerte.
El globo comenzó a ascender, lenta y silenciosamente. De un modo casi imperceptible, se fue alejando de la tierra.
Les permitieron ponerse de pie, una vez que el globo estuvo completamente hinchado, y todos miraron hacia abajo. Se elevaban con suavidad, y el paisaje, lleno de sombras y luces, se divisaba colorido y hermoso desde allí. Siempre había querido conocer Bavaria y, sin duda, aquel era un modo estupendo de hacerlo.
El conductor que la había llevado hasta allí, los saludó desde abajo, y todos respondieron como niños entusiasmados.
Sara tenía una extraordinaria sensación de paz que no había vivido nunca. Aparte de los pequeños intervalos en los que la llama ardía violenta, solo había silencio. Se oyó un perro a lo lejos y Sara sonrió. Nadie hablaba. Era un momento de armonía y vacío sonoro que nadie quería romper, un momento para pensar, para reflexionar sobre la insignificancia del ser humano.
Se movieron lentamente en la cesta, cediéndose lugares, para que todos pudieran tomar fotografías y disfrutar de la mejor vista. El piloto comenzó a explicar en alemán y en inglés dónde estaban, mientras señalaba los diferentes pueblos que se veían en la distancia.
Sara apenas si prestaba atención, sumida en la maravillosa sensación de disfrutar de aquel intenso azul del cielo al anochecer. Habría sido capaz de estar allí para siempre, sintiéndose libre. Trataba de imprimir todo aquello en la memoria, como un recurso para mantener aquella sensación eternamente.
La hora que les habían concedido pasó deprisa y el sol desapareció en el horizonte. Les pidieron que sujetaran bien los monederos y todas sus pertenencias, pues estaban a punto de empezar el descenso.
—¿Aterriza en cualquier sitio? —preguntó Sara.
—A veces sí —se rio el piloto—. Cuando el viento sopla con mucha fuerza, es difícil controlar el globo, así que buscamos algún lugar en el campo, donde no haya cables de alta tensión. La mayoría de los granjeros ya nos conocen, así que, de vez en cuando, les ofrecemos un viaje gratis en agradecimiento…
Interrumpió la conversación. El piloto miró abajo y les dijo que se agacharan. Habló con la navegadora, quien trataba de contactar con alguien a través del walkie-talkie. Sara entendió algo sobre un viento de diez nudos y, de pronto, se balanceó al sufrir una aceleración. En cuclillas no podía ver lo que estaba sucediendo abajo, así que se preparó para lo que pudiera pasar.
La rama de un árbol rozó el lateral de la cesta y golpearon algo. La cesta tocó tierra y, estúpidamente, Sara asumió que ya habían llegado, cuando, de pronto, un brusco movimiento la lanzó hacia el hombre que tenía al lado. Una vez más, la cesta golpeó el suelo varias veces, hasta que, por fin, se detuvo y Sara se cayó al suelo.
Desde allí, con magulladuras y desorientada, vio como todo el mundo se levantaba. Se relajó poco a poco y se puso de pie. Alguien que acababa de llegar la ayudó a levantarse. Ella se volvió. Unos ojos verdes e hipnóticos la miraban.
—¿Se ha hecho daño? —le preguntó.
—¿Es usted inglés?
—Sí. ¿Y bien?
—Sí.
—¿Se ha hecho daño?
—No, quiero decir que soy inglesa. ¿Salimos de aquí?
—Sí, claro.
Con aire solemne y serio seguía siendo el hombre con los ojos más impactantes que había visto nunca. Tenía un gesto cínico y burlón, era maduro y experimentado. También competente, como alguien que lo hubiera visto y vivido todo. Quizás así era. Desde luego era muy atractivo y su rostro le resultaba algo familiar.
Mientras la ayudaba a levantarse, Sara no podía apartar la vista de él. Nunca, en sus veinticuatro años de vida, se había sentido tan confundida y poseída por alguien.
Él, sin embargo, después de ayudarla a salir, la soltó y se alejó. Por algún motivo, la había mirado como si no le gustara.
De pronto se dio cuenta de que todo el mundo estaba ayudando a desinflar el globo y Sara buscó rápidamente su cámara que todavía estaba dentro de la cesta.
Instintivamente, se volvió hacia el extraño que la había ayudado y le sacó una foto mientras trabajaba con los demás. Miró de un lado a otro antes de sacar la siguiente, para asegurarse de que nadie la veía. Después, se acercó a ayudar con el globo.
—¿Te parece interesante? —le preguntó una voz de mujer.
Sara se volvió y vio a una mujer joven, de pelo rubio, junto a ella.
—Soy Gita —se presentó—. Vivo en el pueblo más cercano.
Sara sonrió y le tendió la mano.
—Soy Sara Beverly, de Inglaterra. Y sí, me parece muy interesante.
—A nosotros también. Se llama Jed. Es famoso, su nombre es John Erskine Dane. Ahora es escritor. Nos gusta mucho.
Pensativa y ausente, Sara empezó a doblar el globo, mientras trataba de recordar de quién se trataba.
—¿Es John Dan, el corresponsal? —lo había visto en la televisión, en reportajes sobre guerras, huelgas, etc… Desaliñado y, en ocasiones sin afeitar, aparecía ante las cámaras y contaba lo sucedido allí—. ¿Ahora es escritor? —preguntó Sara.
—Sí —respondió Gita, mientras las dos miraban al atractivo hombre que recogía el suave material con maestría.
—¿Vive aquí?
—Sí. Lleva un año viviendo aquí. Jed estaba dando una vuelta y vio el globo aterrizando y se aproximó a ayudar. Quizás algún día pongamos una placa diciendo que escribió alguno de su best-seller aquí, en Bavaria.
