La mujer adecuada - Emma Richmond - E-Book

La mujer adecuada E-Book

Emma Richmond

0,0
2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Cuando el famoso empresario Nash Vallender heredó una casa medio en ruinas, decidió que era hora de sentar la cabeza. Tenía una casa, dinero... todo lo que necesitaba era la mujer adecuada. Y, sin duda, la más adecuada era Phoenix Langrish, una preciosa morena de piernas interminables. La única mujer de la que Nash había estado a punto de enamorarse. Pero Phoenix no estaba dispuesta a olvidar que él la había abandonado, dejándola sumida en la tristeza, cuando sólo tenía dieciocho años. Sin embargo, Nash lo tenía todo pensado, y sabía cómo conseguir que una mujer dijera "Sí, quiero" cuando lo que realmente quería decir era "no".

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 153

Veröffentlichungsjahr: 2021

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Emma Richmond

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La mujer adecuada, n.º 1396 - noviembre 2021

Título original: One Bride Required!

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-183-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

NASH VALLENDER no sabía que era un héroe. Al menos no lo había sabido hasta que, muy recientemente, había sufrido un ataque de locura temporal. Apoyándose en la puerta de la verja medio derruida, con el pelo oscuro rizado por la brisa y los ojos grises llenos de melancolía, miró fijamente las ruinas que se alzaban delante de él.

Oddly Manor. Aquella casa solariega, de nombre tan raro, se inclinaba de forma tan extraña como su nombre hacia un lado, y lo más raro de todo era que le pertenecía. Una tía lejana, tanto que casi no la recordaba, se la había dejado porque, según decía en el testamento, era valiente. Nash no había entendido lo que el notario había querido decir con eso, pero en aquel momento lo comprendía perfectamente. No se refería al sentido de valentía física, sino en el sentido de resistencia mental. Tuvo que soportar la avalancha de cartas y visitas de los habitantes del pueblo pidiéndole que no la vendiera, sino que la restaurara, la persistencia de los constructores para que se deshiciera de ella, hablándole como si le estuvieran haciendo un favor. Los albaceas le habían hablado de la presión que había sufrido su tía para vender. De hecho, todo el mundo era de la misma opinión: lo mejor era deshacerse de ella. Lo que Nash debería haber hecho.

No era un romántico y nunca le había preocupado la degradación de la campiña inglesa, pero odiaba que le presionaran. Por eso, tras haber hecho pedazos el sueño de los constructores de usar la tierra para construir casas y haberse convertido en el defensor de los habitantes de Mincott Oddly, el pueblo donde estaba la casa que había heredado, se preguntaba qué diablos era lo que iba a hacer con aquella ruina.

Sin embargo, se le ocurrió que si un pariente, aunque fuera lejano, le consideraba valiente, tendría que hacer todo lo posible para no decepcionarlo. Pero aquello le iba a costar mucho dinero, no sólo la restauración de la casa, sino descubrir quién tenía tantas ganas de derribarla. Porque eso era lo que alguien estaba intentando hacer.

Las ventanas estaban rotas, las tejas se caían del tejado con alarmante regularidad. Los cables pelados hacían que se produjeran pequeños fuegos, o al menos eso era lo que le habían dicho. Una piedra del tejado había estado a punto de herir a uno de los habitantes del pueblo, que hacía las labores de vigilante. Por supuesto, todo el mundo pensaba que los sospechosos de aquel sabotaje eran los constructores. Pero no había pruebas. Por eso, Nash le había dejado un mensaje en el contestador a un detective privado que él había contratado en otras ocasiones.

Con tristeza, miró la hiedra que iba cubriendo poco a poco las piedras de la casa y el tejado medio hundido del ala este. En realidad, podía haber vendido la casa. El precio de la tierra había subido de nuevo y podría haber pedido, y probablemente le habrían dado, más de doscientas mil libras por ella. Nash era uno de los hombres de negocios más respetados de Londres y se estaba comportando como un loco. Ni en un millón de años hubiera soñado que querría conservar una casa medio derruida que sólo servía para demolerla. Tenía una superficie de unos cuarenta mil metros cuadrados, como la zona pantanosa de Nettlesham, pero a nadie en sus cabales se le ocurriría quedársela.

Él era un hombre que se había hecho cargo de multinacionales y había tenido éxito, que había bajado los rápidos en un barco tan ligero como una piel de plátano, y, aunque le gustaban los riesgos, convencerse de que aquello sólo era un desafío más y no una locura le resultaba muy difícil.

