Familia en prácticas - Emma Richmond - E-Book
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Familia en prácticas E-Book

Emma Richmond

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Beschreibung

No había ni una sola persona que viviera en la ciudad y no estuviera haciéndose todas estas preguntas: ¿Quién era aquella mujer? ¿Sería la novia de Adam Turmaine, su esposa o solo la niñera? Claris Newman era, en realidad, la ayudante personal de Adam, pero sus funciones habían cambiado temporalmente. Entre fax y fax, informe e informe, también le tocaba cuidar del ahijado de Adam: Nathan. Llegaría un día en que Nathan tendría que volver con sus padres. Pero, para entonces, tanto Adam como Claris seguramente ya habrían desarrollado un cierto gusto por la paternidad y estarían pensando en practicar por su cuenta...

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Seitenzahl: 173

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Emma Richmond

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Familia en practicas, n.º 1475 - abril 2021

Título original: The Boss’s Bride

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-554-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

ADAM TURMAINE se acercó a un viejo mapa colgado en el recibidor, extendió un dedo con aire pesado y aburrido y tocó el lienzo.

—¿Qué pone aquí?

Claris se aproximó y leyó.

—«El tesoro de la música mecánica».

—Es la escritura más enrevesada que había visto nunca. ¿Qué estoy haciendo aquí?

—Estás esperando a tu tía.

Adam a su acompañante.

—¿Tengo una tía?

Claris hizo un gesto de impaciencia.

—Asumo que la respuesta es afirmativa, aun cuando no puedo imaginar por qué has supuesto que me interesa conocer a una pariente lejana.

—¿Porque es familia? ¿Porque tiene un serio problema con su asesor financiero, que la está dejando sin blanca?

—¡Qué expresión tan fea! Deberías evitarme este tipo de cosas, Claris. ¿Por qué asumes que he de interesarme por asuntos ajenos? —se volvió de nuevo hacia el mapa de Rye—. ¿Desde cuándo trabajas para mí?

—Sabes perfectamente desde cuándo trabajo para ti.

—Entonces, también deberías saber que no me interesa la familia —se volvió y le sonrió cálidamente—. Señálame quién es.

—¡Adam, si tú conoces a tu tía!

—¿La conozco?

Ella lo miró con una sonrisa burlona.

—Hace años desde la última vez que la vi —se excusó él—. Fue en el funeral de mi tío.

En la recepción había una serie de desconocidos que, inexplicablemente, insistían en mirarlo. Sonrieron al unísono.

—¿Quién es toda esa gente?

—Autoridades locales, o al menos eso creo. Es normal que quieran conocerte.

—¿Lo es? ¿Acaso he mostrado yo alguna falsa evidencia de querer conocerlos a ellos?

—No.

—Pues entonces entiendo aún menos por qué ese interés. Hemos llegado hace sólo unos días y ya se supone que tenemos que visitar a… ¿quién?

—Al coronel Davenport —dijo Claris.

—Eso es, al coronel Davenport. Un hombre al que no conozco absolutamente de nada y no tengo ganas de conocer, pero que considera imprescindible ponerme al día sobre el vandalismo local.

—Eso es porque no te conoce —murmuró ella.

—Pero tú sí. Por eso me resulta doblemente sorprendente que insistas en que me ocupe de los asuntos de mi tía. Me parece una insolencia por mi parte asumir que ella no sabe ocuparse de sus propios asuntos financieros. Además…

Claris esperó a que continuara.

—Mi recuerdo de ella… claro que a veces me puede fallar la memoria. Creo que tengo una especie de amnesia…

—Selectiva —afirmó Claris.

—Recuerdo que era un mujer incapaz de componer una sola frase con sentido…

—Imagino que la ponías nerviosa.

Él la miró sorprendido.

—¿Por qué? —preguntó anonadado.

Claris sonrió y se abstuvo de responder a esa pregunta.

—¿Tienes otros familiares?

Él hizo un gesto de repugnancia.

—¡Qué idea tan aterradora! Espero que no…

—No lo dices en serio.

—¿No?

—Claro que no. Vamos a conocerla. No te puedes quedar toda la noche en la recepción del hotel —dijo ella, convencida de que o se llevaba de allí o era perfectamente capaz de quedarse hasta el día siguiente—. Vamos, por favor.

