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Abby Hunter no tenía mucha experiencia en el juego del coqueteo, pero había decidido que eso tenía que cambiar, sobre todo después de conocer a un hombre tan sexy como Sam Turner. Entonces él le hizo una oferta que sabía debería rechazar. Sam Turner no creía ni en el amor ni en el matrimonio, y lo único que le ofrecía era una aventura provisional, sin compromisos de ningún tipo. ¿Podría Abby persuadir a un amante tan reacio de que le diera una oportunidad al amor?
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Emma Richmond
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un amante difícil, n.º 1488 - marzo 2021
Título original: The Reluctant Groom
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-148-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
EL JARDINERO iba de traje, los crisantemos lucían sus protectores de papel, y cuando su madre la llamaba, Abby acudía corriendo. Nada había cambiado. Pero debería cambiar, pensó la joven con un suspiro. Las cosas tenían que cambiar radicalmente.
Una crisis, había dicho su madre. Otra. En un momento de distracción, tal y como ella lo había definido, había permitido que un hombre entrara en su casa para ver los libros de su último marido. Él había concertado una entrevista y todo eso, se había presentado incluso con cartas de recomendación, pero ella de repente se había puesto nerviosa. Y Abby debía ir a casa de inmediato.
Así que Abby Hunter había ido a casa. Se había tomado una semana libre, demasiado tiempo para disgusto de su empresa, y directamente del trabajo había salido disparada para allá. Bajó del coche, todavía ataviada con sus zapatos de tacón alto y su traje formal tan elegante como el del jardinero, y se dirigió lentamente hacia la casa. Alta, delgada, siempre de punta en blanco, con unos maravillosos ojos de color gris claro, Abby poseía una insolente y altiva belleza que la mayor parte de la gente encontraba intimidante. Con su cabello rubio y ondulado exquisitamente recogido en la nuca, parecía el epítome de la mujer moderna. Aunque no estaba del todo segura, pensó con una sonrisa, de que las mujeres modernas siempre acudieran a las llamadas de sus madres. La presencia de sus hermanas nunca era reclamada, sólo la de Abby. Helen y Laura ya estaban casadas y tenían unos trabajos de alta categoría, pero aun así…
La puerta principal se abrió de repente, interrumpiendo sus pensamientos. Al examinar el rostro de su madre en busca de signos inequívocos de tensión, y no encontrarla peor que de costumbre, Abby esbozó una leve y contenida sonrisa:
–Hola.
–Hola, querida –la saludó su madre, nerviosa–. Siento haberte molestado.
–No te preocupes. Pero me gustaría que no me miraras como temiendo que fuera a darte una bofetada. Sería desastroso para mi imagen.
–Es que me siento tan… inferior a tu lado. Eres siempre tan eficiente, estás tan segura de ti misma…
–Sí –asintió Abby con tono suave, y no le dijo, como podría haberle dicho y habría querido decirle tantas veces, que era precisamente así como había querido ser. Siempre responsable de sus actos, siempre prudente y siempre al mando de todo: lo cual explicaba por qué existía aquella barrera entre ellas. Una barrera que ambas habían erigido–. Bueno –entrando en la casa, preguntó con la enérgica eficiencia que la caracterizaba–, entonces, ¿dónde está ese tipo?
–No seas tan brusca, Abby –le suplicó su madre, quejumbrosa–. Por favor, no. Me he esforzado tanto…
–Lo sé –suspiró Abby. Conteniendo su impaciencia, le pasó un brazo por los hombros, le quitó de las manos el plumero que siempre solía llevar a modo de bastón y la hizo sentarse con delicadeza en una silla del vestíbulo–. Vamos, cuéntamelo todo.
–Vino hace unos días, y es perfectamente amable y educado, pero… ¡oh, Abby, lo que pasa es que nopuedo con él! Tuve que contarle lo de papá, y él no lo sabía, ¡y de verdad que no puedo quedarme todo el día en casa sólo para asegurarme de que no me va a robar la plata de la casa! –exclamó, consternada.
–No, claro –convino Abby, sabiendo que aquello no tenía absolutamente nada que ver con la plata de la casa. Sabíaque su madre todavía no soportaba hablar de su marido con nadie, ni siquiera con ella, y ciertamente no con un extraño que evidentemente le había hecho preguntas que no estaba en condiciones de contestar.
