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Julia 935 Nerina estaba decidida a unir a su hermano mayor, Refalo, con su mejor amiga, Gillian Hart. Pero Refalo, un cínico millonario, no era un hombre que se dejara manipular y, sin duda, prefería elegir por sí mismo a sus parejas. Sin embargo, Gillian estaba completamente impresionada, en pocos días había conocido a un hombre cautivador, había sido insultada, acusada de conspiración... ¡incluso parecía que se había casado! Nerina necesitaba un plan: ¡un rumor! ¿Qué mejor manera de convencerlos de que estaban hechos el uno para el otro que contar a todos que se habían casado en secreto?
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Seitenzahl: 176
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1997 Emma Richmond
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La boda secreta, n.º 935- nov-22
Título original: Secret Wedding
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1141-327-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
GILLAN nunca pensó que volvería a volar en clase turista. Cuando fuera rica, volaría en su avioneta privada. No es que le obsesionara el hecho de tener mucho dinero, pero era bonito soñar. Tenía una estatura normal y cabello castaño y corto, lo que la favorecía enormemente. Gillan era ante todo extraordinariamente atractiva, de cara sonriente, ojos grises y sonrisa burlona.
Se codeaba con la gente rica y famosa, pero nunca llegó a salir en las revistas de moda para las que trabajaba como fotógrafa. No era lo suficientemente alta para ello y estaba demasiado ocupada para ser sofisticada. Era, en fin, una joven y amable mujer trabajadora.
Aquel día vestía de manera informal, con pantalones marrones de algodón y camisa a juego. Le gustaba sentirse cómoda. Era una mujer que raramente se dejaba intimidar, aunque hoy se encontrara un tanto preocupada frente a la cinta de equipaje.
Se echó sobre su hombro el equipo fotográfico y recogió la maleta. Consiguió subir todo a un carrito, y salió de la zona de equipajes. Con esfuerzo, trató de mantener el carro derecho mientras buscaba la salida de pasajeros.
Observó las caras de la sala de espera y buscó, entre ellas, a Nerina. Unos ojos azul cobalto la impactaron de tal forma, que su respiración se entrecortó. Era el hombre más apabullante que jamás había visto. Desprendía poder y confianza. Alto, de pelo oscuro, distante. Un hombre seguro de sí mismo. Deseó captar aquella imagen con su cámara fotográfica.
Él no apartó la vista, ni se movió. Continuó mirándola fijamente con expresión de superioridad. Pasó una eternidad hasta que consiguió apartar sus ojos de él. Se sintió estúpida, y le sonrió irónicamente mientras avanzaba. Nerina debía de estar allí, en algún lugar, y se hubiera muerto de risa si hubiera visto la conducta tan atípica de Gillan. La situación no había sido normal. Era difícil comportarse de otra forma ante aquella mirada cautivadora.
—¿Señorita Hart?
La voz era grave y plana. Era la típica voz que no decía todo aquello que pensaba. Desde un principio supo que era él. Sigilosa, extraña y sintiendo algo en su estómago, se dio la vuelta lentamente hasta encontrarse de nuevo con aquellos ojos azules.
—Soy Refalo —se presentó.
—¿Perdone?
—Soy el hermano de Nerina.
—¿El hermano de Nerina? —preguntó sorprendida.
No podía ser. Aquel hombre no podía ser el hermano de nadie. Parecía simplemente el amante de alguien. Quedó paralizada y lo observó de nuevo. Refalo sonreía cínicamente.
—¿No te comentó Nerina el impacto devastador que produzco en el sexo contrario?
—¿Cómo dices?
—No te preocupes, estarás segura. Prefiero que mis mujeres tengan el cabello largo. ¿Nos vamos?
Sin detenerse a esperar una respuesta, se hizo con el carrito de equipajes y comenzó a caminar.