Adam suspiró resignado.

—Está bien, pero te agradecería que moderaras ese entusiasmo con el que me metes siempre en circunstancias tan incómodas.

—¿Que yo te he metido en esto? Fuiste tú el que aceptó la invitación.

—No comprendí en toda su extensión el alcance de mi visita… ¡Dios santo! ¿Qué es eso?

Claris se dio la vuelta y vio a una enorme mujer que se acercó hasta ellos, se detuvo y les tendió la mano.

—¡Señor Turmaine! —la mujer se abalanzó sobre él, pero Adam evitó el abrazo—. ¡No sabía que ya había llegado! Soy la señora Staple Smythe, la anfitriona de la fiesta.

Claris podía sentir el rudo comentario que estaba a punto de emerger de los labios de su jefe, así que, por precaución, le dio un ligero pisotón.

Adam maldijo entre dientes.

—¿Ésta es su mujer?

—No tengo mujer —le aseguró.

—¡Oh! Pero, supusimos…

—¿Sí?

—Nada… No tiene importancia —dijo ella—. Por favor, no se quede aquí. Entre conmigo.

Miró a Claris de arriba a abajo, pero ninguno de los dos hizo aclaración alguna sobre la naturaleza de sus relaciones. La mujer sonrió y se puso en camino hacia el salón.

—¡Desconcertada! —le susurró Adam.

Claris se rió y la mujer se sintió patentemente incómoda.

—Tu tía Harriet está ansiosa por verte —continuó la masa de carne—. ¡Es una gran amiga mía!

—¿De verdad? —preguntó Adam en un tono de voz que dejaba muy claro que le resultaba incomprensible semejante relación.

La mujer fingió no haber captado la insinuación.

—Les traeré algo de beber —se ofreció y fue Claris la que tuvo que darle las gracias.

—No estaría mal que trataras de ser un poco más amable —le reprendió Claris.

—Me niego. Esa mujer es detestable —miró de un lado a otro de la habitación—. Creo que aquélla de gris es mi tía.

—Ve y salúdala.

—¿Y después nos podremos ir a casa?

Claris sonrió. Él sabía perfectamente que se iría a casa cuando quisiera, porque siempre hacía lo que le venía en gana, sin importale la opinión ajena.

La anfitriona apareció con las bebidas. Adam agarró la suya y se alejó rápidamente, para evitar cualquier intento de conversación.

—Va a hablar con su tía —lo justificó Claris.

—Pues se equivoca de persona. No es aquélla —dijo la mujer en tono pedante.

Claris se rió nerviosamente.

—¡Hace demasiado tiempo que no la veía!

Claris miró la copa de vino aguado que la anfitriona le tendía.

—No sé quién es usted —le aseguró la señora Smythe con más impertinencia que estilo.

—Soy Claris Newman —se presentó, sin dar más explicaciones, lo que no aclaró nada.

La señora Smythe claramente incómoda por la respuesta se excusó.

—Tendrá que disculparme, pero debo atender a mis otros invitados.

—Por supuesto —Claris sonrió amablemente, pero no pudo disimular el placer que el desconcierto de la mujer le causaba. ¡Era una mujer realmente estúpida! No le extrañaba que Adam odiara aquel ambiente. Claro que Adam odiaba muchas cosas y, especialmente, las fiestas. Por eso, no comprendía que se hubiera prestado a asistir a aquella.

Claris se refugió en una esquina, para no ser blanco de la curiosidad y para poder observar discretamente a su jefe.

Era un hombre alto, delgado, con una elegancia lánguida que rayaba en la afectación, pero sin llegar a ella.

Trabajar para él era como estar asistiendo diariamente a una representación. Claris, urbanita en cuerpo y alma, iba a tener ciertos problemas para vivir en el campo y, después de haber conocido los que serían sus vecinos, aún más. Pero, de no haber aceptado el traslado de domicilio a aquel pequeño pueblo cercano a Rye, habría tenido que renunciar a su trabajo. Y no quería renunciar a su trabajo… Especialmente a su jefe. Adam era un hombre egoísta y caprichoso, pero hacía de su trabajo un continuo reto, lo que a Claris le gustaba. Aunque no era lo único que le gustaba, pues tenía que admitir que su impertinente jefe era lo que realmente le agradaba de su empleo. No es que tuviera ninguna posibilidad ni la más mínima esperanza de obtener nada por su parte. Adam Turmaine tenía un gran letrero de prohibido tocar, que ella respetaba honorablemente.