Aunque tampoco Abby estaba en condiciones de contestarlas. Su madre parecía pensar que era la única que sufría, pero ella también, y además estaba terriblemente preocupada por las deudas que había dejado su padre. Y por una carta que estaba empezando a provocarle pesadillas.
Con la mirada baja y retorciéndose las manos, su madre añadió en voz baja:.
–Tú te las arreglarás con él, ¿verdad, querida? Eres mucho más fuerte que yo, y mucho más… eficaz. Siempre te enfrentas a los problemas mucho mejor que yo.
«Sí, pero porque tú me obligas a hacerlo», se dijo Abby para sus adentros.
–¿Quiere comprar los libros?
–No lo sé, pero yo nunca podría venderlos, Abby…
–No –la interrumpió para que no se entristeciera aún más. Pero algo habría que vender para pagar las deudas. La casa, por ejemplo, era demasiado grande para que viviera en ella una sola persona. Pero su madre aún no estaba preparada para eso–. Entonces, ¿qué es lo que exactamente ha venido a hacer aquí?
–Sólo a mirar los libros. Me dijo que era historiador militar… o algo así… –añadió con tono vago.
–Deberías haberle dicho que volviera después, cuando tú te encontraras mejor.
–¡Lo intenté, Abby! Lo intenté, pero tiene ese aspecto que… –se defendió–. ¡Una de esas personas a las que, con sólo mirarlas, te sientes impulsada a prometerles cualquier cosa!
–¿Qué le has prometido? –le preguntó Abby, alarmada.
–¡Nada! De verdad. Bueno, sólo que podría quedarse aquí el tiempo que quisiera.
–¿Y cuánto tiempo te dijo él que le gustaría quedarse? –inquirió, suspirando.
–Una semana. Quizás una semana. ¡Y no ha dejado de preguntarme por tu padre!
–¿Preguntarte qué, exactamente?
–¡No lo sé! Sólo sobre él, sobre cómo era…
–¿Lo conocía?
–No lo sé, no me lo ha dicho.
–¿Cómo se llama?
–Turner, Sam Turner.
–He mirado todos los papeles de papá, y definitivamente no hay mención alguna de nadie con ese nombre. ¿Dónde está ahora? ¿En el despacho?
–No, ha salido a comer. Me pone nerviosa, Abby.
Cuando su madre se ponía nerviosa, pensó Abby, la vida se volvía muy, pero que muy complicada.
–¿Te quedarás, verdad? –la miró preocupada–. Oh, ese debe de ser mi taxi –añadió aliviada. Ruborizándose, se levantó y agarró presurosa la maleta que Abby no había visto al lado de la puerta principal.
–¿Tu taxi? –repitió Abby, sorprendida–. ¿Adónde te vas?
–A casa de Lena, a pasar allí unos días. ¿No te lo he dicho?
–No –negó secamente Abby.
–Oh, yo creía que sí. Serás amable con él, ¿verdad? –le suplicó–. Si era amigo de tu padre…
–¿Pero no habías dicho que es un completo desconocido?
–Sí, pero si papá le escribió, debió de conocerlo, ¿no te parece?
–Supongo.
–Te llamaré cuando llegue, sólo para hacerte saber que estoy bien –y después de besar a su hija en la mejilla, abrió la puerta y salió apresurada.
Abby pensó que Sam Turner debía de ser un hombre muy especial para haber ahuyentado a su madre de ese modo. Tanto sus hermanas como ella habían intentado sin éxito que se alejara de aquella casa por una temporada, después de que muriera su marido. Si habían fracasado estrepitosamente, ¿qué tenía Sam Turner para que su madre huyera de su presencia con tanto apresuramiento? Pero Abby no tardó en descubrir la respuesta. Mientras el taxi salía de la casa, distinguió un hombre dirigiéndose hacia allí. Y, por primera vez en su vida adulta, el corazón le dio un vuelco en el pecho.
Su camisa no era de un blanco inmaculado, como la de James, el jardinero, pero aunque hubiera llevado un saco por vestimenta habría destilado la misma elegancia. Alto, delgado, pelo castaño, nariz recta y orgullosa y pómulos salientes. Hipnotizada, Abby continuó observándolo hasta que él se acercó tanto que pudo verle los ojos: de un azul intenso que habría podido pararle los pies a un elefante. En toda su vida no había visto a un hombre más descaradamente masculino.