Sus amigos creían que se había vuelto loco, incluso Mike, su arquitecto, que parecía haber desaparecido a pesar de que se suponía que tenía que estar examinando la propiedad. Sus enemigos siempre le habían considerado un enfermo, pero nunca había intentado justificarse ante ellos, una política que le había dado siempre buenos resultados. Pero ahora no estaba tan seguro. Muy poca gente comprendería el porqué de su decisión, ni siquiera él mismo la entendía.

Sin embargo, cuanto más en su contra estaba la opinión de los demás, más se aferraba a sus propias decisiones. En el mundo de los negocios aquello era bueno, porque normalmente se basaba en datos, pero, en aquel caso, ¿en qué se estaba basando? ¿En un capricho? Probablemente, si no se hubiera visto presionado por los constructores, hubiera vendido. Sin embargo, nunca hubiera tenido la oportunidad de volver a encontrarse con alguien a quien no había visto desde hacía mucho tiempo.

Mientras miraba al reloj, sonrió. No se acordaba de la última vez que había esperado a alguien con tanta ansiedad. ¿Habría cambiado? ¿Y él, habría cambiado?

Entonces se oyó un coche y Nash se quedó quieto y escuchó atentamente, siguiendo los movimientos del coche por el sonido que iba haciendo. Ni él podía ver el coche, ni el conductor del coche podía verlo a él a través de los altos setos, pero si aparcaba donde él le había indicado a ella que lo hiciera…

Nash se dio cuenta de que, para ser un hombre de mucho coraje, estaba temiendo aquel encuentro. Pero sus pensamientos no se reflejaban en su rostro. Nunca lo hacían.

Levantando la puerta para abrirla, dio la vuelta a la casa para dirigirse al lugar donde el coche había aparcado.

Diez años atrás, él y la mujer que había dentro de aquel coche casi habían sido novios, pero entonces ella tuvo que ir a la Universidad y él la oportunidad de marcharse a Estados Unidos. Nash le dijo que era el momento y el lugar equivocados para una relación. Ella no le suplicó, sólo lo miró y se marchó. A él no le fue fácil dejarla marchar, y siempre lo había lamentado. Así que, cuando se le presentó la oportunidad de verla de nuevo…

Puede que fuera el destino, que estuviera decidido de antemano. Nash no lo sabía, pero justo antes de saber lo de su herencia, había leído un artículo sobre ella. Se dedicaba a intentar determinar el origen de las casas, por lo que, cuando se enteró de que había heredado aquel caserón, le pareció de lo más natural escribirla y pedirla que viniera a verlo.

Sin embargo, ella no sabía que era Nash a quien iba a visitar. Éste le había pedido a su albacea que la escribiera sin mencionar su nombre y en aquel momento se arrepentía de ello. Probablemente, si ella supiera a quién iba a ver, no habría venido. Y seguramente, aquello hubiera sido lo mejor. No se debía recrear el pasado, por mucho que se deseara. No cuando era demasiado tarde.

Finalmente, la puerta del coche se abrió y una mujer salió lentamente. Phoenix Langrish.

A los dieciocho años había sido muy bonita. A los veintiocho era una belleza. Ella le hacía sentirse como ninguna otra mujer lo había conseguido nunca. Y no sólo porque fuera hermosa, ya que la belleza sólo atrae a los sentidos. Había algo más.

Era delicada y femenina, con el pelo largo y oscuro recogido con un pasador, los ojos grandes, de color marrón y una boca que estaba hecha para sonreír.

Sin darse cuenta de que él la estaba observando, cerró el coche mientras se le caía el cuaderno que llevaba en la mano. Al agacharse a recogerlo, se le cayó el bolso, y mientras se incorporaba, la pequeña cámara que llevaba colgada al cuello se enganchó en el tirador de la puerta del coche. Seguía siendo igual de torpe. Y tan encantadora.

Con una sonrisa, desenganchó la cámara y se volvió.

Nunca desapareció una sonrisa tan rápidamente como la de ella cuando lo miró. Se quedó quieta, con los ojos muy abiertos, mirándolo sin decir nada.

—Hola Phoenix —dijo Nash tranquilamente.

—No —susurró ella.

Entonces, se dio la vuelta rápidamente y tropezó, agarrándose al espejo retrovisor del coche para no caerse. El espejo cedió con el peso y ella se lo quedó mirando, como si no supiera lo que era el objeto que tenía en la mano. Cuando recuperó la compostura, fue a abrir la puerta del coche. Pero él llegó primero.

—No te marches.

—Tú… yo…

—Sí, no te dije que sería yo con el que te ibas a encontrar porque sabía que no vendrías. Y yo quería que vinieras.

Ella no respondió, sólo continuó mirándolo. Y él la miró a ella, tal y como la había mirado todos aquellos años atrás en el vestíbulo de aquel hotel. Diez años no habían cambiado nada. Incluso con aquel traje, que parecía ser de una talla mayor, ella le volvía loco. Tenía un sentido salvaje de la libertad, una alegría de vivir que le había entusiasmado. Pero, en aquel momento, ella parecía asustada, encarcelada.

