Un amor prestado - Emma Richmond - E-Book

Un amor prestado E-Book

Emma Richmond

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Beschreibung

Carrie Dean se había enamorado de Andrew Beckford, Beck, en el instante en que lo vio. La joven tenía la impresión de que su nuevo jefe también se sentía atraído por ella, pero lo cierto era que Beck ya tenía una novia... la pequeña, rubia y atractiva Helena. Pero Helena se había marchado. Y, técnicamente, Beck era un hombre libre, francamente atractivo y, al parecer, dispuesto. Pero ¿sería suyo solo durante un tiempo... hasta que regresara la mujer que realmente amaba?

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Seitenzahl: 194

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Emma Richmond

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un amor prestado, n.º 1455 - marzo 2021

Título original: Bridegroom on Loan

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-551-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

 

LA CARRETERA M-23 estaba señalizada con conos hasta Gatwick. El viento estaba causando estragos en lo que se suponía iba a ser una obra organizada, pero que hacía que todo el mundo condujera por el arcén. ¿Todo el mundo? Sólo estaba ella y un camionero lunático que iba detrás. Si creía que ella iba a acelerar, se equivocaba. Ya tenía suficiente con conducir en la oscuridad. Conducir en la oscuridad por un carril estrecho con conos, con un viento que cada poco tiempo hacía que el coche diera bandazos y deslumbrada por las luces del camión, era como una pesadilla. ¡Si se acercaba más acabaría en su maletero!

«Maníaco» pensó Carenza. «¿Qué ha pasado con los caballeros de la carretera? Hubo un tiempo en que los conductores eran amables, considerados, serviciales. No como este idiota».

Cuando se aproximó a la salida del aeropuerto se terminaron los conos y el camión la adelantó como una flecha. De repente, al ver desaparecer las luces traseras se sintió un poco abandonada y sonrió contrariada. Terca, Carrie. Muy terca. Si no se hubiera olvidado el cuaderno no habría tenido que conducir en la oscuridad. O en medio de un huracán, que era lo que eso parecía.

Estaba tan concentrada intentando mantener la dirección que, cuando otra ráfaga golpeó el lateral del coche, al tratar de corregir el volante se pasó la salida. Salió por la siguiente pensando que la llevaría otra vez a donde quería ir. No fue así. Condujo durante mucho rato buscando una señal conocida en lugar de dar la vuelta y retroceder. «Esta carretera debe llevar a algún sitio».

–Tranquila –se dijo a sí misma–. Relájate. Ve despacio. Estás en West Sussex y no en un lugar perdido, todas las carreteras acabarán llevándote a un pueblo.

Horsham no quedaba tan lejos, aunque nadie lo hubiera dicho porque, a pesar de que estaba muy cerca de dos autopistas y de un concurrido aeropuerto, no se veían luces por ningún lado.

En el siguiente cruce torció a la izquierda sólo porque pensaba que iba bien y se adentró en el bosque. Miró con nerviosismo a los árboles de su alrededor, el viento los agitaba con fuerza. Empezó a pensar que debía de irse a casa y llamar a Beck por la mañana. Sin ninguna duda el viento era cada vez más fuerte. Las ramas pequeñas empezaban a caer en la carretera, el viento las barría con una danza frenética, y el coche que siempre había sido confortable empezaba a parecerle muy frágil. Se acordaba muy bien de la última tormenta que hubo en Inglaterra, de los daños que había causado, pero seguro, ¿seguro que esta vez el hombre del tiempo estaba en lo cierto?

«No has visto las noticias, Carenza». Cuando salió de casa hacía viento, pero no soplaba tan fuerte. Era un poco tarde para regañarse a sí misma. Al pasar alumbró un edificio viejo y pisó el freno con rapidez para detenerse. No podía decir si estaba vacío o abandonado, pero sin duda estaba cerrado. Un antiguo pub llamado The Muted Dragon. Y nadie para ayudarla.

Continuó conduciendo y se encontró con un cruce y, por suerte, con una señal. Horsham estaba hacia la derecha y, como desde allí sabía ir a casa de Beck, lo mejor sería tomarlo.

Ya más tranquila, aceleró. Pasó unas verjas altas con las palabras Dragon’s Rest grabadas en dorado y sonrió ¿qué pasaba con los dragones?

Un animal pequeño cruzó la carretera y la asustó. Un zorro quizás, o un conejo. Después, a pesar del ruido del motor y del viento, escuchó un rugido como el de un tren expreso fuera de control.