¿Cómo que estaba segura? Alucinada y confusa, se apresuró hasta llegar a su altura y abrió la boca para decir algo, pero inmediatamente volvió a cerrarla. Seguramente estaba bromeando. Las bromas se malinterpretan cuando uno está cansado. Él seguramente también lo estaría después de esperar un vuelo que había llegado con tanto retraso.
Observó su fuerte espalda mientras lo seguía, sintiéndose perdida en el espacio y tiempo y trató de controlarse. Llegaron a un pequeño coche negro y Refalo introdujo los bultos en el maletero. Nerina le sonrió. Los dos trataron de abrir la puerta del copiloto al mismo tiempo y ella apartó rápidamente su brazo pero el roce de su piel sobre la de él le produjo un cosquilleo, y de forma temblorosa, se introdujo en el coche.
—No pareces el hermano de… —dijo titubeando—. Quiero decir que Nerina…
Lo que Nerina le había comentado es que tenía un hermano mayor, y desde luego Refalo no lo era. Trataba de asimilar que aquel hombre tan arrollador era el hermano de su amiga, pero no lo conseguía. Leía en su cara que estaba enfadado y sus parcas palabras así lo demostraban.
—Siento el retraso pero había huelga de portadores de equipajes —se disculpó.
—Ya lo sé —contestó.
Era omnisciente además de arrollador. Continuó hablando, a pesar de que su voz dejaba traslucir cierto temor.
—¿Has esperado mucho tiempo?
—No.
Bien, pensó para sus adentros, y sintió unas absurdas ganas de llorar. Debe de ser el cansancio, se repitió a sí misma. Toda percepción y reacción se rompe en añicos a esas horas de la mañana. Eso era todo. Estaba agotada. La última semana de trabajo había sido de lo más dura, levantándose muy temprano y acostándose tarde. Lo único que quería era descansar en su propia casa, pero Nerina le había suplicado que fuera a verla unos días. La necesitaba urgentemente. No podía decirle que no, y había aceptado con la condición de que se incluyeran en sus planes un poco de paz y tranquilidad. Necesitaba unos días para relajarse. Pero ¿cómo iba a hacerlo con este hombre en escena?, aunque quizás sólo había aceptado irla a recoger, y después desaparecería.
Estaba preocupada, nerviosa, con los músculos tensos. Lo miró. Tenía un semblante duro y una barbilla que invitaba a ser tocada. Era Refalo Micallef, el fundador de la Coporación Micallef, con hoteles y un operador de barcos para el turismo, que incluía una goleta y un submarino para excursiones bajo el agua. También dirigía una escuela de buceo y un barco de pesca que había heredado de su padre. Impresionante. Pero su hermana nunca le había contado el impacto que producía en las mujeres…
—¿Cómo está? —preguntó sonriente.
—¿Nerina?, bien.
—¿Y los resultados de sus últimos análisis?
—Normales. Somos optimistas al respecto. Parece que la leucemia no volverá.
—Bien. ¿Está en cama?
—¿En cama? No, está en Sicilia.
—¿En Sicilia? ¿Qué demonios hace allí?
Se limitó a contestar con una mueca de indiferencia como dando a entender que no tenía ni idea.
Trató de no perder la paciencia y lo intentó de nuevo.
—¿Me invita a pasar unos días con ella y está en Sicilia?
—Sí —contestó como si su mente estuviera en otro lugar y no en aquella conversación.
Perfecto, ya lo entendía. Nerina se había marchado y él debía de ocuparse de ella. Debía de estar furioso con su hermana, y también con ella por haber venido.
—Será mejor que busque un hotel…
Él rió.
—Su invitación fue un impulso. Supongo que no sabías que venía y eso te disgusta.
—No —contestó él.
—Brevedad debe de ser tu segundo nombre —dijo tratando de bajarle los humos, aunque él ni siquiera se dignara a mirarla— ¿Cuándo volverá?
—En un par de días, tres como mucho.