Miró al resto de los invitados. Rezumaban prepotencia. No se sentía en nada identificada con ellos.

Algunos de ellos se fueron acercando a Claris, se presentaron y la interrogaron. Ella respondió con unas cuantas evasivas que no les agradaron y optaron por marcharse, sin trabar más conversación.

Toda la sala le lanzaba miradas de soslayo que daban clara cuenta de que estaba siendo el centro del cotilleo de la noche, cosa que, lejos de alarmarla, la divertía.

Adam estaba hablando con una mujer vestida de azul que, seguramente, sería su tía. Otra mujer, joven y muy delgada, lo miraba con tal apasionamiento que se diría que Adam fuera la respuesta a todas sus preguntas en la vida. Tal vez lo era. La mujer de azul se separó del grupo y se encaminó hacia Claris.

Ésta se sintió como un presunto pecador a punto de ser interrogado por el más fiero representante de la Inquisición. La verdad era que ya estaba acostumbrada a aquellas alturas, pues siempre que Adam la llevaba a alguna parte, el interrogatorio era ineludible. Adam guardaba con un celo casi paranoico su privacidad, y por ello, jamás explicaba cuál era la naturaleza de su relación. El resultado, siempre era el mismo: la sospecha de que había algo entre ellos, y el mismo gesto de desaprobación por parte del interrogante. ¿Cómo un hombre así podía estar con una insignificancia como aquélla? Porque, no era en absoluto fea, pero tampoco era una gran belleza. Era pelirroja, pero no de esas pelirrojas caoba que dejan sin aliento, sino a medio camino entre el rojo y el dorado estropajo. Sus grandes ojos verdes le daban un aire infantil, nada sugerente ni misterioso, a lo que se añadía un puñado de pecas que le adornaban la nariz y las mejillas.

—¿Tú eres…? —preguntó la mujer de azul. Era atractiva y tremendamente elegante. No tenía nada que ver con la descripción que Adam le había dado de ella… si es que aquella señora era su tía…

—Claris Newman —se presentó—. ¿Es usted la señora Turmaine?

—Sí. ¿Lo conoces bien? —disparó la pregunta sin preámbulo.

—Bastante bien.

—¿Se va a quedar aquí permanentemente o no?

—¿Por qué no se lo pregunta a él?

—Porque él dice que te lo pregunte a ti.

Claris se quedó perpleja y no respondió.

—¿Qué es lo que he oído sobre un bebé?

—No lo sé —respondió Claris—. ¿Qué es lo que ha oído?

La mujer frunció el ceño.

—Cuando llegaste traías uno.

—¿Lo traía?

—Sí. ¿Es de él? ¿Te acuestas con mi sobrino?

—¿Es usted siempre así de desagradable?

—¿Estás enamorada de él?

—Eso no es asunto suyo —respondió sin pensar.

La señora Turmaine miró a su sobrino en la distancia.

—Ya era hora de que estuviera casado. Los hombres guapos que no se casan son siempre lo que son.

«¿Y qué son?», se preguntó Claris. Acercó los labios a su copa y notó el espantoso sabor del aguado brebaje. La dejó en la mesa más próxima.

Miró a Adam. Sí, desde luego que era guapo, pero no estaba bien decirlo, ni aún pensarlo. Más que guapo, era impresionante. Eso sí, podía llegar a ser realmente desagradable. Pero, sin duda, era algo que estaba en la sangre de los Turmaine, como su tía acababa de demostrar.

No obstante, era un hombre inteligente y generoso, cuando quería. Y, no, claro que no estaba enamorada de él. Sentía una cierta atracción, pero no era amor, del mismo modo que él tampoco estaba enamorado de ella. La idea en sí era irrisoria, pues Claris no tenía todas consigo de que Adam pudiera amar a nadie.