Asustada, miró a su alrededor frenéticamente y no podía creerse lo que veía. Árboles enormes, de cientos de años estaban siendo derribados como si fueran trigo.

Y ella estaba justo en su camino.

Se dio cuenta de que había levantado el pie del acelerador y con rapidez lo pisó de nuevo, pero era demasiado tarde. El rugido se convirtió en un grito, como si todas las furias del infierno estuvieran persiguiéndola. Entonces, el árbol que había más adelante a su derecha no sólo se inclinó sino que fue arrancado de raíz. Sabía que acelerar no la salvaría, que frenar no la salvaría, pero de todas maneras probó.

Cayó justo detrás de su cabeza. Ella se echó rápido a un lado, escondiendo la parte superior del cuerpo en el hueco del asiento del copiloto mientras el enorme tronco se estrellaba despacio e inexorablemente contra el endeble metal del techo.

 

 

Esperó conteniendo la respiración, encogida, con los ojos bien cerrados y los brazos extendidos. Podía sentir el peso del tronco y casi escuchar cómo el metal dañado se iba asentando. Sobretodo escuchaba el rugido del viento que ya no estaba sólo fuera del coche sino también en su interior.

Abrió los ojos poco a poco y miró a su alrededor. Por lo que podía ver, que no era mucho, el árbol había aplastado la puerta y la parte posterior del asiento quedándose justo encima de ella. Sin tocarla, pero a muy poca distancia de su espalda retorcida. El techo del coche estaba hundido, el parabrisas y las ventanas laterales rotas y los cristales esparcidos sobre sus muslos. Lo extraño era que lo veía todo con bastante objetividad. No sentía pánico ni estaba histérica, sólo era objetiva. No estaba herida, o al menos eso creía. Agobiada, en una postura incómoda, pero ilesa. Era como estar en un túnel con mucho viento. Polvo y piedrecillas volaban a su alrededor y tenía que cerrar los ojos para evitar que la dañasen.

Era una chica independiente acostumbrada a defenderse por sí misma, y ni se le ocurrió que quizá debería esperar a que alguien viniera a ayudarla.

Levantó la cabeza con precaución y se tropezó con metal. La volvió a bajar. El cambio de marchas se le estaba clavando en la cadera. Se movió ligeramente, el coche crujió y ella se quedó quieta.

–El árbol es pesado –se dijo–, así que el coche no va a ninguna parte.

Pensó que el árbol ya había causado todo el daño que iba a hacer, así que…

Trató de subir los pies al asiento del conductor, pero no pudo. Intentó salir de debajo del metal aplastado, pero no pudo. Estaba atrapada, arqueada y boca abajo, a menos que pudiese mover el asiento hacia atrás.

Su negra melena le tapaba la cara. Tenía los hombros encogidos. Se incorporó y buscó la manija para mover el asiento, tiró de ella y el asiento salió disparado como un cohete. Cayó de cabeza al suelo, juró y perjuró, y la alarma del coche empezó a sonar.

Era ridículo.

«¿Por qué será que los ingleses siempre se preocupan primero de su aspecto y después de cómo se sienten?», se preguntó. «¡Qué extraño!»

Consiguió poner la parte superior de su cuerpo en el asiento, lo reclinó y se preguntó si se podría abrir el portón trasero desde el interior.

Mientras intentaba liberarse se dio cuenta de que si no lo conseguía tendría que esperar a que alguien fuera por allí y eso no ocurriría hasta que se hiciese de día o se acabara la tormenta. ¿Un tornado? Esa es la sensación que tuvo antes de que se cayera el árbol. No es que ella hubiera visto alguno de cerca, sólo en los reportajes y, por supuesto, nunca en Inglaterra.

–¿Te callarás algún día? –gritó a la alarma del coche.

Estaba agotada por el esfuerzo de intentar liberarse, a punto de tener una rabieta cuando un haz de luz pasó por delante de ella.

Sorprendida, levantó la cabeza y dijo:

–¿Hola?

–¿Carenza? –una linterna brilló en una de las ventanas laterales y se giró hacia ella.

–¿Puedes verme? –gritó tontamente.

–Sí, te veo. ¿Estás herida?

–No –gritó–, ¡Estoy atrapada!

«Beck», pensó aliviada, «si hay alguien a quien puedas necesitar en un mal momento, es alguien como Beck».

El viento sacudía la chaqueta de Beck. Sus cabellos se movían en todas las direcciones. Consiguió quitar la llave del contacto y por fin la alarma dejó de sonar.

Momentos después, él levantó el portón trasero del coche, tumbó los asientos de atrás y, cuando se metió dentro, el coche se movió de forma alarmante.