Se preguntó cómo se disculparía por haberla llevado hasta aquella situación, y con un hermano que no parecía querer ni verla.
—Buscaré un hotel o me marcharé de vuelta a casa.
—No.
¿No? ¿Por qué lo diría? ¿Acaso Nerina no quería eso y no la podía contradecir para no enojarla?
—¿Cuándo se fue?
—Esta mañana. No, ayer por la mañana porque claro, hoy es ayer —se corrigió inmediatamente.
—Ya.
—Tu dominio del inglés es un tanto inseguro —observó con cierta sequedad.
—¿Cómo? Ah, sí.
Estaba de acuerdo con él. Reflejo de ello eran sus frases a medias o sus bobas preguntas, pero además estaba cansada, confundida, y por supuesto, la presencia de aquel hombre la ponía nerviosa. Desde el primer momento ya le había advertido del impacto que producía en las mujeres. Por ello debería de saber el poder que también tenía para robar sus pensamientos, su inteligencia.
Realmente estaba irritada. Se reclinó en su asiento y observó el oscuro cielo y los viejos edificios que parecían sombras fantasmales por el reflejo de la luna. Sintió que el silencio del coche le oprimía a medida que se aproximaban a Valletta. Gillan recordó los orígenes del nombre. El pueblo se llamaba así en honor de Jean de la Vallette. La historia de Malta era enormemente rica y variada y destacaba el coraje de los isleños durante la Segunda Guerra Mundial.
No debía haber venido. Lo sabía, pero Nerina le había insistido tanto… Pero, ¿por qué no estaba entonces allí? ¿Cómo podía haberse marchado a Sicilia justo cuando ella iba a llegar?
El coche se detuvo. Refalo apagó el motor y se dirigió a Gillan.
—No podemos llegar más lejos con el coche. Será un pequeño paseo —dijo tranquilamente.
—Bien.
—Bienvenida a Malta —añadió con retraso.
—Gracias —contestó con su misma desgana, y volvió a disculparse aunque odiándose a si misma por parecer tan débil.
Salió del coche. Desesperadamente pensó por qué le estaba haciendo Nerina una cosa así. No necesitaba esos líos, aunque su hermano pareciera un dios griego o, en este caso, maltés.
Las estrellas, la luna, el eco de las pisadas dieron más intimidad a la caminata mientras andaban por las calles estrechas adornadas por intrincados balcones de hierro. Torpemente anduvo por las empedradas callejuelas sintiéndose fuera de la realidad e idiota, especialmente cuando él se detuvo y ella no se dio cuenta.
—Señorita Hart…
Se dio la vuelta y parpadeó. Hizo una mueca compungida y retrocedió.
—Lo siento, estaba soñando.
—Sí —contestó mientras abría la puerta de una estrecha casa.
El reloj de pared señalaba las cuatro de la mañana cuando ambos entraron.
—¿Necesitas algo antes de que te enseñe tu dormitorio?
Gillan pensó que era meticulosamente educado y se preguntó cuál sería su reacción si le hubiera pedido una buena comida de tres platos. Sonrió. Seguro que se las arreglaría para que alguien la preparase. Todo, por supuesto, con aquella voz seca y educada.
—No, gracias, sólo necesito dormir.
Sin mediar palabra se encaminó por las escaleras hacia su cuarto, y ella lo siguió.
—Espero que te sientas cómoda.
—Seguro que sí.
—Tu baño está allí —añadió señalando una puerta junto al armario—. Buenas noches.
—Buenas noches —susurró, pero ya se había marchado.
Se sentó en el borde de la cama y miró fijamente al infinito. Sintió que sus párpados se cerraban. Fue al baño a lavarse y cambiarse e inmediatamente después se metió entre las sábanas. El cansancio anulaba sus propios sentidos y por eso interpretaba las cosas erróneamente, pensó.