A la defensiva, Abby vio que primero miraba a Janes, que ya había empezado sus tareas, y luego a ella, que todavía llevaba en la mano el plumero que le había quitado a su madre. Su rostro era absolutamente inexpresivo, y Abby esperaba que el suyo también.
–Si ese hombre es el jardinero, supongo que usted será el ama de llaves –declaró con una voz baja, profunda, ligeramente áspera.
–No –negó Abby–. Soy la hija –y añadió con tono tranquilo–: Aunque tengo que reconocer que el hecho de que un jardinero vista de traje es un tanto estrambótico. ¿Es usted el señor Turner?
El hombre entornó ligeramente los ojos al detectar su tono, y asintió con la cabeza. Mirando fijamente aquellos hipnóticos ojos azules, Abby creyó detectar un cierto desprecio en sus profundidades, lo cual bastó para tocar su fibra sensible. Con la insolente sonrisa que había ensayado habitualmente durante cerca de catorce años, le preguntó:
–¿Podría ver su identificación?
–La señora Hunter ya ha visto mis papales –sonrió desdeñoso.
–Yo no soy la señora Hunter.
–No –convino él–. Usted no es la señora Hunter. Mis papeles están en el despacho.
Abby concluyó, aun sin haber encontrado una sola prueba a su favor, que era un tipo arrogante y egoísta, un hombre acostumbrado a salirse siempre con la suya. Un hombre para el que la más básica de las cortesías era una pérdida de tiempo, un hombre que podía hacer que arriesgara su corazón… Absurdo. Con un gesto un tanto displicente, lo invitó a entrar. Cerró la puerta principal y lo siguió al despacho. Observó que sus movimientos tenían una gracia fluida, natural.
El hombre abrió el maletín que había dejado sobre el amplio escritorio, sacó algunos papeles y se los entregó. Luego esperó tranquilamente a que los examinara. Sujetando el plumero bajo el brazo, Abby desdobló los papeles con lentitud, muy consciente de que la estaba observando, y de que la estaba poniendo tan nerviosa a ella como había hecho con su madre. Pero se obligó a concentrarse y leyó rápidamente la carta de presentación de un tal profesor Wayne, de Oxford, y luego una carta de su padre invitándolo a visitarlo. Una oleada de tristeza la invadió al reconocer la enérgica rúbrica de su padre, gráfico recuerdo del vigor que antaño había poseído. Disimulando su dolor, comentó:
–No son unas pruebas muy fehacientes de su identidad. Podrían haber sido robadas. ¿No tiene pasaporte?
–No lo llevo conmigo.
–Entonces tendrá que comprender al menos que me vea obligada a ser prudente. En estos días que corren, toda prudencia es poca.
–Desde luego.
–¿No le importará que lo compruebe llamando al profesor Wayne?
–Adelante.
Abby le lanzó una meliflua sonrisa, y sentándose elegantemente en el borde del escritorio, levantó el auricular para marcar el número que figuraba a la cabecera de la carta de presentación. Él, por su parte, observaba con atención todos y cada uno de sus movimientos.
Negándose a sentirse intimidada, y a desviar la mirada de aquellos ojos que parecían quemarla, habló brevemente con la persona que se puso al teléfono y la pasó inmediatamente con el profesor Wayne. Le hizo preguntas que él contestó, y cuando hubo recibido una adecuada descripción de Sam Turner, le dio las gracias y colgó.
–¿Interesada? –murmuró él.
–No –negó–. Usted no es mi tipo.
–No, ni el suyo el mío. Imagino que le gustarán los hombres manejables, señorita Hunter, que no saben replicar y lo encajan todo.
–Usted siempre replica y no encaja nada, ¿no, señor Turner?
Él no contestó, sino que continuó observándola, y cuando desvió la mirada hacia la ventana, Abby se negó a reconocer el inmenso alivio que la invadió de repente. En aquel momento James estaba podando unos setos. Ciertamente podía ser un tipo estrambótico, pero también era un excelente jardinero. Y si algún día la casa llegaba a venderse, algo que inevitablemente tendría que ocurrir, entonces James se quedaría sin empleo. A no ser que su nuevo propietario lo contratase. Con un mal disimulado suspiro, se bajó del escritorio.
–Le permitiré continuar con lo que esté haciendo –declaró con una brusquedad que resultaba insultante–. Pero, por favor, no toque nada más de esta habitación. El escritorio está, naturalmente, prohibido.