–¿Qué parte del cuerpo tienes atascada?

–Mis caderas, no tengo suficiente espacio –sin duda, en cuanto saliera de esa situación se pondría a dieta.

Él dejó la linterna, la agarró por los brazos, afianzó sus pies y tiró de ella. Carenza puso un pie sobre el salpicadero destrozado y empujó ignorando el dolor que sentía al ser estrujada como una salchicha. Al final se liberó.

–Salgamos de aquí.

–Déjame que tome aire.

–No hay tiempo –su tono era tenso, de urgencia. Por una vez ella no discutió.

Había otro árbol a punto de caerse…

La agarró por el brazo y la alejó del peligro. Ella se dejó guiar ciegamente, con los ojos cerrados para protegerse del polvo y de los escombros que volaban por todos sitios. Era imposible hablar o pensar de forma coherente, necesitaban todas sus energías para andar o tambalearse hasta un sitio seguro. Era imposible mantenerse derecho y el vendaval casi les arrancaba el pelo de raíz. Sólo podían andar en la dirección en la que soplaba el viento. Carenza se cayó dos veces y él la puso en pie de manera implacable. Sin Beck nunca se las habría arreglado.

Los postes de la luz se habían caído y salían chispas azules que cruzaban por la hierba. Evitándolas, rodeando los árboles caídos y trepando por aquellos que no podían rodear, prácticamente ciegos en la inmensa oscuridad, él la obligó hasta que por suerte llegaron hasta el abrigo de una casa. Exhaustos por la batalla, permanecieron allí un rato para recuperar su aliento.

–¿Todo bien? –gritó él.

Ella asintió sobre su hombro.

–¿Estás preparada?

Ella asintió de nuevo y él la llevó rápido junto al lateral del muro de piedra, doblaron la esquina y el viento les golpeó otra vez con brusquedad. Sujetándola a su lado, se detuvo para buscar las llaves en el bolsillo, abrió la puerta y empujó a Carenza dentro. Tuvo que emplear toda su fuerza para cerrar la puerta. Ella se quedó un poco desorientada al pasar de la violencia a la calma.

Se dio cuenta de que estaba temblando. Después de desenredarse el pelo con los dedos se lo colocó detrás de las orejas y contempló la posibilidad de respirar con normalidad. Seguía sin poder ver nada, pero era consciente de que él estaba a su lado. Era más consciente de lo que tenía derecho a estar.

Oyó cómo Beck le daba a un interruptor… no ocurrió nada. Ninguno de los dos dijo nada. Él la agarró del brazo y la llevo a oscuras hasta otra habitación. En la chimenea había algunas brasas que daban algo de luz y él la llevó hasta una butaca.

Beck se inclinó para atizar un tronco y que volviera a arder. Su sombra era enorme, irreal. Después dijo en voz baja:

–Voy a hacer café.

–Gracias –dijo ella aun más bajo.

Desde el interior el viento sonaba peor, como si se hubiera enfadado porque su presa había escapado.

«Soplaré y soplaré hasta que tire abajo vuestra casa», pensó ella cansada.

Se quedó mirando al fuego, recostada, sobresaltándose con cada crujido del exterior. Las llamas empezaban a rodear el tronco. Tenía un hambre voraz pero estaba viva, a salvo en casa de Andrew Beckford. Beck, para los amigos. Era su jefe. Un hombre al que ella evitaba durante las últimas semanas de haber estado trabajando para él.

Cuando se conocieron el pasado noviembre, ella pensó que sólo sería otro trabajo, otro cliente. No se imaginaba que le gustaría. Por lo poco que sabía acerca de él, que era un arqueólogo marino, un buen montañero, explorador, tripulante de uno de los mejores barcos de regatas, suponía que iba a ser arrogante, condescendiente y no era para nada así. Era un hombre alto con unos ojos serios de color gris y pelo castaño que exudaba cierta confianza. También tenía un aire de tristeza, de dolor. Comportándose como una tonta, permitió que su corazón mandara sobre su cabeza y aceptó trabajar con él. Debía de haberse negado ya que, cuando descubrió que estaba comprometido con la bella Helena, era demasiado tarde.

Podía escuchar cómo se movía lentamente en la cocina. Debía de tener una cocina de gas porque no había electricidad.

Ella giró la cabeza para observarlo mientras él volvía al salón con dos tazas. Le alcanzó una y se colocó enfrente de la chimenea observando el fuego. Los reflejos de las llamas hacían que su cara pareciera una máscara rígida y desconocida. Sólo los ojos parecían tener vida, brillo, inteligencia.