Poco después, a las siete y media de la mañana, se despertó sobresaltada con el sonido de algo metálico. Se encontró que sus pensamientos seguían igual de confusos que hacía tres horas. Se tumbó de nuevo en aquel bello dormitorio y trató de ordenar su mente. Desde el primer momento había sentido un fuerte impacto y una atracción por un hombre arrogante y seguro de sí mismo. Era realmente aterrador.
«Será mejor que siga durmiendo unas horitas más», pensó para sus adentros, pero cambió de parecer. «Si no me levanto ahora podría tomármelo en cuenta».
Le costaba enfrentarse de nuevo a él. No obstante, se duchó y se vistió con unas bermudas cómodas y una camiseta. Tenía el pelo húmedo cuando bajó las escaleras. La casa era preciosa, pequeña e interesante. Recordó vagamente a Nerina contándole que su hermano había comprado dos casas, una frente a la otra.
Buscó el comedor y entró por un estrecho pasillo acristalado, a través del cual se veía lo que en Inglaterra se llamaba el jardín trasero, o dos jardines traseros ya que formaba parte de ambas casas. Un árbol, una fuente y una tumbona formaban parte del paisaje. El trozo de cielo que veía, estaba despejado y era de un color azul intenso.
Escuchó el sonido de pisadas detrás de ella. Se puso tensa y se dio la vuelta sintiendo las mismas sensaciones que hacía unas horas.
—El desayuno es por este otro lado —le informó.
Sus ojos parecían vacíos y su cara no mostraba ningún tipo de emoción. Gillan hizo una mueca y lo siguió hasta el comedor. Había café y bollos calientes encima de la mesa.
—Hablaremos cuando termines de desayunar —dijo y se marchó igual de silencioso que había llegado.
Hablar, ¿de qué?, ¿de las reglas de la casa? Suspiró y se sirvió café. Tenía la garganta seca. Era un hombre que la ponía nerviosa. Sólo con su mirada conseguía que se sintiera tensa, defensiva y confusa. Era el tipo de hombre con quien jamás se había encontrado antes. Quería regresar a su casa. Él seguía actuando de la misma manera autoritaria que hacía unas horas.
Bebió dos tazas de café y comió un bollo. Se levantó y trató de guardar la compostura mientras se encaminaba a través del pasillo hasta una sala. Aquel hombre poderoso se encontraba junto a la ventana, mirando hacia fuera.
Vestía pantalones color crema manchados en una rodilla y una camisa azul, cuyas mangas estaban subidas dejando ver sus fuertes brazos. Tenía unas manos grandes con largos dedos, hombros anchos y musculosas espaldas que revelaban que no era ajeno a trabajos duros. Su cuello y su barbilla eran largos. Era terco, tozudo y obstinado, directo y franco, insensible e intransigente, pero tenía que ser así para poder llegar a amasar la fortuna que Nerina decía que poseía.
Gillan no era rica, pero podía ser intransigente igualmente cuando se lo proponía, sobre todo cuando era un tema que afectaba a su propia identidad, y en ello debía de pensar ahora. El resto, era secundario.
—¿Podemos aclarar ahora las cosas? —preguntó claramente.
El hombre hizo un pequeño movimiento y después se volvió hacia ella. Cruzó sus brazos y sus ojos azules la observaron.
—Estoy dispuesto.
—Muy bien. ¿Vive contigo Nerina?
Contestó con una mueca negativa con la cabeza.
—¿Me ha invitado sin tu consentimiento?
—Sin mi conocimiento —corrigió.
—Por lo que deduzco que…
—¿Si?, ¿qué deduces? —preguntó con una sonrisa cínica.
—Supongo que te informó de mi visita sólo unos minutos antes de irse a Sicilia.
—Así es.
—¿Por qué? No me dijo que me quedaría en tu casa, en realidad nunca habló mucho de ti excepto que te gusta tu privacidad.
«Y que te gusta ir a tu aire», pensó, «eres el tipo de hombre que sólo acepta una manera, la tuya propia».