—Me temo que no sé qué decirte —dijo él.

—¿Tal vez adiós? —le espetó ella con brusquedad.

—No —replicó Nash con suavidad—. Ven a ver la casa.

Tomando su silencio como una respuesta afirmativa, aunque él sabía que no lo era, le quitó el espejo de la mano y lo metió en el coche.

—No —respondió ella con brusquedad—. Yo…

—Por favor —insistió él, agarrándola por el brazo para llevarla hacia la casa—. ¿Qué te parece?

Phoenix no contestó, mirando la entrada principal con ojos vacíos. Nash volvió la cabeza, examinando lentamente su perfil delicado, resistiendo la tentación para no tocarle el pelo oscuro.

—¿Crees que merece la pena restaurarla? —murmuró.

—No sé.

—Lo siento, Phoenix —dijo Nash, incapaz de quitar los ojos de ella.

—¿Sí? —preguntó ella, volviendo finalmente la cabeza para mirarlo.

—Sí.

—¿Qué?

—Haberte engañado.

Phoenix asintió, e hizo un esfuerzo por calmarse. Entonces, dirigió su atención a la casa.

—¿Qué te parece?

—No sé. Necesitaríamos un arquitecto para que nos dijera el estado de la casa. Todo lo que te puedo decir es lo que tienes que hacer.

—Entonces, dime lo que tengo que hacer.

—¿Por qué? —le espetó ella, enfurecida—. ¿Por que ahora?

—Porque vi un artículo sobre ti, y de repente me di cuenta de que quería verte de nuevo.

—Y, por supuesto, no te importó que yo no quisiera —replicó Phoenix, con una sonrisa amarga.

—¿No?

—No sé.

—Tendrías una buena comisión…

—No es por eso por lo que me has llamado.

—No, tenía curiosidad. ¿No sabías que la curiosidad es mi peor pecado? Y ahora eres más hermosa de lo que eras entonces.

—Gracias —respondió ella secamente—. Me marcho —anunció de repente mientras se daba la vuelta con un movimiento brusco.

—¿No tienes curiosidad de ver cómo es por dentro? El artículo decía que era tu pasión…

—Tú también lo eras —le espetó ella, sin pensar—. Y mira de lo que me ha servido.

—Una carrera —respondió él—. Una vida. No hubiera salido bien, Phoenix. Entonces no.

—No.

—Y nunca quise hacerte daño —explicó Nash, mientras los dos miraban a la casa—. El artículo decía que te estabas haciendo muy famosa —murmuró él tras una pausa—. Me alegro.

—Gracias.

A pesar de la falta de emoción en la voz, Nash sentía la tensión que la atenazaba a ella. Y a él mismo.

—¿Entramos? —preguntó él mientras se dirigía a la puerta principal, esperando que ella le siguiera—. ¿Vas a echarla al menos un vistazo? Me gustaría que me dieras tu opinión.

—No quiero que me acompañes.

—De acuerdo. Pero no entres en las habitaciones del ala este —le avisó—. Se ha caído el techo de una de ellas y el tejado está en muy malas condiciones.

Sin responderle, ella empezó a subir por la magnífica escalera. Nash deseaba seguirla, sin que ella se diera cuenta, deseando ver lo que estaba haciendo, cómo se comportaba ahora que estaba a solas.

Un buen rato después de que ella hubiera desaparecido, cuando sólo se oía el sonido de los zapatos sobre el suelo de madera, los sentimientos de Nash eran muy contradictorios. No había estado lo suficientemente preparado para las sensaciones que había experimentado cuando ella se bajó del coche. Ni en aquel mismo momento tampoco. Sentía que ella le pertenecía. Pero ya no sabía cómo era. Después de la sorpresa inicial, ella no le había revelado nada de su personalidad. A los dieciocho años, había sido una joven vivaz, sonriente, encantadora. ¿Cómo sería ahora? Nash no era un hombre impulsivo, incluso cuando el corazón se lo pedía. Le daría espacio y tiempo para que ella se decidiera. Si podía.

Mientras tanto, él haría su propio recorrido de la casa y recorrería las partes del caserón que el albacea le había dicho que tenía la casa, a pesar de que no estaba muy seguro de a qué se refería exactamente.

Subió la escalera, con la mente puesta en Phoenix, acordándose de no agarrarse a la barandilla, que no era muy firme y giró a la izquierda, hacia el pasillo que se dirigía a las habitaciones y a un cuarto de baño muy anticuado. Echó un vistazo al ala este para asegurarse de que no se habían producido más daños y luego, se dirigió a la pequeña escalera que conducía a las habitaciones que presumiblemente habían ocupado los sirvientes de la casa.