—¿Le gustaría eso?
—No, no creo. Es un hombre muy reservado y le gusta mantener su intimidad a buen recaudo. No le agradan las extravagancias. Le gusta pasear por las montañas y sentarse en el café. Allí tratamos de no molestarlo, pues pensamos que está sumido en la creación de otra novela. Usted no lo va a molestar, ¿verdad?
Sara pensó que estaría encantada de hacerlo, pero no del modo en que Gita pensaba.
—No —dijo Sara—. No lo molestaré.
Sara apoyó la cara contra el cristal y se preguntó qué había sido realmente lo que había sucedido, si ella había alterado su vida tanto como él había alterado la de ella. Todavía entonces, su rostro inteligente, sus manos, largas, de dedos ágiles, tenían la habilidad de provocar todo tipo de emociones en ella. Llevaba el pelo largo y descuidado, siempre necesitado de un buen corte.
Sara nunca terminó de recorrer Europa, se quedó a vivir y a trabajar en Bavaria. Al principio, se aseguraba a sí misma que no era por Jed, pero, en el fondo, siempre había sabido que se había enamorado desde el primer momento.
«¿Y qué está sucediendo ahora?», pensó. No lo sabía.
Dentro de poco anochecería, él volvería a casa a cenar y luego se irían a la cama, cada uno a la suya. Habría sido un día más, otro día que pasaba sin la esperanza de que nada excepcional ocurriera.
Oyó la puerta trasera. Acababa de llegar. Sintió miedo, porque no estaba preparada para enfrentarse a él otra vez, todavía no. Se iría a dar una vuelta, sí, eso era.
Sin esperar para dar explicaciones, agarró el chubasquero y se apresuró a salir por la puerta principal. Bajó las escaleras y partió en la misma dirección que Jed había tomado.
Estaba lloviznando y el pelo se le estaba mojando. La gravilla bajo sus pies entorpecía sus pasos. Se cansaba demasiado pronto, no como antes. Le faltaba oxígeno. Empezó a sentirse mareada, se detuvo y buscó un sitio en el que sentarse a descansar. Localizó una roca.
Tenía la mente en blanco y miraba al vacío.
«Estás siendo una necia», se dijo. «Lo que tienes que hacer es hablar con él, explicarle lo que sientes. Tienes que preguntarle cómo se siente él… Porque ese es el verdadero problema, ¿verdad?»
Sí, tenía miedo de lo que le pudiera responder. Sara tenía la sospecha de que él ya no la amaba.
Un reactor atravesó el cielo a toda velocidad, y la asustó con ese sonido atronador que ensordecía. Sara odiaba ese ruido. Tenía la sensación de que jamás se podría acostumbrar al impactante ruido de aquellas bestias voladoras. Se llevó la mano al corazón. Se le había acelerado.
El ruido de unas pisadas la sobresaltó también. Se volvió abruptamente. Era solo un niño, de unos doce años, que la miraba fijamente. No dijo nada y ella tampoco. Se examinaron en silencio durante unos minutos, hasta que él se sentó sobre la mochila y se cruzó de brazos.
—Se irán enseguida —dijo, con resignación burlona.
¿De quién hablaba? ¿Quién había de irse enseguida? Miró en la misma dirección que él y vio a dos niñas, que se reían tontamente. Sara no quería implicarse en aquel juego, no quería que la molestaran.
—¡Me están volviendo loco! —dijo el niño con un suspiro cansino.
—¿Quiénes son? —preguntó ella casi sin querer.
—Son de mi colegio —respondió el niño con un gesto de desprecio—. Quieren saber dónde vivo. Pero si se enteran, va a ser un infierno.
Agarró un puñado de piedras y las lanzó al agua. Levantó la vista y la miró.
—¿Es usted la señora que vive con Jed?
—Sí. ¿Lo conoces?
El niño asintió y miró furtivamente a las chicas.
—¿Qué hora es?
—No lo sé —respondió Sara—. Pero más de las tres y media.
—¿Se le curará la pierna?
—¿A Jed? Sí, claro.
—Mi madre me ha dicho que fue un accidente de coche.
—Sí, lo fue.
—¿Por eso está usted tan triste? Mi madre dice… —avergonzado de algo que iba a decir, se detuvo.
—¿Qué dice?
—Que usted llora mucho. ¿Es usted de Londres?
—No, de Surrey —dijo Sara—. Pero he estado viviendo en Bavaria.
—¿Dónde está eso? —preguntó el pequeño sin demasiado interés.
—En Alemania. Creo que ya se van.
—¿Qué? ¡Ah, bien! —miró a las chicas y vio que, efectivamente, se alejaban. Se levantó y se puso la mochila en la espalda—. Adiós.
Miró al niño mientras se alejaba. Bueno, aquello había sido algo. Al menos, había hablado con alguien. Suspiró y se puso de pie.
¿Cómo sabía su madre que ella lloraba mucho? ¿Se lo habría dicho la señora Reeves? ¿Lo sabría todo el mundo en aquella comunidad? Al llegar a la calle, vio que habían encendido las farolas y que la lluvia brillaba al caer.
El chico se había ido, junto a su madre. Se preguntó si alguna vez había seguido a algún chico a su casa. No, claro que no. Siempre había sido al revés, hasta que apareció Jed.
Subió las escaleras y abrió la puerta. Jed la estaba esperando.
—Estás empapada —le dijo—. ¿Te encuentras bien?
—Sí. He conocido a un niño. Lo perseguían dos niñas.
Jed sonrió ligeramente.
—Sí —respondió—. Las niñas pueden ser bastante malas a veces.