–¿Venías a verme? –dijo él con lentitud y mirando al fuego.

–No. Me he dejado mi cuaderno en el centro. Intenté llamarte…

–No estaba allí.

–No. Debí haberlo dejado hasta mañana, pero necesitaba comprobar algunas cosas.

–Y eres ese tipo de persona impaciente… –murmuró él.

–Sí. No sabía que el temporal era inminente. No había visto el parte meteorológico. Sabía que marzo suele ser ventoso, pero… –se sintió incómoda. Nerviosa por estar a solas con él–. Luego me pasé la salida –continuó con falso entusiasmo–. ¿Y qué pasa con los dragones?

–¿Dragones?

–Mmm… Sí, el Muted Dragon, el Dragon’s Rest, el bosque Sant Maximes famoso por ellos ¿no es así?

–No lo sé, supongo que es una leyenda de la zona.

–Tenía que haberle preguntado al que me encontré. Si hubiera tenido más tiempo, claro, ya sabes, de alguna manera… cuando caen árboles encima de uno se tiende a limitar las conversaciones. Lo siento –se disculpó–, siempre divago cuando estoy cansada. Lo de hoy ha sido un infierno –y parecía que iba a ser peor. Estar con él en la intimidad de un cuarto oscuro era diez veces más incómodo de lo habitual. Incapaz de sentarse quieta, dejó el café en una mesa cercana y se puso en pie. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta se acercó a la ventana–. ¿Qué estabas haciendo ahí fuera? ¿Buscar el peligro?

–No, volvía a casa. La carretera estaba cortada así que dejé el Land Rover y caminé.

–He tenido suerte.

–Sí.

Carenza se giró y le sonrió tímidamente, pero lo más seguro es que él ni la viera ya que la habitación estaba a oscuras.

–Me encantaba ese coche. Ridículo, ¿verdad? Quiero decir…

Se calló y devolvió su atención a la oscuridad de la ventana. Lo único que veía era su reflejo. Nunca le faltaban palabras y ahora no era capaz de decir ninguna.

–¿Tienes hambre?

Ella negó con la cabeza.

–He comido algo antes.

–Entonces, si me disculpas un momento, voy a vaciar el congelador.

–Por supuesto.

Cuando él ya se había ido, Carenza volvió a la silla y tomó la taza. La sujetó con las dos manos para calentarse y se quedó mirando al fuego. «Señorita Sin Cerebro», se regañó a sí misma. Lo único que faltaba era que la bella Helena apareciera por allí. Hasta un idiota se habría dado cuenta de la tensión que había entre ellos. No es que pensara que Helena era idiota, no la conocía, no quería conocerla. Pero se habría dado cuenta de que Beck estaba tan atento y tenso como ella. Lo que obligaba a Carenza a preguntarse ¿por qué? Si estaba enamorado de Helena, ¿por qué iba a sentirse atraído por ella? Porque él se sentía así. Ella sabía que se sentía atraído. Los dos se habían expresado igual de mal que dos adolescentes. Y Beck no era un hombre que no supiera expresarse. No era un hombre tímido.

Apoyó la taza en la rodilla y siguió mirando al fuego. Continuó pensando en él. Especulando. Como llevaba haciendo desde el primer día que lo conoció.

No recordaba haberse quedado dormida, sólo recordaba despertarse. Cuando abrió los ojos vio que acababan de echar leña al fuego, calentito y acogedor. Estaba tapada con una manta y el viento había parado. Silencio. Total y absoluto silencio. Una luz grisácea llenaba la habitación, ella se giró y miró hacia la ventana. Tenía unas cortinas caras. Vio que estaba lloviendo.

Dejó vagar la mirada e hizo una mueca de envidia. Todo el cuarto era caro. Como era una decoradora de interiores podía decir cuánto le había costado, casi hasta el último centavo. No era su estilo. Todas esas mesitas con lámparas parecían sacadas de una revista. Supuso que era elegante. Lo único que le gustaba de verdad era el fuego.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

 

ELLA nunca había estado en la casa, nunca a solas con él. Las pocas veces que se habían visto había sido en el centro cuando había más gente delante. No podía creerse que se hubiera quedado dormida. Demasiadas noches trasnochando, un fin de semana persiguiendo clientes que le debían dinero y, por supuesto, también la tensión del día a día por si veía a Beck, quien estaba comprometido con Helena. Y las mujeres sabían cuando otra mujer se sentía atraída por sus hombres ¿no era así?