Desconcertada, continuó hablando.
—Desde luego, lo que nunca me dijo es que no me querías aquí. Todo lo contrario, me comentó que me recibirías con los brazos abiertos. Pero no ha sido así —añadió con una pequeña sonrisa falsa.
—No.
—Entonces, si ella conocía cuál iba a ser tu reacción, ¿por qué me invitó?
—No lo sé. Deberías preguntárselo cuando te llame por teléfono, cosa que hará pronto —sugirió.
—Para entonces no estaré aquí —dijo en tono burlón.
—¿Seguro?
—No, me marcharé a casa en el siguiente vuelo.
—¿Y quién se lo dirá a Nerina?
—Tú mismo.
—De ninguna manera —dijo con voz suave y magnética.
—Pero tú no me quieres aquí. Ya me lo has dejado suficientemente claro.
—Sí —contestó sin rodeos, sin ningún tipo de duda, sin importarle si ofendía su sensibilidad.
Gillan le sonrió de forma retorcida y apartó la mirada de la boca seductora del hombre.
—Desde luego que no tengo ningún interés en quedarme en una casa donde no soy bienvenida. Ella me invitó a pasar unas pequeñas vacaciones…
—Entonces así debería de ser, en Gozo.
—¿Qué?
—Gozo, la isla hermana de Malta.
—Sé qué es Gozo, quise decir…
—¿Es que no quieres ir allí? Te escribiré la dirección donde debes de ir. Tenemos una pequeña villa en Xlendi —añadió así de fácil, sin perder el control, mientras se acercaba a la mesa que había en el rincón.
Ella lo siguió, tratando de no acercarse demasiado y sintiéndose inútil y frustrada mientras lo observaba.
—¿Shlendi? ¿Así se pronuncia?
—Muchos de los nombres de aquí tienen origen semita. Su pronunciación te puede resultar difícil.
—Si me quedara aquí, cosa que no haré —dijo con tono despectivo.
No le importaba el efecto que podía producir en las mujeres. Lo que estaba claro era que aquel hombre no le gustaba. Miró hacia un grupo de fotografías apiladas e instintivamente tomó la primera.
—¿Qué son?
—Fotografías del catálogo de promoción. ¿Sueles examinar cosas que pertenecen a otras personas sin ser invitada a ello?
—No, pero soy fotógrafa y…
—Nerina te pidió que tomaras algunas para el catálogo, ¿verdad?
—Sí, me dijo que necesitabas un fotógrafo, y así lo demuestran estas fotos —añadió mientras echaba un vistazo al resto—. ¿Quién las hizo?
—Nadie importante.
—Parecen hechas por aficionados en vacaciones. Son aburridas. Deberías hacer algo distinto, más innovador.
—¿De veras?
—Sí. No sólo quieres atraer al turismo, quieres además cumplir con sus expectativas cuando vengan. Quieres…
—Un catálogo de publicidad.
Gillan continuó separando fotografías y criticándolas.
—Una goleta, un submarino… ¡qué simpleza!
—Es lo que hacemos, señorita Hart.
—Lo sé, pero necesitas hacerlo de forma distinta, excitante, atractiva.
—Los submarinos no son excitantes. Sólo se sumergen, y no queremos ser candidatos al Pulitzer, ni formar parte del National Geographic.
—No me refiero a eso, sólo digo que…
—Que son aburridas.
—Sí, y que deberías contratar a un fotógrafo decente.
—¿Tú? —preguntó suavemente.
—¿Yo? ¿Después de tu comportamiento y de tus modales? Ni hablar.
De nuevo volvió la sonrisa cínica al semblante del hombre. Le ofreció el trozo de papel donde había apuntado la dirección de la villa en Gozo y recogió las fotos.
—¿Por qué las mandaste hacer? ¿Quizás para que no tuviera ninguna necesidad de quedarme? —preguntó ella suspicazmente.