Regresando hacia la escalera principal, se dirigió hacia el lado opuesto de la casa, hacia una serie de habitaciones que se comunicaban entre sí. Probablemente, habían sido los cuartos de los niños, con las habitaciones de la niñera, la de los niños y el cuarto de juegos.

Todavía pensando en Phoenix, entró en una de las habitaciones principales y, con una sonrisa, miró a la muy decorada cornisa.

—Mira —murmuró muy suavemente—, un artesonado. Probablemente tengo otros, desde luego… Y hablar con uno mismo es el primer síntoma de locura, ¿o es el segundo?

Nash llegó a la conclusión de que estaba loco. Hacerse cargo de aquella monstruosidad… Algunas de las habitaciones tenían humedad, la mayoría eran inhabitables… Debería haberse deshecho de la casa. Le iba a costar una fortuna restaurarla. Pero las vistas merecían la pena, se dijo mientras miraba por la ventana. Los campos verdes, los setos, los bosquecillos y el precioso pueblo de Mincott Oddly.

¿Qué estaría haciendo ella en aquellos instantes? No se oía nada. ¿Estaría pensando en él? Nash se dio cuenta de que aquel pensamiento era un poco presuntuoso, ya que, lo más probable era que no estuviera pensando en él en absoluto. Pero a Nash le gustaba imaginárselo. Quería que ella sintiera lo que él sentía.

Era de locos exponerse a quedar como un tonto una vez más, una segunda vez. Ya había sido un tonto hacía diez años.

Saliendo de sus pensamientos, ya que pensar en ello no le hacía ningún bien, se decidió a ir en busca de Mike. Pero le distrajo una pequeña puerta que se encontraba abierta a su derecha. Siempre había creído que era una alacena, pero, al abrirla, descubrió un pequeño tramo de escaleras. Subiendo con mucho cuidado, ya que los escalones parecían muy inestables, abrió la puerta que había en lo alto de la escalera y examinó la pequeña cavidad que se abría bajo el tejado. Estaba demasiado oscuro para ver nada con claridad y probablemente estaría infestado de arañas, por lo que se dio la vuelta con mucho cuidado y bajó de nuevo al descansillo.

Entonces, oyó que alguien estaba escarbando muy suavemente y, al mirar por la barandilla, vio a Phoenix. Estaba arrancando escayola de las paredes con mucha delicadeza. Durante unos momentos, Nash la observó, sin que ella se diera cuenta de su presencia. Tenía una expresión de intensa concentración en el rostro, pero a él le pareció que estaba bastante triste.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él con suavidad.

Muy asustada, ella levantó los ojos. Intuyendo el peligro, Nash se lanzó hacia la barandilla y la sujetó para evitar que ella se cayera por la escalera.

—Lo siento —se disculpó Nash, con la respiración entrecortada—. No quería asustarte.

—No. Quiero decir que no ha pasado nada.

—Menos a la escayola —dijo él secamente—. Pensé que el propósito de todo esto era poner escayola en las paredes, no quitarla.

—Sí. Pero ya estaba agrietada —se disculpó ella con rapidez—. Es decir, yo no… Te podías haber matado por saltar así.

—Tonterías, estoy muy en forma —replicó él, en tono de broma—. ¿Qué estabas haciendo?

—Sólo quería ver lo que hay debajo —respondió ella con un suspiro.

—¿Y qué es?

—No sé, pero…

—Vamos a ver —dijo Nash, metiendo la uña por entre la escayola para que saltara—. Parece una antigua ventana.

Al ver que ella no respondía, Nash se volvió a mirarla y vio que Phoenix tenía una expresión asombrada en el rostro, mirando fijamente lo que él había sacado a la luz.

—¡Dios mío! —murmuró ella, mientras extendía la mano para arrancar otro trozo de escayola—. No puede ser.

—¿El qué no puede ser? —preguntó él, divertido.

—Una tracería de barras.

—¿Y por qué no puede ser? —preguntó él, sin saber de lo que estaba hablando.

—Porque no.

—¿Por qué?

—¿Cómo dices?

—¿Qué es una tracería de barras?

—Esto. Necesito verlo desde fuera —dijo, levantándose con un movimiento brusco, que pilló a Nash por sorpresa, para bajar rápidamente las escaleras, llevándose casi por delante a un alto y delgado caballero que estaba cruzando el vestíbulo en aquel momento.

—¡Vaya! —rió el hombre.

—Lo siento —se disculpó ella con rapidez, dirigiéndose enseguida hacia la puerta principal.