La única persona a la que quería era a su ahijado. Por eso, precisamente, se había trasladado a aquel pueblo insignificante, para poder cuidar del pequeño, mientras sus padres se recobraban de un horrendo accidente de coche. Su apartamento de Londres era inapropiado para un bebe. Su casa estaba en Norfolk y estaba demasiado lejos del hospital en el que se recuperaban sus padres. Así que, Adam optó por trasladar temporalmente su residencia a la casa que tenía en Wentsham.

Aquel afecto era seguramente el sentimiento más próximo al amor que Adam había sentido nunca. Él mismo aseguraba que no tenía ninguna intención de casarse ni de tener hijos.

—¿A qué se dedica?

—¿Que a qué se dedica? —Claris repitió la pregunta que no pensaba responder.

—Sí. ¡No creo que sea un secreto!

—No. Pero preferiría que se lo preguntara a él.

—Sé que tiene propiedades —dijo Harriet Turmaine, como si se tratara de un tremendo pecado.

—Sí.

—Y sé que es propietario de una empresa de electrónica.

—Sí.

—Y tierras. Parece ser que es muy rico.

—¿Lo es? —preguntó con fingida inocencia Claris, que conocía a la perfección en qué cantidad se cifraba la fortuna de su jefe.

Harriet le lanzó una desgarradora mirada.

—No es asunto mío a qué se dedique mi sobrino. Pero te advierto que ésta es una comunidad pequeña y tremendamente tradicional. Si ese bebé es tuyo y el padre es él, será mejor que os caséis. No es que piense estar encima de él, ni piense presionarlo. No es mi estilo. No me gusta la gente y no me interesan sus vidas. Pero os recomiendo lo que es mejor —dicho esto, se dio media vuelta y se alejó sin más.

Era curioso. Aquella tía no era familia de sangre, sino que había llegado a ser una Turmaine por su matrimonio. Y, sin embargo, tenían las mismas formas y el mismo carácter.

Con una sonrisa, Claris se dirigió hacia su jefe.

—¿Te aburres, Claris? —preguntó él.

Ella sonrió de medio lado y le quitó la copa que tenía en la mano.

—Despídete de la anfitriona —le ordenó.

Adam lanzó una sonrisa malévola y se encaminó a cumplir su cometido.

—Siempre hace lo que le pides que haga, ¿verdad? —comentó una voz.

—No siempre —negó Claris—. Encantada de haberla conocido.

—Pero si no nos conocemos —respondió la mujer.

—Es cierto —admitió Claris.

—Soy Bernice Long, la sobrina de Harriet. La hija de su hermana. Espero que nos volvamos a ver —era la joven con quien Adam había estado hablando.

El comentario sonó como una amenaza.

—Sí. Buenas noches.

Claris se alejó de la intrusa y se acercó a la señora Smythe, que sujetaba a su jefe del brazo en una pose intimidatoria.

—Gracias por tan encantadora velada.

—No sé por qué se marchan tan pronto.

—No nos gusta dejar al bebé tanto tiempo —una buena frase como final de acto. Claris sonrió y salieron.

—Una velada tremendamente pesada —afirmó Adam.

—Y no creo que nos hallamos ganado a nuestros vecinos.

—¿Había alguna necesidad de hacerlo?

—No. Y espero que tampoco fuera una muestra de la hospitalidad de Rye.

—No lo ha sido, porque esto no es Rye, sino un pequeño pueblo de gente pretenciosa.

—Tú lo sabrás mejor. Naciste aquí.

—Pero me marché cuando tenía ocho años y no creo que mi capacidad crítica fuera por entonces notable.

—Seguramente, no —admitió ella.

Juntos, caminaron por la impecable acera de la avenida principal del pueblo, compuesto por veinte chalets y una tienda. La casa de Adam estaba al final de la calle.

—¿Cómo es? —preguntó Claris.

—¿Quién?

—Bernice Young. La mujer con la que estuviste hablando.

—No me di cuenta de que había estado hablando con nadie.

En otras palabras, no estaba dispuesto a tratar el tema.

—¿Qué te ha parecido tu tía?

—No me ha parecido, punto —zanjó él—. ¿Por qué has hecho ese último comentario sobre el bebé?

Su tono de voz fue tajante y rudo, suficientemente impositivo como para haber hecho llorar a cualquiera de sus anteriores secretarias que, al parecer, habían durado siempre muy poco a su lado.

—Malicia —indicó ella.