La miró y siguió recogiendo las fotos esparcidas.
—No sabía que ibas a venir, ¿lo recuerdas? Y si lo hubiese sabido, no creo que hubiera sido efectivo ¿verdad? Cómo parece que te quedarás y para satisfacerte, puedes hacer las fotografías en Gozo. Si me gustan, las utilizaré, si no…
Le hizo una mueca. Ella movió la cabeza.
—Toda instantánea que haga será exclusivamente para el álbum familiar.
—No me amargue, señorita Hart. Eso no es muy profesional que digamos.
—Eres un hombre muy fácil de disgustar, señor Micallef.
—Refalo, por favor.
—Señor Micallef. Los amigos utilizan los nombres propios, pero nosotros no lo somos. No sabía que Nerina me hubiese contratado sin tu conocimiento.
—¿No lo sabías? ¿No sabes que Nerina no tiene la autoridad suficiente para contratar?
—No, di por hecho que me contrataba en tu nombre.
Desde luego que era un hombre atractivo, pero comenzaba a estar harta de aquel tira y afloja. Hasta ahora, había sido de lo más desagradable.
—Después de cómo están las cosas —dijo mientras se tocaba su cadenita de oro—, y teniendo en cuenta tu desconfianza y desagrado hacia mí, creo que lo mejor que puedo hacer es irme de vuelta a casa. Gracias por tu hospitalidad.
—Vete a Gozo —ordenó suavemente después de mirarla unos instantes.
—¿Porqué tu hermana sufrirá si no voy?
—Quizás.
—Siendo un obsesionado de tu vida privada como lo eres, ¿no sientes miedo de que pueda hablar allí sobre ti?
—¿Miedo? De ninguna manera. No creo que encuentres a nadie con quien poder hablar sobre mí en Gozo. Además en todo caso siempre puedes hacer una declaración jurando confidencialidad.
—Podría, pero no estaría bien siendo amiga de Nerina.
—No, no sería muy honesto por tu parte y, a pesar de que firmes un documento de ese tipo, si lo quieres hacer lo seguirías haciendo. Nerina nunca te lo perdonaría. Tu palabra es suficiente, señorita Hart.
—Bueno, entonces la tienes. Juro solemnemente no hablar de la Corporación Micallef, ahora o en el futuro. Juro no discutir sobre tu vida privada en público. Juro… —dijo en tono sarcástico.
—Haz las fotografías, señorita Hart.
Gillan se sintió compungida e impotente. Sentimientos a los que no estaba acostumbrada a enfrentarse normalmente. Lo miró fijamente.
—Si lo hago, ¿no te entrometerás en mi trabajo?
—¿Te refieres a colaborar contigo? No, estoy seguro de que trabajarás mejor por tu cuenta.
—Sí.
Él dudó unos instantes y la observó detenidamente. Finalmente preguntó.
—¿Cómo te llevas con mi hermana?
—Fenomenal.
—Cuando vuelva de Sicilia debes decirle que quieres trabajar sola.
—¿Por qué?
—Por si acaso quiere acompañarte.
—Pero tú dijiste que ya está bien.
—Lo está. Esto no tiene nada que ver con su salud, sino con sus sentimientos.
—No entiendo nada.
—Te lo explicaré.
—Realmente no te gusto ni un pelo, y eso que nos acabamos de conocer.
—No me gusta que me manipulen, y tampoco me gusta lo que haces a mi hermana. Desde el momento en que te conoció sólo sabe hablar de ti. Gillan por un lado, Gillan por otro, Gillan hace esto, Gillan hace lo otro. Llevas un tipo de vida que ella admira, quiere imitarte. Y sinceramente, creo que eres demasiado mayor para ella.
—¿Demasiado mayor? ¡Tengo veintinueve años! —exclamó sorprendida.
—Casi treinta.
—Está bien, ¿y qué? Todavía no estoy chocha.
Él sonrió.