–Naturalmente –convino él con tono inexpresivo.
–Y es necesario que se ponga guantes cuando toque los documentos antiguos. ¿Qué horario sigue? –sin darle oportunidad a contestar, miró su reloj–. Ahora son las dos y media; podríamos fijarlo de nueve a seis.
Como él no respondió, Abby levantó la mirada, y la expresión que vio en sus ojos la hizo sentirse definitivamente descontenta consigo misma.
–¿Por qué tanta hostilidad?
–Precaución –lo corrigió ella.
Sam Turner inclinó la cabeza sin dejar de mirarla a los ojos.
–¿Cómo era él?
–¿Quién?
–El señor Hunter.
–Bondadoso. ¿Y usted? ¿Cómo es usted? –le preguntó Abby con remota altivez.
–Bondadoso no, desde luego –esbozó una mueca–. Ya lo sabrá usted para cuando me vaya.
Abby giró sobre sus talones y se marchó. Tenía una sensación de rabia, de derrota y de ridículo. ¿Que no era bondadoso? Desde luego, podía creerse eso. Y ella que se había prometido ser amable con la gente… Sabía que se ponía mordaz cuando estaba nerviosa. Pero tuvo que corregirse: no había sido mordaz, sino venenosa. Porque se había sentido amenazada. Con gesto ausente, se puso a limpiar el polvo de los armarios de la cocina con el plumero. «Te las arreglarás con él», le había dicho su madre. Y lo haría; por supuesto que lo haría. ¿Pero entonces por qué el corazón le latía tan rápido? ¿Por qué se sentía… tan destrozada?
Puso a calentar agua y se preguntó qué haría a continuación. Nunca en toda su vida había dejado de saber lo que estaba haciendo, o lo que quería hacer en cada momento. Nunca antes se había sentido así. «Por el amor de Dios, intenta sobreponerte», exclamó para sus adentros. «Sólo es un hombre. ¡Has estado relacionándote con hombres durante toda tu vida adulta». Sí, sólo era un hombre, pero con unos ojos azules que podían desnudarle el alma a cualquiera.
Lo cual tal vez no fuera tan malo. Porque su alma no había visto la luz durante catorce años. Se acercó a la ventana y miró sin ver el jardín. Toda su apariencia de eficiencia y frialdad no era más que una fachada, una gran mentira. Aunque nadie lo sospechaba, ya que a nadie le había importado, pensó con una sonrisa sin humor. Y apenas el día anterior había hecho el firme propósito de corregirse, de enfrentarse a lo que había sido su vida… por mucho que le costara.
Repasó rápidamente su vida, o al menos sus últimos catorce años de existencia. Durante mucho tiempo había sabido que no quería vivir esa vida, una vida que no le pertenecía. Una vida que resultaba tan insatisfactoria como estéril. Comprometida con un hombre «adecuado», pero al que no amaba, empleada en un bufete de abogados, que detestaba… Pero entonces, ¿por qué había tardado tanto tiempo en admitirlo? No lo sabía.
Catorce años atrás se había convertido deliberadamente en alguien que no había querido ser. Si había sido por orgullo, por furia o por falta de autoestima, eso no importaba; lo importante era que lo había hecho a propósito. Y catorce años era demasiado tiempo para vivir una mentira. Había protegido su vulnerable corazón detrás de una falsa imagen que con los años había dejado de ser falsa. Y la gente creía en ella. Creían lo que ella quería que creyeran, como Sam Turner lo estaba creyendo. ¿Pero cómo podría desandar ese camino? Ni siquiera estaba segura de poder recordar cómo había sido antes: sólo que había sido la antítesis de lo que ahora era.
Bajó la mirada a su anillo de compromiso, se lo quitó y se lo guardó en un bolsillo. Esa misma noche telefonearía a Peter para decirle que todo había terminado. Y cuando volviera a su trabajo, presentaría su carta de dimisión.
–¿Es que no podía permitirse una sauna? –preguntó una voz seca a su espalda.
Se volvió rápidamente para descubrir a Sam Turner, y sólo entonces se dio cuenta de que la cocina estaba llena de vapor, el que emanaba del agua que había puesto a calentar, y también de tensión. No permitiría que aquel hombre se impusiera a sus resoluciones. Porque era capaz de ello; ella lo sabía instintivamente.