«A veces eres idiota, Carenza. Sí, incluso masoquista».

Dio un profundo suspiro y un gran bostezo y se destapó. Sus pantalones estaban desgarrados y llenos de barro a la altura de las rodillas, sus botas endurecidas por no sabía qué. La chaqueta arrugada. Y a ella le dolía todo. Se estiró para relajar sus músculos y fue a mirarse de cerca en un vistoso espejo. Trató de sonreír. Su larga melena estaba enredada, el maquillaje corrido. Mojándose un dedo arregló la peor parte y se dio la vuelta ya que no había nada que pudiera hacer para mejorar su aspecto. Ni siquiera tenía un peine.

Entró en la cocina y se detuvo esbozando una amplia sonrisa. Era grande y también estaba decorada con cosas caras. Contra una de las paredes había una elegante cocina de leña, esmaltada de color azul. Justo encima, una campana azul a juego se sujetaba en un rail de latón. Debajo de sus pies las losas estaban frías. Los armarios de roble y los otros muebles hacían juego con una mesa larga y con las sillas, los azulejos con el suelo, las paredes con las cortinas. La imagen que puede tener alguien de una cocina de campo. Sólo que no era eso. Ella había estado en muchas cocinas de campo y no se parecían a ésta. Faltaban las botas de goma embarradas, los chubasqueros, la cesta del perro… ¿Dónde dormía el pobre Spanner? Evidentemente, allí no.

No había rastro alguno de Beck o de Helena. Encima de la cocina había una cafetera humeante y sobre la encimera habían dejado leche y azúcar. Sacó una taza del aparador, imitación a los de Gales, se preparó un café y se fue a mirar por la ventana. Llovía a cántaros. Los truenos retumbaban en la lejanía, un sonido suave, pero amenazador. Se acordó de los equipos de emergencia que estarían trabajando ahí fuera. Desde allí podía ver gran parte de los daños. Los árboles que aun estaban en pie tenían feas cicatrices blancas en los sitios donde se habían arrancado ramas. Había ladrillos desperdigados por lo que parecía un césped arado. Quizás ése sería el siguiente trabajo de reconstrucción.

Estaba perdida en sus pensamientos, bebiendo sorbitos de café cuando oyó que la puerta trasera se abría y se sobresaltó. Se dio la vuelta. Su corazón latía a toda velocidad. Vio entrar a Beck y lo recibió con una pequeña sonrisa. Parecía una rata ahogada. Tenía el pelo aplastado, los vaqueros y la chaqueta empapados. Le respondió con otra sonrisa, pero su mirada ni siquiera se cruzó con la de ella.

–Siento no haber estado aquí cuando te despertaste –se disculpó–. Quería comprobar los daños.

–No importa. ¿Cómo está todo?

–Mal. El «frente», como lo llaman –murmuró con humor mientras se quitaba la chaqueta, la sacudía y la colgaba en una silla– ha avanzado hacia el sur de Inglaterra arrasando una milla de anchura. Todo lo que encontraba en su camino ha sido destrozado o arrancado de raíz. Afortunadamente, parece que no ha afectado a las ciudades. No creo que la totalidad de los daños se conozca hasta dentro de unos días. Pero eso sí, la luz no volverá hasta dentro de un buen rato. ¿Has dormido bien?

–Sí. Gracias –no se andaba por las ramas–. No he visto a Helena.

Él miró a otro lado. Los músculos de su mandíbula se tensaron.

–No, no está aquí –contestó.

–Ah.

Parecía un tema delicado, así que quizá sería mejor evitarlo. Carenza estaba disgustada consigo misma por tener la esperanza de que igual hubieran roto su relación. Volvió a fijarse en el jardín y dijo:

–La tormenta habrá retrasado tus planes de jardinería –al no obtener respuesta se giró para mirarlo. Los ojos oscuros de Carenza denotaban curiosidad–. ¿No pensabas arreglar el jardín?

–No.

–Lo siento, no quería entrometerme.

Con una mano apoyada en el respaldo de la silla donde había dejado la chaqueta dijo:

–He intentado mantenerlo por separado.

–¿Perdón? –preguntó ella, confundida.

–Mi casa y el centro de conferencias. He intentado no mezclarlos –se dio la vuelta y se acercó a la cocina para poner la pava al fuego.

Completamente desconcertada preguntó dubitativa:

–¿Por qué?

–Porque era más fácil –la miró a la cara y con una sonrisa tensa continuó– Helena ha desaparecido.

–¿Desaparecido?

–Sí. Un día se fue y nunca volvió.