—Te agradecería que te la reservaras para tus asuntos. No veo por qué sacar innecesariamente un tema que nadie había tratado.

—Tu tía me había preguntado por el bebé.

—¿Le dijiste algo?

Ella lo miró con desprecio. ¿Cómo podía dudar de su competencia?

—Lo siento.

—Aceptadas las disculpas. Me aseguró que no iba a meterse en tus asuntos, que no era su estilo.

—Lo que certifica que lo hará. Espero que sepas mantenerla alejada —dijo él—. Mañana te dejaré cuidar del bebé.

—¡Qué amable eres! Pero me temo que no podré aceptar tu generosa oferta, si quieres que te cambien la impresora. Tendré que ir a Londres y engañar a alguien para que me la reemplace por otra nueva.

—Engañales por teléfono.

—No es lo mismo. Cara a cara soy mucho más habilidosa —le dijo, mientras abría la reja de la casa—. Además, quiero ir a la inmobiliaria a ver qué pasa con mi piso.

Prefería que el alquiler se hiciera por un período de tiempo más corto. Después del agradable recibimiento de que habían sido víctimas no estaba segura de si le iba a gustar vivir en Wentsham… ni siquiera por Adam.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

EL JARDÍN secreto», pensó Claris, mientras rodeaba el viejo muro de ladrillo, hasta dar con la entrada trasera de la casa. Abrió la puerta y entró. Fascinada por la visión, se detuvo a contemplar el espectáculo. Había frondosos árboles y suntuosas enredaderas que daban al lugar un aire de santuario ancestral. El emparrado se alzaba orgulloso sobre una vieja pérgola. El sol calentaba con fuerza. Por primera vez en muchos días se sintió bien, muy bien.

Ni siquiera tenía noticias de que aquella parte del jardín existía. La verdad es que la frenética actividad de los últimos días tampoco le había permitido dedicarse a investigar.

Llevar con éxito los negocios de Adam era ya bastante complicado, pero, si a eso se le añadía la crianza de un retoño de catorce meses, la labor era imposible.

Antes de trasladarse a Wentsham se había preguntado hasta que punto era factible. Lo había imaginado difícil, pero era sencillamente imposible.

Nathan era uno de esos torbellinos imparables que constantemente arremetía contra todo papel viviente.

Así que, el traslado y acondicionamiento de la oficina a casa estaba resultando un tormento.

A eso se unía el correr tras él, evitando los más inesperados acontecimientos, por no decir accidentes, pues el pequeño carecía de todo concepto del peligro.

Adam visitaba con frecuencia a sus padres, que todavía se encontraban en un estado crítico. Paul seguía en coma y Jenny salía y entraba del estado de inconsciencia, pero tenía cierta noción de lo que estaba pasando. Los padres de Jenny, que también viajaban en el coche en el momento del accidente, estaban menos graves, pero todavía pasaría un tiempo hasta que su estado se estabilizara.

Eso implicaba que de Nathan sólo podía encargarse Adam y, por supuesto, Claris. Por suerte, contaban con la inestimable colaboración del ama de llaves.

Claris no había tenido por tanto ni un sólo instante de respiro, por lo que disfrutaba con más ahínco aquel lujoso momento de su vida, rodeada de vegetación y del zumbido de las abejas.

Continuó por el camino trazado, hasta la siguiente puerta. Apareció el jardín principal, esmeradamente cuidado y ordenado, por un esmerado y cuidadoso jardinero que cobraba una fortuna. La diferencia entre los dos jardines era patente.

Siguió en dirección a la casa, hasta ver el coche del propietario.

Dos largas piernas surgían por debajo de un capó abierto y un bebé gateaba enérgicamente.

—Muy buenas, gatito —dijo ella y el pequeño, cambió su rumbo y se encaminó hacia ella, sabiendo que en un instante estaría en sus brazos—. Este bebé no debería estar gateando sólo por aquí.

La cabeza del improvisado mecánico golpeó el capó levantado y, acto seguido, emergió de la cueva. El rostro de Adam estaba cubierto de grasa, al igual que las manos. Miró a su interlocutora con languidez.

—Está investigando el medio —informó Adam—. No puede ocurrirle nada. Lydia lo está cuidando y tú llegas tarde.

—Había mucho tráfico —sin decir nada más, se metió en la casa.