–¿Qué es lo que desea?
–Café. La señora Turner me dijo que me lo sirviera yo mismo, como si estuviera en mi casa –la informó mientras sacaba dos tazas del armario–. ¿Lo quiere con leche? ¿Con azúcar?
–Sí, con leche y con azúcar –murmuró–. ¿Y qué otras comodidades domésticas se ha permitido en esta casa, señor Turner?
–Ninguna –sonrió, mirándola por encima del hombro–. ¿Cuáles le gustaría a usted que me permitiera?
–Ninguna –replicó, negándose a desviar la mirada de aquellos ojos azules tan terriblemente fríos. Ella siempre había tratado a los hombres como si fueran juguetes; útiles juguetes. Su comportamiento durante los últimos catorce años había consistido en no pensar y no sentir, simplemente actuar. Lo estaba haciendo en aquel preciso momento, y quizá no estuviera tan mal. Aquél no era el momento más adecuado para volver a ser la persona que había sido, incluso aunque lo hubiera sabido. Aquel hombre representaba definitivamente una amenaza para su tranquilidad de espíritu, y las amenazas eran algo que no necesitaba para nada en esa etapa de su vida.
–¿Quién es usted? –le preguntó él de repente.
–¿Perdón?
Tomándose su tiempo mientras sacaba la leche de la nevera y la echaba en el café, le respondió:
–Simplemente me preguntaba qué lugar ocupaba entre sus hermanas.
–Soy la más joven. Gracias –añadió cuando él le ofreció la taza de café.
–De nada. Le gusta triturar a los hombres con los tacones de aguja de sus zapatos, ¿verdad?
–Siempre. ¿Y a usted le gusta que lo trituren, señor Turner? –replicó sin pensar.
Él se limitó a sonreír con expresión divertida.
–¿De dónde es usted? –inquirió Abby, intentando reconducir la situación.
–No de muy lejos –respondió mientras se apoyaba en el fregadero, tomando un sorbo de café.
–¿Trabaja con el profesor Wayne, en Oxford?
–¿No se lo preguntó a él?
–No.
–Mal hecho.
–Tenga cuidado, señor Turner. La decisión de que se le permitiera trabajar aquí… en cualquier momento puede ser revocada.
Él la miró como si no le importase nada en absoluto lo que pudiera decidir al respecto. Y continuó observándola con descarada atención. Abby sintió ganas de lanzarle el café a la cara.
–¿Durante cuánto tiempo estuvo su padre coleccionando libros sobre la guerra de Crimea?
–Desde que era joven, creo –respondió ella.
–Es una colección enorme.
–Y también muy valiosa.
Abby deseaba desesperadamente sentarse, pero no lo hizo ya que eso la habría colocado en una situación de desventaja.
–¿Cómo lo conoció? Nunca mencionó su nombre antes de… morir.
Sam bajó la mirada a su taza de café, y respondió con tono suave:
–Yo no lo conocí.
–¿Pero quería conocerlo?
–Sí. Su madre me dijo que falleció hace unos diez meses.
–Así es, de un ataque cardíaco –explicó, aunque eso era algo en lo que no quería pensar, y mucho menos hablar.
–¿Durante cuánto tiempo estuvieron casados?
–Creo que estamos siendo un poquito indiscretos… Jamás habría pensado que le gustaría mantener este tipo de conversaciones, señor Turner.
–¿Y qué habría pensado que me gustaría, si se puede saber?
–Yo… nada en absoluto –repuso rápidamente, ya que su réplica la había tomado por sorpresa–. Usted no me interesa lo más mínimo. Pero veamos… Helen y Laura llegaron aquí cuando tenían seis años. Ahora tienen treinta y cuatro, lo que quiere decir…
–¿«Llegaron aquí»?
–… que han pasado veintiocho años desde entonces –continuó, como si él no la hubiera interrumpido–. Y mis padres ya llevaban dos años casados…
–¿«Llegaron aquí»?
–Todas fuimos adoptadas, señor Turner –al ver que seguía mirándola fijamente, le preguntó con ligera impaciencia–: ¿Contesta eso a su pregunta?
–Sí –afirmó, y se irguió casi bruscamente–. Será mejor que continúe.
–¿Con qué? –le preguntó Abby–. ¿A qué aspecto en particular se está dedicando?
–Específicamente a ninguno –y se fue con su taza de café en la mano.
